lunes, mayo 28, 2007
Sangre, sangre y más sangre
Pero ahí no acaba la historia. El domingo Álvaro me despertó porque quería tomarse el biberón. Abrí un ojo, intenté abrir el otro, pero la inflamación me lo impidió. ¡No!, grité desesperada. Corrí al baño, me acerqué al espejo y vi mi temor hecho realidad: el Nolotil me había dado alergia y se me había hinchado todo el ojo. Bajé a preparar el biberón y me recibió de nuevo una cocina plagada de sangre. Me senté en el sofá e intenté dominar mi ataque de nervios. En un par de horas vendrían por casa Javier y Mary Luz y el espectáculo era dantesco. Desesperada corté una botella de trinaranjus y se la coloqué a Lucas en la cabeza para que dejara de herirse, preparé el biberón y el desayuno de Diego, limpié de nuevo la sangre y Alonso colocó la planta de arriba. A la una votamos, a las dos olvidamos las penas y en el aperitivo abrimos una botella de vino tinto para alegrar la comida y disfrutar de la compañía de Javier y Mary Luz. La tarde se esfumó velozmente. A última hora salí a dar un paseo con los niños y al volver comprobé como la sangre de Lucas volvía a tomar posiciones en la cocina. ¡Por Dios, que se acabe este suplicio y llegue el lunes!, rogué al tirarme con mi cansancio, mi ojo inflamado y mis nauseas a la cama.
viernes, mayo 25, 2007
Ataque felino
Hora de la comida: Lucas no aparece. Cinco de la tarde: seguimos sin saber de él, los niños comienza su búsqueda por un terreno cercano, el parque e interrogan a los vecinos. Nadie lo ha visto. Llamo al veterinario y le informo de lo sucedido. Mi mente calenturienta se lo imagina muerto en alguna esquina. Baño a los niños, les pongo el pijama, salgo de nuevo al jardín y veo a Lucas en casa de la vecina. ¡Chicos, ha aparecido Lucas! Saltamos el muro y lo recuperamos. Su aspecto cada vez es peor, la piel se ha despegado de su cuerpo, la sangre cubre su rabo y se ven los músculos interiores del rabo. Alonso, ¿puedes llevar al gato al veterinario?, interrogó por teléfono. Emma, imposible, tengo muchísimo follón, contesta con tono estresado. Diego y Álvaro me miraron con ojos de súplica. Mamá, ¿podemos ir contigo? Pero si estáis en pijama, contestó con media sonrisa. Bueno, está bien, poneros el abrigo y os venís conmigo.
Agustín se frotó los ojos al ver el espectáculo: Diego y Álvaro en pijama, yo con cara de desesperación y Lucas con el rabo en carne viva.
Te traigo el kit completo, le dije al entrar en la consulta. Los niños bombardearon al veterinario con mil preguntas, pero una vez que Lucas estuvo dormido y Agustín iba a cortarle la parte de piel que tenía muerta, le rogué a los niños que esperaran fuera. Jo, mamá, no me dejas ver "House" y tampoco me dejas ver como curan a Lucas, refunfuñó Diego al salir.
Ahora Lucas está que da pena, le tengo que inyectar dos medicamentos en el profundo agujero que tiene en su cuerpo y, por supuesto, no puede salir de casa. Pero, por lo menos, esa noche dormimos tranquilos al ver que nuestra fiera estaba en casa.
jueves, mayo 24, 2007
Pedales
El domingo nos presentamos en la salida de la carrera ciclista a las once de la mañana. Diego se fue rápidamente con sus amigos Alejandro y Jaime Centeno, Alonso mostraba sus piernas musculosas y se hidrataba para no desfallecer en la competición, Álvaro pedaleaba sobre su bici con ruedines y yo, ataviada con un chándal rosa, me preparaba para correr tras Álvaro y socorrerle en caso de cansancio o ayudarle para que no se chocara contra algún árbol (aún no sabe frenar). Agotadita terminé, Álvaro cogió velocidad y recorrió un amplio trayecto. A mitad de la carrera volvimos mi peque y yo al coche y nos fuimos hasta la línea de meta. Todos llegaron eufóricos y emocionados. Además, en el sorteo que realizaron con todos los competidores, nos tocaron unos calcetines horrorosos y una camiseta aún más fea pero que fue ampliamente elogiada por los niños.
Mamá, ¿me puedo ir a comer a casa de Alejandro?, suplicó Diego. No sé, Diego, comenté. Venga, déjale, apostilló la madre de Alejandro, además también se puede venir Álvaro para jugar con Cristina. ¿Pero estás segura de que te quieres llevar a mis hijos terroristas?, pregunté con cara de sorpresa. ¿Por qué dices eso?, me interrogó Ángeles. Ya sabes que eso es lo que opina el padre de David López... Y ambas reímos.
Así que mi amado y yo disfrutamos de una tarde tranquila de domingo: comimos en un restaurante y vimos "Zodiac" en el cine. ¡Qué lujazo!
martes, mayo 22, 2007
Hijo superdotado, padre gilipollas
El miércoles en plena discusión por ver qué pokemon tenía más fuerza, Diego recibió dos collejas, se levantó y empezó a pelearse con Rubén. “Diego estate quieto”, gritó la madre de Rubén sin darle la mayor importancia. Ana corrió a ver qué ocurría y Diego empezó a llorar. Ana se acercó al grupo de padres para ver qué había sucedido. Nada especial, que se estaban pegando, como siempre, comentó la madre de Rubén. Diego dice que Rubén y David le han dado dos collejas, dijo Ana mientras consolaba a Diego. De pronto, el padre de David, armario de dos metros y con doble capacidad para su gilipollez, empezó a vociferar a Diego y a Ana, les llamó mentirosos, les insultó y aseguró que su hijo era perfecto, que nunca mentía, que nunca pegaba, que era el mejor de todos… Mamá, me he sentido como una hormiga pisoteada por el padre de David, me lloró Diego a través del teléfono. Indignada y molesta, hablé con el resto de las madres que habían estado esa tarde en el colegio y todas coincidieron: “Emma, ha sido horroroso. El padre de David ha perdido los papeles, ha empezado a gritar y perdóname pero me he quedado tan paralizada que no he sabido actuar”.
El viernes acudí al colegio para intentar zanjar el problema. Vi al gilipollas en mitad del patio del colegio.
–Diego, vete a jugar con tus amigos, que tengo que hablar –dije mientras me acercaba al padre de David – Buenos días, Óscar (nombre ficticio para evitarme problemas), soy la madre de Diego y quería hablar contigo sobre lo sucedido el miércoles.
–Ah, ¿sí?
–Sí, simplemente quería decirte que estoy molesta con lo que ocurrió.
–¿¿Qué?? –empezó a gritar como un ordinario, acercando su cara a la mía y sin respetar mi espacio vital. – Antes de insultarme tendrás que oír mi versión.
–Perdona, yo no te he insultado, simplemente te he dicho que estaba molesta porque creo que tú no eres quien para insultar a mi hijo y a su cuidadora. Creo que nosotros como adultos no debemos crear conflictos entre los niños, y si tienes algún problema lo debes hablar conmigo. Además, Diego en ningún momento pegó a tu hijo. Así que no entiendo tu actitud.
Sus gritos empezaron a escucharse por todo el patio del colegio. Calmadamente le ofrecí un papel con todos mis teléfonos apuntados y él lo rechazó con la mano. De pronto, sentí que me estaba avasallando y por ahí no iba a pasar.
–Óscar, por favor, baja el tono. No tienes que gritarme.
–Te grito porque me has insultado. Además tu hijo es un mentiroso, el mío no miente nunca y jamás pega.
–Pues será el único. Veo que tu hijo es perfecto, el mío no, Diego tiene imperfecciones al igual que yo, y para eso estamos mi marido y yo, para educarle, y no voy a permitir que mi hijo esté toda la tarde llorando y sofocado por tus gritos y que la cuidadora no haya dormido en toda la noche.
–Tú a mí no me llamas mentiroso y no tergiverses mis palabras… –gritó durante diez minutos cientos de palabras mientras su saliva salpicaba mis gafas de sol.
–Óscar, de todas formas, no me parece normal que tu hijo esté escuchando esta discusión.
–Pues si la está escuchando es por tu culpa. Haberme llevado a un rincón y así el niño no estaría aquí. Además, mi hijo es muy adulto y puede escuchar todo…–siguió vociferando.
Dios mío, este hombre está loco, pensé mientras mis manos temblaban pero con energías más que suficientes para defenderme. Vamos, si le llevo a un rincón me parte la cara.
Aguanté media hora sus gritos y falta de educación.
–Óscar, yo sólo he venido a decirte que si tienes algún problema que me llames, que no involucres a los niños.
Él se giró e intentó zanjar la conversación. Pero le llamé.
