lunes, mayo 28, 2007

Sangre, sangre y más sangre

Esta mañana, lunes, día odiado por mí, he abierto los ojos y he exclamado ¡por fin ha pasado el fin de semana! Y todo tiene su explicación. La noche del viernes salí a cenar con mis amigas del cole: cena en un italiano, unas cuantas cervecitas en un bar cercano y a las tres, para casita. El sábado me levanté cansada, pero ejerciendo de madre ejemplar, me fui con mis fierecillas a comprar a la galería comercial y después al parque Juan Carlos I a jugar al fútbol y dar de comer a los patos. Tras la comida, me posicioné en el sofá y me quedé dormida. Alonso percibió mi cansancio y se fue dar un paseo en bici con los niños. Al cabo de hora y media me llamó: "Emma, ven a buscarnos al colegio, los niños se han metido por cientos de charcos y están empapados". Fui a por mi tropa y noté como el dolor de cabeza se iba acentuando. Tras los baños y las cenas, Álvaro se quedó dormido y Alonso y Diego aprovecharon para ir a la sesión de noche a ver "Piratas del Caribe 3". Como soy muy apañada y me molesta que por una bolsa de palomitas me cobren seis euros, preparé la mochila de Diego con sus palomitas de microondas y su botellita de agua. Mamá, qué emoción, voy a ver otra vez a Jack Sparrow, exclamó mientras se colocaba su pañuelo de pirata. Al verles salir por la puerta, me tumbé en el sofá e intenté sofocar mi dolor de cabeza. A las doce me levanté a por un vaso de agua y el horror y las nauseas me golpearon con fuerza. Lucas, mi gato lesionado, se estaba desangrando (o eso pensaba yo) y había manchado toda la casa con charcos enormes de sangre. En la cocina, en el lavadero, en el sofá del salón, en las escaleras... No había lugar limpio de sangre. Desesperada preparé la fregona con un litro de lejía y me dispuse a limpiar a toda velocidad, consciente de que si venían los del CSI me detendrían por asesinato. Una hora después logré borrar las huellas del homicidio fallido y me metí un Nolotil en vena para ver si así apaciguaba mi tremendo dolor de cabeza y las asquerosas nauseas. Alonso y Diego llegaron emocionados. Bueno, Emma, has disfrutado de tu soledad, dijo Alonso con sonrisa tierna. Calla, Alonso, calla, que no sabes el suplicio que he vivido, comenté mientras le relataba mi aventura felina.
Pero ahí no acaba la historia. El domingo Álvaro me despertó porque quería tomarse el biberón. Abrí un ojo, intenté abrir el otro, pero la inflamación me lo impidió. ¡No!, grité desesperada. Corrí al baño, me acerqué al espejo y vi mi temor hecho realidad: el Nolotil me había dado alergia y se me había hinchado todo el ojo. Bajé a preparar el biberón y me recibió de nuevo una cocina plagada de sangre. Me senté en el sofá e intenté dominar mi ataque de nervios. En un par de horas vendrían por casa Javier y Mary Luz y el espectáculo era dantesco. Desesperada corté una botella de trinaranjus y se la coloqué a Lucas en la cabeza para que dejara de herirse, preparé el biberón y el desayuno de Diego, limpié de nuevo la sangre y Alonso colocó la planta de arriba. A la una votamos, a las dos olvidamos las penas y en el aperitivo abrimos una botella de vino tinto para alegrar la comida y disfrutar de la compañía de Javier y Mary Luz. La tarde se esfumó velozmente. A última hora salí a dar un paseo con los niños y al volver comprobé como la sangre de Lucas volvía a tomar posiciones en la cocina. ¡Por Dios, que se acabe este suplicio y llegue el lunes!, rogué al tirarme con mi cansancio, mi ojo inflamado y mis nauseas a la cama.

