sábado, julio 29, 2006

Maullidos en la noche

La calma estaba presente en la residencia estival. Los pequeños jugaban en el jardín, Pepe se esforzaba con un solitario mientras yo leía "La catedral del mar". Alonso llegó y le sorprendió tanto silencio.
-Pero bueno, ¿qué ocurre hoy aquí? Nadie grita- expresó con admiración.
-Nada- contesté con tono bajo- hoy es el día de relax.
Alonso se acercó una silla y se sentó relajadamente. Al cabo de unos minutos, me miró con cara de espanto.
-Emma, ¿dónde está Lucas?
-No sé, estará dormido en nuestro cuarto.
-Me extraña mucho. Esta mañana le he puesto la comida y no se ha tomado nada.
De un bote se levantó y recorrió todas las habitaciones, armarios y cualquier escondite posible.
-¡No está Lucas!- gritó Alonso- ¡No lo encuentro por ningún sitio! ¿Lo habéis visto hoy?
-Yo no- constesté aterrada.
-Yo tampoco- dijo Pepe dando un brinco de la silla y revisando de nuevo la casa.
-"Noetaluca, noetaluca"- balbuceó Álvaro desde su triciclo.
-Seguro que se ha subido a la parra; de ahí, al muro; luego, a la calle...- comenzó a argumentar Diego, que aspira a ser guionista de cine.
-Diego, calla- susurré a su oído- Como le haya pasado algo a Lucas a tu padre le da un ataque de nervios.
Para ser sincera debo aclarar que Alonso padecía todos los síntomas de un ataque de nervios, pero al estilo castellano: sudor frío, lividez en la cara, malhumor generalizado... Preso de la ira recorrió el jardín a grandes zancadas y salió en busca de Lucas. Miró por todos los tejados, cruzó a la urbanización de enfrente, abrió una lata de delicioso paté de salmón y la agitó con la esperanza de que Lucas volviera, pero no fue así.
El nerviosismo iba en aumento. Pepe cogió a Kaos, pensando que era un perro rastreador, y se unió a la búsqueda. Diego y Álvaro me acompañaron en pijama por el pueblo y preguntaban a todo el mundo. "Por favor, ¿han visto un gato parecido a un tigre por aquí?", interrogaban a cada transeúnte con cara de preocupación. Pero la respuesta siempre era la misma: "No, niños, lo siento". Después de una hora volví a casa y acosté a los peques.
-Venga, dormiros rápido y no déis la lata. Papá está muy triste- rogué aterrada por el estado anímico de Juan Fran.
Un grito de euforia y alegría se oyó desde la calle.
-¡Lo hemos encontrado!, ¡Lucas está vivo!- vociferó Pepe con gran emoción.
Los niños saltaron de la cama y corrieron a ver a su mascota. Alonso, emocionado, dejó escapar una pequeña lágrima mientras explicaba a los niños la aventura de su gran amor.
-Anoche Lucas salió a la calle en busca de un ratón o una linda gatita, cruzó la carretera y disfrutó de la noche guadarrameña. Sin embargo, esta mañana había tal multitud de coches que no se atrevió a cruzar. Asustado, se metió debajo de un coche y allí ha estado hasta que Pepe lo ha encontrado. Pobre Lucas, está muerto de miedo.
En ese instante, mi madre entró en casa angustiada. Javier y Do, nuestros vecinos, le habían relatado la desaparición del gato y supuso que Juan Fran estaría en estado comatoso.
-Mamá, tranquila, la operación rescate ha llegado a buen puerto.- expliqué con media sonrisa en la boca.- Y Alonso ha superado las taquicardias.
-Estoy agotado de tanto estrés- musitó Alonso desde su depresión.
-No me extraña, papá- argumentó Diego- Desde que estamos aquí llevamos dos perdidas: la de Lucas y la mía.
Alonso miró con cara de cansancio, cogió a Lucas y se fueron los dos a su nido de amor.
-Emma, esta noche tu marido te va a ser infiel con el gato- dijo mi madre.
-Lo sé, mamá, pero no me importa. Imagínate qué drama si a Lucas le llega a pasar algo...

sábado, julio 22, 2006

"El peor día de su vida"

Todavía me tiembla el cuerpo. El susto de esta tarde me ha dejado baldada, sin energías. Dejaré la intriga para otro día y os relataré mi terrorífica historia detalle a detalle.
El paseo de la tarde es otro de nuestro clásicos de verano. Diego arranca con su bici, Alonso es arrastrado por Kaos y yo empujo la silla de Álvaro. El trayecto es de unos cuatro o cinco kilómetros por parajes guadarrameños que varían según la estación del año. Abandonamos la civilización y nos perdemos entre distintos árboles, admiramos vacas, caballos y gozamos respirando aire puro.
Diego avanza a gran velocidad y al cabo de unos segundos retrocede para que veamos dónde está. Sin embargo, esta tarde pasaba el tiempo y Diego no aparecía.
-¿Emma, se puede saber dónde está Diego?- preguntó Juan Fran con preocupación en la cara.
-No sé, tal vez haya hecho la gracia del otro día y nos esté esperando en el río. Me va a oír. Después del castigo de la semana pasada no creo que se atreva a repetir la idea- contesté mientras acelerábamos el paso.
A mitad de camino, un chico se cruzó por el camino.
-Hola. Por favor, me puedes decir si has visto delante a un niño en bicicleta.- interrogué con premura.
-Sí, he visto a un niño que iba con otro chico más mayor.
Mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza y agilizamos aún más el paso.
Llegamos hasta el río (parada habitual) y Diego no estaba allí.
-Yo le mato- bufaba Juan Fran.
-Desde luego, se va a enterar. Que se olvide de la bici, de la tele...- apoyé a mi marido.
La preocupación iba en aumento y nuestras mentes imaginaban auténticas pesadillas.
Desesperada empecé a gritar. "¡¡¡Diego!!!, ¡¡¡Diego!!!" y Álvaro me imitaba asustado "¡¡¡Yeye, Yeye!!!". Pero Diego no aparecía.
Sofocados llegamos al pueblo, los gritos aumentaron y la desesperación se multiplicó.
Corrimos hacía casa para comprobar si estaba allí y, en caso contrario, movilizar a todo el vecindario.
Al girar por nuestra calle, un coche de policía nos estaba esperando. Las palpitaciones desbocaron mi corazón y las lágrimas se desbordaron.
-Buenas tardes. Estén tranquilos. El niño está bien- comentó uno de los policías al ver nuestras caras desencajadas.
-¿Qué ha pasado?- preguntó Juan Fran.
-El pequeño se ha perdido y estaba llorando cerca del vivero. Una señora le ha visto y nos ha llamado para que acudiésemos a socorrerle.
Entré como una loca en casa y abracé a mi hijo que no paraba de llorar y temblar por el miedo que había pasado.
-Mamá, lo siento. He subido hasta una rotonda y al bajar ya no estábais. Qué miedo he pasado. Perdóname. Además, lo peor, es que estaba anocheciendo y pensé que me iba a quedar sin vosotros.
Alonso, tras dar sus datos a la policía, se acercó a abrazar a Diego.
-Cielo, nunca más te vuelvas a separar de nosotros. No te puedes imaginar el susto que nos ha dado.- susurró a su oído.
-No, papá.- contestó entre pucheros- Nunca más. Ha sido el peor día de mi vida.
Después de una hora, controlamos las lágrimas y la angustia. Pedimos unas pizzas y vimos una película con los retoños. Antes de dormir, Diego, que era el protagonista del día, se acercó emocionado.
-¡Se me ha caído un diente!- gritó alborozado y con un sonrisa desdentada de oreja a oreja.- ¡Seguro que después del susto de hoy, el ratón Pérez me trae un súper regalo!
Alonso sonrió, acostó a los niños y abrió una botella de vino para apagar nuestros nervios.

jueves, julio 20, 2006

Un día cualquiera en la residencia estival

Lunes. Los peques no tienen campamento y el tiempo no permite ir a la piscina. Algo hay que hacer. Por fin, me funciona la neurona. Meto a toda la tropa infantil (incluyo a mi marido) en el coche y nos vamos a El Escorial, al centro de naturaleza "Cañada Real". Durante todo el trayecto fueron boquiabiertos admirando lobos,lechuzas, tortugas, jabalíes... Una maravilla. Pensé que con la caminata estarían agotados, pero me equivoqué, así que puse de nuevo la neurona en funcionamiento y nos fuimos al cine a ver "Cars".
-Emma, ¿pero va a venir Álvaro al cine?- me interrogó Alonso.
-Claro, a él le encanta- contesté estilo madre coraje.
-Bueno, pues si se porta mal tú te encargas de él.
-Alonso, qué pesadito eres.
-¡Mamá, cine, mamá, cine!- gritó Álvaro desesperado.
Por una vez, Alonso tuvo razón. Ellos disfrutaron de la película y yo corrí como una loca detrás de Álvaro. Los argumentos del renacuajo fueron de lo más variado: "mamá, pis" (1ª salida), "mamá, chupachups" (2ª salida), "mamá, más pis" (3ª salida)...
Cuando llegamos a casa no podía con mi cansancio y supuse que ellos estarían igual. Me equivoqué.
A las once de la noche estalló la 3ª Guerra Mundial. Cuatro bandos competían en la batalla.
Mi madre, Alonso y yo, en el salón viendo CSI.
Pepe, en la cocina abducido por el nuevo reality de Antena 3.
Los peques, saliendo y entrando de su cuarto porque no querían dormir.
Y mi abuela, que venía de su paseo guadarrameño, desesperada porque quería ver "Mira quién baila".
-Pepe, vete al cuarto de tu madre que quiero ver mi programa- argumentó mi abuela.
-Jo, abuela, paso- dijo Pepe bruscamente.
-Pepe no me deja ver la tele...- balbuceó mi abuela en el salón.
-¡Pepe, deja a la abuela ver la tele!- grité.
-¡Menuda mierda! Estoy harto de todos vosotros- vociferó Pepe y se subió con la coca-cola.
-¡¡Hola!! No quiero dormir- dijo Álvaro con su sonrisa seductora.
-¡Yo tampoco!- comentó Diego.
-¡Los dos a dormir!- gritó Juan Fran- La próxima vez que me levante os encierro en el chiscón.
-Mamá, baja tu televisión, está altísima- rugió mi madre.
Mi abuela se levantó y cerró bruscamente la puerta de la cocina.
CATAPLOPLOFPLOP se escuchó en la parte superior de la casa.
-¡Pepe!, ¿qué has hecho?- vociferó mi madre.
-Se me ha caído la coca-cola.
-Recógelo ahora mismo. Eres un manazas.
-Si la abuela no me hubiera echado de la cocina...
Pepe bajó todo enfadado y subió la escoba, el recogedor y la fregona.
-¡No queremos dormir!- repitieron insistentemente los niños.
Mi abuela asomó la cabeza por la puerta.
-Por cierto, me parece un encanto Rosa la de España. Baila muy bien y tiene un novio....
-¡Abuela, que estamos viendo nuestra serie!- rugimos al unísono el bando primero.
El intermedio nos dio un respiro.
Mi madre subió a inspeccionar su cuarto y volvieron los gritos.
-¡Pepe! Tú te crees que estas son formas de limpiar el suelo. Por Dios, se me pegan los pies. Anda, súbeme el friegasuelos.
-Mamá, estoy harto. El año que viene me independizo.
-Pues como no aprendas a limpiar más que una casa vas a tener una pocilga...
Álvaro y Diego volvieron a aparecer por el salón, mi abuela aprovechó el movimiento para venir a vernos y contarnos quién había ganado en su concurso, Pepe gritó porque no encontraba la lejía, mi madre bufó mientras barría el suelo, Juan Fran persiguió a los niños... Y yo, atónita, intentaba descubrir quién había asesinado al croupier de CSI.
Mi familia, mi adorada familia.

jueves, julio 13, 2006

La nevera

Lo de llevar vida de rica y trasladarse a la residencia estival es un poco agotador. Sobre todo por culpa de la Dirección General de Tráfico y el puñetero carnet por puntos. El año pasado por estas fechas amenizaba mis desplazamientos con distintos cambios de marcha, cautos adelantamientos y tardaba una media hora. En cambio este año tardo cuarenta y cinco minutos y estoy obsesionada con el cuentakilómetros, que está empeñado en superar los 120 km/h. Agotadita me tiene este estrés.
Ayer, llegué a Guadarrama tensionada por la conducción y me topé con mi madre que venía de Mercadona (otro gran vicio para ventilar la VISA).
-Mamá, espera que te ayudo.
-Hija, menos mal que has llegado.
Depositamos todas las bolsas en la cocina y nos dispusimos a colocar la compra.
-Mamá, déjame que coloque yo la nevera, que soy más organizada.
-Ya ha tenido que hablar la perfecta. ¡Qué pesadita eres! Venga, pues coloca tú.
-Dame la leche.
-Toma.
Deposité el tetra-brik en la puerta y (¡CATAPLOFPLOFPLOF!)un sonido aterrador estremeció toda la cocina.
Lívida miré el espectáculo.

