domingo, julio 27, 2008

Crucero de lujo+hijo pródigo

Sábado 26 de julio. Abandono la piscina con envidia malsana. Allí se quedan mis alonsos, mi madre y los amigos que han venido de Pamplona. ¡Qué rabia que tengas que ir a trabajar!, comenta Luisa. La miro con cara de tristeza y les dejo sobre sus toallas. El cansancio me arrastra hasta el coche. Aún tengo que recorrer 50 kilómetros y no puedo con mi alma. ¿Por qué será?, me pregunto mientras avanzo por la carretera de la Coruña. De pronto, las neuronas realizan un repaso de mis últimos quince días. Agotadores y fantásticos.

CRUCERO DE LUJO
A las seis de la mañana caían nuestra legañas por el suelo del aeropuerto, tomamos el avión rumbo a Londres y, una vez allí, un autobús nos dejó en Dover. En el puerto, el "Splendor", el gran barco de cruceros que se iba a inaugurar. Tras presentar los pasaportes, descubrimos su interior. Mis ojos giraban de un extremo a otro para no perder detalle: decoración con dominio absoluto del rosa, casino con luces multicolor y ambiente de Las Vegas, bares y restaurantes en cada esquina, galería de arte, discoteca, teatro... Un mundo en un barco. Subimos a la suite, en la planta del spa: una amplia habitación con vistas al mar, puro lujo. Para relajarnos fuimos al spa para dejar nuestro cuerpo flotar entre las burbujas y sorprenderme al ver desde el cristal a unos cuantos haciendo deporte en el gimnasio, sudando la gota gorda (¡qué horteras, con lo bien que estarían en el spa!, pensé mientras mis músculos asentían desde su descanso). Luego, sauna húmeda, sauna seca y un poco de relax sobre una tumbona de gresite caliente desde donde admiramos como el barco surcaba el mar. ¡Qué maravilla, Alonso!, suspiraba entre descanso y descanso.
Tras el paseo por la cubierta plagada de piscinas con hidromasajes, piscinas infantiles con toboganes, golf, cancha de baloncesto..., bajamos a tomar un daiquiri, de fresa para mí y de mango para mi Alonso. Sin saber por qué la gente desapareció. ¿Qué ha pasado?, preguntó Alonso. Ni idea. Nos levantamos, cogimos el daiquiri y decidimos resolver el misterio. En la escalera descubrimos a todo el mundo bajando velozmente con el salvavidas puesto sobre sus hombros. Alonso corrió tras ellos con su daiquiri. ¡Cielo, espera, que tenemos que subir a por nuestro salvavidas! Una vez que nos lo pusimos y dejamos el daiquiri, bajamos a la planta cuarta donde nos explicaron qué hacer en caso de naufragio -de fondo sonaban los violines del Titanic-. Repuestos del susto, nos preparamos para la cena casual (que es menos arreglado que una cena informal, pero con mucho estilo). Cenamos de maravilla, tomamos unas cuantas copas y mojitos y nos fuimos a descansar.
A la mañana siguiente el barco nos dejó en Amsterdam, mi gran sueño. Anduvimos todo el día por el barrio rojo, entre los canales, fuimos al beaterio, comimos en una terracita "ideal" junto a un canal y seguimos caminando y caminando entre las bicis de los holandeses, las petunias que colgaban de cada pequeña ventana y los adoquines de las aceras. Mis pies me pedían descanso, pero una ciudad tan bonita no se puede dejar escapar.
Llegamos al barco agotados, media horita de spa y nos preparamos para la cena informal (que hay que ir más vestido que para una casual). En el piano-bar nos tomamos una copa, vimos, muy sorprendidos, como la gente jugaba frenéticamente en el casino y decidimos descansar. El sábado, día de navegación, el relax fue absoluto: spa, compras en las tiendas del barco para mis peques, daiquiris... Por la noche, espectáculo en el teatro -un musical impresionante estilo Broadway- y cena de gala. Nos pusimos súper elegantes (¡para qué negarlo!, Alonso de traje y yo con mi vestido de Nochevieja y mi chal negro ribeteado de visón) y cenamos como reyes: ensalada de cangrejo, langosta, tartas variadas y, como no, vino, champán... Purito lujo. En la cubierta, la gente veía en una pantalla gigante Spiderman, por la planta de los bares y restaurantes, los americanos se agolpaban junto a una imagen de la escalera del Titanic para que un fotógrafo profesional les plasmara con sus vestidos de gala simulando ser Leonardo DiCaprio, las bolitas no paraban de girar en la ruleta y las luces de la tragaperras se encendían y apagaban frenéticamente... Un mundo de fantasía que jamás había conocido.
El último día, Londres. Anduvimos como locos para aprovechar el poco tiempo que nos quedaba antes de partir de nuevo hacia Madrid, abrazar a Álvaro y esperar hasta el martes que volvía Diego de su campamento.

EL HIJO PRÓDIGO
El martes, el gran día, me desperté con los nervios agarrados al estómago. ¡Por fin vuelve mi hijo!, suspiraba al estilo madre coraje. Y mi niño llegó, guapísimo, morenísimo, sucio y precioso. Le abracé como si llevara un año sin verle, me abrazó, le besé con esos besos de viejecita de pueblo que suenan mucho, me besó y me relató todas sus hazañas. Mamá, te he traído un regalo, espera que te la doy. Abrió su mochila y me dio una pulsera preciosa que nunca me quito. A su padre, una reproducción del Acueducto con el cartelito de "Recuerdo de Segovia". Seguro que a Papá le encanta, como es segoviano, me razonó feliz. Y a su hermano, un camión y una moto. Durante todo el día no paró de contar sus historias, de abrazarnos y de dejarse mimar. Ahora soy feliz.

P.D. El fin de semana en Barcelona lo dejo para la próxima entrega, en la que pienso incluir las fotos del crucero. Ya he trabajado bastante para ser sábado...

miércoles, julio 09, 2008

Mi hijo me vuelve a llamar

Según me he despertado he cogido el móvil y no me he separado de él: Diego me tenía que llamar y los nervios me tenían aún más neurótica, si cabe. En el coche, he depositado el teléfono en el asiento del copiloto pero al pasar por la penúltima rotonda de Guadarrama, se ha desplazado y se ha caído al lateral de la puerta del otro extremo. Mierda, he bufado, aunque tranquila porque Dieguete suele llamar por la tarde. Pisaba el acelerador por la carretera de la Coruña al ritmo de la música de Kissfm, cuando el móvil ha empezado a sonar. ¿Será Diego? Ring, ring, ring... gritaba insistentemente el teléfono. Por fin, paró. Seguro que es mi Alonso. Ring, ring, ring, de nuevo. Volantazo hasta el lateral de la carretera, luces de emergencia, freno de mano, me quito el cinturón, salto al asiento del copiloto, busco con desesperación el móvil que no para con su ring, ring; miro la pantalla: "campa Diego", apago la radio y descuelgo con emoción.
-Hola, mi vida.
-Hola mamá.
-¿Qué tal estás?
-Muy bien, me lo estoy pasando muy bien.
-Cuenta, cuenta.
-Pues he montado en piragua y en tirolina. Ayer fuimos de excursión a Sepúlveda y te he comprado un regalo y otro para Álvaro.
-Eres un sol.
-Mañana iremos a Segovia.
-Pues cómprale algo a tu padre.
-¡Pero si ya se lo he comprado! Ah!, esta noche tenemos el pasaje del terror.
-Huy, qué miedo.
-No, seguro que no paso miedo.
-¿Has hecho nuevos amigos?
-Sí...
La conversación se alargó hasta que el saldo del móvil se agotó. Le volví a llamar, le mandé cientos de besos. La sonrisa se me pegó a la cara y no consigo quitármela. Además, la policía no me pilló y no me multaron, aunque mi argumento no tenía discusión: "agente, disculpe la infracción pero es que me ha llamado mi hijo, que está en un campamento de verano, y la última vez que hablé con él estaba un poco tristón y, claro, tenía que contestar el teléfono porque..." El agente me miraría alucinado y dejaría que me fuera con mi paranoia.
Mañana nos vamos mi Alonso y yo al crucero de lujo... Ahora me voy tranquila y feliz.

martes, julio 08, 2008

El campamento

El uno de junio Diego se fue emocionado al campamento. Se sentó en el asiento trasero del autobús junto a sus tres amigos (Alejandro, Daniel y Rubén) y se despidió con una amplia sonrisa en su rostro y la ilusión guardada en la mochila. A media tarde llamó. "Mamá, esto es genial y la comida está riquísima". Hasta el quinto día no volvería a saber de él. El sábado me levanté y no me separé del móvil. Nadal batallaba contra Federer y Alonso y yo contra los nervios. Por fin un ring, ring nos hizo saltar del sofá. Descolgué a toda velocidad.
-¡Hola Diego, mi amor!, ¿qué tal te lo estás pasando?
Entre lloros escuché su voz.
-Mamá, te quiero mucho y te echo mucho de menos... Quiero estar contigo.
Aguanté mi llanto.
-Pero Diego si estás con todos tus amigos, si te he hemos apuntado al campamento multiaventura para que disfrutes y te los pases de maravilla.
-Ya lo sé, pero te echo de menos, quiero estar con vosotros. Me acuerdo mucho de ti, de papá, ¡incluso de Álvaro!
-Cielo, no llores, no quiero que sufras... Además, allí tienes tirolinas, piraguas, tiro con arco...
-Ya, pero las clases de inglés no me gustan. Sólo quiero estar con vosotros.
-Pero si estás con tus amigos...
-Ya, pero todos lloramos mucho. Mamá, te paso a mi monitora, que quiere hablar contigo.
-Hola Emma, soy la monitora de Diego, me imagino que estarás un poco preocupada por cómo está tu hijo.
-No, estoy bastante preocupada.
-Estate tranquila, Diego se lo está pasando muy bien, participa en todas las actividades, se va relacionando con el resto de los niños... Pero a última hora del día es cuando se pone un poco triste, pero te aseguro que está muy bien. A los nervios de hoy por hablar con vosotros hay que unirle el ataque de gastroenterintis que han sufrido casi todos los niños del campamento por un virus. Nuestro médico les ha administrado un jarabe y ya están mucho mejor...
-No sé, pero desde luego no me quedo muy tranquila. Hemos mandado a Diego al campamento para que sea feliz y viva nuevas experiencias, no porque no supiéramos qué hacer con él durante estos quince días, así que te pido por favor que si ves que Diego está mal, que no se anima o que está sufriendo, me avises para ir a buscarle inmediatamente.
-No te preocupes, te mantendré informada y estate tranquila, ya os comenté que la llamada del quinto día es la más dura. Te paso con Diego.
-Mamá, os echo de menos.
-Mi vida, y nosotros a ti. Ya te dije que esto iba a ocurrir, pero debes disfrutar. ¿Quieres hablar con papá?
-Sí, por favor.
Habló con su padre, con su hermano y de nuevo conmigo. Su tono de voz mejoraba por momentos y relataba pequeñas anécdotas. Nos despedimos entre lloros, besos y una montaña de "te quiero mucho".
-¿Qué hacemos, Alonso?- sollocé en el jardín de Guadarrama.
-Esperar. ¿Qué quieres hacer tú?
-Pues estoy por irle a buscar...
-Emma, no dramatices... Los chavales nos están haciendo presión psicológica, es como cuando empiezan el colegio y no paran de llorar.
-Ya, pero jamás pensé que Diego lo fuera a pasar mal con lo sociable que es.
-Sí, pero ten en cuenta que es la primera vez que se separa de nosotros y lo tenemos muy mimado.
Valoramos los aspectos positivos y negativos y decidimos esperar.
Ahora vivo mi psicodrama particular: mis nervios por saber si estamos actuando bien, si hemos hecho lo correcto al mandarle al campamento (¡tenía tanta ilusión!), las conversaciones cruzadas con el resto de las madres, mi angustia nocturna y mi deseo de que llegue mañana para hablar con mi adorado hijo y ver qué tal se encuentra y cómo se lo está pasando.

