lunes, abril 02, 2007

Operación Semana Santa I



El viernes desembarqué con mis niños en Guadarrama. Nos recibió un frío helador y la casa repleta de polvo. Chicos, hoy no hay ducha y os vais a dormir con calcetines y jersey, dije con tiritona por el cuerpo. Bien, gritaron emocionados. A las tres horas la caldera logró que la casa respirara un aire tibio. Alonso llegó más tarde y se subió rápidamente a dormir. Me hizo ilusión. Que me vaya calentando la cama, pensé mientras deshacía las maletas. Sin embargo mi dicha duró un instante, al entrar en nuestro amplio dormitorio comprobé como me había abandonado y se había ido a otra cama cuyo somier era más rígido y así sus cervicales sufrían menos –las dimensiones de la habitación permiten tener la cama de matrimonio, otra individual con uso de sofá y más espacio para colocar una mesita con dos butacas. ¡Un lujo!–. Visto el panorama, me metí en mi cama helada y le fulminé con la mirada. Él, entre ronquido y ronquido, no lo percibió, pero como castigo se levantó con un terrible trancazo. Ay, Emma, esta noche he debido coger frío, me explicó según se tomaba un sobre de Algidol. Vaya, Alonso, cuánto lo siento. Qué rabia estar de vacaciones y ponerse malo, amor, le dije con tono dulce, si hubieras dormido a mi vera...
Ana llegó a primera hora del sábado para batallar contra el polvo. Mi madre llamó compungida. Ay, hija, me parece que al final no iremos a Guadarrama hasta el domingo, qué pena pero es que tengo mil cosas que hacer en Madrid, me explicó con todo detalle. Bueno, no te preocupes, le mentí dando brincos de alegría. Alonso, la invasión de Normandía se atrasa hasta el domingo, comenté con una amplia sonrisa. Bien, dijo mi amado esposo constipado, así hoy descansamos y disfrutamos de unos instantes de tranquilidad. Esa era la intención, pero no la realidad.
A las cuatro y media se presentaron en casa Roberto, Virginia y las niñas. Y las risas invadieron la tranquilidad. Los estómagos lo agradecieron: nos zapamos unas dietéticas torrijas de Hernández, la mejor pastelería del pueblo. E intentamos sofocar los lloros de Cayetana moviéndola de brazo en brazo, pero ella, tan terca como su primo, sólo quería estar con su adorada madre. Me tiene agotada, dijo Virginia con músculos en los brazos.
Según se fueron y acostamos a los niños, vinieron a casa Javier y Mary Luz y aprovechamos para prepararnos unas copas y contar nuestras batallas hasta altas horas de la madrugada.
Chicos, no os quejaréis, ayer os dejamos disfrutar de un día de tranquilidad, dijo mi madre al desembarcar en casa a las dos y media de la tarde para llegar a mesa puesta. Lo de tu familia es increíble, suspiró Juan Fran mientras ponía la mesa y los imprescindibles platitos del pan. Al final ayer no descansamos mucho, pero nos divertimos…, empecé a contar a mi madre.

Por la tarde disfrutamos de nuestro paseo habitual. La novedad de este año es que ya no hay que llevar la sillita de Álvaro, pero a cambio me he tenido que agenciar una cuerda para atarla en su bicicleta con ruedines –método súper relajante: todo el día tirando de él o corriendo por las cuestas para que no se estampe contra un pino–. Mi nonagenaria abuela se apuntó a la caminata porque su espíritu es el de una mujer de cuarenta. Y, como siempre, montamos el espectáculo: mi madre era arrastrada por Kaos, el perro, mi abuela intentaba alcanzarnos, Diego se perdía con su bici, y a mí Álvaro me hizo correr la maratón detrás de su bici… Ah, y Alonso se quedó metido en la cama con su amado constipado.

El lunes por la mañana nos fuimos a Cercedilla a dar un paseo por la calzada romana, otro clásico de la Semana Santa. Álvaro, terco como su prima, lloriqueó hasta que logró que su padre le llevara a caballito. Diego saltaba entre los pinos y todos disfrutamos del agua cristalina de los riachuelos, del fresco aire serrano, de los líquenes que atrapaban a los pinos, de las suntuosas piedras que nos indicaban por donde ir… ¡Qué maravillosa es la sierra!


jueves, marzo 29, 2007

E-mails turbadores

Esta mañana vengo contenta a trabajar. Sobre todo porque solo me quedan dos días para irme de vacaciones y olvidarme de todo lo que se refiere al ámbito laboral. Según llego, enciendo el ordenador y hago un repaso a todos los e-mails de mi correo electrónico. Elimino los spams y empiezo a abrir el resto. "Huy, qué gracioso es este de la DGT", pienso y rápidamente se lo reenvío a unos cuantos amigos. Al cabo de unos minutos, recibo la contestación de mi amigo XJ (pongo estas siglas para proteger su identidad) y me quedo petrificada.

XJ: Mi mujer me ha dejado. ¿Conoces a alguna buena chica que me quiera consolar?
EPT (o sea, yo por si alguien lo duda): ¿Lo dices en serio? O me estás tomando el pelo. Como me lo has dicho de sopetón me has dejado helada.
XJ: Así como te lo digo, amiga. Me ha dejado y se está follando a un superguay desde antes que me abandonara. Desde hace un mes estoy en un apartamento e intento tirar “palante” con todas mis fuerzas. ¿Son todas las tías unas putas? O bien, la pregunta sería: ¿Por qué siendo tan putas, aún no me he comprado una escopeta?
EPT: Vaya, no sabes cómo lo siento. No sé si todas las tías son unas putas (por lo menos yo conozco a unas cuantas que no lo son y me incluyo en el lote), pero que te dejen así es una cabronada. Cuenta conmigo para lo que necesites. Aguanta la tentación del rifle, que al final te joden a ti. Yo también tengo ganas de comprar uno para liquidar a cierto impresentable de mi trabajo, pero hay que resistir...
Si te parece bien, te llamo por teléfono y hablamos.
XJ: Claro que sí, sabes que tú siempre eres bien recibida.

La semana pasada, en cambio, recibí un correo que me produjo insomnio nocturno. El título del e-mail era “Ladrillos” y supuse que eran chistes sobre albañiles. Me equivoqué.

“Emma: Tengo un palet entero de ladrillos. Si los quieres, dímelo. Pero necesito una contestación rápidamente. Se me ocurre que tal vez puedas hacer algo con ellos en Guadarrama: una caseta, un armario… Espero tu contestación. Besos”

Y estuve toda la noche dándole vueltas a los ladrillos, calibrando qué hacer con ellos, qué obra de arte podría perpetrar, pero al final opté por rechazar el original regalo. Aunque, J, mil gracias.

miércoles, marzo 28, 2007

Dulces sueños

Noche de insomnio. Alonso ronca como un guerrero de Termópilas, Diego oculta sus sueños bajo el edredón y Álvaro gira por la cama como si estuviera buscando un tesoro escondido. "Me los voy a comer", pienso según admiro sus dulces sueños y en ese momento siento un instante de felicidad, de tranquilidad. Me apetece parar el tiempo y conservar esa imagen de mis hombres recuperando las fuerzas perdidas. Les beso con cautela para no perturbarles y bajo al cuarto de estar. Después de mucho pensarlo me decido por "Elsa y Fred", una película española que me ha prestado Manuel, un compañero de trabajo. La elección ha sido perfecta y disfruto en la oscuridad del fantástico film. A las cuatro, me obligo a ir a la cama y, antes de dejarme seducir por los brazos de Morfeo, vuelvo a admirar la fase onírica de mis hombres. Soy feliz.

lunes, marzo 26, 2007

Descanso dominical

–¿Qué tal el fin de semana? ¿Has descansado? –me pregunta una compañera al ver como me dejo caer sobre mi silla.
–Sí, no ha estado mal –contesto como una autómata.
Pero ahora que lo pienso, miento vilmente.
El viernes, gracias a mi adorado y amado jefe, no trabajé. Así que exprimí los minutos para hacer mil cosas y a última hora fui a recoger a los niños al cole. Tocaba piscina y se vino con nosotros Daniel. Tras los chapuzones llegaron los juegos en casa, la cena, las palomitas… Y a las nueve y media recogieron a Daniel. Me senté para descansar y Juan Fran me miró un poco perplejo.
–Emma, ¿no tenías hoy cena con tus amigas? –preguntó con intriga.
–Anda, se me había olvidado...
Salté del sofá, redecoré con poco estilo mi cara y me lancé al coche. La cita era en un restaurante griego en la calle Orense. Llegué veinte minutos tarde, pero llegué. La cena transcurrió con nuestras risas y críticas habituales. Una vez pagada la cuenta (invitamos a Blanca porque el jueves es su cumpleaños), salimos a la calle en busca de un local para tomar una copa. La oferta era de lo más variopinta: “Sensaciones”, antro sexual al que declinamos entrar, otro bar de nombre desconocido por cuya cristalera observamos a cuatro tipos con cara de salidos y, por supuesto, también nos negamos a beber allí el gin tonic… Después de veinte minutos calle arriba y calle abajo, descubrimos el típico bareto de barrio. Inspeccionamos desde fuera y Blanca nos animó:
–Aquí parece que hay gente normal. Venga, vamos dentro.
El espectáculo era “súper normal”: un perro pastor alemán daba vueltas por el local. De vez en cuando, abría la puerta y salía al jardín a hacer sus necesidades junto a unos tipos que como mínimo se estaban metiendo una raya. El dueño del perro, un alcohólico, le azuzaba para que ladrara y escuchásemos sus ladridos de fondo. En la barra, destacaba un sucio moderno con el pelo grasiento, un mendigo (por lo menos tenía esa apariencia) que se acercó varias veces a nuestra mesa para retirar las botellas de tónica, y, entre medias, algún que otro pijo.
Entre los veinte minutos paseando, las copas y el local “normal” no pudimos contener la risa histérica. Y he de confesar que al final le cogimos cariño al bareto de barrio.
El sábado nos plantamos a comer en casa de mi hermano Roberto, que decidió no complicarse la vida y traer unos pollos de “Casa Mingo”. Manuela, aprovechando que su padre no estaba, se tropezó con un escalón y se magulló toda la cara. Hecho que aprovechó mi hermano para gritarnos y espetar a Virginia que era una mala madre y yo una mala tía (¡lo que hay que oír!).
A las cinco los niños salieron con diversos juguetes con ruedas a la calle: triciclos, coches, andadores… y compitieron como locos lanzándose por el asfalto desierto de coches.
Volvimos con nuestras fierecillas. Esa noche Isabel y Carlos habían organizado una fiesta por su reciente boda. Así que en cuanto aparecieron mis suegros por casa me metí en el baño para redecorarme de nuevo. Y esta vez sí que conseguí ponerme divina (¡ay, qué modesta soy!), aunque mi Alonso refunfuñaba porque no podría ver el partido de España-Dinamarca (¡cuánto sufres, amor!).
Sebastián, agotado tras su viaje por EEUU, y Sandra pasaron a buscarnos a las nueve y cuarto. El Tom-tom (el Gps) se emocionó cuando nos vio entrar y no paró de hablar durante todo el camino. Lo mejor es que Sebastián no le hacía mucho caso y el pobre tom-tom no hacía más que reconfigurar el camino para llegar al lugar de destino y aguantó la tentación tecnológica de insultarnos.
La fiesta era en el Suite Café. Allí nos esperaban Paloma y Raúl. Por una vez, he de decir que el regalo le encantó a Isabel (en la despedida de soltera le llevamos a un espectáculo de magia y le horrorizó), así que respiramos tranquilos y empezamos a zampar los canapés del cóctel y a beber las cervezas y las copas.
El domingo, por suerte, mis suegros se llevaron a los niños por la mañana al parque y aprovechamos para batallar contra la leve resaca con unas cuantas horas más de sueño. Y por la tarde, nuestro tradicional paseo con niños, patines y merienda por la vía peatonal cercana al colegio.
Hoy he vuelto a trabajar, me he conectado los cascos y cuando nadie me ve cierro los ojos e intento recuperar energías. Pero vamos, el fin de semana ha sido tranquilo.

miércoles, marzo 21, 2007

El bautizo de Cayetana



Y el sábado fue el gran día de Cayetana, su bautizo. Y, por qué negarlo, también mi gran día porque era nombrada madrina de mi sobrina.
Así que los nervios rondaban por la casa desde primera hora de la mañana. Los niños ajenos al bullicio matutino, salieron al jardín y jugaron a piratas, a Fernando Alonso y a todo lo que se les pasaba por la cabeza. Alonso se fue a comprar algún detallito que faltaba. Y yo me encerré en el baño para acicalarme e intentar lucir mi belleza. Tinte de pelo, mascarilla revitalizante, toallitas Comodine para mejorar el color pálido de mi cara… Vamos, que en un pispás monté un salón de belleza. De vez en cuando, me asomaba a la ventana para comprobar como jugaban Diego y Álvaro.