-¿Qué ha pasado?- gritó mi madre.
-¿Qué ocurre?- vociferó el género masculino que estaba recostado en el salón (vagueando que es lo que mejor hacen).
-Se ha caído la puerta de la nevera- contesté pálida y asustada.
-Pero, ¿qué has hecho?- interrogó mi madre.
-Nada, he puesto la leche y se ha caído la puerta.
-¡Niños, salid de aquí, hay cristales en el suelo!- ordenó mi madre.
-Mira, la perfecta ha roto la nevera- dijo sarcásticamente el neuronas.
-Pepe, calla y trae la escoba y la fregona- grité indignada.
El estropicio era enorme: la frasca de agua estalló, la sangría se desparramó, la leche inundó la cocina... Por suerte, aún no había colocado los huevos.
Limpiamos todo, con cinta americana sujeté a duras penas la puerta y escribí un cartel prohibiendo a toda la tropa abrir la nevera.
Al cabo de un rato, el neuronas escribió otra nota: "La perfecta a roto la nevera". Lo leí y mis gritos se oyeron por todo Guadarrama. Mi madre, con taquicardias después de tantos acontecimientos, se acercó presa de intriga.
-¿Qué ocurre, Emma?
-Mamá, lee la nota.
-¡Qué gracioso!
-¿Cómo que qué gracioso?
-Hija, Diego lo ha escrito mal, pero tiene gracia.
-Mamá, el problema es que lo ha escrito Pepe.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Pepeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!!!!- aulló mi madre -Esto es imperdonable. Ahora mismo me voy a la librería y te compro un libro de dictados.

martes, julio 11, 2006

La barbacoa, la barbacoa


La barbacoa que organizan Mayte y David es otro de mis clásicos del verano. Este año el lugar del evento ha sido el pantano de la Jarosa, en Guadarrama. Como experta en la zona, mi misión fue elaborar un plano para que todo el mundo llegara sin perderse. Me estresé un poco, pero como soy una gran profesional (me tengo que piropear un poco ya que mi jefe no me elogia, je, je. ¿Será porque le demandé?...)cogí mi cámara he hice fotos de todo el recorrido. Un éxito. Todos llegaron sin extraviarse.
El poder de convocatoria fue enorme y el plano, en comparación con la súper comida, fue anecdótico. Al llegar soltamos a todas las fieras (unos quince niños) y nos dedicamos a refrescar el calor, a cotorrear y a zampar de lo lindo. Mientras, los niños trepaban por las rocas, corrían detrás de los balones y, de vez en cuando, nos pedían agua para no deshidratarse.
Después de comer un par de incautos llenaron globos de agua y entretuvieron a los pequeños, que por supuesto ya estaban en bañador. De pronto, nos sentimos como si nos invadieran las tropas de Estados Unidos lideradas por Rambo: todos los niños estaban camuflados bajo grandes cantidades de barro y sudor. Vamos, una guarrada. Impasibles admiramos el panorama. "Cuando lleguemos a casa los metemos en la lavadora", comentó Blanca. "Eso como mínimo. Estoy por tirarlos al pantano y a ver si así podemos identificar cuáles son nuestros hijos", contesté perpleja.

lunes, julio 10, 2006

Temporada estival

No hay rico que se precie que no tenga su casita estival. Así que hace una semana llené el coche de maletas, familia y animales y desembarcamos en la villa "Os´toxos". El primer día fue agotador, sobre todo porque tuve que hacer acopio de grandes cantidades de alimentos para nutrir a toda la tropa. Tras cuatro días de relax, se produjo al invasión de Normandía y turbaron mi tranquilidad. Al frente, la generala (mi madre) y como refuerzo la sargenta mayor (mi abuela), un cabo de primera (el neuronas de mi hermano Pepe) y la mascota de la brigada, el fiero y temible Kaos (sí, el de las criadillas que tanto ama la tortuga).
Tanta gente en la mansión requiere un orden y una displina súper estricta. La organización de los menores y el neuronas está solucionada. Los pequeñajos agotan las energías por la mañana en el campamento de verano y Pepe como premio por su gran esfuerzo en el colegio se ha apuntado por iniciativa propia (je, je) a la academia y, por la tarde, viene un profesor particular para intentar reactivar su neurona matemática. La veterana de la familia, mi abuela cuasi nonagenaria, llena su tiempo entre su misa, su ABC, su café y sus croquetas con sus amigas en la cafetería Jamaica y, antes de dormir, su dosis de "Salsa Rosa", "Corazón de verano" o cualquier programa que sacie su curiosidad sobre el mundo rosa.
Alonso sigue cosechando puntos para el cielo y aguanta estoicamente a mi neurótica familia (veis como sí que le quiero y de vez en cuando le piropeo). Mi madre mantiene su fidelidad al trabajo (¡qué sería de Pozuelo sin ella!). Y yo, que rozo la perfección, ordeno y mando ¡que me encanta! Desde la sierra os seguiré informando fielmente o histéricamente.

viernes, junio 30, 2006

Antz

Hace más de dos años, sentada en el escritorio de casa a la hora de inspiración literaria, es decir, a las dos y media de la mañana, sentí un leve cosquilleo por los dedos de los pies. Di un manotazo y maté al mosquito invasor. Al cabo de tres minutos, percibí de nuevo el cosquilleo, pero esta vez multiplicado por diez. Brinqué de la silla y aterrada vi como mis pies estaban ocultos bajo una multitud de hormigas voladoras. Grité como una histérica (lo que soy, lo reconozco) y subí dando saltos hasta mi cuarto. Alonso dormía, me abalancé sobre él y seguí gritando.
-¿Qué ocurre?- dijo con voz somnolienta.
-¡¡Juan Fran, el cuarto de estar está invadido de hormigas voladoras!!- exclamé.
-Emma, son las tres de la mañana. Déjame dormir. No pienso bajar por una hormiga.
-¡Pero es que son cientos de hormigas! Y dentro de dos días es el bautizo de Álvaro y va a venir toda la familia a casa y...
-Tú siempre tan histérica. Anda, duérmete, que ya es hora.
Le miré con cara de odio y despotriqué de lo lindo, pero él ni se inmutó. Así que me metí en la cama y dejé encendido el cuarto de estar, el ordenador y la televisión (¡no iba a bajar yo sola a enfrentarme con la invasión hormiga voladora).
A la mañana siguiente me desperté con un grito Alonso.
-¡¡¡Emma!!!- vociferó desde la planta baja.
Abrí un ojo.
-Alonso, ya sé que me dejé todo encendido. Lo siento, pero no me atreví a bajar sola con la invasión.
-No es eso, Emma. Baja, por favor.
Me arrastré por la escalera y al ver su cara lívida me espabilé de golpe.
-¿Qué ocurre?- pregunté intrigada.
-No soy capaz de describirlo- susurró Alonso.
Bajé y casi me desmayo. Las hormigas se habían multiplicado y cubrían el dintel de la puerta, la alfombra y la mitad del ordenador.
-Ahhh!!!- grité como una loca- ¡¡Mátalas, mátalas. Ves como no soy una histérica. Dios mío, esto es una invasión. Se van a comer la casa!!
Alonso, con una frialdad pasmosa, se vistió rápidamente.
-Ahora vuelvo, no bajéis al cuarto de estar- ordenó mientras cerraba la puerta.
-No pensaba, Alonso, no pensaba.
Al cabo de un rato, apareció con un matainsectos profesional y bombardeó toda la casa.
El bautizo fue perfecto y nadie se percató de la matanza que se había vivido dos días antes en la calle Olimpo.
Sin embargo el trauma aún sigue en mí.
-Mamá, hormiga- dijo Álvaro al llegar del cole.
-¿Dónde hay hormigas?- le interrogué con palpitaciones aceleradas de corazón.
-Yo, hormiga- contestó dándome un papel- en la fiesta del cole.
-¿Y no puedes ir de mariposa?
-Hormiga, mamá, hormiga- vociferó indignado.
Y fue de hormiga. Y fue la hormiga más bonita que he visto en mi vida. Y yo sí que puedo comparar.

viernes, junio 23, 2006

Robo, móvil y otras historias que contar

Día de estrés. A primera de hora de la mañana me manda Alonso un escueto mensaje: "Esta noche han robado a Escuer". Presa de intriga y preocupación le llamo rápidamente.
-Escuer, ¿qué ha sucedido?
-Nos han robado. Esta noche me he despertado a las cinco de la mañana con el piar de los pájaros. Al ir al baño me he percatado de que la luz de la escalera estaba encendida. Extrañado, me he acercado y de pronto he oído unos gritos. "Policía local, no se asuste. ¿Están todos bien?". Imagínate qué susto. Las legañas se me han caído de golpe. "Señor, acaban de robar en su casa. En breves momentos llegara la policía científica para comprobar si hay huellas. Por favor, certifique qué le han sustraído".
-¡Qué miedo!
-Sí, ha sido un buen susto. He corrido a la habitación, he despertado a Montse y casi me da algo al ver que los chorizos habían abierto los cajones de las mesillas, del armario. Vamos, que se habían paseado tranquilamente por el cuarto mientras nosotros dormíamos.
-¿Os han robado muchas cosas?
-Más que cosas, dinero. Ayer traje a casa el dinero para el viaje a Estados Unidos y se lo han llevado. Si no han sustraído la tele de plasma y demás artilugios electrónicos es porque les ha pillado la policía, aunque han huido en un súper BMW y no los han podido alcanzar.
-¡Menuda putada, Escuer! Si necesitáis cualquier cosa contad con nosotros. Un besazo para los dos e intentad tranquilizarlos.
A media tarde llamé como siempre a casa para ver cómo estaban los niños. Nadie cogía el teléfono, así que lo intenté de nuevo con el móvil de Ana.

