martes, mayo 30, 2006

Síndrome del paracaidista


El drama de aquellas vacaciones era saber qué hacíamos con el gato (aún no habían nacido nuestros retoños). Juan Fran se rompía la cabeza. Las opciones de Guadarrama y Saldaña las descartó rápidamente. "Emma, allí puede que se pierda. Imagínate qué disgusto", me argumentaba todo sofocado. "Bueno, pues si quieres no vamos a Mallorca", contestaba yo un poco desesperada. Por fin, Paloma nos dio la solución.

-Oye, Emma, si quieres me quedo yo con el gato.- comentó un día.
-¿En serio? No te importa.
-Emma, qué más me da... Ya tengo un gato, así que dos no me va a suponer ningún problema.
-Bueno, en principio vale, pero antes se lo preguntaré a Alonso... Ya sabes que Lucas es lo que más quiere.
Al cabo de unos días quedamos en ir a cenar a su casa y, de paso, depositar al felino.
-¿Pedimos una pizza?- preguntó Raúl, el marido de Paloma.
-Vale- asentimos todos.
Mientras los maridos hablaban de cámaras fotográficas, Palo y yo nos fuimos a fumar un cigarrito a la terraza (un cuarto piso, aunque parezca que no tiene importancia, la tiene).
Los gatos nos acompañaron al rincón del vicio. Vincent, el gato de Paloma, intentó pasar a casa de la vecina, pero ante el peligro desistió. Lucas, en cambio, se dispuso a rematar la idea.
-!!Lucas!!- gritó Paloma- Ven aquí que te vas a caer...
El gato la miró con ojos de felino, adelantó una pata y cayó al vacío.
-AAHHHHHHHHH- gritamos con el corazón en un puño.
La oscuridad no nos dejaba ver qué había pasado.
Entramos en casa a toda velocidad y con un enorme ataque de nervios.
-Juan Fran- dije con un hilo de voz- Lucas se ha caído por la terraza.
Alonso me fulminó con la mirada.
-¿Qué dices?
-En serio, no sé qué ha ocurrido, ha resbalado y se ha precipitado al vacío. Lo siento, creo que se ha matado.
Alonso mantenía las lágrimas a raya. Se levantó.
-Raúl, por favor, acompáñame a ver qué ha pasado- suplicó con voz de funeral.
Descendieron hasta el rellano. El garaje estaba cerrado y la única forma de acceder al patio interior era a través de la terraza de alguna casa del primer piso.
Tras llamar sucesivamente a una puerta, una anciana mujer envuelta en una bata de pana nos abrió.
-Disculpe, señora, necesitamos que nos deje pasar a su casa para llegar al garaje. Mi gato se ha caído desde el cuarto piso. Por favor, déjenos pasar.- argumentó Juan Fran.
La mujer al ver la cara de drama que teníamos los cuatro accedió un poco sorprendida.
Nos asomamos a la terraza. Todo estaba oscuro, pero un pequeño maullido nos ilusionó.
-!!Está vivo!!- gritó Juan Fran.
Alonso, desesperado, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Yo me quedé lívida. Raúl decidió ayudarle, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Paloma se quedó lívida. La anciana nos miró estupefacta.
-Pues sí que quieren al gato...-nos comentó perpleja por la aventura que se estaba viviendo en su casa.
-!Está aquí!- gritó Raúl.
Juan Fran se acercó a toda velocidad y cogió dulcemente a Lucas.
-Lucas, Lucas- susurraba a su oído- ¿Qué te ha pasado?
Lo palpó levemente y no percibió ninguna rotura, aunque el gato estaba en estado de shock.
-Juan Fran, ahora no sé cómo vamos a salir- dijo Raúl con cara de preocupación.
-Es verdad, no hay manera de subir hasta el primer piso.
-!!Chicas!!- gritaron los dos - Buscad una escalera para que podamos salir.
La anciana nos miró y nos tranquilizó.
-Tengo una escalera, esperad que os la traigo.- nos dijo mientras se iba a la cocina.
Apareció con una gran escalera. Estábamos a punto de tirársela a nuestros hombres y al gato cuando...
-Emma, espera- gritó Paloma- Si bajamos la escalera luego no habrá forma de subirla. Habría que atarla con una cuerda para ascenderla más tarde- sugirió Paloma.
De pronto, la anciana sacó unas tijeras y cortó la cuerda de tender.
-Atadla con esta cuerda- nos ordenó.
-Señora, pero se ha quedado sin cuerda de tender- dije con cara de sorpresa.
-No me importa. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mañana compró otra cuerda- contestó súper sonriente.
Bajamos la escalera, primero subió Raúl y después muy despacio Juan Fran con el gato enganchado a su espalda.
Los gritos y abrazos de emoción se sucedieron.
-Luquitas, cómo estás. Ay, qué susto nos has dado- musitábamos los cuatro llorando de la emoción.
La mujer de la bata, nos miraba desde una esquina y no daba crédito.
-Señora, muchas gracias- dijimos tras subir la escalera- No se imagina cuánto se lo agradecemos.
-No hay de qué- contestó educadamente- La pena es que no se lo puedo contar a mis amigas y a mi familia porque son capaces de encerrarme en un psiquiátrico.
Acarició al gato y le susurró al oído.
-Gato, aprovéchate de tus amos, están totalemente agilipollados.
Rápidamente cogimos a Lucas y nos fuimos a un centro veterinario de urgencia. Le contamos nuestra aventura al veterinario y se rió al ver como el gato saltaba por toda la consulta.
-Chicos, vuestro gato ha sufrido el "síndrome del paracaidista". Los felinos aunque sean caseros no pueden evitar vivir emociones fuertes, va en sus genes. Aun así os voy a recetar unos tranquilizantes y mañana lo traéis de nuevo para que le haga una revisión.
Volvimos a casa de Paloma, comimos la pizza fría y después de unas copas de vino, dejamos a Lucas.
La semana en Mallorca fue muy relajante, aunque Juan Fran llamaba un mínimo de dos veces al día a Paloma y Raúl para ver como evolucionaba su amado gato.

viernes, mayo 26, 2006

Secuestro en el jardín

Miércoles. Día de cierre (de los antiguos, aquellos que me quedaba hasta altas horas de la madrugada y que mi jefe, que me quiere mucho, ya no me permite hacer para que mi cuerpo luzca lozano). Suena el teléfono.
-Buenas tardes, le paso una llamada. Preguntan por usted- dijo la telefonista con voz de megáfono del Corte Inglés.
-Muy bien. Gracias- contesté como una autómata temiendo que los de la imprenta tuvieran problemas con alguna página del suplemento.
-Hola, eres Emma- preguntó una voz desconocida.
-Sí-.
-Mira no me conoces. Ante todo no te asustes- al oír esto mi cuerpo empezó a temblar- Soy la vecina del chalet de enfrente de tu casa y mi hijo acaba de ver por la ventana que la cuidadora de tu hijo está encerrada en el jardín y Diego está solo dentro de casa.
-¡¡¡Quéee!!!- sollocé desesperada.
-Parece ser que Diego ha cerrado la puerta del jardín con llave y ahora no puede abrirla. La chica me ha gritado el teléfono de tu trabajo y me ha pedido que te llamara para que fueras a liberarla. Por favor, no te asustes y ven lo más rápido posible.
-Gracias- dije mientras colgaba y salía escopetada del periódico.
Jamás tardé tan poco en hacer el recorrido hasta casa. Conducía y lloraba a la vez imaginando todas las cosas que era capaz de hacer Diego. "Y si abre la puerta y se va de casa; y si abre el armario de los productos de limpieza y se bebe la lejía; y si se cae por las escaleras; y si mete los dedos en un enchufe..." pensaban mis neuronas cinéfilas.
Abrí la puerta con gran ímpetu, corrí a la cocina y admiré el espectáculo. Diego, subido en la encimera, sacaba su mano por la pequeña ventana mientras Ana le sujetaba desde el jardín subida a una escalera para evitar que se cayera.

Abracé a Diego como si hiciera un año que no le veía y empecé a reír histéricamente.
-Perdona, mamá, no quería hacerlo.- musitó entre lágrimas.
-Lo sé, cielo, no te preocupes- contesté mientras abría la puerta del jardín- Ana, ¿qué ha ocurrido?
-Diego tiene razón. No ha sido su culpa. Ha cerrado la puerta y se ha caído el picaporte, no había forma de entrar.
Alcé la vista y vi a mis vecinos que aplaudían la hazaña.
-¡¡Muchas gracias!!- les grité como si vivieramos en la clásica corrala italiana que se comunican a voz en grito.
-De nada. ¿Están todos bien?- vociferó la madre del chalet de enfrente.
-¡Sí, sólo ha sido un susto! Están todos sanos.
-Nos alegramos- gritaron mientras cerraban su ventana.
Entramos en casa y nos abrazamos como si hubiésemos vivido un secuestro terrorista.
Al día siguiente vino el cerrajero.
-Señora, nunca había estado en una casa con tantas puertas rotas- exclamó con cara de sorpresa.
-Ya ve- contesté secamente.¡Cómo le iba a explicar que mi hijo de cuatro años era el causante de las cuatro puertas rotas!
-Si yo le contara...- murmuró JuanFran mientras abría la hucha de Diego.