P.D.: Álvaro, en cambio, disfruta con su posición temporal de "hijo único" y se emociona cada mañana al ir al campamento de día de Guadarrama. ¡Menos mal!

jueves, julio 03, 2008

Pinceladas

Los niños acabaron el curso (¡aprobé tercero de primaria con muy buenas notas! -mérito de Diego, claro-) y el caos y la revolución llegaron a mi vida. El tiempo se me escurre entre los dedos y ni siquiera tengo tiempo de escribir y relatar nuestras aventuras. Tal vez un resumen no vendría mal.

Fiesta de fin de curso.



Álvaro actuó como Pedro, el amiguito de Heidi. Y me emocionó.



Diego danzó al ritmo de "Bailando bajo la lluvia". Y me cautivó.

¡Campeones!
Futbolera no es un adjetivo que me defina. Sin embargo, la Eurocopa me enganchó y me hizo adicta a mi selección. En el partido de cuartos, prometí a mis hijos que si España superaba el reto les regalaría una camiseta. Al día siguiente, a las ocho de la mañana, Diego y Álvaro me despertaron a gritos: ¡Mamá, a por la camiseta! Y cumplí mi palabra.


Álvaro vestido como Casillas y Diego, con la camisa roja. "No más derrotas, sólo fútbol en tus botas", exclamaba Diego en los partidos.

En la semifinal les juré el balón. Y el sábado, al salir de trabajar, corrí al Corte Inglés a por él no fuera a ser que gafara a mi amada selección.



Y cuando Torres marcó el gol, el gol de la victoria, miré a mis niños con la bandera de España pintada en la cara, guiñé un ojo a Alonso y cuando el árbitro pitó el final, nos subimos los cuatro al coche y gritamos por la Castellana: ¡campeones, campeones, oé, oé, oé! En la calle San Francisco de Sales descubrimos a Pepe toreando los coches con la bandera de España y todos dejamos que la emoción nos desbordara.

Planes de verano

Ahora Álvaro presume de ser hijo único. Diego se ha ido durante quince días a un campamento de inglés en Sepúlveda con sus amigos Alejandro, Daniel y Rubén. Le echo mucho de menos y no me separo del móvil a la espera de que me llame. Ay, cuánto me acuerdo de él, gimoteo por la noche. Pues yo no, mamá, estoy feliz, me dice Álvaro mientras acapara todos mis besos y me pregunta si va a venir el tío Roberto para llevarle a la piscina para que juegue con sus primas.


Álvaro, el súper héroe

Y en breve...
Nos iremos a Guadarrama, a un crucero de lujo, al concierto de Bruce en Barcelona, a Segovia y como guinda de la tarta: ¡AL CARIBE!

martes, junio 17, 2008

20 años son nada

Todo sigue igual: la clase, los pupitres, las sillas, la pizarra... Un recuerdo nostálgico

El viernes, veinte años después, el colegio FEM celebró su 50 aniversario. Allí nos encontramos casi todos. Entre abrazos y besos nos elogiamos y repetimos una y otra vez la misma frase, "no has cambiado nada, sigues igual que antes". Aunque alguna vez omitimos decirlo para no faltar a la verdad. Entre copa y copa relatamos nuestras historias, las alegres y las tristes, y todos fuimos felices por el reencuentro. Después, tomamos unas copas en el Café vapor y rematamos la noche bailando en Coppola.
El sábado comprobé que los años sí que han pasado y que mi cuerpo no aguanta tanta marcha, ni tanto alcohol. Pero, ¡un día es un día!

jueves, junio 12, 2008

Detalles infantiles

A Álvaro, mi pequeño ratón, hay veces que pienso en comérmelo a besos y otras, para qué negarlo, estoy a punto de estrangularle. ¿Qué situaciones producen estos instintos en mí?

Situación A
-¡Chicos, este verano nos vamos al Caribe! -exclamamos JF y yo.
-¡¡Bien!!- gritó Diego.
Álvaro calló y entristeció su cara.
-¿Qué te pasa Álvaro?
-Yo no quiero ir al Caribe. Al Caribe no, por favor.
-¿Pero por qué no quieres ir?
-Porque allí nos puede coger los piratas, los piratas del Caribe.

Situación B
JF, raro en él, está en Bélgica y yo no paro de correr de un lado a otro -lo habitual: coles, deberes, comidas, baños...-. A las 21:45 decidí que era hora de descansar.
-Venga, peques, id al baño a lavaros los dientes y hacer pis.
Mientras bajaba las persianas, abría las camas y... ¡Mamá, mamá, corre al baño!, rogó Diego. Fui rápidamente y observé perpleja como Álvaro se había bajado el pantalón y había hecho pis, algo normal si se hace en el water, ¡pero el mico lo había hecho en el suelo!
-¡Álvaro, yo te mato!, ¿por qué has hecho pis en el suelo?
-Yo no he sido, mamá -alegó en su defensa según se subía los pantalones.
-¡¡¡A tu cuarto, castigado sin cuento y como te vea salir de la cama o me digas otra mentira no vas el viernes al cumpleaños de Daniel e Ignacio!!!
-Desde luego, mamá, ¡qué mal se porta Álvaro! -comentó Diego.
-Anda, vete tú también a la cama que hoy tu tutora te ha puesto una nota en la agenda por lo mal que te has portado en clase...
-Me voy a dormir, mamá. Te quiero.
-Yo también, aunque hay días que os mataría.
-¿Lo dices en serio?
-No sé, no sé... ¡¡¡A dormir!!!

martes, junio 10, 2008

Pequeños animales

La invasión de los animales ha empezado con fuerza. Como es habitual por estas fechas las jodidas hormigas gordas, negras y voladoras han invadido la casa. Pero esta vez hemos aguantado el tirón. En cada planta del chalet hemos dejado un mata-hormigas súper eficaz y al más mínimo aleteo de alas las fusilamos. Toda la familia está mentalizada y algo neurótica. ¡Una hormiga!, grita Álvaro. ¿Dónde?, pregunto con voz de pito. ¡En el cuarto de estar! No me lo pienso dos veces, abandono las patatas de la tortilla y corro escaleras abajo para gasear a la jodida hormiga negra y gorda. ¡Agotador!


Jardín trasero

Además, desde hace un tiempo me persigue un misterio de difícil solución. Me explico. El jardín trasero tras la implacable lluvia luce florido. Las petunias blancas y rojas están esplendorosas, llenas de flores, el jazmín trepa sin cesar por las paredes, la hortensia se cree la reina entre el granado y el lilo. Salgo a fumar mi cigarrito y admiro, entre estornudo y estornudo, el conjunto y suspiro de emoción. ¡Ay, qué bonito ha quedado el jardín tras la obra, qué plantas, qué geranios!
En cambio, el jardín delantero me trae de cabeza. Las petunias se han quedado raquíticas, enanas y las ridículas flores están llenas de diminutos agujeros. Observo con atención y no entiendo qué ocurre. Lo comento con Alonso y me mira con cara de, de, de...vamos, que el tema petunia no le afecta ni le preocupa. De pronto, una mañana descubro un rastro en una flor de la petunia. Ajá, esta estela es de un caracol, le comento a la petunia que levemente mueve sus hojas para confirmar mi descubrimiento (estas conversaciones con las flores no se las cuento a Alonso porque es capaz de mandarme al psicólogo). La hiedra se había colado entre los maceteros y cubría parte de la pared. Cogí las tijeras de podar, apliqué mis técnicas de Sherlock Homes y (ay, cuánto me quiero), tras el follaje descubrí a los asesinos come petunias. Un nido enorme de caracoles (más de veinte, y de los gordos) dormía bajo las hojas de las hiedra. ¡Os pillé!, grité emocinada. Corté la hiedra, cogí los caracoles y los deposité en un jardín cercano (¡pobriños!).


Jardín delantero

Agotada con tanto esfuerzo neuronal me preparé una coca-cola light, salí al jardín florido y admiré los graciosos juegos y saltos de la nueva camada de gatitos que han nacido sobre el tejado del garaje del vecino. Ay, divinos animales (no todos, claro)

martes, mayo 27, 2008

Las novias de mis hijos

Lunes, llueve. Martes, llueve. Miércoles, llueve... Y así el resto de la semana. Las primeras gotas fueron una fiesta. Pensar que los pantanos se iban a llenar, que la sequía se alejaba... ¡Pero esto ya es un exceso! Nuestros planes de fin semana se desvanecen dentro de casa, las manías se acentúan (orden, limpieza casera...); ha terminado la competición futbolística (quedamos los últimos, por si alguien lo dudaba) y encima no puedo disfrutar de mi fantástico jardín. Por Dios, que vuelvan los rayos de sol, el calorcito, la ropa de primavera (ay, que no hay forma de que continúe con mis planes de dieta)...
Luego aparecen las frases de mis hijos que me hunden en la miseria. Por ejemplo, el sábado preparé una deliciosa merluza al horno con patatas. Tras los elogios de mis suegros (no esperaba menos) aparecieron las caras de asco de mis retoños. Jo, mamá no nos gusta el pescado, refunfuñaron. Pues si no os lo coméis os lo pongo para cenar, amenacé como siempre. Pues de mayor mi novia será una cocinera del Burguer King, explicó Diego. Sentí que me clavaban un puñal en lo más profundo de mi corazón (¡cómo me gusta ser cursi!). Ay, hijo, qué mal gusto, lloré para mis adentros, con lo bien que cocina tu madre. Alonso desde el otro extremo de la mesa apagaba su risa sorbiendo un poco de agua. ¡Pues yo quiero una novia del McDonald's!, gritó Álvaro. Y me pregunto yo a mí misma: ¿qué he hecho yo para merecer esto?

