viernes, octubre 23, 2009

Gripe D

Unas décimas delataron el ataque. La invasión ha sido lenta y paulatina.
-Yo creo que Diego ha cogido frío. -expliqué a mi prima entre rollito y rollito en el restaurante asiático.
Al día siguiente la fiebre se disparó. Acudí a mi botiquín y empecé con las dosis de Apiretal, Dalsy y muchos mimos. La noche se perturbó con toses, termómetros, medicamentos y mal estar.
-Mamá, no me encuentro bien -balbuceó el lunes Álvaro.
Más fiebre. Hospital de campaña, llamadas al 112 y el temido diagnóstico: "por la virulencia, el contagio y la fiebre parece que sus hijos tienen gripe A", me explicó un sanitario que no sabía que Álvaro al ser asmático no podía tomar Dalsy (¡pedazo profesional!) y cuya única preocupación era que limpiara los pomos (ni que estuviéramos todo el día abriendo y cerrando las puertas), que recluyera a los niños en una habitación y que yo entrara con mascarilla (¡anda ya, bonito!).
Y la juerga nocturna me desveló: Álvaro devolvió, Diego sangró por la nariz, se me rompió el termómetro... Agotada.
-Lo siento no puedo ir a trabajar, tengo 39 de fiebre -me dijo Liset, la cuidadora de los niños a primera hora de la mañana. Y Alonso obtuvo el título de enfermero oficial después de cuidar a sus retoños.
¡Menudo panorama!
A Diego le di el alta el jueves, Álvaro sigue con el tratamiento de mimos en casa, mi hermano me ha prohibido ir a la fiesta del sábado (¡hipocondríaco!)... Y yo, como diría Luis, me mantengo a salvo de la gripe A por mi adicción a la coca-cola light, aunque no me librado de la gripe D, la gripe de la desesperación.

La canción de la semana:
Resistiré para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré...

domingo, octubre 18, 2009

Tengo el cuerpo fatal...

Felipe y Natalia, los novios

Domingo, 12 de la noche, mi mente inconsciente tararea una canción de Alaska: "Tengo el cuerpo fatal, pero una gran vida social". Mi cabeza asiente y mis pies me martirizan un poco más. Sí, tienen razón, pero ¡que me quiten lo "bailao"! Que para bailes los que me marqué el viernes en la boda de Felipe y Natalia a altas horas de la madrugada... Pero antes del baile, tomamos el cóctel entre anécdotas de todos los "femianos" (alumnos del colegio FEM) que recordaban que cuando eran jóvenes jugaban al fútbol en ese mismo terreno y que donde íbamos a cenar estaba la piscina del Club Las Lomas.
La nostalgia desapareció cuando llegaron los novios, guapísimos y divinos. La cena nos entonó con los ricos manjares y los vinos que volaban por nuestras gargantas inauguraron la sesión de risas ("Emma, baja el volumen, que se te escucha mucho", se quejaba mi jaquecoso Alonso). Después del vals de los recién casados, atracamos la barra para tomarnos unas copitas. La música de fondo nos tentó, miré a mi santo con ojos de suplicio y acudió al coche a por mis zapatos de repuesto (ay, que es un sol). Ya no tenía excusa: ¡a bailar! Todos danzamos como locos, cantamos, gritamos y reímos una barbaridad.
A las cuatro de la mañana saciamos el hambre con una fondue de chocolate con frutas (¡menos mal que mi vestido era suelto, si me llegó a poner el del corpiño estallan los corchetes!). Y entre fresas, copas y risas volvimos a casa a altas horas de la madrugada. ¡Viva los novios!
A las diez de la mañana del sábado se me abrieron los ojos, me arrastré hasta el baño, una ducha rápida y al ver mi cara en el espejo casi me pongo a llorar. Con el maquillaje y el rímel hice maravillas. Llegué a trabajar como si hubiera dormido plácidamente ocho horas y al salir se me pinchó una rueda, vino el operario del seguro, la arregló y por la noche: cenita en el Matsuri con mi prima y Víctor, Roberto y Virginia y los seis niños... De madrugada, para seguir la juerga, Diego con fiebre... Como diría Alaska: tengo el cuerpo fatal, pero una gran vida social.