-¡Hola, mamá!- gritó Diego -estamos en la piscina. Hace un calor horrible.
-Perfecto, cielo- contesté -Anda, pásale a Ana el télefono.
Pero la conversación se cortó. No, no es que me colgaran, es que al gracioso de mi hijo se le había caído el móvil a la piscina.
La mala leche y el ataque de nervios se estaba apoderando de mí. ¡Qué día!
Me acerqué a la sección de Juan Fran.
-Alonso, a Diego se le ha caído el móvil de Ana a la piscina. Tendremos que comprarle otro- susurré con tierna voz.
-Estoy harto. Cinturón y móvil.
-¿Qué dices?
-Que tu amado hijo ha roto en menos de tres meses el cinturón del coche y un móvil. Esta noche le abro la hucha y pago todos sus desperfectos.
Sigilosamente volví a mi sitio de trabajo.
-Emma- me sugirió Patricia al ver mi desesperación- desmonta el móvil se sécalo con el aire frío de un secador. Hay veces que funciona.
La miré un poco extrañada y agradecí su sugerencia.
Al llegar a casa, abrí las tripas del móvil y les di con el secador. Seguía sin funcionar. Diego me miraba atemorizado.
-Mamá, lo he hecho sin querer- musitó desde el fondo de la piscina.
-Ya me imagino, bonito. Pero es que no hay día que no hagas alguna trastada...
Le di a Ana mi móvil y empecé con la rutina: baños, cena y a la cama.
Durante más de una hora mis desesperantes retoños subieron y bajaron la escalera alegando que no tenían sueño, que querían agua, que les tapara, que les leyera otro cuento, que les diera un beso, que les diera un beso su padre, que ahora un abrazo, que tenían de nuevo sed, que...
-¡¡¡¡A dormir!!!!- grité como una loca- Como os vea de nuevo salir de la habitación os llevo a dormir al colegio. Os la estáis jugando.
A las once, cayeron agotados. Alonso estaba a punto de explotar.
-Qué pesados. Ya ni siquiera puedo ver mi serie. Hoy están para empaquetarlos y mandarlos unos días fuera.
No puede rebatir sus palabras.
A las doce, Diego apareció en el cuarto de estar.
-Mamá, me he despertado y no puedo dormir.
Ganó la batalla.
-Anda, túmbate aquí conmigo hasta que te venga el sueño.- comenté con dulce voz.
A la una, todos estaban dormidos.
Mañana será otro día... Y el móvil funcionó.

sábado, junio 17, 2006

Mañana de desmayos



"Chico", el perro de mi tía, la despertó con sus lametones. No aguantaba más, tenía que dar su paseo matutino. Ángeles se calzó sus zapatillas de deportes, se puso la camiseta y los pantalones y salió a regañadientes a la calle. Como todas las mañanas la efervescencia del día aún no había comenzado. Sin embargo, al girar por la calle Vallehermoso, detectó movimientos inusuales. Distintos furgones con distintas siglas invadían la calle. SALUR, SAMUR, ambulancias, policía y bomberos abarcaban la acera. Mi tía, atónita, se despejó de golpe.
-¿Qué ocurre?- preguntó Ángeles a un transeúnte que pasaba por su lado.
-¿No se ha enterado?- contestó.
-No, acabo de salir.
-Resulta que en ese edificio ha habido un escape de gas. Nadie se había dado cuenta, hasta que la gente que pasaba por la calle se ha empezado a desmayar. Por ahora, van siete inconscientes, así que yo que usted pasearía al perrito por otro lado.
-Claro, claro.- comentó mi tía con gran ataque de risa. Miró al perro y le susurró al oído: "Chico, date prisa en hacer tus necesidades o te suelto por la calle Vallehermoso". El perro en cuestión de dos minutos desahogó su vegiga y ladró como un loco por volver a casa.

miércoles, junio 14, 2006

Dopada

Me voy a tomar un lexatín. Aún me queda alguno y creo que éste es un buen momento. Mis oídos escuchan unas palabras que me van a volver loca. Alonso no sabe que estoy en casa, ni sabe que le estoy oyendo. No sé con quién habla, pero sus frases le delatan.
-Sí, hacía tiempo que no disfrutaba tanto- susurra al auricular.
-...
-Ha sido impresionante. No recuerdo algo así desde hace muchos años.
-...
-¡Qué excitación!
-...
-Me he vuelto loco con esos toques.
Decidido, me tomo el lexatín para ver si dejo de notar el dolor de los cuernos.
-Sí, yo también espero que se repita.
-...
-La próxima vez superamos los cuatro o reviento.
¡Qué fuerte! Me va a dar un ataque de histeria. ¡Dios mío, qué va a ser de mi vida! Pues Alonso se va enterar. Ahora mismo le tiro la ropa por la ventana y que se olvide del chalet, de los niños, del gato y vaya preparando la cartera para pagarme una cuantiosa pensión. Tengo que llamar a mi abogado. ¿Dónde está el mechero para prenderle fuego a su ordenador, su cámara de fotos y demás artilugios? Mira que se lo he dicho mil veces: "Alonso cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor". Este tío se va a enterar. ¡Menudo cabrón con pintas!
-¿Y el niño?
-...
Que alguien me pare que le mato. Ahora entiendo que no quiera tener un tercero. ¡Claro, lo ha tenido con su amante! Localizado, ya tengo el mechero ahora sólo debo encontrar un poco de alcohol y organizo la cuarta guerra mundial. Mucho te quiero, muchos regalitos... Mentira, todo mentira. Tanto viajecito. Seguro que se va con la otra. Ay, a ver si la conozco. Yo le mato.
-Estoy desatado.
-...
-Creo que esta noche no voy a poder dormir.
Seguro que no, Alonso, ya me encargaré yo de que no duermas. De patitas en la calle, bonito.
-He comprado un fantástico vino de crianza para brindar.
-...
-Sí, claro que no pienso beberlo solo. Esperaré.
-...
Como encuentre la botella se la estampo en la cabeza.
-Claro, con Emma
-...
-Esta noche lo celebro por todo lo alto.
¡No me lo puedo creer! Piensa organizar un ménage à trois y quiere que yo participe. Más que matarle, le voy a torturar con calma y con dolor.
-El lunes, más.
-...
Ya, eso te lo crees tú. Esta noche pienso ver los mejores capítulos de CSI y el lunes nadie podrá localizarte. ¡Cerdo!
-¡Menudo subidón!
-...
¡Mierda! Se me ha caído el mechero.
-Espera, creo que ha llegado.
-...
-Sí, es ella.
Osea que me conoce.
-¡Emma!- grita mi ex-marido tapando el auricular- ¿Eres tú?
Menos mal, me está haciendo efecto el lexatín. Aún puedo actuar con cinismo.
-Sí- contesto un poco agilipollada y con dolor de cuernos.
-Baja, por favor (ahora me va a contar su infidelidad). Tu hermano quiere hablar contigo.
-¿Quién?- respondo aturdida.
-Tu hermano. Está tan emocionado como yo con el partido de España. Cuatro golazos a Ucrania y el Niño Torres se ha salido.
-Entonces no me has puesto los cuernos.
-Roberto- dice Juan Fran al auricular- Ahora te llama Emma. Creo que viene de celebrar el partido y se ha tomado una copita de más.
Aunque las piernas me temblaban y las lágrimas rodaban por mis mejillas, logré bajar al cuarto de estar.
-¿Qué te ocurre?- preguntó Alonso con cara de preocupación.
-Nada, cielo.
-Pero por qué lloras.
-Tonterías mías (cómo le iba a contar mi película fantástica).
-¿Qué decías de unos cuernos?
-No, te he preguntado que dónde has puesto los huevos. Es que quería hacer una tortilla y no los encuentro.
-Venga, tontorrona, anímate y vamos a celebrar la victoria de España.
-Pues va a ser que no. Me he tomado un lexatín y estoy dopada.
-¿Por qué te has tomado un lexatín?
-Desajuste hormonal.
-Vaya, has elegido un mal día... Yo que estaba dispuesto a ir a por el tercero... ¡Incluso a por el cuarto como España!
¡Mierda, mierda y más mierda! ¡Seré gilipollas! ¡Quién me manda a mí ver tantas películas y series que hacen flipar mi mente! Espero que el lunes España marque cinco goles.

lunes, junio 12, 2006

Mamma mia

Hay momentos en que me siento italiana y admiro muchas de sus tradiciones. Por ejemplo, me apasiona la Mafia. No debería confesarlo pero hay días que actuo como la matriarca del padrino. Oculta, muy oculta, tengo preparada una lista enumerada con las personas que deberá ejecutar mi asesino a sueldo. El primero es fácil de adivinar y el resto varía según el instante, mi ánimo o mi cabreo. La pasta (espaguetis, tallarines, macarrones...) también es mi perdición. Y, lo que más me enloquece, es el concepto FAMILIA (así, con mayúsculas). Este fin de semana he vivido esta sensación. El jardín de casa lo he convertido en un centro de ocio veraniego: tumbona ergonómica, sombrilla de dos por dos y, lo último, una súper piscina con depuradora (inestimable tu ayuda, papá) que es la locura de lo más pequeños . Fiel a mi orden, he colgado de manera artesanal varios percheros para dejar el sinfín de toallas y albornoces necesarios para socorrer el frío morado de los retoños. El sábado me sentí en la gloria. Bajo la sombrilla leía mi abuela el periódico, yo la acompañaba enganchada a mi coca-cola light (me faltaba el cigarrito, pero delante de mi abuela no fumo) y observaba el jolgorio infantil que me rodeaba: Diego chapoteaba como una serpiente en la piscina y Manuela y Álvaro jugaban y peleaban con los cubos, palas y cacharros de cocina. Un grito me sacó de mi estado de trance feliz.

-¡¡¡Emma!!!- gritó mi abuela- ¿dónde está Manuela?
Aturdida miré alrededor.
-!!Emma!!-volvió a vociferar mi abuela- ¿Quién es esa negra que juega con Álvaro?
La risa me invadió.

-Abuela, debajo de esa negrura está Manuela. La tapa el barro, pero ella no se ha movido de su sitio.
-Pues si que se ha puesto sucia...- comentó y volvió a sumergirse en su lectura de la hija de Capmany.
Despeloté a mi sobrina, la lavé en mi megapiscina y la vestí de nuevo como una princesa.
Al cabo de un rato, llegaron mis padres, Roberto y Virginia. Y viví otro instante FAMILIA.
A Alonso, como habréis comprobado, ni lo he nombrado. No, no está de viaje como es habitual en él, sino que hemos llegado a un pacto de no agresión. Durante este mes está liberado de toda responsabilidad y tiene la posibilidad (Mike, para que luego digas que soy mala con él) de ver todos los partidos del mundial que quiera.
Mi padre, emocionado por el pacto, se coló el domingo en casa. Aún no sé a ciencia cierta si estuvo porque entre la carrera de Fernando Alonso, la final de Roland Garros y no sé que partido no les vi el pelo en todo el día. Aunque según me confesó mi señor esposo, mi padre habitó todo el día en casa. Resumiendo: mi marido y mi padre son como las brujas gallegas, "haberlas haylas"... Incluso cuando no les ves.

jueves, junio 08, 2006

Complot familiar

Pasa el tiempo en un suspiro. El 3 de junio, nuestro once aniversario. La ocasión merecía una gran celebración (bueno, yo encuentro motivo para una fiesta hasta debajo de las piedras)y mi fin era claro.
Lo preparé todo con mucho mimo y organización. Llamé a mis suegros y con dulce voz les rogué que se trasladaran a casa para cuidar a los peques la noche del viernes y el sábado. A las nueve: niños cenados, duchados y dormidos. Era mi momento. Me metí en el baño y comencé la reconstrucción: mascarilla hidratante para la cara, mascarilla de pelo, alisado de melena con las puntas hacia fuera (esto me costó, ¡menuda carnicería me hizo el otro día la peluquera!, ¡con lo mono que tenía yo el pelo), base de maquillaje, rímel... Esos potingues de mujeres.
Por fin llegó Alonso y nos fuimos a un restaurante noruego del centro de Madrid, "Olsen". El bullicio de gente, el aire acondicionado a todo trapo y la música demasiado elevada no favorecían mis planes. Rauda y veloz pedí un buen vino y empezamos a beber y a reír. Después, unas cuantas copas y más risas. "De esta noche no pasa", pensaba yo en mi interior "esta noche, a por el tercero". Mi ilusión y emoción iban en aumento.
A las tres de la mañana, Alonso me susurró al oído:
-Emma, ¿nos vamos a casa?
-Claro, cielo, estoy como loca- constesté socarronamente al notar el brillo ebrio de sus ojos.
Al aparcar en el Olimpo me desmoroné y la líbido desapareció. Toda la casa estaba encendida.
-¡No puede ser!- masculló Alonso.
Pues sí pudo ser. Al abrir la puerta mi suegro se llevó las manos a la cabeza.
-Chicos, qué nochecita. Se ha despertado Álvaro y al ver que no estábais ha empezado a llorar.