jueves, mayo 22, 2008

Acutángula

Mamá, mañana tengo examen de mates, ¿me ayudas?, preguntó Diego. ¡Cómo no!, exclamé como todos los días. Al cabo de media hora me vi inmersa en el mundo geométrico y aluciné. Según mis neuronas los triángulos se dividen en equilátero, isósceles y obtuso. Hasta aquí todo claro. Pero de pronto descubrí que también pueden ser acutángulos, rectángulos y obtusángulos. Leí estos extraños nombres, puse cara de conocerlos a la perfección, como si fueran íntimos amigos, e intenté aguantar el ataque de risa. Venga, Diego, vamos a repasar.
-¿Cómo se llama el triángulo que tiene dos lados iguales?
-Isósceles.
-¿Y el triángulo que tiene sus ángulos agudos?
-Acutángulo.
-¿Qué polígono tiene sus ángulos iguales 2 a 2 y sus lados iguales?
-El rombo, que además es paralelogramo.
¡Cuánto vale mi niño y que tonta es su madre acutángula!

martes, mayo 20, 2008

Una cuestión de pilotos

El piloto rojo se encendió. Mierda, exclamé dentro del coche, ya están las lucecitas amargándome la vida (la última vez que se alumbró un piloto no le hice caso y se cayó el perro del maletero).
-Alonso, se ha encendido el piloto del aceite -le expliqué sin mirarle a los ojos y temiéndome lo peor.
-Pues habrá que llevarlo al taller.
Me lo temía, pensé con desgana.
Así que al día siguiente me tocó dejar mi adorado coche y volver a casa andando. Sólo son diez minutos, pero si bajo un cielo soleado te cae una tromba de agua y si encima te acabas de alisar el pelo, te acuerdas del piloto rojo y de la madre del piloto rojo.
Esta mañana realicé un acto heroico: me fui al trabajo caminando. Para que no me sucediera como la última vez (me caí por un terraplén, casi me rompí el coxis y estuve una semana tomando antiinflamatorios), decidí modificar el trayecto. Seguro que si cruzo Conde de Orgaz tardo menos y no corro riesgos, razoné con las neuronas un poco dormidas. El día era soleado y las florecitas y floripondios adornaban los megas chalets del trayecto. Una estampa muy bucólica para alguien normal. Pero si eres alérgico y empiezas a estornudar cada dos pasos, la nariz te moquea y el rímel te embadurna la cara por el lagrimeo, te acuerdas del piloto rojo, de la madre del piloto rojo, de las florecitas, de los floripondios, del jardinero que plantó los arbustistos y de los dueños de los mega chalets que contrataron al jardinero. Entre estornudo y estornudo miré el reloj, habían pasado treinta y cinco minutos y aún me faltaba un buen trecho para llegar al periódico (por mi camino habitual sólo tardo veinticinco minutos). Desesperada, aceleré el paso, los estornudos, el moqueo, el lagrimeo y la mala leche. Salvo un piropo de un camionero que desde la altura de su cabina no percibió mi imagen alérgica, todo fue nefasto.
-Alonso, esta tarde me llevo tu coche y tú vuelves andando -le espeté nada más verle. Eso sí, a distancia para que no se asustara de mi imagen sudorosa.
-Vale -contestó sin entender mi cara de mal humor.
Por la tarde, con el coche de mi Alonso, fui a por los niños y los llevé a la peluquería. Volvieron súper guapos (yo, tras mi experiencia matutina, seguía horrorosa). De pronto, llamaron del taller. "Ya está arreglado su coche. Puede venir a buscarlo cuando quiera, estamos aquí hasta las ocho", comentó el mécanico. ¡Mi coche!, suspiré emocionada.
-¡Chicos, poneros los zapatos que nos vamos a buscar mi adorado coche! Venga rápido que sólo faltan quince minutos para que cierren el taller -grité un poco neurótica.
-Jo, yo quiero ver los dibujos -se quejó Diego.
-Y yo no quiero caminar -sollozó Álvaro.
-No me fastidiéis, ahora mismo nos vamos a por el coche, y rapidito...
-Pues entonces vamos en bici -impusieron mis "adorables niños".
Y en el trayecto hasta el taller, corriendo por las aceras detrás de mis hijos en bici, esquivando farolas, evitando que les atropellara un coche y sudando la gota gorda me acordé del piloto rojo, de la madre del piloto rojo, de las flores, de las bicis, de mis hijos y de la madre de mis hijos (es decir, de mí).
-Señora -dijo el mecánico perplejo del panorama de las bicis, los niños y la madre sudorosa-, le he tenido que cambiar el aceite, el filtro del aire del motor, el filtro del aire acondicionado y le he puesto nuevos los pilotos traseros que estaban rotos. Así que la factura asciende a...
-Ni me lo cuente, pasé la tarjeta de crédito y deme las llaves de mi coche, por favor -contesté sin fuerzas.
Abrí el maletero, coloqué las bicis, puse los cinturones de seguridad, arranqué, llegué a casa, saqué las bicis, los niños y, por fin, me senté en el sofá.
-Emma, son casi las nueve, cómo es que los niños no están en pijama -preguntó Alonso al entrar por la puerta.
-¿Y tú por qué has venido tan tarde?
-Es que he esperado a que me trajera Barroso en coche.
-¿No has venido andando?
-No.
-Pues te toca bañar a los niños, ponerles el pijama, darles la cena, hacer los deberes con Diego y acostarles.
-Uff, ¿qué te pasa? Te noto malhumorada.
-Nada, es culpa del piloto.
-¿Qué piloto?
-Déjalo, amor, luego te lo cuento...

Ay, casi



¡Que me desmayo, que me desmayo!, vociferé desde la grada al contemplar el cuarto regate seguido de mi hijo. El corazón se me puso a mil por hora. Mi emoción contenida me rizó el pelo de golpe y una lágrima de emoción asomó por mi ojos. De pronto, un pase a Pablo Lisalde y ¡¡¡gol!!!. El griterío de todos los padres hizo que el tiempo se parara y explotara el júbilo. ¡Qué momento! Íbamos ganando el partido, unos fieras... Pero la ilusión duró un minuto (tiempo que el equipo contrario tardó en colarnos un gol). Incluso llegamos a un glorioso empate: 3-3. El final del combate (ya no era partido, era combate a vida muerte) nos derrotó y, oh, qué pena, perdimos por 5-3. Exhausta, agotada y satisfecha salté al campo abracé a Diego y dejé que la lágrima escondida cayera por el suelo de nuestra derrota. "Emma, son malísimos" dijo el que dice ser mi marido (en momentos como éste lo dudo) y, como es habitual, le fulminé con la mirada.

lunes, mayo 12, 2008

El alienígena

Anoche llegó mi adorado Alonso de Nápoles, así que para hablar de todo lo acontecido durante estos últimos cinco días, decidimos ir a comer fuera.
-Hoy eliges tú -ordené al subir al coche.
No sé cómo, porque al él no le gustan nada, se decidió por un chino/tailandés. Debíamos esperar un poco y fui al baño. Al salir comprobé que ya estaba sentado, busqué nuestra mesa y me acoplé a su lado. Le miré extrañada, tenía una cara rara, como desencajada.
-Cielo, -empezó a decir- me he equivocado en la elección.
-¿Por?
-No te has dado cuenta.
-¿De qué?
-Mira a tu derecha.

Giré la cabeza y se me revolvió el estómago al ver al extraterrestre.
-Lo siento -musitó cabizbajo.
-¡Qué tontería, ni que tú supieras que ese elemento se alimentaba aquí! -reí.
Comimos muy bien, relatamos nuestras historias y, por supuesto, no dejamos que el jefe que lleva más de dos años sin hablarme nos amargara la comida. ¡Faltaría!

Pd. Una que es muy creativa (¡viva mi modestia!) se ha permitido hacer una caricatura para que mis adorados seguidores del blog se hagan una idea del alienígena.

lunes, mayo 05, 2008

El sábado pasado...

A las seis de la tarde aparecieron por casa María, Víctor, Mónica y Vitín (la familia tilde).
-¿Ya habéis decidido a qué parque vamos a ir? -preguntó mi prima.
-Sí, al Juan Pablo II -contesté emocionada mientras llenábamos el maletero de bicis (las de Diego y Álvaro) y tres monopatines para sus primos.
Alonso torció el morro y se quejó en el coche.
-Emma, no entiendo por qué quieres ir a ese parque con el calor que hace. Sería mejor ir al Juan Carlos I que hay más árboles y, sobre todo, más sombra.
-Pues haberlo dicho antes -rugí-, además los niños seguro que disfrutan más en éste porque hay un camino para bicicletas y monopatines.
Desembarcamos todos los bártulos. Vitín se apropió del monopatín de "Cars", Mónica del dorado (luego se quejó todo el camino porque ella realmente quería el plateado)
y Diego y Álvaro de sus súper bicis y corrieron al parque. María y yo cotorreábamos felices y, tras nosotros, Alonso y Víctor se quejaban de que no hubiese ninguna sombra.
Al cabo de quince minutos, llegaron Roberto, Virgina, Manuela (con su triciclo) y Cayetana (en su sillita). Virginia se unió al grupo feliz que, además, había conseguido un banco con algo de sombra (a los diez minutos la sombra era total, que conste) y Roberto (¡cómo no!) se quejó del parque.
Los niños, felices, descubrieron los canales árabes y empezaron a chapotear con el agua. Los juegos eran muy inocentes: tiraban la pelota en un extremo y la recogían al final del canal, simulaban que un barco navegaba por las aguas... Hasta que Vitín se cayó al agua. Sus zapatos se empaparon. María, tranquilamente, se los quitó y le propuso que mojara sus pies por los canales. Víctor al oírla exteriorizó su ira, "María, ¿cómo se te ocurre? Esa agua seguro que tiene cientos de bacterias, estará contaminada, corrupta... ¡Los niños se van a poner malos!". Las chicas, atónitas, le miramos y no le hicimos caso.
La iniciativa de Vitín fue seguida por Mónica, Diego (que terminó con los pantalones y la camiseta empapados) y Álvaro. ¡Álvaro!, grité, espera que te quito la ropa y así no te mojas. Alonso giró y vio a su pequeño en calzoncillos, se levantó, me disparó ira con sus ojos y se fue.
¡¡Nos estamos saltando las normas!!, gritó Víctor encolerizado. ¿Qué normas?, preguntó Virginia que disfrutaba con las risas de Manuela y Cayetana. Las normas de la lógica y el razonamiento, zanjó Víctor.
De pronto, una mujer bajó en patines por la cuesta empujando un carrito de bebé (sin niño, por suerte). Sin saber cómo se desequilibró y voló por los aires con el carrito incluido.
Emma, nos has traído a un parque de locos, dijo Roberto conteniendo la risa y observando desde lo lejos las heridas de la mujer.
La tensión se mascaba en el ambiente así que rogamos a los niños que vinieran para vestirlos. ¡Jo, con lo bien que nos lo estamos pasando!, gritaron todos a la vez. Les convencimos rápidamente: si os vestís nos vamos a cenar al McDonalds. Dicho y hecho. Anduvimos con todos los mecanismos con ruedas hasta los coches (Oye, Emma, la próxima vez aparcamos en una puerta que esté más cercana a los columpios, se quejó Roberto). Llegamos hasta la placita de la entrada. Diego y Álvaro se fueron a dar otra vueltecita en bici, Manuela decidió seguirles con su triciclo y Mónica y Vitín empezaron a correr la maratón y Roberto les siguió desesperados. El resto, sentados en un agradable banco, conversábamos de nuestros avatares. El móvil sonó. Es Roberto, comenté extrañada al descolgar. Malos padres, gritó por el auricular, estoy en la otra esquina del parque vigilando a todos vuestros hijos. Víctor, azorado, intentó ir en su busca, pero al final desistió al ver lo lejos que estaban.
Por fin, reunimos al redil y cenamos relajadamente en el McDonald's.
-Cielo -comenté con tono dulce a mi Alonso antes de dormir-, mañana nos ha propuesto Roberto que vayamos a su piscina.
Alonso me miró con terror.
-Pues conmigo no cuentes, que hoy ya he tenido suficiente.
¡Cómo sufre mi amor!

domingo, abril 27, 2008

¡¡Gol!!