De pronto el silencio rodeó la casa, me asomé asustada y vi como los niños habían sacado su mesita, sus sillas, el mantel y se habían preparado un aperitivo con patatas y doritos. Pensé en bajar corriendo y comérmelos a besos, pero aguanté la tentación y admiré como disfrutaban de su ágape.
A las dos comimos y al cabo de una hora empezamos a arreglarnos. ¡Qué elegantes iban mis niños vestidos de verde! (y menos mal… con el pastón que me he gastado). ¡Ay, y qué bien iba mi Alonso con su corbata verde que combinaba con los colores de los niños! En fin, que ellos iban divinos y yo desentonaba un poco con los kilillos de más (fuerza de voluntad, ¿dónde te has escondido?).
A las cuatro y cuarto, partimos hacia la Florida. Al ratito llegaron todos los asistentes al bautizo y mi divina ahijada con el faldón de cristianar con el que se ha bautizado toda la familia. Entraron todos en la iglesia, salvo Cayetana, sus padres y los padrinos (Javier, el abuelo, y yo). El cura presentó a la niña y nos preguntó si queríamos bautizarla. Tras asentir, recorrimos el pasillo de la iglesia hasta el altar y comenzó el bautizo. Diego, primo de Cayetana y cristiano confeso, leyó una lectura (la de los gálatas). Su voz se escuchó en toda la iglesia, pero no hubo forma de verle porque el atril superaba su estatura. Leyó con aplomo, con entonación, con entusiasmo… Una maravilla y, claro, a mí se me caía la baba. Mientras, Álvaro y Manuela revoloteaban a nuestro alrededor sin entender por qué ellos no eran los protagonistas.



Tras la celebración eclesiástica nos fuimos a la casa de los padres de Virginia, donde se iba a servir el cóctel. La entrada estaba decorada con globos y, en el hall, nos recibía una enorme cigüeña de papel maché y más globos multicolores con formas de chupete, pájaro… Y el jardín estaba plagado de grandes molinillos que se movían con la suave brisa de la tarde primaveral.
El destacamento infantil invadió y se apropió del enorme jardín y la zona de los columpios y las casitas de niños. A cada uno de ellos les dieron una caja repleta de chuches, medias noches y sándwich… Se crearon dos grupos: el de las niñas con vocación de princesas y el de los bestias donde, por supuesto, estaban Diego, Álvaro, Manuela y Rocío que basaron sus juegos en escalar al tejado de la caseta y chutar el balón.
El resto, los adultos, se fue sentando en las mesas y los camareros giraron alrededor de ellas con bandejas repletas de caviar, foie, gambas rebozadas, rollitos de salmón… Y, para facilitar la digestión, champán, gin-tonics, coca-colas… Las conversaciones se sucedían, los saludos y las risas.
Todo fue perfecto, todos íbamos guapísimos y todos disfrutamos del bautizo.



PD: Las imágenes del post son las nuestras, en breve volcaré las oficiales que hicieron los fotógrafos del evento.

martes, marzo 20, 2007

Volta Peña Tojo

Nada más despertarme me he planificado la mañana. Primero, cambiar el interruptor que rompió Álvaro. Segundo, colgar tres cuadros (dos hechos por Álvaro y uno por mí que, falsa modestia, me ha quedado ideal) y, por último, seleccionar las fotos del bautizo de Cayetana y escribir el post. Animada, he despedido a mis hijos al irse hacia el colegio y he cogido la caja de herramientas y los útiles necesarios para la sustitución del interruptor.
Una vez decidida y analizada la escena de actuación, he subido y he quitado los plomos (¡ay, qué responsable soy!). He bajado, he desmontado el interruptor y para mi sorpresa he comprobado que el nuevo se diferenciaba bastante del antiguo. "Seguro que no me cuesta montarlo", he pensado con un optimismo desbordante. Tras varias manipulaciones he dado el trabajo por finalizado. Vuelta a subir, elevo los plomos, bajo y compruebo que no se enciende ninguna luz. "¡Mierda!", le exclamo a Lucas que me observa con atención. Subo, bajo los plomos y vuelvo a desmontar el interruptor. A los quince minutos, vuelvo a subir (¡menuda maratón de escalones!), elevo los plomos, bajo y descubro que sólo se enciende una luz. Por quinta vez, subo, quito los plomos... y ya de mala leche remuevo los cables. Subo, elevo los plomos y, para mi sorpresa y desesperación, veo como está encendida la luz de la despensa, pero al apagarla se enciende la del trastero y, lo peor es que no hay forma de que se apaguen las dos luces a la vez. ¡Siempre se queda una encendida! Subo, bajo los plomos, y me arrastró otra vez más, agotada y derrengada, hasta el jodido interruptor. "Tú no me vas a dominar", le espetó con sudores en la frente. Y al final lo solucioné. Mal, pero lo solucioné (ahora las dos luces se encienden con un solo interruptor), y no colgué los cuadros, y no escribí el post del bautizo y llegué tarde a trabajar, y encima no me dio tiempo a ducharme... Y aquí estoy oliendo a tigre y conectada a internet buscando información sobre cómo se instala un interruptor doble... Porque al final lo conseguiré, faltaría más.

PD. Para quien no lo sepa, Volta fue el inventor de la electricidad, de ahí mi gracieta en el título. ¡Pero qué divertida soy!

lunes, marzo 19, 2007

Gritos automovilísticos

Otro viernes sin trabajar y con mil cosas que hacer: comprar los zapatos de Diego, la corbata de mi amado Alonso, una ampolla revitalizante para intentar mejorar para mañana, día del bautizo de mi ahijada Cayetana, mi desastrosa cara; enmarcar el regalo de Roberto … Los nervios me lanzan a la calle y poco a poco voy resolviendo mis problemillas.
Por la tarde voy a recoger a los niños al cole.
–Mamá, ¿me puedo ir a casa de Alejandro? –preguntó Diego según salió de clase.
–No, Diego, hoy vamos a la piscina. Además, Daniel se viene con nosotros. ¿Te parece bien? –expliqué mientras les daba la merienda.
–Está bien, mamá.
Llegué a la piscina con las tres fierecillas –Diego, Daniel y Álvaro– y Ana se acercó para ayudarme. Cuando empezaron a chapotear en el agua, respiré tranquila y al cabo de quince minutos aproveché el momento de calma para fumarme un cigarro. Después de dos caladas, lo apagué a toda velocidad. Chus, la monitora de Álvaro, me llamaba a través de la cristalera. Corrí por la piscina.
–Tranquila, Emma, es que Álvaro ha devuelto la merienda encima de otra niña y será mejor que deje de nadar.
Arropé a mi niño, lo duché y retiré su devuelto.
–Cielo, vamos al vestuario para vestirte, campeón –le dije.
–No, mamá, yo quiero volver a nadar.
Por suerte, en ese momento empezaron a salir el resto de sus compañeros de la piscina y Álvaro desistió en su intento.
Mi ataque de nervios sucedió al volver a casa. Las fierecillas iban sentadas en el asiento de atrás con sus cinturones. Llegué a casa y me puse aparcar. Los niños aprovecharon las maniobras para desabrochar los cinturones y asomarse por la ventanilla. Mis gritos se empezaron a oír por todo el vecindario. José Luis, mi vecino, apareció en escena. Me decía algo pero no le escuchaba. Así que tiré del freno de mano y salí para hablar con él.
–José Luis, qué me decías. –pregunté con intriga.
–Nada, te estaba diciendo que… Dios mío, Emma, que tu coche se está yendo para atrás.
Miré aterrada y vi como el coche se desplazaba con los tres niños metidos dentro.
José Luis empezó a sujetar el coche por detrás, yo me colé por la puerta e intenté tirar más del freno de mano, pero no tenía fuerzas. Sentí como el Focus se chocaba con el coche de detrás, el de José Luis; los niños gritaban; yo, atacada, puse mi mano sobre un pedal. Mierda, éste es el embrague. Por fin, presioné con mi mano el pedal del freno y el vehículo se paró.
–Niños, salid del coche –grité como una loca.
Y por una vez me hicieron caso a la primera. Como una contorsionista, me introduje en el coche mientras mi mano seguía presionando el pedal del freno y logré tirar un poco más del freno de mano.
Al bajar contemplé el desastre. El coche de José Luis estaba subido a la acera y mi coche lo presionaba con fuerza.
–Ay, perdona, ay, ay –sollocé mientras otra vez más me metía en el coche, arrancaba, lo aparcaba y tiraba con una fuerza sobrehumana del freno de mano.
Salí acalorada y avergonzada por el espectáculo. Los niños aplaudían por la aventura y José Luis comprobaba si había daños en su coche.
–Tranquila, Emma, no le has hecho nada al vehículo –comentó José Luis sacando las llaves de su coche para bajarlo de la acera y aparcarlo correctamente.
Entre con mis fierecillas a casa, les lancé al jardín y refresqué mi disgusto con una coca-cola light.
"¡Y cómo se lo cuento a Alonso!, ¡me va a matar!", pensé entre sorbo y sorbo.

