viernes, julio 27, 2007

Momentos de felicidad

Hay días donde la felicidad te invade un segundo y te emocionas. Intenté no mostrar mi cara de satisfacción al oír a la doctora decirme que como mínimo tendría que estar de baja hasta el siete de agosto. Sonreí y aguanté la tentación de comérmela a besos. Encima ahora ya no debo llevar la férula, sólo un separador de dedos de silicona que estropea el romanticismo de cualquier noche. Tanta adrenalina debía apaciguarla y nada mejor que darle un viaje a la Visa. Al final me decidí por un colorido bañador que marca, si cabe, aún más mis orondeces, y los uniformes de los niños (¡qué dineral!). Esta tarde me pasaré por la zapatería porque debo renovar todo mi calzado ya que es perjudicial que utilice zapatos deformados por mi antiguo juanete. ¡Alonso, por mi cumple, zapatos!, exclamé al enterarme. ¿Pero no te ibas a hacer la depilación láser de diodo?, contestó perplejo. Me quedé muda. Bueno, pues entonces zapatos y depilación, no vaya a ser que me quede traumatizada, expliqué tranquilamente. Mi emoción fue tal que al llegar a casa preparé con "el bicho" un delicioso arroz con leche y la tortilla de patata que le habían adjudicado a Diego para la fiesta del campamento. Diego, la próxima vez a ver si tienes más suerte al sacar el papelito de la chistera y te toca la latita de aceitunas, ¡que menuda gracia lo de la tortillita!, rugí mientras pelaba las patatas.
Esta mañana me he arrastrado como todos los días hasta la piscina, he estirado la toalla, me he preparado mi coca-cola light, he puesto los manguitos a Álvaro, nos hemos untado de crema de protección 30 y he sonreído al broncear mi ya bronceado cuerpo. Ay, qué suerte estar de baja aunque a veces tenga dolores...

lunes, julio 23, 2007

Maruja guadarrameña

Esto de llevar vida de maruja me tiene emocionada. No paro. Estoy siempre liada y con cien mil actividades. Los niños absorben gran parte de mi tiempo, bueno, la mayor parte. Esta mañana, por ejemplo, me he ido con Álvaro a hacer la compra a Mercadona, luego, a buscar a Diego y a su amigo Alejandro (¡consiguieron plaza la segunda quincena de julio en el campamento!). Tras la comida, aprovechando que se habían quedado abducidos por la Nintendo y el último juego de Harry Potter, he aprovechado para rematar la limpieza del jardín (lo de tener residencia estival es agotador) y arreglar una mesa. A las cuatro y media, toque de corneta y puesta en fila. Chicos, ¿queréis ir al pantano?, les pregunté con tono autoritario. ¡¡¡Sí!!!, gritaron los tres emocionados. Guau, guau, ladró Kaos. Pues os dejo diez minutos para que recojáis y coloquéis el cuarto y los juguetes que están desperdigados por el jardín. No es justo..., musitaron con ojos de cordero degollado. Bueno, si cuando vuelva no está todo perfecto no vamos al pantano... A los diez minutos su "orden" lucía en sus dependencias y nos fuimos al prometido pantano de la Jarosa. Hace quince días descubrimos en la barbacoa que organizan todos los años Mayte y David, y a la que este año hemos asistido más de cuarenta personas (prometo fotos), un pequeño riachuelo en el que los niños disfrutaron como si estuvieran en el Acquopolis. Decidí repetir la aventura y allí me fui con todas mis fieras: Diego, Álvaro, Alejandro y Kaos. Gozaron tirándose por los toboganes de granito y retozando en el barro de los charcos cercanos. Kaos se esmeró en destrozar un tronco de cuatro metros de largo y yo dejé que mi pie descansara un poco de tanto estrés y disfrutara de su baja laboral.
Pero lo que me tiene loca, loca, loca es el préstamo de mi hermano y Virginia. No, no es un préstamo económico que este mes hemos cobrado paga extra, je, je. Es un préstamo que están degustando todos nuestros amigos residentes en Guadarrama. Y es que estoy enviciada, aunque mi primera experiencia fue catastrófica. Resuelvo la intriga: me han prestado la Thermomix. Un súper robot de cocina que hace de todo y del que todo el mundo me hablaba maravillas. Ahora ya puedo presumir de mi catálogo de comidas: purés, gazpachos, setas al ajillo, granizado de limón... Pero el primer día fue terrorífico. Llegué con el súper robot a casa y entre la emoción y las ganas de hacer alguna maravilla con la Thermomix me abstuve de leer con detenimiento el manual de instrucciones. Puse los ingredientes básicos del gazpacho, los trituré, añadí el agua y justo antes de dar al botón leí en el libro de recetas que el agua debía incorporarse más tarde. En fin, no creo que afecte mucho, pensé tranquilamente. Giré el botón de potencia y vi elevarse la tapa del robot, y sentí como mis camisa y mis tetas eran bombardeadas por gazpacho a presión, y la cocina varió su tono blanco por un tono rojo tomate, y desenchufé a toda velocidad la thermomix, y grité con risa histérica a Ana para que me ayudara a limpiar el desaguisado de casa. ¡Qué desastre! -pensé al mirar mi pie operado todo lleno de gazpacho-, pero ganaré la batalla. Ahora estoy encantada con "el bicho" (nombre familiar y cariñoso que he adjudicado al robot), ayer lucí mis artes con un delicioso granizado de limón que duró un suspiro en los paladares de Javier, Do, Isabel, Pablo, mi abuela, mi madre... Y mi Alonso, cuyas dotes culinarias tras doce años de matrimonio aún son desconocidas por mí, está pensando en aprender a utilizar "el bicho".
Y encima mi madre ha contratado el Adsl en Guadarrama ya que el vecino al que pirateábamos la línea ha desaparecido del mapa o la ha codificado para que no tengamos acceso (¡será idiota!). Así que ahora ya no debo desplazarme hasta el centro del pueblo para acceder a internet. Resumiendo: ahora gorroneo a mi madre la línea Adsl y de paso su ordenador portátil; a mi hermano y a mi cuñada, la Thermomix; y a... Bueno, será mejor que calle no vaya a ser que me quiten privilegios. Besos.

martes, julio 03, 2007

Sigo viva

Aunque parezca mentira sigo viva. Sí, ya sé que como estoy de baja tendría que haber escrito con mayor frecuencia que antes, haber generado montajes fotográficos merecedores de un gran premio o haber relatado paso a paso todo lo que me ha sucedido, ¡pero no he podido! Y no es que esté tumbada en un lecho de dolor, ¡es que tengo a mis hijos de vacaciones! Bueno, más que hijos son lapas porque están todo el día a mi alrededor mimándome, mareándome y organizando mi vida: mamá, hoy al cine; mamá, hoy se viene Daniel a dormir a casa; mamá, a la piscina; mamá, vamos a pintar; mamá, al cumpleaños de Mónica... Así que cada vez que escucho "mamá" me pongo a temblar, aunque para temblores los de Alonso que este mes se ha ganado cielo ejerciendo de taxista y cumpliendo estoicamente mis órdenes (incitadas por los niños): Alonso, llévales al cumple, llévales al cine.... Y os preguntaréis (esto me lo digo yo a mí misma) ¿Y cómo es que hoy escribes en el blog? Tatatachánnnn!!!! Hoy escribo en el blog porque mis hijos, mis adorados hijos, han comenzado a ir al campamento y, aprovechando mi tiempo libre, me he colado en la sala que ha habilitado el ayuntamiento de Guadarrama (¡que ya me he trasladado a mi residencia estival!) de acceso gratuito a internet. Oye, que tiene mucho mérito, que me he venido a paso tortuga con mi muleta y mi pie ya está quejándose y martirizándome con sus latigazos de dolor. Aunque sufra, necesitaba un contacto con mis lectores o con mi persona. Seguiré colándome en esta sala, relataré mi caseras experiencias y, cómo no, volcaré fantásticas fotos. Besos y felices vacaciones a los que ya las estén disfrutando.

jueves, junio 14, 2007

A por ellos, oé...

Los nervios no son por el post operatorio, ni por el dolor de dedos, ni por los músculos de mis brazos cansados de tantas muletas. No, los nervios son por el partido de fútbol de esta tarde. La competición comenzó el lunes, pero el equipo de Diego no jugó hasta el martes. En mi situación de reposo era difícil acudir, pero cuando Diego me rogó por la mañana que fuera a verle tocó mi fibra sensible y planifiqué cómo ir. A media tarde vino la madre de Rubén, Asún, a buscarme con su coche. Me desplacé torpemente con mis muletas y le agradecí infinitamente su gesto. Llegué al colegio y los compañeros de Álvaro me bombardearon con cien mil preguntas: ¿te han cortado el pie?, ¿te has caído?, ¿por qué llevas muletas?, ¿nos las dejas un poquito?... Álvaro, detrás, explicaba a todo el mundo, emocionado, que yo era su madre y se fue al cumpleaños con la madre de Cristina. Me arrastré por el patio, entré en el colegio y me enfrenté a las escaleras que debía descender para llegar al campo de fútbol sala. Sin gran arte bajé escalón a escalón y llegué hasta la grada. El pie cada vez estaba más inflamado. Todo el mundo me ayudó y me interrogó sobre mi percance. Una que es imperfecta, fue la frase que más dije. El partido comenzó y los gritos atronadores invadieron el recinto. Al poco, la desilusión, un gol, dos goles, tres goles... Al final, perdieron cinco a cero. Los niños sudaban como pollos. Chicos, tranquilos, que lo habéis hecho fenomenal, les animábamos todos los padres abrazándoles y contentos por ver como habían intentado defender su honor.
El miércoles mi pie se resintió y me quedé en casa con Álvaro que no paraba de chapotear en la piscina. Ana ejerció de representante familiar y acudió a ver el partido. A mitad de partido la llamé por teléfono. Van ganando tres a cero, la escuché gritar en medio del alborozo. Y el partido mejoró. Resultado final: 8-0. Diego llegó pletórico, excitado de victoria, gritando "¡¡¡ooooocho a cero, ooooocho a cero!!!". Y esta tarde es la semifinal. Y allí iré yo en taxi, para gritar como una loca, para animar a mi niño, para vociferar a todos sus compañeros y calmar un poco mis nervios.