Nunca he sido una gran deportista, pero el sábado a las doce y veinte de la mañana mostré mis dotes gimnásticas: salté a una altura impresionante, boté por las gradas, corrí a abrazarme a Esther, la madre de Antonio, grité neuróticamente, salté de nuevo y, no sé cómo, contuve las lágrimas. Las lágrimas de emoción y de goce. Mientras, mi hijo corría por el campo con los brazos estirados y era abrazado por sus compañeros. ¡Diego había marcado un gol! No un gol cualquiera, un golazo. De pronto lo imaginé en el Bernabéu rodeado de hinchas y yo saltando al césped para darle un gran abrazo. Volví a la realidad. Recibí las felicitaciones del resto de los padres y lancé besos volátiles a Diego que me miraba emocionado. Vale, como siempre perdimos, pero por una vez marcamos dos goles en un partido. ¡Y uno de mi niño! Ay, que ilusión.
Al final del partido Esther les hizo el mejor regalo: una camiseta para cada uno con la inscripción "Somos los mejores. Santa María de la Hispanidad B". El remate de la emoción.

viernes, abril 25, 2008

Mis secretos

Me miro al espejo y no me reconozco. ¿Seré yo? Mi imagen ha cambiado, se ha rejuvenecido, luce una belleza innata (ay, qué modesta soy). Sí, soy yo. ¡Ya era hora!
Todo tiene su explicación. Esta mañana, cuando he cerrado la puerta y mis chicos se han ido, he decidido mimarme. Mi rostro tras la paliza de la cocina lo necesitaba. En el baño he preparado mi salón de belleza (que en esto también ahorro, así que Alonso no te quejes de mis despilfarros...) y he empezado con el pelo, que después de la bolsa de Carrefour estaba traumatizado. Me he aplicado el tinte y me he envuelto la cabeza en papel de plata (¿por qué, por qué?, preguntaba la melena). Mientras esperaba los treinta minutos de rigor he aprovechado para depilarme las piernas (que en la demás partes me he hecho el láser, un invento) y me he aplicado unas cuantas mascarillas de rostro. Luego, lavado de pelo, corte de flequillo, secador, planchas de pelo, maquillaje, rímel, pintura de ojos, pintalabios (uno nuevo que hay que aplicar en dos tandas y dura todo el día)...
De pronto, me miro al espejo y no me reconozco. ¿Seré yo? Mi imagen ha cambiado, se ha rejuvenecido, luce una belleza innata (ay, qué modesta soy). Sí, soy yo. ¡Ya era hora!

Obra final

A las doce de la noche decidí rematar la cocina. La cuestión no era fácil. Mi largo pelo (por la mañana me lo alisé para estar aún más guapa, si cabe) lucía su brillo esplendoroso. El bote de pintura blanca me observaba con pasión y detecté como sus minúsculas gotas blancas se organizaban para saltar en cuanto pudieran a mi melena. No lo vais a conseguir, pensé. Me recogí el pelo y lo sujeté con una pinza, después me tapé con un pañuelo de pirata, pero la protección no era total. ¿Qué hago?, pregunté a mi materia gris. Tras dos minutos de razonamientos lógicos e ilógicos hallé la solución: una bolsa de carrefour. La coloqué sobre mi cabeza y la até a la nuca. Mi imagen, para qué negarlo, era horrorosa y antilibidinosa. Por Dios, recé, que no se levante Alonso y que el vecino de en frente no se asome a la ventana. Mis plegarias fueron oídas.
El protector del techo que me recomendó el profesional de la tienda de pinturas (a este ritmo nos vamos a hacer íntimos) ya se había secado (Emma, 24 horas, no lo olvides) y empecé a pintar el techo. Los músculos del brazo se empezaron a quejar. Chicos, hay que aguantar, ordenó mi cabeza embutida en la bolsa de Carrefour. Una vez rematado el techo (¡lo que me costó!), apliqué la segunda capa naranja de la pared de la cocina. Al final, quité todos los plásticos y papeles protectores y observé mi obra de arte. ¡Qué artista!
Agotada y sin fuerzas, me liberé de mi bolsa de Carrefour. El sudor me había rizado el pelo y el brillo había desaparecido pero, qué ilusión, no me había caído ni una gota blanca de pintura. El reloj marcaba las cinco de la mañana y las ojeras me suplicaban que me durmiera, que descansara, que repusiera energías...

martes, abril 22, 2008

Con la gorra puesta

El estrés me estaba venciendo. Los niños dormían, ya habíamos visto nuestras series (CSI y Prision Break), colocado la cena y Alonso seguía tumbado en el cuarto de estar.
-Huy, es tardísimo -exclamé mirando el reloj del televisor -deberías subir a dormir, que mañana no habrá quien te despierte.
Alonso me miró perplejo con sus ojos somnolientos.
-Tienes razón, me subo que estoy a punto de quedarme frito.
¡¡Bien!!, grité para mis adentros. Esperé diez minutos (tiempo máximo que tarda en dormirse). Me quité el pijama y me puse las mallas, una vieja camiseta, la gorra y los guantes. Coloqué los plásticos por la cocina y pensé que tenían la medida exacta para trasladar un cadáver, empujé la nevera, saqué al jardín el cubo de basura, el verdulero y el comedero de Lucas, me preparé una coca-cola light, me fumé un cigarro relajadamente y cuando la noche se enfrascó en su silencio empecé a trabajar. A las doce en punto tomé el pincel y el rodillo y comencé con los movimientos "arriba-abajo" que aprendí del maestro japonés de Karate Kid. La emoción me invadía por momentos, leves gotas naranjas salpicaban mi uniforme y, alguna, bañaba mi rostro de naranja chillón. A la una de la mañana hice una parada para fumar un cigarro y admirar mi obra. A las dos y media terminé de pintar la pared naranja de la cocina. Las fuerzas se evaporaron de mi cuerpo, me arrastré hasta el cuarto de estar, me tiré al sofá y me dormí.
Alonso mostró su asombro a primera hora de la mañana. ¿Pero cuándo has pintado?, ¡estás loca!, gritó disipando mis sueños. ¿Ha quedado bien?, pregunté somnolienta. Claro que ha quedado bien, contestó mientras subía el biberón de Álvaro.
A las nueve y veinte salían mis hombres de casa. Era el momento de empezar con el acuaplast. Me disfracé de pintora, cogí la espátula y poco a poco fui tapando los huecos e igualando el techo. Cuando llegó Ana miró perpleja el panorama abstracto: manchas naranjas y blancas en el suelo, los azulejos con pequeñas motas multicolor, mi piel más que rosa, anaranjada y mi sonrisa que iluminaba su estupor. ¿Verdad que está quedando muy bien?, le pregunté emocionada. Sí, susurró aterrorizada.
Está noche debo lacar el techo y mañana, si se ha secado el esmalte, pintaré el techo y daré la segunda capa de naranja a la pared. Ay, cuánto me quiero.

sábado, abril 19, 2008

Falta de energía

El viernes no trabajé, pero arrastraba el cansancio de toda la semana. Tras reponer la nevera de yogures, embutido y demás productos alimentarios, me fui a comer a casa de mi abuela Mary. El régimen se esfumó entre los aperitivos, la ensalada de espinacas con gulas, el solomillo de cerdo en salsa y las fresas. Volví a casa protegida en el coche del ataque del granizo, cogí la merienda de los niños y me fui al colegio. La última camiseta del chándal que había perdido Diego apareció en el gimnasio. Tuvo suerte. Óscar y Alejandro se apuntaron a la ración de palomitas del viernes por la tarde en casa. Álvaro gimoteó porque su amigo Pedro no podía venir. Al entrar en la cocina contemplé la desolación: Ana había raspado la pintura del techo que se estaba agrietando (es un sol). Mientras los niños jugaban aproveché para tapar la ventana, el timbre... y demás lugares que debía proteger para que no se mancharan con la pintura.
Es sábado, Diego ha perdido en el fútbol. Tengo que pintar, pero no tengo fuerzas. ¿Volverán mañana?

martes, abril 15, 2008

El estuche

Por la noche dejé todo preparado: uniformes, bolsa de deporte de Diego, su mochila con los libros y el estuche, zapatos listos... Por la mañana, como siempre, pusimos el acelerador casero para que nadie llegara tarde a su destino. Los niños desayunaban, Alonso se duchaba; los niños se lavaban la cara y se ponían colonia, Alonso se vestía... ¡Todo listo! Cogieron sus bártulos y salieron por la puerta.
-Diego, revisa bien las preguntas del examen y recuerda que un kilo son dos medios kilos o cuatro cuartos de kilo. De mayor a menor se multiplica y al contrario se divide... -gritaba con mi estilo italiano desde la puerta y en pijama.
El silencio dominó de nuevo la casa. Me acerqué a la cocina y puse mi taza de menta poleo en el microondas.
Ring, ring, sonó la puerta.
¡Qué se les habrá olvidado!, pensé al abrir.
-Mamá, ¿dónde está mi estuche? -suplicó Diego.
-En tu mochila. Mira bien, anda. Y corre que vais a llegar tarde.
Plong, sonó la puerta.
Iba a parar el microondas cuando un ruido me lo impidió.
Ring, ring,
-¿Qué pasa ahora? -grité mientras caían mis legañas al suelo.
-Mamá -dijo Diego con ojos llorosos- el estuche no está en la mochila.
-¿Seguro? No puede ser, te prometo que ayer lo metí.
-Voy a ver si está en mi cuarto.
Bajó al minuto.
-No está.
-Venga, tranquilo, se te habrá caído en el coche. Date prisa.
Plong
Me arrastré por cuarta vez a la cocina, coloqué la tostada integral en el tostador y...
Ring, ring
¡Mierda!, exclamé malhumorada, aunque decidí callar al ver que la cara de mala leche que traía Alonso me superaba con creces.
-¿Dónde está el estuche?- bufó con los ojos desencajados.
-Pues tendría que estar en la mochila... A ver si se le ha caído a la calle... Aunque lo habríais visto, sólo son dos metros hasta el coche... No lo entiendo -decía yo a las paredes mientras Alonso corría de la habitación de Diego al salón.
-Bueno, me voy sin el estuche, ¡menuda mañanita!, ¡joder!
Plong
Cling, la tostadora.
Desayuné con la intriga del estuche, salí a la calle en pijama para ver si resolvía el misterio, infructuoso, me relajé un poco y bajé para trabajar en el ordenador. De pronto, observé como Naruto (el ídolo de Diego) me miraba desde un estuche escondido en la escalera. ¿Qué hace aquí el estuche?, pregunté al silencio. No obtuve respuesta.
Por la tarde, al recoger a los niños, les planteé mi duda.
-¿Quién ha escondido el estuche de Naruto en la escalera?
-Yo no, mamá, te lo juro -contestó Diego alucinado.
-Álvaro, ¿has sido tú?
Silencio
-Álvaro, contesta.
Silencio y sonrisa picarona.
Y en ese preciso momento me vino una imagen a la cabeza: Álvaro sentado en su sillita del coche observando como su padre y su hermano discutían por el estuche, bajaban del coche, entraban en casa, salían de nuevo con peor humor, volvían a buscarlo, Diego se desesperaba, Alonso se sulfuraba... Y él callado, sin decir dónde estaba el maldito estuche.
-Álvaro, olvídate de que esta noche te lea un cuento, estás castigado. Has sido muy malo. ¿Cómo no les has dicho que habías escondido el estuche?.. ¡Que sea la última vez que abres la mochila de tu hermano -grité encolerizada
Silencio
-Mamá -musito a los cinco minutos-, te quiero mucho.
-Sigues castigado.