viernes, mayo 25, 2007

Ataque felino

Huy, mira qué mal está Lucas, comentó Alonso al ver que el gato elevaba el rabo y no encontraba postura para tumbarse. Observamos al felino y el lunes lo llevé al veterinario. Tras una radiografía y otras cuantas pruebas diagnosticó. A Lucas le ha mordido otro gato en el inicio del rabo y tiene una infección interna, dijo Agustín, el veterinario que en dos días me ha sableado 180 euros. Le inyectó unos antibióticos, un antiinflamatorio y me explicó los medicamentos que debía administrarle. El martes, al llegar a casa, mi preocupación fue en aumento. Lucas tenía parte de la piel del rabo sin pelo y un bulto gigantesco que desvelaba la sangre coagulada de su interior. Alonso lo llevó rápidamente al veterinario y le dijo que era normal, que por ahí estaba supurando la infección y que lo lleváramos al día siguiente para que se lo limpiara a conciencia. Vaya, me quejé yo, pues mañana tenía que ir a hacer la compra. Resignada me levanté, desayuné, cogí el transportín de Lucas y le llamé, pero no vino. Qué extraño, pensé, estará tumbado en algún sofá. Le busqué y rebusqué. La lluvia cada vez era más intensa. Alonso, Lucas no está en casa, le dije por teléfono. Yo le he visto esta mañana salir por la ventana, tal vez le haya pillado la lluvia y no volverá hasta que se apacigüe un poco. El reloj marcaba la hora de ir a trabajar. Ana, si ves a Lucas, llámame, estoy preocupada, no es normal que con cuarenta de fiebre, una infección y en ayunas desaparezca tanto tiempo, comenté.
Hora de la comida: Lucas no aparece. Cinco de la tarde: seguimos sin saber de él, los niños comienza su búsqueda por un terreno cercano, el parque e interrogan a los vecinos. Nadie lo ha visto. Llamo al veterinario y le informo de lo sucedido. Mi mente calenturienta se lo imagina muerto en alguna esquina. Baño a los niños, les pongo el pijama, salgo de nuevo al jardín y veo a Lucas en casa de la vecina. ¡Chicos, ha aparecido Lucas! Saltamos el muro y lo recuperamos. Su aspecto cada vez es peor, la piel se ha despegado de su cuerpo, la sangre cubre su rabo y se ven los músculos interiores del rabo. Alonso, ¿puedes llevar al gato al veterinario?, interrogó por teléfono. Emma, imposible, tengo muchísimo follón, contesta con tono estresado. Diego y Álvaro me miraron con ojos de súplica. Mamá, ¿podemos ir contigo? Pero si estáis en pijama, contestó con media sonrisa. Bueno, está bien, poneros el abrigo y os venís conmigo.
Agustín se frotó los ojos al ver el espectáculo: Diego y Álvaro en pijama, yo con cara de desesperación y Lucas con el rabo en carne viva.
Te traigo el kit completo, le dije al entrar en la consulta. Los niños bombardearon al veterinario con mil preguntas, pero una vez que Lucas estuvo dormido y Agustín iba a cortarle la parte de piel que tenía muerta, le rogué a los niños que esperaran fuera. Jo, mamá, no me dejas ver "House" y tampoco me dejas ver como curan a Lucas, refunfuñó Diego al salir.
Ahora Lucas está que da pena, le tengo que inyectar dos medicamentos en el profundo agujero que tiene en su cuerpo y, por supuesto, no puede salir de casa. Pero, por lo menos, esa noche dormimos tranquilos al ver que nuestra fiera estaba en casa.