P.D. Hoy me han retirado el vendaje. Externamente el pie sólo muestra unas pequeñas y mínimas incisiones. Sin embargo, la cirugía interna ha sido bastante compleja y agresiva: además del juanete y del dedo gordo, me han tenido que intervenir en todos los dedos para cortar los tendones y evitar que se agarroten más. Ahora tengo que llevar una férula y mentalizarme a vivir mi baja laboral. ¡Con lo que me gusta a mí ir a trabajar al periódico!

martes, junio 12, 2007

Un juanete menos

¿Te han operado alguna vez?, me preguntó la anestesista mientras comprobaba en qué vena me iban a poner la vía. Y una que es imperfecta por naturaleza sonrió. Bueno, alguna vez, dije con media sonrisa: me han operado del pie izquierdo, me han extirpado un ovario, el apéndice, ah, también me han quitado un cornete, un polipo kilian, más dos epidurales para los partos... Y creo que no se me olvida nada más. La anestesista elevó las gafas que se escurrían por su nariz. Osea que no estás nada nerviosa, me interrogó con simpatía, veo que te han operado en casi todas las extremidades de tu cuerpo.
Al cabo de unos minutos mi imperfecto cuerpo descansaba sobre la camilla del quirófano. Sentí el dolor de los pinchazos de la anestesia local en mis tobillos y el sedante causó efecto y me adormecí. No sé cuánto tiempo paso. Mis ojos se abrieron y escuché el traqueteo de una sierra o un martillo, me incorporé e intenté cotillear. Observé como mi dedo gordo estaba cortado de un extremo a otro. Una enfermera me empujó levemente para que siguiera tumbada y decidí que no iba a volver a curiosear la carnicería de mi pie.
Subí a la habitación en silla de ruedas y allí estaban mi amado Alonso y mi madre. ¿Qué tal?, preguntaron con intriga a mi pie vendado. Todo bien, al final ha sido con anestesia local, expliqué tumbándome en la cama. Al rato aparecieron mi abuela y Pepe. El teléfono no paraba de sonar y mi pie seguía adormecido. Poco a poco el sedante me fue adormeciendo y sucumbí en un profundo sueño.
Mi madre apareció a primera hora de la mañana. Aún no sentía el pie y tenía deseos de irme. La enfermera nos confirmó el alta, bajé con mis muletas y mi madre cargó con todos los bultos. Alonso nos esperaba abajo. Mis muletas me trasladaron hasta casa. Mis suegros iniciaron el proceso de visitas matutinas. Luego, por la tarde, mi abuela Mary, mi prima María y Víctor. El sábado, mi madre. Y el domingo, Roberto, Virginia, Manuela, Cayetana, Escuer, Montse, mi abuela Avelina y mi madre. Y siempre, mis niños, que me han mimado, me han pisado si querer el pie, han jugado con mis muletas y, sobre todo, se han bañado en la piscina mientras yo leía tranquilamente un libro.
Poco a poco, parece arreglo mis innumerables imperfecciones. Y para que veais que no miento os ilustro con unas horribles imágenes no aptas para cualquiera. Je, je

domingo, junio 03, 2007

La casa invadida

"Estoy en el castillo de Disney", leí en el mensaje de Alonso desde Alemania. "Pues yo estoy a punto de montar un parque infantil en casa", contesté al ver el follón que se me venía encima. Miré por el retrovisor y comprobé a toda la tropa que llevaba en el coche: Álvaro, David, Alejandro y Diego. Al llegar a casa les puse en fila, como hago siempre, y les solté las instrucciones: lo primero que vais a hacer es ducharos, poneros el pijama, cenar y, según como os portéis, os pongo luego una película. Todos asintieron y sonrieron de emoción. Se ducharon entre risas y dejaron el baño como si fuera un pantano, se vistieron dando saltos de cama en cama y me amenizaron la cena contando todas sus aventuras infantiles. Álvaro intentaba seguirles el ritmo, pero tras el cumpleaños que había tenido esa tarde sus párpados empezaban a flaquearle. ¿Podemos ver una película?, me preguntaron con cara de no haber roto un plato. Sí, pero antes vamos a hacer un poco de teatro para ver si Álvaro se duerme, susurré para que no me escuchara el peque. Al cabo de cinco minutos, Álvaro estaba en la cama de Diego rodeado por todos sus amigos. Apagué la luz, les rogué silencio e intentaron que se durmiera, pero fue imposible. Bajamos al cuarto de estar y les puse en el DVD "Men in black". Álvaro cerró los ojos a las once y media. A las doce y media le cogí en brazos y le llevé a su cama. Chicos, subid que ya es hora de dormir, dije al apagar la tele. ¡¡Jo!!, se quejaron los tres mientras obedecían mis órdenes. La locura llegó al meterse en la cama. Brincaron de una a otra. Alejandro y David reían histéricamente porque era la primera noche que dormían en casa de un amigo. Y Diego reía a carcajadas de emoción por compartir su cuarto con sus amigos. A la una y media de la mañana seguía escuchando sus cuchicheos desde mi cama. Por Dios, no se van a dormir, pensé intentando despejar mi sueño que por una vez hizo pronto su aparición. A las dos cayeron en un profundo sueño.
Les oí gritar por la mañana y sentí que mi cuerpo aún no había descansado, salté de la cama y me fui a verles. ¿Queréis desayunar?, pregunté con legañas en los ojos. ¡¡¡Sí!!!, contestaron totalmente despejados y animados. Bajé a la cocina y se me cayeron de golpe las legañas al ver la hora que era: ¡las siete de la mañana!. Yo les mato, rugí al poner las tostadas en la tostadora. Álvaro se despertó con los gritos de la tropa. "Mamá, haz que se haga otra vez de noche", suplicó Álvaro con su carita de sueño. Intenté que se durmiera, pero la excitación al ver tantos niños en casa se lo impidió. A las diez de la mañana me los llevé al parque Juan Carlos I, y treparon por el castillo pirata, se tiraron en tirolinas, hicieron carreras.... Y yo empujé la bici de Álvaro. Esto es para ti, me dijeron los tres mayores. Y observé el maravilloso ramo de flores silvestres que me habían hecho. Chicos, es el ramo más bonito que me han regalado, exclamé emocionada y a punto de comérmelos a besos. Agotaron sus fuerzas y a la una y media dejé a Alejandro en su casa. Luego, a David. Yolanda, la madre de David, me invitó a comer en la terraza de su ático porque ambas compartíamos la misma situación: teníamos al marido de viaje. Y los niños aún fueron más felices. Y se pasó la tarde y por la noche me entró el cansancio y llevé a mis Alonso a cenar al Mc Donald´s y cayeron en la cama agotados y con cara de felicidad.

viernes, junio 01, 2007

Propósitos imperfectos

Si me asesinaran, decapitaran mi cabeza, me extrajeran la dentura y me arrancaran las uñas, no habría problemas para mi identificación. El resultado de la autopsia sería revelador. Mujer blanca, de unos treinta y picos años, europea. Observaciones: le falta un ovario, el apéndice, un cornete, tornillo en el pie izquierdo e incisiones varias en ese miembro. Resumiendo: un desastre de mujer. Así que tanta imperfección tiene su lado positivo. Animada por mis pensamientos macabros y consciente de mis dolores de pie, he decidido igualar las imperfecciones, aumentar mis marcas de identificación y el próximo jueves acudiré al quirófano para que me eliminen el juanete derecho y me implanten otro tornillo (¡con todos los que me faltan!). Mis aparejos de inválida descansan en el maletero del coche: un par de muletas, un férula, un zapato anatómico horroroso… Ay, qué pena no rozar la perfección.
Los nervios me están atacando por momentos, y no por la operación en sí, sino por todo lo que tengo que solucionar antes de la intervención: ropa de verano de los niños, disfraces para la fiesta de fin de curso, bañadores… Para no estresarme, y aprovechando que mi Alonso está en Alemania, he invitado esta noche a dormir a dos amigos de Diego y una amiga de Álvaro. Sí, ya sé que me meto yo sola en los follones, pero en el fondo me encanta. Ahora me iré corriendo a comprar la chuches de los niños, las palomitas y demás chuminadas.
Pensando, pensado, he decidido que debo aprovechar mis días de baja. Me planteo varias opciones. Primera, pedirle a mi hermano la Thermomix e iniciarme en ese mundo culinario, pero este plan perjudicaría a mis kilos de más que aumentarían estrepitosamente. Segundo, aprender a coser (no es que me tiente mucho, pero el disfraz que le ha hecho a Ana a Álvaro es una maravilla y me ha dado envidia). Tercero, revisar todo el blog e imprimirlo para la familia. Cuarto, pintar la casa. Quinto, organizar todos los papeles y libros. Sexto, hacer la obra del jardín. Séptimo, pintar camisetas y zapatillas para los niños… Muy bonitos mis planes, pero conociéndome seguro que dentro de un mes me lamentaré por no haber cumplido ninguno de mis propósitos. ¡Y esta imperfección no se puede operar!

lunes, mayo 28, 2007

Sangre, sangre y más sangre

Esta mañana, lunes, día odiado por mí, he abierto los ojos y he exclamado ¡por fin ha pasado el fin de semana! Y todo tiene su explicación. La noche del viernes salí a cenar con mis amigas del cole: cena en un italiano, unas cuantas cervecitas en un bar cercano y a las tres, para casita. El sábado me levanté cansada, pero ejerciendo de madre ejemplar, me fui con mis fierecillas a comprar a la galería comercial y después al parque Juan Carlos I a jugar al fútbol y dar de comer a los patos. Tras la comida, me posicioné en el sofá y me quedé dormida. Alonso percibió mi cansancio y se fue dar un paseo en bici con los niños. Al cabo de hora y media me llamó: "Emma, ven a buscarnos al colegio, los niños se han metido por cientos de charcos y están empapados". Fui a por mi tropa y noté como el dolor de cabeza se iba acentuando. Tras los baños y las cenas, Álvaro se quedó dormido y Alonso y Diego aprovecharon para ir a la sesión de noche a ver "Piratas del Caribe 3". Como soy muy apañada y me molesta que por una bolsa de palomitas me cobren seis euros, preparé la mochila de Diego con sus palomitas de microondas y su botellita de agua. Mamá, qué emoción, voy a ver otra vez a Jack Sparrow, exclamó mientras se colocaba su pañuelo de pirata. Al verles salir por la puerta, me tumbé en el sofá e intenté sofocar mi dolor de cabeza. A las doce me levanté a por un vaso de agua y el horror y las nauseas me golpearon con fuerza. Lucas, mi gato lesionado, se estaba desangrando (o eso pensaba yo) y había manchado toda la casa con charcos enormes de sangre. En la cocina, en el lavadero, en el sofá del salón, en las escaleras... No había lugar limpio de sangre. Desesperada preparé la fregona con un litro de lejía y me dispuse a limpiar a toda velocidad, consciente de que si venían los del CSI me detendrían por asesinato. Una hora después logré borrar las huellas del homicidio fallido y me metí un Nolotil en vena para ver si así apaciguaba mi tremendo dolor de cabeza y las asquerosas nauseas. Alonso y Diego llegaron emocionados. Bueno, Emma, has disfrutado de tu soledad, dijo Alonso con sonrisa tierna. Calla, Alonso, calla, que no sabes el suplicio que he vivido, comenté mientras le relataba mi aventura felina.
Pero ahí no acaba la historia. El domingo Álvaro me despertó porque quería tomarse el biberón. Abrí un ojo, intenté abrir el otro, pero la inflamación me lo impidió. ¡No!, grité desesperada. Corrí al baño, me acerqué al espejo y vi mi temor hecho realidad: el Nolotil me había dado alergia y se me había hinchado todo el ojo. Bajé a preparar el biberón y me recibió de nuevo una cocina plagada de sangre. Me senté en el sofá e intenté dominar mi ataque de nervios. En un par de horas vendrían por casa Javier y Mary Luz y el espectáculo era dantesco. Desesperada corté una botella de trinaranjus y se la coloqué a Lucas en la cabeza para que dejara de herirse, preparé el biberón y el desayuno de Diego, limpié de nuevo la sangre y Alonso colocó la planta de arriba. A la una votamos, a las dos olvidamos las penas y en el aperitivo abrimos una botella de vino tinto para alegrar la comida y disfrutar de la compañía de Javier y Mary Luz. La tarde se esfumó velozmente. A última hora salí a dar un paseo con los niños y al volver comprobé como la sangre de Lucas volvía a tomar posiciones en la cocina. ¡Por Dios, que se acabe este suplicio y llegue el lunes!, rogué al tirarme con mi cansancio, mi ojo inflamado y mis nauseas a la cama.

