Mi semana de estrés laboral mensual es agotadora. No saco un momento para mí, para escribir, para relajarme. Mis horas vuelan entre el trabajo en el periódico, el quehacer de casa, los niños, mi Alonso y, cuando tengo a todos dormidos, realizo en horas intempestivas mis colaboraciones externas. Ahora entiendo por qué un compañero de Pozuelo expresa que yo soy como su regla, que le vengo una vez al mes y le dejo agotado. Lo mismo ocurre conmigo.
Pero además del trabajo mantengo mis escapadas. El viernes pasado, por fin, tuvimos la cena de primos. Los anfitriones fueron María y Víctor (la próxima nos toca a nosotros). Cabe destacar la virtud familiar de la posguerra, es decir, que si somos ocho personas cocinamos para dieciséis, no vaya a ser que alguno se quede con hambre y María, por supuesto, nos cebó de ricos manjares (para dieciséis, que conste): paté de ahumados, salmorejo, pimientos con atún, patatas con huevos rotos... de aperitivo y de plato principal, fondue de carne con diversas salsas. El postre (ay, Víctor, qué el fallo el tuyo) iba a ser tarta de manzana pero al final fueron unos ricos helados. El vino -lo trajeron Nico y Clara, el que van a poner en su boda- voló y las risas comenzaron. Las conversaciones se centraron en los anillos: los de boda, los de pareja... Y, cómo no, la boda, porque la celebración multitudinaria es unos meses después del enlace oficial en Oliete, Teruel, y ha generado varias incógnitas: ¿los chicos tienen que ir de traje?, ¿las chicas de cóctel o estilo ibicenco?, ¿zapatos de tacón o alpargatas elegantes?... Mis dudas se resolvieron: iré divina, como siempre, aunque aún no se qué pondré. ¿De largo?, ¿de corto?, ¿tres cuartos?... Depende de mi ánimo.
Este sábado el plan era perfecto: las tres parejas de primos con niños íbamos a quedar para dar un paseo por el parque del Capricho y, luego, a comer a un restaurante que admitiese a todas nuestras fieras. ¡Cachis!, Álvaro se levantó con fiebre y toses y hubo que cancelarlo. Por la tarde vino la familia Peña-Calle a casa, Manuela no paraba de llorar y gimotear porque quería ver a sus primos, e inauguramos la súper terraza del jardín con unas dietéticas tortitas con nata.
El domingo, todo un clásico, nos fuimos con las bicis al Juan Carlos I, aunque fue menos relajante de lo habitual. Cada tres pasos nos encontrábamos con alguien: Susana, la profesora de lengua de Diego; la familia Barreiro (Ángeles, Vicente, Alejandro y Cristina); Irene (compañera de Álvaro) y su madre; María Alonso (otra compi de Álvaro) y sus padres y, como remate, a cuatro compañeros del periódico. Resumiendo: ¿o es purita casualidad o no vuelvo al parque? Al final, para relajarnos nos fuimos a comer al Chicago's y por la tarde disfrutamos de pequeños momentos de traquilidad mientras Diego, Álvaro y nuestro hijo adoptivo, Stéphan (el vecino) veían Spiderman3.
lunes, abril 14, 2008
jueves, abril 03, 2008
Doctor, te quiero
El lunes, hora en el médico para que me fusilara un papiloma.
-Tenía que comentarle... -empecé a decirle mientras me disparaba con la botella de nitrógeno- que en diciembre me desmayé y este viernes estuve a punto de que se repitiera.
-Pero, ¿llegaste a desvanecerte?
-No, fue solo un mareo, un gran mareo.
-Bueno, Emma, a las chicas jóvenes y delgadas es habitual que les den bajadas de tensión.
Miré la consulta, comprobé que no había nadie más, observé mi michelín superior y busqué la cámara oculta.
-Vale, pero ese no mi caso- exclamé perpleja.
-Sí, Emma, tienes un leve sobrepeso pero eres una chica joven y delgada.
En mi interior explotó una bomba nuclear de emoción, subidón, autoestima en alto grado...
-Porque estamos en una consulta, que si no te invitaba a una copa- dije con voz neurótica de felicidad.
Y es que no es lo mismo que el hijo del gilipollas te diga que "te conservas muy mal para tu edad" a que un profesional te piropee con un "eres una chica joven y delgada". No hay comparación.
Así que cuidadito que a mí ya no hay quien me tosa. En breve, a la pasarela Cibeles y sin papiloma.
-Tenía que comentarle... -empecé a decirle mientras me disparaba con la botella de nitrógeno- que en diciembre me desmayé y este viernes estuve a punto de que se repitiera.
-Pero, ¿llegaste a desvanecerte?
-No, fue solo un mareo, un gran mareo.
-Bueno, Emma, a las chicas jóvenes y delgadas es habitual que les den bajadas de tensión.
Miré la consulta, comprobé que no había nadie más, observé mi michelín superior y busqué la cámara oculta.
-Vale, pero ese no mi caso- exclamé perpleja.
-Sí, Emma, tienes un leve sobrepeso pero eres una chica joven y delgada.
En mi interior explotó una bomba nuclear de emoción, subidón, autoestima en alto grado...
-Porque estamos en una consulta, que si no te invitaba a una copa- dije con voz neurótica de felicidad.
Y es que no es lo mismo que el hijo del gilipollas te diga que "te conservas muy mal para tu edad" a que un profesional te piropee con un "eres una chica joven y delgada". No hay comparación.
Así que cuidadito que a mí ya no hay quien me tosa. En breve, a la pasarela Cibeles y sin papiloma.
Tensión de amigas
Las instrucciones de Blanca me tenían estresada.
-Emma, confirmado, esta noche quedamos a cenar. Te toca a ti reservar restaurante -ordenó Blanca.
-Vale, pues en un tailandés que conozco que está muy bien -respondí con rotundidad.
-No. Mejor elige otro sitio con comida más tradicional que a Mayte no le gusta la comida picante ni tailandesa.
-¿Algo más?
-Sí, que sea fácil aparcar.
-Sí, bwana, lo que usted diga.
Mis neuronas aún estaban un poco atontadas (sólo habían dormido cuatro horas), las espabilé con una coca-cola light y rápidamente me dieron la solución. ¡Cuánto valgo!, me dije a mí misma. Busqué el teléfono y reservé en el restaurante perfecto: al lado de mi casa (quien parte y reparte se lleva la mejor parte), cocina italiana, chalet coqueto y original y con aparcacoches o, en su defecto, con facilidad para aparcar.
El nombre del restaurante produjo ciertas confusiones.
-Nuria, hemos quedado en Casa Mía -le explique.
-Perfecto, sobre las diez me paso por tu casa.
-No, Nuria, que esta vez no es en mi casa, es en un restaurante que se llama "Casa Mía".
-Ah, vale.
(La misma conversación la tuve con Mayte y María. Ay, qué torpes son).
A las diez menos cuarto salí de casa (caminando, que para eso lo había elegido al lado de mi casita). Antes de llegar me encontré con Blanca y Mayte. En el restaurante, acompañada por una copa de vino, estaba María. ¡Qué ilusión! Tanto tiempo sin verla. Y si ahora estaba allí en parte era gracias a mi abuela que hizo que nos uniéramos de nuevo en su funeral.
Nuria, ¡qué raro en ella!, se perdió pero, como siempre, llegó.
La elección del sitio fue todo un éxito, aunque a la pobre Blanca el catarro no le dejó disfrutar al cien por cien. La mozarella y la ensalada de rúcula volaron por nuestros paladares. Los segundos se esfumaron entre recuerdos del colegio y anécdotas pasadas. Luego, postre y copita.
A las dos y media de la mañana el camarero nos trajo la cuenta para que nos fuéramos. María y yo decidimos ir a tomar una última copa para hablar de los años perdidos.
Casi todos los locales estaban cerrados así que nos decantamos por el único que estaba abierto (¡qué listas!). Pedimos nuestras respectivas copas y empezamos a hablar de lo divino y de lo humano, del pasado y del presente, de los niños, familia, pareja... Tanto hablamos que hubo un momento en que me empecé a encontrar mal: estómago revuelto, leve mareo...
-María, perdona, pero creo que me voy a desmayar.
-No fastidies.
-En serio, sácame de aquí o me caigo redonda.
-Estás muy pálida, venga, vamos fuera.
El aire fresco que corría por la calle poco a poco me espabiló y evitó que montara el espectáculo.
-Emma, pero si casi no has bebido. ¿Qué te ha pasado?
-No sé, en Navidad también me desmayé, son bajones de tensión.
Después del susto me llevó a casa y acordamos repetir estos encuentros y, si puede ser, dejar las lipotimias escondidas en el armario.
-Emma, confirmado, esta noche quedamos a cenar. Te toca a ti reservar restaurante -ordenó Blanca.
-Vale, pues en un tailandés que conozco que está muy bien -respondí con rotundidad.
-No. Mejor elige otro sitio con comida más tradicional que a Mayte no le gusta la comida picante ni tailandesa.
-¿Algo más?
-Sí, que sea fácil aparcar.
-Sí, bwana, lo que usted diga.
Mis neuronas aún estaban un poco atontadas (sólo habían dormido cuatro horas), las espabilé con una coca-cola light y rápidamente me dieron la solución. ¡Cuánto valgo!, me dije a mí misma. Busqué el teléfono y reservé en el restaurante perfecto: al lado de mi casa (quien parte y reparte se lleva la mejor parte), cocina italiana, chalet coqueto y original y con aparcacoches o, en su defecto, con facilidad para aparcar.
El nombre del restaurante produjo ciertas confusiones.
-Nuria, hemos quedado en Casa Mía -le explique.
-Perfecto, sobre las diez me paso por tu casa.
-No, Nuria, que esta vez no es en mi casa, es en un restaurante que se llama "Casa Mía".
-Ah, vale.
(La misma conversación la tuve con Mayte y María. Ay, qué torpes son).
A las diez menos cuarto salí de casa (caminando, que para eso lo había elegido al lado de mi casita). Antes de llegar me encontré con Blanca y Mayte. En el restaurante, acompañada por una copa de vino, estaba María. ¡Qué ilusión! Tanto tiempo sin verla. Y si ahora estaba allí en parte era gracias a mi abuela que hizo que nos uniéramos de nuevo en su funeral.
Nuria, ¡qué raro en ella!, se perdió pero, como siempre, llegó.
La elección del sitio fue todo un éxito, aunque a la pobre Blanca el catarro no le dejó disfrutar al cien por cien. La mozarella y la ensalada de rúcula volaron por nuestros paladares. Los segundos se esfumaron entre recuerdos del colegio y anécdotas pasadas. Luego, postre y copita.
A las dos y media de la mañana el camarero nos trajo la cuenta para que nos fuéramos. María y yo decidimos ir a tomar una última copa para hablar de los años perdidos.
Casi todos los locales estaban cerrados así que nos decantamos por el único que estaba abierto (¡qué listas!). Pedimos nuestras respectivas copas y empezamos a hablar de lo divino y de lo humano, del pasado y del presente, de los niños, familia, pareja... Tanto hablamos que hubo un momento en que me empecé a encontrar mal: estómago revuelto, leve mareo...
-María, perdona, pero creo que me voy a desmayar.
-No fastidies.
-En serio, sácame de aquí o me caigo redonda.
-Estás muy pálida, venga, vamos fuera.
El aire fresco que corría por la calle poco a poco me espabiló y evitó que montara el espectáculo.
-Emma, pero si casi no has bebido. ¿Qué te ha pasado?
-No sé, en Navidad también me desmayé, son bajones de tensión.
Después del susto me llevó a casa y acordamos repetir estos encuentros y, si puede ser, dejar las lipotimias escondidas en el armario.
lunes, marzo 31, 2008
Y en vacaciones, reunión de amigos

Menú infantil. Paula, Diego, María y Álvaro
Kaos, tumbado en el sofá, languidecía más su mirada. De aquí no me movéis, me decía con sus ojos achinados, que estoy herido. Le observé con preocupación mientras mi mente repetía las palabras "asesina, asesina". Tan enfrascada estaba en mi arrepentimiento que casi no oí la puerta del jardín. El desfile de amigos comenzó a gotear como la lluvia que empapaba la sierra: Blanca y María; David y Mayte con Paula y Elena, y Pepo y María. El plan de barbacoa en el jardín se suspendió. Hubo suerte y pudimos reservar una mesa para catorce en la sidrería vasca (9 adultos y 5 niños). Corrimos por las calles hasta el restaurante esquivando los copos de nieve. Durante el aperitivo llegaron Chino y Nuria. Pedimos un suculento menú degustación y dejamos que la sidra inundara nuestros vasos. Los peques aguantaron una hora sin revolucionarse. En el momento en que vimos que los niños estaban a punto de tirarse desde la barandilla a las mesas de las planta baja sin paracaídas pedimos la cuenta y tomamos el café en casa junto a unas sabrosas torrijas (¡que se lo pregunten a Pepo). El sector infantil corrió por toda la casa, tiró las palomitas, discutió por los juguetes, mimó a Kaos... Resumiendo: se portaron de maravilla y nosotros, los cuasi cuarentones, también. Un gran día.