Subí corriendo. Mi suegra agotada miraba desde la distancia a Álvaro, que no quería saber nada de ella. Diego, somnoliento, abrazaba a su hermanao y le consolaba.
-Álvaro, no llores, papá y mamá se han ido a trabajar. Ahora vuelven- le decía a su hermano tiernamente.
El pequeño al verme se abalanzó sobre mis brazos y en un segundo desaparecieron los lloros y empezó la juerga.
-Mamá, a dormir a tu cama- dijo con la sonrisa que me desmorona.
Alonso, mientras acurrucaba a Diego, me miró con cara de espanto.
-No, Álvaro, tienes que dormir en tu cama.- argumenté agotada.
-¡¡¡Nooo!!!!- gritó con pucheros y lágrimas.
-Jo, yo también quiero- comentó Diego apoyando la gran idea de su hermano.
Al final, mi aniversario, mi noche loca y apasionada, mi plan de engañar a mi marido e ir a por un tercero, terminó con todos los infantes en mi cama y mi señor marido en la habitación de los niños.
-Emma, los niños son cojonudos. ¿Verdad?- dijo Alonso con risa burlona.
-Tú siempre tan gracioso, Alonso.

martes, mayo 30, 2006

Síndrome del paracaidista


El drama de aquellas vacaciones era saber qué hacíamos con el gato (aún no habían nacido nuestros retoños). Juan Fran se rompía la cabeza. Las opciones de Guadarrama y Saldaña las descartó rápidamente. "Emma, allí puede que se pierda. Imagínate qué disgusto", me argumentaba todo sofocado. "Bueno, pues si quieres no vamos a Mallorca", contestaba yo un poco desesperada. Por fin, Paloma nos dio la solución.

-Oye, Emma, si quieres me quedo yo con el gato.- comentó un día.
-¿En serio? No te importa.
-Emma, qué más me da... Ya tengo un gato, así que dos no me va a suponer ningún problema.
-Bueno, en principio vale, pero antes se lo preguntaré a Alonso... Ya sabes que Lucas es lo que más quiere.
Al cabo de unos días quedamos en ir a cenar a su casa y, de paso, depositar al felino.
-¿Pedimos una pizza?- preguntó Raúl, el marido de Paloma.
-Vale- asentimos todos.
Mientras los maridos hablaban de cámaras fotográficas, Palo y yo nos fuimos a fumar un cigarrito a la terraza (un cuarto piso, aunque parezca que no tiene importancia, la tiene).
Los gatos nos acompañaron al rincón del vicio. Vincent, el gato de Paloma, intentó pasar a casa de la vecina, pero ante el peligro desistió. Lucas, en cambio, se dispuso a rematar la idea.
-!!Lucas!!- gritó Paloma- Ven aquí que te vas a caer...
El gato la miró con ojos de felino, adelantó una pata y cayó al vacío.
-AAHHHHHHHHH- gritamos con el corazón en un puño.
La oscuridad no nos dejaba ver qué había pasado.
Entramos en casa a toda velocidad y con un enorme ataque de nervios.
-Juan Fran- dije con un hilo de voz- Lucas se ha caído por la terraza.
Alonso me fulminó con la mirada.
-¿Qué dices?
-En serio, no sé qué ha ocurrido, ha resbalado y se ha precipitado al vacío. Lo siento, creo que se ha matado.
Alonso mantenía las lágrimas a raya. Se levantó.
-Raúl, por favor, acompáñame a ver qué ha pasado- suplicó con voz de funeral.
Descendieron hasta el rellano. El garaje estaba cerrado y la única forma de acceder al patio interior era a través de la terraza de alguna casa del primer piso.
Tras llamar sucesivamente a una puerta, una anciana mujer envuelta en una bata de pana nos abrió.
-Disculpe, señora, necesitamos que nos deje pasar a su casa para llegar al garaje. Mi gato se ha caído desde el cuarto piso. Por favor, déjenos pasar.- argumentó Juan Fran.
La mujer al ver la cara de drama que teníamos los cuatro accedió un poco sorprendida.
Nos asomamos a la terraza. Todo estaba oscuro, pero un pequeño maullido nos ilusionó.
-!!Está vivo!!- gritó Juan Fran.
Alonso, desesperado, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Yo me quedé lívida. Raúl decidió ayudarle, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Paloma se quedó lívida. La anciana nos miró estupefacta.
-Pues sí que quieren al gato...-nos comentó perpleja por la aventura que se estaba viviendo en su casa.
-!Está aquí!- gritó Raúl.
Juan Fran se acercó a toda velocidad y cogió dulcemente a Lucas.
-Lucas, Lucas- susurraba a su oído- ¿Qué te ha pasado?
Lo palpó levemente y no percibió ninguna rotura, aunque el gato estaba en estado de shock.
-Juan Fran, ahora no sé cómo vamos a salir- dijo Raúl con cara de preocupación.
-Es verdad, no hay manera de subir hasta el primer piso.
-!!Chicas!!- gritaron los dos - Buscad una escalera para que podamos salir.
La anciana nos miró y nos tranquilizó.
-Tengo una escalera, esperad que os la traigo.- nos dijo mientras se iba a la cocina.
Apareció con una gran escalera. Estábamos a punto de tirársela a nuestros hombres y al gato cuando...
-Emma, espera- gritó Paloma- Si bajamos la escalera luego no habrá forma de subirla. Habría que atarla con una cuerda para ascenderla más tarde- sugirió Paloma.
De pronto, la anciana sacó unas tijeras y cortó la cuerda de tender.
-Atadla con esta cuerda- nos ordenó.
-Señora, pero se ha quedado sin cuerda de tender- dije con cara de sorpresa.
-No me importa. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mañana compró otra cuerda- contestó súper sonriente.
Bajamos la escalera, primero subió Raúl y después muy despacio Juan Fran con el gato enganchado a su espalda.
Los gritos y abrazos de emoción se sucedieron.
-Luquitas, cómo estás. Ay, qué susto nos has dado- musitábamos los cuatro llorando de la emoción.
La mujer de la bata, nos miraba desde una esquina y no daba crédito.
-Señora, muchas gracias- dijimos tras subir la escalera- No se imagina cuánto se lo agradecemos.
-No hay de qué- contestó educadamente- La pena es que no se lo puedo contar a mis amigas y a mi familia porque son capaces de encerrarme en un psiquiátrico.
Acarició al gato y le susurró al oído.
-Gato, aprovéchate de tus amos, están totalemente agilipollados.
Rápidamente cogimos a Lucas y nos fuimos a un centro veterinario de urgencia. Le contamos nuestra aventura al veterinario y se rió al ver como el gato saltaba por toda la consulta.
-Chicos, vuestro gato ha sufrido el "síndrome del paracaidista". Los felinos aunque sean caseros no pueden evitar vivir emociones fuertes, va en sus genes. Aun así os voy a recetar unos tranquilizantes y mañana lo traéis de nuevo para que le haga una revisión.
Volvimos a casa de Paloma, comimos la pizza fría y después de unas copas de vino, dejamos a Lucas.
La semana en Mallorca fue muy relajante, aunque Juan Fran llamaba un mínimo de dos veces al día a Paloma y Raúl para ver como evolucionaba su amado gato.

viernes, mayo 26, 2006

Secuestro en el jardín

Miércoles. Día de cierre (de los antiguos, aquellos que me quedaba hasta altas horas de la madrugada y que mi jefe, que me quiere mucho, ya no me permite hacer para que mi cuerpo luzca lozano). Suena el teléfono.
-Buenas tardes, le paso una llamada. Preguntan por usted- dijo la telefonista con voz de megáfono del Corte Inglés.
-Muy bien. Gracias- contesté como una autómata temiendo que los de la imprenta tuvieran problemas con alguna página del suplemento.
-Hola, eres Emma- preguntó una voz desconocida.
-Sí-.
-Mira no me conoces. Ante todo no te asustes- al oír esto mi cuerpo empezó a temblar- Soy la vecina del chalet de enfrente de tu casa y mi hijo acaba de ver por la ventana que la cuidadora de tu hijo está encerrada en el jardín y Diego está solo dentro de casa.
-¡¡¡Quéee!!!- sollocé desesperada.
-Parece ser que Diego ha cerrado la puerta del jardín con llave y ahora no puede abrirla. La chica me ha gritado el teléfono de tu trabajo y me ha pedido que te llamara para que fueras a liberarla. Por favor, no te asustes y ven lo más rápido posible.
-Gracias- dije mientras colgaba y salía escopetada del periódico.
Jamás tardé tan poco en hacer el recorrido hasta casa. Conducía y lloraba a la vez imaginando todas las cosas que era capaz de hacer Diego. "Y si abre la puerta y se va de casa; y si abre el armario de los productos de limpieza y se bebe la lejía; y si se cae por las escaleras; y si mete los dedos en un enchufe..." pensaban mis neuronas cinéfilas.
Abrí la puerta con gran ímpetu, corrí a la cocina y admiré el espectáculo. Diego, subido en la encimera, sacaba su mano por la pequeña ventana mientras Ana le sujetaba desde el jardín subida a una escalera para evitar que se cayera.

Abracé a Diego como si hiciera un año que no le veía y empecé a reír histéricamente.
-Perdona, mamá, no quería hacerlo.- musitó entre lágrimas.
-Lo sé, cielo, no te preocupes- contesté mientras abría la puerta del jardín- Ana, ¿qué ha ocurrido?
-Diego tiene razón. No ha sido su culpa. Ha cerrado la puerta y se ha caído el picaporte, no había forma de entrar.
Alcé la vista y vi a mis vecinos que aplaudían la hazaña.
-¡¡Muchas gracias!!- les grité como si vivieramos en la clásica corrala italiana que se comunican a voz en grito.
-De nada. ¿Están todos bien?- vociferó la madre del chalet de enfrente.
-¡Sí, sólo ha sido un susto! Están todos sanos.
-Nos alegramos- gritaron mientras cerraban su ventana.
Entramos en casa y nos abrazamos como si hubiésemos vivido un secuestro terrorista.
Al día siguiente vino el cerrajero.
-Señora, nunca había estado en una casa con tantas puertas rotas- exclamó con cara de sorpresa.
-Ya ve- contesté secamente.¡Cómo le iba a explicar que mi hijo de cuatro años era el causante de las cuatro puertas rotas!
-Si yo le contara...- murmuró JuanFran mientras abría la hucha de Diego.

martes, mayo 23, 2006

Manda huevos

Kashba, nuestra amada tortuga, procede de las arenas del desierto africano. Al principio le costó adaptarse: el parquet era demasiado fino para ella. Aunque, en verano, descubrió los placeres ocultos de la sierra madrileña. Pisó la tierra y lo decidió: a mí no me mueven de este paraíso. Su temporada estival fue fastuosa. Los manjares aparecían por doquier: hormigas, mariquitas, tomates... Un lujo. Empezó a empeorar el tiempo y se temió lo peor. Lloraba pensando que tenía que volver al apartamento de sus dueños. Rápidamente se puso a escarbar e hizo un enorme agujero, se tiró a él y se cubrió con la arena a duras penas. La busqué con desesperación, removí todas las plantas, miré en el chiscón, inspeccioné entre los periquitos, pero no la encontré. Traumatizada volví a Madrid. "Bueno, seguro que el próximo fin de semana la localizo", pensé. Craso error. Aquella semana nevó y no hubo manera de encontrarla. "Pobre animalito", sollozaba yo en mi interior. Volví pasado el invierno y apareció ante mí como una visión. Estaba bien hermosa, lustrosa y su tamaño se había duplicado. Desde entonces la dejé vivir independiente, a su aire, en el jardín de Guadarrama y con la supervisión de mi vecina Clarita que cada vez que pasa por nuestra casa lanza a través del muro unas hojas de lechuga, tomates, fresas o cualquier otra fruta de temporada.
Además, pasado un tiempo, la tortuga descubrió el sabor de las criadillas y se hizo adicta. Kaos, el bull-terrier de mi madre, tiene pánico al jardín. Antes le enloquecía tumbarse panza arriba. Pero un día sintió un bocado en los cojones. El perro, aterrorizado, se puso a ladrar. Miró a sus testículos y casi lloró de dolor: la tortuga le había pegado un buen mordisco en su don más preciado. Lucas, el gato, aprendió la lección y al igual que Kaos decidió no volver a tumbarse en el jardín (!y eso que sus cojones son meramentes ilustrativos, está capado).
Así que, pese a Darwin, la tortuga domina al perro, al gato e incluso a los humanos que siempre tenemos que salir calzados para que no devore nuestros pies.

miércoles, mayo 17, 2006

En campo enemigo

Desde que llegó el capullo de mi jefe, me toca trabajar un fin de semana de cada cuatro. Esta situación me tensa. No es por el trabajo, al contrario, no tengo mucho que hacer y me dedico a navegar por internet o a cotorrear con mis compis, sino por la situación casera: Alonso se queda ejerciendo de padre durante más de cuatro horas y se masca la tensión. Sin embargo, el pasado sábado al llegar a casa todo estaba en calma. Álvaro aún dormía y Diego estaba abducido por Jimmy Neutron. Tanta relajación me animó. Llamé a Sandra y quedamos en pasarnos por su casa.
Los peques estaban felices. Salieron al jardín y jugaron con Lucía y Jorge.
Sebastián, el marido de Sandra, estaba tenso (claro, había ido al Hipercor con los niños y esa prueba de fuego quema a cualquiera) y se alió con Juan Fran para hacer un frente común contra los retoños.
-Sois unos exagerados- comenté antes de oír un terrorífico grito.
-¡¡¡Mamáaaaa, la pelota se ha caído a la calle!!!- gritaron Lucía y Diego.
Sandra y yo miramos con amor a nuestros maridos y se fueron a recoger el balón.
Antes de que volvieran, la pelota se había salido de nuevo a la acera.
-¡¡Qué pesaditos!!- rugieron Alonso y Sebastián.
La situación se estaba complicando y decidimos ir a cenar al restaurante del Real Madrid.