viernes, mayo 25, 2007

Ataque felino

Huy, mira qué mal está Lucas, comentó Alonso al ver que el gato elevaba el rabo y no encontraba postura para tumbarse. Observamos al felino y el lunes lo llevé al veterinario. Tras una radiografía y otras cuantas pruebas diagnosticó. A Lucas le ha mordido otro gato en el inicio del rabo y tiene una infección interna, dijo Agustín, el veterinario que en dos días me ha sableado 180 euros. Le inyectó unos antibióticos, un antiinflamatorio y me explicó los medicamentos que debía administrarle. El martes, al llegar a casa, mi preocupación fue en aumento. Lucas tenía parte de la piel del rabo sin pelo y un bulto gigantesco que desvelaba la sangre coagulada de su interior. Alonso lo llevó rápidamente al veterinario y le dijo que era normal, que por ahí estaba supurando la infección y que lo lleváramos al día siguiente para que se lo limpiara a conciencia. Vaya, me quejé yo, pues mañana tenía que ir a hacer la compra. Resignada me levanté, desayuné, cogí el transportín de Lucas y le llamé, pero no vino. Qué extraño, pensé, estará tumbado en algún sofá. Le busqué y rebusqué. La lluvia cada vez era más intensa. Alonso, Lucas no está en casa, le dije por teléfono. Yo le he visto esta mañana salir por la ventana, tal vez le haya pillado la lluvia y no volverá hasta que se apacigüe un poco. El reloj marcaba la hora de ir a trabajar. Ana, si ves a Lucas, llámame, estoy preocupada, no es normal que con cuarenta de fiebre, una infección y en ayunas desaparezca tanto tiempo, comenté.
Hora de la comida: Lucas no aparece. Cinco de la tarde: seguimos sin saber de él, los niños comienza su búsqueda por un terreno cercano, el parque e interrogan a los vecinos. Nadie lo ha visto. Llamo al veterinario y le informo de lo sucedido. Mi mente calenturienta se lo imagina muerto en alguna esquina. Baño a los niños, les pongo el pijama, salgo de nuevo al jardín y veo a Lucas en casa de la vecina. ¡Chicos, ha aparecido Lucas! Saltamos el muro y lo recuperamos. Su aspecto cada vez es peor, la piel se ha despegado de su cuerpo, la sangre cubre su rabo y se ven los músculos interiores del rabo. Alonso, ¿puedes llevar al gato al veterinario?, interrogó por teléfono. Emma, imposible, tengo muchísimo follón, contesta con tono estresado. Diego y Álvaro me miraron con ojos de súplica. Mamá, ¿podemos ir contigo? Pero si estáis en pijama, contestó con media sonrisa. Bueno, está bien, poneros el abrigo y os venís conmigo.
Agustín se frotó los ojos al ver el espectáculo: Diego y Álvaro en pijama, yo con cara de desesperación y Lucas con el rabo en carne viva.
Te traigo el kit completo, le dije al entrar en la consulta. Los niños bombardearon al veterinario con mil preguntas, pero una vez que Lucas estuvo dormido y Agustín iba a cortarle la parte de piel que tenía muerta, le rogué a los niños que esperaran fuera. Jo, mamá, no me dejas ver "House" y tampoco me dejas ver como curan a Lucas, refunfuñó Diego al salir.
Ahora Lucas está que da pena, le tengo que inyectar dos medicamentos en el profundo agujero que tiene en su cuerpo y, por supuesto, no puede salir de casa. Pero, por lo menos, esa noche dormimos tranquilos al ver que nuestra fiera estaba en casa.

jueves, mayo 24, 2007

Pedales

La misión del sábado era ir a Guadarrama para traer las bicicletas. Según cogimos el desvío hacia la carretera de La Coruña gritamos ¡qué atasco! Y el teléfono sonó. Era mi hermano Roberto para invitarnos por la tarde a su piscina. Mira, Roberto, casi mejor vamos ahora, en cinco minutos llegamos e improvisamos una comidita, es que hay un atasco..., le dije autoinvitándome y sin darle opción a réplica. Así que la familia Peña-Calle se vio invadida por la familia Alonso-Peña. Los niños según llegaron se pusieron los bañadores y chapotearon en la gélida piscina con Manuela que lucía un modelito morado de neopreno. Cayetana, como era de esperar, estuvo todo el día colgada de su madre (ay, ahijada, qué pesadita eres) y el pollo al chilindrón duró diez minutos en la mesa. A última hora cumplimos con nuestra misión: recoger las bicis.



El domingo nos presentamos en la salida de la carrera ciclista a las once de la mañana. Diego se fue rápidamente con sus amigos Alejandro y Jaime Centeno, Alonso mostraba sus piernas musculosas y se hidrataba para no desfallecer en la competición, Álvaro pedaleaba sobre su bici con ruedines y yo, ataviada con un chándal rosa, me preparaba para correr tras Álvaro y socorrerle en caso de cansancio o ayudarle para que no se chocara contra algún árbol (aún no sabe frenar). Agotadita terminé, Álvaro cogió velocidad y recorrió un amplio trayecto. A mitad de la carrera volvimos mi peque y yo al coche y nos fuimos hasta la línea de meta. Todos llegaron eufóricos y emocionados. Además, en el sorteo que realizaron con todos los competidores, nos tocaron unos calcetines horrorosos y una camiseta aún más fea pero que fue ampliamente elogiada por los niños.





Mamá, ¿me puedo ir a comer a casa de Alejandro?, suplicó Diego. No sé, Diego, comenté. Venga, déjale, apostilló la madre de Alejandro, además también se puede venir Álvaro para jugar con Cristina. ¿Pero estás segura de que te quieres llevar a mis hijos terroristas?, pregunté con cara de sorpresa. ¿Por qué dices eso?, me interrogó Ángeles. Ya sabes que eso es lo que opina el padre de David López... Y ambas reímos.
Así que mi amado y yo disfrutamos de una tarde tranquila de domingo: comimos en un restaurante y vimos "Zodiac" en el cine. ¡Qué lujazo!

Los primos en la barbacoa...



Y los cuñados hablando de política o de mujeres o de vicios...

martes, mayo 22, 2007

Hijo superdotado, padre gilipollas

La fase ninja de Diego y sus amigos nos traen a todos de cabeza. Su diversión actual consiste en pegarse como los ninjas, aplicar las técnicas de Naruto y los ataques de los pokemony cada día termina uno llorando. Diego, la semana pasada, apareció con toda la cara marcada por los arañazos de David, a Daniel le dio Pablo una patada en sus partes… Lo mejor de todo es que sólo se zurran los que son amigos. Vamos, que no son técnicas que utilicen con sus “enemigos”.
El miércoles en plena discusión por ver qué pokemon tenía más fuerza, Diego recibió dos collejas, se levantó y empezó a pelearse con Rubén. “Diego estate quieto”, gritó la madre de Rubén sin darle la mayor importancia. Ana corrió a ver qué ocurría y Diego empezó a llorar. Ana se acercó al grupo de padres para ver qué había sucedido. Nada especial, que se estaban pegando, como siempre, comentó la madre de Rubén. Diego dice que Rubén y David le han dado dos collejas, dijo Ana mientras consolaba a Diego. De pronto, el padre de David, armario de dos metros y con doble capacidad para su gilipollez, empezó a vociferar a Diego y a Ana, les llamó mentirosos, les insultó y aseguró que su hijo era perfecto, que nunca mentía, que nunca pegaba, que era el mejor de todos… Mamá, me he sentido como una hormiga pisoteada por el padre de David, me lloró Diego a través del teléfono. Indignada y molesta, hablé con el resto de las madres que habían estado esa tarde en el colegio y todas coincidieron: “Emma, ha sido horroroso. El padre de David ha perdido los papeles, ha empezado a gritar y perdóname pero me he quedado tan paralizada que no he sabido actuar”.
El viernes acudí al colegio para intentar zanjar el problema. Vi al gilipollas en mitad del patio del colegio.
–Diego, vete a jugar con tus amigos, que tengo que hablar –dije mientras me acercaba al padre de David – Buenos días, Óscar (nombre ficticio para evitarme problemas), soy la madre de Diego y quería hablar contigo sobre lo sucedido el miércoles.
–Ah, ¿sí?
–Sí, simplemente quería decirte que estoy molesta con lo que ocurrió.
–¿¿Qué?? –empezó a gritar como un ordinario, acercando su cara a la mía y sin respetar mi espacio vital. – Antes de insultarme tendrás que oír mi versión.
–Perdona, yo no te he insultado, simplemente te he dicho que estaba molesta porque creo que tú no eres quien para insultar a mi hijo y a su cuidadora. Creo que nosotros como adultos no debemos crear conflictos entre los niños, y si tienes algún problema lo debes hablar conmigo. Además, Diego en ningún momento pegó a tu hijo. Así que no entiendo tu actitud.
Sus gritos empezaron a escucharse por todo el patio del colegio. Calmadamente le ofrecí un papel con todos mis teléfonos apuntados y él lo rechazó con la mano. De pronto, sentí que me estaba avasallando y por ahí no iba a pasar.
–Óscar, por favor, baja el tono. No tienes que gritarme.
–Te grito porque me has insultado. Además tu hijo es un mentiroso, el mío no miente nunca y jamás pega.
–Pues será el único. Veo que tu hijo es perfecto, el mío no, Diego tiene imperfecciones al igual que yo, y para eso estamos mi marido y yo, para educarle, y no voy a permitir que mi hijo esté toda la tarde llorando y sofocado por tus gritos y que la cuidadora no haya dormido en toda la noche.
–Tú a mí no me llamas mentiroso y no tergiverses mis palabras… –gritó durante diez minutos cientos de palabras mientras su saliva salpicaba mis gafas de sol.
–Óscar, de todas formas, no me parece normal que tu hijo esté escuchando esta discusión.
–Pues si la está escuchando es por tu culpa. Haberme llevado a un rincón y así el niño no estaría aquí. Además, mi hijo es muy adulto y puede escuchar todo…–siguió vociferando.
Dios mío, este hombre está loco, pensé mientras mis manos temblaban pero con energías más que suficientes para defenderme. Vamos, si le llevo a un rincón me parte la cara.
Aguanté media hora sus gritos y falta de educación.
–Óscar, yo sólo he venido a decirte que si tienes algún problema que me llames, que no involucres a los niños.
Él se giró e intentó zanjar la conversación. Pero le llamé.
–Por favor, Óscar, vamos a darnos la mano y olvidar este asunto. –le dije mientras le tendía la mano. Porque ante todo yo iba a quedar como una señora.
Según se fue se acercó la madre de Daniel con la cara lívida.
–Emma, qué horror, no he escuchado la conversación, pero con ver la actitud que tenía ese hombre hacia ti… Te tenía aprisionada.
–Déjalo, Marta, intentad no tenerlo en cuenta, pero te juro que estoy atacada de los nervios: me tiemblan las manos y se me ha hecho un nudo en el estómago. Y pensar que ese gilipollas ha gritado a Diego…
Me fui con los niños a la piscina e intenté relajarme. El domingo (más adelante lo contaré) fuimos a una competición ciclista y las madres de Alejandro y Jaime me mostraron su apoyo y su indignación con el gilipollas.
Ay, qué mal lo pasé, creo que jamás nadie me ha gritado como ese sinvergüenza. ¡Pobre David, su hijo!

