lunes, marzo 14, 2011

Hasta el infinito y más allá



Debo confesar un secreto íntimo, una realidad que he intentado ocultar y solo conocen mis más allegados, un leve fallo de mi ser que he sobrellevado con dignidad y estoicismo. Sí, lo confieso, no puedo ver las estrellas del firmamento. Por más que arrugo los ojos y me concentro, jamás he logrado contemplar el esplendor estelar. Solo veo un cielo azul oscuro salpicado por cuatro o cinco estrellas. ¿Realmente existe ese firmamento plagado de estrellas que muestran en las películas? Tal vez sea una licencia artística del mundo del celuloide o una manera de engañar a la humanidad. 
─Mamá, ¿cuántas estrellas ves? ─me retan los niños las noches de luna nueva.
Achino mis ojos para acentuar mis patas de gallo, me concentro y observo la oscuridad.
─¡Cinco!
─¡Pero si hay más de mil!
Una noche, en una playa de Egipto, vi una estrella fugaz. Antes de pedir mi deseo escuché unas risas que me revelaron la verdad: no era una estrella fugaz, era un avión aterrizando. 
Hoy por fin me han explicado mi imperfección.
─Emma, la conjunción de tu miopía y tu astigmatismo provoca que no puedas ver el infinito. Tu visión es del cien por cien, pero tu enfoque final se queda en un plano medio que te imposibilita ver más allá.
No, por Dios, con la ilusión que me hace imitar a Buzz Lightyear y gritar: ¡¡Hasta el infinito y más allá!!
Con mis media miras (ahora no puedo tener visión de futuro lejano, demasiado infinito), me fui a la piscina a barruntar unas cuantas teorías cuánticas sobre los fenómenos estelares, los agujeros negros y la lluvia de las Perseidas. Cuando analizaba el enigma de por qué ahora Plutón no es un planeta, observé que un nadador estaba parado en el extremo de la calle. Le miré e hice un gesto con la cabeza para saber si salía él o le adelantaba.  
Pasa, pasa, me indicó moviendo el cuello.
De pronto aterricé desde Platón en la Tierra. ¿Es Antonio Resines el que comparte calle conmigo en la piscina o mi incapacidad de ver el infinito también me provoca alucinaciones?
El estrés casi me ahoga. En el largo de vuelta nos cruzamos. Entrecerré los ojos y supliqué a mi miopía y astigmatismo que se concentraran en su visión media y me aclararan las dudas. Mis ojos confirmaron mis sospechas: Antonio Resines era mi "compi". 
¡Cómo me encandiló con su interpretación en "La buena estrella" o "La caja 507"! Nadamos brazada a brazada varios largos hasta que me abandonó. Rematé mis 1.500 metros y me sumergí en el jacuzzi para destensar mis músculos. Antes de irme, observé a mi compañero de al lado. ¿Quién era? Pues claro, Antonio Resines. 

lunes, marzo 07, 2011

Ridículo, victoria y humor

Si al salir de la ducha de la piscina con el rollizo cuerpo envuelto en una toalla de rizo y el pelo oculto bajo una toalla de microfibra escuchas: "Perdona, ¿tú eres Emma?". Sientes un golpe de vergüenza. "Sí, soy yo" afirmo entrecerrando los ojos para ver si de esa forma identifico al ser que me habla en algún contexto. Las neuronas tras los 1.250 metros y el spa no rigen a la velocidad adecuada. Me esfuerzo pero...
─¿No me reconoces? ─pregunta mi interlocutora con una amplia sonrisa.
Tierra, trágame.
─Ay, es que voy sin gafas y...
─Del colegio.
─Uf, es que soy tan despistada...
Tierra, devórame.
─Soy Carmen.
─Ay, sí, sí... ¡Claro!, ¡cómo  no me iba a acordar de ti!
Disimuladamente logro quitar la toalla que envuelve mi pelo.  Hablamos un poco de nuestras vidas a lo largo de los últimos veinte años. En cinco minutos condensamos algunos recuerdos.
─Bueno, a ver si nos vemos otro día. 
─Eso espero.
Aunque la próxima vez espero estar vestida, pensé pero callé.
─Emma, me has dejado fatal...
─¿Por qué?
─¡No me has reconocido!
─Que sí te he reconocido, pero me ha costado porque iba sin gafas... 
Tierra, aniquílame.

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Desde primera hora de la mañana del sábado, Diego nos estresa con sus nervios.
─Mamá, el partido de hoy es importantísimo, jugamos contra los primeros. Es nuestra oportunidad de ganar la liga...
En el campo, el aforo de la afición estaba al completo. El sonido del silbato indicó el inicio del partido. Los nuestros salieron como los mihuras, directos al corazón. Un pase, un regate... Fuera. Sacan de córner, Diego chuta la pelota y.... ¡¡¡Goooooool!!!
Las gradas vibran entre tanto grito. El baile de la pelota desconcentra al contrario. El juego del equipo nos tiene hipnotizados. Gol de Jaime. Más gritos, más histeria.
El árbitro (ojito, súper comprado), indica dos faltas en nuestra contra. La indignación invade a la afición. 
¡Píiiii! Fin de la primera parte. Empate 2 a 2.
Los nervios se agarran con más fuerza al estómago. Es el mejor partido de la temporada y en la segunda parte despliegan todo su arte. Con estilo y glamour Pedro marca el tercer gol. Gritos y abrazos. De pronto, ¿qué ocurre?, ¿por qué van a lanzar los contrarios una falta tan cerca de nuestra portería?... El árbitro ha pitado falta a Enrique, el portero, por tardar más de cinco segundos en lanzar, grita alguien desesperado. Contengo mis ganar de lanzarme al cuello del árbitro. 
¡Píii!, lanzan la falta y gol. 3-3. La tensión se masca. 
Mi corazón sufre más que en la final de España en el Mundial. Diego corre como un torbellino por el campo, Antonio reúne toda su fuerza en sus botas, Rubén no para de defender, Alejandro, David, Jaime... El equipo al completo se marca un fin: ¡ganar! 
Y Óscar coge el balón y ¡¡¡Goooooooooooooolllllllllll!!!
¡Qué partido, qué partido! Pasará a la historia (por lo menos a la mía)