domingo, marzo 11, 2007

Disney, fútbol y verdades como puños

—Venga, chicos, daros prisa que vamos en metro. —rogué mientras terminaban de merendar.
—¿En tren? —preguntó Álvaro.
—Sí —contesté para calmarle (con lo terco que es si insisto en que se llama metro y no tren es capaz de ponerse a llorar).
Lo de unirse a las masas es horroroso. El metro a esa hora iba plagado de gente y temí que Álvaro se quedara sin oxígeno o se perdiera entre tanta muchedumbre. Por suerte, un chaval joven se levantó y nos cedió su asiento al ver mi cara de desesperación.
Llegamos al nuevo Palacio de los Deportes y nos sentamos junto a Sandra y sus hijos Lucía y Jorge. A mitad del espectáculo de “Princesas sobre hielo”, de Disney, noté como Diego se tumbaba en el asiento y miraba de reojo a los patinadores.
Salí dispuesta a tomar un taxi y no volver a juntarme con las masas, pero mis niños insistieron e imploraron que volviéramos otra vez en metro. Y una que se deja convencer fácilmente volvió a descender a los túneles de Madrid.
Llegamos a casa agotados. Entre en que el día anterior Manuela celebró su segundo cumpleaños (¡muchas felicidades, preciosa!) y hoy habíamos ido al espectáculo de Disney necesitábamos recargar las pilas.
Alonso aprovechó un momento de soledad con Diego para interrogarle.
—Diego, ¿qué tal lo de los patinadores?
—Papá, no se lo digas a mamá, pero ha sido un rollo... Ese espectáculo sólo sirve para lavar la cabeza a la gente. Hubiera preferido quedarme en casa viendo mis dibujos: Pokémon, Zatch Bell, Naruto...
Oye, el niño tiene gusto, la verdad es que a él lo de las princesas le parecen una mariconez y como a Álvaro no le gusta ir al cine ni ver películas en la tele tampoco se entretuvo mucho, pero aguantó las dos horas. ¡Menos mal que las entradas eran regaladas!
El sábado, tachán, tachán, primer partido de fútbol de Diego contra otro colegio. Yo tenía que trabajar, pero decidí llegar tarde (¡cómo me iba a perder el primer partido de mi primogénito!).
La batalla campal comenzaba a las doce. Diego botaba por nuestra cama desde las ocho de la mañana con los nervios a flor de piel. A las once y media llegamos al campo del colegio y para mi sorpresa comprobé que ya estaban jugando. Histérica me acerqué al entrenador. “Tranquila, Diego juega en el segundo partido”, me explicó Manuel.
En el primer partido ganó el colegio de Diego 8-0. Las expectativas eran optimistas, pero la realidad fue más dura. Los goles empezaron a colarse en nuestra portería, Diego y sus amigos correteaban en grupo alrededor de la pelota, el entrenador gritaba que se separaran, los padres vociferábamos a pleno pulmón... El resultado: 3-7. ¡Y qué bien nos lo pasamos!
Entré en el periódico agotada por el estrés. Me senté e intenté relajarme. A las dos y media apareció Alonso con mis dos retoños en ABC, así que les hice un tour turístico y les enseñé las rotativas, los talleres, la redacción...
—Mamá, cómo mola tu cole —dijo Diego —. Lo que más me ha gustado es la cafetería. ¡Qué suerte! Tenéis coca-colas, patatas, ganchitos... Jo, en nuestro cole no hay esas máquinas tan chulas.
Diego, el gran futbolista, decidió que había que celebrar su primer partido y que debíamos ir al Mc Donald`s (¡qué juerga!). Zampamos unas hamburguesas y volví a trabajar.
Por la tarde, (¿he contado que llevo fatal la dieta?) hice con Álvaro un bizcocho de limón y leche frita (súper dietético y digestivo).
El domingo, en mitad de la comida, Álvaro hundió a Alonso en la miseria.
—Papá, sé que eres mi padre, pero no te quiero. —declaró mientras comía los macarrones.
—Emma —dijo Alonso fulminándome con la mirada—, olvídate de tener un tercero. Corremos el riesgo de que salga peor que Álvaro...

miércoles, marzo 07, 2007

Cumpleaños y amigos

Me rió de mi fase antisocial. El viernes nos invitó a mi abuela Mary a su casa para celebrar su cumpleaños. La convención de primos se alargó hasta las dos y media de la mañana y no solo comimos de maravilla, como es habitual chez Mary, sino que además reímos y rememoramos nuestras andanzas y viejas leyendas urbanas (todo lo que se comentó sobre mí era mentira, pero si así son felices…). A la mañana siguiente llamé para felicitar a mi abuela por el éxito de su fiesta y me mintió. Su frase final la delató
–Ay, Emma, qué pena que el niño de María se pusiera malo. Podríamos habernos quedado más rato. –explicó con voz compungida.
–Abuela, si ya eran más de las dos y media de la mañana… –contesté un poco sorprendida.
Pero me mintió. Al cabo de unos días hablé con María y me relató como la abuela estuvo a punto de irse a la cama porque nosotras no parábamos de cotorrear y ya estaba cansada. Sí, es cierto, se fueron todos los primos salvo nosotras y nuestros respectivos y entre copa y copa, comentario y comentario, no nos percatamos de cómo se iban deslizando las agujas del reloj.
El sábado aprovechamos para vivir al estilo familia telerín. Por la mañana, periódicos, juegos y aperitivo. Y por la tarde, un placentero paseo por la zona peatonal cercana a casa con patines, pelota y nuestras fierecillas.
El domingo, más vida social. Nos sentamos a tomar el aperitivo en el Arturo Soria Plaza con Esther y Cipri mientras los niños jugaban por el parque. Comimos en el Chicago´s (fantástico restaurante porque a las dos actúa un mago y los niños se quedan totalmente abducidos). Diego quería irse a casa de Jorge, Jorge a casa de Diego, Marta también se apuntaba al bombardeo y, como es habitual, Álvaro sólo quería estar conmigo. A duras penas separamos a los amigos inseparables y nos fuimos a ver a Montse y Escuer. Entramos en el búnker. Las persianas bajadas, las puertas cerradas… Pero como éramos multitud decidieron que corriera el aire y dejaron que la luz se colara por las ventanas. Pensé que nos iban a adjudicar a cada uno un bate de béisbol para golpear a quien osara colarse en la mansión, pero tampoco era para tanto (oye, aunque a mí me hubiera hecho ilusión). Escuer, que aún está en fase de mentalización ante su futura paternidad, intentó relajarse con los niños, pero todavía tiene mucho que aprender (ay, amigo, ¡lo que vas a sufrir con tus dos retoños!).
De nuevo en casa, coloqué a mis niños sus delantales y sus gorros de cocina y preparamos un delicioso puding (se me quemó un poco el caramelo, ¡cachis!). Duchas, baños y niños, a la cama.
Me senté agotada, como todo los domingos, y los nervios se me ataron al estómago. Claro, los lunes tengo que ir a trabajar y ver a mi jefe y aguantar mi ira… ¿Por qué no seré rica?

martes, febrero 27, 2007

lunes, febrero 26, 2007

¿Fase antisocial?

Enero y febrero son mis meses más antisociales. Será por la saturación de fiestas y cenas navideñas o por el frío y desapacible invierno. No sé. Sin embargo, que mi Alonso parta de viaje es explotado por todos los miembros de mi familia.
El viernes, como todos lo que libro, le tocó el turno a Diego e invitó a Alejandro y David a casa. El cuarto de estar terminó plagado de palomitas y regado de risas y buen humor. Me animó tanto que al final decidí organizar una cena el sábado. Mandé un mensaje a mis chicas del colegio: “Mañana cena de mujeres en casa. Os espero a las 10”.
El sábado salté de la cama a toda velocidad. Diego tenía piscina. Cuando vi a Cristina, la profe de natación de mis retoños, le comenté que el domingo la iba a echar de menos ya que es el único día que me libro de ir a la piscina. Volvimos a casa, recogimos y nos fuimos corriendo a casa de mi hermano. A las dos acudimos a la Sexta Avenida para comer en Gino’s. Una hora después conseguimos mesa. Los niños estaban muertos de hambre: Manuela deslizaba sus manos nerviosamente por su cara reclamando sus espaguetis, Diego lloraba y suplicaba que le trajeran la pizza y Álvaro escondía su llanto de estómago vacío bajo el mantel. Mientras, Cayetana dormía plácidamente en su sillita. Por fin, después de media hora llegó la anhelada comida y zamparon a una velocidad inusitada. “A partir de ahora voy a dar de comer a Manuela dos horas más tarde para que se coma todo”, comentó Virginia una vez que los ánimos se habían calmado. Después, un ratito al parque y vuelta a casa para organizar la cena.
Fallé. Dejé a mis peques ver un poco la tele para preparar la tarta tatín y en cuestión de segundos Álvaro se durmió. No, grité desesperada. Intenté espabilarlo, pero no hubo forma. Rendida le puse el pijama, le subí a la cama y le di un biberón entre sueño y sueño. Mañana se despertará a las seis y media, pensé horrorizada.
Las invitadas llegaron a su hora (bueno, veinte minutos tarde pero conociendo a Blanca veinte minutos es ser puntual) y plagadas de regalos para los niños.
Diego ejerció de camarero y justo cuando se iba a dormir apareció Álvaro con cara somnolienta y perplejo por la ebullición que se vivía en el salón. Para ellos fue como un día de reyes: abrieron sus regalos, jugaron tranquilamente y aguantaron hasta la una de la mañana.
Nosotras alargamos la velada hasta las cuatro. Zampamos y elogiaron mis delicias culinarias, bebimos un refrescante vino, hablamos, comentamos, rumoreamos, criticamos, reímos y brindamos.
El domingo amanecí a las once de la mañana rodeada de mis churumbeles. Hoy, de dominguers, les sugerí al oído. Y ellos felices. Sacaron de nuevo sus juguetes, sus pinturas y dejaron que las horas pasaran sigilosamente. Abrí la nevera y me espanté al ver toda la comida que había sobrado. Hallé la solución. “Mamá, os invito a comer restos”, ordené desesperada. A las tres aparecieron mi madre y mi abuela con el babero atado al cuello. Mi abuela no se fue muy contenta. A mí esta comida tan moderna no me convence, comentó con una sinceridad aplastante. Pues yo me he comido de maravilla, dijo mi madre con gran educación. Y como dice el refrán “indio comido, indio ido”. Así que mis retoños y yo dormimos una reparadora siesta con la película “Cars” como banda onírica. Qué maravilloso y agotador fin de semana… Y eso que estoy en mi fase antisocial.

viernes, febrero 23, 2007

Gordas, negras y asquerosas

Ellas conocen nuestros hábitos, nuestras costumbres y están pendientes de cada miembro del hogar. Anoche percibieron que Alonso no estaba en casa y asomaron la cabeza por el sumidero del baño. Mientras tanto, Diego hacía sus deberes, Álvaro dibujaba en una hoja y yo batallaba con la cena. En ese momento, decidieron atacarnos.
–Chicos, iros quitando la ropa, colocadla en el cesto de la ropa sucia que ahora mismo bajo. Diego, hoy te duchas tú primero. Abre el grifo para que se caliente el agua –ordené desde la cocina.Al instante oí los gritos de Diego.
–¡Mamá, hay dos cucarachas en la ducha! Corre, baja.
Troté por las escaleras gritando “¡no puede ser, no puede ser!”.
Álvaro me esperaba en el último escalón.
–¡Qué asco, mamá! Hay dos cucarachas –dijo abrazándose a mi pierna.
Asomé la cabeza por la ducha y comprobé la cruda realidad. Dos gordas, asquerosas y negras cucarachas descansaban en el plato de la ducha. Ninguna se movía.
–Bueno, chicos, parece que están muertas –expliqué cogiendo un metro de papel higiénico para retirarlas.
Mi sorpresa fue cuando al recoger una gorda, asquerosa y negra cucaracha empezó la otra gorda, negra y asquerosa cucaracha a correr la maratón. Cerré las puertas de la ducha y grité.
–¡Y ahora, ¿qué hacemos?!
–Mamá, pues tendremos que matarla –dijo Diego con tono de mafioso a sueldo.
–Sí, mátala –suplicó Álvaro.
–No, no puedo. Me dan un asco terrible. La dejamos ahí encerrada y esperamos una semana hasta que venga papá y la mate. O puede que a Ana no le dé miedo y mañana la acribillé. –expliqué toda convencida.
Diego me miró con cara de desilusión, salió del baño y volvió con su zapato del colegio.
–Mamá, retírate, voy a aniquilar a esa negra y sucia cucaracha.
Álvaro se acercó a su hermano para ayudarle y yo me alejé de ellos.
SCRASCROPPUF, SCRASCROPPUF
oí según Diego reventaba a la cucaracha.
–Problema solucionado, mamá. Ahora tú la recoges. –ordenó con tono de Al Capone.
Cogí otro metro de papel higiénico y me acerqué hasta el escenario del crimen. Las vísceras de la cucaracha estaban esparcidas junto con trozos de caparazón negro. Una antena de la negra y asquerosa cucaracha aún se movía y la otra se había desintegrado tras la matanza. Entre arcadas cumplí mi misión: limpié y desinfecté. Y con lágrimas en los ojos abracé a mis valientes y heroicos mafiosos.