jueves, mayo 17, 2007

Oídos y primos

Un llanto a las tres de la mañana. Saltó de la cama y corro hacia la habitación de Álvaro. Álvaro grita asustado al comprobar como la sangre se desliza por su nariz. Rápidamente le llevo al baño, le limpio, le tranquilizo y tras media hora le vuelvo a meter en la cama. Mamá, quiero el bibe, solloza. No, Álvaro, aún es de noche, tienes que dormir, susurró con tono bajo. Pero él insiste, llora y suplica. Por fin, el sueño le vence y el mío se desvanece. Deambulo por la casa con el insomnio metido en la venas y me pongo a colocar los papeles de hacienda. Las cinco de la mañana. Mi agobio por no dormir me obliga a meterme en la cama e intentar captar las ondas oníricas. Un grito se escucha en mitad del silencio. ¡Ay, ay! Salto de la cama y corro hacia la habitación de Diego. Mamá, grita Diego, me duele la muela. Le observo con calma. Diego, no es la muela es el oído. Llora con furia. Venga, cielo, vístete que nos vamos a urgencias, le comentó con suave voz. ¡Ay, ay!
A las seis y cuarto llegamos a la sala de espera del Hospital San Rafael. Sólo una pareja con un niño nos acompañan. Y les conozco: el ex alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, con su mujer y su nieto. No puedo evitar sonreír por la casualidad o más bien por la curiosidad. Diego Alonso, acuda a la sala cuatro, se oye por el megáfono. La doctora le osculta, observa su oído y nos da el diagnóstico: leve otitis. Ya son las siete y media de la mañana, vamos a la farmacia compro los medicamentos y Diego se emociona con los tapones de oído que tendrá que utilizar a partir de ahora para bañarse en la piscina. Me arrastro hasta casa. Diego ya no quiere dormir, enciende la tele y aprovecho para echar una cabezadita.
El resto del sábado se escapó entre el orden, las petunias y los juegos. Y el domingo, barbacoa de primos. El evento, en el jardín de los padres de Virginia. Una maravilla. Los niños (Mónica, Vitín, Manuela, Diego y Álvaro) corrieron como locos, se bañaron en la helada piscina, gritaron, se columpiaron... Y nosotros, "los adultos" disfrutamos porque los niños estaban entretenidos y pudimos hablar y reír. Y falta Cayetana, que fiel a sus costumbres, sólo quiso estar en brazos de su madre. Y el vino se esfumó en el paladar de Nico, Clara, JF y yo. Y la cerveza sin alcohol, en el de Virginia, María, Víctor y Roberto. Y todos compartimos las chuletas, la chistorra, la morcilla y los helados de avellana y almendras. Y en breve repetiremos, porque hay tradiciones que hay que mantener.

PD: Mañana, fotitos

jueves, mayo 10, 2007

"Opá" voy a hacer un corral...

Isabel y Pablo organizaron el sábado un cena para que viésemos cómo había quedado la obra de su casa y nos echáramos unas risas. Antes de ir, recogimos a mi madre con la teta aplastada y la mandíbula dolorida por el tortazo que se dio en una inauguración. La gente más que la exposición elogio el vuelo sincronizado que realizó mi amada madre al bajar por una pequeña rampa: saltó, voló y se estampó contra el suelo. “Menos mal que no llevo silicona, me habría estallado”, pensó mi avergonzada madre tirada sobre la alfombra y levantándose rápidamente para disimular su vergüenza. Según nos acercábamos al portal de Pablo e Isabel, mi madre admiró mi modelito y mi belleza (ay, qué modesta soy).
—Emma, vas muy guapa. Estilo “opá”. —comentó.
—¿Opá?
—Sí, Emma. Qué inculta eres. Es un estilo de los años sesenta.
—Pues no me suena.
—Hija, conéctate a internet y así te enteras. Ay, me extraña tanto que no lo conozcas...
—Pues a mí tampoco me suena el estilo “opá” —me apoyó mi querido marido.
—¡Cómo sois! —exclamó mi madre zanjando la conversación.
Antes de que el ascensor llegara a la tercera planta se me iluminó la mente. Bueno, más que la mente me acordé de la imaginación e inventiva de mi madre y hallé la solución.
—Mamá, seguro que es estilo “opá”.
—Sí, pesada.
—¿No será “pop art”?
—Hmmm... Bueno, eso “opá”.
Y Alonso y yo nos empezamos a reír a carcajadas.
—Así que la inculta era yo —dije entre risas— Pop art, mamá, pop art.
—Hija, ha sido un lapsus.
La velada en casa de Isabel y Pablo fue fantástica, aunque Roberto y Juan Fran salieron un poco humillados y avergonzados —Virginia no porque lo tiene asumido desde que su abuela le dijo a Roberto que su nieta era una "inútil" porque no sabía ni coser, ni cocinar, ni planchar...—. La humillación invadió a mi amado Alonso al contemplar como Pablo había montado la fantástica cocina de Ikea con la sierra de calar, como cocinaba (vamos que yo quedé culinariamente hablando a la altura del betún en comparación con la cena que nos sirvieron, toda elaborada por Pablo). Y, el remate: al finalizar la cena Pablo nos ofreció un maravilloso concierto de piano.
—Alonso, contigo me he equivocado —le dije antes de dormirme—. O me das un tercer hijo o me separo de ti. Ni tocas el piano, ni cocinas, ni montas muebles... Aunque, para qué negarlo, te quiero mucho.

viernes, mayo 04, 2007

Y como lo prometido es deuda...












La avioneta tardó veinte minutos en alcanzar los cuatro mil metros, el ruido era atronador, el pánico poco a poco fue invadiendo a Pepe. De pronto, una voz se escuchó entre el rugir de los motores: "En dos minutos abrimos la puerta". Pasado ese tiempo la portezuela se abrió, el aire revuelto invadió el pequeño interior de la avioneta y los expertos paracaidistas se lanzaron al vacío. Por último, Pepe y su monitor. Los nervios se esfumaron con el viento. Un minuto en caída libre y Pepe se sintió como Dios. Al cabo de sesenta segundos, el monitor abrió el paracaidas, un golpe seco y la calma le permitió disfrutar del paisaje como si fuera un águila negra. ¿Quieres más emoción?, le preguntó el monitor. Pepe asintió y empezaron a girar, a tomar velocidad y la adrenalina se escapó a raudales entre gritos y gestos. Y ahora, Pepe presume delante de todo el mundo porque, como dice él: ¡soy el más valiente!

La "morida"

El lunes, como todos los lunes, tocaba piscina. Así que me colgué la mochila a los hombros, cogí a mis niños y nos fuimos hacia allí. Antes de llegar una monitora paró su coche a nuestro lado.
-¿Vais a la piscina? -preguntó con cara seria.
-Sí.
-Es que hoy la piscina está cerrada. Ha muerto Doña Carmen y nos vamos todos al entierro.
-Vaya, cuánto lo siento -contesté a la monitora mientras le daba el pésame.
Y olvidé lo sucedido, pero Álvaro no. Antes de dormirse me interrogó con preocupación.
-Mamá, ¿mañana tengo piscina?
-No
-Claro, como hay una mujer "morida" en la piscina...
-No, Álvaro, no hay ninguna mujer muerta en la piscina.
-Sí, que lo ha dicho la monitora...
-Ha dicho que estaba malita.
-No, yo la he oído: hay una mujer "morida" en la piscina. Así que no quiero ir porque hay una mujer "morida" nadando en ella.
Hoy viernes tiene clase de natación y esta mañana me ha preguntado: ¿habrán quitado a la mujer "morida" de la piscina?
Ay, pobrecito mi niño.

El puente

Este fin de semana he gastado mis escasas energías en intentar agotar las exageradas energías de mis niños. Y no lo he conseguido. El “plan agotamiento” de los niños comenzó el sábado con una gratificante excursión a Consuegra, pero no llegamos porque el desvío no estaba indicado en la carretera general y, sin darnos cuenta, arribamos a Puertolápice (y si no nos plantamos en Córdoba fue de casualidad). Comimos en una terracita soleada justo al lado de una antigua corrala y nos fuimos rápidamente a Lillo para ver cómo Pepe se tiraba en paracaídas. En el aeródromo estaban aparcadas dos avionetas antiguas que rápidamente fueron utilizadas por los niños como toboganes o atracciones de feria. Manuela se unió velozmente al clan de los primos y el resto disfrutamos y temblamos al ver como las avionetas se perdían en el cielo y, al cabo de unos minutos, lejos muy lejos, aparecían unos minúsculos puntos negros que pasado un tiempo se convertían en paracaidistas. Los nervios florecían cuando se presentó un "paraca loco" e informó a los siguientes locos del aire qué debían hacer, qué instrucciones seguir y, sobre todo, les alentaba para que al surcar los cielos se sintieran Dios y que no olvidaran cerrar la boca al mirar hacia abajo porque podían ahogarse por la presión de la glotis. Pepe, ¿seguro que quieres tirarte en paracaídas?, pregunté con voz entrecortada. Emma, es lo que más me apetece del mundo, contestó con ilusión. Pero su ilusión duró un instante porque el "paraca loco" elevó la vista, contempló el cielo y les miró con cara triste. Chicos, lo siento, pero con este tiempo es imposible lanzarse, habrá que posponerlo, dijo con su mono macarra ceñido a sus piernas. Así que salvo Pepe todos respiramos tranquilos y volvimos en caravana a Madrid.
El “plan agotamiento” continuó el domingo con una gratificante excursión por Segovia con mi prima, Víctor y sus niños. Los ocho visitamos las cuevas de Enebralejos formadas por estalagmitas y estalactitas y nos sorprendimos por los misterios que oculta la naturaleza. Al salir el estómago nos reclamó alimento y acudimos al restaurante “La Cañada Real” donde nos saciamos de cecina, croquetas, paté, lacón, pastel de bacalao, asado, ensalada, filloas, helado casero y, para digerir esta dietética comida, un licorcito de manzana. Arrepentidos y con dos kilos de más nos fuimos a Navafría, al Chorro. El pinar nos recibió en la entrada y subimos quinientos metros en cuesta hasta contemplar la fabulosa cascada de “El Chorro”. María y yo subimos a trancas y barrancas, ahogadas por el cordero y pensando que nos iba a dar un ataque de flato; Diego y Mónica corrían como locos gastando sus energías subiendo y bajando—¡cómo lo harán!—, y Víctor y Alonso ejercieron de padres ejemplares llevando a sus menores a hombros.
Llegamos a Madrid a gatas, pero los niños seguían con sus energías intactas y aguantaron el sueño hasta las doce de la noche. Yo les mato, rugió Alonso.
El lunes, moscoso al tanto y disfrute de mis niños: parque y más parque, pero tampoco les cansé.
El martes, aprovechando que mis suegros ejercían de mega abuelos, nos concedimos una romántica cena en el restaurante argentino "La Recoleta". Nos sentaron en un reservado, en una mesa cercana cenaban dos parejas con ojeras y cuatro niños revoloteando a su alrededor. Me sorprendió porque no es el típico restaurante para ir con niños. Alonso observó a nuestros vecinos y levantó la mano para avisar al maitre. Por favor, nos podrían cambiar de mesa, es que para un día que salimos sin niños... Y disfrutamos de la cena en una silenciosa mesa y después nos tomamos unas copas y por la mañana me tomé un gelocatil para poder venir a trabajar.