–Por favor, Óscar, vamos a darnos la mano y olvidar este asunto. –le dije mientras le tendía la mano. Porque ante todo yo iba a quedar como una señora.
Según se fue se acercó la madre de Daniel con la cara lívida.
–Emma, qué horror, no he escuchado la conversación, pero con ver la actitud que tenía ese hombre hacia ti… Te tenía aprisionada.
–Déjalo, Marta, intentad no tenerlo en cuenta, pero te juro que estoy atacada de los nervios: me tiemblan las manos y se me ha hecho un nudo en el estómago. Y pensar que ese gilipollas ha gritado a Diego…
Me fui con los niños a la piscina e intenté relajarme. El domingo (más adelante lo contaré) fuimos a una competición ciclista y las madres de Alejandro y Jaime me mostraron su apoyo y su indignación con el gilipollas.
Ay, qué mal lo pasé, creo que jamás nadie me ha gritado como ese sinvergüenza. ¡Pobre David, su hijo!
jueves, mayo 17, 2007
Oídos y primos
A las seis y cuarto llegamos a la sala de espera del Hospital San Rafael. Sólo una pareja con un niño nos acompañan. Y les conozco: el ex alcalde de Madrid, Álvarez del Manzano, con su mujer y su nieto. No puedo evitar sonreír por la casualidad o más bien por la curiosidad. Diego Alonso, acuda a la sala cuatro, se oye por el megáfono. La doctora le osculta, observa su oído y nos da el diagnóstico: leve otitis. Ya son las siete y media de la mañana, vamos a la farmacia compro los medicamentos y Diego se emociona con los tapones de oído que tendrá que utilizar a partir de ahora para bañarse en la piscina. Me arrastro hasta casa. Diego ya no quiere dormir, enciende la tele y aprovecho para echar una cabezadita.
El resto del sábado se escapó entre el orden, las petunias y los juegos. Y el domingo, barbacoa de primos. El evento, en el jardín de los padres de Virginia. Una maravilla. Los niños (Mónica, Vitín, Manuela, Diego y Álvaro) corrieron como locos, se bañaron en la helada piscina, gritaron, se columpiaron... Y nosotros, "los adultos" disfrutamos porque los niños estaban entretenidos y pudimos hablar y reír. Y falta Cayetana, que fiel a sus costumbres, sólo quiso estar en brazos de su madre. Y el vino se esfumó en el paladar de Nico, Clara, JF y yo. Y la cerveza sin alcohol, en el de Virginia, María, Víctor y Roberto. Y todos compartimos las chuletas, la chistorra, la morcilla y los helados de avellana y almendras. Y en breve repetiremos, porque hay tradiciones que hay que mantener.
PD: Mañana, fotitos
jueves, mayo 10, 2007
"Opá" voy a hacer un corral...
—Emma, vas muy guapa. Estilo “opá”. —comentó.
—¿Opá?
—Sí, Emma. Qué inculta eres. Es un estilo de los años sesenta.
—Pues no me suena.
—Hija, conéctate a internet y así te enteras. Ay, me extraña tanto que no lo conozcas...
—Pues a mí tampoco me suena el estilo “opá” —me apoyó mi querido marido.
—¡Cómo sois! —exclamó mi madre zanjando la conversación.
Antes de que el ascensor llegara a la tercera planta se me iluminó la mente. Bueno, más que la mente me acordé de la imaginación e inventiva de mi madre y hallé la solución.
—Mamá, seguro que es estilo “opá”.
—Sí, pesada.
—¿No será “pop art”?
—Hmmm... Bueno, eso “opá”.
Y Alonso y yo nos empezamos a reír a carcajadas.
—Así que la inculta era yo —dije entre risas— Pop art, mamá, pop art.
—Hija, ha sido un lapsus.
La velada en casa de Isabel y Pablo fue fantástica, aunque Roberto y Juan Fran salieron un poco humillados y avergonzados —Virginia no porque lo tiene asumido desde que su abuela le dijo a Roberto que su nieta era una "inútil" porque no sabía ni coser, ni cocinar, ni planchar...—. La humillación invadió a mi amado Alonso al contemplar como Pablo había montado la fantástica cocina de Ikea con la sierra de calar, como cocinaba (vamos que yo quedé culinariamente hablando a la altura del betún en comparación con la cena que nos sirvieron, toda elaborada por Pablo). Y, el remate: al finalizar la cena Pablo nos ofreció un maravilloso concierto de piano.
—Alonso, contigo me he equivocado —le dije antes de dormirme—. O me das un tercer hijo o me separo de ti. Ni tocas el piano, ni cocinas, ni montas muebles... Aunque, para qué negarlo, te quiero mucho.
viernes, mayo 04, 2007
Y como lo prometido es deuda...


La avioneta tardó veinte minutos en alcanzar los cuatro mil metros, el ruido era atronador, el pánico poco a poco fue invadiendo a Pepe. De pronto, una voz se escuchó entre el rugir de los motores: "En dos minutos abrimos la puerta". Pasado ese tiempo la portezuela se abrió, el aire revuelto invadió el pequeño interior de la avioneta y los expertos paracaidistas se lanzaron al vacío. Por último, Pepe y su monitor. Los nervios se esfumaron con el viento. Un minuto en caída libre y Pepe se sintió como Dios. Al cabo de sesenta segundos, el monitor abrió el paracaidas, un golpe seco y la calma le permitió disfrutar del paisaje como si fuera un águila negra. ¿Quieres más emoción?, le preguntó el monitor. Pepe asintió y empezaron a girar, a tomar velocidad y la adrenalina se escapó a raudales entre gritos y gestos. Y ahora, Pepe presume delante de todo el mundo porque, como dice él: ¡soy el más valiente!
La "morida"
-¿Vais a la piscina? -preguntó con cara seria.
-Sí.
-Es que hoy la piscina está cerrada. Ha muerto Doña Carmen y nos vamos todos al entierro.
-Vaya, cuánto lo siento -contesté a la monitora mientras le daba el pésame.
Y olvidé lo sucedido, pero Álvaro no. Antes de dormirse me interrogó con preocupación.
-Mamá, ¿mañana tengo piscina?
-No
-Claro, como hay una mujer "morida" en la piscina...
-No, Álvaro, no hay ninguna mujer muerta en la piscina.
-Sí, que lo ha dicho la monitora...
-Ha dicho que estaba malita.
-No, yo la he oído: hay una mujer "morida" en la piscina. Así que no quiero ir porque hay una mujer "morida" nadando en ella.
Hoy viernes tiene clase de natación y esta mañana me ha preguntado: ¿habrán quitado a la mujer "morida" de la piscina?
Ay, pobrecito mi niño.
El puente
Este fin de semana he gastado mis escasas energías en intentar agotar las exageradas energías de mis niños. Y no lo he conseguido. El “plan agotamiento” de los niños comenzó el sábado con una gratificante excursión a Consuegra, pero no llegamos porque el desvío no estaba indicado en la carretera general y, sin darnos cuenta, arribamos a Puertolápice (y si no nos plantamos en Córdoba fue de casualidad). Comimos en una terracita soleada justo al lado de una antigua corrala y nos fuimos rápidamente a Lillo para ver cómo Pepe se tiraba en paracaídas. En el aeródromo estaban aparcadas dos avionetas antiguas que rápidamente fueron utilizadas por los niños como toboganes o atracciones de feria. Manuela se unió velozmente al clan de los primos y el resto disfrutamos y temblamos al ver como las avionetas se perdían en el cielo y, al cabo de unos minutos, lejos muy lejos, aparecían unos minúsculos puntos negros que pasado un tiempo se convertían en paracaidistas. Los nervios florecían cuando se presentó un "paraca loco" e informó a los siguientes locos del aire qué debían hacer, qué instrucciones seguir y, sobre todo, les alentaba para que al surcar los cielos se sintieran Dios y que no olvidaran cerrar la boca al mirar hacia abajo porque podían ahogarse por la presión de la glotis. Pepe, ¿seguro que quieres tirarte en paracaídas?, pregunté con voz entrecortada. Emma, es lo que más me apetece del mundo, contestó con ilusión. Pero su ilusión duró un instante porque el "paraca loco" elevó la vista, contempló el cielo y les miró con cara triste. Chicos, lo siento, pero con este tiempo es imposible lanzarse, habrá que posponerlo, dijo con su mono macarra ceñido a sus piernas. Así que salvo Pepe todos respiramos tranquilos y volvimos en caravana a Madrid.