lunes, abril 14, 2008

Silencio roto

La sensación de silencio me invadió cuando Alonso y yo nos fuimos a vivir juntos. Añoraba la histeria de mi hermano Roberto, los gritos de mi madre, los lloros de Pepe, mis alaridos, nuestros enfados... Aunque dé una imagen de familia neurótica es la realidad. El tono de mi familia es así, estilo italiano, con varios decibelios por encima de lo normal.
De pronto me vi en mi divina casa de Arturo Soria rodeada del amor de mi Alonso y con un silencio que me estremecía. Él, en cambio, estaba encantado del entorno calmado (su familia es castellana austera y la entonación de su conversación es horizontal y sin altibajos).
Han pasado los años y el estruendo ha vuelto: Diego grita a Álvaro, Álvaro a Diego, yo a los dos, Álvaro llora, Diego se enfada, yo amenazo, el gato maúlla... De pronto, ataque de carcajadas, besos y abrazos. Y mi Alonso, enganchado a la Aspirina plus, refunfuña en estilo castellano austero que necesita un poco de calma, que le agota nuestro ritmo, nuestro bombardeo verbal. Y yo, feliz, le sonrió desde el bullicio.

Resumen semanal

Mi semana de estrés laboral mensual es agotadora. No saco un momento para mí, para escribir, para relajarme. Mis horas vuelan entre el trabajo en el periódico, el quehacer de casa, los niños, mi Alonso y, cuando tengo a todos dormidos, realizo en horas intempestivas mis colaboraciones externas. Ahora entiendo por qué un compañero de Pozuelo expresa que yo soy como su regla, que le vengo una vez al mes y le dejo agotado. Lo mismo ocurre conmigo.
Pero además del trabajo mantengo mis escapadas. El viernes pasado, por fin, tuvimos la cena de primos. Los anfitriones fueron María y Víctor (la próxima nos toca a nosotros). Cabe destacar la virtud familiar de la posguerra, es decir, que si somos ocho personas cocinamos para dieciséis, no vaya a ser que alguno se quede con hambre y María, por supuesto, nos cebó de ricos manjares (para dieciséis, que conste): paté de ahumados, salmorejo, pimientos con atún, patatas con huevos rotos... de aperitivo y de plato principal, fondue de carne con diversas salsas. El postre (ay, Víctor, qué el fallo el tuyo) iba a ser tarta de manzana pero al final fueron unos ricos helados. El vino -lo trajeron Nico y Clara, el que van a poner en su boda- voló y las risas comenzaron. Las conversaciones se centraron en los anillos: los de boda, los de pareja... Y, cómo no, la boda, porque la celebración multitudinaria es unos meses después del enlace oficial en Oliete, Teruel, y ha generado varias incógnitas: ¿los chicos tienen que ir de traje?, ¿las chicas de cóctel o estilo ibicenco?, ¿zapatos de tacón o alpargatas elegantes?... Mis dudas se resolvieron: iré divina, como siempre, aunque aún no se qué pondré. ¿De largo?, ¿de corto?, ¿tres cuartos?... Depende de mi ánimo.
Este sábado el plan era perfecto: las tres parejas de primos con niños íbamos a quedar para dar un paseo por el parque del Capricho y, luego, a comer a un restaurante que admitiese a todas nuestras fieras. ¡Cachis!, Álvaro se levantó con fiebre y toses y hubo que cancelarlo. Por la tarde vino la familia Peña-Calle a casa, Manuela no paraba de llorar y gimotear porque quería ver a sus primos, e inauguramos la súper terraza del jardín con unas dietéticas tortitas con nata.
El domingo, todo un clásico, nos fuimos con las bicis al Juan Carlos I, aunque fue menos relajante de lo habitual. Cada tres pasos nos encontrábamos con alguien: Susana, la profesora de lengua de Diego; la familia Barreiro (Ángeles, Vicente, Alejandro y Cristina); Irene (compañera de Álvaro) y su madre; María Alonso (otra compi de Álvaro) y sus padres y, como remate, a cuatro compañeros del periódico. Resumiendo: ¿o es purita casualidad o no vuelvo al parque? Al final, para relajarnos nos fuimos a comer al Chicago's y por la tarde disfrutamos de pequeños momentos de traquilidad mientras Diego, Álvaro y nuestro hijo adoptivo, Stéphan (el vecino) veían Spiderman3.

jueves, abril 03, 2008

Doctor, te quiero

El lunes, hora en el médico para que me fusilara un papiloma.
-Tenía que comentarle... -empecé a decirle mientras me disparaba con la botella de nitrógeno- que en diciembre me desmayé y este viernes estuve a punto de que se repitiera.
-Pero, ¿llegaste a desvanecerte?
-No, fue solo un mareo, un gran mareo.
-Bueno, Emma, a las chicas jóvenes y delgadas es habitual que les den bajadas de tensión.
Miré la consulta, comprobé que no había nadie más, observé mi michelín superior y busqué la cámara oculta.
-Vale, pero ese no mi caso- exclamé perpleja.
-Sí, Emma, tienes un leve sobrepeso pero eres una chica joven y delgada.
En mi interior explotó una bomba nuclear de emoción, subidón, autoestima en alto grado...
-Porque estamos en una consulta, que si no te invitaba a una copa- dije con voz neurótica de felicidad.
Y es que no es lo mismo que el hijo del gilipollas te diga que "te conservas muy mal para tu edad" a que un profesional te piropee con un "eres una chica joven y delgada". No hay comparación.
Así que cuidadito que a mí ya no hay quien me tosa. En breve, a la pasarela Cibeles y sin papiloma.

Tensión de amigas

Las instrucciones de Blanca me tenían estresada.
-Emma, confirmado, esta noche quedamos a cenar. Te toca a ti reservar restaurante -ordenó Blanca.
-Vale, pues en un tailandés que conozco que está muy bien -respondí con rotundidad.
-No. Mejor elige otro sitio con comida más tradicional que a Mayte no le gusta la comida picante ni tailandesa.
-¿Algo más?
-Sí, que sea fácil aparcar.
-Sí, bwana, lo que usted diga.
Mis neuronas aún estaban un poco atontadas (sólo habían dormido cuatro horas), las espabilé con una coca-cola light y rápidamente me dieron la solución. ¡Cuánto valgo!, me dije a mí misma. Busqué el teléfono y reservé en el restaurante perfecto: al lado de mi casa (quien parte y reparte se lleva la mejor parte), cocina italiana, chalet coqueto y original y con aparcacoches o, en su defecto, con facilidad para aparcar.
El nombre del restaurante produjo ciertas confusiones.
-Nuria, hemos quedado en Casa Mía -le explique.
-Perfecto, sobre las diez me paso por tu casa.
-No, Nuria, que esta vez no es en mi casa, es en un restaurante que se llama "Casa Mía".
-Ah, vale.
(La misma conversación la tuve con Mayte y María. Ay, qué torpes son).
A las diez menos cuarto salí de casa (caminando, que para eso lo había elegido al lado de mi casita). Antes de llegar me encontré con Blanca y Mayte. En el restaurante, acompañada por una copa de vino, estaba María. ¡Qué ilusión! Tanto tiempo sin verla. Y si ahora estaba allí en parte era gracias a mi abuela que hizo que nos uniéramos de nuevo en su funeral.
Nuria, ¡qué raro en ella!, se perdió pero, como siempre, llegó.
La elección del sitio fue todo un éxito, aunque a la pobre Blanca el catarro no le dejó disfrutar al cien por cien. La mozarella y la ensalada de rúcula volaron por nuestros paladares. Los segundos se esfumaron entre recuerdos del colegio y anécdotas pasadas. Luego, postre y copita.
A las dos y media de la mañana el camarero nos trajo la cuenta para que nos fuéramos. María y yo decidimos ir a tomar una última copa para hablar de los años perdidos.
Casi todos los locales estaban cerrados así que nos decantamos por el único que estaba abierto (¡qué listas!). Pedimos nuestras respectivas copas y empezamos a hablar de lo divino y de lo humano, del pasado y del presente, de los niños, familia, pareja... Tanto hablamos que hubo un momento en que me empecé a encontrar mal: estómago revuelto, leve mareo...
-María, perdona, pero creo que me voy a desmayar.
-No fastidies.
-En serio, sácame de aquí o me caigo redonda.
-Estás muy pálida, venga, vamos fuera.
El aire fresco que corría por la calle poco a poco me espabiló y evitó que montara el espectáculo.
-Emma, pero si casi no has bebido. ¿Qué te ha pasado?
-No sé, en Navidad también me desmayé, son bajones de tensión.
Después del susto me llevó a casa y acordamos repetir estos encuentros y, si puede ser, dejar las lipotimias escondidas en el armario.

lunes, marzo 31, 2008

Y en vacaciones, reunión de amigos


Menú infantil. Paula, Diego, María y Álvaro


Kaos, tumbado en el sofá, languidecía más su mirada. De aquí no me movéis, me decía con sus ojos achinados, que estoy herido. Le observé con preocupación mientras mi mente repetía las palabras "asesina, asesina". Tan enfrascada estaba en mi arrepentimiento que casi no oí la puerta del jardín. El desfile de amigos comenzó a gotear como la lluvia que empapaba la sierra: Blanca y María; David y Mayte con Paula y Elena, y Pepo y María. El plan de barbacoa en el jardín se suspendió. Hubo suerte y pudimos reservar una mesa para catorce en la sidrería vasca (9 adultos y 5 niños). Corrimos por las calles hasta el restaurante esquivando los copos de nieve. Durante el aperitivo llegaron Chino y Nuria. Pedimos un suculento menú degustación y dejamos que la sidra inundara nuestros vasos. Los peques aguantaron una hora sin revolucionarse. En el momento en que vimos que los niños estaban a punto de tirarse desde la barandilla a las mesas de las planta baja sin paracaídas pedimos la cuenta y tomamos el café en casa junto a unas sabrosas torrijas (¡que se lo pregunten a Pepo). El sector infantil corrió por toda la casa, tiró las palomitas, discutió por los juguetes, mimó a Kaos... Resumiendo: se portaron de maravilla y nosotros, los cuasi cuarentones, también. Un gran día.


