jueves, junio 11, 2015

Entre varias aguas

Coches al agua

Mi amigo insomnio abusa de su confianza y aparece por mi ser a la hora que le viene en gana. Esta noche me ha despertado a las tres de la mañana con olor a tierra húmeda y con el tintineo de pequeñas gotas de agua resbalando por la noche. Sigilosamente me he escapado de la habitación con mi libro y mis gafas y me he acurrucado en mi rincón secreto: el sofá de debajo del ventanal del salón que acababa de abrir. Estaba inmersa en la lectura de "Setecientos millones de rinocerontes", de Manuel Vilas, cuando la naturaleza enfadada ha perturbado mi calma. Los truenos, rayos, relámpagos y centellas han acaparado todo el protagonismo y han despertado bruscamente mis paranoias. ¿Y si se cuela un rayo?, ¿y si la lluvia tira el árbol de la vecina?, ¿y si ese trueno tan estrepitoso rompe los cristales?... Sin hacer ruido y con el miedo navegando por mis venas he cerrado la ventana, he subido a la habitación y me he refugiado atemorizada bajo el edredón hasta que el granizo me ha despertado con su fuerza.
   Después de una gran noche se me antojó que el día iba a ser tranquilo: dejé a los niños en el cole, me fui a desayunar con una gran amiga hasta que de camino al trabajo me atrapó un enorme atasco. Intenté ir de lista, atajé por el aparcamiento del parque y de pronto el agua se hizo dueña de las carreteras, aceras y rotondas.  Sentí de nuevo el pánico: ¿qué hacía en medio de una riada?, ¿me arrastraría el agua hasta el mar Mediterráneo?, ¿tendría que venir la policía a socorrerme?... Aterrada susurré al volante "venga, nene, tú puedes mucho", pisé acelerador, rogué a mis fantasmas que no dejaran que el agua me llegara al cuello y, como siempre, no me defraudaron. 


Rotonda de la avenida de Logroño, Madrid

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