martes, junio 05, 2018

Soy una verde cleptómana



Lo confieso: soy una ladrona. Lo admito tanto, tantísimo, que ni siquiera escondo mis tesoros. Todos están a la vista, en mi jardín. Soy una cleptómana de esquejes. Y no me arrepiento. Al contrario, mis acciones potencian la reproducción y el bienestar del medioambiente. 
     Varias plantas de mi casa son producto del hurto, y tienen su propia historia: el bello y enamoradizo amor de hombre morado siempre alegró la terraza de mis padres desde un macetero colgante. Un día, al salir del periódico, en el bajo del edificio de enfrente, llamaron mi atención unas hojas moradas y no me pude controlar. Me acerqué con disimulo y corté unos cuantos esquejes. Tampoco me pude reprimir con las cintas de mi vecina Silvia el verano que me encargó regar sus plantas, aunque a su vuelta le confesé mi delito. De casa de mi abuela sisé un esqueje de la planta del dinero; en Oliete, un cactus que encontré junto a la Fuente del Piojo; en Guadarrama, unas pilastras y mi madre, porque todo va en los genes, me regaló una tutuna mituna, que también había sustraído del macetero de una amiga.
    En mi jardín además florecen vástagos de amistad: la hortensia y la palmera que me regaló mi hermano Roberto; el laurel de Nacho; las suculentas de Juanma; el acebo de Luis y, cómo no, el madroño del orondo Papá Noël.
    Mi padre, hace más de veinte años, trajo desde Francia un brote de un cactus orquídea que también hurtó a algún francófono. Han pasado los años y un bisnieto de aquel cactus ha florecido en mi jardín y soy muy, muy feliz. 
     Ladrona, pero feliz. ¿Y tú? Confiesa, ¿también eres un cleptómano de esquejes?


La flor del cactus, en mi jardín

jueves, mayo 24, 2018

Fred Vargas. La novela negra tiene nombre de mujer francesa



Fred Vargas ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018 y soy feliz. Feliz porque la conocí ─literariamente hablando─ en 2001, en una noche de insomnio. Me levanté de la cama, curioseé en la estantería del salón y desempolvé su novela "El hombre de los círculos azules". Un error. El sueño me abandonó y me convertí en una golosa de sus negras páginas. 
      En 2006, con su libro "Cuando los muertos se levanten" me cautivó. Tanto que en 2010 devoré "Un lugar incierto", protagonizada por mis adorados Adamsberg y Danglard. Por aquella época, en mi blog no hacía reseñas literarias y sus novelas aparecen entremezcladas con historias de mi vida. 
    Pasaron diez años hasta que me sumergí en "Tiempos de hielo", la única obra que no me atrapó con su violencia habitual. Sin embargo, la última novela de Vargas "Cuando sale la reclusa" me enamoró tanto que escribí: 
        La novela negra tiene nombre de mujer francesa, la que se esconde tras Fred Vargas ─el seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau─. En Cuando sale la reclusa, los pensamientos del comisario Adamsberg, de la Brigada Criminal de París, son burbujas de gas que chocan por su cerebro hasta que destripa y soluciona los casos. En esta ocasión, la trama está vinculada con las arañas reclusas, los blafs (escarabajos de cementerio) de un orfanato, unas violaciones grupales... Unos asesinatos imperceptibles para casi todos, menos para Adamsberg y su equipo. ¡Chapeau!

    Fred Vargas ha ganado el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2018 y soy feliz. 


MIS RESEÑAS DE FRED VARGAS

2018
"Libros de mi insomnio y de mi corazón"

2015
"Negras lecturas"

 2010
"Después del trajín, cumpleaños de Pablo"


2006
Vida de un retrete

miércoles, mayo 09, 2018

No soy una it girl pero...

Auténticos it dog

No sé cómo contarlo. No es que me dé vergüenza, al contrario, pero sé que con este pequeño relato voy a dar más argumentos a todos aquellos que me consideran una friki y se van a mofar aún más de mí, que tampoco me importa, pero... Vale, os lo cuento, que no me puedo resistir.
      El sábado pasado, paseaba con mis rizos al viento y mi perra por la playa de Oliva, feliz como una perdiz, soñando con la paella que habíamos encargado para once a las tres. Esos eran mis superbásicos pensamientos hasta que dos perritos se pararon a jugar con mi mascota. Empecé a hablar con las dueñas ─dos veintiañeras ideales, muy, muy it girls─, la típica conversación mascotera: qué tiempo tiene tu perro; ay, qué ideal, mira cómo juegan; qué bien que este puente no haya socorristas y así los animales pueden estar en la playa... Todo muy canino. Hasta que llegó la gran pregunta. 
─Por cierto, ¿cómo se llama tu perra? 
Yoda ─contesté metiendo tripa para disimular un poco mis michelines ante las súper superideales it girls.
─Por favor, no me digas que es Yoda la de Instagram
─Sí, sí ─contesté con tal ilusión que hasta mis rizos siguieron el movimiento frenético de mi cabeza.
─Ay, qué fuerte, que nuestro perros se siguen en Insta. El mío es Bru y el de mi amiga Chorizo. Bueno, bueno, increíble. Este verano veía sus fotos en la playa de Aiguas Mortes y me imaginaba que estaba aquí. Impresionante.
─¿En serio?
─Lo que oyes. Ay, voy a grabarles un vídeo y así lo publico en su historia. Qué ganas tenía de conocer a Yoda.
─Es que lo de Instagram es un vicio. Yo cuido mucho más el perfil de Yoda que el mío.
─¡A nosotras nos pasa lo mismo!
─Vosotras sí que me entendéis, que cuando digo en casa que Yoda es una auténtica it dog me miran como si estuviera loca... 
─Hija, somos unas incomprendidas. Bueno, seguimos en contacto por Insta.
─Sí, sí, y este verano nos vemos.
¡Oh, qué alegría, qué ilusión, mi perra es tan it dog que hasta las it girls la reconocen por la calle! 