Mi family

domingo, octubre 11, 2009

Érase una vez...

La reina y los infantes

Érase una vez un día soleado y festivo. El rey, don Juan Alonso, propuso a su reina, doña Emma, acudir con los infantes a conocer sus feudos. Los príncipes, don Diego y Álvaro Alonso, brincaron de emoción. La familia real tomó el carruaje hasta sus terrenos: Segovia. La gran joya de la corona, el acueducto, mostraba todo su esplendor.
Tanto monta, monta tanto, llegaron a la catedral y de allí al suntuoso castillo, el Alcázar. Las princesas, Manuela y Cayetana, abrazaron a sus primos los príncipes y pasearon por las distintas estancias. Finalmente el rey indicó por dónde ascender hasta el torreón más alto para divisar el fantástico paisaje.
Y como en todos los cuentos: fueron felices y comieron cordero, que las perdices es una horterada en estas tierras de cordero y cochinillo.
Fin

Príncipes y princesas

lunes, octubre 05, 2009

Sobre fiestas y cuchis

Jueves, 22:00 h.
-Llámame cuando vayas por Cuatro Caminos -me comentó Blanca antes de colgar el teléfono.
-Vale- contesté tranquilamente.
Tras veinte años de amistad sabemos lo bueno y lo malo de cada una, así que a la altura del Bernabéu la llamé, no contestó. Repetí la operación en Cuatro Caminos, tampoco contestó. Intenté relajarme. Al llegar a su casa comprobé que no estaba en el portal. Llamé al fijo. "Ay, Emma, ya bajo". Cinco minutos, diez, quince... Relájate, ya sabes como es ella, siempre ha sido así, siempre llega tarde, vale, tú eres muy puntual pero ella no... Al fin, apareció.
-Eres la leche.
-¿Por qué dices eso?
-Te he llamado dos veces al móvil...
-Ay, lo tenía en silencio.
-Y al fijo y llevo casi veinte minutos esperándote.
-Venga, no refunfuñes tanto que vamos a llegar tarde...
Bufé un poco más y arranqué.
-Emma, yo creo que sería mejor que aparcaras y fuéramos en Metro. Por esa zona no hay quien deje el coche...
Antes de hablar intenté relajarme al estilo zen.
-¿Estás segura?
-Sí, luego volvemos en taxi.
Observé mi adorado coche: un vaso con hielo y coca-cola light reposaba a mi derecha, el cenicero sujetaba un cigarro... El paraíso.
-Si quieres... Yo no tengo ni idea de que línea hay que coger.
-Venga, aparca.
Respiré profundamente, aparqué y sonreí por ser tan lista y haberme cambiado de botas.
Caminamos hacia la parada de Metro.
-Pues yo hubiera ido en coche -solté como si nada.
-Yo también prefería ir en coche.
-Joder, Blanca, me vas a volver loca, pero si me has dicho que querías ir en Metro.
-No, yo lo he dicho pensando en ti, por si te daba pereza meterte por el centro y luego no encontrábamos sitio para aparcar.
-Pues no pienses tanto. Venga, al coche que a mí no se me ha perdido nada en el Metro. Eres la leche.
-Encima que lo he hecho por ti...
Entre risas y confidencias llegamos a la fiesta del décimo aniversario del estudio de diseño de Chino ambientada en la época "cowboy" en pleno Huertas. Brindamos por su éxito, por la futura boda de Felipe y por todos nosotros.
A las dos Blanca y yo abandonamos agotadas el local y, oh, qué suerte, volvimos en coche a casa.
-Mañana nos vemos -dijo Blanca al despedirse.
-¿Por?
-¿No te acuerdas? Tenemos la cena de mujeres...
-Mi marido me va a matar.
-¡Pero si es un santo!
-Santa yo, querida, por aguantaros a todos.