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Por la noche, después de tanta tensión, reímos en compañía de "Faemino y Cansado", unos auténticos cracs del humor, junto a toda la familia. Risas a borbotones.
Y el domingo gané el título de "pringada" al chocar mi cráneo contra la puerta del maletero y estampar mi cuerpo contra el suelo de cemento al intentar jugar al fútbol (pisé la pelota y rodó). Pero, esta vez, prefiero omitir los detalles para no aburrir a mi estimado público.

lunes, febrero 28, 2011

Perdidos en Micrópolix

A las siete y media de la tarde entré en casa arrastrando mi cansancio y mi ataque de alergia. Con un tímido hilo de voz pedí a mis hijos y a Javier, el amigo de Álvaro, que se portaran bien. Ellos también estaban agotados, sin fuerzas. ¿Por qué sería? Rebobinemos.
Mis planes del viernes ─jugar una hora al pádel, nadar unos cuantos metros, sesión de spa y un paseo con la Visa por los últimos días de las rebajas de invierno─ se esfumaron a primera hora de la mañana cuando Álvaro me miró con ojitos picarones y me rogó que fuera con ellos a Micrópolix

El semáforo está a punto de ponerse verde y permitir la entrada de los niños

Cumplí sus deseos y a la media hora vociferaba desde el micrófono del autobús a los niños de Segundo y Cuarto de Primaria para que se sentaran y esperaran a que les pusiéramos la pulsera de identificación y pase para Micrópolix. En total, 120 niños, cinco madres y un padre. 
Dentro del recinto, los mayores gozaban de una total libertad de movimiento. Solo debíamos preocuparnos de los más pequeños: acompañarles a las actividades y no separarnos de ellos. La tarea parecía sencilla...
─Emma ─me comentó Cristina (8 años) al salir del plató de televisión donde se rodaba un telediario─, no encuentro ni a Paula ni a Sabela.

Los padres del AMPA

Miré a Jesús (padre adulto) y sentí que nos transformábamos en unos dibujos de los Looney Tunes. Jesús contaba una y otra vez los niños: nueve, diez, once, doce....
─Nos falta el trece y el catorce ─exclamó tras comprobarlo cinco veces.
─Sí, faltan Paula y Sabela. Quédate con ellos, me voy a ver si las encuentro.
Recorrí la planta baja. Miré en las actividades que se estaban desarrollando: radio, supermercado, policía... Nada, allí no estaban.
Tomé el ascensor. Dos niños del colegio me miraron asustados.
─Emma, te han llamado por los altavoces, querían que alguien del Ampa acudiera a la sala de información.
Mi corazón botaba y rebotaba por todo mi cuerpo, mi glotis se empezó a cerrar y sentí que el aire no me llegaba a los pulmones. 
Antes de desmayarme, apareció Gema (madre adulta).
─Tranquila, Emma, no te agobies, las niñas se han despistado pero ahora están en la actividad del crucero con el grupo de los chicos.
A las cuatro, después del recuento y tras comprobar que todos los niños estaban en el autobús, la sangre volvió a circular por mis venas... Y, al estilo Escarlata O'Hara, juré por Dios que nunca volvería a Micrópolix con 120 niños...

P. D.: Bueno, tal vez el año que viene incumpla mi juramento... "Quilosá", que diría mi abuela

¡Menuda jauría de niños!



HEMEROTECA: MISIÓN MICRÓPOLIX (Hace dos años)



domingo, febrero 27, 2011

Doble vida



Nunca he sido una apasionada de la música. De pequeña Mozart o Vivaldi me despertaban con sus atronadoras melodías. Mi madre las ponía para que las escuchara todo el vecindario y así, poco a poco, empecé a repudiar la música clásica o música-despertador (con el tiempo le he cogido un poco de cariño, pero aún no he superado el trauma). Tampoco fui una fan de la música inglesa o americana, no entendía sus letras y eso me crispaba. Así que me aficioné al bolero, la salsa o las canciones de "Los Secretos", "Duncan Dhu" o Antonio Vega. Además, debo añadir que no soy capaz de leer o estudiar con música, me distraigo. Tampoco soporto el volumen excesivo que perfora mis tímpanos y me saca de quicio. En cambio, adoro el silencio, percibir los leves sonidos cotidianos. Con estos antecedentes tan atípicos es normal que los conciertos nunca hayan llamado mi atención. Solo recuerdo con pasión mi primer concierto de Bruce Springsteen en 1988, en el Vicente Calderón y, 20 después, su concierto en Barcelona. Entre medias, escuché en las Ventas a Sting (antes de comenzar a cantar me desmayé por la falta de oxígeno o mi miedo a las multitudes) y Alejandro Sanz (en la tercera canción ya estaba aburrida). En el Palacio de los Deportes, a Depeche Mode (hui a la planta superior al ver tanto cúmulo de gente), Ana Belén y Víctor Manuel (vibraban tanto las gradas que solo estaba pendiente de la ubicación de las salidas de emergencia)... Después de unos cuantos conciertos multitudinarios más, opté por no acudir a ellos hasta que Bruce se dignara a volver a España y decidí relajarme con la música jazz en pequeños locales (Clamores, Café Central...) junto a una cerveza bien fría o un gin-tonic.
Esta noche he acudido al concierto de Madonna. El escenario era enorme. Los decorados, la coreografía y la puesta en escena, espectacular. Madonna bailaba sin parar, volaba sobre el público... En el descanso se generó una avalancha de gente. De pronto, descubrí cinco cadáveres tendidos en el suelo, pisoteados por la histeria colectiva.
─¡Qué horror! Supongo que cancelarán el concierto. ─exclamé con voz pavorosa a mi acompañante.
─No, esconderán los cuerpos hasta que acabe. ¡El espectáculo debe continuar!
He abierto los ojos con espanto. ¿Qué hacía en un concierto de Madonna?, ¿cómo era posible que no lo suspendieran?, ¿cómo estando tan lejos del escenario podía percibir los detalles más nimios?...
Sí, era un sueño, pero era tan real que puedo asegurar que ayer acudí a un concierto de Madonna.
No me gustarán los conciertos pero tengo la suerte de poseer una doble vida: la real y la onírica. Ay, si yo contara...

viernes, febrero 18, 2011

Gozos entre taladros y "schweppes"

Dentro del optimismo y simpatía que a veces me caracteriza, he vivido una semana de felicidad absoluta (a nivel personal, del laboral no hablo).
El viernes cené con mis amigas "femianas" para relajar los nervios y reír, inevitable, con ciertas anécdotas secretas y malvadas del género masculino. Después, unos mojitos en un bar que encontramos por la zona y que nos sorprendió gratamente ─sobre todo nos agradó el cubano que agitaba con ritmo la coctelera y mezclaba al son de la salsa los licores y frutas. ¡Todo un espectáculo!─.
El sábado mis hombres me entregaron un regalo. Les miré sorprendida. ¿Qué sería?, ¿qué escondería el envoltorio? Una lágrima saltó desde mi globo ocular al sofá. Mi ser no tenía espacio (¡y mira que soy grande!) para tanta emoción. Un grito se escapó de mi boca:
─¡Un miniatornillador eléctrico! ¡Y también es taladro!




