Jardín trasero
Además, desde hace un tiempo me persigue un misterio de difícil solución. Me explico. El jardín trasero tras la implacable lluvia luce florido. Las petunias blancas y rojas están esplendorosas, llenas de flores, el jazmín trepa sin cesar por las paredes, la hortensia se cree la reina entre el granado y el lilo. Salgo a fumar mi cigarrito y admiro, entre estornudo y estornudo, el conjunto y suspiro de emoción. ¡Ay, qué bonito ha quedado el jardín tras la obra, qué plantas, qué geranios!
En cambio, el jardín delantero me trae de cabeza. Las petunias se han quedado raquíticas, enanas y las ridículas flores están llenas de diminutos agujeros. Observo con atención y no entiendo qué ocurre. Lo comento con Alonso y me mira con cara de, de, de...vamos, que el tema petunia no le afecta ni le preocupa. De pronto, una mañana descubro un rastro en una flor de la petunia. Ajá, esta estela es de un caracol, le comento a la petunia que levemente mueve sus hojas para confirmar mi descubrimiento (estas conversaciones con las flores no se las cuento a Alonso porque es capaz de mandarme al psicólogo). La hiedra se había colado entre los maceteros y cubría parte de la pared. Cogí las tijeras de podar, apliqué mis técnicas de Sherlock Homes y (ay, cuánto me quiero), tras el follaje descubrí a los asesinos come petunias. Un nido enorme de caracoles (más de veinte, y de los gordos) dormía bajo las hojas de las hiedra. ¡Os pillé!, grité emocinada. Corté la hiedra, cogí los caracoles y los deposité en un jardín cercano (¡pobriños!).
Jardín delantero
Agotada con tanto esfuerzo neuronal me preparé una coca-cola light, salí al jardín florido y admiré los graciosos juegos y saltos de la nueva camada de gatitos que han nacido sobre el tejado del garaje del vecino. Ay, divinos animales (no todos, claro)
No hay comentarios:
Publicar un comentario