lunes, octubre 16, 2017

Tengo regordimientos


En julio decidí poner fin a nuestra relación. Entré en el baño, miré a la mardita báscula y le dije "ahí te quedas, bonita, que me tienes harta, que eres mi mayor pesadilla". Ella ni se inmutó, así que cogí el secador como si fuera un micrófono, me solté la melena y empecé a cantar como Camilo Sesto: 
      Ya no puedo más, ya no puedo más 
      siempre se repite esta misma historia. 
      Ya no puedo más, ya no puedo más 
      estoy harta de rodar como una noria. 
La japuta ─lo siento, pero mi ira me obliga a insultarla─ se iluminó como alma que lleva el diablo para seducirme con sus lucecitas y volviera a pisar su plataforma. Aguanté. Fui dura, tomé de nuevo el secador y en vez de cantar, grité.  

      Vivir así es morir de amor 

      por amor tengo el alma herida. 
      Por amor no quiero más vida que su vida. 
      Melancolía. 
Han pasado más de tres meses. Ha sido duro, pero para superar nuestro desamor y el dolor de corazón me he lanzado al vicio gastronómico. Me he zampado paellas, chuletas de cordero o torreznos; me he bebido tintos de verano, cervezas, gin-tonics y vinos blancos y tintos... Vamos, que me he desatado para olvidar a mi antiguo amor y ahora el botón del vaquero oprime mis michelines y siento unos enormes regordimientos.  
      Vivir así es morir de amor. 
      Soy mendigo de sus besos. 
      Soy su amigo, quiero ser algo más que eso.
     Melancolía.
Pensé que nuestra relación había terminado, que jamás volveríamos a juntarnos, pero no puedo vivir sin ella. Soy una adicta a sus verdades que se clavan como puñales (pedazo cursi-frase). Lo admito, esta mañana he retomado nuestra masoca relación para apaciguar mis regordimientos y, cómo no, empiezo la dieta. ¡Te odio, mardita báscula!

lunes, octubre 02, 2017

Herida de muerte


En la Junta Municipal de mi distrito saben quién soy, y no por simpática sino por dar la lata para que mejoren ciertos aspectos del barrio. Sí, soy la vecina puñetera que manda mails porque en el parque infantil no hay bancos para que se sienten los abuelos, aviso cuando se rompe el peldaño de un columpio o cuando considero que deben cambiar una señal de "ceda el paso" por un "stop" para evitar más colisiones en el cruce de dos calles. Incluso les he escrito para que talaran un árbol porque temía que cayera tras un vendaval o para que arreglaran una zona de la acera en la que habían desaparecido varias baldosas. Esa es la política que me gusta, la cercana, la próxima al ciudadano. 
    Sin embargo, hoy estoy triste, muy triste, porque los políticos nacionales han jugado con nuestros sentimientos, porque no han evitado un terrible golpe de estado, porque no he sentido que se defendiera a los catalanes que desean seguir en España o a los españoles que quieren a los catalanes y desean un país unido; porque esta situación en las familias es muy dolorosa y porque me gusta vivir en democracia, lo que implica cumplir unas normas aprobadas por la mayoría para la buena convivencia de la ciudadanía. Sí, claro que es legítimo realizar un referéndum, pero a nivel nacional; y claro que estoy de acuerdo en modificar la Constitución, siempre que se consiga una mayoría que lo avale. Da igual si soy de derechas o de izquierdas, lo importante es ser respetuosa con las ideologías y ceñirnos a los artículos aprobados de la Constitución. Odio el chantaje y que me tomen por tonta con un absurdo referéndum ilegal que sólo ha buscado la repercusión internacional. Nos han herido de muerte, nadie saldrá victorioso y las cicatrices marcaran a más de una generación. ¡Qué dolor! 

viernes, septiembre 15, 2017

No soy ni tu "cariño" ni tu "cielo"


Guapa, ¿qué quieres? ─me pregunta el dependiente mientras restriega sus manos por el blanco mandil tras el mostrador brillante de aluminio. 
   Es la primera vez que entro en su comercio y hoy no estoy guapa. Llevo toda la mañana sin parar con mis rizos enloquecidos por el viento otoñal que amenaza con lluvia y las prisas de exprimir el tiempo en mi día de libranza.
─Vamos, cielo, que aquí sólo encontrarás cosas buenas como tú, preciosa ─insiste con su sonrisa blanco profidén.
   Sólo ha dicho dos frases y ya me ha llamado guapacielo y preciosa. Repito, es la primera vez que entro en su tienda. No me conoce de nada y no comprendo esa familiaridad. Sé que el trabajo frente al público es complicado, asumo que hay personas que les encanta que les piropeen desconocidos, pero no es mi caso. Lo siento, en ese aspecto soy muy arisca y reconozco que me pone de los nervios la melosa falsedad.
    ─Quiero una merluza, sin escamas y abierta en libro.
    ─Ay, querida, te voy a poner la mejor.
    ¿Me acaba de llamar querida? No doy crédito.
    ─Bueno, cuéntame a quién vas a preparar esta rica merluza... ¡Lo vas a volver loco, cariño!
    ¿Perdón? ¿Me ha dicho cariño y ha supuesto mi condición sexual?
    ─Anda, bombón, ¿qué más quieres? ─me interroga guiñándome un ojo.
Observo el local en busca de alguna cámara oculta, debe ser una broma lo que me está sucediendo. ¡Hasta me ha guiñado el ojo y parece que me ha lanzado un beso al aire! Perpleja pago la merluza, tomo la bolsa de plástico sin rozar ni un dedo de su mano y me despido con un seco adiós.
    ─Hasta luego, cielo. Pasa un estupendo fin de semana y ya me dirás qué tal, que con el género que te llevas seguro que al final... Bueno, ya verás, corazón
    ¡Y de nuevo me guiña el ojo!
    Ay, merluzo, espera, espera, que tú no vuelves a ver mi pelo de gata madrileña en tu local, corazón.

viernes, septiembre 08, 2017

¡Quiero un emotirrizos!