martes, mayo 23, 2006

Manda huevos

Kashba, nuestra amada tortuga, procede de las arenas del desierto africano. Al principio le costó adaptarse: el parquet era demasiado fino para ella. Aunque, en verano, descubrió los placeres ocultos de la sierra madrileña. Pisó la tierra y lo decidió: a mí no me mueven de este paraíso. Su temporada estival fue fastuosa. Los manjares aparecían por doquier: hormigas, mariquitas, tomates... Un lujo. Empezó a empeorar el tiempo y se temió lo peor. Lloraba pensando que tenía que volver al apartamento de sus dueños. Rápidamente se puso a escarbar e hizo un enorme agujero, se tiró a él y se cubrió con la arena a duras penas. La busqué con desesperación, removí todas las plantas, miré en el chiscón, inspeccioné entre los periquitos, pero no la encontré. Traumatizada volví a Madrid. "Bueno, seguro que el próximo fin de semana la localizo", pensé. Craso error. Aquella semana nevó y no hubo manera de encontrarla. "Pobre animalito", sollozaba yo en mi interior. Volví pasado el invierno y apareció ante mí como una visión. Estaba bien hermosa, lustrosa y su tamaño se había duplicado. Desde entonces la dejé vivir independiente, a su aire, en el jardín de Guadarrama y con la supervisión de mi vecina Clarita que cada vez que pasa por nuestra casa lanza a través del muro unas hojas de lechuga, tomates, fresas o cualquier otra fruta de temporada.
Además, pasado un tiempo, la tortuga descubrió el sabor de las criadillas y se hizo adicta. Kaos, el bull-terrier de mi madre, tiene pánico al jardín. Antes le enloquecía tumbarse panza arriba. Pero un día sintió un bocado en los cojones. El perro, aterrorizado, se puso a ladrar. Miró a sus testículos y casi lloró de dolor: la tortuga le había pegado un buen mordisco en su don más preciado. Lucas, el gato, aprendió la lección y al igual que Kaos decidió no volver a tumbarse en el jardín (!y eso que sus cojones son meramentes ilustrativos, está capado).
Así que, pese a Darwin, la tortuga domina al perro, al gato e incluso a los humanos que siempre tenemos que salir calzados para que no devore nuestros pies.

miércoles, mayo 17, 2006

En campo enemigo

Desde que llegó el capullo de mi jefe, me toca trabajar un fin de semana de cada cuatro. Esta situación me tensa. No es por el trabajo, al contrario, no tengo mucho que hacer y me dedico a navegar por internet o a cotorrear con mis compis, sino por la situación casera: Alonso se queda ejerciendo de padre durante más de cuatro horas y se masca la tensión. Sin embargo, el pasado sábado al llegar a casa todo estaba en calma. Álvaro aún dormía y Diego estaba abducido por Jimmy Neutron. Tanta relajación me animó. Llamé a Sandra y quedamos en pasarnos por su casa.
Los peques estaban felices. Salieron al jardín y jugaron con Lucía y Jorge.
Sebastián, el marido de Sandra, estaba tenso (claro, había ido al Hipercor con los niños y esa prueba de fuego quema a cualquiera) y se alió con Juan Fran para hacer un frente común contra los retoños.
-Sois unos exagerados- comenté antes de oír un terrorífico grito.
-¡¡¡Mamáaaaa, la pelota se ha caído a la calle!!!- gritaron Lucía y Diego.
Sandra y yo miramos con amor a nuestros maridos y se fueron a recoger el balón.
Antes de que volvieran, la pelota se había salido de nuevo a la acera.
-¡¡Qué pesaditos!!- rugieron Alonso y Sebastián.
La situación se estaba complicando y decidimos ir a cenar al restaurante del Real Madrid.

Para nuestra desgracia o nuestra fortuna, sólo quedaban dos mesas separadas. Así que felices y optimistas depositamos a las joyas de la corona en una mesa y acotamos la otra para los mayores de treinta años.
-Diego, no me pegues- suplicó Lucía.
-Oye, Lucía, no seas chivata, tú me estás amenazando- contestó Diego.
-¡¡Vale ya!!- gritamos los treintañeros (esto lo pongo para animarnos, pero alguno ya está en la cuarentena y los otros estamos a puntito...)
-¡¡¡Jorge!!!- aulló Sandra.
Miramos alrededor en busca de Jorge, pero no estaba.
Sandra y Sebastián se levantaron presos de un ataque de nervios (incluso pensé que les había tocado el súper bote de la primitiva). Corrieron entre las mesas y por fin descubrieron al pequeño admirando desde el cristal el campo del Madrid.
-Esto no hay quien lo aguante- comentó Sebastián al sentarse- Huy, ¿qué hay debajo de la mesa?.
-Es Álvaro. Ten cuidado no le vayas a abrir la crisma- contesté mientras comía un delicioso revuelto de gambas.
-Veis- argumentó Juan Fran- A mí esto me parece insoportable y sin embargo a Emma le parece de lo más normal.
-Alonso, reconoce que no se están portando tan mal- constesté dando un sorbo a la cerveza.
-No, se están portando de maravilla: Jorge hace carrera de obstáculos entre las mesas, Álvaro limpia con su barriga el suelo del local y Diego y Lucía no se han matado porque les hemos quitado los tenedores y los cuchillos. Quitando esos pequeños detalles...
-Juan Fran, tienes toda la razón. Esto es insoportable- dijeron Sandra y Sebastián apoyando la moción de Juan Fran.
En ese momento noté como me hundía en el sofá. No sólo estaba en el campo enemigo, el Bernabeú, sino que además se había creado una alianza para apoyar a mi marido.
-Miradles ahora qué tranquilos están- rogué con dulzura.

No sé cómo pero los cuatro terremotos estaban sentados en su sitio y Diego y Lucía contaban el cuento de los Tres Cerditos a los pequeños.
-Aprovechemos para comer- sugirió Sebastián.
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!- gritó un hombre de otra mesa.
Miramos presos de la curiosidad. ¿Qué ocurrirá?, pensamos todos al unísono y observamos al viejecillo con cara amargada que hacía callar a.... A NUESTROS HIJOS.
La indignación nos invadió a los cuatro de golpe.
-¡Será imbécil! Ahora los niños no están dando la lata. Además, si quiere una cena tranquila que no venga a un restaurante con menú infantil- vociferó Sebastián.
Por fin vi la luz al final del túnel. Gracias a un impresentable había conseguido la unión de todos los padres. Ahora nuestra misión era vengarnos del amargado de la mesa de al lado.
La venganza es un plato que se sirve frío. Dejamos que transcurrieran los minutos. Y, de pronto, escuchamos como empezaban a cantar el cumpleaños feliz a voz en grito.
Giramos los cuatro la cabeza, contemplamos la procedencia de la canción y...
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!-aullamos los cuatro con fuerza al amargado que entonaba el "te deseamos todos...".
-¡Qué sinvergüenza! Primero hace callar a nuestros retoños y ahora va él y se pone a cantar- comentó Sandra.
Un silencio invadió el restaurante. Todos miraban al triángulo de las Bermudas (nuestras dos mesas y la del amargado, triángulo perfecto)a la espera de que alguien comenzara la guerra. Los niños no se movían, yo agarré el vaso de agua y tuve la tentación de tirárselo por encima, pero tras un disparo de miradas mantuvimos la compostura.
-Será mejor que nos vayamos. Los peques se están quedando dormidos- dijo Juan Fran.
La zona de copas del local nos llamaba a gritos. Aún no sé cómo, pero aguantamos la llamada del alcohol.
-La próxima, sin niños- afirmó Sebastián.
-¡¡¡Nooooo!!!-imploraron los peques- ¡Nosotros queremos ir con vosotros!.
-Por cierto, Emma, ¿a ti no te sobraron lexatines?- preguntó Sebastián soltando una gran carcajada.- Otra noche les dopamos y nos tomamos unas copitas.
-Cojonudo, Montero, cojonudo- aplaudió Alonso.

viernes, mayo 05, 2006

Vida de un retrete

"Dios mío, he debido engordar más de diez kilos", pensé al notar como se movía el retrete del baño de la planta baja de casa. Callé y no dije en nada. Al cabo de unos días, Alonso se acercó a mí con cara de preocupación.
-Emma, ¿te has dado cuenta de que water se mueve?- comentó con perplejidad.
-Pues no, la verdad, a ver si lo has roto tú- contesté con cara de sorpresa.
-!Qué graciosa! Yo no lo he roto, además no parece una rotura sino que el water se está despegando del suelo y ha destrozado varias baldosas.
Me levanté y me acerqué a ver el desastre. El retrete se elevaba dos centímetros del suelo.
-Emma, habrá que llamar al seguro.
Pasados dos días, se presentó un perito. Observó el baño, retorció la boca y nos dijo.
-Esto no lo cubre el seguro.
-Pues no sé para que pagamos si luego no nos resuelven las roturas- contesté indignada.
-Lo siento, señora.- dijo secamente mientras cerraba la puerta.
El mosqueo aumentaba a la misma velocidad que el retrete ascendía. La separación con el suelo superaba los siete centímetros y cada día crecía un poco más.
Gracias al libro que me estaba leyendo ("Cuando los muertos se levanten", de Fred Vargas, os lo recomiendo) y a mi mente cinéfila pude hallar el motivo que provocaba el elevamiento de water. La causa era sencilla: las raíces del árbol salvaje del jardín estaban empujando el retrete. Aterrada comuniqué mis pesquisas a Alonso que rápidamente alquiló una sierra eléctrica y llamó a su amigo Escuer.
-Escuer, te necesito.
-¿Qué ocurre?
-Algo terrible. Las raíces del árbol salvaje están penetrando y destrozando la casa. Por favor, ayúdame a talar el monstruo.
-Vale, cuenta conmigo, pero a cambio me llevo la leña para mi barbacoa.
-De acuerdo, os esperamos aquí el sábado.

