martes, agosto 18, 2026

Juan Tamariz y el espía



Infancia, 'Un, dos, tres' y el ¡Chantatachán! de Juan Tamariz, ese grito que nos sumergía en su magia, en la ilusión de su arte para adivinar las cartas, para hipnotizarnos con sus engaños indetectables con las naipes por muy cerca que estuvieras de él. Su muerte ha trasladado mi memoria al pasado. 
    Como dirían en "Las chicas de oro", corría el año 1982... Ese verano acudió a nuestra casa de Quito (Ecuador) un amigo de mi padre, del que, en breve entenderéis el porqué, no puedo desvelar su nombre. Miento, no era un amigo, era un espía. "Jamás digáis que es un agente secreto delante de él, y menos fuera de aquí", nos insistió mi padre a mi hermano Roberto y a mí. Confieso que su porte no era como el de 007: su mirada azul era bastante singular, un ojo aquí, otro allá, y su cuerpo como el del clásico españolito que perseguía a las rubias suizas en la época del destape, ningún glamur. Lo observé con absoluta intriga y desconfianza. ¿Cómo era posible que un espía profesional al estilo James Bond desvelara su identidad? Sin embargo, tras cenar, nos confesó que él era mago. Tan mago que había aprendido con Juan Tamariz varios de sus trucos. Lo miré aún con más desconfianza, ¿un espía mago? No me cuadraba nada. ¿Mentiroso, mago o espía? A día de hoy, solo sé que esa noche quedé cautivada con sus hechizos al ver cómo las cartas aparecían y desaparecían por arte de birlibirloque. ¿Sería todo una tapadera para camuflar su identidad? 
Corría el año 1982, la magia se coló en mi vida y Juan Tamariz, desde la pequeña pantalla, se convirtió en el rey de la ilusión y el malabarista de las naipes. Eso sí, el espía se esfumó, nada por aquí, nada por allá 
Descansa en paz, Juan Tamariz, y mágicas gracias.
    

sábado, agosto 15, 2026

Eclipse solar y filosofía de vida



No era un miércoles cualquiera, era el día más esperado del año. Torreznos en Riaza, morcilla y chorizo en Ayllón; una, dos, tres, innumerables cervezas de terraza en terraza, de risa en risa... A las cinco de la tarde la caravana de coches partió hacia la explanada de Los Rasos, en el encinar de Saldaña de Ayllón. ¡Organización!: montar las mesas de picnic bajo las encinas, abrir las sillas plegables, más cervezas, hasta algún ron, y tortillas de patatas, ensalada de tomate, empanada... Todo listo para el gran evento natural del año: el eclipse solar total del 12 de agosto. 
    Soledad en campos de Castilla. Nadie alrededor, salvo una avioneta que cruzaba el cielo y nos trasladaba a "Memorias de África". Rodearse de gente culta tiene sus ventajas: las explicaciones sobre las fases del eclipse, la importancia de Venus o el cambio cromático de la naturaleza según se acercaba el momento culmen. Clase magistral. La Luna empezó a morder el Sol como un comecocos de los 70. El tiempo avanzaba poco a poco, la luz disminuía, las hormigas se refugiaban en sus hormigueros, todos con nuestras gafas de protección solar como recién salidos de 'Matrix'. Nervios, muchos nervios. De pronto, la maravilla natural, la oscuridad, la corona tras la Luna, el anillo de diamantes, la piel de gallina, esa lágrima de emoción que se resiste a rodar por la mejilla. Como diría Jesulín, en dos palabras "im prezionante". Un acontecimiento único.
    Al día siguiente, observé con perplejidad como un momento tan universal, que no es ni de izquierdas ni de derechas, también había dividido a la sociedad. Gente que se negó conscientemente a verlo, que se mofaba de aquellos que se habían conmocionado con el eclipse, que presumían por ser especialitos y superiores al resto de la humanidad. Pues qué queréis que os diga, que en la vida hay que gozar, y más de los momentos únicos, que este verano hemos podido compartir la victoria de España en la final del Mundial, un eclipse total... Una fiesta de emociones. Porque esa es mi filosofía de vida: disfrutar todo lo que se pueda, compartir con los tuyos, con la familia y amigos. Sí, me gusta ser una tía básica, disfrutona y fiestera, y quien no haya querido ver el eclipse, pues allá él. 

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jueves, enero 08, 2026

¡Viva España y feliz año, valientes!



De nuevo, como un déjà-vu que se repite cada enero, saco las cajas de los altillos para guardar los adornos navideños. Atrás quedan las cenas familiares, las reuniones con amigos, los excesos de comida y bebida, las risas que se convierten en carcajadas y la ilusión que titila como las estrellas que lucen en la cristalera del salón. Nostalgia por los días pasados, pero orgullosa de ser española y cuidar nuestras tradiciones, con dos roscones. Acaso no es emocionante terminar el 31 de diciembre zampando una uva con cada campanada con doce riesgos intrínsecos de atragantamiento; con el terror a que una posible babilla indecorosa se deslice por la comisura de los labios desplazando el pintalabios y parecer el Joker; con ese temor a que al morder una uva blanca uno de sus pipos rompa el implante de la muela, cuyo importe fue tan elevado que  el dentista disfrutó durante una semana de un resort de República Dominicana con todo incluido; con el pánico a que una tos genere que el líquido sin fermentar se expulse por la nariz como los mocos verdes de los bebés constipados; con el estrés de no ser capaz de terminar al compás de las campanadas; con el pavor de que al gritar ¡feliz año! y te abraces al de tu derecha, al de tu izquierda, al de delante o al de detrás, algún impresentable (o tú mismo) devuelva como un orco las doce uvas que aún no ha digerido sobre tu chaleco brilli-brilli. Por favor, qué mejor manera de empezar el nuevo año que con la más maravillosa y más arriesgada tradición española, la que el resto del mundo no se atreve a importar porque hay que ser muy, pero que muy valiente. De cobardes es ver la 'caída de la bola' en Times Square, en Nueva York, o el Big Ben, en Londres, mientras hacen la cuenta atrás. ¡Venga ya! Y lo del besito debajo del muérdago... ¡Con lo emocionante que es descorchar el champán, que el corcho haga un boquete en el techo y brindemos con tal fuerza que se rompa alguna copa y nos clavemos los cristales en los pies descalzos porque ya no aguantamos los tacones! Después de tanto estrés, ¿quién no se toma una o quince copas de más? 

Y una semana después de sobrevivir a la aventura de riesgo de las doce uvas, llega la noche más mágica: la visita de los Reyes Magos (only español, con dos roscones). Qué maravilla contemplar la cabalgata; escribir la carta a sus majestades y mentirles un poquito para que crean que hemos sido buenos y nos obsequien con algún regalo; no dormir por los nervios; disfrutar con la ilusión de los niños y no tan niños. Ahí estamos todos los pajes unidos para mantener el secreto, para ayudar a Melchor, Gaspar y Baltasar. Los extranjeros tampoco se atreven a importar nuestra gran noche porque hay que ser muy valiente para desconectar la alarma de casa y dejar entrar a altas horas de la noche a tres reyes, varios pajes y los camellos (de los de cuatro patas, creemos). Que tiemble el mundo porque sus altezas, además de beberse el vino, comer el roscón y alimentar a sus fieras con las zanahorias y el pan duro, puede que solo te dejen carbón, y del dulce, con lo salada que yo soy. 

 ¡Viva España y feliz año, valientes!