Qué fuerte, qué fuerte, qué fuerte... Me levanto esta mañana con las legañas bailando por mis ojos, los rizos desmadrados por su pelea nocturna con la almohada, un hilillo de saliva seca en la comisura de mis labios... Vamos, con la imagen grotesca del despertar. Estiro la mano hasta la mesilla, tomo el móvil para desactivar la función de silencio y compruebo las nuevas notificaciones: dos alertas de Facebook, varios avisos de Instagram (del mío y del de mi perra, que es una auténtica "It dog"), unos cuantos mails y tropecientos avisos en Whatsapp. Lo de whtsapp es un vicio, aún no entiendo cómo podíamos vivir sin esa comunicación instantánea... ¡Me encanta! Bueno, puntualizo, salvo los mensajitos, fotos o vídeos de temas políticos que me irritan y alteran. 
    Confieso ante todos los seguidores de este blog que soy una adicta a los emoticonos. ¡Qué locura! Me pirran los que lloran hasta que se les saltan las lágrimas, el corazón gigante, la flamenca que baila a la inversa que el resto de los emoticonos, las manos que dan palmas, el dedo pulgar hacia arriba (o hacia abajo, depende del momento), las copas de vino o champán y el "cheers" de las cervezas. Pero, ay, mi madre, de pronto esta mañana me han saltado las legañas al comprobar que no existe ni un emoticono con el pelo rizado. ¡No puede ser!, he gritado tan fuerte que me han salido dos arrugas alrededor de mi boca. ¡Por Dios, que hasta los emoticonos de raza negra tienen el pelo liso! 
   Ahora tengo una misión en mi vida, y como diría mi adorada Escarlata O'Hara, a Dios pongo por testigo que no pararé hasta que whatsapp incluya un emoticono con el pelo rizado, el emotirrizos
   Chinos, negros, bomberos, policías, astronautas, indios, payasos... "To quisqui", menos los de pelo rizado... ¡No hay derecho! 
    A partir de este momento, me autoproclamo (que está muy de moda) la presidenta de la nueva campaña para conseguir que whatsapp introduzca el "emotirrizos".

¡Que viva el emotirrizos

martes, agosto 29, 2017

Soy antropomorfa


─No me mires con esa cara, es muy serio lo que te estoy contando ─le susurro a media voz─. Siempre he creído que me sucedía algo extraño y anoche descubrí que existe un nombre para designar mi mal: padezco antropomorfismo. Sí, ya sé que piensas que exagero o que no es grave, pero admitir una enfermedad es un proceso complejo.
   El viento sopla suavemente en el parque a primera hora de la mañana. El silencio nos acompaña unos minutos.
   ─Tú no eres la culpable ─continúo ante su impasibilidad─. Esta noche, mi insomnio y yo hemos llegado a la conclusión de que soy antropomorfa de nacimiento. Un desperfecto congénito que me acompaña desde mi más tierna infancia y se ha incrementado con el paso de los años. Desde que estoy contigo los síntomas han aumentado o puede que entraras en mi vida para disimular mi creciente antropomorfismo. Todo es posible.
   El jardinero nos saluda desde la zona de las adelfas, esas temibles plantas venenosas que aún permiten plantar.
    ─Aún recuerdo ─relato sin parar─ a mi amor de juventud: mi calabaza, un Seat 131, mi primer coche... Aunque mis grandes amores antropomórficos fueron Neige, la mejor fox terrier; Kaos, el cariñoso bull terrier y Lucas, mi adorado felino. Venga, no te pongas celosa, que como tú no hay nadie, mi reina mora, mi Yoda, mi perrita schnauzer, mi amor...  Ay, que desde que estoy contigo puedo ir hablando sola por la calle sin que la gente crea que estoy loca, que solo tú entiendes mis chaladuras... Sí, junto a ti soy una antropomorfa feliz y no me quiero curar de este gran mal.

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Antropomorfismo (del griego «ανθρωπος» «anthrōpos», «hombre», y «μορφη», «morphē», «forma»), haciendo referencia a un humanoide, es la atribución de características y cualidades humanas a los animales de otras especies, objetos o fenómenos naturales. 

sábado, agosto 26, 2017

Por tierra, mar y casi aire

Verano 2017. Toma 2. ¡Acción!