Jamás podré ser una it girl.
Mis amigas salen divinas y yo, a lo loco, con los rizos desatados

lunes, mayo 07, 2018

La estantería de los horrores


Mi amigo Pablo sufría cada vez que se acercaba el Día del Padre. Más que por la celebración, por los tortuosos regalos de sus hijas. En su denominada  estantería de los horrores colocaba con orden incierto la corbata de papel charol, el cenicero elaborado con alambres o el llavero con la "P", la inicial de su nombre. 
    Al cabo de los años, nacieron mis hijos y mi estantería de los horrores. Tarjetas de cartulina verde con un corazón rojo en el centro, un joyero con cáscaras de huevo, una rosa de goma-eva, las huellas de sus manos en barro cocido y un sinfín de textos de amor, garabatos y faltas de ortografía.
    Ayer fue el Día de la Madre, mis adolescentes se levantaron somnolientos, se acercaron a la cocina mientras preparaba la comida familiar, me felicitaron con un abrazo-oso y me regalaron el perfume que compró mi Alonso con su tarjeta de crédito.
    Sonreí, les abracé y sentí la pena del paso del tiempo. Añoré aquellos viernes que volvían del colegio con la manualidad que habían hecho en clase oculta en la mochila, corrían a su cuarto para esconderla en el lugar más recóndito (debajo de su cama) y el domingo, antes de que saliera el sol, saltaban a mi cama para felicitarme, acurrucarse bajo el edredón y regalarme su precioso tesoro para mi adorada estantería de los horrores
    Nostalgia del amor infantil y, cómo no, de mi collar de macarrones. 

sábado, abril 21, 2018

La cerveza, para mí


Por fin el sol ha hecho su aparición. Las mesas metálicas invaden las aceras de mi Madrid y las terrazas rebosan gente. Me encanta. Después de una leve caminata (maldita trocanteritis) nos sentamos para saciar la sed. El camarero, un chaval joven, toma nota de nuestras bebidas y aparece al rato portando una bandeja plateada circular con nuestro pedido y una amplia sonrisa.
    ─La jarra de cerveza para el caballero, la Coca-Cola para la señorita y unas patatas fritas ─dice con un tono jocoso que desmonta mi malhumor.
    ─Si no te importa es al revés: el tanque de cerveza para mí y la Coca-Cola para él ─le contestó hipnotizada por la espuma de la jarra.
    ─Ay, perdón, perdón...
La escena es habitual. La sociedad tiene tatuados una serie de estereotipos difíciles de modificar. Es necesario destruir los clichés entre hombres y mujeres para lograr la igualdad. Reconozco que nunca he sido una feminista reivindicativa porque, gracias a la educación que recibí en mi familia, jamás me he sentido discriminada por mi condición sexual. Al contrario, he gozado de una gran libertad: he viajado sola siempre que he querido, salgo con distintos grupos de gente sin necesidad de ir con mi pareja y desde bien joven he cultivado mi independencia y soledad. ¡Incluso soy la "manitas" de mi casa!
    Y, por si alguien tiene alguna duda: bebo, como, rįo, disfruto y al final de cualquier fiesta él conduce de vuelta (a buen entendedor pocas palabras bastan).
    La cerveza, para mí.

viernes, abril 13, 2018

Menos titulitis y más honestidad



En la última repisa de la estantería del pasillo de mi casa descansa una carpeta marrón. En el lomo, una pegatina con una sola palabra: Títulos. Y en el interior adormecen los diplomas que acreditan mis estudios. No pienso presumir de ellos, a nadie le interesan. Aunque puedo asegurar que cuando firmé el contrato con mi empresa tuve que presentar numerosos documentos oficiales que demostraban mi formación.  
     Los escándalos que salpican en este momento la vida pública española ante la falsedad en la obtención de másteres, carreras universitarias y demás titulaciones me tiene perpleja. ¿Cómo es posible que los partidos políticos no verifiquen los currículums de sus representantes? ¿Acaso nadie recuerda el caso Roldán, director de la Guardia Civil durante el gobierno socialista de 1986 a 1993, que aseguraba ser ingeniero industrial (falso de toda falsedad)? ¿Cómo a partir de aquel suceso no se instauró una política de comprobación académica? 
     Todo es sorprendente. Aunque es más vergonzoso que algunos políticos (izquierda, derecha, centro, radical de izquierdas o de derechas) tengan la desfachatez de mentir en sus curriculums. La ética y la honestidad son valores que deben primar en cualquier persona, y si además has sido elegido por los ciudadanos, con más motivo.  
    Menos titulitis y más honestidad, por favor.

