
Me equivoqué. A las nueve apareció Álvaro en mi cuarto con su caja de coches. Colocó los cincuenta automóviles en el colchón y se fue. A los cinco minutos se acercó a mi oreja y gritó "mámá, bibe". Abrí los ojos y salté de la cama. "¡Álvaro!, ¿qué has hecho?", vociferé con voz somnolienta. "Mamá, ¿te gustan mis tatus?", contestó con una sonrisa de oreja a oreja. La cara, el cuello, la tripa, las piernas... Todo Álvaro estaba lleno de rotulador azul. Desesperada, me levanté y le preparé un baño de agua caliente. Después de mucho frotar (nos tuvimos que turnar entre Alonso y yo), logramos borrar casi todos los "tatus" salvo los de la cara. "Emma, a este niño tendríamos que llevarlo al psicólogo", comentó Alonso con la esponja en la mano. Le miré tan fríamente que desistió de continuar con su argumento.

Por fin, a las doce, salimos rumbo al campo enemigo. A mí no me apetecía mucho, pero los peques gozaron viendo el "birrioso" estadio del Real Madrid. Si soy sincera, lo que más me gustó fue el jacuzzi de los vestuarios (vamos, para llevármelo a mi jardín, disfrutar de noches de pasión y, con suerte, engañar a Alonso para ir a por el tercero. ¡Que eso sí que es una misión imposible!). Pero ahí no acabó el domingo, por la tarde nos fuimos al Parque Juan Carlos I a dar nuestra habitual vueltecita en tren ("Mamá, tren. Mamá, tren", suplicó Álvaro durante todo el fin de semana). Por suerte, esta vez nos acompañaron Escuer y Montse que fueron testigos de la desesperación de Juan Fran y disfrutaron de mis adorables retoños.
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