Un amigo, un amor, una gran amiga
Entre árboles
Semana Santa 2008. Animales III
Kaos, nuestro héroe, me mira con cara triste, tiembla cuando me acerco a él y no entiende cómo le he podido herir. Reconcozco que el perro es bastante dramático, pero esta vez tiene razón.
Aquella tarde soleada decidimos ir a dar un paseo por el pantano. JF se fue en un coche con sus padres y yo coloqué a mis tres fieras en el mío (Diego, Álvaro y Kaos).
-Mamá, por favor, vamos a buscar a Alejandro y a Cristina -suplicaron mis retoños.
Y como yo soy una mandada, fui a buscarlos.
El orden en el coche era el siguiente: Kaos en el maletero, los cuatro niños en el asiento trasero y yo, de conductora. Como el trayecto era cortito no me importó. Según íbamos por la carretera un grito me hizo frenar en seco.
-¡¡Se ha abierto el maletero!! -gritaron Álvaro y Cristina.
Miré por el retrovisor, el coche que iba tras nosotros me daba frenéticamente las luces y Kaos, ahogado por la correa, era arrastrado tras el coche.
Luces de emergencia, frenazo y salí como una loca gritando: "¡¡chicos, ni se os ocurra bajar del coche!!"
Kaos, aterrorizado, me miraba con sus ojos achinados. El collar lo tenía medio ahogado por la tensión que ejercía la correa que estaba sujeta a la barra del maletero. Rápidamente le liberé de su asfixia. Su cuerpo temblaba y sus patas sangraban. Le metí a duras penas en el asiento del copiloto.
-Pobre, Kaos, mamá, casi lo matas -dijo Diego mientras le acariciaba.
-Ha sido un accidente -contesté asustada.
-¿Y cómo se lo vas a contar a la abuela y a Pepe?
-Ay, no sé.
Llegamos al pantano con la fiera herida. Alonso me miró perplejo.
-¿Qué le pasa a Kaos? -preguntó intrigado.
-Pues no te lo vas a creer pero se ha abierto el maletero en marcha y el pobre se ha caído a la carretera.
-No fastidies, Emma.
-Oye, que ha sido un accidente.
-Lo que tú digas, pero sólo a ti te ocurren estos accidentes tan raros. Anda, dame a Kaos que me lo llevo a casa para curarle. ¡Asesina!
Kaos, por suerte, sólo se rompió una uña, se rozó las almohadillas y se magulló un poco las patas. Me mira con horror y mis hombres me fusilan con la mirada mientran susurran: ¡asesina, asesina!
Aquella tarde soleada decidimos ir a dar un paseo por el pantano. JF se fue en un coche con sus padres y yo coloqué a mis tres fieras en el mío (Diego, Álvaro y Kaos).
-Mamá, por favor, vamos a buscar a Alejandro y a Cristina -suplicaron mis retoños.
Y como yo soy una mandada, fui a buscarlos.
El orden en el coche era el siguiente: Kaos en el maletero, los cuatro niños en el asiento trasero y yo, de conductora. Como el trayecto era cortito no me importó. Según íbamos por la carretera un grito me hizo frenar en seco.
-¡¡Se ha abierto el maletero!! -gritaron Álvaro y Cristina.
Miré por el retrovisor, el coche que iba tras nosotros me daba frenéticamente las luces y Kaos, ahogado por la correa, era arrastrado tras el coche.
Luces de emergencia, frenazo y salí como una loca gritando: "¡¡chicos, ni se os ocurra bajar del coche!!"
Kaos, aterrorizado, me miraba con sus ojos achinados. El collar lo tenía medio ahogado por la tensión que ejercía la correa que estaba sujeta a la barra del maletero. Rápidamente le liberé de su asfixia. Su cuerpo temblaba y sus patas sangraban. Le metí a duras penas en el asiento del copiloto.
-Pobre, Kaos, mamá, casi lo matas -dijo Diego mientras le acariciaba.
-Ha sido un accidente -contesté asustada.
-¿Y cómo se lo vas a contar a la abuela y a Pepe?
-Ay, no sé.
Llegamos al pantano con la fiera herida. Alonso me miró perplejo.
-¿Qué le pasa a Kaos? -preguntó intrigado.
-Pues no te lo vas a creer pero se ha abierto el maletero en marcha y el pobre se ha caído a la carretera.
-No fastidies, Emma.
-Oye, que ha sido un accidente.
-Lo que tú digas, pero sólo a ti te ocurren estos accidentes tan raros. Anda, dame a Kaos que me lo llevo a casa para curarle. ¡Asesina!
Kaos, por suerte, sólo se rompió una uña, se rozó las almohadillas y se magulló un poco las patas. Me mira con horror y mis hombres me fusilan con la mirada mientran susurran: ¡asesina, asesina!
jueves, marzo 27, 2008
Semana Santa 2008. Animales II
Los gritos de Álvaro a primera hora de la mañana solicitando su biberón me hicieron saltar de la cama. Mientras se calentaba la leche en el microondas observé por la ventana como el sol dominaba a las nubes. Desayunos, unos pocos deberes, vestir a los niños y, por fin, a la calle. En el parque nos encontramos con Ángeles y sus hijos. Al final, volví a casa con cuatro niños, les senté a comer y batallamos un poco. ¡Jo, mamá, por qué tenemos que comernos las judías verdes!, refunfuñó Diego. Porque lo digo yo, argumenté con un razonamiento aplastante.
El sol seguía luciendo. Chicos, nos vamos de paseo, impuse para lograr que los mayores no se engancharan a la Nintendo. Kaos, empezó a mover el rabo emocionado y los niños corrieron a por todos sus aparejos. El espectáculo al salir de casa era muy cómico: Diego, Alejandro y Álvaro con sus bicicletas, Cristina con su monopatín y yo arrastrada por Kaos. Hasta que llegamos al camino de tierra, corrí como una loca detrás de Álvaro que se cree Induráin y aún no es consciente del peligro de los coches.
El paseo comenzó tranquilo. Los niños pedaleaban felices, Cristina a duras penas podía mover el monopatín y Kaos me suplicaba que le soltará. No, Kaos, ya sabes que a mí me da miedo, le dije pensando que me entendía. Álvaro paró su bici y gritó: ¡mamá, hay dos vacas sueltas o dos toros, no lo sé! Bueno, contesté, pues en vez de ir a ver a la vaca Avelina cogemos el camino de Alpedrete.
Al cabo de diez minutos, empezaron las quejas:
-Jo, mamá, hace mucho calor, ¿me puedes llevar el abrigo? -suplicó Diego.
-El mío también, por favor -pidió Alejandro.
-Emma, y a mí me puedes llevar el monopatín -rogó Cristina.
Anduve con dos abrigos, un monopatín y el perro durante cinco minutos. El sudor caía por mi frente y mis energías se iban agotando.
-Chicos -grité- hay que buscar un escondite para guardar todos estos trastos y a la vuelta los recuperamos.
Depositamos todo bajo unos matorrales y continuamos con el paseo. Diego y Alejandro se distanciaron de nosotros. Álvaro, a dos metros míos, cayó de su bici. No sé por dónde apareció, pero de pronto un enorme perro negro salvaje se interpuso entre nosotros. Se acercó a Álvaro, que empezó a llorar aterrorizado, y le olisqueó.
-Álvaro, tranquilo -supliqué con la histeria por dentro-, que no note que estás nervioso.
Cristina se aferró a mis piernas con sus ojos llorosos.
El perro se separó un poco de mi hijo y no me lo pensé dos veces: solté a Kaos y confíe en él. No me defraudó: ladró como un loco al perro invasor, enseñó sus fauces, le mordió y el perro salvaje corrió por el monte con el rabo entre las patas.
Álvaro lloraba, Cristina lloraba y yo aguantaba mis ganas de llorar. Relatamos a los mayores nuestra "aventura terrorífica con el perro negro de ojos rojos" (según los pequeños) y decidimos volver a casa y recuperar nuestros "tesoros escondidos".
-¡¡No, mamá!!, por ese camino no -balbuceó Álvaro.
-¡¡No, Emma, qué miedo!! -lloró Cristina.
-Está bien, no os preocupéis seguiremos por este camino aunque sea más largo, llegaremos a casa y ya veré cómo recupero los "tesoros" -expliqué para calmarles.
Al cabo de un kilómetro, el perro salvaje se plantó en nuestro camino. Kaos ladró desesperado, los niños balbucearon su pánico y mi estrés me rizó aún más el pelo.
-Tranquilos, chicos -susurré- vamos a volver por el atajo que ha utlizado el perro y así no nos podrá hacer nada.
Despacio, muy despacio, aceleramos el paso y nos colamos por el pequeño hueco que había en el vallado, metimos las bicis y corrimos campo a través, tropezamos, corrimos y por fin vimos al perro salvaje muy alejado de nosotros. Me di un chute de ventolín para evitar el ataque de asma nervioso, sonreí y exclamé: "venga chicos, vamos a recuperar nuestro tesoro". Los niños respiraron tranquilos, abrazaron a Kaos y le dijeron con ternura: "Kaos, eres nuestro héroe, nos has salvado la vida".
Cuando se lo conté a Juan Fran suspiró: "Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas"
PD: En esta ocasión no pude realizar el reportaje gráfico. El miedo me lo impidió.
-Álvaro, tranquilo -supliqué con la histeria por dentro-, que no note que estás nervioso.
Cristina se aferró a mis piernas con sus ojos llorosos.
El perro se separó un poco de mi hijo y no me lo pensé dos veces: solté a Kaos y confíe en él. No me defraudó: ladró como un loco al perro invasor, enseñó sus fauces, le mordió y el perro salvaje corrió por el monte con el rabo entre las patas.
Álvaro lloraba, Cristina lloraba y yo aguantaba mis ganas de llorar. Relatamos a los mayores nuestra "aventura terrorífica con el perro negro de ojos rojos" (según los pequeños) y decidimos volver a casa y recuperar nuestros "tesoros escondidos".
-¡¡No, mamá!!, por ese camino no -balbuceó Álvaro.
-¡¡No, Emma, qué miedo!! -lloró Cristina.
-Está bien, no os preocupéis seguiremos por este camino aunque sea más largo, llegaremos a casa y ya veré cómo recupero los "tesoros" -expliqué para calmarles.
Al cabo de un kilómetro, el perro salvaje se plantó en nuestro camino. Kaos ladró desesperado, los niños balbucearon su pánico y mi estrés me rizó aún más el pelo.
-Tranquilos, chicos -susurré- vamos a volver por el atajo que ha utlizado el perro y así no nos podrá hacer nada.
Despacio, muy despacio, aceleramos el paso y nos colamos por el pequeño hueco que había en el vallado, metimos las bicis y corrimos campo a través, tropezamos, corrimos y por fin vimos al perro salvaje muy alejado de nosotros. Me di un chute de ventolín para evitar el ataque de asma nervioso, sonreí y exclamé: "venga chicos, vamos a recuperar nuestro tesoro". Los niños respiraron tranquilos, abrazaron a Kaos y le dijeron con ternura: "Kaos, eres nuestro héroe, nos has salvado la vida".
Cuando se lo conté a Juan Fran suspiró: "Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas"
PD: En esta ocasión no pude realizar el reportaje gráfico. El miedo me lo impidió.
miércoles, marzo 26, 2008
Semana Santa 2008. Animales I
Tras mucho desearlo, llegó la Semana Santa. No es que tuviera ganas de ir de procesiones, lo que quería era disfrutar de mis ansiadas vacaciones. Por fin, el viernes salí del periódico y sonreí al saber que iba a estar nueve días sin volver por allí.
El sábado cargamos los dos coches como los gitanos rumanos: bicicletas, monopatines, maletas, thermomix, deberes de Diego... Y nos fuimos a Guadarrama. La llegada fue dura. El recuerdo de mi abuela rondaba en cada esquina de la casa y las lágrimas florecían desconsoladamente. Saqué fuerzas y pensé que ella sería feliz al ver cómo disfrutábamos de su adorado pueblo, Guadarrama.
Tras deshacer y colocar todos los bártulos llegaron mi hermano con toda su tropa, mi madre, Pepe y Kaos y rememoramos nuestro clásicos: paseo guadarrameño y visita a la vaca Avelina (vaca rubia y gorda de grandes pitones). La sorpresa nos la dio la vaca Avelina, había tenido una ternerita que rápidamente Diego la bautizó como la vaca Margarita.
Esa noche se quedaron en casa mi madre y Kaos. Jugamos nuestra habitual partida de Rummy, alquilamos unas pelis, comimos unas dietéticas torrijas y el lunes sólo quedamos en casa los niños, Kaos (que me lo adjudicaron toda la Semana Santa) y yo.
Los peques me rogaron que quedáramos con sus amigos Alejandro y Cristina. Hablé con Ángeles, la madre de las criaturas, y planeamos subir al pantano a dar un paseo. El sol dominaba el cielo y el aire serrano era un placer. Los cuatro niños correteaban, Kaos me imploraba con sus ojos tristes que le quitara la cadena y Ángeles y yo cotorreábamos tranquilamente.

De pronto, una imagen bucólica apareció ante nosotros: dos graciosos burros trotaban alegremente entre los pinos.
-Ay, qué monos -exclamé con tono urbanito.
-Sí, qué graciosos -gritaron los cuatro niños a la vez.
De repente apareció otro burro, y otro, y otro... ¡Nueve burros salvajes! Y, ay, Dios mío, los nueve burros empezaron a galopar hacia nosotros.
-Mamá, que vienen los burros -sollozó Álvaro.
-Tranquilos, chicos, que los burros no hacen nada -grité mientras les animaba a correr detrás mío.
Ángeles y yo cruzamos nuestras miradas de pánico.
-Hacia el coche -dijo Ángeles.

Y allí corrimos todos (y digo todos, porque los burros venían detrás nuestro). Al cabo de unos cuantos metros, no sé cómo ni por qué, los burros pararon. Nosotros, en silencio, muy despacio, esquivamos sus largas orejas y sigilosamente, escondiéndonos entre los pinos, pudimos llegar a nuestro riachuelo, pusimos a Kaos de vigía y reímos por la aventura.