jueves, mayo 24, 2007

Pedales

La misión del sábado era ir a Guadarrama para traer las bicicletas. Según cogimos el desvío hacia la carretera de La Coruña gritamos ¡qué atasco! Y el teléfono sonó. Era mi hermano Roberto para invitarnos por la tarde a su piscina. Mira, Roberto, casi mejor vamos ahora, en cinco minutos llegamos e improvisamos una comidita, es que hay un atasco..., le dije autoinvitándome y sin darle opción a réplica. Así que la familia Peña-Calle se vio invadida por la familia Alonso-Peña. Los niños según llegaron se pusieron los bañadores y chapotearon en la gélida piscina con Manuela que lucía un modelito morado de neopreno. Cayetana, como era de esperar, estuvo todo el día colgada de su madre (ay, ahijada, qué pesadita eres) y el pollo al chilindrón duró diez minutos en la mesa. A última hora cumplimos con nuestra misión: recoger las bicis.



El domingo nos presentamos en la salida de la carrera ciclista a las once de la mañana. Diego se fue rápidamente con sus amigos Alejandro y Jaime Centeno, Alonso mostraba sus piernas musculosas y se hidrataba para no desfallecer en la competición, Álvaro pedaleaba sobre su bici con ruedines y yo, ataviada con un chándal rosa, me preparaba para correr tras Álvaro y socorrerle en caso de cansancio o ayudarle para que no se chocara contra algún árbol (aún no sabe frenar). Agotadita terminé, Álvaro cogió velocidad y recorrió un amplio trayecto. A mitad de la carrera volvimos mi peque y yo al coche y nos fuimos hasta la línea de meta. Todos llegaron eufóricos y emocionados. Además, en el sorteo que realizaron con todos los competidores, nos tocaron unos calcetines horrorosos y una camiseta aún más fea pero que fue ampliamente elogiada por los niños.





Mamá, ¿me puedo ir a comer a casa de Alejandro?, suplicó Diego. No sé, Diego, comenté. Venga, déjale, apostilló la madre de Alejandro, además también se puede venir Álvaro para jugar con Cristina. ¿Pero estás segura de que te quieres llevar a mis hijos terroristas?, pregunté con cara de sorpresa. ¿Por qué dices eso?, me interrogó Ángeles. Ya sabes que eso es lo que opina el padre de David López... Y ambas reímos.
Así que mi amado y yo disfrutamos de una tarde tranquila de domingo: comimos en un restaurante y vimos "Zodiac" en el cine. ¡Qué lujazo!

Los primos en la barbacoa...



Y los cuñados hablando de política o de mujeres o de vicios...