El “plan agotamiento” continuó el domingo con una gratificante excursión por Segovia con mi prima, Víctor y sus niños. Los ocho visitamos las cuevas de Enebralejos formadas por estalagmitas y estalactitas y nos sorprendimos por los misterios que oculta la naturaleza. Al salir el estómago nos reclamó alimento y acudimos al restaurante “La Cañada Real” donde nos saciamos de cecina, croquetas, paté, lacón, pastel de bacalao, asado, ensalada, filloas, helado casero y, para digerir esta dietética comida, un licorcito de manzana. Arrepentidos y con dos kilos de más nos fuimos a Navafría, al Chorro. El pinar nos recibió en la entrada y subimos quinientos metros en cuesta hasta contemplar la fabulosa cascada de “El Chorro”. María y yo subimos a trancas y barrancas, ahogadas por el cordero y pensando que nos iba a dar un ataque de flato; Diego y Mónica corrían como locos gastando sus energías subiendo y bajando—¡cómo lo harán!—, y Víctor y Alonso ejercieron de padres ejemplares llevando a sus menores a hombros.
Llegamos a Madrid a gatas, pero los niños seguían con sus energías intactas y aguantaron el sueño hasta las doce de la noche. Yo les mato, rugió Alonso.
El lunes, moscoso al tanto y disfrute de mis niños: parque y más parque, pero tampoco les cansé.
El martes, aprovechando que mis suegros ejercían de mega abuelos, nos concedimos una romántica cena en el restaurante argentino "La Recoleta". Nos sentaron en un reservado, en una mesa cercana cenaban dos parejas con ojeras y cuatro niños revoloteando a su alrededor. Me sorprendió porque no es el típico restaurante para ir con niños. Alonso observó a nuestros vecinos y levantó la mano para avisar al maitre. Por favor, nos podrían cambiar de mesa, es que para un día que salimos sin niños... Y disfrutamos de la cena en una silenciosa mesa y después nos tomamos unas copas y por la mañana me tomé un gelocatil para poder venir a trabajar.
PD. Y Pepe finalmente se tiró el martes en paracaídas. En breve, las imágenes
viernes, abril 27, 2007
Y no fueron dos, fueron tres
–¿Tiene algún vecino cabrón o alguien que le odie mucho? –me preguntó con su palillo deslizándose por su boca–. En el informe que me han dado los del seguro pone que tiene dos ruedas pinchadas, pero no son dos, son tres. Observe, esta rueda trasera también está rajada. ¡Menudo cabronazo el que le ha hecho esto, señora! –gritó mientras se le caía el palillo al suelo.
–Sí, tiene toda la razón –contesté con media sonrisa–, pero hoy ya he superado mi ataque de ira.
–¿Y su marido que opina?
–Pues que si pilla al hijo puta que nos pincha las ruedas, lo mata.
–Eso es lo que tiene que hacer.
Montó el coche a la grúa, subí al asiento del copiloto y nos fuimos hasta el taller de la estación de Chamartín. El conductor de la grúa no paró de gruñir y soltar improperios.
–Deberían organizar redadas entre todos los vecinos para pillar a ese hijo puta. Yo que usted dormiría los sábados por la noche en el coche y así, tal vez con suerte, podría coger al cabrón que le destroza el coche.
–Bueno, yo creo que será mejor poner una denuncia, porque si pillo a ese chaval no sé qué haría.
–Pues matarle, eso es lo que tiene que hacer...
Tras pagar 350 euros, aguantar las caras de compasión que me miraban en el taller y cambiar las cuatro ruedas y los limpiaparabrisas, volví a trabajar. Llamé a la policía, realicé la denuncia por teléfono y me comprometí en ir al día siguiente a la comisaría para firmar la denuncia.
Y así lo hice. Mientras esperaba mi turno comprobé con estupor como un grupo de diez personas se habían trasladado hasta la comisaría para poner una denuncia colectiva porque esa noche, en pleno Conde de Orgaz, se habían colado unos ladrones en el garaje comunitario y les habían destrozado veinte coches y robado numerosas pertenencias. Pues a mí me ha rajado tres ruedas, solté para unirme al grupo. Y todos despotricamos y nos consolamos de nuestra desgracia.
martes, abril 24, 2007
¡Hijo de...!
Intenté comer, malamente porque tenía el estómago cerrado por el enfado, y en el postre recibí un mensaje de mi amado “He montado en avioneta sobre el Mont Blanc. Lo más alucinante que he hecho en mi vida”. Para emociones fuertes, las mías. Y aún no he preparado la tarta tatín, ni el guacamole... Ay, me quejo de vicio.
lunes, abril 23, 2007
Sólo mamá
Alguien entra en la habitación. Veo como Alonso abre su armario y empieza a sacar su ropa. Emma, me voy a por los periódicos, a por unos churros y a dar un paseo para relajarme. Tu hijo corre desnudo por casa y aún no ha desayunado. No le aguanto, dijo mientras se calzaba. Oí como cerraba la puerta de la calle y Álvaro empezaba a llorar porque quería ir con él en pelotas para que le comprara chucherías. Me arrastré hasta el salón. Álvaro, no puedes seguir así, por qué no te has tomado el biberón que te ha hecho papá, pregunté con las legañas en los ojos. Mamá, te quiero mucho, ¿me das el biberón?, dijo entornando los ojos y sentándose en mi regazo. Tras el biberón, le vestí, le lavé la cara, le peiné e intenté razonar con él. Oye, Álvaro, no puedes tratar tan mal a papá. Yo quiero a papá, pero a ti te quiero más, explicó sin lógica. Mamá, este niño está un poco loco, dijo Diego con cara de Naruto, ¡menuda mañanita nos ha dado! Álvaro le fulminó con la mirada. “Diego, te voy a matar”, le espetó con ira contenida. Ves, mamá, como está loco, suspiró Diego. Bueno, dejadlo ya, vístete Diego que nos vamos a dar un paseo.
Al salir de la ducha, oí el grito de Diego, ¡mamá, te han vuelto a pinchar la rueda del coche! Mierda, pensé malhumorada, ya es la tercera que nos pinchan. Mamá, comentó Diego, esto no es normal. He pensado que estos pinchazos los hace alguien que te odia mucho y yo sólo conozco una persona que te odie: tu profesor. Le miré y contuve la risa. Sí, Diego, mi profesor no me quiere mucho, pero no creo que se dedique a venir a casa a pincharme las ruedas. Bueno, pues habrá que pensar en algo para detectar al canalla que nos rompe los coches. Tal vez si pusiéramos los rayos infrarrojos que me trajeron los reyes... y Diego siguió planeando la estrategia adecuada para la captura del canalla.
El verano nos atacó en el parque y disfrutamos de sus rayos, de sus calores mezclados con los olores de la primavera, y olvidé que me habían pinchado una rueda y reí al ver como Diego y Álvaro saltaban sobre Juan Fran y jugaban al fútbol y correteaban por el césped y, por fin, Álvaro se comía a besos y abrazos a su padre.
jueves, abril 19, 2007
Diego, una estrella de las ondas
Después, un baño de multitudes en el periódico. Hola, Diego, ¿qué tal en la radio?, le preguntaron muchos compañeros al verle. Y Diego se sintió la estrella de Abc: fardó ante sus amigos, les indicó dónde estaban las rotativas, les explicó para qué servían las planchas, dónde cargaban los camiones los periódicos para llevarlos a los quioscos y, por último, me suplicó que les llevara a la cafetería para admirar la nueva máquina de coca-cola que tiene un ascensor para descender los botes y, de paso, les invitara a unos ganchitos. Y volvimos felices. Y entendí a la madre de la Pantoja porque mi hijo había estado en la radio, había sido la estrella de las ondas y a mí se me caía la baba...
lunes, abril 16, 2007
Una luz en la oscuridad
El fin de semana se escapó entre comidas en el Chicago´s con el matrimonio Barroso y sus hijas, visitas a Escuer y Montse, parques, aperitivos en el jardín, otra visita a mis suegros y… Y llegó la noche. Tras la batalla diaria de baños y cenas, imploré a los niños que se fueran a dormir. Le conté a Álvaro una sucesión de cuentos, le arropé, le besé y antes de irme apareció Diego.
–Mamá, vengo a darte el beso para que así luego tú no tengas que ir a mi cuarto… –explicó con cara de niño responsable.
–Ah, muy bien, Diego. Hasta mañana. –le contesté con sonrisa burlona que él aún no identifica.
Esperé cinco minutos, me quité las zapatillas y entré sigilosamente en la habitación de Diego. La oscuridad dominaba la estancia. Diego estaba tapado íntegramente por el edredón, pero una luz resplandecía bajo las sábanas. Sin hacer ruido me acerqué y le arranqué el edredón.
–¡Ahhhhh! –gritó Diego sin saber qué había ocurrido y me miró con cara de susto. – Mamá, casi me matas.
–Diego, ¿qué haces jugando a la Nintendo DS en la cama?
–Mierda, me has pillado.
–Claro, a mí no me engañas.
–Pues va a ser verdad que eres bruja…
–Venga, dame la Nintendo y duérmete.
–Mamá, por favor, déjame que estoy a punto de ganar a Raicuaza.