-Ay, Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas -comentó esa noche mi Alonso.
El sábado cargamos los dos coches como los gitanos rumanos: bicicletas, monopatines, maletas, thermomix, deberes de Diego... Y nos fuimos a Guadarrama. La llegada fue dura. El recuerdo de mi abuela rondaba en cada esquina de la casa y las lágrimas florecían desconsoladamente. Saqué fuerzas y pensé que ella sería feliz al ver cómo disfrutábamos de su adorado pueblo, Guadarrama.
Tras deshacer y colocar todos los bártulos llegaron mi hermano con toda su tropa, mi madre, Pepe y Kaos y rememoramos nuestro clásicos: paseo guadarrameño y visita a la vaca Avelina (vaca rubia y gorda de grandes pitones). La sorpresa nos la dio la vaca Avelina, había tenido una ternerita que rápidamente Diego la bautizó como la vaca Margarita.
Esa noche se quedaron en casa mi madre y Kaos. Jugamos nuestra habitual partida de Rummy, alquilamos unas pelis, comimos unas dietéticas torrijas y el lunes sólo quedamos en casa los niños, Kaos (que me lo adjudicaron toda la Semana Santa) y yo.
Los peques me rogaron que quedáramos con sus amigos Alejandro y Cristina. Hablé con Ángeles, la madre de las criaturas, y planeamos subir al pantano a dar un paseo. El sol dominaba el cielo y el aire serrano era un placer. Los cuatro niños correteaban, Kaos me imploraba con sus ojos tristes que le quitara la cadena y Ángeles y yo cotorreábamos tranquilamente.
De pronto, una imagen bucólica apareció ante nosotros: dos graciosos burros trotaban alegremente entre los pinos.
-Ay, qué monos -exclamé con tono urbanito.
-Sí, qué graciosos -gritaron los cuatro niños a la vez.
De repente apareció otro burro, y otro, y otro... ¡Nueve burros salvajes! Y, ay, Dios mío, los nueve burros empezaron a galopar hacia nosotros.
-Mamá, que vienen los burros -sollozó Álvaro.
-Tranquilos, chicos, que los burros no hacen nada -grité mientras les animaba a correr detrás mío.
Ángeles y yo cruzamos nuestras miradas de pánico.
-Hacia el coche -dijo Ángeles.
Y allí corrimos todos (y digo todos, porque los burros venían detrás nuestro). Al cabo de unos cuantos metros, no sé cómo ni por qué, los burros pararon. Nosotros, en silencio, muy despacio, esquivamos sus largas orejas y sigilosamente, escondiéndonos entre los pinos, pudimos llegar a nuestro riachuelo, pusimos a Kaos de vigía y reímos por la aventura.
-Ay, Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas -comentó esa noche mi Alonso.
domingo, marzo 23, 2008
El hijo del gilipollas
Marta, la madre de Daniel, me pidió que el jueves fuera a ayudarla a organizar el cumpleaños de su hijo.
-¡Cómo no! -contesté-, además te dejo los sacos de obra para hacer carreras de sacos. A las seis, después de salir del periódico, me paso por tu casa.
-Vale, te espero a esa hora.
Por el jardín de la urbanización corrían despavoridos los habituales: Alejandro, Enrique, Quique, Diego... Y, ¡o no!, el hijo del gilipollas, bastante pato, por cierto.
Tragué saliva y pensé, pobre niño, él no tiene culpa de tener ese padre. Así que, como es habitual en mí, fui encantadora.
Tras agotar las energías jugando al pañuelo, los sacos, fútbol, carreras... Nos fuimos con toda la tropa al McDonald´s. Diego y Álvaro se sentaron junto a Alejandro, Borja, Alberto y David (el hijo de... Y, además, superdotado). Estuve pendiente de todos sus deseos y apetencias gastronómicas. Antes de tomarse el postre e irse a jugar al sitio de bolas, "el hijo del..." levantó la mirada y me preguntó:
-¿Cuántos años tienes?
Pregunta impertinente pero comprensible en un niño. Como el chaval en cuestión es súperdotado decidí poner a prueba su inteligencia.
-Si sumas las dos cifras el resultado es diez.
-Treinta y seis- contestó antes de que pasara un segundo.
-Casi, tengo treinta y siete.
-Pues para la edad que tienes te conservas muy mal, con perdón -dijo el imbécil, claro, que siendo hijo de quien es...
Contuve mis ganas de darle un sopapo (¡que me costó!), miré alrededor, vi Diego y su grupo de amigos discutiendo sobre los pokémon, las técnicas de los asaltantes de Pressing Catch y sonreí al comprobar que mi hijo, por suerte, no es súperdotado y vive a sus ocho años una maravillosa infancia y no es capaz de valorar si una persona aparenta más o menos años (que no es mi caso, que conste).
-¡Cómo no! -contesté-, además te dejo los sacos de obra para hacer carreras de sacos. A las seis, después de salir del periódico, me paso por tu casa.
-Vale, te espero a esa hora.
Por el jardín de la urbanización corrían despavoridos los habituales: Alejandro, Enrique, Quique, Diego... Y, ¡o no!, el hijo del gilipollas, bastante pato, por cierto.
Tragué saliva y pensé, pobre niño, él no tiene culpa de tener ese padre. Así que, como es habitual en mí, fui encantadora.
Tras agotar las energías jugando al pañuelo, los sacos, fútbol, carreras... Nos fuimos con toda la tropa al McDonald´s. Diego y Álvaro se sentaron junto a Alejandro, Borja, Alberto y David (el hijo de... Y, además, superdotado). Estuve pendiente de todos sus deseos y apetencias gastronómicas. Antes de tomarse el postre e irse a jugar al sitio de bolas, "el hijo del..." levantó la mirada y me preguntó:
-¿Cuántos años tienes?
Pregunta impertinente pero comprensible en un niño. Como el chaval en cuestión es súperdotado decidí poner a prueba su inteligencia.
-Si sumas las dos cifras el resultado es diez.
-Treinta y seis- contestó antes de que pasara un segundo.
-Casi, tengo treinta y siete.
-Pues para la edad que tienes te conservas muy mal, con perdón -dijo el imbécil, claro, que siendo hijo de quien es...
Contuve mis ganas de darle un sopapo (¡que me costó!), miré alrededor, vi Diego y su grupo de amigos discutiendo sobre los pokémon, las técnicas de los asaltantes de Pressing Catch y sonreí al comprobar que mi hijo, por suerte, no es súperdotado y vive a sus ocho años una maravillosa infancia y no es capaz de valorar si una persona aparenta más o menos años (que no es mi caso, que conste).
jueves, marzo 06, 2008
Más regalos
Las Navidades me dejan las neuronas exhaustas de tanto pensar regalos personalizados que gusten al destinatario. Cuando aún no me he repuesto, llega el mes de marzo y me pongo a temblar. Los cumpleaños se amontonan en la agenda: abuela Mary (finales de febrero), Roberto, Manuela, Pepe, Blanca y demás amigos. Y no tengo fuerzas. De lunes a jueves mi tiempo se escurre entre los deberes de Diego, los cuentos de Álvaro, las gestiones con el resto de las madres de colegio para ver a qué campamento mandamos a los niños en verano, la thermomix, las compras caseras que nunca se acaban (frutería, carnicería, pescadería, mercadona...), mis series, mi insomnio, mis momentos de relax (en este aspecto cada uno que le eche imaginación)...
El sábado Roberto nos invitó a cenar a La Mordida para celebrar su cumpleaños y a Chicote a tomar unas copass. El regalo fue un clásico: calzoncillos Calvin Klein y pantalón de pijama Calvin Klein, eso sí, con tiquet de regalo. Esta noche mi abuela Mary invita a todos sus nietos a cenar, así que me he recorrido el Corte Inglés de arriba a abajo. Al final encontré su regalo. Sé que lo cambiará porque a ella lo que más le emociona no es el regalo sino poder ir a cambiarlo al Corte Inglés. Así que espero que le guste el tiquet regalo.
El sábado Roberto nos invitó a cenar a La Mordida para celebrar su cumpleaños y a Chicote a tomar unas copass. El regalo fue un clásico: calzoncillos Calvin Klein y pantalón de pijama Calvin Klein, eso sí, con tiquet de regalo. Esta noche mi abuela Mary invita a todos sus nietos a cenar, así que me he recorrido el Corte Inglés de arriba a abajo. Al final encontré su regalo. Sé que lo cambiará porque a ella lo que más le emociona no es el regalo sino poder ir a cambiarlo al Corte Inglés. Así que espero que le guste el tiquet regalo.
lunes, febrero 25, 2008
Los ases del balón
Si gana la liga el Atlético de Madrid soy feliz, si la gana el Madrid, pues también. Lo único que tengo claro es que no me gusta el Barça... Pero ahora las cosas han cambiado. Ya no soy del Atlético, ni del Madrid. ¡Soy del Santa María de la Hispanidad B! El equipo de Diego. Todos los sábados por la mañana, haga frío o calor, allí estamos todos animando al equipo. La verdad es que no sirve de mucho: ¡somos los últimos de la competición! Pero a mí me da igual porque mis gritos se oyen por todo el campo, mis elogios, mis ánimos, mis críticas al contrario... Mamá, sólo se escuchan tus gritos, me dice Diego al oído. Yo soy así, como la madre de la Pantoja o la madre de Bardem, que me deshago por mis niños.
Emma, son malísimos, dice Juan Fran que domina la técnica del balón. Y mi cara se transforma, le fusilo con la mirada y le espeto indignada: de verdad, Alonso, eres insoportable, no valoras el esfuerzo, cada vez juegan mejor, son unos fieras. Alonso me mira con risa contenida y yo, de nuevo, le fusilo con la mirada.
Este sábado han perdido 19-0, pero, como diría Roberto, "han jugado como nunca, han perdido como siempre"
Emma, son malísimos, dice Juan Fran que domina la técnica del balón. Y mi cara se transforma, le fusilo con la mirada y le espeto indignada: de verdad, Alonso, eres insoportable, no valoras el esfuerzo, cada vez juegan mejor, son unos fieras. Alonso me mira con risa contenida y yo, de nuevo, le fusilo con la mirada.
Este sábado han perdido 19-0, pero, como diría Roberto, "han jugado como nunca, han perdido como siempre"
Ruta turística por el túnel
Me desperté cansada, sin ganas de hacer nada. Voy aprovechar que hoy no trabajo para descansar, pensé el viernes cuando mis tres hombres abandonaron la casa. De pronto, me acordé de la cena que tenía por la noche en casa de Paloma (cena CESIP -Celia, Emma, Sandra, Isabel y Paloma- ¡qué graciosa soy!) y me entraron los nervios. Me coloqué mi gorro de cocinera, seleccioné las recetas de la thermomix e hice en menos de una hora el paté de higaditos, el pisto para rellenar la empanada y la masa de la empanada. Al cabo de un rato, la nevera enfriaba las dos terrinas de paté (¡qué hice una para mi Alonso!) y la mesa lucía dos empanadas bien diferenciadas: una con las iniciales CESIP y otra decorada con un corazón para mis chicos. Misión cumplida, ahora descanso. Ay, no, que tengo que ir al Corte Inglés a cambiar un regalo, que me renueven la tarjeta -qué de tanto usarla se han borrado los números- y a comprar un aspirador. Paseaba por la rebajas de Blancolor cuando sonó el móvil. Los de Pozuelo tenían un problema con el díptico que les había diseñado. Rápidamente bajé al aparcamiento y volví a casa sin comprar nada. Arreglé el problemilla y oí que Alonso entraba por la puerta. ¡Ya es la hora de comer!
La tarde se esfumó entre llevar a Álvaro a un cumpleaños, poner a estudiar a Diego y su amigo Alejandro, recoger a Álvaro, baños y cenas. Por fin, a las nueve y cuarto, me sentaba en el coche de Sandra con mi empanada y mi paté. Recogimos a Isabel y empezó la aventura.
Para llegar a casa de Paloma debíamos coger el nuevo túnel diseñado por Gallardón. Entramos sin problemas. De pronto, tuvimos que elegir si tomábamos dirección a Toledo o a Valencia. ¡A Toledo!, dijo Sandra. No, sigue recto que la salida de Fernández Ladreda es la siguiente, afirmé convencida. Me equivoqué y sin saber cómo aparecimos en Vallecas. ¡Ahí está la farmacia de Carlos!, gritó Isabel. Cojonudo, Isa, pero lo que queremos es salir de Vallecas y volver a la M-30, ¿qué hacemos?, solté entre risas histéricas. No sé, contestó, bueno sí, Sandra toma el siguiente desvío y pisa un poco el acelerador que aquí no hace falta que vayamos a 70, explicó Isa disgustada porque no pasábamos por delante de la farmacia de su marido. Pero, ¿sabéis dónde vamos?, preguntó Sandra. Sí, coge el desvío M-30 Norte, ordenó Isabel. Pero tenemos que ir en dirección contraria, dije aún más contrariada. Qué no, Emma, que por aquí se va hacia el periódico, contestaron las dos a la vez. ¡Pero la casa de Paloma está en la otra dirección!, grité al darme cuenta de que estábamos al lado del tanatorio. ¿Qué hago?, preguntó Sandra. Vete a la derecha y bordea el tanatorio, tenemos que coger la puta M-30 en dirección contraria, ordené entre carcajadas. Sonó el teléfono. Era Paloma. ¿Dónde estáis? En el tanatorio. ¿En qué tanatorio? En el de la M-30. ¿Pero qué hacéis ahí? Nos hemos perdido. Tenéis que coger el desvío Fernández Ladreda. Eso intentamos, Paloma.
Tras varios gritos y con ataque de risa histriónico volvimos al túnel. El desvío que nos indicaba Paloma no aparecía por ningún lado y salimos al Vicente Calderón. ¡Mierda, otra vez vamos mal!, logré decir entre carcajadas. Cambio de sentido y de nuevo al túnel. Paloma volvió a llamar. Guía turística del túnel, dígame, dije al contestar. Déjate de tonterías, Emma, ¿dónde estáis? En el Vicente Calderón. ¡Pero que hacéis ahí! No sé, Paloma, no sé. Emma, no te entiendo, deja de reírte. No puedo.
Tras hora y media en el coche y circular en sentido contrario por una calle, llegamos. Un vino, por Dios, pedí nada más entrar. Celia apareció media hora más tarde tan contenta. ¡Qué bien me ha traído el tom-tom! Y lancé una mirada de súplica a Sandra para que actualizara su tom-tom.
Por fin nos sentamos a degustar nuestras delicias gastronómicas: jamón, paté, empanada, alcachofas con piñones, ensalada de arroz, solomillos de cerdo con salsa y, de postre, tarta de manzana (¡mi preferida!) y, como no, vino y champán (del bueno, que Paloma lo reservó en Navidades para nosotras). Las risas y conversaciones fueron de lo más variadas: sexo, periódico, críticas, cotilleos, niños... Un no parar. A la una y media, apareció Raúl, el marido de Paloma, que venía de cubrir la campaña electoral. Aguantó quince minutos y huyó despavorido a dormir.
A las tres y media dimos por concluida la cena. Volví con Celia. Al llegar al desvío hacia el aeropuerto el tom-tom nos indicó que cogiéramos otra salida, obedecimos y, oh, mierda, ¡nos volvimos a perder! El tom-tom dejó de funcionar, aparecimos en el Vicente Calderón, en una carretera desconocida, de nuevo en el túnel, un coche iba marcha atrás por la M-30... ¡Una pesadilla plagada de carcajadas! Por fin, a las cuatro y media, llegué a casa. ¡Y eso que hoy pensaba descansar!
La tarde se esfumó entre llevar a Álvaro a un cumpleaños, poner a estudiar a Diego y su amigo Alejandro, recoger a Álvaro, baños y cenas. Por fin, a las nueve y cuarto, me sentaba en el coche de Sandra con mi empanada y mi paté. Recogimos a Isabel y empezó la aventura.
Para llegar a casa de Paloma debíamos coger el nuevo túnel diseñado por Gallardón. Entramos sin problemas. De pronto, tuvimos que elegir si tomábamos dirección a Toledo o a Valencia. ¡A Toledo!, dijo Sandra. No, sigue recto que la salida de Fernández Ladreda es la siguiente, afirmé convencida. Me equivoqué y sin saber cómo aparecimos en Vallecas. ¡Ahí está la farmacia de Carlos!, gritó Isabel. Cojonudo, Isa, pero lo que queremos es salir de Vallecas y volver a la M-30, ¿qué hacemos?, solté entre risas histéricas. No sé, contestó, bueno sí, Sandra toma el siguiente desvío y pisa un poco el acelerador que aquí no hace falta que vayamos a 70, explicó Isa disgustada porque no pasábamos por delante de la farmacia de su marido. Pero, ¿sabéis dónde vamos?, preguntó Sandra. Sí, coge el desvío M-30 Norte, ordenó Isabel. Pero tenemos que ir en dirección contraria, dije aún más contrariada. Qué no, Emma, que por aquí se va hacia el periódico, contestaron las dos a la vez. ¡Pero la casa de Paloma está en la otra dirección!, grité al darme cuenta de que estábamos al lado del tanatorio. ¿Qué hago?, preguntó Sandra. Vete a la derecha y bordea el tanatorio, tenemos que coger la puta M-30 en dirección contraria, ordené entre carcajadas. Sonó el teléfono. Era Paloma. ¿Dónde estáis? En el tanatorio. ¿En qué tanatorio? En el de la M-30. ¿Pero qué hacéis ahí? Nos hemos perdido. Tenéis que coger el desvío Fernández Ladreda. Eso intentamos, Paloma.
Tras varios gritos y con ataque de risa histriónico volvimos al túnel. El desvío que nos indicaba Paloma no aparecía por ningún lado y salimos al Vicente Calderón. ¡Mierda, otra vez vamos mal!, logré decir entre carcajadas. Cambio de sentido y de nuevo al túnel. Paloma volvió a llamar. Guía turística del túnel, dígame, dije al contestar. Déjate de tonterías, Emma, ¿dónde estáis? En el Vicente Calderón. ¡Pero que hacéis ahí! No sé, Paloma, no sé. Emma, no te entiendo, deja de reírte. No puedo.
Tras hora y media en el coche y circular en sentido contrario por una calle, llegamos. Un vino, por Dios, pedí nada más entrar. Celia apareció media hora más tarde tan contenta. ¡Qué bien me ha traído el tom-tom! Y lancé una mirada de súplica a Sandra para que actualizara su tom-tom.
Por fin nos sentamos a degustar nuestras delicias gastronómicas: jamón, paté, empanada, alcachofas con piñones, ensalada de arroz, solomillos de cerdo con salsa y, de postre, tarta de manzana (¡mi preferida!) y, como no, vino y champán (del bueno, que Paloma lo reservó en Navidades para nosotras). Las risas y conversaciones fueron de lo más variadas: sexo, periódico, críticas, cotilleos, niños... Un no parar. A la una y media, apareció Raúl, el marido de Paloma, que venía de cubrir la campaña electoral. Aguantó quince minutos y huyó despavorido a dormir.
A las tres y media dimos por concluida la cena. Volví con Celia. Al llegar al desvío hacia el aeropuerto el tom-tom nos indicó que cogiéramos otra salida, obedecimos y, oh, mierda, ¡nos volvimos a perder! El tom-tom dejó de funcionar, aparecimos en el Vicente Calderón, en una carretera desconocida, de nuevo en el túnel, un coche iba marcha atrás por la M-30... ¡Una pesadilla plagada de carcajadas! Por fin, a las cuatro y media, llegué a casa. ¡Y eso que hoy pensaba descansar!
lunes, febrero 18, 2008
Amor agotador
La noche del sábado Álvaro insistió en que tenía que dormir con Diego y Enrique. Mamá, que también es mi amigo, alegó en su defensa. Al final ganó su terquedad. Junté las camas y Enrique se puso en medio para estar al lado de Diego y, cómo no, pegadito a Álvaro. Chicos, haced que os dormís y una vez que Álvaro esté en los brazos de Morfeo me lo llevo a su habitación y así vosotros podéis hablar de vuestros secretos, susurré a sus oídos. Ellos, que son muy buenos, asintieron. Sin embargo, a los veinte minutos todos dormían plácidamente.
Pasaron las horas y comenzó el espectáculo nocturno. Álvaro me llamó a gritos (¡mamá, mamita!) unas cinco veces. Entre sueños, como siempre, me levanté, le calmé, le tapé y me volví a dormir (cinco veces, repito).
A la mañana siguiente, entre porras y churros, Enrique me miró sorprendido. Emma, me explicó, esta noche he dormido muy bien pero me he despertado varias veces por los gritos de Álvaro. Vaya, lo siento, dije entre mordisco y mordisco de mi napolitana, como Diego nunca se despierta pensé que tú no lo habías oído. Sí, Emma, lo escuché y me sorprendió porque sólo te gritaba para decirte que te quería, que te quería desde la Tierra al infinito, que te quería hasta Júpiter y Saturno... Sí, Enrique, él es así, suspiré con ojeras en mis ojos, cuando seas mayor entenderás que hay amores que matan y hay amores que agotan, que agotan mucho. Alonso, que leía con interés los suplementos de domingo, levantó la vista, me miró de reojo y exclamó: ¿y tú encima quieres un tercero? Eres una masoca. No, querido, soy una incomprendida, bufé mientras me zampaba unas cuantas calorías de napolitana y mi mente mascullaba una estrategia para convencerle del tercero. Difícil y compleja misión.