PD. Y Pepe finalmente se tiró el martes en paracaídas. En breve, las imágenes

viernes, abril 27, 2007

Y no fueron dos, fueron tres

A primera hora de la mañana, y después de haber dejado a los niños en el colegio, llegó el amable conductor de la grúa y me miró sorprendido.
–¿Tiene algún vecino cabrón o alguien que le odie mucho? –me preguntó con su palillo deslizándose por su boca–. En el informe que me han dado los del seguro pone que tiene dos ruedas pinchadas, pero no son dos, son tres. Observe, esta rueda trasera también está rajada. ¡Menudo cabronazo el que le ha hecho esto, señora! –gritó mientras se le caía el palillo al suelo.
–Sí, tiene toda la razón –contesté con media sonrisa–, pero hoy ya he superado mi ataque de ira.
–¿Y su marido que opina?
–Pues que si pilla al hijo puta que nos pincha las ruedas, lo mata.
–Eso es lo que tiene que hacer.
Montó el coche a la grúa, subí al asiento del copiloto y nos fuimos hasta el taller de la estación de Chamartín. El conductor de la grúa no paró de gruñir y soltar improperios.
–Deberían organizar redadas entre todos los vecinos para pillar a ese hijo puta. Yo que usted dormiría los sábados por la noche en el coche y así, tal vez con suerte, podría coger al cabrón que le destroza el coche.
–Bueno, yo creo que será mejor poner una denuncia, porque si pillo a ese chaval no sé qué haría.
–Pues matarle, eso es lo que tiene que hacer...
Tras pagar 350 euros, aguantar las caras de compasión que me miraban en el taller y cambiar las cuatro ruedas y los limpiaparabrisas, volví a trabajar. Llamé a la policía, realicé la denuncia por teléfono y me comprometí en ir al día siguiente a la comisaría para firmar la denuncia.
Y así lo hice. Mientras esperaba mi turno comprobé con estupor como un grupo de diez personas se habían trasladado hasta la comisaría para poner una denuncia colectiva porque esa noche, en pleno Conde de Orgaz, se habían colado unos ladrones en el garaje comunitario y les habían destrozado veinte coches y robado numerosas pertenencias. Pues a mí me ha rajado tres ruedas, solté para unirme al grupo. Y todos despotricamos y nos consolamos de nuestra desgracia.

A media tarde el cabreo me abandono y disfruté de mis retoños. Diego, todo un tiarrón, hizo sus deberes rápidamente y sonrió al escuchar mis elogios, pero Álvaro estaba en plena fase maniática. Si antes dormía con cien coches en la cama, ahora le ha dado por la época pintor y sólo es capaz de dormir si está rodeado de dos brochas, tres rodillos y un pincel. Es decir, todos mis aparejos de pintar la casa. Mis intentos para lograr arrebatárselos han sido infructuosos. Tras colocar todos los rodillos, encontró en el baño mis gomas de pelo. Mamá, ponme coletas, pero sólo para dormir porque en el cole me llaman niña, pero yo soy un niño, por favor, por favor… suplicó con sus ojos entornados. Y pienso yo, si el niño es feliz con coletas. ¿Por qué no se las voy a poner? Emma, eres la leche, rugió mi Alonso al ver a su niño.

martes, abril 24, 2007

¡Hijo de...!

Emma, no olvides llamar al seguro para que te cambien la rueda pinchada (por un hijo puta, que quede claro), pero no muevas el coche porque parece que la delante está mal, dijo Alonso con las maletas preparadas para irse a los Alpes. Sí, no te preocupes, contesté medio dormida porque el reloj aún marcaba las cinco y media de la madrugada. Este mediodía, después de llevar a los niños al colegio, ir al Carrefour y demás actividades marujiles, he decidido que ya era hora de avisar al seguro. Bueno, mejor a la hora de la comida, que sino voy a llegar tarde a trabajar, he pensado en mitad del agobio porque esta noche tengo cena de mujeres y aún no he preparado el postre, que es lo que me he adjudicado. A las dos y cuarto he llegado a casa —cómo explicarlo, cómo transmitir mi ira incontenida, cómo decir la multitud de insultos que han bombardeado mi mente sin ofender a nadie, cómo sujetar mis deseos más animales.—, y he visto con estupor que la rueda que Alonso pensaba que estaba mal, no estaba mal sino que también estaba pinchada. He entrado en casa, he dado un portazo y he soltado una retahíla de palabras soeces y necesarias. Qué ha pasado, me ha preguntado Ana aterrada por mi malhumor. ¡Qué me han pinchado las dos ruedas!, ¡las dos!, ¡quién habrá sido el cobarde, canalla (dije más cosas, pero me las guardo) que se dedica a ir por la vida pinchando ruedas!, ¡me han pinchado cuatro ruedas en cuatro meses!, solté como la niña del exorcista dominada por el demonio. Cogí el teléfono y llamé la seguro. Buenos días, le atiende Manolo Barrio, ¿en qué puedo ayudarle?, soltó Manolo tras el auricular. Buenas, bueno, buenas para usted, yo estoy que trino, me han pinchado dos ruedas del coche. Vaya, lo siento, entonces necesitará una grúa, ahora mismo se la envío. No, no, ahora no me la mande porque me tengo que ir a trabajar. Pues esta tarde. No, tampoco porque ya habrán vuelto los niños del colegio y tengo una cena, vamos, que imposible. Bueno, pues se la solicito para mañana a primera hora. No, a primera hora no que tengo que llevar a mis niños al colegio y su padre está de viaje, así que por favor, que venga la grúa a las nueve y cuarenta y cinco, pero avise al conductor de que no llegue antes, porque no habrá nadie en casa. Sí, señora, no se preocupe, además normalmente llegan con retraso, dijo Manolo con tono de miedo por estar hablando con una loca desquiciada por teléfono.
Intenté comer, malamente porque tenía el estómago cerrado por el enfado, y en el postre recibí un mensaje de mi amado “He montado en avioneta sobre el Mont Blanc. Lo más alucinante que he hecho en mi vida”. Para emociones fuertes, las mías. Y aún no he preparado la tarta tatín, ni el guacamole... Ay, me quejo de vicio.

lunes, abril 23, 2007

Sólo mamá

Tres de la mañana. Abro un ojo y compruebo que Alonso no está en la cama. Su hueco lo ocupa, cómo no, Álvaro. Cinco de la mañana. La invasión continúa. Ahora Diego también duerme en mi colchón. Nueve de la mañana. Estoy sola en mi cama, no me lo creo, pero mi sueño no es profundo. A lo lejos escucho el alboroto familiar. Papá no me voy a tomar el biberón, sólo quiero que me lo dé mamá, vocifera Álvaro. Venga, Álvaro, tómate el biberón que mamá está dormida, suplica Alonso. Que no, que no, que no..., argumenta Álvaro sin argumento. Pues ven que te vista, se impone Alonso. No, me viste mamá.
Alguien entra en la habitación. Veo como Alonso abre su armario y empieza a sacar su ropa. Emma, me voy a por los periódicos, a por unos churros y a dar un paseo para relajarme. Tu hijo corre desnudo por casa y aún no ha desayunado. No le aguanto, dijo mientras se calzaba. Oí como cerraba la puerta de la calle y Álvaro empezaba a llorar porque quería ir con él en pelotas para que le comprara chucherías. Me arrastré hasta el salón. Álvaro, no puedes seguir así, por qué no te has tomado el biberón que te ha hecho papá, pregunté con las legañas en los ojos. Mamá, te quiero mucho, ¿me das el biberón?, dijo entornando los ojos y sentándose en mi regazo. Tras el biberón, le vestí, le lavé la cara, le peiné e intenté razonar con él. Oye, Álvaro, no puedes tratar tan mal a papá. Yo quiero a papá, pero a ti te quiero más, explicó sin lógica. Mamá, este niño está un poco loco, dijo Diego con cara de Naruto, ¡menuda mañanita nos ha dado! Álvaro le fulminó con la mirada. “Diego, te voy a matar”, le espetó con ira contenida. Ves, mamá, como está loco, suspiró Diego. Bueno, dejadlo ya, vístete Diego que nos vamos a dar un paseo.
Al salir de la ducha, oí el grito de Diego, ¡mamá, te han vuelto a pinchar la rueda del coche! Mierda, pensé malhumorada, ya es la tercera que nos pinchan. Mamá, comentó Diego, esto no es normal. He pensado que estos pinchazos los hace alguien que te odia mucho y yo sólo conozco una persona que te odie: tu profesor. Le miré y contuve la risa. Sí, Diego, mi profesor no me quiere mucho, pero no creo que se dedique a venir a casa a pincharme las ruedas. Bueno, pues habrá que pensar en algo para detectar al canalla que nos rompe los coches. Tal vez si pusiéramos los rayos infrarrojos que me trajeron los reyes... y Diego siguió planeando la estrategia adecuada para la captura del canalla.
El verano nos atacó en el parque y disfrutamos de sus rayos, de sus calores mezclados con los olores de la primavera, y olvidé que me habían pinchado una rueda y reí al ver como Diego y Álvaro saltaban sobre Juan Fran y jugaban al fútbol y correteaban por el césped y, por fin, Álvaro se comía a besos y abrazos a su padre.

jueves, abril 19, 2007

Diego, una estrella de las ondas



El martes Diego acudió a una de sus innumerables fiestas de cumpleaños. Al ir a recogerle le conté que al día siguiente iba a ir a la radio, al programa de Ramón García. Ramonchu, el de las vaquillas, preguntó Diego con ojos de emoción. Sí, exclamé para ponerle aún más nervioso, y además también vendrán Daniel, Alejandro y Rubén. Ay, mamá, qué ilusión. Oye, ¿y qué me van a preguntar?, interrogó con preocupación. Pues no sé, Diego, tal vez que qué te gusta de Madrid, que qué tal te lo pasas en el colegio, expliqué sin saber por dónde salir. A mí me gusta el colegio, musitó Álvaro desde su asiento, y esta noche quiero tomarme un potito. No, Álvaro hoy tienes de cena arroz con pescado, dije fijándome en el semáforo en rojo. Potito, potito, balbuceó con lágrimas en los ojos.