Al estilo vaquero, enganché mi taladro a mi cadera y anduve todo el día por casa atornillando y desatornillando tornillos: el embellecedor del microondas, la lámpara halógena que acababa de fallecer, los tiradores del armario...
A veces, cuando nadie me veía, simulaba que desenfundaba mi pistola como si estuviera en un western del lejano Oeste.
¡Cuánta emoción!, ¡por fin tenía mi adorado y anhelado atornillador eléctrico! Mi sueño cumplido. Sí, sé que soy bastante atípica, que disfruto más con un aparato electrónico que con un diamante, pero no lo puedo evitar, como diría Alaska: "yo soy así, y así seguiré, nunca cambiaré".


Esta mañana he retomado con espíritu deportivo mi clase de pádel. Mis compañeras deben pensar que soy una antipática. Las entiendo, pero a esas horas de la mañana mi simpatía aún duerme y mis fuerzas se concentran en mis ojos para observar con detenimiento dónde va la pelota e intentar con mi estilo pazguato dar "raqueta con bola". Que parece sencillo, pero a mí me resulta una tarea ardua y difícil. ¡Si parezco Lina Morgan moviendo un matamoscas!
Después de la clase, mis compis que son muy educadas, me han propuesto ir a tomar un café.
─Otro día... Es que me gustaría nadar un poco antes de ir a trabajar....
Me han mirado alucinadas imaginando que sufría un ataque de vigorexia. 
Muy resuelta, me he lanzado a la piscina y he nadado 950 metros. Al salir me he sentido feliz, súper "schweppes". Sí, schweppes, porque hacer deporte no adelgaza, pero, como dice Virginia, tonifica. Y para tónica, schweppes.



miércoles, febrero 16, 2011

Rumor de ataque

"Emma, a ti siempre te ocurren cosas rarísimas", suele decirme Icíar alguna mañana antes de que me tome mi coca-cola light. Pienso igual que ella. Un día, preocupada porque mi línea de la vida se va empequeñeciendo, decidí que el universo acumula todos mis sucesos en un breve espacio de tiempo para poder vivir cientos de aventuras. Una justificación cualquiera.
Hoy no llevo ni tres horas despierta y el surrealismo me ha invadido de nuevo. Relatemos:
Esta mañana lluviosa he llevado a los niños al cole y he acudido con mi "estilo croqueta" a la piscina para nadar mis correspondientes 1.500 metros y relajarme para el día que me espera (día de cierre del suplemento y estrés). Una ducha, crema hidratante... 
Sigue lloviendo. Arranco el coche y vuelvo a casa con mi bolsa y las llaves (¡para qué llevar más cosas a estas horas tan intempestivas!).
Alonso está a punto de partir.
─Emma, no te lo vas a creer ─Mi cuerpo tiembla. Esa frase es mía. ¿Qué le habrá sucedido?─ No ha parado de sonar tu móvil, pero como estaba en la ducha no lo he oído. Acabo de colgar.
Por mi mente aparece mi hermano Pepe que se acaba de romper la clavícula, el colegio de los niños...
─¿Quién era?
─Carmen, tu compañera.
─¿A estas horas?...
─Sí, por el periódico corre un rumor insistente...
"Ya está, me han despedido y quiere avisarme antes", pienso relajadamente después de mis 1.500 m y sin entender por qué Alonso sonríe.
─Parece ser que circula el rumor de que te ha dado un ataque de apendicitis, que hoy no vas a ir a trabajar y están preocupadísimos por el cierre y por ti, supongo.
Mi mente me bombardea con todas las operaciones de mi maltrecho cuerpo: polipo killian, cornete, juanete derecho, juanete izquierdo, ovario y...
─¡Pero si no tengo apédice, me lo quitaron con 18 años!
─No me negarás que es rumor más divertido de los últimos meses.
─Pero de dónde ha salido.
─Ni idea. Yo he alucinado, le he dicho que las últimas noticias que tenía es que habías ido a llevar a los niños al cole, que al no ser que te hubiera dado un ataque en la última hora... 
"Emma, a ti siempre te ocurren cosas rarísimas", me dirá Icíar.
¡¡¡Y tiene razón!!! 

lunes, febrero 07, 2011

Mi primera experiencia (de pádel)