Llegaron a la una del mediodía. Los niños, Montse y yo colocamos unas sillas en la terraza y nos dedicamos a ver cómo nuestros hombres batallaban contra el árbol. Las lesiones se sucedieron. Tras una hora de estrategia, el árbol se derrumbó. Los peques disfrutaban como si estuvieran ante la mejor película de Pixar y nosotras como si viésemos "La matanza en Texas".
Pero la ilusión duró pocos días y el optimismo dejó paso al pesimismo. El retrete seguía elevándose y casi tocaba el techo del baño. Aterrados, llamamos a Marcel, el artífice de la megaobra de la casa, acudió rápidamente y nos tranquilizo.
-Mañana os envío a un operario. Dormid tranquilos.- nos dijo mientras mesaba su bigote.
No fueron las raíces del árbol, no fueron mis kilos de más... Fue una bolsa de aire que no se sabe cómo aparece cuando hay movimientos de tierra.
El retrete ya está colocado, las baldosas repuestas pero mis dudas aún persisten: ¿no será que una nave de extraterrestres reside debajo de nuestra casa?

jueves, mayo 04, 2006

Fútbol rural



El pantano de Guadarrama es un lugar fantástico para mi caótica familia. Mientras los niños juegan con Juan Fran al fútbol, mi madre y yo nos tumbamos en la hierba, tomamos el sol y matamos la sed con unas cuantas coca-colas. La otra mañana, Diego regateó la pelota y ésta cayó al agua.
-!Papá, la pelota!- gritó Diego.
-!Ya voy, ya voy!- contestó Juan Fran mientras se quitaba las zapatillas y remanagaba sus pantalones.
Mi madre y yo mirábamos y reíamos. Los pescadores abandonaron sus cañas y observaron el espectáculo.
Alonso, raudo y veloz, cogió el balón y salió triunfante del agua.
-Emma, te toca a ti- dijo agotado por el esfuerzo.
El deporte nunca ha sido muy fuerte, pero de vez en cuando me creo un as del balón, así que me puse a jugar con mis hijos para aumentar mi caché de buena madre. Al cabo de unos chutes y regateos, la pelota terminó de nuevo en el agua.
-Venga, mamá, date prisa- clamaron los niños.
-Tranquilos, chicos- les dije pausadamente.
Empecé a desabrochar mis botas. El balón cada vez se alejaba un poco más.
-Date prisa, que se lo lleva la corriente- aseguró Juan Fran.
-No me pongáis nerviosa. Tengo un nudo en los cordones.
-Mamá, que se te va a escapar- gritaron Diego y Álvaro.
Por fin me había quitado las botas, pero el balón ya estaba bastante lejos y ni aun subiéndome los pantalones llegaba a por él.
Los pescadores estaban encantados con el show.
-!!!Mamáaaa!!!- vociferaron mis retoños.
-Vale, vale- contesté desabrochándome los pantalones.
-Hija, desde luego tú no vales para puta- soltó mi madre a grandes gritos.
-!!!Mamáaa!!!- le grité fulminándola con la mirada- ¿Podías ser un poco más discreta?
-Hija, es que con esa maña que tienes desnudándote no te contrataría nadie.
Los peces picaban en los anzuelos, pero los pescadores no se inmutaban. Admiraban es "streptees" campestre que estaba protagonizando.
Por fin me quedé en bragas y me metí en el agua. Lo hice tan rápido que provoqué un oleaje que alejó aún más la pelota. Derrotada, volví a la orilla.
-Emma, !qué se te escapa la pelota! Cógela antes de que se vaya al centro del pantano- suplicó Juan Fran con una indisimulada sonrisa.
-Ya te veo. Tú quieres que me zambulla entera en el pantano. Paso. Que se coma el agua el balón- contesté indignada.
-Mamá, como se entere Pepe te va a matar. Ese balón se lo trajo de Estados Unidos- dijo Diego con gran solemnidad.
-Pues que venga él y lo coja- rematé la conversación.
Por fin hubo suerte, el viento empezó a soplar y arrimó la pelota hasta la orilla contraria. Corrimos hasta allí (yo ya me había puesto los pantalones, que quede claro) y mi madre, muy decidida, se quitó los náuticos y cogió la pelota.
-Mira qué fácil, Emma- dijo con recochineo.
-Vámonos- ordené al oír los aplausos de los pescadores por nuestra genial hazaña.

martes, abril 25, 2006

Mi más sentido pésame


A mi prima, gran amiga de sus amigas, le extrañó que aquel día su compañera Ana no acudiera a trabajar. Pasadas unas horas la llamó.
-Hola Ana, soy María. ¿Estás enferma?
-No, María, ha ocurrido algo peor. Anoche falleció mi abuela.
-Ay, cuánto lo siento.
-Muchas gracias. Ahora me voy al tanatorio a reunirme con mi familia.
-¿En qué sala está?
-En la veintiuno.
-Bueno, pues ahora mismo voy para allá y te doy un beso.
-Gracias, María.
Mi prima remató el trabajo que aún tenía pendiente y se fue en taxi al tanatorio. Al entrar en la sala 21 comprobó que allí no estaba su amiga. Un atento señor se levantó y se acercó a ella.
-Buenos días, señorita.
-Buenos días- contestó María- Mi más sentido pésame.
-Muchas gracias.
-Soy una compañera de trabajo de Ana.
-Ay, pues Ana aún no está aquí, pero estará a punto de llegar. Pase por favor. !Mercedes!- dijo el hombre a una mujer rota de dolor- ha venido una compañera de Ana.
La mujer se levantó y se abrazó a María.
-Gracias por venir- musitó mientras le caían dos lágrimas por las mejillas.- Acompáñame, por favor, a velar a mi marido.
María le miró extrañada. "Pero si yo vengo al funeral de la abuela de Ana, vamos, de una mujer y esta pobre señora llora por su difunto esposo" pensó mi prima. "Dios mío, ¿qué hago?".
-Hija, mira que cara de felicidad tiene mi marido. !Con todo lo que ha sufrido!- sollozó Mercedes.
-Disculpe, no la quiero ofender- balbuceó María- pero es que yo venía a dar el pésame a Ana Gálvez.
-¿Ana Gálvez?- contestó la mujer con cara intrigada- Mi hija se llama Ana Torres. Torres, igual que mi marido.
-Ay, pues lo siento mucho, pero creo que me he equivocado.
La mujer en ese momento se agarró al brazo de mi prima.
-Bueno, pues si no te importa te quedas un ratito conmigo. El hombre que te ha saludado al entrar es el novio de mi hija y no le soporto. Sin embargo, tú pareces una buena chica. Espera unos minutos hasta que lleguen más familiares.
María, atónita, acompañó a Mercedes durante más de media hora. En ese tiempo descubrió todas las aventuras y desventuras del pobre Manolo, así se llamaba el difunto.
Por fin pudo abandonar la sala 21. Cogió el móvil y llamó de nuevo a Ana.
-Ana, ¿dónde estás?- preguntó.
-En la sala 41.
María se acercó hasta la nueva sala. Abrazó a Ana que estaba esperándola en la puerta.
-Ana, siento mucho lo de tu abuela.
-Gracias, María.
-Estaba pensando en matarte, pero creo que éste no es el mejor momento. Da gracias de que tu abuela esté de cuerpo presente.
Ana la miró extrañada.
-María, ¿has bebido?- preguntó Ana súper intrigada.
-No, pero en cuanto abandone el tanatorio me voy a meter un lingotazo. !Si supieras lo que me ha pasado...!

lunes, abril 24, 2006

Visitantes nocturnos



Aquel día quisieron celebrar su amor. Una deliciosa cena en un lujoso restaurante de Madrid fue el inicio de su gran noche. Tras los primeros platos, pidieron un Moët-Chamdon, elevaron sus copas y unos segundos antes del brindis sonó el móvil de él.
-!Qué oportuno!- rugió Roberto mientras descolgaba- Sí, ¿quién es?
-Buenas noches, señor Peña, le llamo de Securitas Direct. Unos intrusos están robando en su casa. Por favor, acuda lo más rápido posible a su domicilio. La policía ya va en camino.
Pálido como la nieve pidió la cuenta. Miró a su esposa y con voz temblorosa le informó del suceso.
-Querida, nos están desvalijando la casa.
Roberto pisó el acelerador. Cada vez que cambiaba de marcha soltaba un insulto. Virginia le miraba perpleja y sorprendida ante la verborrea de tacos de su marido y decidió no echar más leña al fuego.
Su calle parecía la feria de Sevilla. Las luces azules de las patrullas de policía iluminaban cada adoquín y los vecinos se arremolinaban con sus linternas.
Roberto abandonó el coche y se coló entre los curiosos.
-¡Déjenme pasar! ¡Soy el propietario de la casa!
La policía al oír sus gritos le abrió paso.
-Buenas noches, señor. ¿Es usted el dueño de esta vivienda?- preguntó el policía mientras se cuadraba.
-Sí- contestó Roberto- ¿Qué ha ocurrido?
-Parece ser que dos ladrones se han colado en su casa. Nos han avisado los de la compañía de seguridad. Por favor, abra la puerta de su domicilio.
-Claro, claro, aquí tienen las llaves.
-Creo que no me ha entendido. Es usted quien debe abrir.
Virginia, presa de un ataque de nervios, abrazó a su marido.
Roberto se acercó hacia su vivienda escoltado por dos miembros del cuerpo de seguridad. Al llegar, los policías desenfundaron sus armas. "Me va a dar un ataque al corazón -pensaba Roberto- Ay, qué miedo".
Mediante señas los policías le indicaron que abriera la puerta. Roberto les miró aterrorizado, se agachó y sintió cómo los revólveres se asomaban por encima de sus hombros. Introdujo la llave y la giró con suavidad. Las piernas le temblaban. La policía entró a toda velocidad. Roberto decidió que aquel no era el mejor momento para demostrar su valentía. Se giró y corrió en dirección opuesta. Virginia le esperaba con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos.
-Ay, qué miedo he pasado- susurró Virginia, abrazándole.
-Aún no me lo creo. Estoy acojonado. Cuando he oído cómo desenfundaban sus armas casi me desmayo...- comentó Roberto para tranquilizarla.
Al cabo de una hora, salieron los policías y se acercaron a ellos.
-Señores, hemos recorrido toda la vivienda y no hemos localizado ningún intruso. De todas formas, sería conveniente que entrasen con nosotros para verificar qué les han sustraído y poder presentar la denuncia.
Aquella noche se fueron a dormir a casa de sus suegros. A la mañana siguiente convirtieron su casa en un fortín: rejas en cada ventana, vídeoportero, alarmas visibles, pistola y bate de béisbol debajo de la cama... Aun así los ladrones aparecieron tres veces más, pero ésa, ésa es otra historia.