Dicen que después de la lluvia llega la calma, pero no siempre es así. Pasado el diluvio universal, las toallas del grupo de amigos invaden de nuevo la playa. La bandera verde ondea libre y salvaje. Los niños navegan en la barca hinchable, jugan a las palas o botan por las dunas. 
   Al salir de mi baño en agua salada (es decir, del mar) me dirijo a la ducha del Oli-ba-bá ─el chiringuito mega cool decorado con dos enormes moais que al atardecer te hacen creer que estás en la Isla de Pascua─ para que el chorro de agua fría elimine la sal de mi bronceada y fina piel. Mientras balanceo mis carnes embutidas en el biquini (¡adiós vergüenza!) hacia nuestro campamento playero observo movimientos extraños. Al llegar veo a Roberto tumbado en la toalla protegido por la sombrilla. Carmen, a su lado, le da trozos de melocotón. 
   ─¿Qué te ocurre? ─le pregunto con intriga.
   ─Emma, no le hagas hablar ─me ordena Elena─. Le ha dado una bajada de azúcar.
   ─Tranquilos ─musita Roberto─, en breve estaré bien. 
   Raúl le acerca una Coca-cola (ni zero, ni light, la normal con sus azúcares) del chiringuito. Ángeles rebusca más fruta en su mochila...
   ─Tal vez los de la Creu Roja (así se dice en valenciano) tengan glucosa ─sugiero con mi mejor intención.
   ¡Buena idea!, exclama Carmen que se levanta, corre hasta el socorrista y le explica lo sucedido.
   ─Aquí no tengo ningún gel de glucosa, pero ahora mismo llamo a la central y nos lo acercan ─contesta el vigilante de la playa, de cuerpo esmirriado y sin tableta de chocolate en su torso, walkie talkie en mano.
   ¡Y empieza el espectáculo!
   Por tierra, mar y casi aire llegan los efectivos. El quad rojo derrapa por la arena de playa, una moto acuática que arrastra una camilla surca las olas del Mediterráneo. La gente mira atónita sin saber qué ha sucedido. 
   No me puedo resistir a tomar unas cuantas instantáneas para documentar el suceso. Foto aquí, foto allá. Los niños se acercan a la moto acuática, al quad... Y miran al cielo con la ilusión de que aparezca un helicóptero.
    ─¿A quién se le ha ocurrido avisar a los socorristas? ─bufa Roberto cuando su azúcar alcanza los niveles mínimos─. ¡Seguro que ha sido Emma para escribir en su blog!
    ─Ay, Roberto, eres increíble. ¡Te salvo la vida y me llamas bloguera alarmista!  ¡Lo que hay que oír! ─contesto a la vez que escondo con disimulo mi móvil para que no descubra que está lleno de fotos del suceso.
    ¡Ay, soy una incomprendida!

martes, agosto 22, 2017

El camarote de los hermanos Marx

Verano 2017. Toma 1. ¡Acción!



El camarero presiona su pecho para evitar que el corazón le estalle. ¡Casi muero del susto!, exclama con el pelo empapado y gotas de agua resbalando por su cara al abrir la puerta del minúsculo baño y encontrar a siete personas en el interior. Ni orgía, ni desenfreno sexual, los integrantes del camarote de los hermanos Marx intentan protegerse de la lluvia torrencial que de pronto se ha desatado en Denia. Ellos, por lo menos, están a salvo. Nosotros, en cambio, estamos a la intemperie, bajo un tejado de chamizo por el que se cuela el agua.
     Las lámparas se balancean al ritmo de las ráfagas del viento, las copas de cristal se estrellan contra el suelo, los truenos suenan como las tracas de las fallas de Valencia y los rayos resquebrajan el negro cielo. Dos horas antes llegamos con nuestras mejores galas ─ideales Marta y Carmen─ a "Los baños"un capricho de restaurante junto al mar. Entre la ración de ensaladilla rusa y los pescaítos fritos empieza a chispear. Oye, parece que llueve, dice Basi. El leve calabobos se convierte en lluvia. Nos levantamos y corremos a la entrada del local con las copas de tinto de verano, la coca cola zero de Roberto y el plato de ensaladilla. Al principio, pura diversión, risas... Hasta que la tormenta se transforma en el diluvio universal. ¡No podemos dar servicio ni cobrar! ¡Por favor, abandonen el local cuando puedan!, grita descompuesto el dueño del restaurante antes del apagón de luz. 


Los amigos del diluvio

     El agua nos llega hasta las rodillas. Imposible salir. Los miembros del camarote de los hermanos Marx ni siquiera se atreven a entreabrir la puerta. A lo loco, descalzos, con los zapatos en la mano y el miedo de que el móvil atraiga algún rayo, corremos a los coches. En los arcenes de la carretera varios automóviles están estacionados con los warnings encendidos. Jamás he visto una tormenta así, ni el Caribe, exclama Alonso mientras el limpiaparabrisas intenta infructuosamente eliminar el agua del cristal. Ni yo, contesto con el rímel deslizándose por mi mejilla.
    Llegamos a casa descalzos, calados, tiritando... Diego, somnoliento, abre la puerta. Huy, está el suelo mojado, dice de pronto. Enciendo la luz y contemplo la inundación del salón. Quiero morir. ¡Joder!, gritamos mientras cogemos la fregona, el recogedor, los trapos y empezamos a achicar el agua. 
    Por fin, con el suelo seco del salón, me siento en el sofá. Estoy agotada y empapada. El diluvio universal ha calado hasta mis bragas y el sujetador. La calle es un río. Álvaro y sus tres amigos iban a dormir en casa pero se han quedado atrapados en casa de Roberto. "Emma, los niños se quedan aquí. Es imposible que lleguen hasta allí, pero si queréis venid a tomar una copa", leo el mensaje de Carmen en el whatsapp y sonrío ante la ocurrencia. En la nevera cojo una cerveza, doy un sorbo y siento un pellizco de pánico. ¿Qué habrá pasado con los del camarote de los hermanos Marx? ¿Seguirán encerrados en el baño? ¿Habrán huido por el retrete? 
Y mi mente perversa canturrea al estilo Raphael 
"Qué pasará, qué misterio habrá 
puede ser mi gran noche 
y al despertar ya mi vida sabrá 
algo que no conoce..."