domingo, abril 01, 2018

Semana horribilis


La nieve se desliza por el cielo de la sierra de Guadarrama. Después de una semana es hora de volver a la rutina. O más bien retomar la calma perdida. Pocos coches recorren la carretera. Entro en la redacción apresurada, con mis zapatillas deportivas, los rizos alocados y la nariz colorada por los rayos de sol que me broncearon en el rebosante Embalse de la Jarosa. 
    Antes de encender el ordenador, llega la pregunta de rigor. 
    ─Emma, ¿qué tal tus vacaciones? 
    Sonrío y contesto con una mentirijilla inofensiva, sin maldad, sin rencor. 
    Fenomenal ─mi engaño dura unos segundos, nunca me ha gustado mentir─. Fatal, ha sido una semana horribilis. Me ha abducido un agujero negro de percances.
   ─Anda, no seas exagerada.
   ─Bueno, solo te diré que el martes Yoda, mi adorada perrita, empezó a devolver sangre, que a las tres de la mañana nos tuvimos que ir al veterinario de urgencia; que después de mil pruebas y radiografías le pusieron un tratamiento para detener su hemorragia sangrante; que a las diez de la mañana volvimos porque no mejoraba y que, cinco días después, aún sigue enferma... Pobriña.
   ─Vaya...
   ─Y eso que no te he contado que el jueves al volver de un paseo por el pinar, pasé por delante de mi coche perfectamente aparcado y me lo encontré sin retrovisor y una rueda reventada. 
   ─¿En serio?
   ─Lo que oyes. Menos mal que la policía local me dejó una nota en el limpiaparabrisas para que me pasara por la comisaría y me dieran la información del conductor del coche que colisionó contra el mío. Y allí que me fui. Verás, resulta que Jacobo, el piloto del Mini Cooper, se despistó al mirar el móvil o subir el volumen de la radio y, ay, qué mala suerte, se estampó contra mi Focus. Me lo imagino superpijo, pero no me cae mal porque facilitó todos sus datos, que mi coche está a terceros y tiene más de quince años. Además sucedieron otras pequeñas historias, y grandes momentos, y vinos y risas. Pero cuéntame, ¿qué tal tu Semana Santa?
   ─Pues un poco más tranquila que la tuya. ¿Y tus lesiones?
   –Fatal, ahí sigo con mi esguince de rodilla, mi trocanteritis, mi fisio... Lo que te decía, horribilis

lunes, marzo 05, 2018

He muerto y he resucitado...


Tengo que aguantar, lo sé, no puedo huir como una cobarde, debo resistir la tentación de apretar el timbre de seguridad para que me saquen de este ataúd de plástico. Siempre he parecido una mujer fuerte, pero no lo soy. Me estoy muriendo. Mi dedo tiembla sobre el timbre, las ganas de salir me dominan. Me pongo a contar vacas, que es más divertido que las ovejas. Una, dos, tres, cuatro... En mi mente se repiten las palabras del simpático hombre que me ha metido en el atáud: "Nena, tú tranquila, confía en mí, te voy a vigilar en todo momento, no estarás sola". Claro, él no me conoce y no sabe que jamás pondría la mano en el fuego por alguien porque amo cada extremidad de mi cuerpo y, como decía el doctor House, todo el mundo miente.
     Los cascos que protegen mis oídos amortiguan el sonido exterior. No me puedo mover. En teoría me está vigilando el técnico de la máquina de la resonancia magnética, pero ¿y si le da un paro cardíaco y cae desplomado sobre el suelo?, ¿y si hay un corte de luz y me olvidan en este triste nicho?, ¿y si cae un meteorito en el hospital?... Voy a contar más vacas. Cinco, seis, siete... Lo sé, puedo apretar el botón de emergencia, pero aquí todo el mundo me conoce, debo parecer fuerte. Si sobrevivo a este entierro en vida modificaré mi testamento para que quede constancia notarial de que el día que fallezca deseo que me incineren, como un buen solomillo, vuelta y vuelta. Me niego a que me entierren, no vaya a ser que resucite. Me falta el aire, me va a dar un ataque de asma y no puedo darme un chute de ventolín. Ocho, nueve, diez... Aún recuerdo cuando entré en la pirámides de Keops, salí congestionada, ahogada, estresada. Tras aquella experiencia me negué a practicar submarinismo o espeleología. Y ahora estoy aquí, enterrada en vida en un ataúd monitorizado. Once, doce, trece... ¡Hasta las vacas se están revolucionando!
     El sonido cesa, alguien entra en la habitación, aprieta un botón, la camilla me desplaza hasta el exterior, he resucitado. "Nena, ¿verdad que no ha sido para tanto?", me pregunta sonriente el hombre al que he confiado mi vida durante veinte minutos. "No, no ha sido para tanto", miento como todo el mundo y siento que los nervios agónicos han despertado mi latente herpes labial. Por fin, vivita y coleando, abandono el tubo de la resonancia magnética, a la ganadería de vacas imaginarias y al amable técnico que me ha enterrado en vida, pero bajo una estricta supervisión.

martes, febrero 20, 2018

Libros de mi insomnio... (y de mi corazón)



Australia, Mongolia, Francia... Los libros me han hecho viajar hasta países desconocidos y he descubierto nuevas culturas, amores, intrigas y pasiones. Incluso me he sumergido (agotador, por cierto) en el mundo de la filosofía de la mano de Sócrates y otros eruditos pensadores.

Cuando sale la reclusa. (Fred Vargas. Siruela)
La novela negra tiene nombre de mujer francesa, la que se esconde tras Fred Vargas ─el seudónimo de Frédérique Audoin-Rouzeau─. En Cuando sale la reclusa, los pensamientos del comisario Adamsberg, de la Brigada Criminal de París, son burbujas de gas que chocan por su cerebro hasta que destripa y soluciona los casos. En esta ocasión, la trama está vinculada con las arañas reclusas, los blafs (escarabajos de cementerio) de un orfanato, unas violaciones grupales... Unos asesinatos imperceptibles para casi todos, menos para Adamsberg y su equipo. ¡Chapeau!
«Métete de una vez en la cabeza que todos somos neuróticos. Luego todo depende del equilibrio que seamos capaces de elaborar"

Observada. (Renée Knight. Black Salamandra)
¿Y si de pronto empiezas a leer un libro y descubres que la protagonista eres tú? ¿Y si además desvela un secreto que jamás has querido contar? ¿Y si, oh, no, esas páginas llegan a manos de tu marido, tu hijo o tus compañeros de trabajo? ¿Y si la imagen que todo el mundo tiene de ti es falsa? Ay, amigos, cuántas sorpresas depara esta original novela.
 «El esfuerzo de mantener el secreto en secreto ha acabado siendo mayor que el secreto en sí»

Yeruldelgger, tiempos salvajes. (Ian Manook. Salamandra)
Gracias a esta novela he aprendido que la capital de Mongolia es Ulán Bator, que los nómadas mongoles habitan en yurtas (circulares tiendas de campaña) y que allí hace un frío de narices. Sin embargo, el desarrollo e investigación de los asesinatos en ocasiones me ha parecido muy lioso. Y más si se tiene en cuenta que los nombres de los personajes (mongoles, claro) son muy complejos. Me ha costado un poco, la verdad. 