miércoles, febrero 21, 2007

Amor lejano

Ay, cuánto echo de menos a mi amor. Él allí en Colombia sufriendo los calores tropicales, las picaduras de los gigantescos mosquitos que habitan en la selva, refrescando los sudores con algún mojito… ¡Pobriño mi niño!
En cambio, yo me levanto tranquilamente a las siete y media de la mañana, me ducho en cinco minutos, preparo los desayunos, despierto a mis tesoros, los visto a toda velocidad, salimos escopetados a las 8,45 a la piscina Natación Jiménez, desvisto a Álvaro, le pongo el bañador (durante 24 días tiene quince minutos diarios de cursillo acelerado, que sobre todo me acelera a mí), me relajo los quince minutos que él se sumerge en el agua y aprovecho para repasar la tablas de multiplicar con Diego; seco a Álvaro, le vuelvo a vestir, “corred chicos que llegamos tarde al cole”, les ato los cinturones de seguridad, acelero, llegó cinco minutos tarde, besos, “portaros bien, os quiero”. Corro a enmarcar los cuadros que me ha regalado mi madre, sacar dinero y concederme el capricho de unos moldes de silicona para hacer magdalenas. Ay, esta tarde Álvaro tiene el cumpleaños de Cristina que no se me olvide comprar el regalo: un parchís de caracoles en Imaginarium. De paso, en Supercor compro el aceite para la freidora. Llegó a trabajar agotada (¡cómo se me ocurre ir hoy con tacones!). En la entrada me recibe una comisión europea antitabaco que está midiendo los niveles de monóxido de carbono. Soplo por el “alcoholímetro”. Resultado: 22. No tengo tiempo para preocuparme. Enciendo el ordenador. El trabajo se amontona, día de cierre, pero no me estreso. A las tres, reunión con la tutora de Álvaro que me confirma que es un travieso, así que no puedo comer. Vuelvo al periódico. A las cinco llamo a Ana. “Vete con Diego a la peluquería, ahora mismo voy yo”. Atasco. Diego está guapísimo. "Corre, tenemos que ir a recoger a Álvaro al cumpleaños". Convención de madres. Saludo lo justo y necesario. Les regalan a los peques unas cajas de cereales. ¡Dios mío, tienen frutos secos!. Se las quito. Álvaro llora, aún no entiende que le dan alergia. Le engaño con una chuchería. Niños, al coche. Ato los cinturones. A las ocho entramos en casa. A las nueve los peques están duchados, cenados (me ha dado tiempo a rellenar la freidora de aceite, qué suerte) y dientes limpios. Lectura de cuentos. “A dormir, os quiero”. Diez de la noche. Qué estrés lo de ser serieadicta. Hoy me toca “Anatomía de Grey”. Diego se cuela en el cuarto de estar. “Mamá, ¿me puedo quedar un ratito contigo”. “Sólo hasta las diez y cuarto, Diego, que mañana tenemos piscina”. Las once. Pico algo de la nevera y mando a tomar viento fresco el régimen. Por cierto, aún no he escrito en el blog. Las dos, me voy a dormir, mañana suena el despertador a las siete y cuarto. ¡Cuánto echo de menos a mi amor!

Y Pedro Navaja puñal en mano...

Al leer el correo de Escuer, el padrino de Álvaro, reí. Sobre todo porque pensé que era un e-mail chistoso, como los cien miel que recorren la red. Pero no, era cierto.

Buenas. He llegado hace un ratito. Ayer entró un drogata en casa y he tenido que ir esta mañana a Valdemoro a un juicio rápido, tan rápido que el menda ha venido conmigo en el tren y me ha amenazado enseñándome una navaja. Me he tenido que refugiar en la cabina del conductor. He tenido que oír de la señora fiscal por videoconferencia -estaba en la Plaza de Castilla- que no había sido un robo con fuerza porque lo sustraído (que se recuperó por la Guardia Civil) era de poca cuantía (un móvil de mi suegra y un radiocasete). Por lo que el pobre toxicómano con 49 detenciones en el último año y 3 en el último mes ha salido del juzgado número 1 de Valdemoro 5 minutos después que yo. ¡Esto es JUSTICIA! En fin, por lo demás, bien.

Y el problema es que no era la primera vez. Antes de verano tuvieron otro incidente. Y Montse, su mujer, se siente como una presa –actualmente está de baja porque tiene que guardar reposo absoluto–. Todo el día recluida en su habitación con el móvil colgado del cuello, las alarmas conectadas y todas las persianas de casa, salvo la de su cuarto, cerradas a cal y canto. “Imagínate, Emma –empezó a explicarme –ahora tengo que bajar a calentar la comida y debo ir a toda velocidad para desconectar la alarma, prepararme la bandeja, conectar de nuevo la alarma y subir otra vez a mi habitación. Y como escuche el más mínimo ruido me encierro en mi baño y llamó desde el móvil a la Guardia Civil”.
En mitad de la noche me he acordado de ellos. Será el “síndrome simpatía” que denomina Escuer y no es para menos. Alonso, cosa rara, está de viaje por Colombia. Y yo sola en el Olimpo al cuidado de mis peques y encerrados en el búnker. Por primera vez he bajado todas las persianas de casa, he cerrado las puertas con llave y, no vaya a ser que corten la línea telefónica, me he colgado el móvil del cuello. Aunque en mi caso estas estrategias sirven de poco porque si algún drogata o ladrón se cuela en casa mientras duermo puede bailar una sardana que seguro que no le oigo.

lunes, febrero 12, 2007

Diego, 7 años

Anécdota 1
El viernes es el día sagrado y social de Diego. Él decide qué cenar, tiene palomitas, elige película y algún amigo suyo viene a casa. El pasado viernes el invitado fue su amigo Daniel.
—Bueno, chicos, ¿a qué queréis jugar?— pregunté para aclararles que no pensaba ponerles la tele.
Ambos se miraron, sonrieron y gritaron al unísono: “¡Al ajedrez!”.
Tardé unos segundos en reaccionar (no es normal que unos micos de siete años estén enloquecidos con el ajedrez), pero rápidamente saqué el tablero y les dejé relajadamente jugar su partida.
A la hora oí como caían todas las piezas al suelo. Elemental, Diego le había comido la Reina a Daniel y el espíritu perdedor aún no está muy activo en ellos.

Anécdota 2
El sábado Diego empezó a reír al ver que Juan Fran y yo nos dábamos un beso.
—¿De qué te ríes, Diego?
—Nada, mamá, que me hace gracia.
—Pues tendrías que estar contento. Hay padres que no se besan, que no se quieren y al final se separan.
—Eso ya lo sé.
—¿Te acuerdas de Carla, la vecina?
—Sí.
—Pues sus padres se separaron.
—¡Qué me dices! —exclamó Diego con cara de sorpresa— ¿Y por eso vendieron la casa?
—Sí.
—¡Qué me dices!
Aguanté la risa.
—Oye, Diego, ¿en tu clase no hay ningún niño con padres separados?
—No, mamá. Bueno, Enrique Trufero no tiene madre.
—¿Qué ocurrió?
—Pues que su madre murió y ahora vive con su padre.
—¿Y tú cómo lo sabes?, ¿te lo ha contado él?
—No, mamá, he oído rumores.

¡Clavadito a su madre! (por lo de los rumores, claro está)

viernes, febrero 09, 2007

El cajetín

–Mamá, ha sucedido algo terrible –dijo Diego nada más subir a la cocina.
–Le miré con cara de preocupación y exclamé.
–¿Qué ha pasado?
–Mamá, no funciona internet, ni imagenio, ni el teléfono… Un drama. –expresó con cara de circunstancia y tono de desesperación.
–Bueno, Diego, no será para tanto. Dile a tu padre que suba a por su bandeja de la cena.
–Mamá, es terrible. –murmuró mientras gritaba a su padre.
Juan Fran subió con rostro de pocos amigos.
–Emma, no tenemos línea telefónica –exclamó con la misma cara que su hijo.
–Bueno, no te preocupes, lo arreglamos después de cenar –dije con ansiedad por tomarme el bocata de jamón que me tocaba esa noche (lo del régimen estresa mucho y cuando puedo comer soy como los drogadictos: sólo pienso en comer).
Bajé, me senté y di un sabroso bocado al bocata. Alonso no se sentó y empezó a revolotear con Diego alrededor del ordenador, de la tele y del teléfono. Después de cinco minutos, grité.
–¡Juan Fran, puedes hacer el favor de sentarte a comer! Te he hecho un delicioso revuelto y se te va quedar frío. Me estáis atacando de los nervios.
–Emma, tú siempre tan tranquila, no te das cuenta de que no funciona nada. –me explicó como si yo no me hubiera enterado del “drama”.
–Por cierto –dije degustando otro bocado–, Álvaro antes de dormirse ha estado toqueteando un cajetín que está en su cuarto.
–¡El cajetín del teléfono! –gritó Alonso con la vena del cuello hinchada.
–Ah, no sé si es del teléfono, pero después de jugar un poco se ha dormido plácidamente.
Alonso abandonó el revuelto, subió los peldaños de la escalera de tres en tres y bajó con la ira en los ojos.
–Emma, ¿te parece normal? (no hay semana que no me haga esta pregunta).
–El qué.
–Que Álvaro nos deje sin línea telefónica.
–Bueno, tampoco lo ha hecho con mala intención.
–Tu hermano Roberto tiene razón, esta casa es la “República independiente de los niños” (Ikea le tiene traumatizado).
Diego resopló tranquilo.
–Papá, menos mal que lo has solucionado –dijo simulando que se quitaba el sudor de la frente.
–Sí, hijo –respondió Alonso con cara de funeral– pero volverá a ocurrir porque, según tu madre, así Álvaro se duerme tranquilamente.
Cogí mi coca-cola light, tomé un largo y refrescante sorbo y decidí cenar sin mirar a mi marido a la cara.

jueves, febrero 01, 2007

Propósitos y nieve

De mis propósitos de principio de año sólo estoy cumpliendo uno: el régimen. Aunque le aplico alguna clausulas de excepción. Es decir, fines de semana y fiestas de guardar están exentas del suplicio de la dieta. Lo del inglés lo he aparcado hasta después de verano. No es por excusarme, pero hasta septiembre no comienza el curso de principiantes y como no me quería estresar con un grupo superior (narices, qué es puro ocio) he decidido aguantar hasta entonces. Y lo de fumar es incompatible con el régimen. Así que ahí ando con mis vicios.
Mis retoños han decidido ayudarme con la dieta y el sábado me arrastraron hasta el Juan Carlos I para patinar. Me hice la loca y les expliqués que se me habían olvidado mis patines, pero, aún así, tuvimos que correr detrás de ellos para que no se rompieran los dientes (sobre todo Diego, que ya no tiene los de leche y el dentista cuesta un dineral).
El domingo, agotada, invité a mi madre y mi abuela a degustar mi sabroso cocido. Entre garbanzo y garbanzo nos ventilamos una botella de vino (del bueno, que lo trajo mi madre y por una vez no estaba picado). El sopor me estaba dominando cuando de pronto sonó la campana. “Emma, soy la madre de Daniel. Había pensado llevarme esta tarde a Daniel y a Diego al cine. ¿Te parece bien?” Asentí rápidamente. Cuando se fueron los invitados y Diego, coloqué la cocina, abracé a Álvaro y le dije: “cielo, ahora tú y yo, mientras papá trabaja un poco, nos vamos a poner una peli”. Al cabo de media hora ambos roncábamos con el sonido de la película de fondo.
El lunes los peques no tenían cole y nosotros tampoco trabajábamos así que metimos el trineo en el coche y nos aventuramos a la Morcuera. Una maravilla. Más nieve que nunca y nadie para darnos la lata. Nos deslizamos por el trineo (yo lo intenté, pero no sé por qué conmigo no podía. Estoy exagerando, que quede claro) y nos lanzamos bolas de nieve. Después de una hora, Álvaro me rogó que fuéramos al coche “hace frío, mamá, es invierno”. Y Diego y Juan Fran pasearon por las blancas montañas.
Al volver, paramos en Manzanares el Real, admiramos el castillo y degustamos un sabroso chuletón guadarrameño (no hace falta explicar que me salté el régimen). El cansancio se reflejaba en la cara de Alonso. Así que lo dejamos en casa para que durmiera su merecida siesta y mis churumbeles y yo nos fuimos a ver a Manuela y Cayetana. Vale, también vimos a Roberto y Virginia, pero sobre todo íbamos a admirar a mis sobrinas (je, je). De camino a casa, recogimos a mi padre que fardó como un loco de la medalla de plata que había conseguido en el Campeonato de España de Natación. Y sin darnos cuenta finalizó nuestro relajante fin de semana.