–Ni Raicuaza, ni Groudon, ni narices, ¡a dormir!
Mientras le daba su beso cogí la Nintendo y me la llevé. Al bajar la escalera le oí sollozar.
–Mamá, ¿dónde está mi Nintendo?
–El próximo viernes lo sabrás.
–Jo, mamá…
PD. Raicuaza, Groudon… son pókemon legendarios que luchan contra Picachu en el juego “Mundo misterioso”. ¡Y tan misterioso!
jueves, abril 12, 2007
Y nos dieron las diez y las once, la una, las dos y las tres...
miércoles, abril 11, 2007
¿Y tú de quién eres?
—Me voy a hacer la compra. —comenté mientras abrochaba los abrigos de los niños.
—Ay, Emma, espera que voy contigo.—vociferó mi madre desde la planta superior.
—Que no. Te veo allí. Los niños no aguantan ni cinco segundos más.
—Vale, pero si pasas por la carnicería no olvides presentarte a José, mi carnicero, que siempre me pregunta por ti y aún no te pone cara.
Según encargaba unos filetes de cinta de lomo y unos muslos de pollo decidí complacer a mi madre y asalté a los dos carniceros.
—Disculpad, ¿quién de vosotros en José?
—Huy, no está aquí en este momento, está en el almacén, pero si quieres le avisamos.
—No, no hace falta, es que mi madre había encargado a José un solomillo y quería que supiera que yo era su hija.
—Ah, entonces es por mí por quien preguntas. Me llamo Vidal.
Me quedé un poco parada y cortada, pero la vergüenza se esfumó cuando apareció mi madre corriendo por el pasillo del supermercado y gritando: “Hola, José, ya veo que estás hablando con mi hija. A que ahora que la ves ya sabes quién es”.
—Mamá, no se llama José se llama Vidal. —susurré a su oído.
—Ay, perdona Vidal, es que soy muy despistada. Y pensar que llevo cinco años llamándote José.
—No se preocupe, ya estoy acostumbrado.
Por suerte Vidal nos sirvió el solomillo más bueno que he comido en mi vida y al día siguiente, en la jornada gastronómica que organizamos todos los viernes santos en Guadarrama con Isabel, Pablo, sus hijos y Javier y Mary Luz relaté la hazaña de mi madre mientras jugábamos una magnífica partida de Rummy y nos resfrecábamos con un gin-tonic.
—A mí no me extraña nada —dijo Pablo con media sonrisa—, tu madre estuvo durante tres años llamándome Álvaro y al final le cogí cariño al nombre.
sábado, abril 07, 2007
El plan ideal
A las nueve y cinco, veinte minutos antes de que proyectaran “El buen pastor”, de Robert de Niro, llamé a mi vecino Javier desesperada. Javier, te necesito, supliqué por el auricular. Qué te ocurre, preguntó sin comprender mis liosas explicaciones. Tenemos que irnos al cine, pero mi madre no ha llegado, y Alonso ya ha comprado las entradas por internet, y qué hacemos con los niños, he pensado que tal vez tú, si no te importa, te podrías pasar a casa y..., seguí relatando. Anda, Emma, calla que ahora mismo voy a tu casa, zanjó Javier la conversación. Pues ya ves, grité al llegar Javier, que mi madre y Juan Fran no se aclaran, y resulta que la película es muy larga, y que si esperamos a que lleguen los de la sesión de tarde no vamos a llegar a la de noche, y te dejo estas chuches por si Álvaro llora un poco, y mi madre me acaba de llamar y me ha dicho que llegará en diez minutos.... Anda, iros y no os preocupéis, dijo Javier estresado por mi verborrea de palabras. Al salir nos topamos con Clarita, la vecina que alimenta en invierno a la tortuga y que es experta en hacer rosquillas. Pero, ¿dónde vais?, preguntó con su alto timbre de voz, ¿y los niños?, ¿qué hace aquí Javier? Ahora te lo explica Javier, Clarita, que llegamos tarde, solté cerrando con fuerza la puerta del jardín.
Me senté en la butaca del cine y oí las estruendosas palpitaciones de mi corazón. Qué estrés, Alonso, la próxima vez organizo yo lo del cine que ya sabes que soy cuasi-perfecta, suspiré para controlar mi corazón desorbitado, déjame el teléfono para ver qué tal va todo por Guadarrama. Y me quedé traquila. El equipo de baby sitter estaba al completo: Javier, mi abuela, Clarita, mi madre y Pepe. Y mis niños recibían más mimos y cariños que la infanta Leonor. Se apagó la luz de la sala, respiré profundamente y disfruté de la fantástica película. Alonso, al salir, me propuso ir a cenar. Le miré con el rabillo del ojo retorcido y entendió que no era el día más apropiado para compartir conmigo una velada romántica. ¿Por qué será?
martes, abril 03, 2007
Que me sujeten, que me sujeten...
–¡Emma sale en el periódico!
Alonso observó la foto y comenzó a reírse.
–Emma, corre ven a ver esto –logró decir entre carcajada y carcajada.
Dejé la cocina y me acerqué con cara de perplejidad.
–Mira, sales en una foto –empezó a explicar mi abuela–. De verdad, me he dado un susto al ver la imagen…
Escruté la instantánea y miré perpleja a mi abuela.
–Pero abuela, si es una manifestación de batasuna.
–Ya lo sé, pero no me negarás que esa chica es igual que tú –comentó mi abuela emocionada por haber descubierto un parecido tan claro.
Salvo por el pelo rizado no encontré ninguna similitud con la sucia y hortera batasuna que cubría su cuello con un asqueroso pañuelo hipioso.
–Abuela, por Dios, no me parezco en nada. –dije algo molesta.
–Huy, que no. Diego, ven a ver esta foto. ¿A que es igual que tu madre?
–No, bisabuela, mi madre está más gorda –explicó Diego con un amplio ojo crítico.
Les miré con mala leche y pensé que era el momento de tirarles la bandeja de torrijas que había preparado primorosamente la noche anterior a la cabeza.
–Por cierto, os voy a enseñar la grabación que he hecho esta noche –dijo Alonso una vez superado su ataque de risa y sacando su móvil del bolsillo.
Todos nos acercamos y escuchamos un estruendoso ruido.
–¿Qué es eso? –preguntó Diego.
–Son los ronquidos de tu madre –explicó muerto de risa.
¡Que me sujeten!, ¡que me sujeten!... Hoy soy capaz de matar a toda mi familia.
lunes, abril 02, 2007
Operación Semana Santa I
El viernes desembarqué con mis niños en Guadarrama. Nos recibió un frío helador y la casa repleta de polvo. Chicos, hoy no hay ducha y os vais a dormir con calcetines y jersey, dije con tiritona por el cuerpo. Bien, gritaron emocionados. A las tres horas la caldera logró que la casa respirara un aire tibio. Alonso llegó más tarde y se subió rápidamente a dormir. Me hizo ilusión. Que me vaya calentando la cama, pensé mientras deshacía las maletas. Sin embargo mi dicha duró un instante, al entrar en nuestro amplio dormitorio comprobé como me había abandonado y se había ido a otra cama cuyo somier era más rígido y así sus cervicales sufrían menos –las dimensiones de la habitación permiten tener la cama de matrimonio, otra individual con uso de sofá y más espacio para colocar una mesita con dos butacas. ¡Un lujo!–. Visto el panorama, me metí en mi cama helada y le fulminé con la mirada. Él, entre ronquido y ronquido, no lo percibió, pero como castigo se levantó con un terrible trancazo. Ay, Emma, esta noche he debido coger frío, me explicó según se tomaba un sobre de Algidol. Vaya, Alonso, cuánto lo siento. Qué rabia estar de vacaciones y ponerse malo, amor, le dije con tono dulce, si hubieras dormido a mi vera...
Ana llegó a primera hora del sábado para batallar contra el polvo. Mi madre llamó compungida. Ay, hija, me parece que al final no iremos a Guadarrama hasta el domingo, qué pena pero es que tengo mil cosas que hacer en Madrid, me explicó con todo detalle. Bueno, no te preocupes, le mentí dando brincos de alegría. Alonso, la invasión de Normandía se atrasa hasta el domingo, comenté con una amplia sonrisa. Bien, dijo mi amado esposo constipado, así hoy descansamos y disfrutamos de unos instantes de tranquilidad. Esa era la intención, pero no la realidad.
A las cuatro y media se presentaron en casa Roberto, Virginia y las niñas. Y las risas invadieron la tranquilidad. Los estómagos lo agradecieron: nos zapamos unas dietéticas torrijas de Hernández, la mejor pastelería del pueblo. E intentamos sofocar los lloros de Cayetana moviéndola de brazo en brazo, pero ella, tan terca como su primo, sólo quería estar con su adorada madre. Me tiene agotada, dijo Virginia con músculos en los brazos.