El miércoles las cuatro fierecillas entraron por la puerta externa del periódico como si fueran las vaquillas de Ramón García: trotando sobre el césped y excitados de la emoción. Subimos a la emisora y contemplaron absortos la mesa de controles, los micrófonos... Antes de entrar les regalaron una agenda, un bolígrafo y una piruleta de Punto Radio y las risas flojas delataron su nerviosismo. Por fin, a las seis, entraron en el estudio, saludaron a Ramonchu y se pusieron los auriculares. Muy buenas, chicos, saludó en antena Ramón García. Hola, gritaron los cuatro histéricos y con risa embaucadora. La hora se pasó volando y ellos disfrutaron de cada detalle, de cada gesto que hacía el presentador para indicar cuándo debía entrar la publicidad, del reloj luminoso que parpadeaba segundo a segundo. Bueno chicos, dijo Ramón, ahora otra pista para que descubráis el animal misterioso: es un primate. Diego levantó la mano rápidamente. A ver Diego, ¿qué animal crees que es? Un oso panda, exclamó con una sonrisa de oreja a oreja. Está bien, os daremos otra pista, sugirió Ramón... Tras el programa se hicieron fotos con Ramonchu y les entregó un autógrafo que guardaron los cuatro como si fuera el mayor tesoro del universo.
Después, un baño de multitudes en el periódico. Hola, Diego, ¿qué tal en la radio?, le preguntaron muchos compañeros al verle. Y Diego se sintió la estrella de Abc: fardó ante sus amigos, les indicó dónde estaban las rotativas, les explicó para qué servían las planchas, dónde cargaban los camiones los periódicos para llevarlos a los quioscos y, por último, me suplicó que les llevara a la cafetería para admirar la nueva máquina de coca-cola que tiene un ascensor para descender los botes y, de paso, les invitara a unos ganchitos. Y volvimos felices. Y entendí a la madre de la Pantoja porque mi hijo había estado en la radio, había sido la estrella de las ondas y a mí se me caía la baba...

lunes, abril 16, 2007

¿Pasión de tía?


Una luz en la oscuridad

El fin de semana se escapó entre comidas en el Chicago´s con el matrimonio Barroso y sus hijas, visitas a Escuer y Montse, parques, aperitivos en el jardín, otra visita a mis suegros y… Y llegó la noche. Tras la batalla diaria de baños y cenas, imploré a los niños que se fueran a dormir. Le conté a Álvaro una sucesión de cuentos, le arropé, le besé y antes de irme apareció Diego.
–Mamá, vengo a darte el beso para que así luego tú no tengas que ir a mi cuarto… –explicó con cara de niño responsable.
–Ah, muy bien, Diego. Hasta mañana. –le contesté con sonrisa burlona que él aún no identifica.
Esperé cinco minutos, me quité las zapatillas y entré sigilosamente en la habitación de Diego. La oscuridad dominaba la estancia. Diego estaba tapado íntegramente por el edredón, pero una luz resplandecía bajo las sábanas. Sin hacer ruido me acerqué y le arranqué el edredón.
–¡Ahhhhh! –gritó Diego sin saber qué había ocurrido y me miró con cara de susto. – Mamá, casi me matas.
–Diego, ¿qué haces jugando a la Nintendo DS en la cama?
–Mierda, me has pillado.
–Claro, a mí no me engañas.
–Pues va a ser verdad que eres bruja…
–Venga, dame la Nintendo y duérmete.
–Mamá, por favor, déjame que estoy a punto de ganar a Raicuaza.
–Ni Raicuaza, ni Groudon, ni narices, ¡a dormir!
Mientras le daba su beso cogí la Nintendo y me la llevé. Al bajar la escalera le oí sollozar.
–Mamá, ¿dónde está mi Nintendo?
–El próximo viernes lo sabrás.
–Jo, mamá…

PD. Raicuaza, Groudon… son pókemon legendarios que luchan contra Picachu en el juego “Mundo misterioso”. ¡Y tan misterioso!

jueves, abril 12, 2007

Y nos dieron las diez y las once, la una, las dos y las tres...

A la una de la mañana me vence el sueño y me ilusiono porque por fin voy a dormir más de seis horas. Me equivoco. A la una y cuarto me despierto alterada. Un pesadilla, la luz que se cuela por la ventana, el maullido de un gato... Mierda, pienso malhumorada, otra noche de insomnio. Y acierto. Doy vueltas por la cama, leo otro capítulo del último libro de Almudena Grandes, “El corazón helado”, apago la luz, mil vueltas más, me pongo las zapatillas, bajo al cuarto de estar, me engancho a Canal cocina, aprendo mil trucos culinarios y el sueño no aparece. El reloj de la tele me insulta que son la cuatro de la mañana. Mi ira me desvela todavía más. En breve me tendré que levantar para vestir a los niños y que vayan al colegio. Por Dios, quiero dormir, comento a Lucas que duerme a mis pies en una postura plácida y relajada. Alonso ronca, Diego y Álvaro sueñan con sus fantasías, les tapo a todos y bajo de nuevo. Cuatro y media. Mis párpados empiezan a desplegarse, me acurruco en el sofá, me abrigo con una suave manta, un cocinero escalfa unos tomates en agua hirviendo, los pájaros del barrio se van despertando. Las cinco. No tengo fuerzas para hacer nada, sólo quiero dormir. Me estreso al pensar todas las cosas que debo hacer al día siguiente. ¿Por qué no abrirán las tiendas, los bancos y los supermercados por la noche?, me preguntó insomne. Porque todos duermen, me contestan mis neuronas oníricas. Claro, pienso, eso es lo normal. Las cinco y cuarenta. Me vence el sueño. Emma, despierta que son las ocho y media. ¿Por qué has dormido esta noche en el cuarto de estar?, oigo que me dice Alonso con su buen humor matutino. No lo sé, Alonso, no me gusta hablar por la mañana, le contesto con mi malhumor de primera hora. Despego a los niños de sus sábanas, me los como a besos, desayunan, los visto. Sed buenos. Diego, concéntrate mucho para que te salgan bien los problemas. Sí, mamá, contestan los dos al unísono. Alonso les llama desde el coche. Venga, chicos, que llegamos tarde. Les abrazo y les beso. Cierro la puerta. Todos mis hombres se han ido. Las sábanas me llaman a gritos. No, pienso agotada, tengo que resistir...

miércoles, abril 11, 2007

¿Y tú de quién eres?



—Me voy a hacer la compra. —comenté mientras abrochaba los abrigos de los niños.
—Ay, Emma, espera que voy contigo.—vociferó mi madre desde la planta superior.
—Que no. Te veo allí. Los niños no aguantan ni cinco segundos más.
—Vale, pero si pasas por la carnicería no olvides presentarte a José, mi carnicero, que siempre me pregunta por ti y aún no te pone cara.
Según encargaba unos filetes de cinta de lomo y unos muslos de pollo decidí complacer a mi madre y asalté a los dos carniceros.
—Disculpad, ¿quién de vosotros en José?
—Huy, no está aquí en este momento, está en el almacén, pero si quieres le avisamos.
—No, no hace falta, es que mi madre había encargado a José un solomillo y quería que supiera que yo era su hija.
—Ah, entonces es por mí por quien preguntas. Me llamo Vidal.
Me quedé un poco parada y cortada, pero la vergüenza se esfumó cuando apareció mi madre corriendo por el pasillo del supermercado y gritando: “Hola, José, ya veo que estás hablando con mi hija. A que ahora que la ves ya sabes quién es”.
—Mamá, no se llama José se llama Vidal. —susurré a su oído.
—Ay, perdona Vidal, es que soy muy despistada. Y pensar que llevo cinco años llamándote José.
—No se preocupe, ya estoy acostumbrado.
Por suerte Vidal nos sirvió el solomillo más bueno que he comido en mi vida y al día siguiente, en la jornada gastronómica que organizamos todos los viernes santos en Guadarrama con Isabel, Pablo, sus hijos y Javier y Mary Luz relaté la hazaña de mi madre mientras jugábamos una magnífica partida de Rummy y nos resfrecábamos con un gin-tonic.
—A mí no me extraña nada —dijo Pablo con media sonrisa­—, tu madre estuvo durante tres años llamándome Álvaro y al final le cogí cariño al nombre.

sábado, abril 07, 2007

El plan ideal

El plan lo organizaron mi madre y Alonso y falló. Todo parecía perfecto. Mi madre iría con mi abuela y Pepe a la sesión de tarde del cine de Villalba. Y Alonso y yo acudiríamos a la de noche. Compraron las entradas por internet (el internet que le robamos a algún vecino desconocido) y se quedaron tan contentos.
A las nueve y cinco, veinte minutos antes de que proyectaran “El buen pastor”, de Robert de Niro, llamé a mi vecino Javier desesperada. Javier, te necesito, supliqué por el auricular. Qué te ocurre, preguntó sin comprender mis liosas explicaciones. Tenemos que irnos al cine, pero mi madre no ha llegado, y Alonso ya ha comprado las entradas por internet, y qué hacemos con los niños, he pensado que tal vez tú, si no te importa, te podrías pasar a casa y..., seguí relatando. Anda, Emma, calla que ahora mismo voy a tu casa, zanjó Javier la conversación. Pues ya ves, grité al llegar Javier, que mi madre y Juan Fran no se aclaran, y resulta que la película es muy larga, y que si esperamos a que lleguen los de la sesión de tarde no vamos a llegar a la de noche, y te dejo estas chuches por si Álvaro llora un poco, y mi madre me acaba de llamar y me ha dicho que llegará en diez minutos.... Anda, iros y no os preocupéis, dijo Javier estresado por mi verborrea de palabras. Al salir nos topamos con Clarita, la vecina que alimenta en invierno a la tortuga y que es experta en hacer rosquillas. Pero, ¿dónde vais?, preguntó con su alto timbre de voz, ¿y los niños?, ¿qué hace aquí Javier? Ahora te lo explica Javier, Clarita, que llegamos tarde, solté cerrando con fuerza la puerta del jardín.
Me senté en la butaca del cine y oí las estruendosas palpitaciones de mi corazón. Qué estrés, Alonso, la próxima vez organizo yo lo del cine que ya sabes que soy cuasi-perfecta, suspiré para controlar mi corazón desorbitado, déjame el teléfono para ver qué tal va todo por Guadarrama. Y me quedé traquila. El equipo de baby sitter estaba al completo: Javier, mi abuela, Clarita, mi madre y Pepe. Y mis niños recibían más mimos y cariños que la infanta Leonor. Se apagó la luz de la sala, respiré profundamente y disfruté de la fantástica película. Alonso, al salir, me propuso ir a cenar. Le miré con el rabillo del ojo retorcido y entendió que no era el día más apropiado para compartir conmigo una velada romántica. ¿Por qué será?

martes, abril 03, 2007

Que me sujeten, que me sujeten...