La luz entre los océanos. (M. L. Stedman. Salamandra)
Queridas (sobre todo vosotras), os va a encantar. Una novela que te atrapa desde el principio, que te traslada hasta el faro de una pequeña isla en Australia para vivir una gran historia de amor y te hace reflexionar sobre la moralidad de algunas de las actuaciones. En fin, ya estáis tardando. Y yo estoy tardando en ver la película en la que aparece el gran Michael Fassbender, y eso que odio ver las adaptaciones cinematográficas. Sufriré por él.
«Sabía que, si conseguía alejarse lo suficiente –de la gente, de los recuerdos–, el tiempo se encargaría de todo» 

El ministerio de la felicidad suprema. (Arundhati Roy. Anagrama)
¿Cómo contar una historia hecha añicos? Convirtiéndote poco a poco en todo. De esta forma Arundhati Roy desgrana en su novela la situación de la India y de Cachemira, y salpica cada relato con grandes y dolorosas historias de amor. Sin embargo, hay momentos en que es difícil continuar la lectura ante la cantidad de personajes (con nombres indios, claro) que abruman sus relatos.
«He construido mi vida alrededor de ella. Tal vez no alrededor de ella, pero sí alrededor del recuerdo de mi amor por ella. Ella no lo sabe»

Todo es posible. (Elizabeth Strout. Duomo Editorial)
Una novela intimista que nos lleva a través de los recuerdos a comprender la vida y la forma de pensar de Lucy Barton, una autora de éxito que vuelve a su ciudad de la infancia. Un libro de bella prosa
«Hay cosas en la vida que nunca se cuentan»

Patria. (Fernando Aramburu. Tusquets)
¿Alguien no ha leído aún Patria? Lo dudo. Este libro se convirtió en la gran novela del verano. Reposaba en mi mesilla desde hacía tiempo ─realmente en mi Kindle─, pero me resistía a sumergirme de nuevo en la etapa terrorista que vivimos en España, volver a sentir el dolor que provocó ETA, me espantaba. Una vez superada mi pereza, la novela me atrapó y entendí su gran éxito editorial.  
«Una cicatriz quedará siempre. Pero una cicatriz ya es una forma de curación»

Rendición. (Ray Loriga. Alfaguara)
En mi familia nos gusta hablar de libros: no de forma intelectual o cultureta, sino con un estilo muy de andar por casa. Mi hermano Roberto me recomendó Rendición, la mejor novela del año en su opinión. No siempre coincidimos, y me alegro. ¡Ay, qué aburrida sería la vida si todos pensáramos igual! El inicio me parece trepidante pero después la historia se desinfla. Me recordó tanto a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que me desilusionó.
«Ella, como todas las mujeres, es más fuerte que los hombres, pero a veces se rompe y la abrazo.»

El mundo de Sofía. (Jostein Gaarder. Siruela)
Desde pequeña he sentido rechazo hacia la filosofía y la psicología, me cansan mentalmente. Sé que es un error, así que he empezado a leer este libro donde explican la evolución de la filosofía a lo largo del tiempo de forma ágil y muy bien hilada. Eso sí, para no agotarme, lo intercalo con otras novelas. Una recomendación: debería ser lectura obligatoria en los colegios para que los chavales entiendan de forma amena la evolución de los distintos pensamientos filosóficos. 

ANTIGUAS CRÍTICAS

jueves, enero 25, 2018

Me gustan los piropos


Confieso que no me molestan los piropos (la Real Academia Española define piropo como dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer). Por supuesto, no hay que confundir el elogio con la falta de educación. Si llego al trabajo y un compañero me dice "qué guapa estás hoy" no lo considero en ningún caso un atentado contra mi integridad, ni acoso. Al contrario, sonrío y le agradezco su pequeña alabanza. Bueno, y si me dice "Emma, qué delgada estás" le planto un beso en la mejilla ─de esos que dejan marcados los labios con el pintalabios─ y le susurro "ay, pero mira que eres majo". 
     Reconozco que más de una vez he tenido que contener la risa al escuchar algún piropo por la calle. La diferencia es que si el halago tiene gracia, no ofende. Si molesta, es un improperio.
     Según he leído, la Junta de Andalucía (¡están que se salen!) ha lanzado la campaña "No seas animal" para extinguir a la fauna callejera compuesta por buitres, los que están al acecho; búhos, los que no quitan el ojo de encima; gallitos, los piropeadores o pulpos, a los que ni siquiera hace falta que describa.
    Por favor, un poquito de cordura, no confundamos el acoso sexual con el piropo. Esos animales a los que se refiere la Junta de Andalucía son personas obscenas que no tienen educación ni respeto por el género femenino. 
    Como mujer aborrezco a esos hombres que, en vez de mirar a los ojos cuando te hablan, analizan de forma lasciva y con pupilas encendidas cada centímetro de tu cuerpo o aquellos que invaden el espacio personal y vital. Seres repugnantes. En cambio, si alguien te regala a los oídos bellas palabras eso es un piropo, no un insulto. Además, el piropo es una seña de identidad del carácter español, alegre y extravertido. O eso pienso yo, ¡guapos lectores! (Perdón, perdón, no os quería acosar).