Un amigo, un amor, una gran amiga

Entre árboles



La calma también hizo su aparición. Por ejemplo, la mañana que fuimos al Arboreto Luis Ceballos, en El Escorial.

Semana Santa 2008. Animales III

Kaos, nuestro héroe, me mira con cara triste, tiembla cuando me acerco a él y no entiende cómo le he podido herir. Reconcozco que el perro es bastante dramático, pero esta vez tiene razón.
Aquella tarde soleada decidimos ir a dar un paseo por el pantano. JF se fue en un coche con sus padres y yo coloqué a mis tres fieras en el mío (Diego, Álvaro y Kaos).
-Mamá, por favor, vamos a buscar a Alejandro y a Cristina -suplicaron mis retoños.
Y como yo soy una mandada, fui a buscarlos.
El orden en el coche era el siguiente: Kaos en el maletero, los cuatro niños en el asiento trasero y yo, de conductora. Como el trayecto era cortito no me importó. Según íbamos por la carretera un grito me hizo frenar en seco.
-¡¡Se ha abierto el maletero!! -gritaron Álvaro y Cristina.
Miré por el retrovisor, el coche que iba tras nosotros me daba frenéticamente las luces y Kaos, ahogado por la correa, era arrastrado tras el coche.
Luces de emergencia, frenazo y salí como una loca gritando: "¡¡chicos, ni se os ocurra bajar del coche!!"
Kaos, aterrorizado, me miraba con sus ojos achinados. El collar lo tenía medio ahogado por la tensión que ejercía la correa que estaba sujeta a la barra del maletero. Rápidamente le liberé de su asfixia. Su cuerpo temblaba y sus patas sangraban. Le metí a duras penas en el asiento del copiloto.
-Pobre, Kaos, mamá, casi lo matas -dijo Diego mientras le acariciaba.
-Ha sido un accidente -contesté asustada.
-¿Y cómo se lo vas a contar a la abuela y a Pepe?
-Ay, no sé.
Llegamos al pantano con la fiera herida. Alonso me miró perplejo.
-¿Qué le pasa a Kaos? -preguntó intrigado.
-Pues no te lo vas a creer pero se ha abierto el maletero en marcha y el pobre se ha caído a la carretera.
-No fastidies, Emma.
-Oye, que ha sido un accidente.
-Lo que tú digas, pero sólo a ti te ocurren estos accidentes tan raros. Anda, dame a Kaos que me lo llevo a casa para curarle. ¡Asesina!

Kaos, por suerte, sólo se rompió una uña, se rozó las almohadillas y se magulló un poco las patas. Me mira con horror y mis hombres me fusilan con la mirada mientran susurran: ¡asesina, asesina!

jueves, marzo 27, 2008

Semana Santa 2008. Animales II



Los gritos de Álvaro a primera hora de la mañana solicitando su biberón me hicieron saltar de la cama. Mientras se calentaba la leche en el microondas observé por la ventana como el sol dominaba a las nubes. Desayunos, unos pocos deberes, vestir a los niños y, por fin, a la calle. En el parque nos encontramos con Ángeles y sus hijos. Al final, volví a casa con cuatro niños, les senté a comer y batallamos un poco. ¡Jo, mamá, por qué tenemos que comernos las judías verdes!, refunfuñó Diego. Porque lo digo yo, argumenté con un razonamiento aplastante.
El sol seguía luciendo. Chicos, nos vamos de paseo, impuse para lograr que los mayores no se engancharan a la Nintendo. Kaos, empezó a mover el rabo emocionado y los niños corrieron a por todos sus aparejos. El espectáculo al salir de casa era muy cómico: Diego, Alejandro y Álvaro con sus bicicletas, Cristina con su monopatín y yo arrastrada por Kaos. Hasta que llegamos al camino de tierra, corrí como una loca detrás de Álvaro que se cree Induráin y aún no es consciente del peligro de los coches.
El paseo comenzó tranquilo. Los niños pedaleaban felices, Cristina a duras penas podía mover el monopatín y Kaos me suplicaba que le soltará. No, Kaos, ya sabes que a mí me da miedo, le dije pensando que me entendía. Álvaro paró su bici y gritó: ¡mamá, hay dos vacas sueltas o dos toros, no lo sé! Bueno, contesté, pues en vez de ir a ver a la vaca Avelina cogemos el camino de Alpedrete.
Al cabo de diez minutos, empezaron las quejas:
-Jo, mamá, hace mucho calor, ¿me puedes llevar el abrigo? -suplicó Diego.
-El mío también, por favor -pidió Alejandro.
-Emma, y a mí me puedes llevar el monopatín -rogó Cristina.
Anduve con dos abrigos, un monopatín y el perro durante cinco minutos. El sudor caía por mi frente y mis energías se iban agotando.
-Chicos -grité- hay que buscar un escondite para guardar todos estos trastos y a la vuelta los recuperamos.
Depositamos todo bajo unos matorrales y continuamos con el paseo. Diego y Alejandro se distanciaron de nosotros. Álvaro, a dos metros míos, cayó de su bici. No sé por dónde apareció, pero de pronto un enorme perro negro salvaje se interpuso entre nosotros. Se acercó a Álvaro, que empezó a llorar aterrorizado, y le olisqueó.
-Álvaro, tranquilo -supliqué con la histeria por dentro-, que no note que estás nervioso.
Cristina se aferró a mis piernas con sus ojos llorosos.
El perro se separó un poco de mi hijo y no me lo pensé dos veces: solté a Kaos y confíe en él. No me defraudó: ladró como un loco al perro invasor, enseñó sus fauces, le mordió y el perro salvaje corrió por el monte con el rabo entre las patas.
Álvaro lloraba, Cristina lloraba y yo aguantaba mis ganas de llorar. Relatamos a los mayores nuestra "aventura terrorífica con el perro negro de ojos rojos" (según los pequeños) y decidimos volver a casa y recuperar nuestros "tesoros escondidos".
-¡¡No, mamá!!, por ese camino no -balbuceó Álvaro.
-¡¡No, Emma, qué miedo!! -lloró Cristina.
-Está bien, no os preocupéis seguiremos por este camino aunque sea más largo, llegaremos a casa y ya veré cómo recupero los "tesoros" -expliqué para calmarles.
Al cabo de un kilómetro, el perro salvaje se plantó en nuestro camino. Kaos ladró desesperado, los niños balbucearon su pánico y mi estrés me rizó aún más el pelo.
-Tranquilos, chicos -susurré- vamos a volver por el atajo que ha utlizado el perro y así no nos podrá hacer nada.
Despacio, muy despacio, aceleramos el paso y nos colamos por el pequeño hueco que había en el vallado, metimos las bicis y corrimos campo a través, tropezamos, corrimos y por fin vimos al perro salvaje muy alejado de nosotros. Me di un chute de ventolín para evitar el ataque de asma nervioso, sonreí y exclamé: "venga chicos, vamos a recuperar nuestro tesoro". Los niños respiraron tranquilos, abrazaron a Kaos y le dijeron con ternura: "Kaos, eres nuestro héroe, nos has salvado la vida".

Cuando se lo conté a Juan Fran suspiró: "Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas"

PD: En esta ocasión no pude realizar el reportaje gráfico. El miedo me lo impidió.

miércoles, marzo 26, 2008

Semana Santa 2008. Animales I

Tras mucho desearlo, llegó la Semana Santa. No es que tuviera ganas de ir de procesiones, lo que quería era disfrutar de mis ansiadas vacaciones. Por fin, el viernes salí del periódico y sonreí al saber que iba a estar nueve días sin volver por allí.
El sábado cargamos los dos coches como los gitanos rumanos: bicicletas, monopatines, maletas, thermomix, deberes de Diego... Y nos fuimos a Guadarrama. La llegada fue dura. El recuerdo de mi abuela rondaba en cada esquina de la casa y las lágrimas florecían desconsoladamente. Saqué fuerzas y pensé que ella sería feliz al ver cómo disfrutábamos de su adorado pueblo, Guadarrama.
Tras deshacer y colocar todos los bártulos llegaron mi hermano con toda su tropa, mi madre, Pepe y Kaos y rememoramos nuestro clásicos: paseo guadarrameño y visita a la vaca Avelina (vaca rubia y gorda de grandes pitones). La sorpresa nos la dio la vaca Avelina, había tenido una ternerita que rápidamente Diego la bautizó como la vaca Margarita.
Esa noche se quedaron en casa mi madre y Kaos. Jugamos nuestra habitual partida de Rummy, alquilamos unas pelis, comimos unas dietéticas torrijas y el lunes sólo quedamos en casa los niños, Kaos (que me lo adjudicaron toda la Semana Santa) y yo.
Los peques me rogaron que quedáramos con sus amigos Alejandro y Cristina. Hablé con Ángeles, la madre de las criaturas, y planeamos subir al pantano a dar un paseo. El sol dominaba el cielo y el aire serrano era un placer. Los cuatro niños correteaban, Kaos me imploraba con sus ojos tristes que le quitara la cadena y Ángeles y yo cotorreábamos tranquilamente.

De pronto, una imagen bucólica apareció ante nosotros: dos graciosos burros trotaban alegremente entre los pinos.
-Ay, qué monos -exclamé con tono urbanito.
-Sí, qué graciosos -gritaron los cuatro niños a la vez.
De repente apareció otro burro, y otro, y otro... ¡Nueve burros salvajes! Y, ay, Dios mío, los nueve burros empezaron a galopar hacia nosotros.
-Mamá, que vienen los burros -sollozó Álvaro.
-Tranquilos, chicos, que los burros no hacen nada -grité mientras les animaba a correr detrás mío.
Ángeles y yo cruzamos nuestras miradas de pánico.
-Hacia el coche -dijo Ángeles.

Y allí corrimos todos (y digo todos, porque los burros venían detrás nuestro). Al cabo de unos cuantos metros, no sé cómo ni por qué, los burros pararon. Nosotros, en silencio, muy despacio, esquivamos sus largas orejas y sigilosamente, escondiéndonos entre los pinos, pudimos llegar a nuestro riachuelo, pusimos a Kaos de vigía y reímos por la aventura.