Para nuestra desgracia o nuestra fortuna, sólo quedaban dos mesas separadas. Así que felices y optimistas depositamos a las joyas de la corona en una mesa y acotamos la otra para los mayores de treinta años.
-Diego, no me pegues- suplicó Lucía.
-Oye, Lucía, no seas chivata, tú me estás amenazando- contestó Diego.
-¡¡Vale ya!!- gritamos los treintañeros (esto lo pongo para animarnos, pero alguno ya está en la cuarentena y los otros estamos a puntito...)
-¡¡¡Jorge!!!- aulló Sandra.
Miramos alrededor en busca de Jorge, pero no estaba.
Sandra y Sebastián se levantaron presos de un ataque de nervios (incluso pensé que les había tocado el súper bote de la primitiva). Corrieron entre las mesas y por fin descubrieron al pequeño admirando desde el cristal el campo del Madrid.
-Esto no hay quien lo aguante- comentó Sebastián al sentarse- Huy, ¿qué hay debajo de la mesa?.
-Es Álvaro. Ten cuidado no le vayas a abrir la crisma- contesté mientras comía un delicioso revuelto de gambas.
-Veis- argumentó Juan Fran- A mí esto me parece insoportable y sin embargo a Emma le parece de lo más normal.
-Alonso, reconoce que no se están portando tan mal- constesté dando un sorbo a la cerveza.
-No, se están portando de maravilla: Jorge hace carrera de obstáculos entre las mesas, Álvaro limpia con su barriga el suelo del local y Diego y Lucía no se han matado porque les hemos quitado los tenedores y los cuchillos. Quitando esos pequeños detalles...
-Juan Fran, tienes toda la razón. Esto es insoportable- dijeron Sandra y Sebastián apoyando la moción de Juan Fran.
En ese momento noté como me hundía en el sofá. No sólo estaba en el campo enemigo, el Bernabeú, sino que además se había creado una alianza para apoyar a mi marido.
-Miradles ahora qué tranquilos están- rogué con dulzura.

No sé cómo pero los cuatro terremotos estaban sentados en su sitio y Diego y Lucía contaban el cuento de los Tres Cerditos a los pequeños.
-Aprovechemos para comer- sugirió Sebastián.
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!- gritó un hombre de otra mesa.
Miramos presos de la curiosidad. ¿Qué ocurrirá?, pensamos todos al unísono y observamos al viejecillo con cara amargada que hacía callar a.... A NUESTROS HIJOS.
La indignación nos invadió a los cuatro de golpe.
-¡Será imbécil! Ahora los niños no están dando la lata. Además, si quiere una cena tranquila que no venga a un restaurante con menú infantil- vociferó Sebastián.
Por fin vi la luz al final del túnel. Gracias a un impresentable había conseguido la unión de todos los padres. Ahora nuestra misión era vengarnos del amargado de la mesa de al lado.
La venganza es un plato que se sirve frío. Dejamos que transcurrieran los minutos. Y, de pronto, escuchamos como empezaban a cantar el cumpleaños feliz a voz en grito.
Giramos los cuatro la cabeza, contemplamos la procedencia de la canción y...
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!-aullamos los cuatro con fuerza al amargado que entonaba el "te deseamos todos...".
-¡Qué sinvergüenza! Primero hace callar a nuestros retoños y ahora va él y se pone a cantar- comentó Sandra.
Un silencio invadió el restaurante. Todos miraban al triángulo de las Bermudas (nuestras dos mesas y la del amargado, triángulo perfecto)a la espera de que alguien comenzara la guerra. Los niños no se movían, yo agarré el vaso de agua y tuve la tentación de tirárselo por encima, pero tras un disparo de miradas mantuvimos la compostura.
-Será mejor que nos vayamos. Los peques se están quedando dormidos- dijo Juan Fran.
La zona de copas del local nos llamaba a gritos. Aún no sé cómo, pero aguantamos la llamada del alcohol.
-La próxima, sin niños- afirmó Sebastián.
-¡¡¡Nooooo!!!-imploraron los peques- ¡Nosotros queremos ir con vosotros!.
-Por cierto, Emma, ¿a ti no te sobraron lexatines?- preguntó Sebastián soltando una gran carcajada.- Otra noche les dopamos y nos tomamos unas copitas.
-Cojonudo, Montero, cojonudo- aplaudió Alonso.

viernes, mayo 05, 2006

Vida de un retrete

"Dios mío, he debido engordar más de diez kilos", pensé al notar como se movía el retrete del baño de la planta baja de casa. Callé y no dije en nada. Al cabo de unos días, Alonso se acercó a mí con cara de preocupación.
-Emma, ¿te has dado cuenta de que water se mueve?- comentó con perplejidad.
-Pues no, la verdad, a ver si lo has roto tú- contesté con cara de sorpresa.
-!Qué graciosa! Yo no lo he roto, además no parece una rotura sino que el water se está despegando del suelo y ha destrozado varias baldosas.
Me levanté y me acerqué a ver el desastre. El retrete se elevaba dos centímetros del suelo.
-Emma, habrá que llamar al seguro.
Pasados dos días, se presentó un perito. Observó el baño, retorció la boca y nos dijo.
-Esto no lo cubre el seguro.
-Pues no sé para que pagamos si luego no nos resuelven las roturas- contesté indignada.
-Lo siento, señora.- dijo secamente mientras cerraba la puerta.
El mosqueo aumentaba a la misma velocidad que el retrete ascendía. La separación con el suelo superaba los siete centímetros y cada día crecía un poco más.
Gracias al libro que me estaba leyendo ("Cuando los muertos se levanten", de Fred Vargas, os lo recomiendo) y a mi mente cinéfila pude hallar el motivo que provocaba el elevamiento de water. La causa era sencilla: las raíces del árbol salvaje del jardín estaban empujando el retrete. Aterrada comuniqué mis pesquisas a Alonso que rápidamente alquiló una sierra eléctrica y llamó a su amigo Escuer.
-Escuer, te necesito.
-¿Qué ocurre?
-Algo terrible. Las raíces del árbol salvaje están penetrando y destrozando la casa. Por favor, ayúdame a talar el monstruo.
-Vale, cuenta conmigo, pero a cambio me llevo la leña para mi barbacoa.
-De acuerdo, os esperamos aquí el sábado.

Llegaron a la una del mediodía. Los niños, Montse y yo colocamos unas sillas en la terraza y nos dedicamos a ver cómo nuestros hombres batallaban contra el árbol. Las lesiones se sucedieron. Tras una hora de estrategia, el árbol se derrumbó. Los peques disfrutaban como si estuvieran ante la mejor película de Pixar y nosotras como si viésemos "La matanza en Texas".
Pero la ilusión duró pocos días y el optimismo dejó paso al pesimismo. El retrete seguía elevándose y casi tocaba el techo del baño. Aterrados, llamamos a Marcel, el artífice de la megaobra de la casa, acudió rápidamente y nos tranquilizo.
-Mañana os envío a un operario. Dormid tranquilos.- nos dijo mientras mesaba su bigote.
No fueron las raíces del árbol, no fueron mis kilos de más... Fue una bolsa de aire que no se sabe cómo aparece cuando hay movimientos de tierra.
El retrete ya está colocado, las baldosas repuestas pero mis dudas aún persisten: ¿no será que una nave de extraterrestres reside debajo de nuestra casa?

jueves, mayo 04, 2006

Fútbol rural



El pantano de Guadarrama es un lugar fantástico para mi caótica familia. Mientras los niños juegan con Juan Fran al fútbol, mi madre y yo nos tumbamos en la hierba, tomamos el sol y matamos la sed con unas cuantas coca-colas. La otra mañana, Diego regateó la pelota y ésta cayó al agua.
-!Papá, la pelota!- gritó Diego.
-!Ya voy, ya voy!- contestó Juan Fran mientras se quitaba las zapatillas y remanagaba sus pantalones.
Mi madre y yo mirábamos y reíamos. Los pescadores abandonaron sus cañas y observaron el espectáculo.
Alonso, raudo y veloz, cogió el balón y salió triunfante del agua.
-Emma, te toca a ti- dijo agotado por el esfuerzo.
El deporte nunca ha sido muy fuerte, pero de vez en cuando me creo un as del balón, así que me puse a jugar con mis hijos para aumentar mi caché de buena madre. Al cabo de unos chutes y regateos, la pelota terminó de nuevo en el agua.
-Venga, mamá, date prisa- clamaron los niños.
-Tranquilos, chicos- les dije pausadamente.
Empecé a desabrochar mis botas. El balón cada vez se alejaba un poco más.
-Date prisa, que se lo lleva la corriente- aseguró Juan Fran.
-No me pongáis nerviosa. Tengo un nudo en los cordones.
-Mamá, que se te va a escapar- gritaron Diego y Álvaro.
Por fin me había quitado las botas, pero el balón ya estaba bastante lejos y ni aun subiéndome los pantalones llegaba a por él.
Los pescadores estaban encantados con el show.
-!!!Mamáaaa!!!- vociferaron mis retoños.
-Vale, vale- contesté desabrochándome los pantalones.
-Hija, desde luego tú no vales para puta- soltó mi madre a grandes gritos.
-!!!Mamáaa!!!- le grité fulminándola con la mirada- ¿Podías ser un poco más discreta?
-Hija, es que con esa maña que tienes desnudándote no te contrataría nadie.
Los peces picaban en los anzuelos, pero los pescadores no se inmutaban. Admiraban es "streptees" campestre que estaba protagonizando.
Por fin me quedé en bragas y me metí en el agua. Lo hice tan rápido que provoqué un oleaje que alejó aún más la pelota. Derrotada, volví a la orilla.
-Emma, !qué se te escapa la pelota! Cógela antes de que se vaya al centro del pantano- suplicó Juan Fran con una indisimulada sonrisa.
-Ya te veo. Tú quieres que me zambulla entera en el pantano. Paso. Que se coma el agua el balón- contesté indignada.
-Mamá, como se entere Pepe te va a matar. Ese balón se lo trajo de Estados Unidos- dijo Diego con gran solemnidad.
-Pues que venga él y lo coja- rematé la conversación.
Por fin hubo suerte, el viento empezó a soplar y arrimó la pelota hasta la orilla contraria. Corrimos hasta allí (yo ya me había puesto los pantalones, que quede claro) y mi madre, muy decidida, se quitó los náuticos y cogió la pelota.
-Mira qué fácil, Emma- dijo con recochineo.
-Vámonos- ordené al oír los aplausos de los pescadores por nuestra genial hazaña.