lunes, enero 22, 2018

Me gustaría ser culta, pero soy una marsopa



Me gustaría ser culta, pero no lo soy. Por lo menos no soy tan culta como algunos que me rodean: auténticos culturetas que introducen con soltura y un poco de impertinencia a grandes literatos, artistas y filósofos en cualquier conversación matutina mientras mi cabeza adormilada es incapaz de decidir qué botón seleccionar de la máquina de la cafetería: ¿pan de pipas (bomba calórica) o galletas integrales (aburrimiento gastronómico)? No soy culta, pero soy una auténtica amante de las palabras: me enloquece descubrir, sin buscarlo, términos que me hipnotizan. 
    Esta semana me he enamorado del vocablo amuseparse (entristecerse y sentir melancolía, generalmente por nostalgia de su tierra natal). Tal vez sea por culpa de las nubes grises o del ambiente oscuro de mi Madrid, pero desde mi último hallazgo me siento tan amusepada como una marsopa o una marmota. El paso del tiempo, la vida que se escapa sin que uno se dé cuenta, los recuerdos del pasado o la afonía que me ha incomunicado durante un día han desatado mi musepo (tristeza, melancolía)
     ¡Pero ya no puedo más! Y mira que lo intento... Ay, con lo que me gustaría ser una mujer lánguida, seria y etérea (vaga, sutil, vaporosa). De verdad que ensayo todas las mañanas frente al espejo, pero de pronto me imagino con mi musepo vestida de marsopa y no soy capaz de controlar mi ataque de risa. Fatal, pero que muy mal: ni cultureta, ni melancólica, ni seria. Lo admito, más que culta soy una marsopa.

jueves, enero 11, 2018

Por decreto, los viejos tienen que ser delgados


Hoy no voy a ser considerada, ni voy a contener mis palabras porque estoy indignada. Tan enfadadísima que creo que me ha salido una nueva pata de gallo y veinte canas más en mi rizada cabellera. Nadie se imagina el susto que me llevado esta mañana al leer en el periódico que "la Junta de Andalucía prohíbe los dulces de más de 200 kilocalorías en colegios y asilos".
     ¡Esto se nos va de las manos! Entiendo que a los niños pequeños se les regule la ingesta de dulces, ¡pero dejen tranquilos a los ancianos! Estoy tan aterrada que quiero dejar constancia de que si llego a vieja ─ni anciana ni mujer mayor, que las brujas sólo pueden ser viejas─, seré una vieja refunfuñona, no tendré pelos en la lengua, me reiré a carcajadas y comeré lo que me dé la gana.  
     Admito que a mí los dulces me la refanfinflan, pero me encantaría acabar mis días de vieja bruja rodeada de vicios, buen vino, caprichos gourmets e hipnotizada por el humo de los cigarrillos (si llego a los ochenta vuelvo a fumar como una loca). Incluso puede que después de bailar un chachachá en el salón del jubilado me tome una pedacito de tarta de manzana y un puñado de golosinas, dulcitares y regalices rojos. 
     A ver, que la vida son dos días, que mi abuela con casi 98 años se toma cada día varios vasitos de vino rosado, que manda huevos que la administración controlé hasta los dulces de los pobres viejos. Por favor, con la liberación estética que es plantarte en los ochenta y perderte en el desenfreno. ¡A la mierda la dieta! ¡A la mierda la operación bikini y que vivan los michelines! 
Hala, lo dicho, que a mí no me lleven a Andalucía.

viernes, enero 05, 2018

¿Quién no ha salido en pijama a la calle?


Que levante la mano quien tenga un perro y no haya salido a la calle en pijama escondido bajo el abrigo.
Lo sé, pillines, todos habéis caído en la trampa porque en el momento en que nuestro amor de cuatro patas salta sobre la cama o invade el sofá para reclamar nuestra atención a cierta hora del día sabemos lo que quiere. Sí, aunque haga un frío que congele los huesos, nuestro perro quiere salir a hacer sus necesidades, correr y relacionarse con otros congéneres... La pereza nos intenta apalancar, pero el achuchón canino nos obliga a levantarnos. Te miras y dices, ¡menudas pintas! Sí, una malla gris de pantalón, una camiseta tres tallas mayor que la tuya pero que te hace sentir en la gloria, unos pantuflos con el dibujo de un pingüino... ¡Totalmente impresentable! De pronto descubres tu plumas colgado detrás de la puerta y sabes que es el mejor camuflaje. Te embutes en él, llamas al perro, abres la puerta de la calle, un gélido viento frío congela la punta de tu nariz, enfrascas los rizos bajo el gorro de lana y ruegas a la santísima trinidad y todos sus ángeles que no aparezca ningún conocido, por favor, por favor, que hoy no es el día para hacer relaciones ni saludar a los vecinos.
Quien tenga perro y no haya salido en pijama a la calle, ni tiene perro, ni tiene vergüenza, ni tiene mascota. ¡Confiesa canalla! 

