jueves, enero 08, 2026

¡Viva España y feliz año, valientes!



De nuevo, como un déjà-vu que se repite cada enero, saco las cajas de los altillos para guardar los adornos navideños. Atrás quedan las cenas familiares, las reuniones con amigos, los excesos de comida y bebida, las risas que se convierten en carcajadas y la ilusión que titila como las estrellas que lucen en la cristalera del salón. Nostalgia por los días pasados, pero orgullosa de ser española y cuidar nuestras tradiciones, con dos roscones. Acaso no es emocionante terminar el 31 de diciembre zampando una uva con cada campanada con doce riesgos intrínsecos de atragantamiento; con el terror a que una posible babilla indecorosa se deslice por la comisura de los labios desplazando el pintalabios y parecer el Joker; con ese temor a que al morder una uva blanca uno de sus pipos rompa el implante de la muela, cuyo importe fue tan elevado que  el dentista disfrutó durante una semana de un resort de República Dominicana con todo incluido; con el pánico a que una tos genere que el líquido sin fermentar se expulse por la nariz como los mocos verdes de los bebés constipados; con el estrés de no ser capaz de terminar al compás de las campanadas; con el pavor de que al gritar ¡feliz año! y te abraces al de tu derecha, al de tu izquierda, al de delante o al de detrás, algún impresentable (o tú mismo) devuelva como un orco las doce uvas que aún no ha digerido sobre tu chaleco brilli-brilli. Por favor, qué mejor manera de empezar el nuevo año que con la más maravillosa y más arriesgada tradición española, la que el resto del mundo no se atreve a importar porque hay que ser muy, pero que muy valiente. De cobardes es ver la 'caída de la bola' en Times Square, en Nueva York, o el Big Ben, en Londres, mientras hacen la cuenta atrás. ¡Venga ya! Y lo del besito debajo del muérdago... ¡Con lo emocionante que es descorchar el champán, que el corcho haga un boquete en el techo y brindemos con tal fuerza que se rompa alguna copa y nos clavemos los cristales en los pies descalzos porque ya no aguantamos los tacones! Después de tanto estrés, ¿quién no se toma una o quince copas de más? 

Y una semana después de sobrevivir a la aventura de riesgo de las doce uvas, llega la noche más mágica: la visita de los Reyes Magos (only español, con dos roscones). Qué maravilla contemplar la cabalgata; escribir la carta a sus majestades y mentirles un poquito para que crean que hemos sido buenos y nos obsequien con algún regalo; no dormir por los nervios; disfrutar con la ilusión de los niños y no tan niños. Ahí estamos todos los pajes unidos para mantener el secreto, para ayudar a Melchor, Gaspar y Baltasar. Los extranjeros tampoco se atreven a importar nuestra gran noche porque hay que ser muy valiente para desconectar la alarma de casa y dejar entrar a altas horas de la noche a tres reyes, varios pajes y los camellos (de los de cuatro patas, creemos). Que tiemble el mundo porque sus altezas, además de beberse el vino, comer el roscón y alimentar a sus fieras con las zanahorias y el pan duro, puede que solo te dejen carbón, y del dulce, con lo salada que yo soy. 

 ¡Viva España y feliz año, valientes!