martes, abril 25, 2006

Mi más sentido pésame


A mi prima, gran amiga de sus amigas, le extrañó que aquel día su compañera Ana no acudiera a trabajar. Pasadas unas horas la llamó.
-Hola Ana, soy María. ¿Estás enferma?
-No, María, ha ocurrido algo peor. Anoche falleció mi abuela.
-Ay, cuánto lo siento.
-Muchas gracias. Ahora me voy al tanatorio a reunirme con mi familia.
-¿En qué sala está?
-En la veintiuno.
-Bueno, pues ahora mismo voy para allá y te doy un beso.
-Gracias, María.
Mi prima remató el trabajo que aún tenía pendiente y se fue en taxi al tanatorio. Al entrar en la sala 21 comprobó que allí no estaba su amiga. Un atento señor se levantó y se acercó a ella.
-Buenos días, señorita.
-Buenos días- contestó María- Mi más sentido pésame.
-Muchas gracias.
-Soy una compañera de trabajo de Ana.
-Ay, pues Ana aún no está aquí, pero estará a punto de llegar. Pase por favor. !Mercedes!- dijo el hombre a una mujer rota de dolor- ha venido una compañera de Ana.
La mujer se levantó y se abrazó a María.
-Gracias por venir- musitó mientras le caían dos lágrimas por las mejillas.- Acompáñame, por favor, a velar a mi marido.
María le miró extrañada. "Pero si yo vengo al funeral de la abuela de Ana, vamos, de una mujer y esta pobre señora llora por su difunto esposo" pensó mi prima. "Dios mío, ¿qué hago?".
-Hija, mira que cara de felicidad tiene mi marido. !Con todo lo que ha sufrido!- sollozó Mercedes.
-Disculpe, no la quiero ofender- balbuceó María- pero es que yo venía a dar el pésame a Ana Gálvez.
-¿Ana Gálvez?- contestó la mujer con cara intrigada- Mi hija se llama Ana Torres. Torres, igual que mi marido.
-Ay, pues lo siento mucho, pero creo que me he equivocado.
La mujer en ese momento se agarró al brazo de mi prima.
-Bueno, pues si no te importa te quedas un ratito conmigo. El hombre que te ha saludado al entrar es el novio de mi hija y no le soporto. Sin embargo, tú pareces una buena chica. Espera unos minutos hasta que lleguen más familiares.
María, atónita, acompañó a Mercedes durante más de media hora. En ese tiempo descubrió todas las aventuras y desventuras del pobre Manolo, así se llamaba el difunto.
Por fin pudo abandonar la sala 21. Cogió el móvil y llamó de nuevo a Ana.
-Ana, ¿dónde estás?- preguntó.
-En la sala 41.
María se acercó hasta la nueva sala. Abrazó a Ana que estaba esperándola en la puerta.
-Ana, siento mucho lo de tu abuela.
-Gracias, María.
-Estaba pensando en matarte, pero creo que éste no es el mejor momento. Da gracias de que tu abuela esté de cuerpo presente.
Ana la miró extrañada.
-María, ¿has bebido?- preguntó Ana súper intrigada.
-No, pero en cuanto abandone el tanatorio me voy a meter un lingotazo. !Si supieras lo que me ha pasado...!

lunes, abril 24, 2006

Visitantes nocturnos



Aquel día quisieron celebrar su amor. Una deliciosa cena en un lujoso restaurante de Madrid fue el inicio de su gran noche. Tras los primeros platos, pidieron un Moët-Chamdon, elevaron sus copas y unos segundos antes del brindis sonó el móvil de él.
-!Qué oportuno!- rugió Roberto mientras descolgaba- Sí, ¿quién es?
-Buenas noches, señor Peña, le llamo de Securitas Direct. Unos intrusos están robando en su casa. Por favor, acuda lo más rápido posible a su domicilio. La policía ya va en camino.
Pálido como la nieve pidió la cuenta. Miró a su esposa y con voz temblorosa le informó del suceso.
-Querida, nos están desvalijando la casa.
Roberto pisó el acelerador. Cada vez que cambiaba de marcha soltaba un insulto. Virginia le miraba perpleja y sorprendida ante la verborrea de tacos de su marido y decidió no echar más leña al fuego.
Su calle parecía la feria de Sevilla. Las luces azules de las patrullas de policía iluminaban cada adoquín y los vecinos se arremolinaban con sus linternas.
Roberto abandonó el coche y se coló entre los curiosos.
-¡Déjenme pasar! ¡Soy el propietario de la casa!
La policía al oír sus gritos le abrió paso.
-Buenas noches, señor. ¿Es usted el dueño de esta vivienda?- preguntó el policía mientras se cuadraba.
-Sí- contestó Roberto- ¿Qué ha ocurrido?
-Parece ser que dos ladrones se han colado en su casa. Nos han avisado los de la compañía de seguridad. Por favor, abra la puerta de su domicilio.
-Claro, claro, aquí tienen las llaves.
-Creo que no me ha entendido. Es usted quien debe abrir.
Virginia, presa de un ataque de nervios, abrazó a su marido.
Roberto se acercó hacia su vivienda escoltado por dos miembros del cuerpo de seguridad. Al llegar, los policías desenfundaron sus armas. "Me va a dar un ataque al corazón -pensaba Roberto- Ay, qué miedo".
Mediante señas los policías le indicaron que abriera la puerta. Roberto les miró aterrorizado, se agachó y sintió cómo los revólveres se asomaban por encima de sus hombros. Introdujo la llave y la giró con suavidad. Las piernas le temblaban. La policía entró a toda velocidad. Roberto decidió que aquel no era el mejor momento para demostrar su valentía. Se giró y corrió en dirección opuesta. Virginia le esperaba con los brazos abiertos y con lágrimas en los ojos.
-Ay, qué miedo he pasado- susurró Virginia, abrazándole.
-Aún no me lo creo. Estoy acojonado. Cuando he oído cómo desenfundaban sus armas casi me desmayo...- comentó Roberto para tranquilizarla.
Al cabo de una hora, salieron los policías y se acercaron a ellos.
-Señores, hemos recorrido toda la vivienda y no hemos localizado ningún intruso. De todas formas, sería conveniente que entrasen con nosotros para verificar qué les han sustraído y poder presentar la denuncia.
Aquella noche se fueron a dormir a casa de sus suegros. A la mañana siguiente convirtieron su casa en un fortín: rejas en cada ventana, vídeoportero, alarmas visibles, pistola y bate de béisbol debajo de la cama... Aun así los ladrones aparecieron tres veces más, pero ésa, ésa es otra historia.

Fernando Alonso

Domingo. Llueve. No podemos salir a la calle. Anoche acosté a los niños a las once con la esperanza de que esta mañana se levantaran más tarde, pero me equivoqué. A las ocho y media los dos brincaban por nuestra cama. Alonso, algo raro en él, ha mantenido la calma. A las doce se ha ido a comprar el pan y el aperitivo. Al llegar a casa ha comentado con una leve sonrisa.
-En breve comienza la carrera de Fernando Alonso. Quédate con los niños y así descanso un poco... Ten en cuenta que me he ido a comprar con ellos.
No he contestado. Él ha bajado tranquilamente al cuarto de estar y se ha concentrado en el inicio. Mientras, he preparado un jugoso aperitivo: salchichón de Teruel, patatas fritas "La Azucena", aceitunas, quesos...
-¿Chicos venís a ver cómo corre Alonso?- pregunté con voz dulce.
-!Síiii!- gritaron los dos a la vez.
Cuando mi marido nos vio entrar se le petrificó la cara.

-Oye, yo quiero ver la competición. ¿No estábais jugando al parchís?- preguntó con cara de malhumor.
-Cielo- contesté finamente- ya sabes que la familia es lo más importante. Y qué mejor que compartir un delicioso aperitivo de domingo mientras vemos todos juntos cómo pilota Fernando Alonso.
-Pues a mí se me ocurren otras ideas...
-Venga, corazón, mira qué escena más bonita.
-Sí, Emma, es ideal: Álvaro está saltando de sofá a sofá y no me deja ver los detalles de la carrera, Diego no para de gritar a su hermano y yo estoy a punto de pegar tres gritos, pero, si tú lo dices, esto es maravilloso.
-Hijo, siempre te estás quejando -espeté mientras me comía una patata frita.
En cuestión de minutos desapareció el aperitivo.
-Bueno, me voy a preparar la comida -dije a mi amado marido.
-Vale, si quieres te ayudo.
-No, déjalo.
Al irme noté su sonrisa. "Claro- pensé- se cree que los niños van a comer en la cocina y así podrá ver él tranquilamente la carrera".
-!!Emma!!- gritó Alonso al verme entrar en el cuarto de estar con la bandeja.
-!Mamá, eres fantástica!- gritaron Diego y Álvaro- !Qué suerte, hoy nos dejas comer aquí.
-Claro, queridos, así compartimos con papá este momento tan inolvidable -contesté guiñándole un ojo a Juan Fran.
Alonso rió y aguantó el tipo. Fernando quedó segundo.

martes, abril 18, 2006

De árbol en árbol

La Semana Santa reúne a lo más loco de la familia y cada año intentamos superar las locuras del año anterior. Estas vacaciones nos hemos pasado.
A primera hora de la mañana del miércoles partimos rumbo a Cercedilla mi madre, Juan Fran, Pepe, Diego y yo. Llegamos al recinto de multiaventura y la adrenalina empezó a dispararse. Un monitor, después de ponernos los arneses, nos explicó las reglas para poder ir por los árboles. De cada arnés colgaban dos mosquetones y una polea para deslizarse por las tirolinas. Tras media hora abriendo y cerrando mosquetones nos lanzamos al circuito infantil y, una vez superado, al de explorador.

Diego nos abría paso. Con sólo seis años tenía una agilidad pasmosa. Mientras, mi madre y yo, luchábamos para no pillarnos los dedos.
-Mamá, deja la mochila en el coche- grité antes de subir.
-Que no, que yo tengo muchas cosas y no pasa nada porque la lleve- contestó toda indignada.
-!Diego, cuidado!- aullé al ver como se deslizaba por una tirolina situada treinta metros por encima del suelo.
-Mamá, qué pesada eres. Esto es fantástico- contestó mientras gritaba como Tarzán.

Poco a poco le fuimos cogiendo el tranquillo. Trepamos por cuerdas, nos metimos por bidones, nos lanzamos por tirolinas, chocamos contra las colchonetas de seguridad...
El drama sucedió en la liana. En principio no tenía mucha complicación: había que saltar desde un árbol a otro sentado en una pequeña tabla que estaba al final de la liana.
Diego lo pasó a toda velocidad. Yo, acompañada de mis gritos histéricos, también. Era el turno de mi madre.
-Mamá, siéntate en la tabla.- ordené desde mi atalaya.
-Emma, eres pesadísima- gritó mientras se lanzaba al vacío sin aposentar el culo en la tabla.
Volaba como una patata lanzada por un cañón.
"CATAPLOF, PLOF, PLOF", sonó en medio del pinar.
Mi madre se había estampado contra la plataforma.
-!!Mamá!!- grité entre risas histéricas
-Ay, ay, ay- gemía mi madre mientras retumbaba contra la plataforma- Ayúdame, no puedo subir. Ay, qué tortazo.
-Mamá, no puedo- logré decir en medio de mi ataque de risa.
Allí estaba mi pobre madre colgada de una liana, dando vueltas por el aire y sin que yo pudiera hacer nada.
Cuarenta metros por debajo vi como dos monitores corrían hacia nosotras.
-¿Qué ha pasado?, ¿se encuentra bien?- preguntaron con cara de preocupación.
-Pues no, no estoy bien- contestó mi madre presa de otro ataque de risa- Por favor, bajadme de aquí.
-Huy, eso no va a poder ser. Tiraremos de la liana, la pondremos en el punto de partida y tendrá que volver a saltar.
-No, no, no... Yo eso no lo puedo hacer. Le he cogido miedo. !!!Bájenme de aquí!!!
-Señora, tiene que intentarlo.
En ese momento noté como se me escapaba el pis. El ataque de risa era incontrolable.
Al final acercaron a mi madre hasta la plataforma y la lanzaron dulcemente hasta donde yo estaba.
-Venga, mamá, levanta los pies.
-Emma, que no puedo, que me roto la cintura.
-Calla, mamá, que no puedo aguantar la risa. Venga, inténtalo.
Mi madre sacó fuerzas de algún sitio y levantó un pie hasta la plataforma. Me abalancé sobre su pie y tiré de ella. Al final superó la prueba.
-Emma, qué tortazo. No me puedo mover- dijo con lágrimas en los ojos.
-Venga, tranquila, sólo nos quedan dos tirolinas.
-!!Mamá!!, !!suegra!!, ¿estás bien?- gritaron Pepe y Juan Fran desde su circuito de profesional.
-!Nooooo!- contestó mientras se acariciaba su lesionada cintura.
-Vamos, mamá, tenemos que salir de aquí- supliqué con cara de pena.
Después de mucho sufrir, llegó a una plataforma que estaba a solo un metro de altura. Pepe y Juan Fran la estaban esperando.
-Mamá, bájate aquí- comentó Pepe- Dame la mano y te ayudo a bajar.
-Pepe, no seas pesado, estoy bien. Bajo yo sola.
Pegó un brinco y CRAC,CRAC retumbó de nuevo en el pinar.
-Ay, ay, ay- gritó mi madre- me acabo de hacer una rotura fibrilar. Ay, ay, ay. Seguid vosotros yo espero abajo. No sufráis por mí, disfrutad saltando de árbol en árbol, es maravilloso. Os lo digo en serio.
Mi madre se fue con paso lento, arrastrando la pierna del tirón y sujetando la cintura que se había chocado contra el árbol.

