lunes, junio 19, 2017

Crisis de pareja por culpa de un quiróptero


El calor primaveral asola la ciudad y los sudores me hacen desvariar. Me tumbo en la hamaca del jardín, cierro los ojos y mi imaginación me traslada a la consulta de una experta en terapia de pareja. La psicóloga ─mi mente la imagina mujer, pequeña, morena, con gafas de pasta negra sujetas a su cuello con un cordón dorado y una pluma estilográfica Montblanc que balancea entre sus dedos antes de anotar mis desquicies en su agenda Moleskine─ me recibe en su despacho de grandes ventanales y me sugiere que me acomode en el diván estilo Chesterfield.
   ─¿Por qué has venido a mi consulta? ─me interroga con una voz demasiado estridente para mis sensibles oídos.
   La pregunta me parece absurda, pero contesto la obviedad.
   ─Porque mi matrimonio sufre una gran crisis difícil de solucionar.
   ─¿Desde hace mucho tiempo?
   ─Exactamente desde hace cuatro días, desde el 16 de junio ─la psicóloga me mira sorprendida─. Ese día todo parecía perfecto: mi hijo mayor aprobó la selectividad, felicité a mi padre por su cumpleaños, cené con unos compañeros del trabajo... Incluso una tormenta de verano refrescó la noche.
   ─Entonces, ¿qué sucedió con tu pareja? ¿Te maltrató?
   ─¡No, qué exagerada!... Bueno, un poco sí, pero no pienses mal.
   ─Una de las características de las mujeres maltratadas es que niegan que sufren vejaciones por parte de sus compañeros.
   Ahora soy yo la que no pestañea. ¿Pero qué dice esta mujer?
   ─A ver, no te montes películas o me levanto del diván. Aquella noche, cuando volví a casa, me tumbé en la cama, cogí mi kindle, empecé a leer...
   ─¿Y dónde estaba tu pareja?
   ─Pues a mi lado, navegando con el Ipad.
   ─¿Entonces?
   ─Todo sucedió en una fracción de segundo. Alonso, mi marido, saltó de la cama, salió de la habitación y cerró la puerta. Le miré extrañada sin entender qué estaba ocurriendo hasta que el aleteo de un animal me hizo gritar como una histérica. Alrededor de la cama volaba un negro murciélago que se había colado por la ventana. El pánico bloqueó mis pulmones, temía que la rata voladora se posara en mis rizos, tiré el kindle y me abalancé hacia la puerta para escapar de la persecución del quiróptero insectívoro que campaba a sus anchas por mi cuarto. 
   ─¿Y al salir tu pareja te pegó?
  ─Tú eres tonta... ¡Pues claro que no! Los dos gritamos desesperados sin saber qué hacer. De vez en cuando entornábamos la puerta para ver qué hacía el invasor nocturno hasta que, al cabo de los tres minutos más largos de mi vida, el murciélago escapó a la negra noche. En ese instante, sentí que el amor también se esfumaba por la ventana. ¡Cómo es posible que mi Alonso huyera despavorido de nuestro cuarto, cerrara la puerta y me dejara sola ante el peligro!
   ─Emma, ¿nos vamos al Bauhaus para comprar la manguera y los tornillos de las hamacas? ─el grito de Alonso descompone la escena de mi terapia de pareja y me devuelve a la realidad.
   ─Vale, y que no se nos olvide ver las mosquiteras para que no se cuelen más murciélagos... Por cierto, ahora que hemos superado nuestra crisis espero que jamás acudamos a una psicóloga matrimonial.
   ─¿Qué crisis?
   ─La del murciélago, Alonso, la del  murciélago... ¡Hombres!




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