Mis niños en el periódico gratuito Metro. ¡Ya son famosos!....Aunque casi no se les vea (foto superior, la de la guerra de las galaxias

Imagen ampliada. Ay, qué monos
Pasaron las horas y comenzó el espectáculo nocturno. Álvaro me llamó a gritos (¡mamá, mamita!) unas cinco veces. Entre sueños, como siempre, me levanté, le calmé, le tapé y me volví a dormir (cinco veces, repito).
A la mañana siguiente, entre porras y churros, Enrique me miró sorprendido. Emma, me explicó, esta noche he dormido muy bien pero me he despertado varias veces por los gritos de Álvaro. Vaya, lo siento, dije entre mordisco y mordisco de mi napolitana, como Diego nunca se despierta pensé que tú no lo habías oído. Sí, Emma, lo escuché y me sorprendió porque sólo te gritaba para decirte que te quería, que te quería desde la Tierra al infinito, que te quería hasta Júpiter y Saturno... Sí, Enrique, él es así, suspiré con ojeras en mis ojos, cuando seas mayor entenderás que hay amores que matan y hay amores que agotan, que agotan mucho. Alonso, que leía con interés los suplementos de domingo, levantó la vista, me miró de reojo y exclamó: ¿y tú encima quieres un tercero? Eres una masoca. No, querido, soy una incomprendida, bufé mientras me zampaba unas cuantas calorías de napolitana y mi mente mascullaba una estrategia para convencerle del tercero. Difícil y compleja misión.

Mis niños en el periódico gratuito Metro. ¡Ya son famosos!....Aunque casi no se les vea (foto superior, la de la guerra de las galaxias

Imagen ampliada. Ay, qué monos
sábado, febrero 16, 2008
Un día en la Galaxia

Cliquear la imagen para ver con detalle
Fin de semana infantil y agotador. El viernes invadieron el olimpo los amigos de Diego: David Acasuso, Alejandro, Rubén y Palbo Lisalde. Y Álvaro aprovechó para irse al parque con Diego Cárdenas, Irene y Cristina. El sábado, partido de fútbol matutino, perdimos 15-0, y por la tarde se vino a casa Enrique Arconada. Aprovechamos las cientos de actividades que organizan en Pozuelo y vimos la exposición de la Guerra de las Galaxias y el desfile de las tropas imperiales. Enrique se quedó a dormir, pero por suerte el cansancio hizo que sus ojos se cerraran a una hora digna. Domingo, parque, visita y comida con mi madre, y teatro infantil: "Marco Polo". Así que estoy agotada y mi Alonso harto de niños y planes infantiles.
viernes, febrero 08, 2008
Bravia
Tras los percances médicos, llegan los dramas tecnológicos. El domingo la calma volaba por casa: los niños veían sus dibujos tranquilamente y yo preparaba en la cocina su cena. Un grito dual sonó en la planta baja y escuché como Diego y Álvaro subían a toda velocidad por la escalera. Mamá, la tele se ha apagado sola, de verdad que no hemos hecho nada, de pronto se ha quedado con la pantalla en negro. Bajé, oí los latidos agónicos del tubo catódico y certifiqué la defunción del televisor (13 años de vida, que no está nada mal). La cara de preocupación de Diego era demoledora. ¿Qué te ocurre, Diego?, pregunté como quien no quiere la cosa. Mamá, esto es un drama, el 25 de febrero empiezan a emitir los nuevos capítulos de Pokemon Diamante y si no tenemos tele..., sollozó. Vaya, Diego, pues eso sí que es un drama, sobre todo porque creo que no vamos a comprar otra tele, ya sabes que a mí no me gusta nada, expliqué con cara seria. No, mamá, gritaron ambos, por favor, por favor. No, por ahora no hay tele y ahora subid a cenar, impuse con tono cariñoso.
Durante la cena los razonamientos de Diego fueron demoledores: claro, mamá, tú no quieres una tele porque cuando eras pequeña sólo tenías dos canales y encima la veías en blanco y negro, pero ahora hay muchos canales. Además, en el colegio me voy a convertir en un bicho raro por no tener televisión, no es justo. Ay, ¡qué drama, qué drama!, lloraron ambos ante el plato de sopa. Reconozco que me fue muy complicado aguantar la risa, pero lo logré.
A la mañana siguiente dejamos a los niños en el cole y nos fuimos a la busca y captura de la nueva tele. Alonso y yo no pudimos aguantar la tentación y nos concedimos el caprichazo: una Sony Bravia de 42 pulgadas, vamos, como una pantalla de cine. Volvimos a casa, la escondimos y esa noche aguantamos hasta que los peques estuvieran dormidos para instalarla. Durante dos días los niños no bajaron al cuarto de estar (para qué, mamá, si no hay tele, explicó Diego). Por fin, el miércoles, después de que Diego terminara los deberes bajamos con ellos. Álvaro dejó escapar un grito de emoción y a Diego le brillaron los ojos al descubrir la mega pantalla. ¡Sois los mejores padres del mundo!, exclamaron felices.
Y en breve le toca a la nevera que también ha cumplido 13 años y hace un ruidito que no me gusta nada, nada, nada.
Durante la cena los razonamientos de Diego fueron demoledores: claro, mamá, tú no quieres una tele porque cuando eras pequeña sólo tenías dos canales y encima la veías en blanco y negro, pero ahora hay muchos canales. Además, en el colegio me voy a convertir en un bicho raro por no tener televisión, no es justo. Ay, ¡qué drama, qué drama!, lloraron ambos ante el plato de sopa. Reconozco que me fue muy complicado aguantar la risa, pero lo logré.
A la mañana siguiente dejamos a los niños en el cole y nos fuimos a la busca y captura de la nueva tele. Alonso y yo no pudimos aguantar la tentación y nos concedimos el caprichazo: una Sony Bravia de 42 pulgadas, vamos, como una pantalla de cine. Volvimos a casa, la escondimos y esa noche aguantamos hasta que los peques estuvieran dormidos para instalarla. Durante dos días los niños no bajaron al cuarto de estar (para qué, mamá, si no hay tele, explicó Diego). Por fin, el miércoles, después de que Diego terminara los deberes bajamos con ellos. Álvaro dejó escapar un grito de emoción y a Diego le brillaron los ojos al descubrir la mega pantalla. ¡Sois los mejores padres del mundo!, exclamaron felices.
Y en breve le toca a la nevera que también ha cumplido 13 años y hace un ruidito que no me gusta nada, nada, nada.
martes, febrero 05, 2008
La descendencia FEM

La visita de Chema y Leticia a la capital es la excusa perfecta para que quedemos todo el grupo de amigos del FEM. Esta vez la ocasión marcó sin disimulo el paso del tiempo: los pequeños invadieron la mesa para degustar las patatas y croquetas y los cuarentones (ay, chicos, que estamos a un paso) aposentamos nuestros años sobre los taburetes, bien cerquita de la barra, para hidratar nuestras arrugas con unas cuantas cervezas. Parece mentira, pero el tiempo pasa.
lunes, febrero 04, 2008
Enero médico
Llevo tiempo pensando en hacer algún que otro curso de diseño de páginas web o de freehand aunque, tras el tormentoso inicio de año, creo que será mejor matricularme en la carrera de medicina. Mis compañeros me considerarían una experta en cuanto a mi dominio de los distintos términos: diplopia, resonancia magnética... O sobre los tratamientos que se deben aplicar en casos de dermatitis, visión doble, gripe aguda, bronquitis, alergia alimentaria... Sí, el mes de enero ha sido médicamente agotador. El dos de enero Diego comenzó a tener visión doble, rápidamente acudimos a urgencias, pero no pudieron descifrar el motivo de su diplopía, aunque supusieron que sería un áurea de migraña que evita que se desate el dolor de cabeza. A partir de ese momento las visitas al Ramón y Cajal se multiplicaron: neurólogo, traumatólogo, oftalmólogo... Lo que implicó cientos de pruebas y más visitas al hospital. El cansancio y el estrés que se acumuló en mi cuerpo produjeron un bajón de defensas y la gripe aprovechó para invadir mi cuerpo. Un día con 39 de fiebre, dos, tres, cuatro... No me quedó otro remedio que ir ver a mi médico. Diagnóstico: gripe y baja laboral. La mejoría no llegaba sino todo lo contrario, así que después de una semana me enchufaron a los inhaladores. El lunes, pasada una semana, me recetaron antibióticos y el miércoles ampliaron mi cóctel con corticoides ya que la bronquitis asociada a la gripe me estaba destrozando los pulmones. En total, quince días de baja, de fiebre, cansancio y desesperación (¡ni siquiera tenía fuerzas para escribir en el blog!). Hoy me encuentro mejor, más animada y convencida de que me darán el alta... Aunque todo depende de si tengo pitidos al respirar o no.
domingo, enero 13, 2008
Navidad perfecta, agotadora Navidad (III)
Nochevieja: Tuve suerte y la Nochevieja no me tocó en casa. El 31 me levanté relajada y sorprendida de no tener que preparar nada. Mi abuela Mary se encontraba un poco pachucha, tanto anímicamente como físicamente, así que me acerqué a casa de mi tía Paloma para desearles un feliz año y dar un beso a mi abuela (por supuesto, llevé cinco angelitos, de los míos, los divinos, para que decorasen la mesa esa noche. Soy insufrible). Al salir aproveché para darle un repaso a la Visa y volví con mis churumbeles que habían ido (ay, lo que lloró Álvaro al ver que no iba con ellos) a jugar al fútbol al Juan Carlos I -la misión ineludible de Juan Fran estas Navidades ha sido entrenar con Diego para que domine la técnica, y lo que no es técnica-. Por la tarde, una buena siesta y a las siete empecé con los actos de restauración.
A las nueve, tal y como nos habían dicho Roberto y Virginia, nos presentamos en su casa. Antes de que aparecieran el resto de invitados, dimos de cenar a los peques tras la batalla con Álvaro para que se pusiera el babero para no manchar su preciosa camisa (¡mira que es terco!).