Según se fueron y acostamos a los niños, vinieron a casa Javier y Mary Luz y aprovechamos para prepararnos unas copas y contar nuestras batallas hasta altas horas de la madrugada.
Chicos, no os quejaréis, ayer os dejamos disfrutar de un día de tranquilidad, dijo mi madre al desembarcar en casa a las dos y media de la tarde para llegar a mesa puesta. Lo de tu familia es increíble, suspiró Juan Fran mientras ponía la mesa y los imprescindibles platitos del pan. Al final ayer no descansamos mucho, pero nos divertimos…, empecé a contar a mi madre.
jueves, marzo 29, 2007
E-mails turbadores
XJ: Mi mujer me ha dejado. ¿Conoces a alguna buena chica que me quiera consolar?
EPT (o sea, yo por si alguien lo duda): ¿Lo dices en serio? O me estás tomando el pelo. Como me lo has dicho de sopetón me has dejado helada.
XJ: Así como te lo digo, amiga. Me ha dejado y se está follando a un superguay desde antes que me abandonara. Desde hace un mes estoy en un apartamento e intento tirar “palante” con todas mis fuerzas. ¿Son todas las tías unas putas? O bien, la pregunta sería: ¿Por qué siendo tan putas, aún no me he comprado una escopeta?
EPT: Vaya, no sabes cómo lo siento. No sé si todas las tías son unas putas (por lo menos yo conozco a unas cuantas que no lo son y me incluyo en el lote), pero que te dejen así es una cabronada. Cuenta conmigo para lo que necesites. Aguanta la tentación del rifle, que al final te joden a ti. Yo también tengo ganas de comprar uno para liquidar a cierto impresentable de mi trabajo, pero hay que resistir...
Si te parece bien, te llamo por teléfono y hablamos.
XJ: Claro que sí, sabes que tú siempre eres bien recibida.
La semana pasada, en cambio, recibí un correo que me produjo insomnio nocturno. El título del e-mail era “Ladrillos” y supuse que eran chistes sobre albañiles. Me equivoqué.
“Emma: Tengo un palet entero de ladrillos. Si los quieres, dímelo. Pero necesito una contestación rápidamente. Se me ocurre que tal vez puedas hacer algo con ellos en Guadarrama: una caseta, un armario… Espero tu contestación. Besos”
Y estuve toda la noche dándole vueltas a los ladrillos, calibrando qué hacer con ellos, qué obra de arte podría perpetrar, pero al final opté por rechazar el original regalo. Aunque, J, mil gracias.
miércoles, marzo 28, 2007
Dulces sueños
lunes, marzo 26, 2007
Descanso dominical
–Sí, no ha estado mal –contesto como una autómata.
Pero ahora que lo pienso, miento vilmente.
El viernes, gracias a mi adorado y amado jefe, no trabajé. Así que exprimí los minutos para hacer mil cosas y a última hora fui a recoger a los niños al cole. Tocaba piscina y se vino con nosotros Daniel. Tras los chapuzones llegaron los juegos en casa, la cena, las palomitas… Y a las nueve y media recogieron a Daniel. Me senté para descansar y Juan Fran me miró un poco perplejo.
–Emma, ¿no tenías hoy cena con tus amigas? –preguntó con intriga.
–Anda, se me había olvidado...
Salté del sofá, redecoré con poco estilo mi cara y me lancé al coche. La cita era en un restaurante griego en la calle Orense. Llegué veinte minutos tarde, pero llegué. La cena transcurrió con nuestras risas y críticas habituales. Una vez pagada la cuenta (invitamos a Blanca porque el jueves es su cumpleaños), salimos a la calle en busca de un local para tomar una copa. La oferta era de lo más variopinta: “Sensaciones”, antro sexual al que declinamos entrar, otro bar de nombre desconocido por cuya cristalera observamos a cuatro tipos con cara de salidos y, por supuesto, también nos negamos a beber allí el gin tonic… Después de veinte minutos calle arriba y calle abajo, descubrimos el típico bareto de barrio. Inspeccionamos desde fuera y Blanca nos animó:
–Aquí parece que hay gente normal. Venga, vamos dentro.
El espectáculo era “súper normal”: un perro pastor alemán daba vueltas por el local. De vez en cuando, abría la puerta y salía al jardín a hacer sus necesidades junto a unos tipos que como mínimo se estaban metiendo una raya. El dueño del perro, un alcohólico, le azuzaba para que ladrara y escuchásemos sus ladridos de fondo. En la barra, destacaba un sucio moderno con el pelo grasiento, un mendigo (por lo menos tenía esa apariencia) que se acercó varias veces a nuestra mesa para retirar las botellas de tónica, y, entre medias, algún que otro pijo.
Entre los veinte minutos paseando, las copas y el local “normal” no pudimos contener la risa histérica. Y he de confesar que al final le cogimos cariño al bareto de barrio.
El sábado nos plantamos a comer en casa de mi hermano Roberto, que decidió no complicarse la vida y traer unos pollos de “Casa Mingo”. Manuela, aprovechando que su padre no estaba, se tropezó con un escalón y se magulló toda la cara. Hecho que aprovechó mi hermano para gritarnos y espetar a Virginia que era una mala madre y yo una mala tía (¡lo que hay que oír!).
A las cinco los niños salieron con diversos juguetes con ruedas a la calle: triciclos, coches, andadores… y compitieron como locos lanzándose por el asfalto desierto de coches.
Volvimos con nuestras fierecillas. Esa noche Isabel y Carlos habían organizado una fiesta por su reciente boda. Así que en cuanto aparecieron mis suegros por casa me metí en el baño para redecorarme de nuevo. Y esta vez sí que conseguí ponerme divina (¡ay, qué modesta soy!), aunque mi Alonso refunfuñaba porque no podría ver el partido de España-Dinamarca (¡cuánto sufres, amor!).
Sebastián, agotado tras su viaje por EEUU, y Sandra pasaron a buscarnos a las nueve y cuarto. El Tom-tom (el Gps) se emocionó cuando nos vio entrar y no paró de hablar durante todo el camino. Lo mejor es que Sebastián no le hacía mucho caso y el pobre tom-tom no hacía más que reconfigurar el camino para llegar al lugar de destino y aguantó la tentación tecnológica de insultarnos.
La fiesta era en el Suite Café. Allí nos esperaban Paloma y Raúl. Por una vez, he de decir que el regalo le encantó a Isabel (en la despedida de soltera le llevamos a un espectáculo de magia y le horrorizó), así que respiramos tranquilos y empezamos a zampar los canapés del cóctel y a beber las cervezas y las copas.
El domingo, por suerte, mis suegros se llevaron a los niños por la mañana al parque y aprovechamos para batallar contra la leve resaca con unas cuantas horas más de sueño. Y por la tarde, nuestro tradicional paseo con niños, patines y merienda por la vía peatonal cercana al colegio.
Hoy he vuelto a trabajar, me he conectado los cascos y cuando nadie me ve cierro los ojos e intento recuperar energías. Pero vamos, el fin de semana ha sido tranquilo.
miércoles, marzo 21, 2007
El bautizo de Cayetana
Y el sábado fue el gran día de Cayetana, su bautizo. Y, por qué negarlo, también mi gran día porque era nombrada madrina de mi sobrina.
Así que los nervios rondaban por la casa desde primera hora de la mañana. Los niños ajenos al bullicio matutino, salieron al jardín y jugaron a piratas, a Fernando Alonso y a todo lo que se les pasaba por la cabeza. Alonso se fue a comprar algún detallito que faltaba. Y yo me encerré en el baño para acicalarme e intentar lucir mi belleza. Tinte de pelo, mascarilla revitalizante, toallitas Comodine para mejorar el color pálido de mi cara… Vamos, que en un pispás monté un salón de belleza. De vez en cuando, me asomaba a la ventana para comprobar como jugaban Diego y Álvaro.
De pronto el silencio rodeó la casa, me asomé asustada y vi como los niños habían sacado su mesita, sus sillas, el mantel y se habían preparado un aperitivo con patatas y doritos. Pensé en bajar corriendo y comérmelos a besos, pero aguanté la tentación y admiré como disfrutaban de su ágape.
A las dos comimos y al cabo de una hora empezamos a arreglarnos. ¡Qué elegantes iban mis niños vestidos de verde! (y menos mal… con el pastón que me he gastado). ¡Ay, y qué bien iba mi Alonso con su corbata verde que combinaba con los colores de los niños! En fin, que ellos iban divinos y yo desentonaba un poco con los kilillos de más (fuerza de voluntad, ¿dónde te has escondido?).