Vuelta a la derecha, vuelta a la izquierda. Imposible dormir. Desesperada bajo al cuarto de estar. Me traslado con mi Kindle a principios del siglo XIX de la mano de Ken Follet y su último libro, "La caída de los gigantes". Devoro las páginas. De vez en cuando observo el reloj, los minutos corren la maratón y el sueño sigue sin aparecer. El estrés me aprisiona el estómago: tengo que despertarme en unas pocas horas, no puedo llegar tarde, no puedo fallar. A las cuatro y media me abandono al sopor. 
¡Las ocho! Salto del sofá, me ducho y me disfrazo de mujer deportista: mallas grises, sudadera roja, pelo recogido en una coleta y mi bolsa de deportes. Mis hombres duermen. Alonso abre un ojo y no puede evitar reír. 
─¿Ya te vas? ─pregunta con voz somnolienta.
─Sí, no puedo llegar tarde a mi primera clase.
Abro la puerta de la calle, un golpe de aire frío ahuyenta mis ganas de dormir. En el coche, las palabras de mi padre retumban en mi cabeza: "Emma, pero si a ti siempre se te ha dado fatal el tenis". Su afirmación es absolutamente cierta. En mi infancia acudí a cientos de cursos en los que jamás destaqué: ballet clásico ─ojito, junto a Chábeli Iglesias─, natación ─el día que pude ganar una medalla nos quedamos dormidos─, flauta ─¡pero si nunca he tenido oído, solo oreja!─, tenis ─malísima, pero compartía pista con mi primer amor─, inglés... Menos a pintura, que era lo que me gustaba, acudí a cientos de cursos en los que nunca destaqué y al final abandoné.
Y ahora, en plena crisis de los cuarenta, retomo la raqueta y vuelvo al ruedo. Aquí estoy en la pista de pádel, vestida de adefesio, junto a unas desconocidas que no paran de hablar. Me gustaría decirles que se callen, que aún estoy dormida, que no soy persona, que a mí me gusta la noche, que madrugar me sienta fatal, que no sé qué hago con el frío que hace al aire libre en una pista con césped artificial congelado. Cuando estoy a punto de hablar entra el profesor.
─Hola, soy Diego. Tú eres la nueva, ¿no?
─Sí.
─Bienvenida. A ver, colocaros todos al final de la pista. Empezamos con un lanzamiento al fondo de derecha, luego un revés de pared y revés directo...
─Oye, que yo nunca he jugado al pádel, que no sé nada ─balbuceo  asustada y con mi nueva raqueta colgando de mi muñeca.
─Tranquila, mira a tus compañeros... ─contesta Diego con su meloso acento argentino.
Una hora de ridículo absoluto corriendo detrás de las pelotas, intentando dar alguna con la raqueta, la cara congestionada, las células adiposas botando por todo mi ser... ¡¡¡y mis compañeras sin parar de hablar y reír!!
─¿Qué tal tu primera clase?
─Bien, Diego ─miento cual bellaca, regulando la respiración para que no me dé un ataque de asma y sudando la gota gorda─ Ha estado genial.
Mi ridículo y yo abandonamos la pista y optamos por no ir a nadar. Será mejor descansar un poco e ir fresca a la comida de las "fifty". Allí sí que hablaré y reiré de mi absoluto y espantoso estilo "padeliano".
Y el próximo viernes, de 9:30 a 10:30 de la mañana, más.... ¡¡¡Horreur!!!



martes, enero 25, 2011

Atracción fatal

Tapones, pinza para la nariz, gafas súper mosca... ¡Qué espectáculo!


ESTILO MARIPOSA
Después de los excesos navideños, retomo mi espíritu deportivo. Este año he ampliado mi disfraz de nadadora: a mi clásico estilo súper mosca le he añadido unos tapones de silicona para los oídos y una pinza de nariz para evitar ahogarme al nadar de espalda. 
Salir a la piscina con tantos elementos es un estrés, pero he hallado la solución: de los tirantes de mi bañador negro ─que se ciñe a la perfección a mi cuerpo croqueta─ cuelga una cuerda con la llave del candado de la taquilla de seguridad; en el canalillo acomodo la pinza de la nariz para evitar perderla y poder usarla en cualquier momento; en la cabeza coloco sin concierto el gorro rosa de silicona, las gafas extragrandes y en los oídos, los tapones. Ciega ─¡que mis gafas de la piscina no están graduadas!─ y sorda me lanzo al agua como un topo acuático. 
─Chicos, ¿me habéis visto en la piscina? ─pregunto el sábado de camino al partido de fútbol.
─Sí, mamá ─contesta Diego─. No te ofendas pero...
─¿Pero qué?
─¡Estás patética!
─¡Un respeto!
─Es que llevas unas gafas enormes...
Inconscientemente enciendo la radio del coche incapaz de rebatir sus palabras. No hay forma de luchar contra la razón. 
Por la tarde, presa de un ataque de limpieza, elimino las hojas secas del jardín, retiro las plantas salvajes... La hiedra en lo alto del muro me obsesiona. Abro la escalera, subo y empiezo a tirar de ella. 
─¿Te ayudamos? ─preguntan los peques.
─Sí. Diego sube al muro y dame las bridas para enganchar la valla... Espera que voy a arrancar esas ramas y...
Estoy volando como una mariposa, nada sujeta mis pies, reboto contra los finos troncos del lilo, desciendo en caída libre hasta la tierra, siento que caigo de espalda sobre el suelo... Oigo gritos... Sobre mí está el cielo y a mi lado la escalera abierta por completo....
─¡¡¡Mamá, estás bien!!! ¡Contesta! ¿Te has matado? ¡¡Papá, mamá se ha caído desde la escalera!!
Mi mano está magullada, mi cuerpo resentido...
─¿Estás bien? ─me interroga Alonso acostumbrado a mi atracción fatal por el suelo y pálido por el susto.
─Sí, casi me mato, pero he sobrevivido.

ESTILO BRAZA
Últimamente aprovecho las horas de la comida para desfogar en la piscina mis tensiones. Me disfrazo de súper mosca e intento eliminar mis iras entre brazada y brazada. El viernes sonreí al ver que había una calle libre. Al cabo de 500 metros, se incorporó otro nadador. Cada uno íbamos a nuestro aire y yo con todos mis artefactos, por supuesto─. Al llegar a los 1.250 m. paré, respiré y sentí que me ahogaba. ¡No podía ser! El nadador de mi calle, era un compañero de mi trabajo (omito desvelar su nombre).
¡Agua, trágame!, supliqué. 
El agua no me trago. 

ESTILO LIBRE
─¿Qué haces en casa? ¿No ibas a aprovechar la hora de la comida para ir a nadar? ¿Por qué cojeas? ─me intorroga mi Alonso.
─Verás... No te lo vas a creer...
─Amor, de ti sabes que me creo cualquier cosa.
 ─No te rías.  Al salir del periódico para ir a nadar se me ha enganchado el tacón de la bota en un escalón y he rodado escaleras abajo. Por supuesto fuera había más de veinte personas fumando.
─¿Te has caído otra vez?
─Sí. Bueno, más bien he rodado.
─¿Te has hecho algo?
─Tengo las rodillas raspadas, pero lo que más me ha dolido ha sido el ridículo: he volado, me he estampado contra el suelo, se ha caído todo lo que llevaba en el bolso... Han venido corriendo Jordi, Antonio, Ana... Era como una película cómica...
─Eres un peligro andante.
─¡Y encima con los nervios les he dicho que yo me caigo mucho!
─La verdad. Tu atracción por el suelo no es normal, es enfermiza, querida...
─¡Qué exagerado! Bueno me voy a desinfectar con Betadine, a darme un poco de Trombocid y a ver si encuentro algún remedio contra la vergüenza... ¡Seré pato!