martes, mayo 22, 2007

Hijo superdotado, padre gilipollas

La fase ninja de Diego y sus amigos nos traen a todos de cabeza. Su diversión actual consiste en pegarse como los ninjas, aplicar las técnicas de Naruto y los ataques de los pokemony cada día termina uno llorando. Diego, la semana pasada, apareció con toda la cara marcada por los arañazos de David, a Daniel le dio Pablo una patada en sus partes… Lo mejor de todo es que sólo se zurran los que son amigos. Vamos, que no son técnicas que utilicen con sus “enemigos”.
El miércoles en plena discusión por ver qué pokemon tenía más fuerza, Diego recibió dos collejas, se levantó y empezó a pelearse con Rubén. “Diego estate quieto”, gritó la madre de Rubén sin darle la mayor importancia. Ana corrió a ver qué ocurría y Diego empezó a llorar. Ana se acercó al grupo de padres para ver qué había sucedido. Nada especial, que se estaban pegando, como siempre, comentó la madre de Rubén. Diego dice que Rubén y David le han dado dos collejas, dijo Ana mientras consolaba a Diego. De pronto, el padre de David, armario de dos metros y con doble capacidad para su gilipollez, empezó a vociferar a Diego y a Ana, les llamó mentirosos, les insultó y aseguró que su hijo era perfecto, que nunca mentía, que nunca pegaba, que era el mejor de todos… Mamá, me he sentido como una hormiga pisoteada por el padre de David, me lloró Diego a través del teléfono. Indignada y molesta, hablé con el resto de las madres que habían estado esa tarde en el colegio y todas coincidieron: “Emma, ha sido horroroso. El padre de David ha perdido los papeles, ha empezado a gritar y perdóname pero me he quedado tan paralizada que no he sabido actuar”.
El viernes acudí al colegio para intentar zanjar el problema. Vi al gilipollas en mitad del patio del colegio.
–Diego, vete a jugar con tus amigos, que tengo que hablar –dije mientras me acercaba al padre de David – Buenos días, Óscar (nombre ficticio para evitarme problemas), soy la madre de Diego y quería hablar contigo sobre lo sucedido el miércoles.
–Ah, ¿sí?
–Sí, simplemente quería decirte que estoy molesta con lo que ocurrió.
–¿¿Qué?? –empezó a gritar como un ordinario, acercando su cara a la mía y sin respetar mi espacio vital. – Antes de insultarme tendrás que oír mi versión.
–Perdona, yo no te he insultado, simplemente te he dicho que estaba molesta porque creo que tú no eres quien para insultar a mi hijo y a su cuidadora. Creo que nosotros como adultos no debemos crear conflictos entre los niños, y si tienes algún problema lo debes hablar conmigo. Además, Diego en ningún momento pegó a tu hijo. Así que no entiendo tu actitud.
Sus gritos empezaron a escucharse por todo el patio del colegio. Calmadamente le ofrecí un papel con todos mis teléfonos apuntados y él lo rechazó con la mano. De pronto, sentí que me estaba avasallando y por ahí no iba a pasar.
–Óscar, por favor, baja el tono. No tienes que gritarme.
–Te grito porque me has insultado. Además tu hijo es un mentiroso, el mío no miente nunca y jamás pega.
–Pues será el único. Veo que tu hijo es perfecto, el mío no, Diego tiene imperfecciones al igual que yo, y para eso estamos mi marido y yo, para educarle, y no voy a permitir que mi hijo esté toda la tarde llorando y sofocado por tus gritos y que la cuidadora no haya dormido en toda la noche.
–Tú a mí no me llamas mentiroso y no tergiverses mis palabras… –gritó durante diez minutos cientos de palabras mientras su saliva salpicaba mis gafas de sol.
–Óscar, de todas formas, no me parece normal que tu hijo esté escuchando esta discusión.
–Pues si la está escuchando es por tu culpa. Haberme llevado a un rincón y así el niño no estaría aquí. Además, mi hijo es muy adulto y puede escuchar todo…–siguió vociferando.
Dios mío, este hombre está loco, pensé mientras mis manos temblaban pero con energías más que suficientes para defenderme. Vamos, si le llevo a un rincón me parte la cara.
Aguanté media hora sus gritos y falta de educación.
–Óscar, yo sólo he venido a decirte que si tienes algún problema que me llames, que no involucres a los niños.
Él se giró e intentó zanjar la conversación. Pero le llamé.
–Por favor, Óscar, vamos a darnos la mano y olvidar este asunto. –le dije mientras le tendía la mano. Porque ante todo yo iba a quedar como una señora.
Según se fue se acercó la madre de Daniel con la cara lívida.
–Emma, qué horror, no he escuchado la conversación, pero con ver la actitud que tenía ese hombre hacia ti… Te tenía aprisionada.
–Déjalo, Marta, intentad no tenerlo en cuenta, pero te juro que estoy atacada de los nervios: me tiemblan las manos y se me ha hecho un nudo en el estómago. Y pensar que ese gilipollas ha gritado a Diego…
Me fui con los niños a la piscina e intenté relajarme. El domingo (más adelante lo contaré) fuimos a una competición ciclista y las madres de Alejandro y Jaime me mostraron su apoyo y su indignación con el gilipollas.
Ay, qué mal lo pasé, creo que jamás nadie me ha gritado como ese sinvergüenza. ¡Pobre David, su hijo!