Fernando Alonso

Domingo. Llueve. No podemos salir a la calle. Anoche acosté a los niños a las once con la esperanza de que esta mañana se levantaran más tarde, pero me equivoqué. A las ocho y media los dos brincaban por nuestra cama. Alonso, algo raro en él, ha mantenido la calma. A las doce se ha ido a comprar el pan y el aperitivo. Al llegar a casa ha comentado con una leve sonrisa.
-En breve comienza la carrera de Fernando Alonso. Quédate con los niños y así descanso un poco... Ten en cuenta que me he ido a comprar con ellos.
No he contestado. Él ha bajado tranquilamente al cuarto de estar y se ha concentrado en el inicio. Mientras, he preparado un jugoso aperitivo: salchichón de Teruel, patatas fritas "La Azucena", aceitunas, quesos...
-¿Chicos venís a ver cómo corre Alonso?- pregunté con voz dulce.
-!Síiii!- gritaron los dos a la vez.
Cuando mi marido nos vio entrar se le petrificó la cara.

-Oye, yo quiero ver la competición. ¿No estábais jugando al parchís?- preguntó con cara de malhumor.
-Cielo- contesté finamente- ya sabes que la familia es lo más importante. Y qué mejor que compartir un delicioso aperitivo de domingo mientras vemos todos juntos cómo pilota Fernando Alonso.
-Pues a mí se me ocurren otras ideas...
-Venga, corazón, mira qué escena más bonita.
-Sí, Emma, es ideal: Álvaro está saltando de sofá a sofá y no me deja ver los detalles de la carrera, Diego no para de gritar a su hermano y yo estoy a punto de pegar tres gritos, pero, si tú lo dices, esto es maravilloso.
-Hijo, siempre te estás quejando -espeté mientras me comía una patata frita.
En cuestión de minutos desapareció el aperitivo.
-Bueno, me voy a preparar la comida -dije a mi amado marido.
-Vale, si quieres te ayudo.
-No, déjalo.
Al irme noté su sonrisa. "Claro- pensé- se cree que los niños van a comer en la cocina y así podrá ver él tranquilamente la carrera".
-!!Emma!!- gritó Alonso al verme entrar en el cuarto de estar con la bandeja.
-!Mamá, eres fantástica!- gritaron Diego y Álvaro- !Qué suerte, hoy nos dejas comer aquí.
-Claro, queridos, así compartimos con papá este momento tan inolvidable -contesté guiñándole un ojo a Juan Fran.
Alonso rió y aguantó el tipo. Fernando quedó segundo.

martes, abril 18, 2006

De árbol en árbol

La Semana Santa reúne a lo más loco de la familia y cada año intentamos superar las locuras del año anterior. Estas vacaciones nos hemos pasado.
A primera hora de la mañana del miércoles partimos rumbo a Cercedilla mi madre, Juan Fran, Pepe, Diego y yo. Llegamos al recinto de multiaventura y la adrenalina empezó a dispararse. Un monitor, después de ponernos los arneses, nos explicó las reglas para poder ir por los árboles. De cada arnés colgaban dos mosquetones y una polea para deslizarse por las tirolinas. Tras media hora abriendo y cerrando mosquetones nos lanzamos al circuito infantil y, una vez superado, al de explorador.

Diego nos abría paso. Con sólo seis años tenía una agilidad pasmosa. Mientras, mi madre y yo, luchábamos para no pillarnos los dedos.
-Mamá, deja la mochila en el coche- grité antes de subir.
-Que no, que yo tengo muchas cosas y no pasa nada porque la lleve- contestó toda indignada.
-!Diego, cuidado!- aullé al ver como se deslizaba por una tirolina situada treinta metros por encima del suelo.
-Mamá, qué pesada eres. Esto es fantástico- contestó mientras gritaba como Tarzán.

Poco a poco le fuimos cogiendo el tranquillo. Trepamos por cuerdas, nos metimos por bidones, nos lanzamos por tirolinas, chocamos contra las colchonetas de seguridad...
El drama sucedió en la liana. En principio no tenía mucha complicación: había que saltar desde un árbol a otro sentado en una pequeña tabla que estaba al final de la liana.
Diego lo pasó a toda velocidad. Yo, acompañada de mis gritos histéricos, también. Era el turno de mi madre.
-Mamá, siéntate en la tabla.- ordené desde mi atalaya.
-Emma, eres pesadísima- gritó mientras se lanzaba al vacío sin aposentar el culo en la tabla.
Volaba como una patata lanzada por un cañón.
"CATAPLOF, PLOF, PLOF", sonó en medio del pinar.
Mi madre se había estampado contra la plataforma.
-!!Mamá!!- grité entre risas histéricas
-Ay, ay, ay- gemía mi madre mientras retumbaba contra la plataforma- Ayúdame, no puedo subir. Ay, qué tortazo.
-Mamá, no puedo- logré decir en medio de mi ataque de risa.
Allí estaba mi pobre madre colgada de una liana, dando vueltas por el aire y sin que yo pudiera hacer nada.
Cuarenta metros por debajo vi como dos monitores corrían hacia nosotras.
-¿Qué ha pasado?, ¿se encuentra bien?- preguntaron con cara de preocupación.
-Pues no, no estoy bien- contestó mi madre presa de otro ataque de risa- Por favor, bajadme de aquí.
-Huy, eso no va a poder ser. Tiraremos de la liana, la pondremos en el punto de partida y tendrá que volver a saltar.
-No, no, no... Yo eso no lo puedo hacer. Le he cogido miedo. !!!Bájenme de aquí!!!
-Señora, tiene que intentarlo.
En ese momento noté como se me escapaba el pis. El ataque de risa era incontrolable.
Al final acercaron a mi madre hasta la plataforma y la lanzaron dulcemente hasta donde yo estaba.
-Venga, mamá, levanta los pies.
-Emma, que no puedo, que me roto la cintura.
-Calla, mamá, que no puedo aguantar la risa. Venga, inténtalo.
Mi madre sacó fuerzas de algún sitio y levantó un pie hasta la plataforma. Me abalancé sobre su pie y tiré de ella. Al final superó la prueba.
-Emma, qué tortazo. No me puedo mover- dijo con lágrimas en los ojos.
-Venga, tranquila, sólo nos quedan dos tirolinas.
-!!Mamá!!, !!suegra!!, ¿estás bien?- gritaron Pepe y Juan Fran desde su circuito de profesional.
-!Nooooo!- contestó mientras se acariciaba su lesionada cintura.
-Vamos, mamá, tenemos que salir de aquí- supliqué con cara de pena.
Después de mucho sufrir, llegó a una plataforma que estaba a solo un metro de altura. Pepe y Juan Fran la estaban esperando.
-Mamá, bájate aquí- comentó Pepe- Dame la mano y te ayudo a bajar.
-Pepe, no seas pesado, estoy bien. Bajo yo sola.
Pegó un brinco y CRAC,CRAC retumbó de nuevo en el pinar.
-Ay, ay, ay- gritó mi madre- me acabo de hacer una rotura fibrilar. Ay, ay, ay. Seguid vosotros yo espero abajo. No sufráis por mí, disfrutad saltando de árbol en árbol, es maravilloso. Os lo digo en serio.
Mi madre se fue con paso lento, arrastrando la pierna del tirón y sujetando la cintura que se había chocado contra el árbol.

Ahí no terminó la aventura. Esa noche me tuve que ir con ella a urgencias porque no podía apoyar la pierna. Diagnótico: Rotura fibrilar. Tratamiento: Ibuprofeno, calor seco y reposo. Pero ahí no terminó todo. El viernes volvimos a urgencias. "Emma, no puedo respirar, no puedo tumbarme, estoy fatal", me comentó mi madre con lágrimas en los ojos. Diagnóstico: contusión por golpe. La radiografía no muestra rotura de costillas. Tratamiento: Relajante muscular, calor seco y reposo.