martes, diciembre 26, 2017

Nueva York, un viaje de película



La promesa se convirtió en sueño y el sueño, en película. Aún no sé cómo pero en diciembre mis hombres y yo traspasamos la pantalla de cine ─igual que Mia Farrow en "La rosa púrpura del Cairo"─ y  nos convertimos en los protagonistas de un maravilloso largometraje. Nueva York, los enormes rascacielos, los puestos ambulantes, las luces de Times Square, los americanos paseando por las avenidas con una taza ardiente de café entre sus manos, los azulejos y raíles del subway o la pista de hielo de Rockefeller Center se transformaron en el escenario perfecto para nuestra gran interpretación.
  La ciudad se coló como el primer amor, nos sorprendió en su inmensidad y en los pequeños detalles: el humo que escapaba de las alcantarillas, las ardillas que saltaban de árbol en árbol en Central Park, los niños cantando villancicos en Bryant Park o los elefantes disecados del Museo de Ciencias Naturales que ocultaban al genial Robin Williams en "Una noche en el museo".
   La música de "Imagine", de John Lennon, se repitió en nuestros oídos al observar las puertas del edificio Dakota y la piel se erizó al pensar que allí mismo fue asesinado o que Roman Polanski rodó en uno de sus apartamentos la diabólica "La semilla del diablo"
   Unos pasos más adelante, entre la vegetación de Central Park apareció el puente más romántico de la ciudad, el Bow Bridge. Observé con detenimiento e intenté localizar a mi adorado Woody Allen, pero debía estar muy bien camuflado o mi estruendosa risa lo alertó y huyó. 



    El corazón se nos encogió al contemplar el Museo y el Memomiral 11-S, construido para homenajear a las víctimas de los ataques terroristas del World Trade Center, y retomó sus latidos al subir al ferry ─como Melanie Griffith en "Armas de mujer"─ rumbo a la isla de Ellis y a la Estatua de la Libertad
     Rozamos el cielo en lo alto del Top of the Rock y del Empire State, donde imaginé el beso en la azotea de Cary Grant y Deborah Kerr en "Tú y yo" o el deseado encuentro de Tom Hanks y Meg Ryan en "Algo para recordar"
   Una semana sin parar de caminar por los enclaves más neoyorquinos: Chelsea Market y el paseo por High Line; el puente de Brooklyn; el Soho y sus tiendas, auténticos escaparates de glamour; Chinatown o Little Italy, el marco perfecto para entrever a Al Capone tras unos visillos, y la escalera de la Gran Estación Terminal por la que se deslizó la sillita de aquel bebé en "Los intocables de Eliot Ness". Y, para descansar, una visita a la Biblioteca Pública, sin los "Cazafantasmas", y el edificio Flatiron, sin "Spiderman".



   El último día, para despedirnos por todo lo alto, Nueva York se vistió de blanco. ¡Qué ilusión, qué emoción! La ciudad nevada como en miles de películas... Sí, como esas cintas en las que los protagonistas no pueden coger un vuelo porque cierran el aeropuerto y el retraso les hace perder la conexión en Amsterdam y, ¡oh, qué pena!, les obliga a quedarse dos días en esa fantástica ciudad.
   Le prometimos a Diego que si aprobaba 2º de Bachillerato nos iríamos a la ciudad de los rascacielos... Y la promesa se convirtió en sueño y, de regalo, también conocieron Amsterdam y sus nevados canales.
La vida es viaje.

miércoles, noviembre 15, 2017

No es amor

    
"Aún no lo he superado", suspira Fina mientras mueve los hielos de su ron con Coca-cola.
    La observo y me parece increíble que a ella le haya sucedido.
    Fina siempre fue la guapa del grupo: alta, de tez morena, ojos rasgados y un pequeño lunar sobre el labio superior. Una belleza racial difícil de describir que cautivaba a mujeres y hombres. Su fuerte carácter y alta autoestima parecían indestructibles hasta que apareció él, su falso gran amor.
    Conoció a Jaime en una fiesta de la universidad. Se enamoró de sus verdes ojos, de su pícara sonrisa que marcaba sus hoyuelos en las mejillas y su esbelto cuerpo. Aquella noche sólo bailaron y se confesaron confidencias al oído. Al cabo de unas semanas se convirtieron en la pareja ideal: los más guapos y perfectos de la facultad de derecho. Jaime acudía cada mañana a recoger a su amada con el Audi que le había regalado su padre al cumplir los veinte años. Mi amiga se sentía la mujer más feliz del mundo.
    Un año después, Fina decidió no pintarse la cara. Jaime tiene razón, parezco una puta con tanto rímel, pintalabios y maquillaje. También abandonó las minifaldas y los zapatos de tacón. Voy más cómoda con vaqueros. Dejó de quedar con los compañeros de su clase. Son muy infantiles, prefiero estar con Jaime. Gota a gota, la fuerte Fina se hundió y se convirtió en la sombra oculta de Jaime. No opinaba, no discutía... No era ella. 
   La historia se alargó en el tiempo hasta que un día Jaime la pegó por conversar en la calle con Andrés, un vecino con el que se cruzaron. Esa noche, mi amiga relató entre lágrimas su situación a sus padres. Tuvo suerte: sus progenitores la arrancaron del maltrato de Jaime.
   Pasados varios años, psicólogos y terapias, Fina rehizo su vida: se caso, tuvo dos hijos y actualmente es un alto cargo directivo de una importante empresa. Ella no olvida, pero no calla porque sabe que su historia ha ayudado a otras mujeres.
   Hoy me ha sorprendido leer en el periódico que en el juicio contra "La manada" por la supuesta violación en grupo a una chica en Sanfermines, la defensa haya presentado como prueba las imágenes que ella ha subido durante este último año a Facebook o Instagram. ¿Acaso una persona que ha sido agredida debe compadecerse de sí misma el resto de su vida y no intentar salir hacia delante?
   Fina es solo un ejemplo, pero tengo muchas amigas que han sufrido agresiones, incluso una estuvo ingresada en UCI por los puñetazos que le embistió el animal que juraba que la amaba. Nadie debe agredir ni someter a otra persona, una manada de cinco no debe aprovecharse de una mujer. Por favor, que nadie confunda el amor con la agresión.
   