Alegato de defensa: el domingo fui a patinar sobre hielo y en ningún momento topé el suelo.


Mi nueva bolsa de piscina. ¡Qué glamour!







viernes, enero 21, 2011

Un inciso sin humor


Hace un año, en el solar de la imagen, se encontraba el edificio que albergaba las rotativas del periódico. Por el techo del pasillo volaban prendidos de una pinza los ejemplares recién salidos del horno para ser prensados y mandados a su destino. El ruido de la rotativas no paraba, las bobinas de papel se almacenaban en el piso inferior y se trasladaban en pequeños vehículos que de vez en cuando pitaban para no atropellar a algún despistado hipnotizado por el olor a tinta. 
En mis inicios en ABC, tras el cierre a altas horas de la madrugada del suplemento Nuevo Trabajo o Tiempo Libre, acudía de mañana a ver cómo lo tiraban y si había que hacer algún cambio. El papel blanco o salmón rodaba velozmente por la máquina, se doblaba para introducirse por los rodillos y salía impreso con tinta fresca. Casi todos los días se rompía el papel o había que cambiar alguna plancha. Me encantaba ese ambiente, esos olores...
Las rotativas envejecieron, la crisis rejuveneció y el silencio invadió el enorme pasillo. El terreno se vendió y durante el último año el ruido se convirtió en estruendo: grúas, tractores, bolas de demolición... Desde los ventanales de la redacción contemplamos como poco a poco caía el gigante y rodaban las lágrimas. Después de un dramático ERE, se desplomaba el emblema. 
Pero la crisis no parece tener fin. En los últimos quince días la guadaña del despido ha cortado varias cabezas. Todos miramos con estupor el teléfono, temerosos de contestar... Los cuchicheos destrozan los nervios, los sms rompen la tranquilidad y la verdad aprisiona el corazón: Araceli, Paloma, Ana, Sara, Miguel, Nano, Gabriel, Virginia... Con algunos no tenía casi relación; con otros, mucha. Pero la situación es igual de dramática para todos. Podría catalogar mis sentimientos (pena, desolación, tristeza, desesperanza...), podría contar anécdotas de mis compañeros, podría... No, lo siento, no puedo. Retomaré el carácter jocoso e irónico del blog porque, por lo menos, hay que intentar sonreír, aunque cueste.

lunes, enero 17, 2011

Estoy verde

BODEGÓN 1

El once de enero del año pasado dejé de fumar. Mis pulmones se asfixiaban cada día un poco más y el asma martirizaba mi vida. Así que opté por abandonar uno de mis preciados vicios (¡sí, me encantaba fumar!). Sufrí y apacigüe mis ansias con calóricos helados de tarta de queso y fresa, patatas fritas y demás variantes que alimentaban mis células adiposas.
Pasado un año me imagino que mis pulmones estarán más rosados y mi cuerpo aguanta la pesada carga de unos cuantos kilos de más. Incluso regulo el tiempo como el resto de los humanos, por minutos. Antes, en cambio, los cigarros eran mi reloj: un cigarro y nos vamos, después del cigarro termino el trabajo, me voy a fumar un cigarro y hablamos... Pequeños espacios regulados por la inhalación de la nicotina. Ahora observo el reloj y hablo como el resto de los mortales: en cinco minutos nos vamos. Pese a todo ─ya que vuelan naves a Marte─, espero que algún día los de la NASA desarrollen un cigarrillo que no sea nocivo y posea todas las virtudes del tabaco: sabor, fragancia, deseo.... Ay, que me pierdo.
El reto para este año es adelgazar todo lo que he engordado en estos últimos doce meses. La fase verde  es súper triste (ojo, no tiene nada que ver con el sexo, es el color predominante en la mayoría de las comidas: una amplia variedad de pantones verdes). La otra noche, después de pelar un kilo y medio de judías verdes y partirlas por la mitad para que luego quedase más glamuroso mi plato de judías con judías, opté por crear distintos bodegones.


Bodegón 1: Roscón post-navideño repleto de manjares dietéticos: zanahoria, calabacín, espárragos, judías verdes... ¡La tentación de cualquier dietista!


Bodegón 2: Orla de judías verdes con significado propio.

Ay, que cuando suelto mi vena artística...


 
BODEGÓN 2


lunes, enero 10, 2011

No soy tan buena...

Ella era la estrella de la cocina, una más de la familia. Después de más de tres años de adopción, jamás pensé que nos la fueran a "quitar", pero sucedió. 
Durante las fechas navideñas es habitual recibir regalos, en cambio a mí me arrebataron mi préstamo, mi adorada y querida Thermomix. Su ausencia generó una depresión en todos los electrodomésticos de la casa. En una semana dejó de funcionar la Princess y la minipimer, el microondas multiplicó su descarga de rayos y el horno empezó a emitir unos extraños ruidos. 
Estresada, decidí ser buena y solventar todas mis maldades del año para ver si se apidaban de mí los Reyes Magos (uff, con lo que me gusta ser mala). Mi lista para Sus Majestades descansaba bajo un imán con forma de ballena en la puerta de la nevera. Por ahora solo había anotado dos cosas: un atornillador eléctrico de los pequeños y una lijadora -también los pedí por mi cumpleaños, pero todo el mundo optó por artículos más glamurosos. (¡Qué cosas más raras pides!, alegaron sin complacer mis deseos)-.
Para ganar puntos ante sus altezas y el gordinflón que viste de rojo, gestioné una escapada con todos mis amigos al Parque Warner (¡incluso invité al "arrebatador de mi préstamo"!).



La noche del 24 (Nochebuena, por si alguien se ha despistado), me esmeré en preparar exquisitas delicias gastronómicas (sin thermomix, que conste) para que los invitados disfrutaran de una gran velada.

