lunes, septiembre 12, 2011

Murphy, Feng shui, energía Chi y supersticiones


Uno de mis cactus


Es inevitable que la gente hable, cuente sus historias, sus manías u obsesiones. Es inevitable que los demás escuchen y, en muchos casos, que esas afirmaciones se adhieran con fuerza al alma. En mi caso suele ser así, sobre todo si están relacionadas con el futuro incierto. 
Durante muchos años de mi vida las supersticiones me han vuelto más tarumba de lo normal. Mi madre es adicta a coleccionarlas y ese goteo incesante al final cala hasta lo más hondo. La sal no se puede pasar de mano a mano, si encima se te cae debes ponerte de espaldas y lanzar un puñado de sal al infinito y más allá, cuidado con los gatos negros, las hortensias traen mala suerte, los peces auguran un negro futuro, sobre la puerta siempre debe haber una herradura, en la cocina un poquito de sal y vinagre para espantar los malos espíritus, si se deja el bolso en el suelo o encima de la cama espantas al dinero; si os contara lo que hay que hacer si pasa un coche fúnebre cerca nuestro...
Mi vida era un estrés: tenía que ver dónde dejaba el bolso, no errar a la hora de elegir una planta, cocinar con mimo y mucha precaución para que la sal no se desparramará... Encima las revistas me bombardeaban con normas de Feng Shui para que en casa la energía Chi fluyese sin descanso: la cama no debe colarse frente a la puerta, si en el baño tiras de la cadena sin haber bajado aún la tapa del water se ahuyenta el dinero y la suerte, hay que tener frutas y flores en la cocina para aumentar el flujo positivo del Chi (¡ojo!, pero no pueden ser cactus ni hortensias)...
Lograr ese estado zen estaba crispando mis nervios. La gota que colmó el vaso llegó el día en que mi madre me prohibió cortar las uñas al niño un domingo. "¡Emma, nunca lo hagas en domingo!", me gritó aterrada. En ese momento mi alma se rebeló. "¡Hasta ahí podíamos llegar"!, vociferó una voz en mi interior que no sé si provenía del Chi, del zen o de la supertición.
Al día siguiente, en el vivero, compré una hortensia y dos cactus; acaricié un gato negro, tomé un salero que me pasaron con la mano (si se me cae la sal, tiro un puñadito de espaldas, no lo puedo evitar) y dejé el bolso sobre la cama. Por fin notaba un poco de calma en mi vida y mis fantasmas también (algún un día os hablaré de ellos). 
De pronto apareció Murphy y trastocó mi calma. Esta vez fue culpa de mi padre que por teléfono me dijo "Emma, ya sabes lo que dice Murphy: si las cosas van mal irán a peor". Colgué el teléfono y sentí como mis piernas empezaban a temblar. "¿Por qué me ha dicho esa frase? Ay, Murphy, ten piedad de mí", supliqué mientras me apoyaba en una silla. Aterrada miré al jardín y vi los cactus y la hortensia, me acordé que por la noche se me había caído la sal y que uno de mis hijos no había bajado la tapa del water...
Por ahora el puñetero Murphy me ha roto el friegaplatos y los motores de las dos ventanillas del coche. Como estoy sin coche voy a trabajar andando y así alimento la energía zen, friego los platos para potenciar la energía Chi, salgo de casa con el pie derecho para hacer feliz a las supersticiones, he empezado a leer "Maldito karma" y me he puesto a dieta: ¡a ver si así le gusto a Murphy y deja de romperme las cosas!

3 comentarios:

  1. Si ya te lo decía yo, incrédula!!!!! y, encima, no haces el bizcocho del Padre Pío......

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  2. Volver de vacaciones es lo que tiene, si todo va bien no es interesante, es un aviso de que todo vuelve a la normalidad........El resto puras habladurias.

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