martes, enero 23, 2007

La estantería

Mi amado Alonso me acompañó un día a Ikea y juró que nunca más volvería.
–Y además de pagar tengo que montar yo las cinco estanterías. ¡Pues menudo negocio! Y encima hemos recorrido tres kilómetros por Ikea. –exclamó mientras metíamos los bártulos en el maletero.
Apacigüé mi mal humor, esperé a que se fuera a trabajar y monté las estanterías para no aguantar sus enfados. Desde entonces ha mantenido su promesa e Ikea es sólo mi territorio.
Después de pintar el cuarto de Álvaro (¡qué mono me ha quedado!), me fui a Ikea y compré una estantería. Tuvo su gracia. Llegué al almacén y cuando cogí el enorme paquete me dio un ataque de risa. Un amable operario se acercó hasta mí pensando que me iba a desmayar por falta de oxígeno en el cerebro y me preguntó si me pasaba algo.
–Bueno, tengo un problema. Quiero comprar esta estantería, pero soy incapaz de cogerla y ponerla en el carro. En cuanto elevo el paquete el carro se desliza y llevo así más de quince minutos.
El amable caballero sacó músculo y depositó la estantería sobre el carro.
–Mil gracias –agradecí al fornido operario.
Pagué y me fui al parking. ¡Dios mío!, pensé, y ahora cómo meto la estantería en el coche. Desesperada encendí un cigarro y esperé hasta que pasó un alma cándida. Puse cara de pena –a las mujeres se nos da genial y siempre funciona – y me acerqué al angelito.
–Ay, disculpa, ¿me podrías ayudar a colocar este paquete en el maletero? Llevo aquí un buen rato y me considero incapaz –supliqué con mi cara de pena.
–Sí, claro, cómo no.
Fui buena y le ayudé.
–Muchísimas gracias. –exclamé con mi cara de santa mujer.
–De nada.
A duras penas cerré el maletero y me fui a trabajar con el coche cargado. Al llegar a casa, Ana me ayudó a sacar la estantería y el viernes a primera hora –aprovechando que gracias a mi "adorado" jefe no trabajaba– me dispuse a montar la obra de ingeniería.
Todo iba bien hasta que me di cuenta de que faltaba un tornillo. ¡Mierda!, grité dándole un sorbo a mi coca-cola light para mitigar los sudores. El drama surgió a los cinco minutos: ¡me faltaban 16 tornillos!
Desesperada llamé a Ikea. La solución fue la temida “lo mejor será que acuda a su centro y allí le facilitarán las piezas que le faltan”.
Cogí le coche y acudí al centro comercial tan odiado por mi marido.
-¿Qué desea? –preguntó un amable dependiente.
–Me faltan muchos tornillos –expliqué conteniendo la risa (¡seguro que se pensó que estaba chalada y que me faltaban un centenar de tornillos).
Volví con mis tornillos y terminé mi estilosa estantería. Oye, que me ha quedado muy mona.
Alonso llegó de Austria, subió al cuarto de Álvaro y no fue capaz de contener la emoción.
-¡Qué maravilla! Si parece un cuarto nuevo. Menuda paliza te has dado.
Si él supiera...
(¿Verdad que me merezco el tercero?)

jueves, enero 18, 2007

Mi ego

Hay días que aunque me levante con ojeras me miro al espejo y me digo “nena, tú vales mucho”. Y no es que vaya de creída, sino que hay veces que incluso tengo razón.
Normalmente esto sucede cuando Alonso está de viaje (ahora trota por el Tirol, Austria, y no vuelve hasta el domingo). En cuanto él desaparece de casa me entra la hiperactividad y me planteo hacer mil cosas. Esta vez he decidido arreglar el cuarto de Álvaro. No estaba muy convencida, pero como hablo por los codos se lo comenté a Ana (la cuidadora de los niños) y para mi sorpresa cuando llegué al mediodía había desmontado todo el cuarto. Decidido, pensé, esta noche me pongo a trabajar. Compré los diversos útiles: masilla para tapar agujeros, pintura, cinta de pintor, rodillos... Los niños se emocionaron al verme con tantos bártulos y se apuntaron a la operación “renove”. A las nueve terminé de tapar todos los agujeros (más de quince). Mientras se secaba la masilla, di de cenar a los peques y batallé para que se durmieran. Con la ilusión de dormir juntos en la misma habitación aguantaron el sueño hasta las once de la noche. Cené tranquilamente y a las doce admiré mi inicio de obra. En principio pensaba pintar al día siguiente, pero como estaba muy espabilada, me dije, si me pongo ahora seguro que termino a las dos de la mañana. Me planté el modeli pintora (pañuelo en el pelo, guantes, pantalón guarro, camiseta de manga larga y unas gafas de hace años) y me metí en faena. Cubrí toda la habitación -cenefa, puertas, enchufes...- con cinta de pintor, me subí a la escalera y empecé a pintar la parte superior de blanco. Terminé a las dos y media de la mañana y aún me faltaba la parte de abajo. Barajé terminar al día siguiente, pero me dio pereza, así que saqué el bote azul y pinté la parte de abajo. Finalicé mi obra de arte a las cuatro de la mañana, coloqué un poco, me fumé el cigarrito de después del esfuerzo y a las cuatro y media me arrastré hasta la cama oliendo a tigre. A las ocho ha sonado el despertador. Me he duchado con mis ojeras, he llevado a los niños al colegio y sin saber de dónde salían mis fuerzas me he ido a hacer la compra a Carrefour. Ahora hago que trabajo y en un par de minutos de voy a Ikea con mis ojeras y repetiré mentalemente “nena, tú vales mucho”

domingo, enero 14, 2007

Domingo laboral

Hay domingos que me levanto de mal humor, sobre todo si mi madre llama a las nueve y media de la mañana. No he cogido el teléfono y he seguido dormitando, pero mi mal humor sí se ha despertado. A las diez y media la he llamado indignada.
-A ver, mamá, qué concepto no has entendido.
-Emma, no sé qué quieres decir. -ha contestado con voz de llevar despierta más de cuatro horas.
-Pues que no sé cómo decirte que no se llama a casa un domingo a las nueve y media de la mañana.
-Eran las diez.
-No, las nueve y cuarenta, pero me da igual.
-Hija, encima que te llamaba para ver si querías que me quedara esta tarde con los niños.
-Pues muchas gracias, pero me podías llamar más tarde para consultarme.
-Quería hablar contigo antes de que te fueras a trabajar.
-Mamá, ¿a qué hora entro yo a trabajar?
-Pues no tengo ni idea.
-Bueno, déjalo, pero que sepas que a mí no se me ocurre llamarte a las tres de la mañana porque yo esté despierta.
-Vale, perdona.
Después de colocar un poco, Alonso ha salido a comprar el periódico. Al minuto estaba de nuevo en casa.
-Emma, está pinchada una rueda del Toyota.
-No.
-Sí.
-Pues me dijo Nieves, la vecina, que hay un gracioso por el barrio que va pinchando ruedas. ¡Maldita sea! La semana pasada el Focus y ahora el Toyota.
-Sí, Emma, de todas formas ayer te llevaste tú el Toyota.
-¿Qué quieres decir? -pregunté con cara de mala leche.
-Nada, era una broma.
-Pues a mí no me hace gracia.
De nuevo, llamé al seguro. Al cabo de unos minutos apareció la grúa y los niños brincaron de emoción.
-¡Qué divertido! -gritaron sorprendidos por nuestra cara de pocos amigos.
Para relajarme un poco preparé una merluza en salsa verde (os recuerdo que hasta mañana no empiezo el régimen y sé que esta vez me va a costar mucho), los niños pintaron un jarrón de cerámica que hicimos la noche anterior y aprovechando la media hora de tranquilidad Alonso y yo tomamos un delicioso aperitivo (ay, cuánto los voy a echar de menos) y ojeamos los periódicos.

viernes, enero 12, 2007

Siempre ellos

Me estoy planteando comprarme una agenda electrónica. Aunque lo que a mí me encanta es mi colección de Moleskines y escribir y garabatear en ellas, nada de tecnología, pero la vida social de mis hijos me supera. Me imagino que irá en los genes, pero no paran. Hoy Diego se ha ido a casa de su amigo David Acasuso y está pendiente de irse el domingo con su amigo Daniel. Álvaro, con solo tres años, tiene copada la semana que viene: el lunes cumpleaños de Diego y el martes de María Alonso. Vale, yo tengo una cena el próximo viernes, pero no es lo mismo. En fin, que voy perdiendo personalidad. En la galería comercial me conocen como la madre de Diego y Álvaro, en el colegio otro tanto de lo mismo y en Navidades Diego recibió casi más mensajes que yo... No soy nadie.

Nuevos propósitos

Cada año nuevo me planteo una serie de propósitos de difícil cumplimiento, pero una que es una optimista se los cree y confía en su fuerza de voluntad. Este año, por ejemplo, me he marcado cuatro retos: adelgazar, aprender inglés, hacer deporte y dejar de fumar. Salvo lo del inglés, el resto son un clásico de mi repertorio. Por ahora voy por buen camino. Ayer acudí a la consulta de mi gordóloga para que la báscula confirmara que estaba gorda (¡como si yo no lo supiera!) y me dieron una dieta nueva. Claro, iba a empezar hoy, pero no es plan. ¡Los regímenes se empiezan los lunes! Así que tengo tres días para despedirme de la buena vida. Ayer cené una deliciosa tortilla de patata y esta noche me preparé algún plato súper calórico para disfrutar de mi vicio gastronómico.
Emocionada por haber ido a la gordóloga, llamé para apuntarme a los cursos de inglés. Así que a partir de la semana que viene los martes y jueves volveré a mi época estudiantil, tomaré apuntes y consultaré mis dudas a Diego.
Lo del deporte es más complejo. A mí lo de ir a un gimnasio para sudar la gota gorda, sofocarme y ver como esbeltas damiselas lucen su cuerpo, me repatea. Lo de correr me agota e ir a nadar me molesta porque luego tengo que secarme el pelo. Después de darle muchas vueltas y tras mi incursión de estas Navidades en el patinaje sobre hielo (sólo patiné dos horas, pero algo es algo), he decidido comprarme unos patines y rodar por las calles de Madrid para amenizar los paseos de los transeúntes y provocar ataques de risa. Lo de los patines también tiene su miga. ¿El línea o en paralelo? En mi época joven, (hace menos de un lustro. Es que hoy estoy positiva) patinaba con unos patines de bota roja con ruedas en paralelo. Ahora todo el mundo patina en línea y mi tendencia a ir a la moda me ha creado este dilema de ruedas. Lo consultaré con la almohada.
El vicio nicotínico, por ahora, lo postergo. Si fumo es por culpa de mi marido o más bien el no quiere ayudarme. Alonso, tú ya sabes que si me quedo embarazada abandono rápidamente el vicio... En fin, no le voy a estresar que va a tener que aguantar mis crisis por estar a dieta, aprender inglés y hacer deporte. Soy una fiera.

martes, enero 09, 2007

Cayetana



Ya va siendo hora de hacer la presentación oficial de mi guapísima ahijada Cayetana, nueva integrante de este blog jocoso y familiar, y admirar lo mona y mayor que está Manuela.

lunes, enero 08, 2007

Vídeo navideño

Fin de fiestas

Antes de que acabara el año decidí sorprender a mi marido. La insistencia de Diego me convenció, “venga, mamá, ven conmigo”. La pereza intentó dominarme, pero al final cedí.
–Está bien, vámonos. –dije con cansancio.
Mi amado esposo me animó como sólo él sabe.
–Emma, tú estás loca. Seguro que te rompes una pierna y no podrás ir a la fiesta de Nochevieja y recuerda que esta noche tenemos cena. Te vas a matar.
Aun así nos fuimos al Palacio de hielo, alquilamos los patines y Diego y yo nos lanzamos a la pista mientras Juan Fran y Álvaro nos admiraban desde la cristalera.
Al salir, Alonso me abrazó emocionado.
–¡Pero si sabes patinar! Lo has hecho fenomenal. –comentó con cara de sorpresa.
Claro, pensé yo, todavía soy capaz de sorprenderte.


