martes, julio 20, 2010

Autoengaño veraniego

Detalle de una de mis cenas

Cena con las mamás de Diego, cena con las amigas del Saint-Dominique... Mi cuerpo orondo estaba feliz con tanto festín (sin haberlo deseado me ha salido un pareado), pero yo, consciente de mi abandono había marcado en el calendario mi cita con mi adorada gordóloga. El lunes acudiría a la tortura: subiría al peso, gritaría al ver cómo la aguja delataba mis excesos, aguantaría estoicamente la bronca y asumiría mi mea culpa (previo pago de la consulta, que hasta para que te regañen tienes que pagar).
El día anterior, antes de acudir a mi sesión de maso, saboreé en la piscina mi nuevo descubrimiento: ¡helado kit-kat!, que además de zamparte un helado de nata te comes un kit-kat, una bomba calórica total.
El lunes abrí el ojo, miré el despertador y asombrada comprobé que eran las once de la mañana.
-¡No puede ser! -grité afónica tras mi noche de aullidos por ser los Campeones del Mundo-, me he quedado dormida, no llego a mi cita con la gordóloga.
Sentí como mis michelines reían.
-Venga, Emma, deja la tortura para después de verano -dijeron entre carcajadas.
Asentí con una media sonrisa y decidí ser por unos días aún más feliz: invité a mi Alonso a una terracita (por aguantarme, el pobre), celebramos la vuelta de Diego de su campamento por todo lo alto, cené con mis amigas del FEM y, cómo no, me zampé otro helado kit-kat en la piscina... Ay, que no tengo remedio...

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