PD. Al día siguiente descubrimos que la subida de tensión rompió la nevera y la tormenta destrozó el protector de los bajos del coche... Aún no sé nada de los integrantes del camarote de los hermanos Marx... Qué pasará, qué misterio habrá...


El antes y el después de la tormenta y el Oli-ba-bá atacado por el mar

miércoles, agosto 09, 2017

Un verano sin desconexión

Yo también amo mis curvas... Y mi Coca-Cola Light... Y el verano... ¡Felices vacaciones!

Llega el verano y mis carnes y yo hemos desconectado del mundo virtual por un tiempo. Bueno, realmente solo lo he conseguido una semana con Facebook. Arggg, lo reconozco: soy incapaz de ponerme en modo off en Instagram y Twitter. ¡Soy una adicta! Coño, pero para eso están las imperfecciones, que no hay nada más aburrido que la perfección.

Días de vino y risas en Clos de l'Obac

     Me gustaría enrollarme y contar mi escapada a Tarragona y Zaragoza con mi hijo pequeño. Él y yo al estilo "Thelma y Louise" –en versión española sería "Emma y Álvaro", que no suena tan bien pero es que el tinto de verano está anulando mis pocas neuronas–. Días de vino y risas en tierras catalanas con mi hermano Pepe, la familia de Mariona y los impresionantes vinos de Clos de l'Obac.
     Después, mi clásico guadarrameño con olor a pinos, paseos por el Embalse de la Jarosa y mimos de mamá y Julián. Ojo al dato: este año no me he estampado ni me he hecho ningún esguince. Bravo por mí.

En la playa a veces llueve

     Antes de que el vecino del chalet de al lado apague el wifi –que ya lo podía dejar conectado todo el veranito– y mientras se seca la crema de protección solar sobre mi bronceada y tersa piel (ay, me encanta cuando mi autoestima miente) os desvelaré que estoy en mi adorada Oliva con los amigos, los partidos de pádel, mis hombres, mi perra y... ¡La novia de mi hijo mayor! (No comment, que dirían los ingleses)
¡Feliz verano! Ay, oigo los pasos del vecino... #Desconectoff

domingo, julio 23, 2017

Libros para tirar la toalla en la playa



Los libros enamoran, nos lanzan a turbias pasiones, nos atan suavemente a amores fugaces... Ahora que el verano se asoma entre las toallas es el momento de ser infiel con unos cuantos autores.

"El silencio de la ciudad blanca" (Eva García Sáénz. Planeta)
Queridas amigas, os imagino tumbadas en la hamaca devorando las páginas de este gran libro con una fría cerveza a vuestro lado (la compañía humana es cosa vuestra, que no quiero ser indiscreta). Sí, recomiendo esta novela a las seguidoras de este blog porque sé que os va a encantar. A vosotros, que también os quiero, puede que os guste pero ─podéis tildarme de feminista, no me importa─ creo que atrapa más a las mujeres. ¡Y es una trilogía! Ya os contaré qué tal los siguientes.
     "Uno nunca quiere ver lo que tiene delante hasta que te arrolla" 

"Así es como se mata" (Mirko Zilahy. Alfaguara)
Un asesino en serie, un comisario aniquilado por la pena, una Roma salpicada de muertos, una fotógrafa, unos mensajes... Los ingredientes ideales para hundirse en la zona más oscura de la capital italiana y perseguir a la "Sombra". La novela perfecta para los amantes de los crímenes, investigaciones y análisis forenses.
      "Cada uno de nosotros es el guardián de un secreto"

"Más allá del invierno" (Isabel Allende. Plaza & Janés)
Además de las bicicletas, los libros de Isabel Allende son para el verano. Lo sé, no soy objetiva porque esta autora me enamoró en La casa de los espíritus y la pasión ha durado a lo largo de los años. En "Más allá del invierno", que no me ha enganchado tanto como sus dos últimos libros, el frío invernal de Nueva York pinta de blanco la historia de tres personas a las que poco a poco conocemos de forma íntima y a las une un problema oculto en el maletero de un coche. Un viaje por la nieve plagado de sentimiento y amor maduro. 
     “Esa abundante correspondencia era el diario de ambas vidas, el registro de lo cotidiano"

"El guardián entre el centeno" (J.D. Salinger)
Nunca hay que olvidar a los clásicos. Aún recuerdo sobre la estantería superior de mi cama, cuando todavía vivía con mis padres, el lomo blanco de este libro junto a otros ejemplares. Sin saber por qué, imaginé una historia de la Mafia ─supongo que por la portada en blanco y negro─ y nunca me tentó leerlo. Mi madre se lo dejó a mi primo José Luis, que lo devolvió encantado y me lo recomendó con entusiasmo, pero en aquella época me seducía más perderme por las páginas de libros más tórridos y eróticos. Este curso era lectura obligada de mi hijo mayor, y caí en la tentación. Gran libro.
      “No sé por qué hay que dejar de querer a una persona sólo porque se ha muerto. Sobre todo si era cien veces mejor que los que siguen viviendo”