Resumen de lesiones:
Mi madre: rotura de ligamentos, varias contusiones y múltiples agujetas.
Juan Fran: picaduras de orugas y múltiples agujetas.
Pepe: picaduras de orugas y múltiples agujetas.
Emma: leves agujetas.
Diego: el mejor, ni siquiera tuvo agujetas.

miércoles, abril 05, 2006

Atrapado

Como en "Días de furia", la ira se fue gestando desde primera hora de la mañana.
Mi esposo (en estos momentos no considero que sea "mi amado esposo") no tuvo que ir a trabajar y me acompañó a IKEA para ver unas cuantas cosas que debíamos comprar. "Venir a Ikea es una tortura. No entiendo cómo te puede gustar. Emma, estoy agotado", refunfuñó durante todo el camino. A las cinco decidió ir a buscar a Diego al colegio. Y allí comenzó la batalla, Diego se quería quedar jugando con su amigo Alejandro e incluso le invitó a casa. A Alonso se le pusieron los pelos como escarpias al oírlo, menos mal que la madre de Alejandro se percató y rehuyó la invitación.
Después de la merienda se llevó (puntazo de padre) a los dos retoños al parque. Le torearon de lo lindo: se colaron en una obra y casi se caen a la piscina en construcción y corretearon mientras su padre les perseguía preso de un ataque de nervios.
-!A casa ahora mismo y hoy estáis castigados sin televisión!- gritó Alonso para imponerse un poco.
Cuando llegué a casa la situación era perfecta.
-!Papá, tonto, punto rojo!- vociferó Álvaro.
Detrás de él, Diego lloraba porque su padre le había castigado.
Tiré el bolso en el primer sofá que encontré y me puse la careta de psicoanalista.
-A ver, ¿qué ocurre?- pregunté al trío fantástico.
-Mira, Emma, esto no hay quien lo soporte, se han portado fatal. Diego se ha metido en una obra, se ha ido corriendo por el parque y...
Diego cortó a su padre.
-Mamá, eso es mentira, sí que le he hecho caso es que...
Álvaro paró en seco a su hermano.
-!Papá, tonto, punto rojo!
La bomba de relojería estaba a punto de estallar. Tomé una rápida decisión.
-Diego, como estás castigado sin tele, nos vamos a ir a la peluquería y así te cortan el pelo. Y, si os portáis muy bien, al salir os compro una chuchería.- sugerí mientras escuchaba el tic-tac de la bomba.
Salimos en plan familia Telerín. En la peluquería nos dijeron que debíamos esperar una hora.
-Otra vez será- dije observando las melenas de Diego. -Venga, chicos, vamos a recoger unos cuadros que dejé el otro día para que los enmarcaran.
Parecía que las aguas habían vuelto a la calma. Después de todas la gestiones, volvimos a casa.
Dos minutos antes de aparcar, Diego empezó a dar brincos e intentó quitarse el cinturón de seguridad.
-!Diego, o te estás quieto o paro el coche y te dejo tirado en la calle!
-Mamá, es que...- contestó con voz temblorosa.
-Ni es que, ni nada, que te estés quieto.
Bajamos del coche y al sacar a los niños nos percatamos del horror. Diego se había quedado atrapado en el coche. No sé cómo lo hizo. El cinturón rodeaba toda su cintura, estaba bloquedo y no había manera de que se moviera.

-!Joder!- gritó Alonso.
A mí me entró el ataque de risa (por un lado porque la situación era cómica y, por otro, porque si Alonso había dicho un taco es que el cabreo que tenía era monumental).
Después de quince minutos, Diego empezó a llorar.
-A ver, estate tranquilo. Te voy a quitar los pantalones para intentar sacarte desde arriba- dije con voz calmada.
-Mamá, que me estoy ahogando.
Alonso con la rabia saliéndole por los ojos cogió a Álvaro, me lanzó una mirada asesina y gritó.
-!Estoy harto! Ahora el niño me ha roto el coche. Yo me voy a casa, tú verás lo que haces, pero si dependiera de mí se quedaba ahí toda la noche atado. Además, no sé de que cojones te ríes. Y encima vas y le haces fotos como si esto fuera un circo. Me voy a casa. Allá vosotros. !Menuda tardecita!
En medio de todo el espectáculo, apareció una vecina y nos miró con cara extrañada al ver como girábamos sin parar alrededor del coche.
-Buenas tardes- comenté con gran educación. -No te asustes, es que Diego se ha quedado aprisionado en el coche y no le podemos bajar.
Ella, con los ojos como platos, se acercó a ver el espectáculo.
-Pero, Diego, corazón, ¿qué te ha pasado?- preguntó dulcemente.
-No sé- contestó Diego entre sollozos- pero estoy atrapado.
Entre las dos hicimos miles de combinaciones para intentar liberarlo, pero no había manera.
Al cabo de un rato vino Alonso.
-Toma, Emma- dijo con voz seca.
Me entregó unas tijeras y huyó a casa.
Intentamos de nuevo desatascar el cinturón. Imposible. No iba ni para delante, ni para detrás. Había que tomar una drástica solución: cortar el cinturón. Me costó decidirme pero al ver la cara del pobre Diego, cogí las tijeras y corté el cinturón.
-!Gracias, mamá, me has liberado!- dijo con voz temblorosa.
Agradecí a mi vecina su inestimable ayuda y me despedí de ella.

-Diego, cuando cuentes esto en el colegio no se lo van a creer. Ahora entra corriendo en casa, dúchate, ponte el pijama y pórtate de maravilla. Tu padre está que trina.
Rápidamente ejercí de madre a tiempo completo: les bañé, les di la cena, les leí el cuento y les acosté.
Bajé al cuarto de estar. Alonso tenía una cara de mosqueo impresionante.
-Alonso, tampoco es para ponerse así.
-No fastidies, Emma. A ver por cuánto nos sale la gracia del coche.
-Bueno, el peque no lo ha hecho con mala intención.
-!Sólo faltaba!
-Vale ya, te estás pasando.
-Emma, tengo que hablar seriamente contigo.
En ese momento noté como nuestra pareja se iba a pique. Seguro que quería que nos separaramos o tal vez me fuera a contar alguna infidelidad o...
-Estoy pensando en ir al psicólogo.
-¿Qué?- pregunté perpleja.
-Sí, en serio, es que hay veces que los niños me sacan de mis casillas. Bueno, los niños y tú.
-¿Yo?
-Pues claro, tú ves normal que con todo lo que ha ocurrido a ti te dé un ataque de risa y encima te vayas a por la cámara para hacer fotos.
-Alonso, hay que tener sentido del humor. ¿Qué querías que hiciera?
Por fin comenzó a sonreír.
-Bueno, perdona, mi mala leche. Intentaré ser más positivo.
-Eso espero, Alonso. Esta noche te daré un premio.
Unos gritos se oyeron desde la habitación.
-!Mamá!- vociferó Diego -Álvaro ha tirado el vaso de agua en la cama.
-Me voy a dormir- rugió Alonso -no aguanto más.

martes, abril 04, 2006

Padre ejemplar



Mi marido ha ganado puntos para el cielo y yo, para el divorcio.
Este fin de semana me tocó trabajar, lo que implica que ejerce de padre a tiempo completo.
El sábado por la mañana se llevó a los niños al parque y los soltó sin previo aviso para que desfogaran toda su energía. A las dos pasaron a buscarme, cogimos unas hamburguesas en el Burguer, -porque regalaban el ratón de Ice Age, no porque les gusten las hamburguesas- y nosotros nos tomamos un kebab. Me depositaron de nuevo en el periódico y se fueron a casa. Mediante complejas artimañas, mi marido consiguió que Álvaro se durmiera la siesta y a Diego le enchufó una película en vena. Así que pudo descansar de lo lindo. Al cabo de dos horas, llegué a casa.
Por supuesto los niños no habían merendado (!cielo, te estaban esperando!) y la casa estaba totalmente descolocada (!amor, no te quejes, llevo todo el día con los niños!).
Aún no sé cómo, pero me contuve. Guardé mi ira interior en la caja de Pandora, pero mi mente iba a mil por hora. "Manda huevos, está cuatro horas con los niños y no es capaz de mantener colocada la casa. Bueno, ni cuatro horas, porque dos de ellas han estado dormidos o viendo la tele. Emma, contente, que te conozco. Pues menos mal que yo no viajo, porque si fuera así se tiraría por un barranco...". Mi mente seguía a su rollo, así que decidí que era hora de salir de casa.
-Niños, al parque- grité para desahogar un poco mi mala leche.
Al instante estaban todos preparados.
-Uff, Emma, tengo fatal las cervicales- musitó Alonso con cara de pena.
-Ay, cielo, pobrecito- contesté con voz dulce- será por haber estado tanto tiempo con lo niños. Anda quédate en casa y descansa.
-No, voy con vosotros- dijo tan contento y sin percibir mi mal humor.
Fue pisar la calle y volvió mi buen humor. Serán las locas hormonas, pensó mi mente, que tiene vida propia.
-Tres helados de frambuesa, dos en tarrina y uno en cucurucho, y un helado de limón.- pedí en la heladería.
-Hasta los niños toman el mismo helado que tú. !Cómo te quieren!- comentó Alonso con recochineo.
-Por qué será, por qué será...- respondí en tono burlón.
Sonó el móvil. Era Blanca. Estaba por la zona y había pensado acercarse al parque para que nos viéramos.
-Perfecto, te esperamos en los columpios- dije emocionada.
Fue una pena que no me llevara la cámara de vídeo (la verdad es que no tengo cámara de vídeo, pero me concedo esta licencia literaria). Diego y Álvaro descubrieron un original juego: tirar arena a su padre y María, la hija de Blanca, se percató de que Juan Fran era una buena sujeción para no caerse con los patines.
Blanca y yo cotorreábamos mientras nos fumábamos tranquilamente un cigarro y Alonso batallaba a duras penas con las tres fieras.
-Pobre, va a terminar agotado- sugirió Blanca.
-Chica, no te preocupes, a él le encanta- Y me dio un ataque de risa.
-Qué mala eres.
Nos giramos y contemplamos es espectáculo. María estaba a punto de arrancarle un brazo porque no dominaba el giro de los patines, Diego colgaba de su cuello y Álvaro le mordía la pierna y gritaba !papá, tonto, papá, tonto! Debajo de todo ese embrollo estaba Juan Fran. Levantó la cabeza y me fulminó con la mirada.
-Cielo, un momentito, en cuanto me acabe el cigarro te libero- susurré con dulzura.
-Te recuerdo que hoy juegan el Madrid-Barça, así que en cuanto me quites a esta fieras de encima yo me voy a casa.- vociferó en el parque.
-Claro, claro- asintió todo el género masculino que se encontraba en el parque.
-No sufras, amor, no sufras- contesté dando una larga calada.