Con agujetas y ampollas en los pies nos fuimos a nuestra tradicional cena del día 30 de diciembre con Esther, Cipri y Barroso. Al día siguiente, por suerte, pude descansar un poco y a media tarde nos arreglamos para recibir el nuevo año. Nos fuimos a casa de los suegros de mi hermano. El glamour nos recibió en la entrada: un enorme Papa Noël se balanceaba en el porche, las luces de los renos nos indicaban la entrada y, dentro, un tren de Navidad, varios belenes y cientos de adornos de Navidad nos trasladaron a un mundo fantástico. Los niños estaban emocionados ante tanto espacio.


Diego desapareció rápidamente y se bajó con su hermano a la discoteca para tocar la batería y jugar al futbolín y al billar. El resto disfrutamos de una rica comida y nos peleamos por ver quien tenía más tiempo a Cayetana en sus brazos. En principio, la cena iba a ser tranquila, pero como la marcha corre por nuestras venas, alargamos la fiesta hasta las cinco y media de la madrugada. Álvaro se ganó la nominación de expulsión del año: destrozó los raíles del tren, a punto estuvo de romper una súper vajilla de la abuela de Virginia, su música trompetera despertó a Manuela y el jardín casi pierde toda la iluminación navideña… “El próximo año no nos invitan, Álvaro”, exclamé según nos sentamos en el coche.


El año no empezó muy bien: el día uno trabajé y el dos la grúa se llevó el coche al taller para cambiarle las ruedas (típico en nosotros: se pinchó una rueda y la de repuesto estaba destrozada). El maratón de rey mago fue agotador (sobre todo porque Álvaro pidió una “caca de juguete” que me costó mucho conseguir. ¡Qué ideas tiene mi niño!). Cuando por fin di por zanjado el tema de reyes, me llamaron mis suegros.
–Emma, por cierto, recuerda que tienes que comprar todos nuestros regalos. Luego hacemos cuentas y te los pagamos. –dijo mi suegra desde el otro lado del auricular.
Yo les mato, pensé mientras sacaba de nuevo mi tarjeta de crédito y me lanzaba otra vez a la calle como una loca.
El cinco de enero, cabalgata. Las propuestas que había recibido eran de lo más variopintas: ir a Pozuelo y participar en una carroza, acudir con unos amigos a las tres de la tarde con una escalera a la Castellana para coger sitio y admirar a los Reyes… Al final, me dio el día apático y me fui yo sola con mis niños a la cabalgata del barrio. Una maravilla. Mis alonsitos a gatas recogiendo caramelos y yo ensimismada con las carrozas.
Al llegar a casa preparamos la mesa para sus Majestades reales con champán, turrón, caramelos y mazapán y en el jardín, pan duro, zanahorias y agua para los camellos. Diego y Álvaro estaban histéricos de emoción y, para qué negarlo, yo también estaba histérica de emoción por verles a ellos tan felices y nerviosos.
A las nueve de la mañana bajamos a ver los regalos y mis peques gritaron como locos: ¡se han comido las zanahorias!, ¡y los Reyes se han bebido el vino!, ¡este año se han pasado con los regalos!, ¡Álvaro, mira, te han traído tu carrito de la compra!, ¡y a mí la Nintendo DS!...
La maratón del día seis acabó con las pocas fuerzas que nos quedaban a Alonso y a mí. Éste fue el recorrido: casa de la abuela Mary, casa de María, comida en casa de mi madre, café en casa de mi hermano y, a las siete, vinieron a casa mis suegros y cuñados y se quedaron hasta las doce de la noche… Agotador.
Se han acabado las fiestas. La normalidad ha vuelto al hogar: los peques están en el cole y yo ya tengo tiempo para escribir en el blog. En breve desaparecerán las ojeras y los kilos de más (año nuevo, dieta de nuevo… ¡qué rollo!)

sábado, diciembre 30, 2006

Desanso navideño

El estrés comenzó la tarde del sábado: los peques tuvieron un cumpleaños que terminó a las ocho. De prisa y corriendo me arreglé para acudir a la cena navideña en casa de Montse y Escuer. Miré el reloj y me di cuenta de que no había tiempo para ponerme el pelo “ideal”, como a mí me gusta. Así que me coloqué una coleta y mejoré mi imagen con kilos de maquillaje y rímel. A las tres volvimos a casa y Álvaro nos recibió con una fiebre de treinta y ocho. Perfecto, pensé, mañana teníamos entradas para acudir a un taller de percursión y a una obra de títeres. Según me desperté llamé a María para informarle de las novedades: “No contéis con nosotros. Álvaro tiene fiebre”.

La mañana culinaria fue estresante. Por la tarde nos vestimos todos de Papá Noël y recibimos a la genial familia. La tensión se mascó en mitad de la cena. Mi padre elevó un cuchillo en medio de la conversación.
–¡Eso es para cortarse las venas! –exclamó tomando la mano de mi madre y simulando que le cortaba las venas. Y lo consiguió.
–¡Ah! –gritó mi madre–. Me has cortado la muñeca, José Luis.
Levantamos la vista del cordero y para nuestra sorpresa comprobamos que mi madre sangraba por la mano.
–¿Qué has hecho, papá? –dije atónita.
–Ay, Linucha, perdona, no pensé que el cuchillo cortara. –se disculpó mi padre, el asesino de exesposas, que por poco me deja huérfana de madre.
Grandes dosis de betadine y numerosas gasas salvaron la situación. Después, risas, regalos y champán en vena.
A las tres y media dimos por finalizada la cena de Nochebuena, aunque hasta las cuatro y media me quedé colocando y limpiando la casa para que todo estuviera perfecto para la comida del día siguiente.
Por la mañana me arrastré como una zombi. Puse la mesa y metí la merluza al horno. A las dos se juntó de nuevo la familia en casa, esta vez con Roberto, Virginia y Manuela. La expectación duró todo el día, pero al final Virginia no se puso de parto (¡cachis! Con lo genial que hubiera sido ir corriendo a urgencias en plan familia Telerín). Mi madre, al ver mi cara de cansancio y saboreando aún los deliciosos manjares que les había puesto, se apiadó de mí y se llevó a Diego al teatro. Según cerré la puerta, abducí a Álvaro con una peli de dibujos y roncamos más de dos horas.
El martes, sesión infantil en Pozuelo: Diego patinó en la pista de hielo y luego vimos el teatro de niños.

El miércoles, nieve. Daniel, el amigo de Diego, se vino con nosotros a la Pinilla. Montamos en telesilla, se tiraron en trineo y, como hacía tiempo que no comíamos en condiciones (¡somos unos gordos!) nos zampamos un cordero en Riaza. En el postre sonó el móvil. ¡Había nacido Cayetana, mi adorada ahijada!
–¡Chicos, al coche, volvemos a Madrid! –gritó Juan Fran.
Rápidamente colocamos a los niños y nos fuimos al hospital para conocer al nuevo miembro de la familia y del blog. Que os voy a contar: guapísima, monísima, ideal… Es mi sobrina.
Al volver a casa se me caía la baba. Tanto que a la mañana siguiente volví como una loca al hospital para ejercer de tía. Después de comer sonó el teléfono, mi madre nos invitaba al teatro.
–Venga, chicos, nos vamos. –grité esta vez yo.
Al llegar a Pozuelo nos informaron de que la obra no era muy buena, así que nos fuimos al cine. A las once dejamos a mi madre a casa. Diego, medio somnoliento, preguntó cuándo era el día de los inocentes. Mierda, pensé, cómo se me había olvidado, refunfuñé todo el camino. Entré en casa y cogí el teléfono.
–Ay, mamá –gemí según descolgó– creo que se me ha caído el móvil cuando te he dejado en casa. Por favor, vete a buscarlo.
–Hija, no te preocupes ahora mismo bajo.
Compungida me llamó a los quince minutos.
–Emma, lo siento, pero creo que se lo ha debido llevar alguien. He bajado con la linterna, he mirado debajo de los coches, he movido los cubos de basura, Germán, el vecino, me ha ayudado… Pero nada. Menos mal que en breve vienen los Reyes. No te disgustes.
–Ay, mamá, qué cómo quieres que no me disguste...
–¿Seguro que se te ha caído?
–Sí, seguro, aunque espera que tus nietos quieren decirte algo.
Desplacé el auricular y los niños gritaron.
–¡Inocente, inocente!
–Sois idiotas –contestó entre carcajadas.
Derrengada y agotada caí en los brazos de Morfeo.
Continuará…

domingo, diciembre 24, 2006

Preparativos navideños

Todo está listo para el gran ágape de Nochebuena: Álvaro tiene fiebre, yo estoy horrorosa con los rulos para esta noche lucir divina, Diego está abducido por la televisión y Alonso ronca en la cama para coger energías para este encuentro tan familiar. El menú pinta sabroso: langostinos, salmón, quesos variados, canapés de cangrejo, jamón de pata negra, cordero con cebolla confitada Y, como no, la nevera rebosa de champán (del bueno, que me lo trajo mi amado de Champagne), vino tinto, blanco, lambrusco y grandes dosis de ginebra y tónica… Vamos, que me he ganado el cielo. Aunque, para qué negarlo, el nerviosismo vuela por la casa. Los niños desesperados por la llegada de Papa-Nöel (no sé dónde va la diéresis), yo calibrando que todo esté perfecto y todos pendientes de si mi cuñada da a luz esta noche o pasadas estas fechas tan entrañables. El modelo de esta noche lo he improvisado en el último momento: nos vamos a disfrazar de Papa-Noël (como no sé donde va la diéresis la pongo cada vez en una letra. Ay, qué graciosa soy). Yo, más que “mamá Noël” parezco una bola roja de Navidad (en cuanto llegue enero llamo a mi gordóloga), pero, oye, voy graciosa. Felices fiestas a todos y a zampar que es Nochebuena. Besazos.

viernes, diciembre 15, 2006

La bota navideña

La sesión continua de Navidad ha comenzado. El miércoles, cena con mis compañeros de la sección. Por supuesto, mi jefe no se atrevió a aparecer. Tenía dos opciones: ir y cenar solo o no ir y así el resto podíamos cenar en paz y armonía. Optó por la segunda opción. Las risas se alargaron hasta las dos de la mañana. Entré en casa sigilosamente y me encerré en el baño para desvestirme y no despertar a mis hombres. Todo iba por sus cauces normales: me desmaquillé, me quité la ropa (tampoco es plan de entrar en detalles), pero cuando intenté bajar la cremallera de una de las botas. Ay, ni bajaba ni subía. Probé de todas las maneras posibles, pero no había forma de que descendiera. Entre carcajadas apagadas me puse mi mega fashion camisón y me fui a la cama con la bota puesta. Alonso roncaba. Le di un codazo y entreabrió los ojos.
–¿Qué tal la cena? –preguntó con voz somnolienta.
–Bien, pero tengo un problema.
–¿Te has dado un golpe con el coche?
–No, es que no me puedo quitar la bota.
–Pues duerme con ella.
Abrió los ojos como platos y observó mi modeli camisón con una bota y se rió de lo lindo.
–Anda, acércame tu pata a ver si lo puedo arreglar –dijo con tono socarrón.
Tras varios intentos logró que la cremallera bajara.
–Gracias, amor, te has librado de una noche de patadas con tacón.

miércoles, diciembre 13, 2006

Puente en Oliete


Hacía tiempo que no iba por Oliete (Teruel). El puente y el que fuera mi prima con sus niños y marido nos animó para lanzarnos a la aventura turolense. Allí, como siempre, visitamos nuestros clásicos: el pantano de Cueva Foradada y la sima (¡la mayor de Europa!).