El síndrome de la perfección nos está invadiendo a todos, bueno, más que invadir parece que estamos haciendo una competición para ver qué mesa queda más bonita y elegante. Al asomarme al salón vi lo divina que la habían puesto: mantel granate salpicado con círculos dorados, vajilla de lujo, vasos de mírame y no me toques, gordos angelitos de cerámica que indicaban dónde debía sentarse cada uno y cubertería de oro... ¡Qué lujo! "Roberto, a mí no me des una copa de las buenas, que ya sabes que yo soy súper pato", rogué estresada. Sonó el timbre y empezaron los besos y los elogios a nuestros vestidos. El aperitivo, como es tradición en la familia, voló: el foie (ojo, que lo hizo Virginia) estaba delicioso, los camarones en su punto, el jamón muy bien curado (este mérito es de otro, pero también hay que decirlo), Moët Chandon... Comíamos y bebíamos tranquilamente mientras los niños (salvo Cayetana) corrían, gritaban, subían y bajaban en el ascensor, saltaban a nuestro alrededor. Una revolución.
Antes de las once, pasamos a la mesa y degustamos más delicias: ensalada de bogavante y capón de Cascajares con puré de manzana. De postre, un refrescante sorbete de cava. "Menos diez, las doce menos diez", gritó Belén al mirar el reloj. Saltamos de las sillas, cogimos nuestras uvas y la tele nos hipnotizó. Los cuartos y: tolón, tolón... hasta doce tolones. ¡Feliz año!, exclamamos todos. Brindamos, nos besamos y los niños se abalanzaron a tirar el confeti, tocar la trompeta, colocarse los gorros, collares y antifaces. Disimulademente me colé en el baño y tiré de la cadena (es que me comentó un amigo que había que tirar de la cadena para que se fuera el viejo año, no se lo dije a nadie porque como hay mucha sequía...). En cinco minutos el salón teminó invadido de confeti y serpentinas. Pepe huyó a toda a velocidad a su fiesta (lo que tiene tener novia). Y el resto seguimos emborrachándonos -salvo Alonso, que conducía-. Esta noche no sé cuántas botellas cayeron de Moët Chandon, pero muchas porque hubo actuaciones totalmente etílicas:

A Pepe se le estropearon de golpe los dientes.

Mi madre y Javier "lucieron" sus horribles pies.

Manuela y Álvaro nos vieron en tan pésimas condiciones que se pusieron a barrer la casa.

Y asustados se escondieron en un cajón para no ver lo perjudicados que estábamos.
¡Feliz año, 2008!
Anécdota: Un eructo pertubó la cena, un gran eructo, pero no diré de que boca salió porque soy muy educada (de la mía no, que conste, je, je).
A las nueve, tal y como nos habían dicho Roberto y Virginia, nos presentamos en su casa. Antes de que aparecieran el resto de invitados, dimos de cenar a los peques tras la batalla con Álvaro para que se pusiera el babero para no manchar su preciosa camisa (¡mira que es terco!).

El síndrome de la perfección nos está invadiendo a todos, bueno, más que invadir parece que estamos haciendo una competición para ver qué mesa queda más bonita y elegante. Al asomarme al salón vi lo divina que la habían puesto: mantel granate salpicado con círculos dorados, vajilla de lujo, vasos de mírame y no me toques, gordos angelitos de cerámica que indicaban dónde debía sentarse cada uno y cubertería de oro... ¡Qué lujo! "Roberto, a mí no me des una copa de las buenas, que ya sabes que yo soy súper pato", rogué estresada. Sonó el timbre y empezaron los besos y los elogios a nuestros vestidos. El aperitivo, como es tradición en la familia, voló: el foie (ojo, que lo hizo Virginia) estaba delicioso, los camarones en su punto, el jamón muy bien curado (este mérito es de otro, pero también hay que decirlo), Moët Chandon... Comíamos y bebíamos tranquilamente mientras los niños (salvo Cayetana) corrían, gritaban, subían y bajaban en el ascensor, saltaban a nuestro alrededor. Una revolución.
Antes de las once, pasamos a la mesa y degustamos más delicias: ensalada de bogavante y capón de Cascajares con puré de manzana. De postre, un refrescante sorbete de cava. "Menos diez, las doce menos diez", gritó Belén al mirar el reloj. Saltamos de las sillas, cogimos nuestras uvas y la tele nos hipnotizó. Los cuartos y: tolón, tolón... hasta doce tolones. ¡Feliz año!, exclamamos todos. Brindamos, nos besamos y los niños se abalanzaron a tirar el confeti, tocar la trompeta, colocarse los gorros, collares y antifaces. Disimulademente me colé en el baño y tiré de la cadena (es que me comentó un amigo que había que tirar de la cadena para que se fuera el viejo año, no se lo dije a nadie porque como hay mucha sequía...). En cinco minutos el salón teminó invadido de confeti y serpentinas. Pepe huyó a toda a velocidad a su fiesta (lo que tiene tener novia). Y el resto seguimos emborrachándonos -salvo Alonso, que conducía-. Esta noche no sé cuántas botellas cayeron de Moët Chandon, pero muchas porque hubo actuaciones totalmente etílicas:

A Pepe se le estropearon de golpe los dientes.

Mi madre y Javier "lucieron" sus horribles pies.

Manuela y Álvaro nos vieron en tan pésimas condiciones que se pusieron a barrer la casa.

Y asustados se escondieron en un cajón para no ver lo perjudicados que estábamos.
¡Feliz año, 2008!
Anécdota: Un eructo pertubó la cena, un gran eructo, pero no diré de que boca salió porque soy muy educada (de la mía no, que conste, je, je).
Un día en blanco
Navidad, agotadora Navidad (II)

Varios momentos de la fiesta de Navidad. Para ver con detalle, cliquear en la imagen
Navidad: Sin saber cómo (bueno, sí, me despertó Álvaro para tomarse el biberón), a las diez de la mañana ya estaba colocando el mantel extralargo en la mesa, los platos, cubiertos... Mi padre y yo nos encargamos del sector culinario: cortar fiambre, emplatar el salmón, calentar la cebolla confitada que dejé hecha hace dos días, asar el cordero, el paté... Alonso ejerció de padre ejemplar y a las dos todos corrimos a nuestros cuartos para ponernos de gala (algo informal, claro, que es Navidad). Este año acudieron a la fiesta familiar los padres y la hermana de Virginia. Cuatro botellas de Moët-Chandon les acompañaban. Mi sonrisa se iluminó e hice un cálculo, complejo, pero lo logré: cuatro botellas por parte de la familia Calle más dos que ha traído mi madre... Hummm... Resultado: seis botellas.
Y empezó la fiesta. Javier rechazó el champán y se decantó por el tinto Matarromera. Nosotros descorchamos la primera botella de champán y el aperitivo se esfumó sin darnos cuenta, sobre todo el paté que fue visto y no visto. Antes de ir a la mesa los niños abrieron sus regalos. Álvaro se emocionó al ver el helicóptero de Playmobil (para él no son clics, son Playmobil) y Roberto, con su espíritu navideño, le montó todas las piececitas. Cayetana, mi adorada ahijada, se zurraba con las maracas multicolores; Manuela paseó por el salón a su perrito Rufus y Diego empezó a hacer figuras marciales con su muñeco de Naruto. Aprovechamos la situación y nos sentamos para tomar la ensalada de piña y el cordero con cebolla confitada. Por supuesto, cada plato tenía su divino angelito y su cartel indicativo (ay, qué petarda soy). Descorche de botellas, risas, brindis... Pasaron las horas y, poco a poco, nos fuimos relevando para ir a fumar al jardín (ideal, por cierto).
Al cabo de unas horas, llegó el momento de jugar una partidita y nos decidimos por el Rummy. El juego, como siempre, levantó ampollas y de vez en cuando se escuchó algún que otro grito -hacia mi madre, que no paraba de mover y colocar las fichas para desesperación de Pepe y mía-. Cayetana, agotada, se durmió en los brazos de Roberto y el cansancio empezó a hacer mella en todos nosotros.
A las nueve y después de que cayeran las seis botellas de champán y el litro y medio de Matarromera (¡Borrachos, que somos unos borrachos!), dimos por finalizada la fiesta de Navidad. Alonso y yo colocamos lo máximo posible, acostamos a Álvaro que se frotaba los ojos de cansancio y por fin dejamos caer nuestros cuerpos sobre el sofá. Diego, sigilosamente, se coló en el cuarto de estar y nos rogó que por esa noche le dejáramos quedarse con nosotros. Y así fue. Intenté ver la película, pero mis párpados se cerraron.
Anécdota: A las doce y media Álvaro lloró, abrí los ojos, salté del sofá, subí corriendo por la escalera y al llegar al salón noté que mi cuerpo no me respondía. Fui hacia el sofá para sentarme y... oí un grito de Alonso: ¿qué ha pasado, qué ha pasado? No sé, contesté tumbada en el suelo del salón, me he debido desmayar... Tantos nervios para lograr la perfección, tanto champán, tanta fiesta... Y mi tensión se derrumbó.
sábado, enero 12, 2008
Navidad perfecta, agotadora Navidad (I)