domingo, abril 02, 2006

Campanadas a medianoche




A las siete empecé con los preparativos: baño de sales y espuma, cremas hidratantes, laca, perfilador de ojos, rímel, sombras, pinta labios y, cuando acabé con la reconstrucción facial, me lancé a decorar mi cuerpo: bragas rojas, medias de cristal -ningún tío se imagina lo complicado que es ponerse unas medias que te han costado 18 euros porque te alisan la tripa, te suben el culo y contornean mejor las pantorrillas, sin hacerse una carrera o un enganchón-, zapatos de tacón y un fantástico traje de fiesta. Ya estoy preparada, lista para el primer examen.
-!Qué guapa!, !ven aquí que te voy a dar un achuchón!- dijo el gracioso de mi marido.
-!Ni se te ocurra! !No ves que me acabo de pintar y que llevo el pelo monísimo!, !olvídate, no me toques! Vamos, llevo tres horas metida en el baño...
-Pues a ver si un día cuando te arregles se te olvida en el cajón la mala leche, bonita.
-Ay, no te pongas así que ya sabes que cuando me preparo para una fiesta me pongo muy nerviosa. Bueno, ¿te gusto?
-Que sí, pesada, que estás muy guapa.
-Anda, ven aquí que llevas torcida la corbata. ¿Te has puesto los calzoncillos rojos?.
-Huy, se me han olvidado.
-Pues ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Dónde están los niños?
-Me imagino que abajo.
Bajé con mis taconazos por la escalera y estuve a punto de caerme.
-!Mierda!- grité.
-Mamá, eso no se dice- comentó Diego.
-Vale, anda que los Alonso estáis hoy encantadores. Venga, chicos, subid que nos vamos.
Al verles casi me da un pasmo. Una hora antes los había dejado todos monos y ahora estaban como recién salidos del basurero.
-Peques, sois la leche. Yo no sé para qué me preocupo en poneros guapos. Abrocharos las chaquetas para que no se vean esos lamparones y recordad: aunque haga cincuenta grados no os la podéis desabrochar. ¿Entendido?
-Síii- asintieron.
La fiesta fue en casa de mi hermano. Todo estaba delicioso: el aperitivo, los langostinos, los centollos, el caviar (!ojito!, del bueno!) y, como no, el champán.
Los nervios empezaron a cerrarme el estómago. Faltaban seis minutos para el gran momento. Nos pusimos todos a gritar.
-!Coged las uvas!- ordenó mi hermano.
-!Hay que subirse a una silla!- gritó Concha.
-!Y poner algo de oro en la copa de champán!- continuó mi madre.
-!Y una moneda para que nos vaya bien!- apuntó Virginia.
Los niños estaban concentrados mirando la tele.
Mis nervios eran incontrolables. Miré alrededor y casi me da un ataque de risa. Allí estábamos todos encima de las sillas, con nuestras bragas y calzoncillos rojos, con las copas llenas de monedas y anillos de oro, esperando que pasaran los tres minutos para las campanadas de fin de año.
De pronto, alguien aporreó la puerta del baño.
-!Socorro!, !socorro, me he quedado encerrado en el baño!.
Miré aterrada alrededor. Sólo faltaba una persona: mi padre.
-Papá, ¿eres tú?- pregunté absurdamente sabiendo la respuesta.
-Sí, estoy en el baño.
Faltaban sesenta segundos para que empezaran las campanadas.
-Mal rollo, mal rollo- pensé yo subida en la silla con mis bragas rojas.
Mi hermano Roberto fue iluminado por un rayo de lucidez. Brincó desde su silla, cogió una copa, una botella de champán y las uvas de mi padre y se lo pasó a través de la pequeña ventana del baño.
Ramón García desde la tele anunció los cuartos.
-!!Una!!- gritamos todos al unísono mientras comíamos la uva para que mi padre pudiera seguir la retransmisión desde el baño- !dos, tres, cuatro, cin, seis, sie, o, nu, die, on y do (lo dijimos tal cual se lee porque las uvas no nos dejaban pronunciar mejor).
-!!!Feliz año!!!- gritamos.
Bajamos de la silla, brindamos, nos besamos, tiramos el confeti y nos fuimos corriendo al ventanuco para poder felicitar el año al encarcelado.
Roberto cogió un destornillador, desmontó la puerta y después de unos minutos salió del baño mi padre para celebrar el nuevo año.
-!Chicos, a brindar, que este año va a ser genial!- vociferó con su botella de Moët & Chandon en mano.
Chin, chin.
-!Feliz año!- gritamos todos.

viernes, marzo 31, 2006

Huellas rojas



Se acercaba el cumpleaños de mi marido y decidí hacerle un regalo original. Después de mucho pensar se me ocurrió una gran idea. Me fui a la papelería e hice acopio de todo el material necesario: cartulinas, pintura, pinceles, rotuladores y un marco de cristal. Al llegar a casa les propuse a mis hijos que preparáramos algo especial para papá. Les coloqué los delantales y dibujaron con acuarelas distintos dibujos de difícil comprensión.
-Muy bien, chicos, os ha quedado precioso. Ahora vamos meter nuetras manos en la pintura y las vamos a poner en la cartulina para que queden nuestras huellas marcadas.
-¡Bien!- gritaron los dos a la vez.
Cuando ya estábamos terminando pasó tímidamente el gato.
-Peques, ¿qué os parece si ponemos también las huellas de Lucas?
-Mamá, eso es una fantástica idea -contestó Diego, que siempre habla como si viviésemos dentro de una película.
Cogí al gato y le pringué las patas con acuarela roja. Puse su pata en la cartulina, me bufó aterrado y salió corriendo. Me levanté y salí escopetada detrás de él y los niños, detrás mío.
-¿Por qué corremos, mamá?
-¡Lucas, párate, Lucas!- gritaba como un posesa.
-Mamá, ¿qué ocurre? -preguntaban los niños a mis espaldas.
Me paré. No había forma de alcanzar al gato. Miré alrededor y casi me caigo redonda. Me puse tan pálida que hasta mis hijos se asustaron.
-¿Por qué estás triste? -me interrogó Diego.
En ese momento me entró un ataque de risa. El panorama era desolador. Toda la casa estaba llena de huellas rojas de gato: en el sofá, en las paredes, en el suelo, en las escaleras... Y, lo peor, el gato seguía recorriendo la casa sin parar. Tenía que urdir rápidamente un plan para capturarle.
-¡Lucas! -grité mientras abría una lata de paté de salmón y trucha.
Al ratito vino el gato a por su manjar. Me abalancé sobre él y lo sujeté con fuerza.
-¡Chicos, al baño, corred, corred!
Álvaro reía emocionado al encerrarnos todos en el servicio.
-Niños, ¡ropa fuera!
Primero, bañé al gato, que me dejó todos los brazos marcados por sus uñas. Después, nosotros tres.
-¡Qué divertido, mamá, esta tarde hacemos otra cartulina con huellas! -sugirió Diego con el asentimiento de Álvaro.
-No, peques, todavía no hemos terminado el regalo.
-¿Qué vamos a hacer?
-Ahora viene lo más divertido.
Nos vestimos rápidamente y preparé el kit de trabajo de cada uno.
-Chicos -les dije mientras les entregaba un trapo y un esponja-. Vamos a hacer una competición.
-¡Bien! -gritaron emocionados sin saber de mi engaño.
-A ver quién de nosotros es el que más huellas de Lucas borra de la casa.
-¡Bravo1 -exclamaron con las esponjas en alto.
Yo les miraba atónita, sin entender donde estaba la gracia.
La tarde fue fantástica. Según mi último cálculo, limpiamos más de doscientas huellas y la casa quedó como los chorros del oro.
-Hola, familia, ¿qué tal la tarde? -dijo Alonso al llegar a casa-. No sé que habéis hecho, pero la casa está impecable. Peques, ¿habéis sido buenos?
-¡Síiii! -gritaron los dos guardando el secreto.
-Papá, tonto- remató Álvaro para mostrar su cariño.
-¿Emma, dónde está Lucas? -preguntó Juan Fran cuando estaba a punto de dormirse-. No le he visto en todo el día.
-Ay, Alonso, qué pesadito eres con el gato. No sé, se habrá ido a dar una vuelta.
-Me extraña que no haya vuelto. -Se levantó y salió al jardín. Llamó a Lucas varias veces hasta que por fin apareció.
Alonso subió indignado.
-Emma, el gato está rojo.
-¿En serio?, ¿qué le habrá pasado?
-No sé, pobrecito mío, voy a darle un baño.
Lucas le miró con ojos suplicantes, pero al final cedió a la tortura. En un día, dos baños.