Mi abuela leía el Abc y de pronto gritó.
–¡Emma sale en el periódico!
Alonso observó la foto y comenzó a reírse.
–Emma, corre ven a ver esto –logró decir entre carcajada y carcajada.
Dejé la cocina y me acerqué con cara de perplejidad.
–Mira, sales en una foto –empezó a explicar mi abuela–. De verdad, me he dado un susto al ver la imagen…
Escruté la instantánea y miré perpleja a mi abuela.
–Pero abuela, si es una manifestación de batasuna.
–Ya lo sé, pero no me negarás que esa chica es igual que tú –comentó mi abuela emocionada por haber descubierto un parecido tan claro.
Salvo por el pelo rizado no encontré ninguna similitud con la sucia y hortera batasuna que cubría su cuello con un asqueroso pañuelo hipioso.
–Abuela, por Dios, no me parezco en nada. –dije algo molesta.
–Huy, que no. Diego, ven a ver esta foto. ¿A que es igual que tu madre?
–No, bisabuela, mi madre está más gorda –explicó Diego con un amplio ojo crítico.
Les miré con mala leche y pensé que era el momento de tirarles la bandeja de torrijas que había preparado primorosamente la noche anterior a la cabeza.
–Por cierto, os voy a enseñar la grabación que he hecho esta noche –dijo Alonso una vez superado su ataque de risa y sacando su móvil del bolsillo.
Todos nos acercamos y escuchamos un estruendoso ruido.
–¿Qué es eso? –preguntó Diego.
–Son los ronquidos de tu madre –explicó muerto de risa.
¡Que me sujeten!, ¡que me sujeten!... Hoy soy capaz de matar a toda mi familia.

lunes, abril 02, 2007

Operación Semana Santa I



El viernes desembarqué con mis niños en Guadarrama. Nos recibió un frío helador y la casa repleta de polvo. Chicos, hoy no hay ducha y os vais a dormir con calcetines y jersey, dije con tiritona por el cuerpo. Bien, gritaron emocionados. A las tres horas la caldera logró que la casa respirara un aire tibio. Alonso llegó más tarde y se subió rápidamente a dormir. Me hizo ilusión. Que me vaya calentando la cama, pensé mientras deshacía las maletas. Sin embargo mi dicha duró un instante, al entrar en nuestro amplio dormitorio comprobé como me había abandonado y se había ido a otra cama cuyo somier era más rígido y así sus cervicales sufrían menos –las dimensiones de la habitación permiten tener la cama de matrimonio, otra individual con uso de sofá y más espacio para colocar una mesita con dos butacas. ¡Un lujo!–. Visto el panorama, me metí en mi cama helada y le fulminé con la mirada. Él, entre ronquido y ronquido, no lo percibió, pero como castigo se levantó con un terrible trancazo. Ay, Emma, esta noche he debido coger frío, me explicó según se tomaba un sobre de Algidol. Vaya, Alonso, cuánto lo siento. Qué rabia estar de vacaciones y ponerse malo, amor, le dije con tono dulce, si hubieras dormido a mi vera...
Ana llegó a primera hora del sábado para batallar contra el polvo. Mi madre llamó compungida. Ay, hija, me parece que al final no iremos a Guadarrama hasta el domingo, qué pena pero es que tengo mil cosas que hacer en Madrid, me explicó con todo detalle. Bueno, no te preocupes, le mentí dando brincos de alegría. Alonso, la invasión de Normandía se atrasa hasta el domingo, comenté con una amplia sonrisa. Bien, dijo mi amado esposo constipado, así hoy descansamos y disfrutamos de unos instantes de tranquilidad. Esa era la intención, pero no la realidad.
A las cuatro y media se presentaron en casa Roberto, Virginia y las niñas. Y las risas invadieron la tranquilidad. Los estómagos lo agradecieron: nos zapamos unas dietéticas torrijas de Hernández, la mejor pastelería del pueblo. E intentamos sofocar los lloros de Cayetana moviéndola de brazo en brazo, pero ella, tan terca como su primo, sólo quería estar con su adorada madre. Me tiene agotada, dijo Virginia con músculos en los brazos.
Según se fueron y acostamos a los niños, vinieron a casa Javier y Mary Luz y aprovechamos para prepararnos unas copas y contar nuestras batallas hasta altas horas de la madrugada.
Chicos, no os quejaréis, ayer os dejamos disfrutar de un día de tranquilidad, dijo mi madre al desembarcar en casa a las dos y media de la tarde para llegar a mesa puesta. Lo de tu familia es increíble, suspiró Juan Fran mientras ponía la mesa y los imprescindibles platitos del pan. Al final ayer no descansamos mucho, pero nos divertimos…, empecé a contar a mi madre.

Por la tarde disfrutamos de nuestro paseo habitual. La novedad de este año es que ya no hay que llevar la sillita de Álvaro, pero a cambio me he tenido que agenciar una cuerda para atarla en su bicicleta con ruedines –método súper relajante: todo el día tirando de él o corriendo por las cuestas para que no se estampe contra un pino–. Mi nonagenaria abuela se apuntó a la caminata porque su espíritu es el de una mujer de cuarenta. Y, como siempre, montamos el espectáculo: mi madre era arrastrada por Kaos, el perro, mi abuela intentaba alcanzarnos, Diego se perdía con su bici, y a mí Álvaro me hizo correr la maratón detrás de su bici… Ah, y Alonso se quedó metido en la cama con su amado constipado.

El lunes por la mañana nos fuimos a Cercedilla a dar un paseo por la calzada romana, otro clásico de la Semana Santa. Álvaro, terco como su prima, lloriqueó hasta que logró que su padre le llevara a caballito. Diego saltaba entre los pinos y todos disfrutamos del agua cristalina de los riachuelos, del fresco aire serrano, de los líquenes que atrapaban a los pinos, de las suntuosas piedras que nos indicaban por donde ir… ¡Qué maravillosa es la sierra!


jueves, marzo 29, 2007

E-mails turbadores

Esta mañana vengo contenta a trabajar. Sobre todo porque solo me quedan dos días para irme de vacaciones y olvidarme de todo lo que se refiere al ámbito laboral. Según llego, enciendo el ordenador y hago un repaso a todos los e-mails de mi correo electrónico. Elimino los spams y empiezo a abrir el resto. "Huy, qué gracioso es este de la DGT", pienso y rápidamente se lo reenvío a unos cuantos amigos. Al cabo de unos minutos, recibo la contestación de mi amigo XJ (pongo estas siglas para proteger su identidad) y me quedo petrificada.

XJ: Mi mujer me ha dejado. ¿Conoces a alguna buena chica que me quiera consolar?
EPT (o sea, yo por si alguien lo duda): ¿Lo dices en serio? O me estás tomando el pelo. Como me lo has dicho de sopetón me has dejado helada.
XJ: Así como te lo digo, amiga. Me ha dejado y se está follando a un superguay desde antes que me abandonara. Desde hace un mes estoy en un apartamento e intento tirar “palante” con todas mis fuerzas. ¿Son todas las tías unas putas? O bien, la pregunta sería: ¿Por qué siendo tan putas, aún no me he comprado una escopeta?
EPT: Vaya, no sabes cómo lo siento. No sé si todas las tías son unas putas (por lo menos yo conozco a unas cuantas que no lo son y me incluyo en el lote), pero que te dejen así es una cabronada. Cuenta conmigo para lo que necesites. Aguanta la tentación del rifle, que al final te joden a ti. Yo también tengo ganas de comprar uno para liquidar a cierto impresentable de mi trabajo, pero hay que resistir...
Si te parece bien, te llamo por teléfono y hablamos.
XJ: Claro que sí, sabes que tú siempre eres bien recibida.

La semana pasada, en cambio, recibí un correo que me produjo insomnio nocturno. El título del e-mail era “Ladrillos” y supuse que eran chistes sobre albañiles. Me equivoqué.

“Emma: Tengo un palet entero de ladrillos. Si los quieres, dímelo. Pero necesito una contestación rápidamente. Se me ocurre que tal vez puedas hacer algo con ellos en Guadarrama: una caseta, un armario… Espero tu contestación. Besos”

Y estuve toda la noche dándole vueltas a los ladrillos, calibrando qué hacer con ellos, qué obra de arte podría perpetrar, pero al final opté por rechazar el original regalo. Aunque, J, mil gracias.

miércoles, marzo 28, 2007

Dulces sueños

Noche de insomnio. Alonso ronca como un guerrero de Termópilas, Diego oculta sus sueños bajo el edredón y Álvaro gira por la cama como si estuviera buscando un tesoro escondido. "Me los voy a comer", pienso según admiro sus dulces sueños y en ese momento siento un instante de felicidad, de tranquilidad. Me apetece parar el tiempo y conservar esa imagen de mis hombres recuperando las fuerzas perdidas. Les beso con cautela para no perturbarles y bajo al cuarto de estar. Después de mucho pensarlo me decido por "Elsa y Fred", una película española que me ha prestado Manuel, un compañero de trabajo. La elección ha sido perfecta y disfruto en la oscuridad del fantástico film. A las cuatro, me obligo a ir a la cama y, antes de dejarme seducir por los brazos de Morfeo, vuelvo a admirar la fase onírica de mis hombres. Soy feliz.

lunes, marzo 26, 2007

Descanso dominical

–¿Qué tal el fin de semana? ¿Has descansado? –me pregunta una compañera al ver como me dejo caer sobre mi silla.
–Sí, no ha estado mal –contesto como una autómata.
Pero ahora que lo pienso, miento vilmente.
El viernes, gracias a mi adorado y amado jefe, no trabajé. Así que exprimí los minutos para hacer mil cosas y a última hora fui a recoger a los niños al cole. Tocaba piscina y se vino con nosotros Daniel. Tras los chapuzones llegaron los juegos en casa, la cena, las palomitas… Y a las nueve y media recogieron a Daniel. Me senté para descansar y Juan Fran me miró un poco perplejo.
–Emma, ¿no tenías hoy cena con tus amigas? –preguntó con intriga.
–Anda, se me había olvidado...
Salté del sofá, redecoré con poco estilo mi cara y me lancé al coche. La cita era en un restaurante griego en la calle Orense. Llegué veinte minutos tarde, pero llegué. La cena transcurrió con nuestras risas y críticas habituales. Una vez pagada la cuenta (invitamos a Blanca porque el jueves es su cumpleaños), salimos a la calle en busca de un local para tomar una copa. La oferta era de lo más variopinta: “Sensaciones”, antro sexual al que declinamos entrar, otro bar de nombre desconocido por cuya cristalera observamos a cuatro tipos con cara de salidos y, por supuesto, también nos negamos a beber allí el gin tonic… Después de veinte minutos calle arriba y calle abajo, descubrimos el típico bareto de barrio. Inspeccionamos desde fuera y Blanca nos animó:
–Aquí parece que hay gente normal. Venga, vamos dentro.
El espectáculo era “súper normal”: un perro pastor alemán daba vueltas por el local. De vez en cuando, abría la puerta y salía al jardín a hacer sus necesidades junto a unos tipos que como mínimo se estaban metiendo una raya. El dueño del perro, un alcohólico, le azuzaba para que ladrara y escuchásemos sus ladridos de fondo. En la barra, destacaba un sucio moderno con el pelo grasiento, un mendigo (por lo menos tenía esa apariencia) que se acercó varias veces a nuestra mesa para retirar las botellas de tónica, y, entre medias, algún que otro pijo.
Entre los veinte minutos paseando, las copas y el local “normal” no pudimos contener la risa histérica. Y he de confesar que al final le cogimos cariño al bareto de barrio.
El sábado nos plantamos a comer en casa de mi hermano Roberto, que decidió no complicarse la vida y traer unos pollos de “Casa Mingo”. Manuela, aprovechando que su padre no estaba, se tropezó con un escalón y se magulló toda la cara. Hecho que aprovechó mi hermano para gritarnos y espetar a Virginia que era una mala madre y yo una mala tía (¡lo que hay que oír!).
A las cinco los niños salieron con diversos juguetes con ruedas a la calle: triciclos, coches, andadores… y compitieron como locos lanzándose por el asfalto desierto de coches.
Volvimos con nuestras fierecillas. Esa noche Isabel y Carlos habían organizado una fiesta por su reciente boda. Así que en cuanto aparecieron mis suegros por casa me metí en el baño para redecorarme de nuevo. Y esta vez sí que conseguí ponerme divina (¡ay, qué modesta soy!), aunque mi Alonso refunfuñaba porque no podría ver el partido de España-Dinamarca (¡cuánto sufres, amor!).
Sebastián, agotado tras su viaje por EEUU, y Sandra pasaron a buscarnos a las nueve y cuarto. El Tom-tom (el Gps) se emocionó cuando nos vio entrar y no paró de hablar durante todo el camino. Lo mejor es que Sebastián no le hacía mucho caso y el pobre tom-tom no hacía más que reconfigurar el camino para llegar al lugar de destino y aguantó la tentación tecnológica de insultarnos.
La fiesta era en el Suite Café. Allí nos esperaban Paloma y Raúl. Por una vez, he de decir que el regalo le encantó a Isabel (en la despedida de soltera le llevamos a un espectáculo de magia y le horrorizó), así que respiramos tranquilos y empezamos a zampar los canapés del cóctel y a beber las cervezas y las copas.
El domingo, por suerte, mis suegros se llevaron a los niños por la mañana al parque y aprovechamos para batallar contra la leve resaca con unas cuantas horas más de sueño. Y por la tarde, nuestro tradicional paseo con niños, patines y merienda por la vía peatonal cercana al colegio.
Hoy he vuelto a trabajar, me he conectado los cascos y cuando nadie me ve cierro los ojos e intento recuperar energías. Pero vamos, el fin de semana ha sido tranquilo.