-Ay, Emma, a ti siempre te ocurren unas cosas rarísimas -comentó esa noche mi Alonso.

domingo, marzo 23, 2008

El hijo del gilipollas

Marta, la madre de Daniel, me pidió que el jueves fuera a ayudarla a organizar el cumpleaños de su hijo.
-¡Cómo no! -contesté-, además te dejo los sacos de obra para hacer carreras de sacos. A las seis, después de salir del periódico, me paso por tu casa.
-Vale, te espero a esa hora.
Por el jardín de la urbanización corrían despavoridos los habituales: Alejandro, Enrique, Quique, Diego... Y, ¡o no!, el hijo del gilipollas, bastante pato, por cierto.
Tragué saliva y pensé, pobre niño, él no tiene culpa de tener ese padre. Así que, como es habitual en mí, fui encantadora.
Tras agotar las energías jugando al pañuelo, los sacos, fútbol, carreras... Nos fuimos con toda la tropa al McDonald´s. Diego y Álvaro se sentaron junto a Alejandro, Borja, Alberto y David (el hijo de... Y, además, superdotado). Estuve pendiente de todos sus deseos y apetencias gastronómicas. Antes de tomarse el postre e irse a jugar al sitio de bolas, "el hijo del..." levantó la mirada y me preguntó:
-¿Cuántos años tienes?
Pregunta impertinente pero comprensible en un niño. Como el chaval en cuestión es súperdotado decidí poner a prueba su inteligencia.
-Si sumas las dos cifras el resultado es diez.
-Treinta y seis- contestó antes de que pasara un segundo.
-Casi, tengo treinta y siete.
-Pues para la edad que tienes te conservas muy mal, con perdón -dijo el imbécil, claro, que siendo hijo de quien es...
Contuve mis ganas de darle un sopapo (¡que me costó!), miré alrededor, vi Diego y su grupo de amigos discutiendo sobre los pokémon, las técnicas de los asaltantes de Pressing Catch y sonreí al comprobar que mi hijo, por suerte, no es súperdotado y vive a sus ocho años una maravillosa infancia y no es capaz de valorar si una persona aparenta más o menos años (que no es mi caso, que conste).

jueves, marzo 06, 2008

Más regalos

Las Navidades me dejan las neuronas exhaustas de tanto pensar regalos personalizados que gusten al destinatario. Cuando aún no me he repuesto, llega el mes de marzo y me pongo a temblar. Los cumpleaños se amontonan en la agenda: abuela Mary (finales de febrero), Roberto, Manuela, Pepe, Blanca y demás amigos. Y no tengo fuerzas. De lunes a jueves mi tiempo se escurre entre los deberes de Diego, los cuentos de Álvaro, las gestiones con el resto de las madres de colegio para ver a qué campamento mandamos a los niños en verano, la thermomix, las compras caseras que nunca se acaban (frutería, carnicería, pescadería, mercadona...), mis series, mi insomnio, mis momentos de relax (en este aspecto cada uno que le eche imaginación)...
El sábado Roberto nos invitó a cenar a La Mordida para celebrar su cumpleaños y a Chicote a tomar unas copass. El regalo fue un clásico: calzoncillos Calvin Klein y pantalón de pijama Calvin Klein, eso sí, con tiquet de regalo. Esta noche mi abuela Mary invita a todos sus nietos a cenar, así que me he recorrido el Corte Inglés de arriba a abajo. Al final encontré su regalo. Sé que lo cambiará porque a ella lo que más le emociona no es el regalo sino poder ir a cambiarlo al Corte Inglés. Así que espero que le guste el tiquet regalo.

lunes, febrero 25, 2008

Los ases del balón

Si gana la liga el Atlético de Madrid soy feliz, si la gana el Madrid, pues también. Lo único que tengo claro es que no me gusta el Barça... Pero ahora las cosas han cambiado. Ya no soy del Atlético, ni del Madrid. ¡Soy del Santa María de la Hispanidad B! El equipo de Diego. Todos los sábados por la mañana, haga frío o calor, allí estamos todos animando al equipo. La verdad es que no sirve de mucho: ¡somos los últimos de la competición! Pero a mí me da igual porque mis gritos se oyen por todo el campo, mis elogios, mis ánimos, mis críticas al contrario... Mamá, sólo se escuchan tus gritos, me dice Diego al oído. Yo soy así, como la madre de la Pantoja o la madre de Bardem, que me deshago por mis niños.
Emma, son malísimos, dice Juan Fran que domina la técnica del balón. Y mi cara se transforma, le fusilo con la mirada y le espeto indignada: de verdad, Alonso, eres insoportable, no valoras el esfuerzo, cada vez juegan mejor, son unos fieras. Alonso me mira con risa contenida y yo, de nuevo, le fusilo con la mirada.
Este sábado han perdido 19-0, pero, como diría Roberto, "han jugado como nunca, han perdido como siempre"

Ruta turística por el túnel

Me desperté cansada, sin ganas de hacer nada. Voy aprovechar que hoy no trabajo para descansar, pensé el viernes cuando mis tres hombres abandonaron la casa. De pronto, me acordé de la cena que tenía por la noche en casa de Paloma (cena CESIP -Celia, Emma, Sandra, Isabel y Paloma- ¡qué graciosa soy!) y me entraron los nervios. Me coloqué mi gorro de cocinera, seleccioné las recetas de la thermomix e hice en menos de una hora el paté de higaditos, el pisto para rellenar la empanada y la masa de la empanada. Al cabo de un rato, la nevera enfriaba las dos terrinas de paté (¡qué hice una para mi Alonso!) y la mesa lucía dos empanadas bien diferenciadas: una con las iniciales CESIP y otra decorada con un corazón para mis chicos. Misión cumplida, ahora descanso. Ay, no, que tengo que ir al Corte Inglés a cambiar un regalo, que me renueven la tarjeta -qué de tanto usarla se han borrado los números- y a comprar un aspirador. Paseaba por la rebajas de Blancolor cuando sonó el móvil. Los de Pozuelo tenían un problema con el díptico que les había diseñado. Rápidamente bajé al aparcamiento y volví a casa sin comprar nada. Arreglé el problemilla y oí que Alonso entraba por la puerta. ¡Ya es la hora de comer!
La tarde se esfumó entre llevar a Álvaro a un cumpleaños, poner a estudiar a Diego y su amigo Alejandro, recoger a Álvaro, baños y cenas. Por fin, a las nueve y cuarto, me sentaba en el coche de Sandra con mi empanada y mi paté. Recogimos a Isabel y empezó la aventura.
Para llegar a casa de Paloma debíamos coger el nuevo túnel diseñado por Gallardón. Entramos sin problemas. De pronto, tuvimos que elegir si tomábamos dirección a Toledo o a Valencia. ¡A Toledo!, dijo Sandra. No, sigue recto que la salida de Fernández Ladreda es la siguiente, afirmé convencida. Me equivoqué y sin saber cómo aparecimos en Vallecas. ¡Ahí está la farmacia de Carlos!, gritó Isabel. Cojonudo, Isa, pero lo que queremos es salir de Vallecas y volver a la M-30, ¿qué hacemos?, solté entre risas histéricas. No sé, contestó, bueno sí, Sandra toma el siguiente desvío y pisa un poco el acelerador que aquí no hace falta que vayamos a 70, explicó Isa disgustada porque no pasábamos por delante de la farmacia de su marido. Pero, ¿sabéis dónde vamos?, preguntó Sandra. Sí, coge el desvío M-30 Norte, ordenó Isabel. Pero tenemos que ir en dirección contraria, dije aún más contrariada. Qué no, Emma, que por aquí se va hacia el periódico, contestaron las dos a la vez. ¡Pero la casa de Paloma está en la otra dirección!, grité al darme cuenta de que estábamos al lado del tanatorio. ¿Qué hago?, preguntó Sandra. Vete a la derecha y bordea el tanatorio, tenemos que coger la puta M-30 en dirección contraria, ordené entre carcajadas. Sonó el teléfono. Era Paloma. ¿Dónde estáis? En el tanatorio. ¿En qué tanatorio? En el de la M-30. ¿Pero qué hacéis ahí? Nos hemos perdido. Tenéis que coger el desvío Fernández Ladreda. Eso intentamos, Paloma.
Tras varios gritos y con ataque de risa histriónico volvimos al túnel. El desvío que nos indicaba Paloma no aparecía por ningún lado y salimos al Vicente Calderón. ¡Mierda, otra vez vamos mal!, logré decir entre carcajadas. Cambio de sentido y de nuevo al túnel. Paloma volvió a llamar. Guía turística del túnel, dígame, dije al contestar. Déjate de tonterías, Emma, ¿dónde estáis? En el Vicente Calderón. ¡Pero que hacéis ahí! No sé, Paloma, no sé. Emma, no te entiendo, deja de reírte. No puedo.
Tras hora y media en el coche y circular en sentido contrario por una calle, llegamos. Un vino, por Dios, pedí nada más entrar. Celia apareció media hora más tarde tan contenta. ¡Qué bien me ha traído el tom-tom! Y lancé una mirada de súplica a Sandra para que actualizara su tom-tom.
Por fin nos sentamos a degustar nuestras delicias gastronómicas: jamón, paté, empanada, alcachofas con piñones, ensalada de arroz, solomillos de cerdo con salsa y, de postre, tarta de manzana (¡mi preferida!) y, como no, vino y champán (del bueno, que Paloma lo reservó en Navidades para nosotras). Las risas y conversaciones fueron de lo más variadas: sexo, periódico, críticas, cotilleos, niños... Un no parar. A la una y media, apareció Raúl, el marido de Paloma, que venía de cubrir la campaña electoral. Aguantó quince minutos y huyó despavorido a dormir.
A las tres y media dimos por concluida la cena. Volví con Celia. Al llegar al desvío hacia el aeropuerto el tom-tom nos indicó que cogiéramos otra salida, obedecimos y, oh, mierda, ¡nos volvimos a perder! El tom-tom dejó de funcionar, aparecimos en el Vicente Calderón, en una carretera desconocida, de nuevo en el túnel, un coche iba marcha atrás por la M-30... ¡Una pesadilla plagada de carcajadas! Por fin, a las cuatro y media, llegué a casa. ¡Y eso que hoy pensaba descansar!

lunes, febrero 18, 2008

Amor agotador

La noche del sábado Álvaro insistió en que tenía que dormir con Diego y Enrique. Mamá, que también es mi amigo, alegó en su defensa. Al final ganó su terquedad. Junté las camas y Enrique se puso en medio para estar al lado de Diego y, cómo no, pegadito a Álvaro. Chicos, haced que os dormís y una vez que Álvaro esté en los brazos de Morfeo me lo llevo a su habitación y así vosotros podéis hablar de vuestros secretos, susurré a sus oídos. Ellos, que son muy buenos, asintieron. Sin embargo, a los veinte minutos todos dormían plácidamente.
Pasaron las horas y comenzó el espectáculo nocturno. Álvaro me llamó a gritos (¡mamá, mamita!) unas cinco veces. Entre sueños, como siempre, me levanté, le calmé, le tapé y me volví a dormir (cinco veces, repito).
A la mañana siguiente, entre porras y churros, Enrique me miró sorprendido. Emma, me explicó, esta noche he dormido muy bien pero me he despertado varias veces por los gritos de Álvaro. Vaya, lo siento, dije entre mordisco y mordisco de mi napolitana, como Diego nunca se despierta pensé que tú no lo habías oído. Sí, Emma, lo escuché y me sorprendió porque sólo te gritaba para decirte que te quería, que te quería desde la Tierra al infinito, que te quería hasta Júpiter y Saturno... Sí, Enrique, él es así, suspiré con ojeras en mis ojos, cuando seas mayor entenderás que hay amores que matan y hay amores que agotan, que agotan mucho. Alonso, que leía con interés los suplementos de domingo, levantó la vista, me miró de reojo y exclamó: ¿y tú encima quieres un tercero? Eres una masoca. No, querido, soy una incomprendida, bufé mientras me zampaba unas cuantas calorías de napolitana y mi mente mascullaba una estrategia para convencerle del tercero. Difícil y compleja misión.