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Este año he tenido el honor y el estrés de escribir un artículo sobre novela negra en el suplemento ABC Cultural de ABC. Si queréis saber más sobre los siguientes libros dad un clic en
 "Verano oscuro casi negro" 


martes, julio 18, 2017

Si quieres ser cool necesitas un trainer


La última tendencia en mi parque ─que no es particular, pero es muy cool y hay mucho tonto del cool─ es pagar a un entrenador personal para que te haga sufrir. El grupo de francesas, todas ideales, of course, se contonea en el "huerto", la zona más privilegiada y mejor situada. Las "six", así las llamo porque suelen ser seis y sé idiomas, van supercombinadas y su personal trainer acude con mil cachivaches deportivos para que suden la gota gorda, endurezcan los glúteos y den forma a sus caderas. A veces pienso en unirme al grupo, pero no tengo el glamour necesario. Además, mis rizos negros desentonan con sus rubias cabelleras y mi piel color gazpacho después de tanto esfuerzo asustaría a las níveas francófonas. Descartado.
    La cincuentona ─mujer blanca, española y con cara de muy mala leche─ se me atragantó desde el primer día. Me recuerda tanto a la señorita Rottenmeier que me siento una Heidi desvalida ante sus gritos. Rottenmeier solo entrena a mujeres con las que camina a paso rápido alrededor del cool-parque y, aún no lo he podido confirmar, creo que oculta un látigo con el que de vez en cuando azota a las incautas que contratan sus servicios. Jamás la he visto sonreír y, lo confieso, me da mucho miedito.
     Esta mañana un macizo morenazo con barba de dos días, gafas de sol polarizadas ordenaba a su súbdito 50 flexiones, 25 sentadillas y subir por las escaleras en tandas de 10. Disimuladamente he observado cómo sufría el pobre masoca: arriba, abajo, me siento, me incorporo, levanto una pata, levanto la otra... Yoda, mi dog trainer particular, movía el hocico con sorpresa e intentaba memorizar los movimientos. De pronto, átate los machos, he visto lo más de lo más, lo más cool del momento: el trainer morenazo portaba un chaleco amarillo chillón con su teléfono de entrenador personal serigrafiado. ¡Qué detallazo! Vamos, que me ha dado tanta envidia que ahora estoy tejiendo un chaleco a mi perra para que se sepa que es mi "entrenadora perruna". ¡Faltaría más!

jueves, julio 13, 2017

¡Quiero ser una espía!


Mi gran sueño es convertirme en espía: ser una mujer interesante capaz de seducir a cualquier mandatario mundial, colarme en su despacho, abrir la caja fuerte, extraer los documentos secretos y fotografiarlos con la minicámara que he guardado en el escote de mi supervestido negro de Adolfo Domínguez que ciñe mis curvas cárnicas antes de que suenen las alarmas del sistema de vigilancia.
   El sonido del cristal al chocar contra el fregadero me despierta de mi fantasía. Acabo de romper la copa de vino. Sí, una de las doce copas que he comprado esta mañana para la fiesta del viernes y aún no he estrenado. 
    ─¡Mierda! ─grito como una loca que habla siempre sola (a mí me escucha mi perra)─, así es imposible que el Servicio de Inteligencia llame a mi puerta. ¡Pero dónde se ha visto un agente secreto que siempre tira o rompe los vasos! ¡Menuda indiscreción!
    Mi tendencia natural a estamparme, abrazar y besar el suelo es otra baza que me aleja del título de espía. El otro día me resbalé en un paso de cebra por culpa de la lluvia y la blanca pintura deslizante ─¡me niego a asumir mi responsabilidad!─ y caí de bruces con la bolsa de la compra y el paraguas. Una imagen nada glamurosa para una infiltrada del CNI.
     ─¡Mierda! ─grité con humillación. Mi perra me observó horrorizada sin saber qué ladrar y con ganas de esconderse bajo la tapa de la alcantarilla para ocultar su canina vergüenza. 
    Pero aún existen más fallos en mi ser: mis manos tiemblan. No siempre, pero de pronto y sin motivo empiezan a bailar samba y soy incapaz de controlar sus movimientos. Unos temblores que me impiden asir con elegancia una copa de Moët Chandon en casa del embajador, estampar mi firma al falsificar un cheque o dar la mano a un asesino de la mafia rusa sin que perciba mi miedo. En fin, no puedo ser espía aunque tal vez os esté engañando a todos y soy la mayor cerebro del espionaje mundial.

P. D: Ahora tenéis que volver a leer esta entrada en el blog pero tarareando la música de "Misión imposible", ya sabéis, la de 25 barras de pan y un pirulí:  pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan, pan... ¡Pirulí!

lunes, junio 26, 2017

Akelarre y magia en Benicasim

BrujiEmma en la noche de San Juan

La asamblea de hechiceros y brujas desempolvó el plano secreto escondido en el tronco de la enorme palmera de la Isla de Cuba y marcó con una cruz su próximo destino. Los 7 miembros se miraron y una leve sonrisa iluminó sus caras. A lo largo de las últimas semanas habían analizado las señales de los astros y estrellas y no había duda: los 7, en 2017, debían acudir a Benicasim y girar 7 veces alrededor de la hoguera de San Juan para que la magia y fantasía les abrazara durante los próximos 365 días.
    El equipo mágico preparó sus enseres, se dirigió a sus naves y ─después de que BrujiCarmen gritara el conjuro "¡Roberto Alonso, ponte el cinturón!"─ partió con destino a Benicasim, en Castellón. La meiga Elena abrió con su llave mágica la mansión Cutanda y distribuyó a los invitados por las estancias encantadas plagadas de buenas vibraciones. 
    Para purificar el alma y limpiar las penas, bajaron a la playa para darse el primer chapuzón de agua salada en el Mediterráneo. Por la noche calmaron los rugidos del estómago en "El Lipizano" y exclamaron alabanzas ante la tortilla de alcachofas y berenjenas y la sepia sucia. Un móvil cayó al suelo, el signo inequívoco de que debían acudir a realizar sus conjuros en la noche iluminada por más fuego que cielo.