miércoles, marzo 21, 2007

El bautizo de Cayetana



Y el sábado fue el gran día de Cayetana, su bautizo. Y, por qué negarlo, también mi gran día porque era nombrada madrina de mi sobrina.
Así que los nervios rondaban por la casa desde primera hora de la mañana. Los niños ajenos al bullicio matutino, salieron al jardín y jugaron a piratas, a Fernando Alonso y a todo lo que se les pasaba por la cabeza. Alonso se fue a comprar algún detallito que faltaba. Y yo me encerré en el baño para acicalarme e intentar lucir mi belleza. Tinte de pelo, mascarilla revitalizante, toallitas Comodine para mejorar el color pálido de mi cara… Vamos, que en un pispás monté un salón de belleza. De vez en cuando, me asomaba a la ventana para comprobar como jugaban Diego y Álvaro.

De pronto el silencio rodeó la casa, me asomé asustada y vi como los niños habían sacado su mesita, sus sillas, el mantel y se habían preparado un aperitivo con patatas y doritos. Pensé en bajar corriendo y comérmelos a besos, pero aguanté la tentación y admiré como disfrutaban de su ágape.
A las dos comimos y al cabo de una hora empezamos a arreglarnos. ¡Qué elegantes iban mis niños vestidos de verde! (y menos mal… con el pastón que me he gastado). ¡Ay, y qué bien iba mi Alonso con su corbata verde que combinaba con los colores de los niños! En fin, que ellos iban divinos y yo desentonaba un poco con los kilillos de más (fuerza de voluntad, ¿dónde te has escondido?).
A las cuatro y cuarto, partimos hacia la Florida. Al ratito llegaron todos los asistentes al bautizo y mi divina ahijada con el faldón de cristianar con el que se ha bautizado toda la familia. Entraron todos en la iglesia, salvo Cayetana, sus padres y los padrinos (Javier, el abuelo, y yo). El cura presentó a la niña y nos preguntó si queríamos bautizarla. Tras asentir, recorrimos el pasillo de la iglesia hasta el altar y comenzó el bautizo. Diego, primo de Cayetana y cristiano confeso, leyó una lectura (la de los gálatas). Su voz se escuchó en toda la iglesia, pero no hubo forma de verle porque el atril superaba su estatura. Leyó con aplomo, con entonación, con entusiasmo… Una maravilla y, claro, a mí se me caía la baba. Mientras, Álvaro y Manuela revoloteaban a nuestro alrededor sin entender por qué ellos no eran los protagonistas.



Tras la celebración eclesiástica nos fuimos a la casa de los padres de Virginia, donde se iba a servir el cóctel. La entrada estaba decorada con globos y, en el hall, nos recibía una enorme cigüeña de papel maché y más globos multicolores con formas de chupete, pájaro… Y el jardín estaba plagado de grandes molinillos que se movían con la suave brisa de la tarde primaveral.
El destacamento infantil invadió y se apropió del enorme jardín y la zona de los columpios y las casitas de niños. A cada uno de ellos les dieron una caja repleta de chuches, medias noches y sándwich… Se crearon dos grupos: el de las niñas con vocación de princesas y el de los bestias donde, por supuesto, estaban Diego, Álvaro, Manuela y Rocío que basaron sus juegos en escalar al tejado de la caseta y chutar el balón.
El resto, los adultos, se fue sentando en las mesas y los camareros giraron alrededor de ellas con bandejas repletas de caviar, foie, gambas rebozadas, rollitos de salmón… Y, para facilitar la digestión, champán, gin-tonics, coca-colas… Las conversaciones se sucedían, los saludos y las risas.
Todo fue perfecto, todos íbamos guapísimos y todos disfrutamos del bautizo.



PD: Las imágenes del post son las nuestras, en breve volcaré las oficiales que hicieron los fotógrafos del evento.

martes, marzo 20, 2007

Volta Peña Tojo

Nada más despertarme me he planificado la mañana. Primero, cambiar el interruptor que rompió Álvaro. Segundo, colgar tres cuadros (dos hechos por Álvaro y uno por mí que, falsa modestia, me ha quedado ideal) y, por último, seleccionar las fotos del bautizo de Cayetana y escribir el post. Animada, he despedido a mis hijos al irse hacia el colegio y he cogido la caja de herramientas y los útiles necesarios para la sustitución del interruptor.
Una vez decidida y analizada la escena de actuación, he subido y he quitado los plomos (¡ay, qué responsable soy!). He bajado, he desmontado el interruptor y para mi sorpresa he comprobado que el nuevo se diferenciaba bastante del antiguo. "Seguro que no me cuesta montarlo", he pensado con un optimismo desbordante. Tras varias manipulaciones he dado el trabajo por finalizado. Vuelta a subir, elevo los plomos, bajo y compruebo que no se enciende ninguna luz. "¡Mierda!", le exclamo a Lucas que me observa con atención. Subo, bajo los plomos y vuelvo a desmontar el interruptor. A los quince minutos, vuelvo a subir (¡menuda maratón de escalones!), elevo los plomos, bajo y descubro que sólo se enciende una luz. Por quinta vez, subo, quito los plomos... y ya de mala leche remuevo los cables. Subo, elevo los plomos y, para mi sorpresa y desesperación, veo como está encendida la luz de la despensa, pero al apagarla se enciende la del trastero y, lo peor es que no hay forma de que se apaguen las dos luces a la vez. ¡Siempre se queda una encendida! Subo, bajo los plomos, y me arrastró otra vez más, agotada y derrengada, hasta el jodido interruptor. "Tú no me vas a dominar", le espetó con sudores en la frente. Y al final lo solucioné. Mal, pero lo solucioné (ahora las dos luces se encienden con un solo interruptor), y no colgué los cuadros, y no escribí el post del bautizo y llegué tarde a trabajar, y encima no me dio tiempo a ducharme... Y aquí estoy oliendo a tigre y conectada a internet buscando información sobre cómo se instala un interruptor doble... Porque al final lo conseguiré, faltaría más.

PD. Para quien no lo sepa, Volta fue el inventor de la electricidad, de ahí mi gracieta en el título. ¡Pero qué divertida soy!

lunes, marzo 19, 2007

Gritos automovilísticos

Otro viernes sin trabajar y con mil cosas que hacer: comprar los zapatos de Diego, la corbata de mi amado Alonso, una ampolla revitalizante para intentar mejorar para mañana, día del bautizo de mi ahijada Cayetana, mi desastrosa cara; enmarcar el regalo de Roberto … Los nervios me lanzan a la calle y poco a poco voy resolviendo mis problemillas.
Por la tarde voy a recoger a los niños al cole.
–Mamá, ¿me puedo ir a casa de Alejandro? –preguntó Diego según salió de clase.
–No, Diego, hoy vamos a la piscina. Además, Daniel se viene con nosotros. ¿Te parece bien? –expliqué mientras les daba la merienda.
–Está bien, mamá.
Llegué a la piscina con las tres fierecillas –Diego, Daniel y Álvaro– y Ana se acercó para ayudarme. Cuando empezaron a chapotear en el agua, respiré tranquila y al cabo de quince minutos aproveché el momento de calma para fumarme un cigarro. Después de dos caladas, lo apagué a toda velocidad. Chus, la monitora de Álvaro, me llamaba a través de la cristalera. Corrí por la piscina.
–Tranquila, Emma, es que Álvaro ha devuelto la merienda encima de otra niña y será mejor que deje de nadar.
Arropé a mi niño, lo duché y retiré su devuelto.
–Cielo, vamos al vestuario para vestirte, campeón –le dije.
–No, mamá, yo quiero volver a nadar.
Por suerte, en ese momento empezaron a salir el resto de sus compañeros de la piscina y Álvaro desistió en su intento.
Mi ataque de nervios sucedió al volver a casa. Las fierecillas iban sentadas en el asiento de atrás con sus cinturones. Llegué a casa y me puse aparcar. Los niños aprovecharon las maniobras para desabrochar los cinturones y asomarse por la ventanilla. Mis gritos se empezaron a oír por todo el vecindario. José Luis, mi vecino, apareció en escena. Me decía algo pero no le escuchaba. Así que tiré del freno de mano y salí para hablar con él.
–José Luis, qué me decías. –pregunté con intriga.
–Nada, te estaba diciendo que… Dios mío, Emma, que tu coche se está yendo para atrás.
Miré aterrada y vi como el coche se desplazaba con los tres niños metidos dentro.
José Luis empezó a sujetar el coche por detrás, yo me colé por la puerta e intenté tirar más del freno de mano, pero no tenía fuerzas. Sentí como el Focus se chocaba con el coche de detrás, el de José Luis; los niños gritaban; yo, atacada, puse mi mano sobre un pedal. Mierda, éste es el embrague. Por fin, presioné con mi mano el pedal del freno y el vehículo se paró.
–Niños, salid del coche –grité como una loca.
Y por una vez me hicieron caso a la primera. Como una contorsionista, me introduje en el coche mientras mi mano seguía presionando el pedal del freno y logré tirar un poco más del freno de mano.
Al bajar contemplé el desastre. El coche de José Luis estaba subido a la acera y mi coche lo presionaba con fuerza.
–Ay, perdona, ay, ay –sollocé mientras otra vez más me metía en el coche, arrancaba, lo aparcaba y tiraba con una fuerza sobrehumana del freno de mano.
Salí acalorada y avergonzada por el espectáculo. Los niños aplaudían por la aventura y José Luis comprobaba si había daños en su coche.
–Tranquila, Emma, no le has hecho nada al vehículo –comentó José Luis sacando las llaves de su coche para bajarlo de la acera y aparcarlo correctamente.
Entre con mis fierecillas a casa, les lancé al jardín y refresqué mi disgusto con una coca-cola light.
"¡Y cómo se lo cuento a Alonso!, ¡me va a matar!", pensé entre sorbo y sorbo.