jueves, mayo 17, 2007

Oídos y primos

Un llanto a las tres de la mañana. Saltó de la cama y corro hacia la habitación de Álvaro. Álvaro grita asustado al comprobar como la sangre se desliza por su nariz. Rápidamente le llevo al baño, le limpio, le tranquilizo y tras media hora le vuelvo a meter en la cama. Mamá, quiero el bibe, solloza. No, Álvaro, aún es de noche, tienes que dormir, susurró con tono bajo. Pero él insiste, llora y suplica. Por fin, el sueño le vence y el mío se desvanece. Deambulo por la casa con el insomnio metido en la venas y me pongo a colocar los papeles de hacienda. Las cinco de la mañana. Mi agobio por no dormir me obliga a meterme en la cama e intentar captar las ondas oníricas. Un grito se escucha en mitad del silencio. ¡Ay, ay! Salto de la cama y corro hacia la habitación de Diego. Mamá, grita Diego, me duele la muela. Le observo con calma. Diego, no es la muela es el oído. Llora con furia. Venga, cielo, vístete que nos vamos a urgencias, le comentó con suave voz. ¡Ay, ay!
A las seis y cuarto llegamos a la sala de espera del Hospital San Rafael. Sólo una pareja con un niño nos acompañan. Y les conozco: el ex alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, con su mujer y su nieto. No puedo evitar sonreír por la casualidad o más bien por la curiosidad. Diego Alonso, acuda a la sala cuatro, se oye por el megáfono. La doctora le osculta, observa su oído y nos da el diagnóstico: leve otitis. Ya son las siete y media de la mañana, vamos a la farmacia compro los medicamentos y Diego se emociona con los tapones de oído que tendrá que utilizar a partir de ahora para bañarse en la piscina. Me arrastro hasta casa. Diego ya no quiere dormir, enciende la tele y aprovecho para echar una cabezadita.
El resto del sábado se escapó entre el orden, las petunias y los juegos. Y el domingo, barbacoa de primos. El evento, en el jardín de los padres de Virginia. Una maravilla. Los niños (Mónica, Vitín, Manuela, Diego y Álvaro) corrieron como locos, se bañaron en la helada piscina, gritaron, se columpiaron... Y nosotros, "los adultos" disfrutamos porque los niños estaban entretenidos y pudimos hablar y reír. Y falta Cayetana, que fiel a sus costumbres, sólo quiso estar en brazos de su madre. Y el vino se esfumó en el paladar de Nico, Clara, JF y yo. Y la cerveza sin alcohol, en el de Virginia, María, Víctor y Roberto. Y todos compartimos las chuletas, la chistorra, la morcilla y los helados de avellana y almendras. Y en breve repetiremos, porque hay tradiciones que hay que mantener.

PD: Mañana, fotitos

jueves, mayo 10, 2007

"Opá" voy a hacer un corral...