A las cuatro y cuarto, partimos hacia la Florida. Al ratito llegaron todos los asistentes al bautizo y mi divina ahijada con el faldón de cristianar con el que se ha bautizado toda la familia. Entraron todos en la iglesia, salvo Cayetana, sus padres y los padrinos (Javier, el abuelo, y yo). El cura presentó a la niña y nos preguntó si queríamos bautizarla. Tras asentir, recorrimos el pasillo de la iglesia hasta el altar y comenzó el bautizo. Diego, primo de Cayetana y cristiano confeso, leyó una lectura (la de los gálatas). Su voz se escuchó en toda la iglesia, pero no hubo forma de verle porque el atril superaba su estatura. Leyó con aplomo, con entonación, con entusiasmo… Una maravilla y, claro, a mí se me caía la baba. Mientras, Álvaro y Manuela revoloteaban a nuestro alrededor sin entender por qué ellos no eran los protagonistas.
Tras la celebración eclesiástica nos fuimos a la casa de los padres de Virginia, donde se iba a servir el cóctel. La entrada estaba decorada con globos y, en el hall, nos recibía una enorme cigüeña de papel maché y más globos multicolores con formas de chupete, pájaro… Y el jardín estaba plagado de grandes molinillos que se movían con la suave brisa de la tarde primaveral.
El destacamento infantil invadió y se apropió del enorme jardín y la zona de los columpios y las casitas de niños. A cada uno de ellos les dieron una caja repleta de chuches, medias noches y sándwich… Se crearon dos grupos: el de las niñas con vocación de princesas y el de los bestias donde, por supuesto, estaban Diego, Álvaro, Manuela y Rocío que basaron sus juegos en escalar al tejado de la caseta y chutar el balón.
El resto, los adultos, se fue sentando en las mesas y los camareros giraron alrededor de ellas con bandejas repletas de caviar, foie, gambas rebozadas, rollitos de salmón… Y, para facilitar la digestión, champán, gin-tonics, coca-colas… Las conversaciones se sucedían, los saludos y las risas.
Todo fue perfecto, todos íbamos guapísimos y todos disfrutamos del bautizo.
PD: Las imágenes del post son las nuestras, en breve volcaré las oficiales que hicieron los fotógrafos del evento.
martes, marzo 20, 2007
Volta Peña Tojo
Una vez decidida y analizada la escena de actuación, he subido y he quitado los plomos (¡ay, qué responsable soy!). He bajado, he desmontado el interruptor y para mi sorpresa he comprobado que el nuevo se diferenciaba bastante del antiguo. "Seguro que no me cuesta montarlo", he pensado con un optimismo desbordante. Tras varias manipulaciones he dado el trabajo por finalizado. Vuelta a subir, elevo los plomos, bajo y compruebo que no se enciende ninguna luz. "¡Mierda!", le exclamo a Lucas que me observa con atención. Subo, bajo los plomos y vuelvo a desmontar el interruptor. A los quince minutos, vuelvo a subir (¡menuda maratón de escalones!), elevo los plomos, bajo y descubro que sólo se enciende una luz. Por quinta vez, subo, quito los plomos... y ya de mala leche remuevo los cables. Subo, elevo los plomos y, para mi sorpresa y desesperación, veo como está encendida la luz de la despensa, pero al apagarla se enciende la del trastero y, lo peor es que no hay forma de que se apaguen las dos luces a la vez. ¡Siempre se queda una encendida! Subo, bajo los plomos, y me arrastró otra vez más, agotada y derrengada, hasta el jodido interruptor. "Tú no me vas a dominar", le espetó con sudores en la frente. Y al final lo solucioné. Mal, pero lo solucioné (ahora las dos luces se encienden con un solo interruptor), y no colgué los cuadros, y no escribí el post del bautizo y llegué tarde a trabajar, y encima no me dio tiempo a ducharme... Y aquí estoy oliendo a tigre y conectada a internet buscando información sobre cómo se instala un interruptor doble... Porque al final lo conseguiré, faltaría más.
PD. Para quien no lo sepa, Volta fue el inventor de la electricidad, de ahí mi gracieta en el título. ¡Pero qué divertida soy!
lunes, marzo 19, 2007
Gritos automovilísticos
Por la tarde voy a recoger a los niños al cole.
–Mamá, ¿me puedo ir a casa de Alejandro? –preguntó Diego según salió de clase.
–No, Diego, hoy vamos a la piscina. Además, Daniel se viene con nosotros. ¿Te parece bien? –expliqué mientras les daba la merienda.
–Está bien, mamá.
Llegué a la piscina con las tres fierecillas –Diego, Daniel y Álvaro– y Ana se acercó para ayudarme. Cuando empezaron a chapotear en el agua, respiré tranquila y al cabo de quince minutos aproveché el momento de calma para fumarme un cigarro. Después de dos caladas, lo apagué a toda velocidad. Chus, la monitora de Álvaro, me llamaba a través de la cristalera. Corrí por la piscina.
–Tranquila, Emma, es que Álvaro ha devuelto la merienda encima de otra niña y será mejor que deje de nadar.
Arropé a mi niño, lo duché y retiré su devuelto.
–Cielo, vamos al vestuario para vestirte, campeón –le dije.
–No, mamá, yo quiero volver a nadar.
Por suerte, en ese momento empezaron a salir el resto de sus compañeros de la piscina y Álvaro desistió en su intento.
Mi ataque de nervios sucedió al volver a casa. Las fierecillas iban sentadas en el asiento de atrás con sus cinturones. Llegué a casa y me puse aparcar. Los niños aprovecharon las maniobras para desabrochar los cinturones y asomarse por la ventanilla. Mis gritos se empezaron a oír por todo el vecindario. José Luis, mi vecino, apareció en escena. Me decía algo pero no le escuchaba. Así que tiré del freno de mano y salí para hablar con él.
–José Luis, qué me decías. –pregunté con intriga.
–Nada, te estaba diciendo que… Dios mío, Emma, que tu coche se está yendo para atrás.
Miré aterrada y vi como el coche se desplazaba con los tres niños metidos dentro.
José Luis empezó a sujetar el coche por detrás, yo me colé por la puerta e intenté tirar más del freno de mano, pero no tenía fuerzas. Sentí como el Focus se chocaba con el coche de detrás, el de José Luis; los niños gritaban; yo, atacada, puse mi mano sobre un pedal. Mierda, éste es el embrague. Por fin, presioné con mi mano el pedal del freno y el vehículo se paró.
–Niños, salid del coche –grité como una loca.
Y por una vez me hicieron caso a la primera. Como una contorsionista, me introduje en el coche mientras mi mano seguía presionando el pedal del freno y logré tirar un poco más del freno de mano.
Al bajar contemplé el desastre. El coche de José Luis estaba subido a la acera y mi coche lo presionaba con fuerza.
–Ay, perdona, ay, ay –sollocé mientras otra vez más me metía en el coche, arrancaba, lo aparcaba y tiraba con una fuerza sobrehumana del freno de mano.
Salí acalorada y avergonzada por el espectáculo. Los niños aplaudían por la aventura y José Luis comprobaba si había daños en su coche.
–Tranquila, Emma, no le has hecho nada al vehículo –comentó José Luis sacando las llaves de su coche para bajarlo de la acera y aparcarlo correctamente.
Entre con mis fierecillas a casa, les lancé al jardín y refresqué mi disgusto con una coca-cola light.
"¡Y cómo se lo cuento a Alonso!, ¡me va a matar!", pensé entre sorbo y sorbo.
domingo, marzo 11, 2007
Disney, fútbol y verdades como puños
—¿En tren? —preguntó Álvaro.
—Sí —contesté para calmarle (con lo terco que es si insisto en que se llama metro y no tren es capaz de ponerse a llorar).
Lo de unirse a las masas es horroroso. El metro a esa hora iba plagado de gente y temí que Álvaro se quedara sin oxígeno o se perdiera entre tanta muchedumbre. Por suerte, un chaval joven se levantó y nos cedió su asiento al ver mi cara de desesperación.
Llegamos al nuevo Palacio de los Deportes y nos sentamos junto a Sandra y sus hijos Lucía y Jorge. A mitad del espectáculo de “Princesas sobre hielo”, de Disney, noté como Diego se tumbaba en el asiento y miraba de reojo a los patinadores.
Salí dispuesta a tomar un taxi y no volver a juntarme con las masas, pero mis niños insistieron e imploraron que volviéramos otra vez en metro. Y una que se deja convencer fácilmente volvió a descender a los túneles de Madrid.
Llegamos a casa agotados. Entre en que el día anterior Manuela celebró su segundo cumpleaños (¡muchas felicidades, preciosa!) y hoy habíamos ido al espectáculo de Disney necesitábamos recargar las pilas.
Alonso aprovechó un momento de soledad con Diego para interrogarle.
—Diego, ¿qué tal lo de los patinadores?
—Papá, no se lo digas a mamá, pero ha sido un rollo... Ese espectáculo sólo sirve para lavar la cabeza a la gente. Hubiera preferido quedarme en casa viendo mis dibujos: Pokémon, Zatch Bell, Naruto...