Como recompensa a mi bondad, Papá Noël me trajo un precioso cuadro (1x1m), una impresora y una minipimer. Sonreí feliz, parecía que mis buenas acciones daban sus frutos. Emocionada por la explosión de regalos y la felicidad de los míos, me escapé con mis peques a dar nuestro clásico paseo por Madrid
El 31 de diciembre me sentí muy mal (tanta bondad no es buena) y mi voz me abandonó. En urgencias me diagnosticaron una afonía total, me medicaron y me prohibieron hablar. ¡Pero si hoy es Nochevieja!, intenté decir desde mi mutismo. Pese a todo la noche fue perfecta: cenamos bajo la tenue luz de las velas,  mi Alonso y los niños ─aprovechando que no les podía regañar─, contaron cientos de chistes de Jaimito (unos malos y otros peores), comimos las uvas (Álvaro, gajos de mandarina, como es su tradición) y contemplamos los fuegos artificiales.


Al cabo de dos días, nos escapamos a Cuenca. La Ciudad Encantada nos recibió con sus piedras erosionadas por la acción de la Naturaleza: el Tormo, los amantes de Teruel, el mar de piedra... El paraíso pétreo.



Después, degustamos unos zarajos, unos callos con garbanzos, un puding casero... Humm, qué dietético. 
Los nervios del cinco de enero revoloteaban por todas las habitaciones de la casa. Los Reyes estaban a punto de llegar. Diego soñaba con sus juegos para la PSP, Álvaro con su batería plana, Alonso con una nueva cámara de fotos y yo me imaginaba atornillando y desatornillando tornillos y lijando maderas. Para comprobar que Sus Majestades habían abandonado Oriente, acudimos a la Cabalgata del barrio. ¡Qué pánico!
Pese a los disparos indiscriminados de caramelos, llegamos a casa sanos y salvos. Colocamos el champán y los dulces para los Reyes; las zanahorias, el agua y el pan duro a los camellos y esperamos a que los niños se durmieran...
"¡Despertad, despertad, es la mañana de Reyes!", gritaron los pequeños a primera hora. Descendimos las escaleras y observamos con emoción la invasión de regalos, globos, confeti y guirnaldas. ¡Qué buenos habíamos sido, qué de regalos! Álvaro aporreaba feliz su batería, Diego jugaba con su PSP, Alonso disparaba desde su nueva Canon G12... En el sofá descansaban más juegos de la Wii, el balón de fútbol de la Liga, pistolas Nerf...
Sí, yo también estaba feliz con mi reloj súper chic, mi perfume, mi ropa, mis pendientes... Pero, snif, como he sido mala, no me han traído ni mi miniatornillador eléctrico ni mi lijadora... ¡Y encima me han quitado la Thermomix!


PD. ¿Tendré que ser buena este año y abandonar mi sarcástica ironía y mal genio? Uff, qué complejo.... ¡¡¡¡Seguiré siendo mala!!!, ¡¡me encanta!!

domingo, diciembre 05, 2010

Frío de carámbanos

Escucho sus pasos silenciosos por el pasillo a primera hora de la mañana de un frío domingo. Al acercarse a la puerta de mi cuarto siento cómo corre, salta sobre mí y con su sonrisa me da un beso bien fuerte, los buenos días y se hace un hueco bajo el edredón.
─Venga, vamos a dormir un poco más... ─susurro a Álvaro mientras le apretujo con un abrazo y le acomodo la almohada.
Al rato, se repite la operación. Diego salta sobre la cama, logro que no me rompa una costilla, y se cuela por el otro extremo. Alonso sonríe y ante la invasión se levanta para ver por la ventana si se puede cumplir su sueño.
─Huy, está lloviendo, creo que no va a ser un buen día para ir a la nieve ─suspira con pena.
Noto como sin ningún tipo de pudor mis orejas aplauden la decisión. Me deslizo bajo el edredón para ocultar mi sonrisa y satisfacción.
─¡Jo, qué rabia! 
─Con las ganas que tenía de tirarme en trineo.
─Y yo quería subir en el telesilla.
Al oír las interminables quejas de los niños pienso en coger un poco de cinta americana y taparles la boca, pero contengo las ganas.
─¿Queréis que vayamos y vemos cómo está la situación? Tal vez en La Morcuera no llueva y... 
─¡¡¡Síii, papá, vamos, vamos!!!

 

Saco lentamente la cabeza de debajo del edredón y los miro como Jack Nicholson en "El resplandor", con instintos asesinos y odio profundo.
─Puff, seguro que allí está diluviando o nevando copiosamente... ─les indico con mis ojos ojipláticos.
─Venga, mamá...
Por más que bufé y me quejé no logré convencerles de su equivocación. Era el momento de asumir mi derrota y enfrascar mi cuerpo en camisetas interiores, leggins, dos pares de calcetines, botas de montaña... Resumiendo: vestirme de adefesio para lucir tiritona de frío en la gélida montaña.

Pese al frío, ejerzo de madre perfecta... ¡Qué mérito!

Al llegar a la sierra de Miraflores, observé con envidia la felicidad de mis hombres y temblé al ver cómo el viento movía los pinos y la nieve tapaba las laderas de la montaña. Antes de bajar del coche, embutí mi cabeza bajo el gorro, abroché el abrigo y escondí mis manos en los guantes. Anduve con mi estilo pazguato por la nieve, tirité de frío, sentí como los lóbulos de mis orejas empezaban a congelarse y mis pies iniciaban su proceso de gangrena. Diego y Álvaro se deslizaban cuesta arriba, cuesta abajo con sus trineos. Alonso respiraba feliz el sano aire de la sierra ─a mí casi me provoca un ataque de asma por ser tan puro─ y fotografiaba con pasión los paisajes blancos y heladores. 
─Mamá, ¿te tiras en trineo?
Intenté contestar pero los moquillos congelados sobre mis labios me impidieron articular alguna palabra. Giré la cabeza para indicar mi negación y observé cómo un muñeco de nieve me guiñaba un ojo. Miré atónita. ¿Pensará que soy una muñeca de nieve?, ¿estaré ya congelada?, ¿seré el prototipo ideal para los muñecos de nieve después de los kilos que he cogido por dejar de fumar?, ¿me habrá afectado el frío al cerebro? Ay, qué mal estoy...