Isabel y Pablo organizaron el sábado un cena para que viésemos cómo había quedado la obra de su casa y nos echáramos unas risas. Antes de ir, recogimos a mi madre con la teta aplastada y la mandíbula dolorida por el tortazo que se dio en una inauguración. La gente más que la exposición elogio el vuelo sincronizado que realizó mi amada madre al bajar por una pequeña rampa: saltó, voló y se estampó contra el suelo. “Menos mal que no llevo silicona, me habría estallado”, pensó mi avergonzada madre tirada sobre la alfombra y levantándose rápidamente para disimular su vergüenza. Según nos acercábamos al portal de Pablo e Isabel, mi madre admiró mi modelito y mi belleza (ay, qué modesta soy).
—Emma, vas muy guapa. Estilo “opá”. —comentó.
—¿Opá?
—Sí, Emma. Qué inculta eres. Es un estilo de los años sesenta.
—Pues no me suena.
—Hija, conéctate a internet y así te enteras. Ay, me extraña tanto que no lo conozcas...
—Pues a mí tampoco me suena el estilo “opá” —me apoyó mi querido marido.
—¡Cómo sois! —exclamó mi madre zanjando la conversación.
Antes de que el ascensor llegara a la tercera planta se me iluminó la mente. Bueno, más que la mente me acordé de la imaginación e inventiva de mi madre y hallé la solución.
—Mamá, seguro que es estilo “opá”.
—Sí, pesada.
—¿No será “pop art”?
—Hmmm... Bueno, eso “opá”.
Y Alonso y yo nos empezamos a reír a carcajadas.
—Así que la inculta era yo —dije entre risas— Pop art, mamá, pop art.
—Hija, ha sido un lapsus.
La velada en casa de Isabel y Pablo fue fantástica, aunque Roberto y Juan Fran salieron un poco humillados y avergonzados —Virginia no porque lo tiene asumido desde que su abuela le dijo a Roberto que su nieta era una "inútil" porque no sabía ni coser, ni cocinar, ni planchar...—. La humillación invadió a mi amado Alonso al contemplar como Pablo había montado la fantástica cocina de Ikea con la sierra de calar, como cocinaba (vamos que yo quedé culinariamente hablando a la altura del betún en comparación con la cena que nos sirvieron, toda elaborada por Pablo). Y, el remate: al finalizar la cena Pablo nos ofreció un maravilloso concierto de piano.
—Alonso, contigo me he equivocado —le dije antes de dormirme—. O me das un tercer hijo o me separo de ti. Ni tocas el piano, ni cocinas, ni montas muebles... Aunque, para qué negarlo, te quiero mucho.

viernes, mayo 04, 2007

Y como lo prometido es deuda...












La avioneta tardó veinte minutos en alcanzar los cuatro mil metros, el ruido era atronador, el pánico poco a poco fue invadiendo a Pepe. De pronto, una voz se escuchó entre el rugir de los motores: "En dos minutos abrimos la puerta". Pasado ese tiempo la portezuela se abrió, el aire revuelto invadió el pequeño interior de la avioneta y los expertos paracaidistas se lanzaron al vacío. Por último, Pepe y su monitor. Los nervios se esfumaron con el viento. Un minuto en caída libre y Pepe se sintió como Dios. Al cabo de sesenta segundos, el monitor abrió el paracaidas, un golpe seco y la calma le permitió disfrutar del paisaje como si fuera un águila negra. ¿Quieres más emoción?, le preguntó el monitor. Pepe asintió y empezaron a girar, a tomar velocidad y la adrenalina se escapó a raudales entre gritos y gestos. Y ahora, Pepe presume delante de todo el mundo porque, como dice él: ¡soy el más valiente!

La "morida"

El lunes, como todos los lunes, tocaba piscina. Así que me colgué la mochila a los hombros, cogí a mis niños y nos fuimos hacia allí. Antes de llegar una monitora paró su coche a nuestro lado.
-¿Vais a la piscina? -preguntó con cara seria.
-Sí.
-Es que hoy la piscina está cerrada. Ha muerto Doña Carmen y nos vamos todos al entierro.
-Vaya, cuánto lo siento -contesté a la monitora mientras le daba el pésame.
Y olvidé lo sucedido, pero Álvaro no. Antes de dormirse me interrogó con preocupación.
-Mamá, ¿mañana tengo piscina?
-No
-Claro, como hay una mujer "morida" en la piscina...
-No, Álvaro, no hay ninguna mujer muerta en la piscina.
-Sí, que lo ha dicho la monitora...
-Ha dicho que estaba malita.
-No, yo la he oído: hay una mujer "morida" en la piscina. Así que no quiero ir porque hay una mujer "morida" nadando en ella.
Hoy viernes tiene clase de natación y esta mañana me ha preguntado: ¿habrán quitado a la mujer "morida" de la piscina?
Ay, pobrecito mi niño.