Oye, el niño tiene gusto, la verdad es que a él lo de las princesas le parecen una mariconez y como a Álvaro no le gusta ir al cine ni ver películas en la tele tampoco se entretuvo mucho, pero aguantó las dos horas. ¡Menos mal que las entradas eran regaladas!
El sábado, tachán, tachán, primer partido de fútbol de Diego contra otro colegio. Yo tenía que trabajar, pero decidí llegar tarde (¡cómo me iba a perder el primer partido de mi primogénito!).
La batalla campal comenzaba a las doce. Diego botaba por nuestra cama desde las ocho de la mañana con los nervios a flor de piel. A las once y media llegamos al campo del colegio y para mi sorpresa comprobé que ya estaban jugando. Histérica me acerqué al entrenador. “Tranquila, Diego juega en el segundo partido”, me explicó Manuel.
En el primer partido ganó el colegio de Diego 8-0. Las expectativas eran optimistas, pero la realidad fue más dura. Los goles empezaron a colarse en nuestra portería, Diego y sus amigos correteaban en grupo alrededor de la pelota, el entrenador gritaba que se separaran, los padres vociferábamos a pleno pulmón... El resultado: 3-7. ¡Y qué bien nos lo pasamos!
Entré en el periódico agotada por el estrés. Me senté e intenté relajarme. A las dos y media apareció Alonso con mis dos retoños en ABC, así que les hice un tour turístico y les enseñé las rotativas, los talleres, la redacción...
—Mamá, cómo mola tu cole —dijo Diego —. Lo que más me ha gustado es la cafetería. ¡Qué suerte! Tenéis coca-colas, patatas, ganchitos... Jo, en nuestro cole no hay esas máquinas tan chulas.
Diego, el gran futbolista, decidió que había que celebrar su primer partido y que debíamos ir al Mc Donald`s (¡qué juerga!). Zampamos unas hamburguesas y volví a trabajar.
Por la tarde, (¿he contado que llevo fatal la dieta?) hice con Álvaro un bizcocho de limón y leche frita (súper dietético y digestivo).
El domingo, en mitad de la comida, Álvaro hundió a Alonso en la miseria.
—Papá, sé que eres mi padre, pero no te quiero. —declaró mientras comía los macarrones.
—Emma —dijo Alonso fulminándome con la mirada—, olvídate de tener un tercero. Corremos el riesgo de que salga peor que Álvaro...
miércoles, marzo 07, 2007
Cumpleaños y amigos
–Ay, Emma, qué pena que el niño de María se pusiera malo. Podríamos habernos quedado más rato. –explicó con voz compungida.
–Abuela, si ya eran más de las dos y media de la mañana… –contesté un poco sorprendida.
Pero me mintió. Al cabo de unos días hablé con María y me relató como la abuela estuvo a punto de irse a la cama porque nosotras no parábamos de cotorrear y ya estaba cansada. Sí, es cierto, se fueron todos los primos salvo nosotras y nuestros respectivos y entre copa y copa, comentario y comentario, no nos percatamos de cómo se iban deslizando las agujas del reloj.
El sábado aprovechamos para vivir al estilo familia telerín. Por la mañana, periódicos, juegos y aperitivo. Y por la tarde, un placentero paseo por la zona peatonal cercana a casa con patines, pelota y nuestras fierecillas.
El domingo, más vida social. Nos sentamos a tomar el aperitivo en el Arturo Soria Plaza con Esther y Cipri mientras los niños jugaban por el parque. Comimos en el Chicago´s (fantástico restaurante porque a las dos actúa un mago y los niños se quedan totalmente abducidos). Diego quería irse a casa de Jorge, Jorge a casa de Diego, Marta también se apuntaba al bombardeo y, como es habitual, Álvaro sólo quería estar conmigo. A duras penas separamos a los amigos inseparables y nos fuimos a ver a Montse y Escuer. Entramos en el búnker. Las persianas bajadas, las puertas cerradas… Pero como éramos multitud decidieron que corriera el aire y dejaron que la luz se colara por las ventanas. Pensé que nos iban a adjudicar a cada uno un bate de béisbol para golpear a quien osara colarse en la mansión, pero tampoco era para tanto (oye, aunque a mí me hubiera hecho ilusión). Escuer, que aún está en fase de mentalización ante su futura paternidad, intentó relajarse con los niños, pero todavía tiene mucho que aprender (ay, amigo, ¡lo que vas a sufrir con tus dos retoños!).
De nuevo en casa, coloqué a mis niños sus delantales y sus gorros de cocina y preparamos un delicioso puding (se me quemó un poco el caramelo, ¡cachis!). Duchas, baños y niños, a la cama.
Me senté agotada, como todo los domingos, y los nervios se me ataron al estómago. Claro, los lunes tengo que ir a trabajar y ver a mi jefe y aguantar mi ira… ¿Por qué no seré rica?
martes, febrero 27, 2007
lunes, febrero 26, 2007
¿Fase antisocial?
Enero y febrero son mis meses más antisociales. Será por la saturación de fiestas y cenas navideñas o por el frío y desapacible invierno. No sé. Sin embargo, que mi Alonso parta de viaje es explotado por todos los miembros de mi familia.
El viernes, como todos lo que libro, le tocó el turno a Diego e invitó a Alejandro y David a casa. El cuarto de estar terminó plagado de palomitas y regado de risas y buen humor. Me animó tanto que al final decidí organizar una cena el sábado. Mandé un mensaje a mis chicas del colegio: “Mañana cena de mujeres en casa. Os espero a las 10”.
El sábado salté de la cama a toda velocidad. Diego tenía piscina. Cuando vi a Cristina, la profe de natación de mis retoños, le comenté que el domingo la iba a echar de menos ya que es el único día que me libro de ir a la piscina. Volvimos a casa, recogimos y nos fuimos corriendo a casa de mi hermano. A las dos acudimos a la Sexta Avenida para comer en Gino’s. Una hora después conseguimos mesa. Los niños estaban muertos de hambre: Manuela deslizaba sus manos nerviosamente por su cara reclamando sus espaguetis, Diego lloraba y suplicaba que le trajeran la pizza y Álvaro escondía su llanto de estómago vacío bajo el mantel. Mientras, Cayetana dormía plácidamente en su sillita. Por fin, después de media hora llegó la anhelada comida y zamparon a una velocidad inusitada. “A partir de ahora voy a dar de comer a Manuela dos horas más tarde para que se coma todo”, comentó Virginia una vez que los ánimos se habían calmado. Después, un ratito al parque y vuelta a casa para organizar la cena.
Fallé. Dejé a mis peques ver un poco la tele para preparar la tarta tatín y en cuestión de segundos Álvaro se durmió. No, grité desesperada. Intenté espabilarlo, pero no hubo forma. Rendida le puse el pijama, le subí a la cama y le di un biberón entre sueño y sueño. Mañana se despertará a las seis y media, pensé horrorizada.
Las invitadas llegaron a su hora (bueno, veinte minutos tarde pero conociendo a Blanca veinte minutos es ser puntual) y plagadas de regalos para los niños.
Diego ejerció de camarero y justo cuando se iba a dormir apareció Álvaro con cara somnolienta y perplejo por la ebullición que se vivía en el salón. Para ellos fue como un día de reyes: abrieron sus regalos, jugaron tranquilamente y aguantaron hasta la una de la mañana.
Nosotras alargamos la velada hasta las cuatro. Zampamos y elogiaron mis delicias culinarias, bebimos un refrescante vino, hablamos, comentamos, rumoreamos, criticamos, reímos y brindamos.
El domingo amanecí a las once de la mañana rodeada de mis churumbeles. Hoy, de dominguers, les sugerí al oído. Y ellos felices. Sacaron de nuevo sus juguetes, sus pinturas y dejaron que las horas pasaran sigilosamente. Abrí la nevera y me espanté al ver toda la comida que había sobrado. Hallé la solución. “Mamá, os invito a comer restos”, ordené desesperada. A las tres aparecieron mi madre y mi abuela con el babero atado al cuello. Mi abuela no se fue muy contenta. A mí esta comida tan moderna no me convence, comentó con una sinceridad aplastante. Pues yo me he comido de maravilla, dijo mi madre con gran educación. Y como dice el refrán “indio comido, indio ido”. Así que mis retoños y yo dormimos una reparadora siesta con la película “Cars” como banda onírica. Qué maravilloso y agotador fin de semana… Y eso que estoy en mi fase antisocial.
viernes, febrero 23, 2007
Gordas, negras y asquerosas
–Chicos, iros quitando la ropa, colocadla en el cesto de la ropa sucia que ahora mismo bajo. Diego, hoy te duchas tú primero. Abre el grifo para que se caliente el agua –ordené desde la cocina.Al instante oí los gritos de Diego.