Los 7 hechiceros y brujas

   En mitad de la playa, una hoguera gigante desató la locura: el hechicero Alonso fotografió las ardientes escenas y todos corrieron alrededor del fuego hasta que el ritmo de "Ata la jaca a la reja" que bailaban los mortales humanos rompió el hechizo. 
    El sábado se mecieron por las olas, pasearon entre las villas hasta el "Voramar", comieron junto a la orilla del mar y durante la siesta sobre la fina arena soñaron las fórmulas de sus próximos encantamientos. Brujimpar Marta al contemplar la piel abrasada por el sol de sus pies gritó con sus uñas sin pintar "¡Por el amor de Dios, Ainhoa, pero si he estado dos horas dándome crema! ¡Cómo he podido quemarme!". El mago Roberto la tranquilizó y le mostró su cabeza atlética a la que aún le faltaban las rayas blancas y lanzó un embrujo contra las palomitas infantiles.
    La noche del sábado, los siete magníficos acudieron a cenar con Lidón, José Luis y Manolo, los hechiceros de la zona que les descubrieron las delicias gastronómicas nocturnas y, gracias a los mojitos y gin tonics, rozaron "La lluna". 
    El sol matutino del domingo entrecerró los ojos del akelarre. 
    ─Maestro Raúl, ¿no tienes toldo en la terraza? ─preguntó BrujiEmma.
    El maestro Raúl mesó su pelo y explicó a sus discípulos que la sencillez del hogar es fundamental para el desarrollo del alma y el espíritu. "Queridos, no todo en la vida se basa en lo material y además, somos felices", sentenció dando un bocado a la tostada con tomate rallado y fulminando al resto de comensales con su mirada para que sólo hablaran si sus palabras iban a ser mejores que el silencio.


Akelarre mediterráneo

   El último día, como manda la tradición, dejaron que el tiempo se escapara frente al mar, recibieron entre abrazos y besos a Santi y Esther ─los elfos madrileños que faltaban del grupo─, y comieron una rica paella en "Villa Sofía" junto a Raquel, Lidón y Alejandro. Los 7 hechiceros y brujas volvieron a la capital con la suerte en la maleta, la sonrisa en la mochila y un bolsón de felicidad.


PD: Hay amigos que llegan al alma y alimentan el cariño. Mil gracias por todo, por la magia, la ilusión, las risas y los vinos, queridos Cutanda. 
Cómo no, agradecer a Javier Puebla su iniciativa de inscribir a los niños en el Campeonato de FutsalCup Marina D'Or. Un crack.

lunes, junio 19, 2017

Crisis de pareja por culpa de un quiróptero


El calor primaveral asola la ciudad y los sudores me hacen desvariar. Me tumbo en la hamaca del jardín, cierro los ojos y mi imaginación me traslada a la consulta de una experta en terapia de pareja. La psicóloga ─mi mente la imagina mujer, pequeña, morena, con gafas de pasta negra sujetas a su cuello con un cordón dorado y una pluma estilográfica Montblanc que balancea entre sus dedos antes de anotar mis desquicies en su agenda Moleskine─ me recibe en su despacho de grandes ventanales y me sugiere que me acomode en el diván estilo Chesterfield.
   ─¿Por qué has venido a mi consulta? ─me interroga con una voz demasiado estridente para mis sensibles oídos.
   La pregunta me parece absurda, pero contesto la obviedad.
   ─Porque mi matrimonio sufre una gran crisis difícil de solucionar.
   ─¿Desde hace mucho tiempo?
   ─Exactamente desde hace cuatro días, desde el 16 de junio ─la psicóloga me mira sorprendida─. Ese día todo parecía perfecto: mi hijo mayor aprobó la selectividad, felicité a mi padre por su cumpleaños, cené con unos compañeros del trabajo... Incluso una tormenta de verano refrescó la noche.
   ─Entonces, ¿qué sucedió con tu pareja? ¿Te maltrató?
   ─¡No, qué exagerada!... Bueno, un poco sí, pero no pienses mal.
   ─Una de las características de las mujeres maltratadas es que niegan que sufren vejaciones por parte de sus compañeros.
   Ahora soy yo la que no pestañea. ¿Pero qué dice esta mujer?
   ─A ver, no te montes películas o me levanto del diván. Aquella noche, cuando volví a casa, me tumbé en la cama, cogí mi kindle, empecé a leer...
   ─¿Y dónde estaba tu pareja?
   ─Pues a mi lado, navegando con el Ipad.
   ─¿Entonces?
   ─Todo sucedió en una fracción de segundo. Alonso, mi marido, saltó de la cama, salió de la habitación y cerró la puerta. Le miré extrañada sin entender qué estaba ocurriendo hasta que el aleteo de un animal me hizo gritar como una histérica. Alrededor de la cama volaba un negro murciélago que se había colado por la ventana. El pánico bloqueó mis pulmones, temía que la rata voladora se posara en mis rizos, tiré el kindle y me abalancé hacia la puerta para escapar de la persecución del quiróptero insectívoro que campaba a sus anchas por mi cuarto. 
   ─¿Y al salir tu pareja te pegó?
  ─Tú eres tonta... ¡Pues claro que no! Los dos gritamos desesperados sin saber qué hacer. De vez en cuando entornábamos la puerta para ver qué hacía el invasor nocturno hasta que, al cabo de los tres minutos más largos de mi vida, el murciélago escapó a la negra noche. En ese instante, sentí que el amor también se esfumaba por la ventana. ¡Cómo es posible que mi Alonso huyera despavorido de nuestro cuarto, cerrara la puerta y me dejara sola ante el peligro!
   ─Emma, ¿nos vamos al Bauhaus para comprar la manguera y los tornillos de las hamacas? ─el grito de Alonso descompone la escena de mi terapia de pareja y me devuelve a la realidad.
   ─Vale, y que no se nos olvide ver las mosquiteras para que no se cuelen más murciélagos... Por cierto, ahora que hemos superado nuestra crisis espero que jamás acudamos a una psicóloga matrimonial.
   ─¿Qué crisis?
   ─La del murciélago, Alonso, la del  murciélago... ¡Hombres!