Datos: El año pasado murieron en España 53 mujeres por violencia de género. En lo que va de año 2017, 44
P.D.: Todos los nombres que he utilizado son ficticios. Las historias son reales.

viernes, noviembre 03, 2017

Bruja piruja


De pequeña jamás aporreé las puertas de los vecinos de mi edificio disfrazada de monstruo para que me dieran caramelos ─que los hubiera aceptado porque eran conocidos, que menuda matraca me dio mi abuela con lo de "no aceptes nada de desconocidos"─. Sí recuerdo ir con la pandereta con cintas colgando de colores cantando, más bien desentonando, villancicos con mi pandilla del patio y gastarme en sugus las míseras pesetas que me correspondían tras el reparto en "La tienda verde", actualmente regentada por una pareja de chinos. 
   Halloween llegó a mi vida en octubre de 2004, en una escapada de seis amigos y seis mocosos a una casa rural junto al mar embravecido en Cantabria. Ahora sólo pervive una pareja unida y varios de aquellos infantes ya han cumplido 18 años, pero aquel 31 de octubre, al caer el sol, disfrazamos a los niños y gritamos como energúmenos cuando se fue la luz y vimos fantasmas
    Lo confieso, la noche de los muertos vivientes me enamoró: primero porque soy muy facilona y me apunto a un bombardeo; segundo, porque me apasiona vestirme de bruja (y de otras cosas, pero hoy no viene a cuento); tercero, porque me encanta asustar a los incautos draculines que osan llamar a la puerta de mi casa y, por último, porque adoro reunirme con los amigos, preparar pociones mágicas y reír con los gin-tonics.
    ¡Viva Halloween y las brujas pirujas!



martes, octubre 31, 2017

Por nosotras


La hija de Fabiola se casa el sábado. Esther recorre el mundo en busca de nuevos productos para su soñado proyecto gastronómico. María nos enfrenta a la dura realidad con los problemas de mujeres de distinto ámbito social con las que se reúne una vez al mes. Mayte escribe en pequeños papeles los momentos dichosos de cada día y los guarda en su bote de la felicidad, que abre a final de año para llenar la vida de sonrisas. El humor de Silvia y su perro Peter (ambos madridistas) nos arrancan carcajadas cada mañana. Anne-Marie y Carmen se han convertido en fanáticas del rugby. Celia y María S. se molestan cuando el tema catalán arranca nuestro radicalismo e intentan poner fin a nuestras discusiones políticas. María F. nos muestra sus paseos madrileños a través de Instagram. Carmiña es como el Guadiana, aparece y desaparece. El periodismo une a  Tatiana y Esther G. Desde Valencia,  Almudena nos tienta con sus vinos; Beatriz, desde Francia, con sus manualidades y Mary S. se viste de flamenca en Sevilla durante la Feria de Abril. Begoña acaba de terminar la mudanza a su nueva casa, aunque está en el mismo edificio que la anterior. Aurora lleva a sus hijos al FEM, el colegio de mis hermanos y donde yo estudié COU. Los sonidos flamencos de la guitarra del hermano de Beatriz G. nos enamoran. Mar nos sorprende con locales privados y una hija artista. Paloma, Sonia, Marta y Marisa forjaron su amistad entre los viejos pupitres de la clase B. Y en la clase A estudiaban Paloma B., Elisa, Sonia C. y Sonsoles, que siempre nos propone acudir a conciertos ochenteros. Estas mujeres tan fantásticas y variopintas pertenecen a uno de mis grupos de whatsapp, el “Saint-Dominique”. Algunas abandonaron el grupo ante el bombardeo de mensajes y Cristina, Susana y Sylvia nunca han participado, pero ahí están.
    Desde que dejamos el colegio hasta que nos volvimos a reencontrar pasaron muchas lunas. El tiempo demostró que hay gente que cambia a mejor, que de las rencillas infantiles nadie se acuerda y que en el corazón germinan los recuerdos y el cariño de aquella etapa escolar en la que, gracias a grandes maestras, además de adquirir conocimientos se forjaron nuestros caracteres, tan distintos y tan iguales en muchos aspectos. 
   El whatsapp no deja de sonar y los temas varían como las estaciones. Me gusta saber de ellas, reír y brindar en cada quedada. En realidad no somos tan buenas y cuando nos juntamos nos pierde la gastronomía, el buen vino, la cerveza y los gin-tonics. Ay, que aún recuerdo mi peor resaca de este año, que acabamos haciendo botellón en mitad de El Viso… Pero hay historias que es mejor no contar.

jueves, octubre 26, 2017

Simpática selectiva

Yoda, mi bella flor. El retrovisor partío y los mensajes indirectos de mi pinar

Desde que ha empezado el otoño mi antropomorfismo va a más. Para no ser pedante, y como el saber no ocupa lugar, os recuerdo que el antropomorfismo es la manera fina de denominar a las chaladas de mi calibre que hablan con su perro como si fuera un humano. Y esa soy yo. Y más desde que ha llegado el otoño, me he subido a la "mardita báscula" y me han atacado los regordimientos, que se han multiplicado por mil cuando ayer el veterinario, y mira que me cae bien, va y me dice sin pelos en la lengua que la perra ha engordado. ¡¡¡¡NO!!!!, grité como una histérica en el coche de vuelta a casa (ya sé que el uso de más de una exclamación no es correcto, pero así os daréis cuenta de la potencia de mi neurótico alarido)
   ─Mira, Yoda ─argumenté desde el asiento del conductor a mi pequeña schnauzer mientras observaba el retrovisor que aún no he arreglado sujeto con cinta de pintor─ lo nuestro es una putada, así te lo digo, porque mira que caminamos más de una hora todas las mañanas, tú corres despavorida detrás de la pelota y yo subo y bajo las cuestas con mi respiración entrecortada. ¡Hasta leo los puñeteros carteles que aparecen misteriosamente en el pinar con tablas de ejercicios! No lo entiendo, la verdad... Ahora, que yo te veo divina y tú tienes suerte, que a ti no te han puesto a dieta, pero te voy a controlar, que te encanta comer... Mira, hoy no, que esta noche tengo cena y luego viene el fin de semana, pero el lunes vuelvo a retomar mi amistad con la jodida lechuga y el puto tomate... No me mires de esa manera, que sabes que les quiero mucho.
   En fin, la vida es así, no la he inventado yo... Menos mal que hoy twitter me ha descubierto una frase que me define a la perfección: "Simpática selectiva". ¡Me encanta!