martes, marzo 28, 2006

Paranoia matutina



Hace media hora que me he despertado, pero no soy capaz de moverme. Ni siquiera me atrevo a girar la cabeza o a estirar el brazo para comprobar si él está tumbado en la cama.
Empecemos por el principio.
Anoche, a las dos y media de la madrugada, escuché un ruido extraño en casa. Me incorporé y zarandeé a mi marido con brutalidad.
-!Despierta, despierta, alguien ha entrado en casa!
Él brincó, me miró asustado y preguntó somnoliento.
-¿Y qué quieres qué haga?
-Menuda pregunta. Corre, baja a ver qué sucede. Yo me quedo cuidando a los niños. Venga, date prisa.
-¿Seguro?
-No, si quieres les llamamos y les hacemos un hueco en la cama. Anda, ten cuidado y coge el móvil por si tienes que llamar a la policía.
-¿No lo habrás soñado?
-!Que no!. Te juro que he oído unos ruidos muy extraños. Creo que están abajo desmontando el ordenador.
Temblando empezó a descender por la escalera. Y ésa es la última escena de él que recuerdo, porque al poco rato me acurruqué entre las sábanas y, no sé cómo, caí en un profundo sueño.
Sigo petrificada, inmóvil, incapaz de mover ni un centímetro de mi cuerpo. La imaginación da para mucho. A grosso modo resumiré las opciones que tengo:
A/ Lo han secuestrado.
B/ Lo han matado.
C/ Lo han herido de gravedad.
D/ No le ha ocurrido nada, pero mañana presentará los papeles de separación.
Si han acontecido los casos A, B o C tendré que llamar a la policía. Vendrán los CSI españoles (uff, menos mal que anoche dejé bien colocadita la casa) y deberé explicarles lo sucedido. Pero, !cómo les voy a decir que me quedé profundamente dormida mientras mi marido luchaba contra unos ladrones!. La gente que me conoce sabe que mi sueño es muy profundo pero puede que el inspector Pérez (Grissom, en EEUU) no lo entienda. Incluso son capaces de pensar que lo he planeado todo para que lo asesinaran y así cobrara el seguro. !Además hace unos días firmó el testamento y yo soy la única beneficiaria! Y si investigan deducirán que soy una persona conflictiva; que tengo contactos con abogados; que escribo un blog donde de vez en cuando le despellejo (siempre desde el amor y el afecto, !que quede claro!); que me enfado frecuentemente... En definitiva, !soy culpable!: me mandarán a la cárcel (mi relación con los jueces siempre ha sido nefasta), mis hijos se quedarán solos, tendrán contacto con el mundo de la droga, despreciaran a su madre (osea, a mí)...
Un ronquido estruendoso me hace salir de mi paranoia matutina. Está vivo. Me giró velozmente, me abalanzo sobre él, le abrazo con pasión, le beso con locura.
-Alonso, qué ilusión, pensé que estabas muerto.
-Muy graciosa, Peña. Si por ti fuera me podían haber acribillado y tú seguirías plácidamente dormida. Eres la leche.
-Hombre, no es para tanto. Además, seguro que con el disparo me habría despertado. Pero, ¿dónde vas?
-Al abogado, bonita, al abogado.

lunes, marzo 27, 2006

Con freno y marcha atrás




Su intención fue muy buena: liberarme por unas horas del bebé y dejar que fuera con el mayor al cine. Mi madre y su amiga Rosa, la mujer más maravillosa de Pamplona, se ofrecieron a cuidar del pequeñajo y esperarme en la sierra. Les cedí las llaves de mi coche y al bebé.
-Mamá, no olvides que el coche...
-No seas pesada, Emma, llevo muchos años con carnet y he conducido centenares de coches. Vete al cine y olvídate de nosotras- me espetó mi madre antes de que yo acabase mi frase.
La película no fue nada del otro mundo, era un film infantil, pero fui feliz con mi bol de palomitas, mi coca-cola y las pocas chuches que Diego me dejaba tomar.
Al salir del cine, me abordó un hombre de seguridad del centro comercial.
-Disculpe, es suyo un ford focus familiar gris.
-!Sí!- grité mientras todo el mundo me miraba y por mi me mente se cruzaban escenas dantescas- ¿qué ocurre?, ¿qué ha pasado?
-No se alarme. No ha sucedido nada. Salvo que las cámaras de seguridad han detectado a dos mujeres con un bebé que llevan dos horas subiendo y bajando de su coche. Han arrancado varias veces, pero no han sido capaces de sustraer el coche. Además han intentado meter la sillita del bebé sin plegarla y han roto la puerta del maletero. Un compañero se ha acercado a hablar con ellas, pero tienen un ataque de risa y sólo han sido capaces de indicarnos que en el cine se encontraba usted. No creo que sean peligrosas, pero preferiría acompañarla hasta el párking por su seguridad.- me relató el pobre hombre con cara circunspecta.
-!Ah!- musité.
-Mamá, ¿te han robado el coche?- preguntó Diego.
-No, hijo. Tu abuela, tu abuela... Bueno, luego te cuento.
-Disculpe- me excusé presa de un ataque de vergüenza y con la ira recorriendo todo mi cuerpo- le agradezco todo el interés que ha mostrado, pero las dos mujeres que están en mi coche son mi madre y una amiga suya. En teoría se tendrían que haber ido hace un par de horas. No sé qué habrá ocurrido, pero le aseguro que no son peligrosas. No hace falta que me acompañe.
-Si no le importa, preferiría acompañarla. Le seré sincero: tengo intriga por saber qué ha ocurrido.
-Por supuesto.
Bajamos por la escalera mecánica. La gente me miraba como si hubiese cometido un delito y mi hijo intentaba tocar la pistola del policía.
-!Diego, estate quieto! Sólo me falta que te pongas tú a disparar.
Llegamos al parking. Y allí vi a ese par de mujeres apoyadas en una columna y riéndose sin parar.
-Emma, no te vas a creer lo que nos ha pasado... Ay, no puedo hablar que me hago pis- dijo mi madre entre carcajada y carcajada- No ha habido manera de meter la marcha atrás de tu coche y no sabemos cerrar la sillita de Álvaro. Te juro que lo hemos intentado mil veces. Bueno, al final, Andrés (señaló al otro pobre hombre de seguridad que se le caían lagrimones de la risa) nos ha explicado que hay que levantar la arandela de la palanca de cambios, pero aún no sabemos cerrar la silla. No te enfades, que conozco esa cara tuya. Y no sufras: Álvaro se ha dormido a la media hora, desesperado de ver como subíamos y bajábamos del coche.
Miré alrededor en busca de una cámara oculta, pero no la encontré.
-Cuando cuente esto en Pamplona no se lo van a creer- gritó Rosa mientras retorcía las piernas y se enjuagaba las lágrimas.- Ay, Linu, y tú decías que habías conducido jaguars, porsches... Vamos, que eres como Carlos Sáinz.
-Oye Rosa, que en ningún coche había visto lo de la arandelita de la marcha atrás. Ay, que tengo agujetas de tanto reír.
De pronto me entró el miedo escénico, mi mente calenturienta empezó a imaginar como las imágenes salían en todos los programas de televisión (Vídeos de primera...) y recorrían el mundo a través de internet.
-Bueno, chicas, vámonos que ya habéis montado el espectáculo del día y estos hombres están trabajando.- comenté con voz calmada.
-!Uff, y lo bien que se lo han pasado!- dijeron las dos a la vez.
-Eso es cierto- contestaron los de seguridad.
Se subieron al coche y las miré con mi cara de cabreo.
-Anda, bonitas, que parece que os habéis tomado un tripi.- rugí.
-Pues esto pone más y es más barato- rieron desesperadas- Por favor, vámonos rápido que "nos meamos toas".

domingo, marzo 26, 2006

Gordóloga o juicio

Después de dos embarazos y de comer como una lima (!menudo placer!), decidí que había que poner límite a tanto exceso de kilos. Lo tuve fácil, varios compañeros me recomendaron a una gordóloga fantástica que conseguía que la gente adelgazase y encima tomara bocadillos. Me fui como una loca a su consulta y me mentalicé a base de bocatas de pan tumaca, morcilla, salmón... Adelgacé y me quedé muy mona (bueno, yo siempre me veo muy mona). Total, tiré toda la ropa que me quedaba grande y le di un fantástico repaso a la Visa. Todo el día gastando y mejorando la economía del pequeño y gran comercio. Abandoné la dieta y por un motivo muy claro adelgacé más y más. Era una dieta compleja, pero muy efectiva: "la dieta juicio". Fue fantástica y me quedé en los huesos. Hace tiempo que finalizó el proceso judicial y ahora voy notando como los kilos vuelven a acaparar espacio. Tampoco mucho, pero lo justo para que ponga freno a la invasión de calorías. Además, la semana que viene sacaré mis cajas con la ropa de primavera-verano y como algo no me quepa me voy a hundir. Mi dilema: ¿hago la dieta bocata o la dieta juico? No sé, no lo tengo nada claro. La del bocata es fácil de seguir, pero últimamente no tengo mucha fuerza de voluntad. La del juicio te hunde y no hace falta fuerza de voluntad, aunque tiene sus inconvenientes: hay que inflarse a tomar lexatines y las ojeras, la verdad, no me favorecen mucho. Uff, qué dudas tan existenciales.

