martes, noviembre 28, 2006

Escueto resumen

Lo reconozco, soy una maniática y no lo puedo evitar. Si invito a alguien a cenar me agobio porque quiero que todo esté perfecto: el menú, la casa, la mesa, los vinos… En fin, que me lleva su tiempo. El viernes venían a cenar Blanca y Mayte. Desde primera hora de la mañana comencé a elaborar los distintos majares. A las tres todo estaba listo, así que me dediqué a mis churumbeles: les fui a buscar al colegio, Diego invitó a su amigo Alejandro, luego, baños y cena. A las nueve y cuarto comencé la operación sueño.
–¡Aúpa, mamá, aúpa! –suplicó Álvaro. Le cogí emocionada y entristecida al ver lo mayor que se estaba haciendo y le dejé jugar un rato en la cama mientras repasaba con Diego las tablas de multiplicar.
–Venga, ahora a dormir. –le dije a Diego dándole un beso.
Cuando fui a arropar a Álvaro, grité.
–Álvaro, ¿qué has hecho? –chillé bastante histérica.
–Un dibujo. –contestó con su sonrisa que me desmorona.


–¿Un dibujo? ¡Pero si has pintarrajeado toda la pared! Anda, dame el lápiz y duérmete inmediatamente. Mañana intentaré borrarlo.
Llegaron las invitadas con una preciosa flor de pascua y Diego aprovechó para escaparse de su habitación, estar un poco con nosotras y ejercer de camarero eventual (¡sin contrato!, pura explotación infantil).
La noche discurrió entre risas, bromas, alguna que otra crítica y muy buen humor. A las tres, cuando me fui a dormir, pensé: “Mañana Diego no va a la piscina”. Sin embargo, como desde las ocho y media saltaban por mi cama, me levanté, vestí a los peques y a las diez Diego nadaba con gran estilo.
La tarde lluviosa amenazaba tensiones entre los hermanos. La solución estaba clara: ir al cine a ver “Colegas en el bosque” y darnos una vueltecita por Madrid para ver las luces de Navidad.
El domingo (cumpleaños de Álvaro, 3), esperamos con impaciencia la invasión familiar.
Mi abuela, mi madre y Pepe se apuntaron a la comida (se equivocaron, la paella que hice fue desastrosa) y, por la tarde, vinieron a tirarle de las orejas Roberto, Virginia y Manuela. Más risas y comida.


Álvaro se acostó emocionado por todos sus regalos: una mega moto, una grúa con coches, un kit de tatuaje, un autobús para aprender los números…
Por la noche llegó mi amado esposo.
–¿Qué tal, cielo? –preguntó mientras me agasajaba con tres botellas de champán (¡del bueno!) y un precioso mantel de Navidad.
–Como todos los domingos, agotada. ¿Y tú?, ¿qué tal tu viaje?
–Muy bonito, ahora te cuento, voy a dar un beso a los peques y a tirar a Álvaro de las orejas.
–Vale, cariño, pero como los despiertes, te mato, cielo.

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