viernes, mayo 04, 2007

El puente

Este fin de semana he gastado mis escasas energías en intentar agotar las exageradas energías de mis niños. Y no lo he conseguido. El “plan agotamiento” de los niños comenzó el sábado con una gratificante excursión a Consuegra, pero no llegamos porque el desvío no estaba indicado en la carretera general y, sin darnos cuenta, arribamos a Puertolápice (y si no nos plantamos en Córdoba fue de casualidad). Comimos en una terracita soleada justo al lado de una antigua corrala y nos fuimos rápidamente a Lillo para ver cómo Pepe se tiraba en paracaídas. En el aeródromo estaban aparcadas dos avionetas antiguas que rápidamente fueron utilizadas por los niños como toboganes o atracciones de feria. Manuela se unió velozmente al clan de los primos y el resto disfrutamos y temblamos al ver como las avionetas se perdían en el cielo y, al cabo de unos minutos, lejos muy lejos, aparecían unos minúsculos puntos negros que pasado un tiempo se convertían en paracaidistas. Los nervios florecían cuando se presentó un "paraca loco" e informó a los siguientes locos del aire qué debían hacer, qué instrucciones seguir y, sobre todo, les alentaba para que al surcar los cielos se sintieran Dios y que no olvidaran cerrar la boca al mirar hacia abajo porque podían ahogarse por la presión de la glotis. Pepe, ¿seguro que quieres tirarte en paracaídas?, pregunté con voz entrecortada. Emma, es lo que más me apetece del mundo, contestó con ilusión. Pero su ilusión duró un instante porque el "paraca loco" elevó la vista, contempló el cielo y les miró con cara triste. Chicos, lo siento, pero con este tiempo es imposible lanzarse, habrá que posponerlo, dijo con su mono macarra ceñido a sus piernas. Así que salvo Pepe todos respiramos tranquilos y volvimos en caravana a Madrid.
El “plan agotamiento” continuó el domingo con una gratificante excursión por Segovia con mi prima, Víctor y sus niños. Los ocho visitamos las cuevas de Enebralejos formadas por estalagmitas y estalactitas y nos sorprendimos por los misterios que oculta la naturaleza. Al salir el estómago nos reclamó alimento y acudimos al restaurante “La Cañada Real” donde nos saciamos de cecina, croquetas, paté, lacón, pastel de bacalao, asado, ensalada, filloas, helado casero y, para digerir esta dietética comida, un licorcito de manzana. Arrepentidos y con dos kilos de más nos fuimos a Navafría, al Chorro. El pinar nos recibió en la entrada y subimos quinientos metros en cuesta hasta contemplar la fabulosa cascada de “El Chorro”. María y yo subimos a trancas y barrancas, ahogadas por el cordero y pensando que nos iba a dar un ataque de flato; Diego y Mónica corrían como locos gastando sus energías subiendo y bajando—¡cómo lo harán!—, y Víctor y Alonso ejercieron de padres ejemplares llevando a sus menores a hombros.
Llegamos a Madrid a gatas, pero los niños seguían con sus energías intactas y aguantaron el sueño hasta las doce de la noche. Yo les mato, rugió Alonso.
El lunes, moscoso al tanto y disfrute de mis niños: parque y más parque, pero tampoco les cansé.
El martes, aprovechando que mis suegros ejercían de mega abuelos, nos concedimos una romántica cena en el restaurante argentino "La Recoleta". Nos sentaron en un reservado, en una mesa cercana cenaban dos parejas con ojeras y cuatro niños revoloteando a su alrededor. Me sorprendió porque no es el típico restaurante para ir con niños. Alonso observó a nuestros vecinos y levantó la mano para avisar al maitre. Por favor, nos podrían cambiar de mesa, es que para un día que salimos sin niños... Y disfrutamos de la cena en una silenciosa mesa y después nos tomamos unas copas y por la mañana me tomé un gelocatil para poder venir a trabajar.

PD. Y Pepe finalmente se tiró el martes en paracaídas. En breve, las imágenes

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