El caviar, el salmón, los fiambres... fueron los reclamos para sentarnos junto a la mesa. Abajo, detalle de la mesa con los divinos ángeles y, a la derecha, Emma luciendo uno de sus regalos. Para ver en detalle, cliquear sobre la imagen
El titular de estos últimos días sería: "Navidad perfecta, agotadora Navidad". Y no es que me quiera poner medallas (aunque nunca vienen mal), pero es la realidad. Sintetizaré por puntos y en cada uno de ellos destacaré la anécdota inolvidable que quedará agarrada a nuestras neuronas. Pero iré poco a poco, que hay mucho que contar.
NOCHEBUENA: Desde primera hora de la mañana me embarqué en la decoración general de la casa. Mis órdenes salían de mi boca a toda velocidad: Alonso coge a los niños y vete al parque para que no me molesten, Ana ayúdame a meter la mesa del jardín; mamá, deja de llamarme por teléfono que no me da tiempo a que esté todo listo, no, no necesito nada, gracias, bueno, trae mantequilla que se me ha olvidado; Juan Fran compra unas hamburguesas, que no tenemos nada para comer...
A las cinco de la tarde todo estaba listo: cada comensal tenía un cartel que le indicaba dónde debía sentarse, un divino angelito le sonreía desde el platito de pan (sí, mis divinos ángeles), la cubertería relucía y las velas estaban ansiosas de ser encendidas. Era el momento de mi restauración y mi baño relajante. A partir de las ocho los nervios invadieron la casa. Diego, ven que te visto. Ay, mamá, yo quiero ir de Elfo, como en la fiesta del colegio. Vale, si tú quieres, a tu hermano le pondré de pastorcito. No, mamá, gruñó Álvaro entre pucheros, yo quiero ir de Papá Noël. Ay, Álvaro, no sé dónde está el disfraz. Pues búscalo, ordenó con su vena hitleriana. Y lo busqué.
Alonso apareció súper elegante con su traje sin corbata (vaya, que ahora le ha cogido manía a la corbata). Papá Noël y el elfo estaban súper graciosos. Y yo, ¡aún estaba en ropa interior! Todos abajo, que ni siquiera me he puesto la lentillas, grité un poco atolondrada, ah, Juan Fran, enciende las velas. Misión cumplida. A los diez minutos sonó el timbre y todos estábamos divinos.
Los invitados entraron con sus mejores prendas -mi madre, mi padre, Florentina, Valeriano y Pepe (ay, qué guapo vestido de traje)- y me comieron un poco la oreja (que tampoco viene mal): ay, qué bonita está la casa, huy, qué mesa tan elegante, estáis todos guapísimos... Y esas pequeñas frases compensaron la paliza de los días anteriores.
El aperitivo voló por nuestras gargantas he hizo que casi todo el mundo rechazara la crema de marisco para dejar paso a la merluza con gulas (¡buenísima!). Luego, dulces, copazos y brindis por mi abuela y por sus añorados tangos.
Los niños revoloteaban a nuestro alrededor presos de un ataque de nervios. ¡Subimos a ver si ha venido Papa Noël!, ¡venga, daros prisa!, rogaban desesperados. No les dejamos sufrir. Subimos y (¡oh!, sorpresa) Papá Noël había venido plagado de regalos. Todos abrimos los paquetes y gozamos con nuestros "pequeños" detalles. A las dos mis suegros decidieron que era hora de dormir, mi madre aguantó hasta las tres y a mi padre le obligué a quedarse para que me ayudara a la mañana siguiente. Además, como había tirado una copa de vino (¡qué raro en mí!) en el extralargo mantel navideño que me trajo Juan Fran de Francia, tenía que esperar hasta que finalizase la lavadora. Y nada mejor que abrir otra botella de cava para mí y preparar un gin-tonic a mi padre. Alonso, horrorizado ante la perspectiva, se despidió con un buenas noches y se fue a dormir. La tertulia con mi padre duró hasta las cinco de la mañana. ¡Y al día siguiente debía preparar todo de nuevo!
Anécdota: Mi madre ha relevado a mi abuela y ahora es ella quien regala el calendario anual.
lunes, diciembre 24, 2007
Estrés prenavideño
Intentar rozar la perfección es agotador. Son las cuatro y media de la tarde y ya tengo todo listo para esta noche, Nochebuena (9 personas), y para mañana (14 personas), Navidad. Mi estrés prenavideño me ha obligado a abandonar el blog y demás actividades. Porque la perfección requiere su tiempo, su mimo. A ver, a qué humano inteligente se le ocurre decorar la casa con angelitos súper elaborados (y divinos, para qué negarlo) en vez de ir a una tienda y comprarlos; a quién se le ocurre hacer tarjetitas personalizadas para cada comensal informando sobre dónde debe sentarse y cuál es el menú que va a degustar; comprar más de 30 detallitos para todo el mundo en vez de instaurar el amigo invisible... Exacto, a la petarda de Emma. ¿Y quién lo sufre?: mi Alonso, que ajeno a esta vorágine flipa con cada cosa que hago. Él se duerme tranquilamente, cuando se despierta ve que la casa esta plagada de angelitos (divinos, repito) y atónito me pregunta que cuándo los he hecho. Antes de contestarle le imploro como una niña pequeña que elogie mis artes y me pongo súper pesada: ¿te gustan?, a que son súper monos, fíjate en el detalle de las alas... Y él que me aguanta desde hace años, asiente, elogia con serenidad y me fulmina con la mirada. Pero Emma, ¿cuándo los has hecho?. Uff, pues anoche. Y se puede saber a qué hora te dormiste. Sobre las cuatro y media, mentí para no decir las cinco y media. Tú estás loca, remata la conversación mirando los angelotes y esperando que ellos asientan.
Es un drama que nadie te entienda y, además, aguantar el cansancio para no deslucir la perfección. Ay, como siga así me voy a tener que tomar un lexatín. Me voy a cortar el fiambre, preparar la tabla de quesos, darme un baño relajante, realizar la restauración de mi rostro, alisarme el pelo, vestir a los niños y, cómo no, gritar un poco a mi Alonso que aún no ha puesto la mesa y está durmiendo la siesta.
¡Felices fiestas! y que no falte un brindis por mi abuela.
Es un drama que nadie te entienda y, además, aguantar el cansancio para no deslucir la perfección. Ay, como siga así me voy a tener que tomar un lexatín. Me voy a cortar el fiambre, preparar la tabla de quesos, darme un baño relajante, realizar la restauración de mi rostro, alisarme el pelo, vestir a los niños y, cómo no, gritar un poco a mi Alonso que aún no ha puesto la mesa y está durmiendo la siesta.
¡Felices fiestas! y que no falte un brindis por mi abuela.
miércoles, diciembre 19, 2007
miércoles, diciembre 12, 2007
Cumpleaños de Álvaro (4 años)
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¡Cumpleaños feliz, te deseamos todos, cumpleaños feliz!
La fecha del cumpleaños de Álvaro pasó desapercibida en mitad del caos y tristeza familiar. Pero él merecía soplar sus velas y que todos sonriéramos. En la imagen, junto a sus primos y en la tarta, los coches de Cars.
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¡Otra vez, mamá!, gritó el cumpleañero. Y la madre estropeó la foto con su brazo y el mechero
martes, diciembre 04, 2007
Adiós, abuela
Querida abuela:
Te imagino en el cielo revolucionando con tu alegría a los ángeles, leyendo la prensa local y enterándote de todas las actividades culturales que tienen programadas. Mientras, aquí, tus hijos huérfanos de ti sueñan con tus besos, lloran tu ausencia y anhelan tus abrazos. Tus nietos y biznietos suspiramos por tu cariño, por tus risas, por tus coplas... Sabías que te queríamos, aunque no sé si eras consciente de toda la ternura que nos diste. Te has ido y gran parte de nuestro corazón se ha quedado vacío pero rebosante de tu amor.
No hay espacio para describir tu carácter alegre, cariñoso, optimista... Y no sé cómo despedirme de ti. Tal vez, como diría un tango: “Adiós, abuela, compañera de mi vida”
Te imagino en el cielo revolucionando con tu alegría a los ángeles, leyendo la prensa local y enterándote de todas las actividades culturales que tienen programadas. Mientras, aquí, tus hijos huérfanos de ti sueñan con tus besos, lloran tu ausencia y anhelan tus abrazos. Tus nietos y biznietos suspiramos por tu cariño, por tus risas, por tus coplas... Sabías que te queríamos, aunque no sé si eras consciente de toda la ternura que nos diste. Te has ido y gran parte de nuestro corazón se ha quedado vacío pero rebosante de tu amor.
No hay espacio para describir tu carácter alegre, cariñoso, optimista... Y no sé cómo despedirme de ti. Tal vez, como diría un tango: “Adiós, abuela, compañera de mi vida”
viernes, noviembre 23, 2007
La quiero
La imagen que tengo frente a mí empaña mis ojos de lágrimas y de tristeza: el suero se introduce en su cuerpo a través de un vía en la muñeca, un tubo en la nariz le permite que el oxígeno entre en su nariz y sus ojos cerrados la llevan a un mundo misterioso. Percibimos sus sonrisas oníricas y sus labios gesticulan palabras incomprensibles que no acertamos a descifrar. Ella duerme, un sueño extraño y profundo. Alrededor, nuestro dolor.
De pronto, la mente te bombardea con instantes maravillosos vividos junto a ella: la primera vez que vi el mar, en Oropesa de mar, los paseos por Rosales, las noches amenizadas por sus coplas, sus explicaciones en los distintos museos de Madrid (Emma, soy como un libro abierto de Historia:, he vivido la monarquía de Alfonso XIII, la República, la Guerra Civil, la Guerra Mundial, la dictadura, la democracia...), las risas en los teatros, sus fantásticas cenas cuando éramos pequeños de sopa y tortilla de jamón serrano, sus besos y abrazos a los niños, su imagen presumida (venga, abuela, que nos vamos a dar un paseo por el pantano, le decía mientras preparaba a los niños. Ay, Emma, espera que me pinte los labios y me ponga los pendientes, suplicaba, porque ella siempre tenía que ir divina), sus trampas para dar de comer a Kaos a escondidas, sus elogios ante una buena tortilla de patata o un gazpacho, sus besos, su ternura... No hay espacio para contar todo el amor y el cariño que nos ha dado. Y también, porque no decirlo, nuestros pequeños enfados que eran solucionados entre risas...
Y ahora está allí, en una fría cama de hospital, rodeada de toda su familia, de todos a los que ha querido y de todos los que la hemos amado. Y estoy enfadada, dolida con la vida... Encolerizada por ver cómo una persona que tanto ha deseado vivir, que tanto ha disfrutado tenga ahora que depender de la morfina para no sufrir dolores, de nuestros cuidados, del suero... Abuela, te quiero y no sé qué voy a hacer sin ti..
De pronto, la mente te bombardea con instantes maravillosos vividos junto a ella: la primera vez que vi el mar, en Oropesa de mar, los paseos por Rosales, las noches amenizadas por sus coplas, sus explicaciones en los distintos museos de Madrid (Emma, soy como un libro abierto de Historia:, he vivido la monarquía de Alfonso XIII, la República, la Guerra Civil, la Guerra Mundial, la dictadura, la democracia...), las risas en los teatros, sus fantásticas cenas cuando éramos pequeños de sopa y tortilla de jamón serrano, sus besos y abrazos a los niños, su imagen presumida (venga, abuela, que nos vamos a dar un paseo por el pantano, le decía mientras preparaba a los niños. Ay, Emma, espera que me pinte los labios y me ponga los pendientes, suplicaba, porque ella siempre tenía que ir divina), sus trampas para dar de comer a Kaos a escondidas, sus elogios ante una buena tortilla de patata o un gazpacho, sus besos, su ternura... No hay espacio para contar todo el amor y el cariño que nos ha dado. Y también, porque no decirlo, nuestros pequeños enfados que eran solucionados entre risas...
Y ahora está allí, en una fría cama de hospital, rodeada de toda su familia, de todos a los que ha querido y de todos los que la hemos amado. Y estoy enfadada, dolida con la vida... Encolerizada por ver cómo una persona que tanto ha deseado vivir, que tanto ha disfrutado tenga ahora que depender de la morfina para no sufrir dolores, de nuestros cuidados, del suero... Abuela, te quiero y no sé qué voy a hacer sin ti..
domingo, noviembre 18, 2007
Los Alonso-Peña y los Peña-Calle en Sª Cruz del Valle Urbión

¡Cuidado con los troncos!, gritamos los cuatro adultos a la vez, pero ellos sólo sonrieron de felicidad

Hojas, colores, frío... El otoño esconde los grandes tesoros de los niños

Una escena bucólica: un castaño otoñal rescatado de una antigua película romántica
Bicicletas, maletas, nevera, cámara de fotos... Todo listo para abandonar la ciudad y disfrutar del puente lejos de la gran urbe. Chicos, nos vamos, exclamó Alonso con optimismo. Arrancó y al segundo el atasco nos abdució. Imité a mis niños, cerré los ojos y confié en la buena conducción de mi marido. Al cabo de dos horas, los coches desaparecieron (cuestión que nunca he entendido y que he analizado con asiduidad) y el paisaje se modificó. Cogimos el desvío de Pradoluengo y el verdor con tonos ocres nos invadió. El agua rebosaba en un pantano, los ríos fluían con gran caudal y las hojas del otoño revoloteaban por el entorno que rodeaba las curvas de la carretera.
-Papá, para que voy a vomitar. -suplicó Álvaro rompiendo la imagen idílica.
Al abrir la puerta nos pegó con fuerza el frío de Burgos, Álvaro despejó su malestar y al poco rato llegamos a nuestro destino: Santa Cruz del Valle Urbión , en la sierra de la Demanda (Emma, no te emociones, que ocupa más el nombre que el pueblo, me explicó Roberto por teléfono).
Recorrimos una larga calle. Pues no parece tan pequeño, comenté a Juan Fran, que creo que no me escuchó porque estaba hipnotizado por las montañas
La panda Peña-Calle nos esperaban en la puerta de casa. ¡Pimos, pimos!, gritó Manuela y no se lo pensó dos segundos: cogió a Álvaro de la mano y le llevó a ver los patos que nadaban por un caz (o acequia) cercano.
La casa nos recibió con el calor de la calefacción. Rápidamente colocamos los equipajes y nos fuimos a recorrer las callejuelas del pueblo. En el bar de la Ceci nos tomamos unas coca-colas y volvimos a casa a comer. Y ahí comenzaron los problemas con la cocina. La vitro de inducción (es que funciona con imanes, repitió mi hermano un mínimo de siete veces al día) nos desesperó. Oye, Virginia, que se ha apagado. Ay, Emma, es que como la vitro es inteligente en cuanto quitas la sartén se apaga, me explicaba muerta de risa...
Por la tarde, preparamos la expedición: Cayetana abrigada hasta las orejas colgada de la mochila de Roberto, Manuela en la sillita empujada por Virginia por si se cansaba, Diego y Álvaro en bicicleta y nosotros cargados con la mochila con merienda y ropa de abrigo. Anduvimos poco, pero tardamos mucho porque los niños son así: mamá, espera que me voy a subir a este tronco, decía por ejemplo Diego, y detrás suyo subían Álvaro y Manuela; y ahora nos metemos en ese prado, ordenaba Álvaro, y Diego y Manuela obedecían... Hasta que llegamos al río. Paramos en el puente de granito y los niños se acercaron a la orilla. Elemental, Diego se cayó, se empapó los pantalones y las botas y rápidamente tuvimos que volver. Como aún era pronto aprovechamos para ir a comprar a Pradoluengo algo de embutido (todo ahumado, que es lo típico de la zona).
En la cena descubrimos que si encendiamos a la vez la vitro de inducción y el microondas saltaban los plomos, pero como somos tan listos no hallamos la solución hasta que saltaron tres veces los plomos. Roberto histerizó a los niños con sus canciones. Es que así cenan, explicó emocionado por su repertorio musical. Juan Fran, Virginia y yo descartamos asesinarlo, pero estuvimos a punto de encerrarle dentro de la chimenea.
Una vez que las cuatro fieras se durmieron, cenamos, jugamos al "Quiere ser millonario", tomamos unas copas y reímos con nuestras historias.
El sábado, excursión por la idílica sierra de la Demanda y el frío burgalés. En la comida batallamos de nuevo con la vitro de inducción (que funciona con imanes) y por la tarde, mientras los chicos admiraban en la plaza las piezas de la cacería, nos fuimos Virginia, las niñas, Álvaro y yo a conocer el Palacio de la familia, del siglo pasado.
Esa noche estuvo más revuelta. Sobre todo por el estómago de Álvaro que vomitó por todas las habitaciones. Mientras, la chimenea crepitaba en el salón y las risas y buenhumor nos acompañaron hasta altas horas de la madrugada.
El domingo, tras degustar los sabrosos pinchos de Paul, cargamos los coches con los equipajes, los cuarenta kilos de patatas, los membrillos y el recuerdo de un fantástico puente en Santa Cruz del Valle Urbión. Habrá que repetir.

Diálogo de primos: "Pimo, espérame, que yo voy". "Sí, Manuela, pero date prisa"

Soy toda una campeona

¿Dónde está Yeye?

Por Dios, ¿por qué me habrá tocado esta familia de chalados?
PD: Roberto, ¡el cestillo!, que no puedo hacer arroz. ¡Cachis!
lunes, noviembre 05, 2007
HALLOWEEN 2007

El sábado el terror invadió el Olimpo. Brujas, esqueletos, locos, piratas fantasmas, vampiros... se apropiaron de la casa. El pánico se adueñó de cada estancia y los gritos se sucedieron. Las arañas extendieron sus telas por todo el salón y el temor se coló por los ojos de las calabazas. Uuuuhhhhh, uuuhhhhh!!!!!

