
El drama de aquellas vacaciones era saber qué hacíamos con el gato (aún no habían nacido nuestros retoños). Juan Fran se rompía la cabeza. Las opciones de Guadarrama y Saldaña las descartó rápidamente. "Emma, allí puede que se pierda. Imagínate qué disgusto", me argumentaba todo sofocado. "Bueno, pues si quieres no vamos a Mallorca", contestaba yo un poco desesperada. Por fin, Paloma nos dio la solución.

-Oye, Emma, si quieres me quedo yo con el gato.- comentó un día.
-¿En serio? No te importa.
-Emma, qué más me da... Ya tengo un gato, así que dos no me va a suponer ningún problema.
-Bueno, en principio vale, pero antes se lo preguntaré a Alonso... Ya sabes que Lucas es lo que más quiere.
Al cabo de unos días quedamos en ir a cenar a su casa y, de paso, depositar al felino.
-¿Pedimos una pizza?- preguntó Raúl, el marido de Paloma.
-Vale- asentimos todos.
Mientras los maridos hablaban de cámaras fotográficas, Palo y yo nos fuimos a fumar un cigarrito a la terraza (un cuarto piso, aunque parezca que no tiene importancia, la tiene).
Los gatos nos acompañaron al rincón del vicio. Vincent, el gato de Paloma, intentó pasar a casa de la vecina, pero ante el peligro desistió. Lucas, en cambio, se dispuso a rematar la idea.
-!!Lucas!!- gritó Paloma- Ven aquí que te vas a caer...
El gato la miró con ojos de felino, adelantó una pata y cayó al vacío.
-AAHHHHHHHHH- gritamos con el corazón en un puño.
La oscuridad no nos dejaba ver qué había pasado.
Entramos en casa a toda velocidad y con un enorme ataque de nervios.
-Juan Fran- dije con un hilo de voz- Lucas se ha caído por la terraza.
Alonso me fulminó con la mirada.
-¿Qué dices?
-En serio, no sé qué ha ocurrido, ha resbalado y se ha precipitado al vacío. Lo siento, creo que se ha matado.
Alonso mantenía las lágrimas a raya. Se levantó.
-Raúl, por favor, acompáñame a ver qué ha pasado- suplicó con voz de funeral.
Descendieron hasta el rellano. El garaje estaba cerrado y la única forma de acceder al patio interior era a través de la terraza de alguna casa del primer piso.
Tras llamar sucesivamente a una puerta, una anciana mujer envuelta en una bata de pana nos abrió.
-Disculpe, señora, necesitamos que nos deje pasar a su casa para llegar al garaje. Mi gato se ha caído desde el cuarto piso. Por favor, déjenos pasar.- argumentó Juan Fran.
La mujer al ver la cara de drama que teníamos los cuatro accedió un poco sorprendida.
Nos asomamos a la terraza. Todo estaba oscuro, pero un pequeño maullido nos ilusionó.
-!!Está vivo!!- gritó Juan Fran.
Alonso, desesperado, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Yo me quedé lívida. Raúl decidió ayudarle, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Paloma se quedó lívida. La anciana nos miró estupefacta.
-Pues sí que quieren al gato...-nos comentó perpleja por la aventura que se estaba viviendo en su casa.
-!Está aquí!- gritó Raúl.
Juan Fran se acercó a toda velocidad y cogió dulcemente a Lucas.
-Lucas, Lucas- susurraba a su oído- ¿Qué te ha pasado?
Lo palpó levemente y no percibió ninguna rotura, aunque el gato estaba en estado de shock.
-Juan Fran, ahora no sé cómo vamos a salir- dijo Raúl con cara de preocupación.
-Es verdad, no hay manera de subir hasta el primer piso.
-!!Chicas!!- gritaron los dos - Buscad una escalera para que podamos salir.
La anciana nos miró y nos tranquilizó.
-Tengo una escalera, esperad que os la traigo.- nos dijo mientras se iba a la cocina.
Apareció con una gran escalera. Estábamos a punto de tirársela a nuestros hombres y al gato cuando...
-Emma, espera- gritó Paloma- Si bajamos la escalera luego no habrá forma de subirla. Habría que atarla con una cuerda para ascenderla más tarde- sugirió Paloma.
De pronto, la anciana sacó unas tijeras y cortó la cuerda de tender.
-Atadla con esta cuerda- nos ordenó.
-Señora, pero se ha quedado sin cuerda de tender- dije con cara de sorpresa.
-No me importa. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mañana compró otra cuerda- contestó súper sonriente.
Bajamos la escalera, primero subió Raúl y después muy despacio Juan Fran con el gato enganchado a su espalda.
Los gritos y abrazos de emoción se sucedieron.
-Luquitas, cómo estás. Ay, qué susto nos has dado- musitábamos los cuatro llorando de la emoción.
La mujer de la bata, nos miraba desde una esquina y no daba crédito.
-Señora, muchas gracias- dijimos tras subir la escalera- No se imagina cuánto se lo agradecemos.
-No hay de qué- contestó educadamente- La pena es que no se lo puedo contar a mis amigas y a mi familia porque son capaces de encerrarme en un psiquiátrico.
Acarició al gato y le susurró al oído.
-Gato, aprovéchate de tus amos, están totalemente agilipollados.
Rápidamente cogimos a Lucas y nos fuimos a un centro veterinario de urgencia. Le contamos nuestra aventura al veterinario y se rió al ver como el gato saltaba por toda la consulta.
-Chicos, vuestro gato ha sufrido el "síndrome del paracaidista". Los felinos aunque sean caseros no pueden evitar vivir emociones fuertes, va en sus genes. Aun así os voy a recetar unos tranquilizantes y mañana lo traéis de nuevo para que le haga una revisión.
Volvimos a casa de Paloma, comimos la pizza fría y después de unas copas de vino, dejamos a Lucas.
La semana en Mallorca fue muy relajante, aunque Juan Fran llamaba un mínimo de dos veces al día a Paloma y Raúl para ver como evolucionaba su amado gato.