miércoles, junio 14, 2017

Me llamo Emma y...


Me llamo Emma. Estoy sentada en mitad de un camino pedregoso sobre una piedra de granito. Una antiestética gorra blanca cubre mi cabeza. El sol dispara sus rayos de 37º C sobre mí y no hay ninguna sombra donde protegerme. La sed seca mi boca. Succiono con fruición el tubo que conecta con la bolsa vacía de sales y agua que porto a mi espalda. No queda una gota. 
      Me llamo Emma y soy gilipollas. Hace un par de kilómetros detuve el todoterreno de un agente forestal para que socorriera al anónimo compañero que me ha escoltado los últimos quince kilómetros por los tortuosos caminos de la montaña y se ha desplomado en el suelo. Ante la situación, mi mente me ha mandado mensajes directos para que abandone mi "mini-reto", pero he resistido y he aspirado un "puff" de ventolín para regular mi asmática respiración. Aún debo andar cinco kilómetros más y tengo miedo de morir deshidratada y sola en mitad de este sendero plagado de piedras por culpa de mi orgullo y mi elevada autoestima.
    Para ahuyentar la soledad hablo en voz alta, más bien me insulto. A lo lejos diviso un hombre con una botella de agua en su mano derecha, debe ser una alucinación por los efectos del calor. Me tambaleo hasta su posición, le deslumbro con mis carnes embutidas en la camiseta naranja butanero y mi mochila amarillo fosforito y le suplico que me dé un sorbito de agua. Mi salvador. 
     Me arrastro con mis pequeñas ampollas hasta Colmenar Viejo. De pronto mis ojos se abren como si fueran unos dibujos manga al ver la tienda de un "chino". Rebusco en la riñonera un euro, entro con mis sudores y tomo una botella de agua de la nevera. El asiático del mostrador me observa con temor ante mi cara color gazpacho. El doble de hidrógeno que de oxígeno me revive. 
    La meta me espera al entrar en el polideportivo, sonrío, grito de emoción hasta que un chico de la organización de Corricolari me indica que aún debo dar una vuelta por la pista de atletismo. No tengo fuerzas para agarrarle del cuello y asfixiarle así que obedezco.
    Me llamo Emma y aunque casi muero por mi locura, he cruzado la línea de meta tras recorrer 31 kilómetros (mi podómetro marca 35) y me han entregado un diploma para que jamás olvide esta chaladura. Me llamo Emma y estoy viva. 
   

Mi historia es una minucia en comparación con mis seis compañeros de ABC que han logrado caminar los 100 km en menos de 24, el fantástico trío ciclista que ha pedaleado otros 100 km, el resto de máquinas andarinas que ha superado los 65 km y abandonaron por culpa de la noche y las ampollas y, cómo no, al gran equipo de apoyo que nos ha mimado y cuidado durante toda la aventura.
Personalmente tengo que agradecer a mi Alonso, que soporta mis locuras y me esperó como un jabato en la meta. A Yoda, mi dog trainer.  A Ángeles, que me acompañó en varios entrenamientos y a todos los amigos y familia que han confiado en mí. Tranquilos, una y no más santo Tomás. Os quiero.

lunes, junio 05, 2017

Pasito a pasito, suave, suavecito...