Las brujas se unieron para lanzar sus conjuros.

Un loco atemorizó a los más pequeños...

Los diablillos disfrutaron comiendo rabos de lagartijas, dedos ensangrentados y cerebros de mosquitos...
Rugidos de motor
Todo se junta: Alonso, de viaje en Portugal y a mí me toca trabajar el fin de semana. Pregunta del millón: ¿qué hago con los niños? Solución: mi madre. Así que por la mañana me dirijo con los niños hacia su casa. ¡Mamá, ahí está la abuela!, gritan los peques. Aparcó en el primer hueco que encuentro y bajamos del coche. Kaos ladra emocionado y arrastra a mi madre hasta nosotros mientras la barra de pan se aferra a la bolsa para no caer al suelo.
Beso a los niños, doy las instrucciones pertinentes e innecesarias a mi madre y me despido para ir al periódico. Me siento en el coche, meto la llave y el motor no se inmuta. Repito la operación y el mutismo continúa. ¡Mierda!, grito. Salgo del coche. ¡Mamá, mamá!, vocifero en mitad de la calle. Todo el mundo mira menos ella. ¡Mamá, mamá! Por fin se gira, me despide con la mano y sigue caminando. ¡Mamá, que se me ha roto el coche! Pero ¿qué te ha ocurrido?, pregunta extrañada. No sé, pero no arranca, rujo indignada. Bueno, Emma, tranquila, coge mi coche y vete a trabajar.
Al volver de mis horas de tedio en el periódico compruebo que el coche sigue sin dar señales de vida. Media hora después de llamar al seguro aparece la grúa. El operario revisa con sus cables al batería y sentencia: señora, se le ha descargado la batería. En cinco minutos arranca el coche y se despide desde la grúa.
Mi madre, que es más terca que una mula, decidió acompañarme a por la batería nueva. ¡Y menos mal! porque según íbamos por el túnel de Cuatro Caminos el coche se paró.

¡¡Mierda!!, grité como una loca alzando los brazos y moviendo las manos desesperadamente para que el conductor de detrás no nos embistiera. Y los gritos se sucedieron;
-¡Mamá, abre la guantera y dame el chaleco, tengo que poner rápidamente los triángulos!
-Emma, ¡esto es peligrosísimo!
-Ya, dame el chaleco, que no tenemos luces de emergencia.
-No salgas por tu puerta, los coches van embalados. Nos van a matar.
-¡Mamá, no me des tantos ánimos!
El sonido atronador de los coches pasando a nuestro alrededor era horrible. Salí como pude, abrí el maletero, saqué los triángulos y los puse temiendo por mi vida.
-Mamá, déjame le móvil para llamar al seguro. Ay, no escucho nada.
-Voy a llamar a la policía.
-Espera que llame al seguro.
-No, Emma, que los coches no nos ven y nos van a matar.
-Ahora mismo te vas con los niños y cogéis un taxi.
-Emma, tú estás tonta, no podemos salir del coche. Nos atropellan seguro.
-Ay, es verdad, mierda, mierda.
Un loco metido en un Mercedes se acercó hacia nosotros embalado.
-Emma, por Dios, mira ese loco, ay, que nos embiste.
Paró antes, a dos metros del coche, y atropelló uno de los triángulos. Los niños nos miraban aterrorizados desde el asiento de atrás.
-Buenos tardes, por favor les llamo porque necesitamos que algún agente venga a socorrernos. Estamos en mitad del túnel de Cuatro Caminos, se nos ha roto el coche, no tenemos batería, ni ningún dispositivo de luz para indicar nuestro estado de emergencia, han estado a punto de colisionar contra nosotros varios coches... Por favor, que acuda alguien hasta que aparezca la grúa -explicó mi madre al telefonista del 112.
Desesperada salí del coche con mi chaleco fosforito, me coloqué pegada al maletero y, ejerciendo de guardia de tráfico, empecé a indicar a los coches que cambiaran de carril para que no nos atropellaran. Al cabo de diez minutos vislumbramos las luces azules de la policía.
-Buenos días, señora. ¿Qué le ha ocurrido?
Expliqué rápidamente todas nuestras desgracias.
-Esté tranquila, esperaremos hasta que venga la grúa.
Los coches al ver la policía disminuyeron la velocidad, pero el peligro seguía latente. A los dos minutos el policía volvió a nuestro coche.
-Esta situación es peligrosísima, su automóvil está detrás de la curva y los coches casi no nos ven. Hay que salir de aquí como sea. ¿Me puede dejar un momento su coche?
Los niños miraron atónitos como el policía se subía al coche.
-Mamá -susurró Diego- si hoy no morimos recuérdame que no salgamos ningún sábado de casa.
El policía soltó el freno de mano, dejó que el coche cayera hacia atrás y misteriosamente logró que el focus arrancara.
-Muchas gracias -expresé con lágrimas en los ojos mientras recogía el triángulo atropellado.
-Es nuestro deber, señora, les seguiremos un rato para comprobar que el coche no se para.
Subí al coche y noté como la tensión destrozaba mi cuerpo.
-Mamá no tengo fuerzas, estoy agotada.
-Yo tampoco, Emma, qué tensión, qué miedo, pero no un miedo cualquiera, te juro que he sentido miedo físico, estaba aterrorizada. Y encima los pobres niños detrás. ¡Qué pesadilla!
Por fin cambiamos la batería y, como premio por haberse portado tan bien, invité a los niños a cenar al Burguer King mientras mi madre y yo desahogábamos los nervios con una cervecita.
Beso a los niños, doy las instrucciones pertinentes e innecesarias a mi madre y me despido para ir al periódico. Me siento en el coche, meto la llave y el motor no se inmuta. Repito la operación y el mutismo continúa. ¡Mierda!, grito. Salgo del coche. ¡Mamá, mamá!, vocifero en mitad de la calle. Todo el mundo mira menos ella. ¡Mamá, mamá! Por fin se gira, me despide con la mano y sigue caminando. ¡Mamá, que se me ha roto el coche! Pero ¿qué te ha ocurrido?, pregunta extrañada. No sé, pero no arranca, rujo indignada. Bueno, Emma, tranquila, coge mi coche y vete a trabajar.
Al volver de mis horas de tedio en el periódico compruebo que el coche sigue sin dar señales de vida. Media hora después de llamar al seguro aparece la grúa. El operario revisa con sus cables al batería y sentencia: señora, se le ha descargado la batería. En cinco minutos arranca el coche y se despide desde la grúa.
Mi madre, que es más terca que una mula, decidió acompañarme a por la batería nueva. ¡Y menos mal! porque según íbamos por el túnel de Cuatro Caminos el coche se paró.
¡¡Mierda!!, grité como una loca alzando los brazos y moviendo las manos desesperadamente para que el conductor de detrás no nos embistiera. Y los gritos se sucedieron;
-¡Mamá, abre la guantera y dame el chaleco, tengo que poner rápidamente los triángulos!
-Emma, ¡esto es peligrosísimo!
-Ya, dame el chaleco, que no tenemos luces de emergencia.
-No salgas por tu puerta, los coches van embalados. Nos van a matar.
-¡Mamá, no me des tantos ánimos!
El sonido atronador de los coches pasando a nuestro alrededor era horrible. Salí como pude, abrí el maletero, saqué los triángulos y los puse temiendo por mi vida.
-Mamá, déjame le móvil para llamar al seguro. Ay, no escucho nada.
-Voy a llamar a la policía.
-Espera que llame al seguro.
-No, Emma, que los coches no nos ven y nos van a matar.
-Ahora mismo te vas con los niños y cogéis un taxi.
-Emma, tú estás tonta, no podemos salir del coche. Nos atropellan seguro.
-Ay, es verdad, mierda, mierda.
Un loco metido en un Mercedes se acercó hacia nosotros embalado.
-Emma, por Dios, mira ese loco, ay, que nos embiste.
Paró antes, a dos metros del coche, y atropelló uno de los triángulos. Los niños nos miraban aterrorizados desde el asiento de atrás.
-Buenos tardes, por favor les llamo porque necesitamos que algún agente venga a socorrernos. Estamos en mitad del túnel de Cuatro Caminos, se nos ha roto el coche, no tenemos batería, ni ningún dispositivo de luz para indicar nuestro estado de emergencia, han estado a punto de colisionar contra nosotros varios coches... Por favor, que acuda alguien hasta que aparezca la grúa -explicó mi madre al telefonista del 112.
Desesperada salí del coche con mi chaleco fosforito, me coloqué pegada al maletero y, ejerciendo de guardia de tráfico, empecé a indicar a los coches que cambiaran de carril para que no nos atropellaran. Al cabo de diez minutos vislumbramos las luces azules de la policía.
-Buenos días, señora. ¿Qué le ha ocurrido?
Expliqué rápidamente todas nuestras desgracias.
-Esté tranquila, esperaremos hasta que venga la grúa.
Los coches al ver la policía disminuyeron la velocidad, pero el peligro seguía latente. A los dos minutos el policía volvió a nuestro coche.
-Esta situación es peligrosísima, su automóvil está detrás de la curva y los coches casi no nos ven. Hay que salir de aquí como sea. ¿Me puede dejar un momento su coche?
Los niños miraron atónitos como el policía se subía al coche.
-Mamá -susurró Diego- si hoy no morimos recuérdame que no salgamos ningún sábado de casa.
El policía soltó el freno de mano, dejó que el coche cayera hacia atrás y misteriosamente logró que el focus arrancara.
-Muchas gracias -expresé con lágrimas en los ojos mientras recogía el triángulo atropellado.
-Es nuestro deber, señora, les seguiremos un rato para comprobar que el coche no se para.
Subí al coche y noté como la tensión destrozaba mi cuerpo.
-Mamá no tengo fuerzas, estoy agotada.
-Yo tampoco, Emma, qué tensión, qué miedo, pero no un miedo cualquiera, te juro que he sentido miedo físico, estaba aterrorizada. Y encima los pobres niños detrás. ¡Qué pesadilla!
Por fin cambiamos la batería y, como premio por haberse portado tan bien, invité a los niños a cenar al Burguer King mientras mi madre y yo desahogábamos los nervios con una cervecita.
viernes, octubre 19, 2007
Un jueves cualquiera
¡Chicos que no llegamos!, grité a primera hora de la mañana. Bolsa de gimnasia, mochila con libros... Por fin a las nueve y diez salimos escopetados de casa. Ellos todos monos y yo con un chándal rosa y sin duchar. Por suerte no había atascos. Besos, abrazos; hasta luego, chicos, concentraros mucho, tú sobre todo Diego y recuerda que esta tarde te vas con Marta, la mamá de Daniel, que tienes catequesis. Vuelta a casa, ducha rápida y de nuevo al coche para ir a comprar unos pantalones a Alvarete, y de paso, me regalo un jersey y unos sujetadores. Me siento a trabajar cansada. A la una y media me voy a recoger a Álvaro al colegio y de allí, al logopeda. Durante los cuarenta y cinco minutos que dura la clase voy a casa y como. Con el postre atragantado rescato a Álvaro y le devuelvo al cole. Me siento frente al ordendor, lo miro y me aburro. A las seis menos diez llamo a Ana. ¿Dónde estáis? En el parque de detrás del colegio. Esperadme que voy a buscaros. Entre medias hablo con Marta y me pide que pase a por los niños. No te preocupes, ahora mismo voy. Abandono el periódico. Recojo a Daniel y Diego y los dejo en catequesis. Dirijo el coche hacia el parque y me como a besos a Álvaro. Hasta luego, Ana. Hasta luego. De nuevo, al parque de la iglesia. A la hora sale Diego. Llegamos a casa, siete y cuarenta y cinco, ¡Diego, los deberes!, vocifero mientras coloco las mochilas. Jo, mamá, si los he hecho en casa de Daniel, sólo me falta terminar las matématicas. Sí, cielo, pero mañana tienes examen de conocimiento del medio. Jo.
Mientras hace los deberes de mates, preparo la cena. Álvaro, vete quitándote la ropa que te vas a duchar. Ducha rápida de Álvaro. Diego termina. Encienden la tele y cenan viendo "Patoaventuras". Antes de que Diego se tome el último gajo de la mandarina le suplico que sé dé prisa, que tenemos que repasar "cono". Mamá, estoy cansado. Ya lo sé, pero tienes que repasar un poquito, además te he hecho este esquema en el ordenador para que no confundas la funciones con los órganos, aparatos o sistemas.
Subo a Álvaro, le leo un cuento, me tumbo cinco minutos con él y siento su respiración dormida. Salgo sigilosamente. Diego me espera en su cuarto. Repasamos el aparato digestivo, el excretor, el reproductor (entre risas nerviosas de Diego por el "pene" y los "ovarios"). A las once todos duermen.
Bajo al cuarto de estar con mi bandeja con la cena y me pongo la serie grabada de "Shark". Antes de terminar el primer capítulo noto como me invade el sueño. ¡Qué pereza moverme!, pienso adormilada. Bueno, cierro un momentito los ojos y me subo. Abro los ojos, ¡dios mío, son las seis de la mañana!, la tele, las luces, el vídeo... todo sigue encendido.
Me tumbo en la cama, el despertador suena a las siete, lo apago, cinco minutos, abro los ojos, ¡las nueve menos diez!
¡Chicos que no llegamos!, grité...
Mientras hace los deberes de mates, preparo la cena. Álvaro, vete quitándote la ropa que te vas a duchar. Ducha rápida de Álvaro. Diego termina. Encienden la tele y cenan viendo "Patoaventuras". Antes de que Diego se tome el último gajo de la mandarina le suplico que sé dé prisa, que tenemos que repasar "cono". Mamá, estoy cansado. Ya lo sé, pero tienes que repasar un poquito, además te he hecho este esquema en el ordenador para que no confundas la funciones con los órganos, aparatos o sistemas.
Subo a Álvaro, le leo un cuento, me tumbo cinco minutos con él y siento su respiración dormida. Salgo sigilosamente. Diego me espera en su cuarto. Repasamos el aparato digestivo, el excretor, el reproductor (entre risas nerviosas de Diego por el "pene" y los "ovarios"). A las once todos duermen.
Bajo al cuarto de estar con mi bandeja con la cena y me pongo la serie grabada de "Shark". Antes de terminar el primer capítulo noto como me invade el sueño. ¡Qué pereza moverme!, pienso adormilada. Bueno, cierro un momentito los ojos y me subo. Abro los ojos, ¡dios mío, son las seis de la mañana!, la tele, las luces, el vídeo... todo sigue encendido.
Me tumbo en la cama, el despertador suena a las siete, lo apago, cinco minutos, abro los ojos, ¡las nueve menos diez!
¡Chicos que no llegamos!, grité...
jueves, octubre 18, 2007
Injusticias
Empieza el curso escolar y, por supuesto, los viajes de mi Alonso. Esta mañana se ha ido a Portugal y no vuelve hasta el lunes. La pena es que me ha pillado en una época un tanto antisocial. En principio tenía preparada una cena con mis compis del periódico, pero la he cancelado. El ámbito laboral cada vez está más revuelto y mi mal humor e ira crecen segundo a segundo. Cada vez hay más gente que hace horario continuo y sin reducción de jornada se van a casa a las seis o incluso a las cuatro. Es injusto. Las que estamos con reducción perdemos dinero y encima en mi caso la reducción es partida. Ante tales injusticias prefiero alejarme de todo el mundo, no oír hablar del tema y así evito trasladar mi desánimo a casa. No sé cuánto tiempo aguantaré. Prefiero esperar un tiempo, ver como se resuelven algunas demandas que han planteado y, como siempre, confiar en un golpe de suerte. Los rumores sobre mi jefe se acrecientan y espero que ocurra como en el fútbol: los jugadores se quedan y los entrenadores se van. Visto el panorama el viernes tengo cena con mis compis del cole.
Ayer, aprovechando que Ana se quedó a dormir en casa, y después de terminar los deberes con Diego nos fuimos mi Alonso y yo al cine. "El orfanato" fue la elección. Todo el mundo comenta que es una película de miedo, de terror... Falso. Mi sensación final fue de mucha pena, salí muy triste y con ganas de llorar una hora más.
Ayer, aprovechando que Ana se quedó a dormir en casa, y después de terminar los deberes con Diego nos fuimos mi Alonso y yo al cine. "El orfanato" fue la elección. Todo el mundo comenta que es una película de miedo, de terror... Falso. Mi sensación final fue de mucha pena, salí muy triste y con ganas de llorar una hora más.
domingo, septiembre 30, 2007
Cumple y excusas
Por fin saco unos segundos para escribir en el blog. Este año parece que mi tiempo se encoge y los minutos desaparecen. Las causas son muy variadas. Por un lado, tercero de primaria, curso que estudia Diego (bueno, Diego, Juan Fran y yo) nos tiene desesperados. Los deberes se multiplican y nuestro nivel de inglés aumenta día a día. No exagero. Por ejemplo esta última semana nos hemos tenido que aprender de memoria la siguiente parrafada:
WE ARE LIVING THINGS
We are different from plants and other animals
Because: We can think and talk
We can write and draw
We can play music and paint
We can invent many things to make our lives better.
Y ahí estamos todas las noches repitiendo y repitiendo. Repasando las unidades de millar, las centenas, el aparato digestivo... Y encima Álvaro ha empezado a ir al logopeda porque no pronuncia bien la "s invertida" (por ejemplo, en la palabra cesta), la "d" y la "l". Así que todos los martes y jueves le llevamos de dos a dos y cuarenta cinco minutos por el módico precio de... (mejor no contarlo). Al principio me asuste, pero al ver que casi la mitad de la clase tiene que ir me tranquilicé. Incluso he pensado que quieren potenciar los estudios de logopedas y envían a los niños con cuarto de pipas. ¡Pero si Álvaro sólo tiene tres años! Menos mal que cuando yo era pequeña no había logopedas.
Pero hay más. Desde hace más de un mes me han salido varias colaboraciones para hacer en casa. Antes aprovechaba mis horas de insomnio para escribir los blogs, hacer montajes fotográficos... Ahora, trabajo y encima me pagan.
La foto que ilustra este pequeño post es del cumpleaños de Diego. Tras barajar varias opciones: sitio de bolas, burguer king, bolera... Me decanté por una fiesta de toda la vida. Preparé una suculenta merienda de sandwichs de nocilla, foie gras y jamón y queso; compré bebidas, sacos, golosinas... Y me fui con los veinte niños al parque Juan Carlos I. Por suerte, varias madres se quedaron a ayudarme. Fue genial: carreras de sacos, el pañuelo, pisa globos atados al pie, fútbol... Los niños disfrutaron como enanos, nosotras incluso nos tomamos una cervecita y no me mancharon la casa.
jueves, septiembre 20, 2007
Empacho de felicidad
Hay días de optimismo y felicidad que te invaden sin pasión, y se agradece. Hoy, por ejemplo, cumplo un año más. Los regalos me han bombardeado: plancha princess, colgante de oro, zapatos de tacón negro, zapatos granates, botas de montaña, plancha de pelo... Y un regalo más del que hasta dentro de quince días no podré presumir. Aparte, la multitud de llamadas para felicitarme.
Dos llamadas me han hecho sonreír más de lo habitual.
A Roberto, mi querido hermano, le he notado una risa floja mientras me felicitaba. "Emma, tengo una historia genial para tu blog -me ha empezado a explicar-. Acabo de recoger a Manuela de la guardería, la he sentado en el coche, le he puesto el cinturón y me ha quitado las llaves para jugar un poco con ellas. Mientras me dirigía a mi asiento he oído un clic, clic. ¡No!, he pensado aterrorizado. Y mis temibles pensamientos se han cumplido: Manuela había cerrado el coche y tenía las llaves en su poder. Manuela, corazón, vuelve a dar a la llave e intenta abrir el coche, he suplicado con voz dulce. Pero Manuela no me hacía caso. Tras diez minutos de desesperación he optado por la vía rápida: romper un cristal. Cuando estaba con la piedra en la mano ha aparecido un operario de seguridad y me ha sugerido que en vez de tirar la piedra al centro de la ventana lo hiciera en una esquina, que así el daño sería menor. Le he mirado perplejo por su dominio de rotura de cristales y he acatado sus órdenes. ¡En qué hora! Al lanzar la piedra sobre la esquina del cristal ha rebotado y además de romper la ventanilla ha destrozado el retrovisor. Manuela al verme tirar la piedra y sentir como el cristal delantero se hacía añicos ha empezado a llorar lastimosamente. He abierto a toda velocidad, la he cogido en mis brazos y la he mimado. ¿Verdad que es una buena historia?"