Viernes
Día de ocio (es lo que tiene no trabajar un viernes). Los niños felices. Diego me abandona y se va al cumpleaños de su amiga Paloma, Álvaro se aprovecha e invita a Daniel. La tarde se escurre. A las ocho y media recojo a Diego. Las nueve y yo con estos pelos. Me ducho a toda velocidad, preparo la cena a mis retoños. Álvaro se percata.
-Mamá, ¿vas a salir hoy?
-Sí.
-¿Dónde vas?
-Tengo una cena con mis amigas.
-Pues tú no vas, ayer saliste.
Manda h...
-Querido, tú has estado con tu amigo.
-Eso es distinto.
-Huye rápidamente o tu hijo te ata a la pata de su cama -me susurra Alonso mientras ejerce de padre ejemplar.
A las diez aparezco por Malevos (¡qué originales!) y las historias del verano vuelan entre mi cerveza y sus bebidas sin alcohol.
-Ay, es que mañana me tengo que hacer un análisis de sangre -se queja Nuria.
-¡Qué casualidad, yo también! -afirma Blanca.
-Callad, que me vais a deprimir, estáis muy achacosas.
De pronto aparece el súper hipocondríaco, mi hermano Roberto, y descubre a mi amiga hipocondríaca, Nuria. Las conversaciones se centran en las distintas pruebas médicas a las que se han sometido en el último mes: audiometrías, escáneres, tac cerebral, análisis...
Me agarro con fuerza a la cerveza, miro la cara atónita de Mayte, se cruzan nuestras miradas y sonreímos perplejas. Las anécdotas médicas nos rodean. Al final, como siempre, no podemos evitar llorar de la risa.
-¿Alguien quiere una copa? -pregunta Roberto.
-¡¡No, que mañana me hacen un análisis!! -gritaron Nuria y Blanca al unísono.
-¡Un gin-tonic, por favor, que me va a dar algo!!

Sábado
Pese a mi ajetreada vida nocturna, soy una madre ejemplar.
A las once de la mañana llevé a mis hijos a la piscina. Después, deberes y a las cuatro y media partimos hacia el Juan Carlos I: Diego en su bici (un as), yo con Álvaro y los walkies (¡qué invento!) en el coche y Alonso, pobriño, en casa durmiendo la siesta y viendo el partido del Barça.
Álvaro se colocó sus patines y rodó por la pista, Diego partió a dar una vuelta y yo me aposenté en un murete junto a mi coca-cola light y los walkies.
-¡Diego, dónde estás! Corto.
-En el barco pirata. Corto.
-Ten cuidado.
El hombrecillo que estaba sentado a mi derecha me miraba como hablaba con mi walkie con cara de pocos amigos (¡envidioso!). Un perrito blanco bastante ridículo descansaba a sus pies. De pronto, empezó a gritar.
-¡¡Milady, cinco vueltas más por haberte parado!!
En la pista una bella mujer dominicana intentaba patinar.
-Ay, cuchi, no me digas eso, que estoy cansada.
-Milady, por hablar, seis vueltas más.
Intenté contener mi mala leche y mis ganas de estamparle el bote de coca-cola sobre su fea cara. Atónita, comprobé como "milady" seguía sus órdenes y giraba sobre la pista.
-Ay, cuchi, déjame descansar.
-No, sigue patinando.
Diego había vuelto de su paseo.
-Mamá, no crees que ese hombre es muy brusco con esa mujer.
-Sí, cielo, si llego a ser yo la que estoy en la pista me quito los patines y se los tiro a la cabeza.
-¡Qué graciosa eres!
-Que te lo digo en serio...
Milady siguió patinando, Cuchi mantuvo sus gritos, mi indignación iba en aumento... Era el momento de partir.
Cuchis, mañana más.