─¡Me he inscrito en el Reto de ABC! ¡Tengo que caminar 34 kilómetros! ¿Quién se apunta a los entrenamientos? ─grité al entrar por la puerta de casa. 
     Yoda movió el rabo con emoción y se convirtió en mi dog trainer. El resto, mis  hombres, me miraron con ojos hastiados y continuaron con su quehaceres como si no me hubieran escuchado. Pero todo tiene su explicación...
      Hace muchos, muchos años, los sábados por la mañana mi amigo Cipri y yo abandonábamos a nuestras parejas y acudíamos a las nueve de la mañana, entre ojeras, resacas y risas a nuestro original curso de papel maché de cuatro horas. Desde entonces hasta ahora he asistido a clases gastronómicas de sushi, adiestramiento canino, pádel, inglés, taller de bricolaje, natación... De forma autodidacta me convertí en Huerta caótica, me hice experta en la instalación de riego automático y aprendí a hacer y personalizar fofuchas y tartas de chuches. Lo sé, doy bastante asco... ¡Y eso que omito mi destreza culinaria y mi arte para montar fiestas! Tras esta insoportable explicación es fácil entender que mis hombres pasen de mi espídica actividad, mis locuras y de mí. 
      Eso sí, me apoyan a su manera. El otro día me regalaron un superreloj que computa todos los pasos que realizo, mi frecuencia cardíaca, la distancia que recorro... Vamos, lo más. 
      Seré sincera, no creo que consiga mi pequeño reto (el gran reto es caminar 100 km en 24 horas, ¡unos máquinas!), y sé que mi perra está harta de mí, pero me siento como la Forrest Gump española que en vez de correr, camina y camina, pasito a pasito, suave, suavecito...

viernes, mayo 19, 2017

Soy imbécil


Soy imbécil. A ver, por favor, que nadie se ofenda, pero es el único término que describe perfectamente mi forma de ser. En la vida hay gente interesante, guapa, inteligente, simpática... En fin, también hay indeseables, pero ese es otro cantar. Y luego esta la categoría a la que yo pertenezco.
     Para rozar mi grado de imbecilidad hay que tener cierto arte. Esta mañana, por ejemplo, durante el duro entrenamiento al que me estoy sometiendo con la ayuda de mi "dog trainer" me he estampado contra el tronco de un árbol. Lo sé, no es sencillo, y sobre todo es una de las situaciones más ridículas que existen porque al sentir como las gafas se clavan en el tabique nasal, los mofletes rozan la dura madera y tiembla todo tu cuerpo no sabes si reír, llorar o tirarte de los pelos. Por suerte, no he localizado ninguna cámara de seguridad que haya grabado mi estampación arbórea y creo que nadie me ha visto.
   Después de maldecirme por mi imbecilidad he continuado por mi ruta con paso ágil, un enorme dolor de nariz, estruendosos estornudos alérgicos y una gran sensación de vergüenza que no he podido ocultar en la mochila. 
    En fin, soy imbécil porque me he apuntado a un reto solidario en el que debo caminar 34 kilómetros en un máximo de ocho horas. Y soy aún más imbécil porque además de mis asmáticas y pinreles imperfecciones soy incapaz de caminar en línea recta sin estamparme contra un árbol. 
    ¡Menos mal que mi gen mañico no me permite abandonar!

P.D.: Un aplauso para los que se presentan a los 100 km en 24 horas, esos sí que son unas máquinas.

jueves, mayo 11, 2017

Ahora sí...

El graduado rodeado de su familia y su adorada abuela

Ahora sí que puedo contar que el sábado, el día de la graduación de mi hijo Diego, al entrar en el colegio y ver la ventana del chalet de los pequeños lloré de emoción al recordar sus llantos del primer día de clase y mi congoja por dejarle allí hace dieciséis años. 
     Ahora sí confesaré que me enterneció ver la imagen de madre e hijo que seleccionó para el cartel de "Así éramos antes"
     Ahora sí puedo decir que la locura de mi familia se desató en la fiesta de graduación al admirar la elegancia adolescente de Diego y su grupo de amigos siempre arropados por los grandes profesores que les han acompañado en su andadura escolar, ¡benditos maestros y tutores que tan bien han sabido encauzar sus estudios!
     ¡Ahora sí que puedo gritar que mi hijo ha aprobado Segundo de Bachillerato! 
     ¡Enhorabuena Diego! Ahora, la selectividad. 

Amigos y grandes detalles

sábado, abril 08, 2017

Mis taras cinéfilas

Dreyfuss y su puré de patatas

Debo confesar que cada vez que preparo un puré de patatas me acuerdo de Richard Dreyfuss  esculpiendo la Torre del Diablo en su plato con la masa de patatas. Una obsesión por la invasión extraterrestre que le torturaba en la película "Encuentros en la tercera fase" y, pasados los años, me persigue en la cocina. 


Torrijas al estilo americano
En Semana Santa, época de torrijas, recuerdo la ineptitud de mi querido y desastroso (culinariamente hablando) Dustin Hoffman al preparar a su hijo unas tostadas francesas para desayunar. Al final de "Kramer contra Kramer", dramón con el que lloré un río, se convierte en un auténtico experto como padre y como cocinero.


"El padrino III" y "Como agua para chocolate"

La cocina en el cine también despierta pasión, como los dedos de mi morenazo Andy García deslizándose por la masa para preparar los ñoquis y seducir a Sofia Coppola. 
En la genial adaptación del libro de Laura Esquivel, "Como agua para chocolate", se desata la misma magia y fantasía culinaria que siento cuando organizo algún evento en casa. 




Y cuando como sushi siempre sonrío al recordar la cómica escena de Jean Reno devorando el wasabi como si fuera guacamole.



Aunque mi mayor tara cinéfila se desencadena cuando algún coche me hace una jugarreta. Entonces grito "Towanda" al estilo Kathy Bates en "Tomates verdes fritos" y embisto al infractor con mi superauto analógico. 
Eso es lo bueno del cine, que justifica muchos de nuestros locos actos.

PD: Por supuesto, todas mis taras nacieron en "Tara". Y quien no sepa qué es Tara tiene un grave problema cinematográfico.