Dos llamadas me han hecho sonreír más de lo habitual.
A Roberto, mi querido hermano, le he notado una risa floja mientras me felicitaba. "Emma, tengo una historia genial para tu blog -me ha empezado a explicar-. Acabo de recoger a Manuela de la guardería, la he sentado en el coche, le he puesto el cinturón y me ha quitado las llaves para jugar un poco con ellas. Mientras me dirigía a mi asiento he oído un clic, clic. ¡No!, he pensado aterrorizado. Y mis temibles pensamientos se han cumplido: Manuela había cerrado el coche y tenía las llaves en su poder. Manuela, corazón, vuelve a dar a la llave e intenta abrir el coche, he suplicado con voz dulce. Pero Manuela no me hacía caso. Tras diez minutos de desesperación he optado por la vía rápida: romper un cristal. Cuando estaba con la piedra en la mano ha aparecido un operario de seguridad y me ha sugerido que en vez de tirar la piedra al centro de la ventana lo hiciera en una esquina, que así el daño sería menor. Le he mirado perplejo por su dominio de rotura de cristales y he acatado sus órdenes. ¡En qué hora! Al lanzar la piedra sobre la esquina del cristal ha rebotado y además de romper la ventanilla ha destrozado el retrovisor. Manuela al verme tirar la piedra y sentir como el cristal delantero se hacía añicos ha empezado a llorar lastimosamente. He abierto a toda velocidad, la he cogido en mis brazos y la he mimado. ¿Verdad que es una buena historia?"

Entre medias he recibido el mejor e-mail del verano: "Todo en orden. Está en una habitación desde ayer a las 15.00 h." Un mensaje tan corto ha disipado la tensión vivida durante estos últimos meses.
Stella nació con 25 semanas. Montse y Escuer anhelaban tener hijos. Después de un tiempo Montse se quedó embarazada. La sorpresa llegó en la segunda ecografía: ¡eran gemelos! La ilusión se multiplicó por dos. Pero el día que fueron a realizar la eco en cuatro dimensiones la felicidad se tornó en preocupación. Por favor, acudid a urgencias, algo va mal, les dijo el ecógrafo. En el hospital les comunicaron que una de las niñas, Sarah, había fallecido. Montse fue ingresada. Tras dos días de reposo les explicaron que la situación había empeorado, que la única opción era practicar una cesárea, salvar la vida de Stella y evitar que Montse estuviera en peligro. Los amigos intentamos apoyarles anímicamente sin saber qué hacer. Stella pesó seiscientos gramos. En la incubadora de la UCI le pusieron todo lo necesario para que saliera adelante: sondas, oxígeno... Los padres durante meses acudían cada tres horas para poder ver a su niña. Los pediatras les daban esperanzas relativas. De la alegría pasaban a la desesperación. Del optimismo a la duda. Pero Stella con su pequeño peso venció en todas las batallas. Hoy está en una habitación, en una cuna individual sin cables, ni sondas. Montse y Escuer comienzan a disfrutar de las noches agotadoras de los bebés y la ilusión invade sus caras. Por fin, puedo hacer su presentación oficial.
Stella nació con 25 semanas. Montse y Escuer anhelaban tener hijos. Después de un tiempo Montse se quedó embarazada. La sorpresa llegó en la segunda ecografía: ¡eran gemelos! La ilusión se multiplicó por dos. Pero el día que fueron a realizar la eco en cuatro dimensiones la felicidad se tornó en preocupación. Por favor, acudid a urgencias, algo va mal, les dijo el ecógrafo. En el hospital les comunicaron que una de las niñas, Sarah, había fallecido. Montse fue ingresada. Tras dos días de reposo les explicaron que la situación había empeorado, que la única opción era practicar una cesárea, salvar la vida de Stella y evitar que Montse estuviera en peligro. Los amigos intentamos apoyarles anímicamente sin saber qué hacer. Stella pesó seiscientos gramos. En la incubadora de la UCI le pusieron todo lo necesario para que saliera adelante: sondas, oxígeno... Los padres durante meses acudían cada tres horas para poder ver a su niña. Los pediatras les daban esperanzas relativas. De la alegría pasaban a la desesperación. Del optimismo a la duda. Pero Stella con su pequeño peso venció en todas las batallas. Hoy está en una habitación, en una cuna individual sin cables, ni sondas. Montse y Escuer comienzan a disfrutar de las noches agotadoras de los bebés y la ilusión invade sus caras. Por fin, puedo hacer su presentación oficial.
martes, septiembre 18, 2007
La mayor horterada
Tras más de dos meses de baja y uno de vacaciones me ha tocado volver a trabajar. Me siento fatal, más que fatal me siento una hortera y una vulgar. Esto de trabajar es una auténtica ordinariez. Sí, muchos venden el rollo de que el trabajo es la liberación de la mujer, la independencia... ¡Mentira! Yo que he nacido para ser rica, pero por desgracia no lo soy, llevo muy mal lo de trabajar. Si mi cuenta superara los dos millones de euros viviría como una auténtica reina y, por supuesto, no se me caería la casa encima (¡qué absurdo para eso pago a alguien que me la tiene súper cuidada y organizada). Los lunes y miércoles acudiría a clases de salsa para mover el esqueleto. Los martes y jueves, a pintura. En mis ratos libres diseñaría los logos, invitaciones, carteles... de amigos, familiares y, como no, las empresas que de vez en cuando me lo solicitan. Mantendría actualizado mi blog, escribiría mi libro... Luego, las tardes, estaría con mis niños y su agenda de actividades y vida social. Entre semana invitaría a comer a mis amigas (periódico, colegio...). Los fines de semana cenitas con familia y amigos. Una vez al mes, como mínimo, organizaría un viaje de cuatro o cinco días con mis hombres. Ah, y cada seis meses un viaje de placer con mi Alonso -Kenia, Thailandia, Australia..., serían algunos de los destinos-. Realizaría todas las obras que mascullo en mi mente. Me construiría una gran casa de estilo rural en Saldaña, Segovia, con un mínimo de dos habitaciones para invitados con baño incluido, la buhardilla de casa, el jardín... También haría un curso de jardinería y... Y mil sueños más, porque yo no sé lo que es aburrirse. Siempre tengo mil cosas que hacer, mil proyectos por realizar, mil ideas por aprender. Pero soy una jodida hortera, vulgar y ordinaria que necesito trabajar para pagar mi hipoteca y concederme mis caprichos. Jodido euromillón, ¿por qué no sacas nunca mis números en el sorteo?
jueves, septiembre 13, 2007
Intento de enmienda
Si sé que no tiene perdón ni excusa el haber abandonado tanto tiempo el blog. Pero es que no he sacado ni un minuto para escribir. Ya está Emma con sus exageraciones, pensaréis, pero no, es real. El mundo infantil, familiar y vacacional ha inundado todos mis segundos. Hoy parece que respiro y las tensiones van abandonándome. Los peques iniciaron ayer el curso escolar: Álvaro lloró un poquito porque quería quedarse conmigo y Diego me besó rápidamente para irse a abrazar a sus amigos, a su segunda familia como dice él. Al salir del cole me bombardearon las imágenes del verano: Guadarrama con toda la tropa Tojo, Tenerife con sus playas y las magníficas suites; y Saldaña, mi descanso real porque al ser un auténtico pueblo los niños disfrutaban de verdaera libertad y, encima, para sorpresa de todos, Álvaro aprendió a montar en bici sin ruedines, ¡un fiera! Y yo, ay, qué suerte, sigo de vacaciones. Por hoy no escribiré más (tengo que abastecer la nevera, comprar material escolar, visitar a mi abuela Mary, comprar el regalo de Diego...), pero prometo enmendar mi abandono del blog.
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