domingo, febrero 01, 2009

Misión Micropolix



¡¡Todos a bordo!!

La misión del viernes no era nada sencilla: llevar a 150 niños a Micropolix (mini ciudad infantil), intentar que no les ocurriera nada y devolverlos sanos y salvos a sus familias. Misión estresante, la verdad.
A las siete y media de la mañana me levanté dispuesta a preparar los bocadillos de mis hijos, mochilas, cámara de fotos... A las nueve llegamos al colegio. Una jauría de niños emocionados invadía el patio. Ángeles nos entregó el listado de alumnos que correspondía a nuestro autobús, el número 2, y junto con Yolanda y Esther empezamos a organizar a los 53 infantes que debíamos transportar. A voz en grito pasé lista en el autobús. Cuando estaba a punto de quedarme afónica el conductor me informó que el autobús tenía un micrófono (¡a buenas horas!). Durante el trayecto hasta Micropolix expliqué a los niños, vía micrófono, qué debían hacer: "cuando lleguemos debéis esperar en el autobús a que venga un responsable de Micropolix para que os ponga la pulsera identificativa y os entregué el pasaporte y los eurix (dinero del recinto). Después, cada uno bajará con su abrigo, lo depositará en el maletero y cogerá su mochila con la comida. Nada más entrar en Micropolix encontraréis unas "jaulas" donde dejaréis las mochilas y así podréis correr libremente por el recinto". Las instrucciones eran claras, pero la realidad nos transportó al caos: ¡ay, me ayudas a sacar los eurix del plástico!, ¡a mí me falta el pasaporte!, ¡ay, cámbiame la cartera de color!, ¡no me puedo colocar la cartera!... Y así 53 niños.

¿Cuánto hay que pagar? (Álvaro, Fernando y Daniel)

Por fin, y no sé cómo, los niños corrían por Micropolix y ya solo debía encargarme de los seis pequeños de cinco años. El resto del día mi mente se dedicó a contar continuamente: un, dos, tres, cuatro, cinco y seis. ¡Bien, no me falta ningún niño! Y los pequeñajos disfrutaron ejerciendo de pilotos en el avión, comprando en el supermercado, revoloteando en el taller de la imaginación, presentando el telediario en la televisión... Mientras, de vez en cuando, algún mayor se cruzaba conmigo: ¡Emma, soy repartidor, tengo que llevar este paquete al CSI!, me explicaba David Acasuso; ¡Emma, Diego está trabajando de gasolinero!, oí a Pablo Barriopedro al pasar corriendo junto a mí...
La hora de comer

Por los altavoces del centro nos llamaron para acudir al comedor. De nuevo el caos hizo su aparición. Era el momento de distribuir las 150 mochilas que estaban en las "jaulas". Delegué la misión en Ángeles, Jesús y Teresa y me centré en localizar las de mis seis pequeños. Al cabo de media hora, todos los niños comían y reían de emoción; los adultos nos atragantábamos con nuestros bocadillos y contábamos que no faltara ningún niño.
Las mochilas retornaron a las "jaulas" y todos volvieron a jugar y disfrutar de las distintas misiones. Mis pies estaban agotados y mi mente, harta de contar del uno al seis.
Lo peor estaba por llegar: la salida.
Reunimos a los 150 niños en la plaza del ayuntamiento. De allí, a las jaulas a por la mochilas (¡qué tortura!) y las quejas infantiles: ¡esta no es mi mochila!, ¡la mía es rosa con unas pequeñas flores!... Y empujándonos hacia las jaulas.
Salimos hacia el autobús, de nuevo recuento vía micrófono y al colegio. Los padres llegaron puntuales y se fueron llevando a sus retoños. ¡No está mi hijo!, gritó una madre y mi corazón se desbocó. Jesús acompañó a la madre en busca de su criatura. Me miró desde lo lejos y su cuello giró marcando una negación. Mi pulso y mi corazón se aceleraron como si fueran el coche de Fórmula 1 de Fernando Alonso. ¡Ya lo he encontrado! -gritó de nuevo la madre-, estaba en el jardín de los pequeños. Mi ritmo cardíaco volvió a la normalidad. Vi partir al último niño y un golpe de cansancio me invadió. "Chicos, nos vamos a casa", logré decir. "¿Se puede venir algún amigo?", rogó Diego. "No, a casa, que estoy que me muero".
¡Qué agotador es intentar ser una madre ejemplar!

Diego en un momento de descanso


Lo peor: la espera en las colas... Agotaditos

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