Ahí no terminó la aventura. Esa noche me tuve que ir con ella a urgencias porque no podía apoyar la pierna. Diagnótico: Rotura fibrilar. Tratamiento: Ibuprofeno, calor seco y reposo. Pero ahí no terminó todo. El viernes volvimos a urgencias. "Emma, no puedo respirar, no puedo tumbarme, estoy fatal", me comentó mi madre con lágrimas en los ojos. Diagnóstico: contusión por golpe. La radiografía no muestra rotura de costillas. Tratamiento: Relajante muscular, calor seco y reposo.

Resumen de lesiones:
Mi madre: rotura de ligamentos, varias contusiones y múltiples agujetas.
Juan Fran: picaduras de orugas y múltiples agujetas.
Pepe: picaduras de orugas y múltiples agujetas.
Emma: leves agujetas.
Diego: el mejor, ni siquiera tuvo agujetas.

miércoles, abril 05, 2006

Atrapado

Como en "Días de furia", la ira se fue gestando desde primera hora de la mañana.
Mi esposo (en estos momentos no considero que sea "mi amado esposo") no tuvo que ir a trabajar y me acompañó a IKEA para ver unas cuantas cosas que debíamos comprar. "Venir a Ikea es una tortura. No entiendo cómo te puede gustar. Emma, estoy agotado", refunfuñó durante todo el camino. A las cinco decidió ir a buscar a Diego al colegio. Y allí comenzó la batalla, Diego se quería quedar jugando con su amigo Alejandro e incluso le invitó a casa. A Alonso se le pusieron los pelos como escarpias al oírlo, menos mal que la madre de Alejandro se percató y rehuyó la invitación.
Después de la merienda se llevó (puntazo de padre) a los dos retoños al parque. Le torearon de lo lindo: se colaron en una obra y casi se caen a la piscina en construcción y corretearon mientras su padre les perseguía preso de un ataque de nervios.
-!A casa ahora mismo y hoy estáis castigados sin televisión!- gritó Alonso para imponerse un poco.
Cuando llegué a casa la situación era perfecta.
-!Papá, tonto, punto rojo!- vociferó Álvaro.
Detrás de él, Diego lloraba porque su padre le había castigado.
Tiré el bolso en el primer sofá que encontré y me puse la careta de psicoanalista.
-A ver, ¿qué ocurre?- pregunté al trío fantástico.
-Mira, Emma, esto no hay quien lo soporte, se han portado fatal. Diego se ha metido en una obra, se ha ido corriendo por el parque y...
Diego cortó a su padre.
-Mamá, eso es mentira, sí que le he hecho caso es que...
Álvaro paró en seco a su hermano.
-!Papá, tonto, punto rojo!
La bomba de relojería estaba a punto de estallar. Tomé una rápida decisión.
-Diego, como estás castigado sin tele, nos vamos a ir a la peluquería y así te cortan el pelo. Y, si os portáis muy bien, al salir os compro una chuchería.- sugerí mientras escuchaba el tic-tac de la bomba.
Salimos en plan familia Telerín. En la peluquería nos dijeron que debíamos esperar una hora.
-Otra vez será- dije observando las melenas de Diego. -Venga, chicos, vamos a recoger unos cuadros que dejé el otro día para que los enmarcaran.
Parecía que las aguas habían vuelto a la calma. Después de todas la gestiones, volvimos a casa.
Dos minutos antes de aparcar, Diego empezó a dar brincos e intentó quitarse el cinturón de seguridad.
-!Diego, o te estás quieto o paro el coche y te dejo tirado en la calle!
-Mamá, es que...- contestó con voz temblorosa.
-Ni es que, ni nada, que te estés quieto.
Bajamos del coche y al sacar a los niños nos percatamos del horror. Diego se había quedado atrapado en el coche. No sé cómo lo hizo. El cinturón rodeaba toda su cintura, estaba bloquedo y no había manera de que se moviera.

-!Joder!- gritó Alonso.
A mí me entró el ataque de risa (por un lado porque la situación era cómica y, por otro, porque si Alonso había dicho un taco es que el cabreo que tenía era monumental).
Después de quince minutos, Diego empezó a llorar.
-A ver, estate tranquilo. Te voy a quitar los pantalones para intentar sacarte desde arriba- dije con voz calmada.
-Mamá, que me estoy ahogando.
Alonso con la rabia saliéndole por los ojos cogió a Álvaro, me lanzó una mirada asesina y gritó.
-!Estoy harto! Ahora el niño me ha roto el coche. Yo me voy a casa, tú verás lo que haces, pero si dependiera de mí se quedaba ahí toda la noche atado. Además, no sé de que cojones te ríes. Y encima vas y le haces fotos como si esto fuera un circo. Me voy a casa. Allá vosotros. !Menuda tardecita!
En medio de todo el espectáculo, apareció una vecina y nos miró con cara extrañada al ver como girábamos sin parar alrededor del coche.
-Buenas tardes- comenté con gran educación. -No te asustes, es que Diego se ha quedado aprisionado en el coche y no le podemos bajar.
Ella, con los ojos como platos, se acercó a ver el espectáculo.
-Pero, Diego, corazón, ¿qué te ha pasado?- preguntó dulcemente.
-No sé- contestó Diego entre sollozos- pero estoy atrapado.
Entre las dos hicimos miles de combinaciones para intentar liberarlo, pero no había manera.
Al cabo de un rato vino Alonso.
-Toma, Emma- dijo con voz seca.
Me entregó unas tijeras y huyó a casa.
Intentamos de nuevo desatascar el cinturón. Imposible. No iba ni para delante, ni para detrás. Había que tomar una drástica solución: cortar el cinturón. Me costó decidirme pero al ver la cara del pobre Diego, cogí las tijeras y corté el cinturón.
-!Gracias, mamá, me has liberado!- dijo con voz temblorosa.
Agradecí a mi vecina su inestimable ayuda y me despedí de ella.

-Diego, cuando cuentes esto en el colegio no se lo van a creer. Ahora entra corriendo en casa, dúchate, ponte el pijama y pórtate de maravilla. Tu padre está que trina.
Rápidamente ejercí de madre a tiempo completo: les bañé, les di la cena, les leí el cuento y les acosté.
Bajé al cuarto de estar. Alonso tenía una cara de mosqueo impresionante.
-Alonso, tampoco es para ponerse así.
-No fastidies, Emma. A ver por cuánto nos sale la gracia del coche.
-Bueno, el peque no lo ha hecho con mala intención.
-!Sólo faltaba!
-Vale ya, te estás pasando.
-Emma, tengo que hablar seriamente contigo.
En ese momento noté como nuestra pareja se iba a pique. Seguro que quería que nos separaramos o tal vez me fuera a contar alguna infidelidad o...
-Estoy pensando en ir al psicólogo.
-¿Qué?- pregunté perpleja.
-Sí, en serio, es que hay veces que los niños me sacan de mis casillas. Bueno, los niños y tú.
-¿Yo?
-Pues claro, tú ves normal que con todo lo que ha ocurrido a ti te dé un ataque de risa y encima te vayas a por la cámara para hacer fotos.
-Alonso, hay que tener sentido del humor. ¿Qué querías que hiciera?
Por fin comenzó a sonreír.
-Bueno, perdona, mi mala leche. Intentaré ser más positivo.
-Eso espero, Alonso. Esta noche te daré un premio.
Unos gritos se oyeron desde la habitación.
-!Mamá!- vociferó Diego -Álvaro ha tirado el vaso de agua en la cama.
-Me voy a dormir- rugió Alonso -no aguanto más.

martes, abril 04, 2006

Padre ejemplar



Mi marido ha ganado puntos para el cielo y yo, para el divorcio.
Este fin de semana me tocó trabajar, lo que implica que ejerce de padre a tiempo completo.
El sábado por la mañana se llevó a los niños al parque y los soltó sin previo aviso para que desfogaran toda su energía. A las dos pasaron a buscarme, cogimos unas hamburguesas en el Burguer, -porque regalaban el ratón de Ice Age, no porque les gusten las hamburguesas- y nosotros nos tomamos un kebab. Me depositaron de nuevo en el periódico y se fueron a casa. Mediante complejas artimañas, mi marido consiguió que Álvaro se durmiera la siesta y a Diego le enchufó una película en vena. Así que pudo descansar de lo lindo. Al cabo de dos horas, llegué a casa.
Por supuesto los niños no habían merendado (!cielo, te estaban esperando!) y la casa estaba totalmente descolocada (!amor, no te quejes, llevo todo el día con los niños!).
Aún no sé cómo, pero me contuve. Guardé mi ira interior en la caja de Pandora, pero mi mente iba a mil por hora. "Manda huevos, está cuatro horas con los niños y no es capaz de mantener colocada la casa. Bueno, ni cuatro horas, porque dos de ellas han estado dormidos o viendo la tele. Emma, contente, que te conozco. Pues menos mal que yo no viajo, porque si fuera así se tiraría por un barranco...". Mi mente seguía a su rollo, así que decidí que era hora de salir de casa.
-Niños, al parque- grité para desahogar un poco mi mala leche.
Al instante estaban todos preparados.
-Uff, Emma, tengo fatal las cervicales- musitó Alonso con cara de pena.
-Ay, cielo, pobrecito- contesté con voz dulce- será por haber estado tanto tiempo con lo niños. Anda quédate en casa y descansa.
-No, voy con vosotros- dijo tan contento y sin percibir mi mal humor.
Fue pisar la calle y volvió mi buen humor. Serán las locas hormonas, pensó mi mente, que tiene vida propia.
-Tres helados de frambuesa, dos en tarrina y uno en cucurucho, y un helado de limón.- pedí en la heladería.
-Hasta los niños toman el mismo helado que tú. !Cómo te quieren!- comentó Alonso con recochineo.
-Por qué será, por qué será...- respondí en tono burlón.
Sonó el móvil. Era Blanca. Estaba por la zona y había pensado acercarse al parque para que nos viéramos.
-Perfecto, te esperamos en los columpios- dije emocionada.
Fue una pena que no me llevara la cámara de vídeo (la verdad es que no tengo cámara de vídeo, pero me concedo esta licencia literaria). Diego y Álvaro descubrieron un original juego: tirar arena a su padre y María, la hija de Blanca, se percató de que Juan Fran era una buena sujeción para no caerse con los patines.
Blanca y yo cotorreábamos mientras nos fumábamos tranquilamente un cigarro y Alonso batallaba a duras penas con las tres fieras.
-Pobre, va a terminar agotado- sugirió Blanca.
-Chica, no te preocupes, a él le encanta- Y me dio un ataque de risa.
-Qué mala eres.
Nos giramos y contemplamos es espectáculo. María estaba a punto de arrancarle un brazo porque no dominaba el giro de los patines, Diego colgaba de su cuello y Álvaro le mordía la pierna y gritaba !papá, tonto, papá, tonto! Debajo de todo ese embrollo estaba Juan Fran. Levantó la cabeza y me fulminó con la mirada.
-Cielo, un momentito, en cuanto me acabe el cigarro te libero- susurré con dulzura.
-Te recuerdo que hoy juegan el Madrid-Barça, así que en cuanto me quites a esta fieras de encima yo me voy a casa.- vociferó en el parque.
-Claro, claro- asintió todo el género masculino que se encontraba en el parque.
-No sufras, amor, no sufras- contesté dando una larga calada.