–¡Mamá, hay dos cucarachas en la ducha! Corre, baja.
Troté por las escaleras gritando “¡no puede ser, no puede ser!”.
Álvaro me esperaba en el último escalón.
–¡Qué asco, mamá! Hay dos cucarachas –dijo abrazándose a mi pierna.
Asomé la cabeza por la ducha y comprobé la cruda realidad. Dos gordas, asquerosas y negras cucarachas descansaban en el plato de la ducha. Ninguna se movía.
–Bueno, chicos, parece que están muertas –expliqué cogiendo un metro de papel higiénico para retirarlas.
Mi sorpresa fue cuando al recoger una gorda, asquerosa y negra cucaracha empezó la otra gorda, negra y asquerosa cucaracha a correr la maratón. Cerré las puertas de la ducha y grité.
–¡Y ahora, ¿qué hacemos?!
–Mamá, pues tendremos que matarla –dijo Diego con tono de mafioso a sueldo.
–Sí, mátala –suplicó Álvaro.
–No, no puedo. Me dan un asco terrible. La dejamos ahí encerrada y esperamos una semana hasta que venga papá y la mate. O puede que a Ana no le dé miedo y mañana la acribillé. –expliqué toda convencida.
Diego me miró con cara de desilusión, salió del baño y volvió con su zapato del colegio.
–Mamá, retírate, voy a aniquilar a esa negra y sucia cucaracha.
Álvaro se acercó a su hermano para ayudarle y yo me alejé de ellos.
SCRASCROPPUF, SCRASCROPPUF oí según Diego reventaba a la cucaracha.
–Problema solucionado, mamá. Ahora tú la recoges. –ordenó con tono de Al Capone.
Cogí otro metro de papel higiénico y me acerqué hasta el escenario del crimen. Las vísceras de la cucaracha estaban esparcidas junto con trozos de caparazón negro. Una antena de la negra y asquerosa cucaracha aún se movía y la otra se había desintegrado tras la matanza. Entre arcadas cumplí mi misión: limpié y desinfecté. Y con lágrimas en los ojos abracé a mis valientes y heroicos mafiosos.
miércoles, febrero 21, 2007
Amor lejano
Ay, cuánto echo de menos a mi amor. Él allí en Colombia sufriendo los calores tropicales, las picaduras de los gigantescos mosquitos que habitan en la selva, refrescando los sudores con algún mojito… ¡Pobriño mi niño!
En cambio, yo me levanto tranquilamente a las siete y media de la mañana, me ducho en cinco minutos, preparo los desayunos, despierto a mis tesoros, los visto a toda velocidad, salimos escopetados a las 8,45 a la piscina Natación Jiménez, desvisto a Álvaro, le pongo el bañador (durante 24 días tiene quince minutos diarios de cursillo acelerado, que sobre todo me acelera a mí), me relajo los quince minutos que él se sumerge en el agua y aprovecho para repasar la tablas de multiplicar con Diego; seco a Álvaro, le vuelvo a vestir, “corred chicos que llegamos tarde al cole”, les ato los cinturones de seguridad, acelero, llegó cinco minutos tarde, besos, “portaros bien, os quiero”. Corro a enmarcar los cuadros que me ha regalado mi madre, sacar dinero y concederme el capricho de unos moldes de silicona para hacer magdalenas. Ay, esta tarde Álvaro tiene el cumpleaños de Cristina que no se me olvide comprar el regalo: un parchís de caracoles en Imaginarium. De paso, en Supercor compro el aceite para la freidora. Llegó a trabajar agotada (¡cómo se me ocurre ir hoy con tacones!). En la entrada me recibe una comisión europea antitabaco que está midiendo los niveles de monóxido de carbono. Soplo por el “alcoholímetro”. Resultado: 22. No tengo tiempo para preocuparme. Enciendo el ordenador. El trabajo se amontona, día de cierre, pero no me estreso. A las tres, reunión con la tutora de Álvaro que me confirma que es un travieso, así que no puedo comer. Vuelvo al periódico. A las cinco llamo a Ana. “Vete con Diego a la peluquería, ahora mismo voy yo”. Atasco. Diego está guapísimo. "Corre, tenemos que ir a recoger a Álvaro al cumpleaños". Convención de madres. Saludo lo justo y necesario. Les regalan a los peques unas cajas de cereales. ¡Dios mío, tienen frutos secos!. Se las quito. Álvaro llora, aún no entiende que le dan alergia. Le engaño con una chuchería. Niños, al coche. Ato los cinturones. A las ocho entramos en casa. A las nueve los peques están duchados, cenados (me ha dado tiempo a rellenar la freidora de aceite, qué suerte) y dientes limpios. Lectura de cuentos. “A dormir, os quiero”. Diez de la noche. Qué estrés lo de ser serieadicta. Hoy me toca “Anatomía de Grey”. Diego se cuela en el cuarto de estar. “Mamá, ¿me puedo quedar un ratito contigo”. “Sólo hasta las diez y cuarto, Diego, que mañana tenemos piscina”. Las once. Pico algo de la nevera y mando a tomar viento fresco el régimen. Por cierto, aún no he escrito en el blog. Las dos, me voy a dormir, mañana suena el despertador a las siete y cuarto. ¡Cuánto echo de menos a mi amor!
Y Pedro Navaja puñal en mano...
Al leer el correo de Escuer, el padrino de Álvaro, reí. Sobre todo porque pensé que era un e-mail chistoso, como los cien miel que recorren la red. Pero no, era cierto.
Buenas. He llegado hace un ratito. Ayer entró un drogata en casa y he tenido que ir esta mañana a Valdemoro a un juicio rápido, tan rápido que el menda ha venido conmigo en el tren y me ha amenazado enseñándome una navaja. Me he tenido que refugiar en la cabina del conductor. He tenido que oír de la señora fiscal por videoconferencia -estaba en la Plaza de Castilla- que no había sido un robo con fuerza porque lo sustraído (que se recuperó por la Guardia Civil) era de poca cuantía (un móvil de mi suegra y un radiocasete). Por lo que el pobre toxicómano con 49 detenciones en el último año y 3 en el último mes ha salido del juzgado número 1 de Valdemoro 5 minutos después que yo. ¡Esto es JUSTICIA! En fin, por lo demás, bien.
Y el problema es que no era la primera vez. Antes de verano tuvieron otro incidente. Y Montse, su mujer, se siente como una presa –actualmente está de baja porque tiene que guardar reposo absoluto–. Todo el día recluida en su habitación con el móvil colgado del cuello, las alarmas conectadas y todas las persianas de casa, salvo la de su cuarto, cerradas a cal y canto. “Imagínate, Emma –empezó a explicarme –ahora tengo que bajar a calentar la comida y debo ir a toda velocidad para desconectar la alarma, prepararme la bandeja, conectar de nuevo la alarma y subir otra vez a mi habitación. Y como escuche el más mínimo ruido me encierro en mi baño y llamó desde el móvil a la Guardia Civil”.
lunes, febrero 12, 2007
Diego, 7 años
El viernes es el día sagrado y social de Diego. Él decide qué cenar, tiene palomitas, elige película y algún amigo suyo viene a casa. El pasado viernes el invitado fue su amigo Daniel.
—Bueno, chicos, ¿a qué queréis jugar?— pregunté para aclararles que no pensaba ponerles la tele.
Ambos se miraron, sonrieron y gritaron al unísono: “¡Al ajedrez!”.
Tardé unos segundos en reaccionar (no es normal que unos micos de siete años estén enloquecidos con el ajedrez), pero rápidamente saqué el tablero y les dejé relajadamente jugar su partida.
A la hora oí como caían todas las piezas al suelo. Elemental, Diego le había comido la Reina a Daniel y el espíritu perdedor aún no está muy activo en ellos.
Anécdota 2
El sábado Diego empezó a reír al ver que Juan Fran y yo nos dábamos un beso.
—¿De qué te ríes, Diego?
—Nada, mamá, que me hace gracia.
—Pues tendrías que estar contento. Hay padres que no se besan, que no se quieren y al final se separan.
—Eso ya lo sé.
—¿Te acuerdas de Carla, la vecina?
—Sí.
—Pues sus padres se separaron.
—¡Qué me dices! —exclamó Diego con cara de sorpresa— ¿Y por eso vendieron la casa?
—Sí.
—¡Qué me dices!
Aguanté la risa.
—Oye, Diego, ¿en tu clase no hay ningún niño con padres separados?
—No, mamá. Bueno, Enrique Trufero no tiene madre.
—¿Qué ocurrió?
—Pues que su madre murió y ahora vive con su padre.
—¿Y tú cómo lo sabes?, ¿te lo ha contado él?
—No, mamá, he oído rumores.
¡Clavadito a su madre! (por lo de los rumores, claro está)




