martes, noviembre 07, 2006

El felpudo



"Linucha se ha ido a una boda a Galicia, Pepe ha salido con sus amigos, el perro está dormido encima de mi cama y yo estoy sola. Sí, seguro que los ladrones han detectado la situación y están a punto de invadir la casa. ¡Dios mío! ¿Qué ese ruido que se oye en el descansillo de casa? Ay, ¡qué miedo!", pensó mi abuela a las doce de la noche del sábado. Rápidamente se levantó y cerró la casa cal y canto. Le costó mover el cerrojo superior de la puerta, pero después de mucho intentarlo lo consiguió. Al cabo de media hora se tomó su pastilla para dormir, terminó de ver "Dolce Vita" y, aunque estaba un poco asustada, se durmió plácidamente. A las tres de la mañana llegó Pepe. En la calle llovía y él estaba empapado. Tiritando abrió la puerta. "¡Mierda, no puedo abrir! ¡No puede ser, la abuela ha echado el cierre que no funciona desde hace más de veinte años!", gritó Pepe. Empezó a aporrear la puerta. "¡Abuela, abuela!" vociferó con insistencia. Mi abuela se relajaba en la fase REM. El perro empezó a ladrar, pero mi abuela insertó sus ladridos en su sueño. Pepe llamó treinta veces desde el móvil, pero mi adorada nonagenaria, dopada con sus pastillas para dormir, no lo escuchó. Pepe, agotado y de mala leche, se tumbó como pudo en el felpudo y se durmió escuchando los llantos de Kaos que no entendía porque no entraba en casa.
A las doce de la mañana se levantó mi abuela. Se acercó al cuarto de Pepe y comprobó que no estaba en su cama. "¡Dios mío!, han secuestrado a mi nieto", pensó con temblor en el cuerpo. Rápidamente abrió, aunque le costó bastante, la puerta y casi se cae al suelo de bruces. "Pepe, ¿qué haces tumbado en el felpudo?", preguntó llena de intriga. "Abuela, me has dejado aquí abandonado. ¿Cómo se te ocurre echar el cerrojo superior?", explicó Pepe. "¡Ay, mi niño, pobrecito!", se apiadó mi abuela. Pepe entró en casa con frío, con malhumor y con la espalda dolorida.

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