AQUÍ, el post profesional

martes, noviembre 30, 2010

Seguridad, cumpleaños y romanos


Miro el reloj, apago los ordenadores y salgo escondida bajo el abrigo y una bufanda de trabajar. Intento recordar en qué plaza del parking he dejado el coche y barrunto en mi mente qué menú preparar para celebrar el cumpleaños de Álvaro. Frente a mí aparece sonriente un empleado de seguridad.
─Hola, te vi el sábado.
Mi mente se queda en blanco y no sé qué decir. Le miro con detenimiento: un chico joven con perilla cubierto con su chaqueta marrón de Prosegur y cara simpática.
─Ehhh... ─logro balbucear mientras rastreo por mi mente dónde me ha podido ver: Mercadona, piscina (¡no por Dios!)...
─¿Estuviste el sábado en Avenida 55?
─Sí ─mis neuronas me recuerdan la fiesta sorpresa de Antonio, el concierto de "Rayban", las copas con los amigos...
─Te vi y supe que te conocía del periódico.
─Ay, pues perdona si no te saludé, pero no te vi.
─Ya me imagino...
En el coche repasé aterrada todo lo que hice el sábado, que a mí la noche me pierde y cuando me junto con mis amigos siempre acabo bailando como una loca, riendo estrepitosamente o... "No, no hiciste nada fuera de lo normal", me susurró la conciencia y me confirmó mi Alonso al otro lado del móvil. No estaba muy convencida, pero el estrés me impidió darle más vueltas a la historia, debía concentrarme en cómo multiplicar el poco tiempo que tenía por mil. La lista de asuntos pendientes aumentaba por momentos: comprar la bicicleta de Álvaro, encargar las chuches para llevarlas al colegio, preparar las croquetas, ir a la reunión con la tutora, rematar algunos diseños pendientes, la tarta, las velas, el vino... ¡Encima me toca trabajar el fin de semana!
Tensión. Dos horas para el gran evento y aún me falta mucho por hacer.
Recojo a Álvaro del cole (Diego tiene antes otro cumple), aparco en casa y de pronto, de la nada, aparece un chico, corre hacia nosotros y salta sobre el capó del coche. Miro atónita, perpleja, paralizada, parapetada tras el volante y a punto de morir de un paro cardíaco.
─¡Qué susto, hermanita! ─grita el atracador-secuestrador-asesino que había imaginado mi mente.
─¡Pepe!, ¡casi me matas! ─exclamo consciente de que el ataque de asma está a punto de aprisionar mis bronquios. 
Entre respiración y respiración le encargo ir a comprar velas, jamón york, ginebra...
¡Ding, dong! Es la hora, todo está listo. Álvaro disfruta con sus regalos, con su familia: su bisabuela, su abuela, los tíos, los primos, su hermano, sus padres... Las risas se multiplican, la comida es excesiva (comeremos lo mismo el resto de la semana, lo típico), los juguetes son los dueños de la fiesta y la felicidad se extiende al cantar el "cumpleaños feliz" y soplar las velas.
─Prueba superada─ exclama mi Alonso mientras recoge el salón.
─Por hoy, amor, que mañana vienen dos amigos de Álvaro a dormir, tengo que hacer una guitarra con cartón y tres romanos.
─¿Qué?
─Déjalo, mañana te lo explico.

viernes, noviembre 19, 2010

La doctora Francis


Alonso aliña la ensalada, señala con el índice de su mano derecha el reloj imaginario de su muñeca izquierda y gesticula impaciente. No le hago caso, nada ni nadie me puede desconcentrar de mi misión: aconsejar lo mejor posible sobre temas de amor.
Ángel acaba de retomar una relación de su juventud. Los azares de la vida separaron sus caminos. Tres lustros después, un mail llegó para recordar aquel amor justo en el momento en que ambos estaban solos, sin compromiso. Cuando la vio, Ángel supo que esta vez no la iba a dejar escapar, que lucharía por compaginar el pasado de cada uno, los hijos respectivos de parejas anteriores, las inevitables críticas de sus ex, los comentarios de los amigos del trabajo... Pero antes de librar esas duras batallas, disfrutaría del paraíso junto a ella, los dos solos, con la emoción sudorosa de sus citas furtivas, la explosión de sus cuerpos, las veladas iluminadas por la tímida luz de las velas...
Una historia que baila al son "Inolvidable", de Diego El Cigala en su disco "Lágrimas Negras" (En la vida hay amores que nunca pueden olvidarse. Imborrables momentos que siempre guarda el corazón. Porque aquello que un día nos hizo temblar de alegría, es mentira que hoy pueda olvidarse con un nuevo amor)
Siento la sonrisa pegada a mi cara al oír sus confidencias secretas y al comprobar que Ángel roza la felicidad que tanto se merece. Cuelgo, me lanzo al sofá y me acurruco bajo la manta. Antes de que Alonso dé al play del mando del vídeo, vuelve a sonar el teléfono. 
El dial de mi mente se desplaza hasta "Tenía tanto que darte", de Nena Daconte. (Tenía tanto que darte, tantas cosas que contarte, tenía tanto amor, guardado para ti... Tenía tanto que a veces maldigo mi suerte.. A veces la maldigo... Por no seguir contigo...)
Carlota lleva varios días arrastrando su desilusión. Hace tiempo surgió una pequeña grieta en su relación, la tapó con un poco de yeso y se olvidó. Ahora, después de unos cuantos meses, esa grieta se ha convertido en una falla y la distancia entre ellos, enorme. 
─Te quiero mucho, pero no puedo seguir junto a ti ─intentó explicarle una tarde Andrés, su gran amor.
Carlota no entendió lo que decía. Negó con la cabeza la evidencia, calló y se sentó sin fuerzas en la cama donde tanto había reído y disfrutado junto a él. Ahora, la soledad la hundía en el somier.
─¿Tú qué opinas?, ¿sabes algo de él?, ¿te ha llamado?
─No, no sé nada ─ni quiero saber─, deja que pase el tiempo, date un respiro...
─¡No puedo! ¡Ay, si el corazón tuviera la opción "eliminar recuerdos"!
La tensión le aprisiona el estómago y los nervios le impiden dormir.
Me retuerce verla sufrir, me gustaría gritarle que vale mil veces más que él, que saldrá adelante, que ya se arrepentirá Andrés cuando vea todo lo que ha perdido, que no encontrará a nadie tan fantástica como ella... Callo, aprendí hace mucho que es mejor no opinar sobre las parejas contrarias.
Dani Martín empieza a cantar en mi mente "Te recuerdo" (Te has marchado y has dejado otro hueco dentro de mí. Te recuerdo porque fuiste y has sido la chispa que me ha hecho vivir. A tu lado me sentía protegido y dentro de ti. Ahora ya no existe risa ya no hay nada que me haga reír y me acuerdo del cariño y todos los besos que a veces no di)