El puente

Este fin de semana he gastado mis escasas energías en intentar agotar las exageradas energías de mis niños. Y no lo he conseguido. El “plan agotamiento” de los niños comenzó el sábado con una gratificante excursión a Consuegra, pero no llegamos porque el desvío no estaba indicado en la carretera general y, sin darnos cuenta, arribamos a Puertolápice (y si no nos plantamos en Córdoba fue de casualidad). Comimos en una terracita soleada justo al lado de una antigua corrala y nos fuimos rápidamente a Lillo para ver cómo Pepe se tiraba en paracaídas. En el aeródromo estaban aparcadas dos avionetas antiguas que rápidamente fueron utilizadas por los niños como toboganes o atracciones de feria. Manuela se unió velozmente al clan de los primos y el resto disfrutamos y temblamos al ver como las avionetas se perdían en el cielo y, al cabo de unos minutos, lejos muy lejos, aparecían unos minúsculos puntos negros que pasado un tiempo se convertían en paracaidistas. Los nervios florecían cuando se presentó un "paraca loco" e informó a los siguientes locos del aire qué debían hacer, qué instrucciones seguir y, sobre todo, les alentaba para que al surcar los cielos se sintieran Dios y que no olvidaran cerrar la boca al mirar hacia abajo porque podían ahogarse por la presión de la glotis. Pepe, ¿seguro que quieres tirarte en paracaídas?, pregunté con voz entrecortada. Emma, es lo que más me apetece del mundo, contestó con ilusión. Pero su ilusión duró un instante porque el "paraca loco" elevó la vista, contempló el cielo y les miró con cara triste. Chicos, lo siento, pero con este tiempo es imposible lanzarse, habrá que posponerlo, dijo con su mono macarra ceñido a sus piernas. Así que salvo Pepe todos respiramos tranquilos y volvimos en caravana a Madrid.
El “plan agotamiento” continuó el domingo con una gratificante excursión por Segovia con mi prima, Víctor y sus niños. Los ocho visitamos las cuevas de Enebralejos formadas por estalagmitas y estalactitas y nos sorprendimos por los misterios que oculta la naturaleza. Al salir el estómago nos reclamó alimento y acudimos al restaurante “La Cañada Real” donde nos saciamos de cecina, croquetas, paté, lacón, pastel de bacalao, asado, ensalada, filloas, helado casero y, para digerir esta dietética comida, un licorcito de manzana. Arrepentidos y con dos kilos de más nos fuimos a Navafría, al Chorro. El pinar nos recibió en la entrada y subimos quinientos metros en cuesta hasta contemplar la fabulosa cascada de “El Chorro”. María y yo subimos a trancas y barrancas, ahogadas por el cordero y pensando que nos iba a dar un ataque de flato; Diego y Mónica corrían como locos gastando sus energías subiendo y bajando—¡cómo lo harán!—, y Víctor y Alonso ejercieron de padres ejemplares llevando a sus menores a hombros.
Llegamos a Madrid a gatas, pero los niños seguían con sus energías intactas y aguantaron el sueño hasta las doce de la noche. Yo les mato, rugió Alonso.
El lunes, moscoso al tanto y disfrute de mis niños: parque y más parque, pero tampoco les cansé.
El martes, aprovechando que mis suegros ejercían de mega abuelos, nos concedimos una romántica cena en el restaurante argentino "La Recoleta". Nos sentaron en un reservado, en una mesa cercana cenaban dos parejas con ojeras y cuatro niños revoloteando a su alrededor. Me sorprendió porque no es el típico restaurante para ir con niños. Alonso observó a nuestros vecinos y levantó la mano para avisar al maitre. Por favor, nos podrían cambiar de mesa, es que para un día que salimos sin niños... Y disfrutamos de la cena en una silenciosa mesa y después nos tomamos unas copas y por la mañana me tomé un gelocatil para poder venir a trabajar.

PD. Y Pepe finalmente se tiró el martes en paracaídas. En breve, las imágenes