domingo, abril 02, 2006

Campanadas a medianoche




A las siete empecé con los preparativos: baño de sales y espuma, cremas hidratantes, laca, perfilador de ojos, rímel, sombras, pinta labios y, cuando acabé con la reconstrucción facial, me lancé a decorar mi cuerpo: bragas rojas, medias de cristal -ningún tío se imagina lo complicado que es ponerse unas medias que te han costado 18 euros porque te alisan la tripa, te suben el culo y contornean mejor las pantorrillas, sin hacerse una carrera o un enganchón-, zapatos de tacón y un fantástico traje de fiesta. Ya estoy preparada, lista para el primer examen.
-!Qué guapa!, !ven aquí que te voy a dar un achuchón!- dijo el gracioso de mi marido.
-!Ni se te ocurra! !No ves que me acabo de pintar y que llevo el pelo monísimo!, !olvídate, no me toques! Vamos, llevo tres horas metida en el baño...
-Pues a ver si un día cuando te arregles se te olvida en el cajón la mala leche, bonita.
-Ay, no te pongas así que ya sabes que cuando me preparo para una fiesta me pongo muy nerviosa. Bueno, ¿te gusto?
-Que sí, pesada, que estás muy guapa.
-Anda, ven aquí que llevas torcida la corbata. ¿Te has puesto los calzoncillos rojos?.
-Huy, se me han olvidado.
-Pues ya sabes lo que tienes que hacer. ¿Dónde están los niños?
-Me imagino que abajo.
Bajé con mis taconazos por la escalera y estuve a punto de caerme.
-!Mierda!- grité.
-Mamá, eso no se dice- comentó Diego.
-Vale, anda que los Alonso estáis hoy encantadores. Venga, chicos, subid que nos vamos.
Al verles casi me da un pasmo. Una hora antes los había dejado todos monos y ahora estaban como recién salidos del basurero.
-Peques, sois la leche. Yo no sé para qué me preocupo en poneros guapos. Abrocharos las chaquetas para que no se vean esos lamparones y recordad: aunque haga cincuenta grados no os la podéis desabrochar. ¿Entendido?
-Síii- asintieron.
La fiesta fue en casa de mi hermano. Todo estaba delicioso: el aperitivo, los langostinos, los centollos, el caviar (!ojito!, del bueno!) y, como no, el champán.
Los nervios empezaron a cerrarme el estómago. Faltaban seis minutos para el gran momento. Nos pusimos todos a gritar.
-!Coged las uvas!- ordenó mi hermano.
-!Hay que subirse a una silla!- gritó Concha.
-!Y poner algo de oro en la copa de champán!- continuó mi madre.
-!Y una moneda para que nos vaya bien!- apuntó Virginia.
Los niños estaban concentrados mirando la tele.
Mis nervios eran incontrolables. Miré alrededor y casi me da un ataque de risa. Allí estábamos todos encima de las sillas, con nuestras bragas y calzoncillos rojos, con las copas llenas de monedas y anillos de oro, esperando que pasaran los tres minutos para las campanadas de fin de año.
De pronto, alguien aporreó la puerta del baño.
-!Socorro!, !socorro, me he quedado encerrado en el baño!.
Miré aterrada alrededor. Sólo faltaba una persona: mi padre.
-Papá, ¿eres tú?- pregunté absurdamente sabiendo la respuesta.
-Sí, estoy en el baño.
Faltaban sesenta segundos para que empezaran las campanadas.
-Mal rollo, mal rollo- pensé yo subida en la silla con mis bragas rojas.
Mi hermano Roberto fue iluminado por un rayo de lucidez. Brincó desde su silla, cogió una copa, una botella de champán y las uvas de mi padre y se lo pasó a través de la pequeña ventana del baño.
Ramón García desde la tele anunció los cuartos.
-!!Una!!- gritamos todos al unísono mientras comíamos la uva para que mi padre pudiera seguir la retransmisión desde el baño- !dos, tres, cuatro, cin, seis, sie, o, nu, die, on y do (lo dijimos tal cual se lee porque las uvas no nos dejaban pronunciar mejor).
-!!!Feliz año!!!- gritamos.
Bajamos de la silla, brindamos, nos besamos, tiramos el confeti y nos fuimos corriendo al ventanuco para poder felicitar el año al encarcelado.
Roberto cogió un destornillador, desmontó la puerta y después de unos minutos salió del baño mi padre para celebrar el nuevo año.
-!Chicos, a brindar, que este año va a ser genial!- vociferó con su botella de Moët & Chandon en mano.
Chin, chin.
-!Feliz año!- gritamos todos.

viernes, marzo 31, 2006

Huellas rojas



Se acercaba el cumpleaños de mi marido y decidí hacerle un regalo original. Después de mucho pensar se me ocurrió una gran idea. Me fui a la papelería e hice acopio de todo el material necesario: cartulinas, pintura, pinceles, rotuladores y un marco de cristal. Al llegar a casa les propuse a mis hijos que preparáramos algo especial para papá. Les coloqué los delantales y dibujaron con acuarelas distintos dibujos de difícil comprensión.
-Muy bien, chicos, os ha quedado precioso. Ahora vamos meter nuetras manos en la pintura y las vamos a poner en la cartulina para que queden nuestras huellas marcadas.
-¡Bien!- gritaron los dos a la vez.
Cuando ya estábamos terminando pasó tímidamente el gato.
-Peques, ¿qué os parece si ponemos también las huellas de Lucas?
-Mamá, eso es una fantástica idea -contestó Diego, que siempre habla como si viviésemos dentro de una película.
Cogí al gato y le pringué las patas con acuarela roja. Puse su pata en la cartulina, me bufó aterrado y salió corriendo. Me levanté y salí escopetada detrás de él y los niños, detrás mío.
-¿Por qué corremos, mamá?
-¡Lucas, párate, Lucas!- gritaba como un posesa.
-Mamá, ¿qué ocurre? -preguntaban los niños a mis espaldas.
Me paré. No había forma de alcanzar al gato. Miré alrededor y casi me caigo redonda. Me puse tan pálida que hasta mis hijos se asustaron.
-¿Por qué estás triste? -me interrogó Diego.
En ese momento me entró un ataque de risa. El panorama era desolador. Toda la casa estaba llena de huellas rojas de gato: en el sofá, en las paredes, en el suelo, en las escaleras... Y, lo peor, el gato seguía recorriendo la casa sin parar. Tenía que urdir rápidamente un plan para capturarle.
-¡Lucas! -grité mientras abría una lata de paté de salmón y trucha.
Al ratito vino el gato a por su manjar. Me abalancé sobre él y lo sujeté con fuerza.
-¡Chicos, al baño, corred, corred!
Álvaro reía emocionado al encerrarnos todos en el servicio.
-Niños, ¡ropa fuera!
Primero, bañé al gato, que me dejó todos los brazos marcados por sus uñas. Después, nosotros tres.
-¡Qué divertido, mamá, esta tarde hacemos otra cartulina con huellas! -sugirió Diego con el asentimiento de Álvaro.
-No, peques, todavía no hemos terminado el regalo.
-¿Qué vamos a hacer?
-Ahora viene lo más divertido.
Nos vestimos rápidamente y preparé el kit de trabajo de cada uno.
-Chicos -les dije mientras les entregaba un trapo y un esponja-. Vamos a hacer una competición.
-¡Bien! -gritaron emocionados sin saber de mi engaño.
-A ver quién de nosotros es el que más huellas de Lucas borra de la casa.
-¡Bravo1 -exclamaron con las esponjas en alto.
Yo les miraba atónita, sin entender donde estaba la gracia.
La tarde fue fantástica. Según mi último cálculo, limpiamos más de doscientas huellas y la casa quedó como los chorros del oro.
-Hola, familia, ¿qué tal la tarde? -dijo Alonso al llegar a casa-. No sé que habéis hecho, pero la casa está impecable. Peques, ¿habéis sido buenos?
-¡Síiii! -gritaron los dos guardando el secreto.
-Papá, tonto- remató Álvaro para mostrar su cariño.
-¿Emma, dónde está Lucas? -preguntó Juan Fran cuando estaba a punto de dormirse-. No le he visto en todo el día.
-Ay, Alonso, qué pesadito eres con el gato. No sé, se habrá ido a dar una vuelta.
-Me extraña que no haya vuelto. -Se levantó y salió al jardín. Llamó a Lucas varias veces hasta que por fin apareció.
Alonso subió indignado.
-Emma, el gato está rojo.
-¿En serio?, ¿qué le habrá pasado?
-No sé, pobrecito mío, voy a darle un baño.
Lucas le miró con ojos suplicantes, pero al final cedió a la tortura. En un día, dos baños.

martes, marzo 28, 2006

Paranoia matutina



Hace media hora que me he despertado, pero no soy capaz de moverme. Ni siquiera me atrevo a girar la cabeza o a estirar el brazo para comprobar si él está tumbado en la cama.
Empecemos por el principio.
Anoche, a las dos y media de la madrugada, escuché un ruido extraño en casa. Me incorporé y zarandeé a mi marido con brutalidad.
-!Despierta, despierta, alguien ha entrado en casa!
Él brincó, me miró asustado y preguntó somnoliento.
-¿Y qué quieres qué haga?
-Menuda pregunta. Corre, baja a ver qué sucede. Yo me quedo cuidando a los niños. Venga, date prisa.
-¿Seguro?
-No, si quieres les llamamos y les hacemos un hueco en la cama. Anda, ten cuidado y coge el móvil por si tienes que llamar a la policía.
-¿No lo habrás soñado?
-!Que no!. Te juro que he oído unos ruidos muy extraños. Creo que están abajo desmontando el ordenador.
Temblando empezó a descender por la escalera. Y ésa es la última escena de él que recuerdo, porque al poco rato me acurruqué entre las sábanas y, no sé cómo, caí en un profundo sueño.
Sigo petrificada, inmóvil, incapaz de mover ni un centímetro de mi cuerpo. La imaginación da para mucho. A grosso modo resumiré las opciones que tengo:
A/ Lo han secuestrado.
B/ Lo han matado.
C/ Lo han herido de gravedad.
D/ No le ha ocurrido nada, pero mañana presentará los papeles de separación.
Si han acontecido los casos A, B o C tendré que llamar a la policía. Vendrán los CSI españoles (uff, menos mal que anoche dejé bien colocadita la casa) y deberé explicarles lo sucedido. Pero, !cómo les voy a decir que me quedé profundamente dormida mientras mi marido luchaba contra unos ladrones!. La gente que me conoce sabe que mi sueño es muy profundo pero puede que el inspector Pérez (Grissom, en EEUU) no lo entienda. Incluso son capaces de pensar que lo he planeado todo para que lo asesinaran y así cobrara el seguro. !Además hace unos días firmó el testamento y yo soy la única beneficiaria! Y si investigan deducirán que soy una persona conflictiva; que tengo contactos con abogados; que escribo un blog donde de vez en cuando le despellejo (siempre desde el amor y el afecto, !que quede claro!); que me enfado frecuentemente... En definitiva, !soy culpable!: me mandarán a la cárcel (mi relación con los jueces siempre ha sido nefasta), mis hijos se quedarán solos, tendrán contacto con el mundo de la droga, despreciaran a su madre (osea, a mí)...
Un ronquido estruendoso me hace salir de mi paranoia matutina. Está vivo. Me giró velozmente, me abalanzo sobre él, le abrazo con pasión, le beso con locura.
-Alonso, qué ilusión, pensé que estabas muerto.
-Muy graciosa, Peña. Si por ti fuera me podían haber acribillado y tú seguirías plácidamente dormida. Eres la leche.
-Hombre, no es para tanto. Además, seguro que con el disparo me habría despertado. Pero, ¿dónde vas?
-Al abogado, bonita, al abogado.