Mantuve las anginas con los antibióticos y disfruté de lo lindo. Mi prima, fiel a sus vicios, durmió una monumental siesta para reponer fuerzas después de la excursión por el pantano (hay que subir más de 250 escalones). Alonso, Diego, Álvaro, Mónica y yo aprovechamos para ir a la sima.
De pronto se me activó la imaginación y les relaté la historia del dragón que habitaba en el fondo de la sima. Los niños, emocionados, me bombardeaban con preguntas.


–¿El dragón es bueno?
–Sí, claro, es tan bueno que sólo sale por la noche para que los más pequeños no se asusten.
–¿Y echa fuego?
–Sí, por las fosas nasales. Hay días que al anochecer se ve el cielo iluminado de rojo, es el fuego del dragón.
–¿Por qué se esconde?
–Porque en la Edad Media hubo un caballero que le persiguió para matarle. El dragón pasaba mucho miedo. Un día llegó a Oliete, encontró la sima y se escondió dentro de ella. El caballero desistió en su búsqueda y desde entonces el dragón no ha vuelto a cambiar de casa.
–¡Pobrecito! –musitaron los tres a la vez.
Llegamos a la sima y se agarraron a nuestras manos presos del vértigo. El agujero que surca las montañas es gigantesco y al fondo una pequeña laguna delata las aguas subterráneas. Me asomé con miedo y grité:
–¡Eco!
Los niños razonaron a toda velocidad e imitaron mis gritos.
–¡Eco, sal de ahí para que te veamos! ¡Eco, dragón Eco!
Alonso y yo sonreímos. Diego, Mónica y Álvaro encontraban indicios del dragón en cualquier esquina: creían que las cagarrutas de oveja eran del dragón y los pájaros que revoloteaban por el cielo protegían a su fantástico amigo.
Otra mañana nos fuimos al observatorio de buitres de Alacón, un fracaso. No vimos ni un solo buitre, en cambio en el camino de vuelta pudimos admirarlos en Muniesa. Las noches transcurrieron entre juegos y limpieza (¡hemos dejado la casa como los chorros del oro!). Sin darnos cuenta llegó el domingo y finalizamos nuestra agradable escapada a los recuerdos de infancia.

lunes, diciembre 04, 2006

Mi familia, sus gracias y el teléfono

Gracietas de Roberto
Basadas en mi deseo de tener un tercer hijo.
–Hola, Emma, ¿qué tal? –pregunta Roberto según descuelgo el teléfono.
–Todo bien. Acabo de acostar a los niños y voy a ver mi serie. –explico mientras me preparo mi coca-cola light.
–¿Y Juan Fran?
–Está de viaje.
Escucho sus risas a través del auricular.
–¿De que te ríes?
–De tu marido.
–¿Por?
–Porque con tal de no echar un “kiki” contigo es capaz de irse al fin del mundo.
–Roberto, eres gilipollas. –grito colgando el teléfono.

Gracietas de mi madre (la gallina)
Mi amada madre se acuesta como los niños y se levanta como las gallinas. Yo, en cambio, no me duermo antes de las dos de la mañana, me despierto a las ocho y media entre semana y aprovecho el fin de semana para alargar mi estancia en la cama. Pero ella no lo entiende.
Sábado, 8, 30 de la mañana.
–Hola, Emma, ¿qué haces? –pregunta mi madre como si fueran las doce del mediodía.
–Pues hasta hace dos segundos dormir.
–Huy, perdona, pensé que ya estarías despierta –escucho que dice mientras cuelgo el teléfono.
Después de muchos cabreos, tomé una drástica solución: los viernes y sábados desconecto a las dos de la mañana todos los teléfonos de casa y el móvil para que mi madre no perturbe mis sueños. Ella, indignada, me deja mensajes en el contestador: “Emma, ¡me tienes harta! Esta manía tuya de no contestar al teléfono es enfermiza. Bueno, si te da la gana me llamas y hablamos.”

Gracietas de Diego y Álvaro.
Todas las tardes a las cinco y diez les llamo al móvil de Ana para que me cuenten qué tal les ha ido en el colegio. Transcribo la conversación absurda de cada día.
–Hola, Diego, ¿qué tal en el cole? –preguntó con tono de madre ejemplar.
–Bien –contesta como un autómata.
–¿Qué has hecho hoy?
–Pues ya sabes.
–Diego, si lo supiera no te lo preguntaría.
–Pues ya sabes, lo de siempre.
–Anda, pásame a tu hermano… –suplico desesperada.
–Hola, mamá –dice Álvaro.
–¿Qué tal, cielo?
–Bien.
–¿Qué has hecho hoy en el cole?
–Pedos y cacas.
Sin comentarios, amados hijos, sin comentarios.

Gracietas de mi marido
Mi adorado marido tiene pocas manías, pero hay una que me supera: odia los relojes. Así que vivimos en un mundo atemporal y para saber qué hora es me tengo que recorrer media casa en busca del móvil o de uno de los dos relojes que he logrado colar sin su consentimiento.
A diario conecta el despertador del móvil para despertarse. A las ocho y veinte suena, pero como durante la noche todos los miembros de la familia bailamos de cama en cama –si nos asesinan los del CSI se volverían locos intentando determinar por qué Juan Fran está en la cama de Diego, Diego en la de Álvaro, Álvaro en la mía…– y él nunca deja el móvil en el mismo lugar, brinco como una loca en busca del puñetero móvil que no sé apagar y que me encabrona todas las santas mañanas.

martes, noviembre 28, 2006

Escueto resumen

Lo reconozco, soy una maniática y no lo puedo evitar. Si invito a alguien a cenar me agobio porque quiero que todo esté perfecto: el menú, la casa, la mesa, los vinos… En fin, que me lleva su tiempo. El viernes venían a cenar Blanca y Mayte. Desde primera hora de la mañana comencé a elaborar los distintos majares. A las tres todo estaba listo, así que me dediqué a mis churumbeles: les fui a buscar al colegio, Diego invitó a su amigo Alejandro, luego, baños y cena. A las nueve y cuarto comencé la operación sueño.
–¡Aúpa, mamá, aúpa! –suplicó Álvaro. Le cogí emocionada y entristecida al ver lo mayor que se estaba haciendo y le dejé jugar un rato en la cama mientras repasaba con Diego las tablas de multiplicar.
–Venga, ahora a dormir. –le dije a Diego dándole un beso.
Cuando fui a arropar a Álvaro, grité.
–Álvaro, ¿qué has hecho? –chillé bastante histérica.
–Un dibujo. –contestó con su sonrisa que me desmorona.


–¿Un dibujo? ¡Pero si has pintarrajeado toda la pared! Anda, dame el lápiz y duérmete inmediatamente. Mañana intentaré borrarlo.
Llegaron las invitadas con una preciosa flor de pascua y Diego aprovechó para escaparse de su habitación, estar un poco con nosotras y ejercer de camarero eventual (¡sin contrato!, pura explotación infantil).
La noche discurrió entre risas, bromas, alguna que otra crítica y muy buen humor. A las tres, cuando me fui a dormir, pensé: “Mañana Diego no va a la piscina”. Sin embargo, como desde las ocho y media saltaban por mi cama, me levanté, vestí a los peques y a las diez Diego nadaba con gran estilo.
La tarde lluviosa amenazaba tensiones entre los hermanos. La solución estaba clara: ir al cine a ver “Colegas en el bosque” y darnos una vueltecita por Madrid para ver las luces de Navidad.
El domingo (cumpleaños de Álvaro, 3), esperamos con impaciencia la invasión familiar.
Mi abuela, mi madre y Pepe se apuntaron a la comida (se equivocaron, la paella que hice fue desastrosa) y, por la tarde, vinieron a tirarle de las orejas Roberto, Virginia y Manuela. Más risas y comida.


Álvaro se acostó emocionado por todos sus regalos: una mega moto, una grúa con coches, un kit de tatuaje, un autobús para aprender los números…
Por la noche llegó mi amado esposo.
–¿Qué tal, cielo? –preguntó mientras me agasajaba con tres botellas de champán (¡del bueno!) y un precioso mantel de Navidad.
–Como todos los domingos, agotada. ¿Y tú?, ¿qué tal tu viaje?
–Muy bonito, ahora te cuento, voy a dar un beso a los peques y a tirar a Álvaro de las orejas.
–Vale, cariño, pero como los despiertes, te mato, cielo.

jueves, noviembre 23, 2006

Divagaciones de una madre



Alonso vuelve a estar de viaje. Ahora está recorriendo la zona del champagne (Francia). Y pienso, "¿no sería mejor que hubiera ido yo que soy una experta conocedora de esas sabrosas burbujas alcohólicas?". En fin, está visto que no se valoran mis conocimientos.
Barajaba yo estos pensamientos metafísicos cuando me he percatado de que el lunes Álvaro tendría que llevar al cole su tarta y sus bolsas de chuches para celebrarlo con sus compañeros de cole, ya que su cumple cae en domingo, y de que mañana tenía cena en casa con mis amigas del cole y aún no había preparado nada. Como una autómata, he cogido la visa y me he ido a Mercadona. Antes de entrar, me he pasado por la tienda de golosinas para adquirir las 26 bolsas de chuches.
–Perdón, ¿qué precio tiene cada bolsita? –he preguntado a la dependiente que mascaba chicle como una loca.
–Euro y medio la bolsa, señora (¡con lo que me repatea que me llamen señora!).
–Gracias, luego vendré a comprarlas –he mentido mientras abandonaba el establecimiento.
Lo reconozco, me fastidia mucho tirar el dinero en cosas absurdas y más si las puedo hacer yo a mitad de precio. Así que he entrado en Mercadona he comprado chucherías, bolsas de bocadillo, una vela del tres y demás necesidades domésticas y me he ido a trabajar.
Al volver a casa, me he acordado de que el lunes era el cumpleaños de Pedro, el amigo de Álvaro. Y claro, no iba a permitir que mi hijo desluciera en su día más importante. He puesto a mis hijos en fila y les he explicado mis nuevas órdenes.
–Chicos, al final Álvaro va a celebrar mañana viernes su cumple en el cole. Os necesito.
–¡Jo, mamá, estoy viendo la tele! –ha refunfuñado Diego.
–Pues apágala. Nos toca trabajar.
Rápidamente hemos subido a la cocina, les he colocado los delantales y hemos empezado a hacer el bizcocho. Cuando sólo me faltaba por incorporar los huevos, he abierto la nevera y casi me desmayo: ¡no había huevos y estábamos los tres en pijama!
Mis neuronas han funcionado velozmente. He salido al jardín y me he puesto a gritar al estilo italiano (¡con lo que a mí me gusta!)
-¡Nievesss!, ¡Nieves! (así se llama mi vecina).
Al cabo de cinco gritos, ha salido.
-¿Qué te ocurre, Emma?
-Perdona, Nieves, es que estoy haciendo un bizcocho para que Álvaro lleve mañana al colegio y Juan Fran está de viaje y estamos en pijama. Resumiendo: que si me puedes dejar dos huevos.
-Claro, como no.
Entré en casa con mi par de huevos, rematé el bizcocho y monté mi cadena de producción.
-A ver, Diego, tú serás el encargado de las nubes, los regalices y los globos y tú, Álvaro, de las chocolatinas y las gominolas. Primero pintaré las bolsas, luego os las paso, las rellenáis y me las devolvéis para que la cierre con esta cinta plateada. ¿Entendido?
-Sí, mamá –contestaron al unísono.


