–Emma, ¿aprovechamos que están mis padres y nos vamos al cine y a cenar por ahí? –preguntó Alonso emocionado mientras cogía las llaves del coche.
Le miré con cara de espanto.
–Cielo, lo siento, pero no puedo con mi alma.
En el fondo mi marido es un santo. Me miró con cara resignada y me obligó a que me tumbara en el salón. "Venga, no te preocupes, saldremos mañana", dijo amorosamente.

-¿A cuánta gente has invitado?
-Pues entre niños y adultos somos quince.
-Tú estás loca...
Al día siguiente el panorama era aún más desolador. Las toses superaban el umbral de los gritos de los niños y la fiebre me hacía sudar como un pollo.
–Emma, lo mejor será que suspendamos la fiesta de esta noche –comentó Alonso.
–No, imposible. Los niños están súper emocionados y Ana les ha hecho unos disfraces de murciélagos divinos. No la puedo suspender.
Alonso dio la batalla por perdida y no rechistó.
Por la mañana decoré toda la casa con calabazas, murciélagos y fantasmas. Al mediodía, mis suegros nos invitaron a comer a un restaurante para celebrar sus cumpleaños. Lo agradecí, aunque entre el primer y el segundo plato noté como la fiebre superaba la temperatura de la lasaña.

De nuevo me arrastré hasta casa, vestí a mis peques con sus disfraces y les pinté la cara. A las siete llegaron todos los invitados: la brujita Manuela, el diablo Jorge, las morticias Eva y Lucía y la diablesa Marta. La panda fantasmagórica se apoderó de la planta baja y bailaron, comieron, jugaron y gritaron como auténticos demonios. Los mayores disfrutamos en el salón de una agradable velada con discusiones y risas. A la una de la mañana el cansancio dominó a las fieras nocturnas.
–Emma, estoy agotado –suspiró Alonso mientras barría las palomitas que inundaban el cuarto de estar.
–Yo también –me dejó contestar la fiebre.
–Bueno, mañana nos quedamos en casa y descansamos –auguró.
–No, Alonso, mañana tenemos la comida sorpresa de mi abuela por su noventa cumpleaños.
Alonso no volvió a hablar hasta el día siguiente.
Por la mañana ya no tenía fiebre, más bien al contrario, tenía fiebre a la inversa, es decir, 34 grados. Al principio pensé que el termómetro estaba roto, pero tras comprobar con todos mis hombres que funcionaba pensé “eres rara hasta para tener fiebre”.

A las tres nos presentamos en el restaurante. Al cabo de unos minutos apareció mi abuela y se emocionó al ver que todos nos habíamos citado para celebrar su genial cumpleaños. Comimos de maravilla y a las seis nos fuimos con todos sus bisnietos al parque. Mis toses, mis niños y mi derrengado marido entramos en casa a las ocho de la tarde.

-Chicos, hoy os vais a dormir sin duchar. No puedo con mi alma. –suspiré entre tos y tos.
Esta mañana he vuelto a trabajar. Por lo menos aquí descansaré.
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