jueves, marzo 23, 2006

Manda huevos

Kashba, nuestra amada tortuga, procede de las arenas del desierto africano. Al principio le costó adaptarse: el parquet era demasiado fino para ella. Aunque, en verano, descubrió los placeres ocultos de la sierra madrileña. Pisó la tierra y lo decidió: a mí no me mueven de este paraíso. Su temporada estival fue fastuosa. Los manjares aparecían por doquier: hormigas, mariquitas, tomates... Un lujo. Empezó a empeorar el tiempo y se temió lo peor. Lloraba pensando que tenía que volver al apartamento de sus dueños. Rápidamente se puso a escarbar e hizo un enorme agujero, se tiró a él y se cubrió con la arena a duras penas. La busqué con desesperación, removí todas las plantas, miré en el chiscón, inspeccioné entre los periquitos, pero no la encontré. Traumatizada volví a Madrid. "Bueno, seguro que el próximo fin de semana la localizo", pensé. Craso error. Aquella semana nevó y no hubo manera de encontrarla. "Pobre animalito", sollozaba yo en mi interior. Volví pasado el invierno y apareció ante mí como una visión. Estaba bien hermosa, lustrosa y su tamaño se había duplicado. Desde entonces la dejé vivir independiente, a su aire, en el jardín de Guadarrama y con la supervisión de mi vecina Clarita que cada vez que pasa por nuestra casa lanza a través del muro unas hojas de lechuga, tomates, fresas o cualquier otra fruta de temporada. Además, pasado un tiempo, la tortuga descubrió el sabor de las criadillas y se hizo adicta. Kaos, el bull-terrier de mi madre, tiene pánico al jardín. Antes le enloquecía tumbarse panza arriba. Pero un día sintió un bocado en los cojones. El perro, aterrorizado, se puso a ladrar. Miró a sus testículos y casi lloró de dolor: la tortuga le había pegado un buen mordisco en su don más preciado. Lucas, el gato, aprendió la lección y al igual que Kaos decidió no volver a tumbarse en el jardín (!y eso que sus cojones son meramentes ilustrativos, está capado).
Así que, pese a Darwin, la tortuga domina al perro, al gato e incluso a los humanos que siempre tenemos que salir calzados para que no devore nuestros pies.

Espionaje octogenario



Siempre que suena el teléfono a altas horas de la madrugada, me da un vuelco el corazón. La otra noche, a la una, sonó el dichoso aparatito. Pegué un brinco y entre taquicardia y taquicardia me acerqué el auricular a la oreja, era mi abuela.
-Abuela, ¿qué ocurre?, ¿qué te ha pasado?
-Nada, no te alarmes.
-Pero como quieres que no me alarme, !es la una de la mañana!
-Huy, perdona, no pensé que fuera tan tarde. Emma, te llamo porque estoy muy preocupada.
-¿Te encuentras mal?
-No, no, estoy bien, pero no puedo dormir. Ya sabes que desde hace un año vive en el piso de al lado un testigo protegido.
-Sí, por eso hay policía en la portería. ¿Y?
-Pues no te lo vas a creer, desde hace unos meses a eso de las doce de la noche se escucha un pitido en casa. Al principio no le di importancia, pero esta tarde he quedado con mis amigas y al relatarles mi historia me han sugerido que tal vez me hayan instalado un micrófono secreto o un detector de movimiento en casa.
-Pero abuela...
-No, escucha. Ha podido ser la policía o los terroristas, no sé. Tampoco te quiero contar todos los detalles. Puede que me hayan intervenido el teléfono y ya sabes que yo no me entero con el móvil.
-Abuela, ¿seguro que no es la tele, algún reloj o algún despertador?
-!Pero tú te crees que soy tonta! Llevo con insomnio más de un mes, he revisado todos los aparatos de casa y no he encontrado nada. Emma, no le digas nada a tu madre, pero estoy desesperada.
-Está bien. Éstate tranquila, mañana me paso por tu casa y si encuentro algo raro llamamos a la policía. Ahora duerme tranquila.
-Siento haberte llamado a estas horas, pero entiende mi preocupación.
-Sí, tú tranquila. Hasta mañana.
Colgué el teléfono.
-¿Quién era?- preguntó Juan Fran con voz somnolienta.
-Mi abuela.
-¿Qué ocurre?
-Nada, que tiene micrófonos ocultos en su casa.
-Anda, no me tomes el pelo. ¿Se encuentra bien?
-En serio- contesté con mi risa nerviosa -está convencida de que le han instalado micrófonos en casa.
Al día siguiente, mi hermano Roberto ejerció de detective. Rastreó toda la casa en busca de las pruebas del delito. Las encontró: un pequeño reloj estaba escondido detrás de la tele. A la doce tenía conectado el despertador.

miércoles, marzo 22, 2006

Día del padre, día de horrores

Los niños saltaron a la cama con todos los regalos que le habían preparado en el colegio. El felicitado abrió los paquetes con delicadeza: un reloj de papel ("Papá, marca las "oras""); una felicitación en inglés que ni siquiera Diego era capaz de traducir; un bote de yogur de cristal cubierto con plastilina y adornado con unas cuantas lentejas y unos granos de arroz ("para el lapi, papá, lapi", gritó el peque desesperado).
-Menos mal que me compré la cámara digital. Estos regalitos van directos a la estantería de los horrores-. Lo dijo sin darse cuenta, pensando que no le iba a oír. Pero se equivocó. Mi cólera subió desde los pies hasta la cabeza. Abrí la boca y en ese preciso instante un grito incontrolable inundó toda la habitación. Era como si la niña del exorcista hablase a través de mí: "!Será posible!, !qué poca sensibilidad! Los niños llevan toda la semana haciendo los regalos. Eres la leche, cada día me encabronas más. Además, los regalos son divinos".
Su risa apagó mis gritos.
-Vale, los niños se lo han currado mucho. Lo acepto. Pero no me digas que son divinos porque, ahora que no nos escuchan, son horribles. Si te parece me llevo el botecito al periódico para poner los lápices y que todo el mundo admire la reliquia.
-Sin comentarios, amor, sin comentarios.

martes, marzo 21, 2006

Puente de marzo



Mientras visitaba las exposiciones de París, soñaba con su fantástico puente de marzo. Según llegara a Madrid se iría a la sierra donde estaba seguro de que su suegra y la bisabuela iban a cuidar de sus terremotos. Cenas bajo la luz de las velas con su mujer, tiempo para la lectura, paseos entre los árboles... Pero su felicidad se vio truncada por la dichosa lluvia.
Desembarcó en casa con su maleta. Al entrar un ruido atronador estalló en sus oídos. Cuatro niños corrían por su salón. Dos eran conocidos, sus hijos, pero los otros dos eran unos auténticos desconocidos.
-Hola, cielo, ¿qué tal tu viaje en París?- preguntó su mujer con una sonrisa que él no entendía.
-Bien. Y esto.
-Esto son dos amigos del colegio de Diego. No sufras, ahora vienen a por ellos.
-Pero no nos íbamos a Guadarrama.
-Uff, con este tiempo yo no me voy ni loca. Pero no te preocupes, ya he organizado el fin de semana y nos lo vamos a pasar genial.
-Hum.- musitó mientras su cuerpo empezaba a temblar temiéndose lo peor.
Así fue. Toda la familia se lo pasó genial, menos él.
Al cabo de un rato, los invasores abandonaron su salón.
Se tumbó agotado sin atreverse a preguntar cuáles eran los fantásticos planes de los próximos días.
El sábado, comida en un restaurante americano por elección de los niños.
-No es por nada, pero yo preferiría ir a un italiano.- dijo disimuladamente a su mujer.
-!Qué tontería! Pobrecitos. Los niños están como locos por ver al payaso. Hijo, eres peor que un bebé- contestó su mujer con morro retorcido.
-Vale, lo que tú digas.
Después del gran "ágape", se durmió la siesta. En sus sueños escuchó el timbre. María, la prima de su mujer, sus dos hijos y su marido venían a merendar a casa.
Bajó a regañadientes la escalera. Víctor, el marido de María, y él se cruzaron la mirada. No hacía falta que hablaran. Sus pensamientos eran los mismos: "Qué pesadas son nuestras mujeres. Hoy hay partido de fútbol, pero a ellas les da igual. Nos tienen dominados. Intentaremos aguantar el estrés infantil". Las queridas primas hablaban y reían. Ellos se pusieron las caretas y aguantaron el tipo.
Los pequeños subían y bajaban por las escaleras, gritaban, tiraban los juguetes. De vez en cuando se oía el llanto de alguno (difícil averiguar quién había sido).
Juan Fran y Víctor se sentaron e intentaron fundirse con el sofá, pero no lo consiguieron.
Después de la merienda, vino el baño de los cuatros enanos y, por último, la cena. Los mariditos hicieron amago de ver el fútbol, de dar por finalizada la velada, pero no hubo manera.
Perplejos, miraban como María y Emma se reían y disfrutaban con tanto caos. Aturdidos se miraban y mostraban su incomprensión.
A las diez y media de la noche finalizó la sesión.
Por lo menos tendré sexo, pensó al meterse en la cama. Se equivocó.
-Ay, no seas pesado. Estoy cansada, ahora no me apetece. Levántate, Álvaro está llorando.
El pequeño de dos años, lloraba desconsoladamente. Arrastró sus zapatillas hasta la habitación.
-Álvaro, qué te ocurre.
El pequeño le miró y lloró más.
-Papá, tonto. Papá, tonto.
-Cojonudo. Esto es el remate.
Volvió a su habitación y se acurrucó en la cama.
-Vete tú, a mí mi hijo no me quiere.
-!Qué exagerado que eres! Ya voy yo.

A la mañana siguiente llamó a Víctor para ver si había logrado ver el partido. Su situación era más crítica: Vitín, su peque de año y medio, había estado toda la noche vomitando. Estaba harto, desesperado de las primas Peña.
-Juan Fran, estas tías son un tormento. !Y encima quieren tener el tercer hijo! Yo antes me la corto.
-Estoy contigo. Tenemos que unirnos en esta cruenta batalla. Yo así no llego a los cincuenta.
Juan Fran suspiró y cogió energías. Las necesitaba. Era el día del padre y tenía comida en casa de su suegra con sus cuñados y !con más niños!