La producción nos llevó media hora al módico precio de nueve euros (si las hubiese comprado en la tienda me habrían cobrado 39 euros… para que luego digan algunos que soy una derrochona).
Prueba superada, mi retoño será mañana la estrella del colegio y yo ya me puedo acostar tranquila.

martes, noviembre 21, 2006

Lo importante es participar


–Mamá, ¿verdad que las notas no son importantes? –preguntó Diego en mitad de la cena.
–Claro que son importantes. Recuerda como castigo a tu tío Pepe todos los veranos por suspender –contesté sin darle gran importancia.
–Pero, ¡lo importante es participar!
–Diego, eso es para el deporte, para los juegos… Pero en los estudios tienes que sacar buenas notas. ¿Tienes algo que contarme?
–No, nada importante, es que he sacado un cero en inglés.
–¿Qué? –grité aterrada.
–Ves, ya te has vuelto a enfadar. Si lo llego a saber no te lo cuento.
–Explícame bien lo del cero.
–Pues eso, que he sacado un cero en inglés.
Por la noche busqué como una loca profesores de inglés en internet y en el periódico. Al día siguiente, al llevarles al colegio, me fui a hablar con Jesús, su profesor.
–Hola Jesús.
–Muy buenas, Emma. ¿Qué tal va todo?
–Pues si te soy sincera estoy un poco preocupada. Diego me ha contado que ayer le pusieron un cero en inglés y no sé si debo ponerle un profesor en casa.
–¡Qué exagerada! El cero no fue en inglés, sino en conocimiento del medio que una vez a la semana lo damos en inglés. Según me contó teacher Ángel se estaba portando toda la clase mal y puso varios ceros.
Su explicación me relajó, pero esta semana contactaré con algún profesor.

viernes, noviembre 17, 2006

Regalos y cuentos

Alonso ha vuelto de su viaje por Suiza. Al llegar los niños se han abalanzado sobre él y rápidamente le han hecho la pregunta de rigor: “Papá, ¿nos has traído algún regalo?”. Mi amado esposo ha abierto la maleta y les ha entregado sus tesoros: un coche con un globo que una vez hinchado hace que se mueva el vehículo y una marioneta con forma de cocodrilo (a los dos lo mismo para que no haya discusiones). Después de inflar veinte veces el globito he estado a punto de desmayarme.
–¡Menudo regalito, Alonso! –he expresado lívida por la falta de oxígeno.
-¿No te ha gustado?
-Hombre, original sí que es, pero a este ritmo me voy a desvanecer.
-Venga, no te quejes. ¿Qué quieres que haga?
-Anda, sube a los peques y léeles los cuentos.
-¿El de caperucita?
-No, ahora estamos en la fase de “La bella y la bestia”.
Por unos segundos disfruté de un poco de tranquilidad y me pude fumar un relajado cigarro. Pero la calma duró un instante. Los gritos de Álvaro atragantaron mi última calada.
–¡Mamá, tú me lees el de Caperucita! –ordenó desde su cama. Subí y ejercí de lectora.
–Oye, mamá, papá ha leído muy bien el cuento, pero no le ha puesto acento francés a Lumier (el candelabro que habita en el castillo de la Bella y la Bestia, lo explico para aquellos que no estén abducidos por el mundo infantil)... –comenzó a argumentar Diego.
–Bueno, Diego, cada persona lee los cuentos dándoles un estilo propio, y tu padre lo ha hecho de maravilla.
–¿Y cómo lo sabes?
–Porque le he escuchado desde la cocina. –contesté zanjando la conversación.
-¿Y por qué no nos lo lees otra vez con acento francés? –rogó Diego.
–¡Síii! –gritó Álvaro apoyando a su hermano.
–¡No! –dije con tono seco– Ya no hay más cuentos. Ahora, a dormir.
-¡Qué mala eres, mamá! –refunfuñó Diego mientras se tapaba a regañadientes.

martes, noviembre 14, 2006

Mis paranoias

Siempre que Alonso se va de viaje planeo hacer mil cosas. Cuando su ausencia pilla en fin de semana, celebro en casa alguna que otra cena con las amigas, pero esta vez me he decidido por organizar los cajones y armarios del hogar. Juro que lo he intentado y aunque parezca que miento los elementos se han juntado en mi contra. Esta noche, sin ir más lejos, después de ejercer las labores habituales de una madre ejemplar: deberes de Diego, baños, cenas; después de unos cuantos ruegos para lograr que subieran a la habitación y se lavaran los dientes; después de leer los cuentos (soy una artista de la interpretación, modestia aparte) y cuando por fin les iba a dar el beso de buenas noches, me he percatado de una rojez en la cara de Álvaro.
–Cielo, ¿qué te ocurre? –le he preguntado como si fuera un adulto.
–Me pica, mamá, me pica –ha contestado Álvaro con mal cuerpo.
Asustada me he dado cuenta de que la alergia de su cara aumentaba a pasos agigantados. He corrido al armario de las medicinas, le he dado el jarabe del picor y de pronto me he acordado de que hacía tres días Álvaro se subió a la cómoda y se bebió todo el jarabe de la alergia porque le gustaba mucho –por suerte, quedaba muy poco jarabe–.
–¡Diego, Papá está de viaje, corre ponte los zapatos, nos vamos todos al hospital! –he ordenado alarmada.
Los peques se han emocionado por salir a la calle a las diez de la noche en pijama y con el abrigo.
–Mamá, espera que se me ha olvidado una cosa –ha rogado Diego mientras me abrochaba mis zapatillas y localizaba los cheques de la Asociación de la Prensa.
–Date prisa, Diego, ya sabes que las alergias me asustan mucho.
–Toma, mamá, léete mi libro del cuerpo humano y así te tranquilizas.
He contenido la risa y hemos volado hacia el coche.
Durante el trayecto Diego ha soltado todo lo que sabe acerca de los glóbulos blancos y las batallas de los virus. Álvaro, rojo como un tomate, le miraba emocionado y preguntaba si las luces de la calle eran las de Navidad.
He aparcado rápidamente y antes de bajar me he percatado de que la alergia de Álvaro estaba disminuyendo.
-Alvarete, ¿estás mejor?
–Sí, mamá, ya no me pica.
Me he asomado por urgencias del hospital San Rafael. Al ver la multitud de gente que estaba esperando y al notar la mejoría de Álvaro, he desistido en mi intento.
-Chicos, vamos a la farmacia a por el medicamento de la alergia. Seguro que lo podemos controlar.
Ellos tan felices por estar pernoctando y paseando por Madrid en pijama con su madre, la de las paranoias alérgicas (¡a ver si padece un inflamación de glotis y se ahoga!, pensaba yo sin poder expresarlo), asintieron.
A las once de la noche volvió la calma: el jarabe paralizó el brote alérgico y los dos se durmieron en cuestión de segundos.
Lo reconozco, aún no he colocado ningún armario, pero es que a mí tanto estrés paranoico me agota.

lunes, noviembre 13, 2006

¿Qué hace en Suiza?

Todavía no me he recuperado. Alonso, mi amado marido, ha huido de nosotros y se ha marchado a Suiza para descansar del estrés familiar. Aún no sé de qué se queja. Vale, el miércoles salimos a cenar con unos amigos y llegamos a las tantas dando brincos por el vino y las copas.




El viernes, todavía sin que se hubiese recuperado, nos fuimos a la genial fiesta que organizo la familia de Virginia para celebrar el sesenta cumpleaños de su padre. Puro glamour. El evento tuvo lugar en Faunia. Las mesas rodeaban la Antártida y los pingüinos amenizaron la cena. “¡Mira cómo se tira el pingüino rey!”, gritaba mi madre mientras tomaba la crema de bogavante. “¡Ay, qué mona es esa pareja que se zambulle en el agua!”, exclamaba yo hipnotizada por el mundo animal. Después de la suculenta comida, bajamos a la zona de los peces y brindamos con Moët-Chandom. Al cabo de un rato, nos arrancamos con unos bailes y dejamos que la alegría nos embaucara hasta altas horas de la madrugada.
El sábado nos levantamos agotados y ejercimos de padres ejemplares (sobre todo yo que permití que mi marido durmiera su tan necesitada siesta). El domingo mi padre se apuntó a nuestra rica comida. Alonso, con la excusa de que tenía que hacer bien la digestión, se echó otra cabezadita. “Emma, tengo que preparar la maleta, mañana me voy a Suiza!”, comentó al volver del parque con los niños. No supe qué contestar. Mi mente barajó varias hipótesis: a/ se va a Suiza por motivos laborales, b/ se va a Suiza con su amante; c/ se va a Suiza porque no aguanta tanto estrés familiar… Pensé más opciones, pero tampoco me parece necesario explicar con pelos y señales todas mis paranoias, así que me abstengo de relatar las situaciones d/, e/, f/ y g/. “¿Qué te pasa, amor? (este tono tan cariñoso lo utiliza cuando sabe que va a estar varios días sin escuchar mis borderías), preguntó sorprendido por mi silencio. “Nada, amor (éste lo digo yo en plan de recochineo), que ya que vas a estar varios días alejados de nosotros podrías plantearte seriamente lo de tener un tercer hijo”, comenté como quien no quiere la cosa. “¡Emma eres pesadísima! No hay ni un solo día en que no saques el temita”, bufó con cara de agotamiento. “Yo también te quiero, Alonso, yo también te quiero”, le susurré dándole un abrazo tan fuerte que casi le rompo las costillas (como he engordado tengo más fuerza, je, je).

martes, noviembre 07, 2006

El felpudo



"Linucha se ha ido a una boda a Galicia, Pepe ha salido con sus amigos, el perro está dormido encima de mi cama y yo estoy sola. Sí, seguro que los ladrones han detectado la situación y están a punto de invadir la casa. ¡Dios mío! ¿Qué ese ruido que se oye en el descansillo de casa? Ay, ¡qué miedo!", pensó mi abuela a las doce de la noche del sábado. Rápidamente se levantó y cerró la casa cal y canto. Le costó mover el cerrojo superior de la puerta, pero después de mucho intentarlo lo consiguió. Al cabo de media hora se tomó su pastilla para dormir, terminó de ver "Dolce Vita" y, aunque estaba un poco asustada, se durmió plácidamente. A las tres de la mañana llegó Pepe. En la calle llovía y él estaba empapado. Tiritando abrió la puerta. "¡Mierda, no puedo abrir! ¡No puede ser, la abuela ha echado el cierre que no funciona desde hace más de veinte años!", gritó Pepe. Empezó a aporrear la puerta. "¡Abuela, abuela!" vociferó con insistencia. Mi abuela se relajaba en la fase REM. El perro empezó a ladrar, pero mi abuela insertó sus ladridos en su sueño. Pepe llamó treinta veces desde el móvil, pero mi adorada nonagenaria, dopada con sus pastillas para dormir, no lo escuchó. Pepe, agotado y de mala leche, se tumbó como pudo en el felpudo y se durmió escuchando los llantos de Kaos que no entendía porque no entraba en casa.
A las doce de la mañana se levantó mi abuela. Se acercó al cuarto de Pepe y comprobó que no estaba en su cama. "¡Dios mío!, han secuestrado a mi nieto", pensó con temblor en el cuerpo. Rápidamente abrió, aunque le costó bastante, la puerta y casi se cae al suelo de bruces. "Pepe, ¿qué haces tumbado en el felpudo?", preguntó llena de intriga. "Abuela, me has dejado aquí abandonado. ¿Cómo se te ocurre echar el cerrojo superior?", explicó Pepe. "¡Ay, mi niño, pobrecito!", se apiadó mi abuela. Pepe entró en casa con frío, con malhumor y con la espalda dolorida.