─¿Ya? ─pregunta mi Alonso con el dedo entumecido sobre el botón del play.
─Eso creo...
─Es increíble la capacidad que tienes para hablar por teléfono. ¿Qué te han contado?
─Nada en especial.
─¡Pero si llevas todo la noche ejerciendo de doctora Francis!
─Bueno, mañana te lo resumo...
PD. Por el código deontológico, respeto y confidencialidad ante mis "pacientes", los nombres son ficticios.
Si alguien desea escuchar las canciones que comento en el texto que dé un click sobre el título en rojo.

viernes, noviembre 12, 2010

Súper mosca al agua


¡Hoy no trabajo! ─he gritado con alegría a mis hombres al despedirles a primera hora de la mañana. 
En mi rincón de diseño he rematado algunas cosas (bueno, varias, que llevo una semanita de aúpa) y he decidido mimarme el resto del día.
Después de preparar mi gran mochila, secador de pelo incluido, he salido como una cucaracha de casa. Es decir: mallas negras, sudadera negra, Adidas negras y me he subido a mi nuevo coche negro. A los cinco minutos mi imagen era aún peor: bañador negro, crocs a mis pies, gorro rosa y mis gafas de "súper mosca" (que las anteriores, pequeñitas y monísimas, me destrozaban los ojos y la piel)
Al verme frente al espejo una escena ha venido a mi mente: Hugh Grant en una sala de cine junto a su adorada Julia Roberts y sus gafas de buceo graduadas. Igualito que yo, salvo que las mías, además de tener unos cristales muy oscuros, no son graduadas. Feliz, ciega y contenta me he lanzado a la piscina sin ningún tipo de complejo. Largo arriba, largo abajo he nadado mis mil metros correspondientes (¡y eso que en los últimos cincuenta metros me ha dado un tirón en la pierna!).
Cojeando un poco y oculta tras mis gafas, he dejado flotar mis músculos en la piscina sensorial al son de unos acordes orientales. Después, a la sauna de vapor. A los tres minutos el pánico me ha dominado. "¡Horror, se ha ido la luz, no veo nada!", he pensado aterrorizada. Antes de gritar ¡socorro! me he percatado de que había olvidado quitarme las gafas de bucear. Aliviada, sudando y a punto de desmayarme por la bajada de tensión y el pánico sufrido he huido a la sauna finlandesa para desintoxicar mis poros; unas duchas a distintas temperatura y, de postre, al jacuzzi para que las burbujas a presión maltrataran un poco mis cervicales.
En el vestuario, todo un espectáculo, me he animado. No sé en otros gimnasios, pero en el mío no existe la "mujer perfecta". Todas tenemos algún fallo: quien no tiene culo, tiene tripa o pistoleras... Vamos, que después del esfuerzo y vista tanta imperfección he decidido que este fin de semana tampoco voy a hacer dieta, que la vida son dos días y además de reírse de uno mismo hay que ser feliz.
Desde luego soy única buscando excusas. ;-)



Hugh Grant. Igualito que yo


(Para vosotros, para los "Ángeles" que tanto quiero. El humor también ayuda cuando las cosas se tornan un poco negras. A por la victoria. Os quiero)

lunes, noviembre 08, 2010

Infiel hasta los huesos

Tanta mentira me estaba destrozando por dentro. El temido momento había llegado y por una vez debía ser sincera. Sus ojos me miraban con un leve brillo de esperanza. Evité pestañear, sabía que las lágrimas no aguantarían y se deslizarían por mis mejillas. El silencio era peor que los gritos.
─¿Te das cuenta de lo que has hecho?
Mi cabeza asintió y mi cuello menguó como el de E.T. en pleno ataque de pánico. Intenté articular alguna palabra, justificarme, explicar mis razones.
─Lo siento ─balbucí con un tímido hilo de voz.
─No entiendo por qué me has hecho esto, no logro explicármelo.
─Yo no quería...
─Pues para no haberlo querido te ha salido de locura.
─Perdóname, me dejé tentar.
─Pero, ¿qué tiene él que yo no tenga? 
─No sé qué contestarte ─tomé con mis puños las mangas del jersey y empecé a apretarlas para desahogar mi tensión─. Me hablaron tanto de él. Dudé y al final le llamé...
─¿Y?
─Pues que una cosa llevo a la otra. Después de la primera cita, repetí y repetí...
─¿Cuánto tiempo?
─Más o menos, un mes.
─No me cuentes los detalles.
Lo siento.
¿Te ha merecido la pena?
─No, estoy muy arrepentida... No quería hacerte daño... Surgió y me dejé tentar. ¿Serás capaz de perdonarme?
─No creo que sea el mejor momento para contestarte. Todo depende de ti.
─Te prometo que no volverá a suceder. Sé que solo tú me entiendes, que te necesito.
─Deberás portarte muy bien si deseas que vuelva a confiar en ti.
─No te voy a fallar y jamás me volveré a ir con él. Por favor, dame otra oportunidad.
─No sé.
─No me hundas más. Te he fallado, pero te necesito.
─Bueno, te daré una última oportunidad.
─¿De verdad?
─Sí, pero no me vuelvas a ser infiel.

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─Te noto triste, ¿qué te ocurre? ─preguntó mi Alonso como si el oráculo le hubiera transmitido mi estado anímico.
─He confesado mi infidelidad.
─¿Qué?
─He ido a mi gordóloga de toda la vida y le he confesado que le he sido infiel con otro gordólogo. ¡Súper fuerte!
─Estás fatal.
─Lo sé. En quince días debo volver y lograr de nuevo su confianza.
─Así que empiezas hoy la dieta.
─¡No!, ¡qué exagerado! Hoy como en casa de mi abuela, mañana tengo cena con mis amigas, el domingo haremos una "family escapadita", el lunes no trabajo, el martes es fiesta... 
─¿El miércoles?
─Sí, me parece bien.