Mis niños en el periódico gratuito Metro. ¡Ya son famosos!....Aunque casi no se les vea (foto superior, la de la guerra de las galaxias


Imagen ampliada. Ay, qué monos

sábado, febrero 16, 2008

Un día en la Galaxia


Cliquear la imagen para ver con detalle

Fin de semana infantil y agotador. El viernes invadieron el olimpo los amigos de Diego: David Acasuso, Alejandro, Rubén y Palbo Lisalde. Y Álvaro aprovechó para irse al parque con Diego Cárdenas, Irene y Cristina. El sábado, partido de fútbol matutino, perdimos 15-0, y por la tarde se vino a casa Enrique Arconada. Aprovechamos las cientos de actividades que organizan en Pozuelo y vimos la exposición de la Guerra de las Galaxias y el desfile de las tropas imperiales. Enrique se quedó a dormir, pero por suerte el cansancio hizo que sus ojos se cerraran a una hora digna. Domingo, parque, visita y comida con mi madre, y teatro infantil: "Marco Polo". Así que estoy agotada y mi Alonso harto de niños y planes infantiles.

viernes, febrero 08, 2008

Bravia

Tras los percances médicos, llegan los dramas tecnológicos. El domingo la calma volaba por casa: los niños veían sus dibujos tranquilamente y yo preparaba en la cocina su cena. Un grito dual sonó en la planta baja y escuché como Diego y Álvaro subían a toda velocidad por la escalera. Mamá, la tele se ha apagado sola, de verdad que no hemos hecho nada, de pronto se ha quedado con la pantalla en negro. Bajé, oí los latidos agónicos del tubo catódico y certifiqué la defunción del televisor (13 años de vida, que no está nada mal). La cara de preocupación de Diego era demoledora. ¿Qué te ocurre, Diego?, pregunté como quien no quiere la cosa. Mamá, esto es un drama, el 25 de febrero empiezan a emitir los nuevos capítulos de Pokemon Diamante y si no tenemos tele..., sollozó. Vaya, Diego, pues eso sí que es un drama, sobre todo porque creo que no vamos a comprar otra tele, ya sabes que a mí no me gusta nada, expliqué con cara seria. No, mamá, gritaron ambos, por favor, por favor. No, por ahora no hay tele y ahora subid a cenar, impuse con tono cariñoso.
Durante la cena los razonamientos de Diego fueron demoledores: claro, mamá, tú no quieres una tele porque cuando eras pequeña sólo tenías dos canales y encima la veías en blanco y negro, pero ahora hay muchos canales. Además, en el colegio me voy a convertir en un bicho raro por no tener televisión, no es justo. Ay, ¡qué drama, qué drama!, lloraron ambos ante el plato de sopa. Reconozco que me fue muy complicado aguantar la risa, pero lo logré.
A la mañana siguiente dejamos a los niños en el cole y nos fuimos a la busca y captura de la nueva tele. Alonso y yo no pudimos aguantar la tentación y nos concedimos el caprichazo: una Sony Bravia de 42 pulgadas, vamos, como una pantalla de cine. Volvimos a casa, la escondimos y esa noche aguantamos hasta que los peques estuvieran dormidos para instalarla. Durante dos días los niños no bajaron al cuarto de estar (para qué, mamá, si no hay tele, explicó Diego). Por fin, el miércoles, después de que Diego terminara los deberes bajamos con ellos. Álvaro dejó escapar un grito de emoción y a Diego le brillaron los ojos al descubrir la mega pantalla. ¡Sois los mejores padres del mundo!, exclamaron felices.
Y en breve le toca a la nevera que también ha cumplido 13 años y hace un ruidito que no me gusta nada, nada, nada.

martes, febrero 05, 2008

La descendencia FEM



La visita de Chema y Leticia a la capital es la excusa perfecta para que quedemos todo el grupo de amigos del FEM. Esta vez la ocasión marcó sin disimulo el paso del tiempo: los pequeños invadieron la mesa para degustar las patatas y croquetas y los cuarentones (ay, chicos, que estamos a un paso) aposentamos nuestros años sobre los taburetes, bien cerquita de la barra, para hidratar nuestras arrugas con unas cuantas cervezas. Parece mentira, pero el tiempo pasa.

lunes, febrero 04, 2008

Enero médico

Llevo tiempo pensando en hacer algún que otro curso de diseño de páginas web o de freehand aunque, tras el tormentoso inicio de año, creo que será mejor matricularme en la carrera de medicina. Mis compañeros me considerarían una experta en cuanto a mi dominio de los distintos términos: diplopia, resonancia magnética... O sobre los tratamientos que se deben aplicar en casos de dermatitis, visión doble, gripe aguda, bronquitis, alergia alimentaria... Sí, el mes de enero ha sido médicamente agotador. El dos de enero Diego comenzó a tener visión doble, rápidamente acudimos a urgencias, pero no pudieron descifrar el motivo de su diplopía, aunque supusieron que sería un áurea de migraña que evita que se desate el dolor de cabeza. A partir de ese momento las visitas al Ramón y Cajal se multiplicaron: neurólogo, traumatólogo, oftalmólogo... Lo que implicó cientos de pruebas y más visitas al hospital. El cansancio y el estrés que se acumuló en mi cuerpo produjeron un bajón de defensas y la gripe aprovechó para invadir mi cuerpo. Un día con 39 de fiebre, dos, tres, cuatro... No me quedó otro remedio que ir ver a mi médico. Diagnóstico: gripe y baja laboral. La mejoría no llegaba sino todo lo contrario, así que después de una semana me enchufaron a los inhaladores. El lunes, pasada una semana, me recetaron antibióticos y el miércoles ampliaron mi cóctel con corticoides ya que la bronquitis asociada a la gripe me estaba destrozando los pulmones. En total, quince días de baja, de fiebre, cansancio y desesperación (¡ni siquiera tenía fuerzas para escribir en el blog!). Hoy me encuentro mejor, más animada y convencida de que me darán el alta... Aunque todo depende de si tengo pitidos al respirar o no.

domingo, enero 13, 2008

Navidad perfecta, agotadora Navidad (III)

Nochevieja: Tuve suerte y la Nochevieja no me tocó en casa. El 31 me levanté relajada y sorprendida de no tener que preparar nada. Mi abuela Mary se encontraba un poco pachucha, tanto anímicamente como físicamente, así que me acerqué a casa de mi tía Paloma para desearles un feliz año y dar un beso a mi abuela (por supuesto, llevé cinco angelitos, de los míos, los divinos, para que decorasen la mesa esa noche. Soy insufrible). Al salir aproveché para darle un repaso a la Visa y volví con mis churumbeles que habían ido (ay, lo que lloró Álvaro al ver que no iba con ellos) a jugar al fútbol al Juan Carlos I -la misión ineludible de Juan Fran estas Navidades ha sido entrenar con Diego para que domine la técnica, y lo que no es técnica-. Por la tarde, una buena siesta y a las siete empecé con los actos de restauración.
A las nueve, tal y como nos habían dicho Roberto y Virginia, nos presentamos en su casa. Antes de que aparecieran el resto de invitados, dimos de cenar a los peques tras la batalla con Álvaro para que se pusiera el babero para no manchar su preciosa camisa (¡mira que es terco!).

El síndrome de la perfección nos está invadiendo a todos, bueno, más que invadir parece que estamos haciendo una competición para ver qué mesa queda más bonita y elegante. Al asomarme al salón vi lo divina que la habían puesto: mantel granate salpicado con círculos dorados, vajilla de lujo, vasos de mírame y no me toques, gordos angelitos de cerámica que indicaban dónde debía sentarse cada uno y cubertería de oro... ¡Qué lujo! "Roberto, a mí no me des una copa de las buenas, que ya sabes que yo soy súper pato", rogué estresada. Sonó el timbre y empezaron los besos y los elogios a nuestros vestidos. El aperitivo, como es tradición en la familia, voló: el foie (ojo, que lo hizo Virginia) estaba delicioso, los camarones en su punto, el jamón muy bien curado (este mérito es de otro, pero también hay que decirlo), Moët Chandon... Comíamos y bebíamos tranquilamente mientras los niños (salvo Cayetana) corrían, gritaban, subían y bajaban en el ascensor, saltaban a nuestro alrededor. Una revolución.
Antes de las once, pasamos a la mesa y degustamos más delicias: ensalada de bogavante y capón de Cascajares con puré de manzana. De postre, un refrescante sorbete de cava. "Menos diez, las doce menos diez", gritó Belén al mirar el reloj. Saltamos de las sillas, cogimos nuestras uvas y la tele nos hipnotizó. Los cuartos y: tolón, tolón... hasta doce tolones. ¡Feliz año!, exclamamos todos. Brindamos, nos besamos y los niños se abalanzaron a tirar el confeti, tocar la trompeta, colocarse los gorros, collares y antifaces. Disimulademente me colé en el baño y tiré de la cadena (es que me comentó un amigo que había que tirar de la cadena para que se fuera el viejo año, no se lo dije a nadie porque como hay mucha sequía...). En cinco minutos el salón teminó invadido de confeti y serpentinas. Pepe huyó a toda a velocidad a su fiesta (lo que tiene tener novia). Y el resto seguimos emborrachándonos -salvo Alonso, que conducía-. Esta noche no sé cuántas botellas cayeron de Moët Chandon, pero muchas porque hubo actuaciones totalmente etílicas:


A Pepe se le estropearon de golpe los dientes.


Mi madre y Javier "lucieron" sus horribles pies.


Manuela y Álvaro nos vieron en tan pésimas condiciones que se pusieron a barrer la casa.


Y asustados se escondieron en un cajón para no ver lo perjudicados que estábamos.


¡Feliz año, 2008!

Anécdota: Un eructo pertubó la cena, un gran eructo, pero no diré de que boca salió porque soy muy educada (de la mía no, que conste, je, je).