jueves, octubre 19, 2017

Una cerveza, un sujetador... mis pequeños placeres.


Me gusta el primer sorbo de una cerveza bien fría tirada con la presión exacta para que la espuma rebose sobre la jarra congelada que empapa la barra del bar según se derrite. Un placer que se describe a la perfección en el libro "El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida", de Philippe Delerm. 
   Esta semana he decidido apuntar esos leves instantes que te regalan unos segundos de felicidad. 

1- Quitarme el sujetador. Un júbilo muy femenino que sé que muchas entenderán. Lo admito, soy una artista a la hora de retirar mi sujetador sin quitarme la ropa. Retuerzo los brazos como si fuera una contorsionista y me despojo del horrible artefacto según entro en casa. ¡Pechos fuera!, como diría Afrodita en Mazinger Z. 
2- Arrebujarme bajo el edredón. Ahora que el frío se asoma con timidez no hay nada que me dé más felicidad que un edredón bien mullido.
3- Los dedos de mi peluquera. No me gusta ir a las peluquerías, lo odio... Salvo cuando te lavan con maestría la cabeza, te dan un pequeño masaje y rozas la relajación.
4- Sumergir las manos en las lentejas. Antes de poner en remojo las legumbres me encanta introducir la mano en el bote como si fuera una niña pequeña jugando con la arena de playa. 
5- Descender de las alturas. Al gozo que sienten los dedos de mis pies cuando me quito los zapatos de tacón y me pongo las zapatillas de andar por casa lo denomino el orgasmo de los pinreles
6- El cigarro de mi vecino. Dejé de fumar hace muchos años y si llego a los ochenta retomaré el vicio. Mientras, para superar mi insuperada adicción, disfruto cuando mi vecino sale al jardín, se enciende un cigarro y el viento filtra el humo por la ventana.
7- El olor a ropa limpia. Ese instante que te pones una camiseta y te inunda el aroma a suavizante... Un placer.
8- Cinturón de seguridad. Oír el clic que desabrocha el cinturón de seguridad del coche y verme liberada de su presión me llena de alegría y satisfacción. 
9- Un chute de ventolín. Si quitarse el sujetador es un placer femenino, el ventolín es un desmadre asmático que te devuelve a la vida. Pura adicción.
10- El ataque de risa. ¿Qué haríamos sin una carcajada diaria aunque sea por el motivo más absurdo? Eso sí, debería practicar para que la mía no sea tan escandalosa.
11- Los ruidos extraterrestres. Volver a casa y que mi perra me reciba con esos sonidos tan raros de felicidad y el movimiento acelerado de su rabo. Una locura.

 ¿Cuáles son tus pequeños placeres?

To be continued..., que dirían los ingleses. O Continuará..., como decimos los españoles.


P.D: He decidido no incluir los placeres gastronómicos, sexuales o familiares para que la lista no sea interminable

lunes, octubre 16, 2017

Tengo regordimientos


En julio decidí poner fin a nuestra relación. Entré en el baño, miré a la mardita báscula y le dije "ahí te quedas, bonita, que me tienes harta, que eres mi mayor pesadilla". Ella ni se inmutó, así que cogí el secador como si fuera un micrófono, me solté la melena y empecé a cantar como Camilo Sesto: 
      Ya no puedo más, ya no puedo más 
      siempre se repite esta misma historia. 
      Ya no puedo más, ya no puedo más 
      estoy harta de rodar como una noria. 
La japuta ─lo siento, pero mi ira me obliga a insultarla─ se iluminó como alma que lleva el diablo para seducirme con sus lucecitas y volviera a pisar su plataforma. Aguanté. Fui dura, tomé de nuevo el secador y en vez de cantar, grité.  

      Vivir así es morir de amor 

      por amor tengo el alma herida. 
      Por amor no quiero más vida que su vida. 
      Melancolía. 
Han pasado más de tres meses. Ha sido duro, pero para superar nuestro desamor y el dolor de corazón me he lanzado al vicio gastronómico. Me he zampado paellas, chuletas de cordero o torreznos; me he bebido tintos de verano, cervezas, gin-tonics y vinos blancos y tintos... Vamos, que me he desatado para olvidar a mi antiguo amor y ahora el botón del vaquero oprime mis michelines y siento unos enormes regordimientos.  
      Vivir así es morir de amor. 
      Soy mendigo de sus besos. 
      Soy su amigo, quiero ser algo más que eso.
     Melancolía.
Pensé que nuestra relación había terminado, que jamás volveríamos a juntarnos, pero no puedo vivir sin ella. Soy una adicta a sus verdades que se clavan como puñales (pedazo cursi-frase). Lo admito, esta mañana he retomado nuestra masoca relación para apaciguar mis regordimientos y, cómo no, empiezo la dieta. ¡Te odio, mardita báscula!