viernes, septiembre 29, 2006
Visa a Visa
miércoles, septiembre 27, 2006
Dulces sueños
EL PADRE POLIÉDRICO
12-20-2004 11:47 AM
Voy a matar a mi hijo. Lo he decidido de pronto, como quien abandona la seguridad de la acera y salta al asfalto de la Castellana con el semáforo en rojo. La manecilla pequeña del reloj del salón apunta al Este; la grande, al Sur. Una lluvia fina y extrañamente silenciosa, que sólo puede verse si se mira la farola iluminada, ensucia aún más el techo del Ford. No hace frío, otra anomalía del
cambio climático. Y nadie parece despierto en los edificios cercanos. Ni siquiera en el hotel de dos calles más allá: o no hay clientes o ninguno pasa la noche en vela. ¿Cómo es posible que nadie extrañe la cama?, mascullo, mientras muevo el Jané azul oscuro, ida y vuelta, sobre la tarima flotante del salón. El bebé se había despertado a la 1.03, aunque entonces había bastado con un
poco de agua y dos minutos en brazos. Ahora es distinto. Ya lleva cuarenta y dos minutos en vela, con los ojos abiertos como una máquina tragaperras. No ha querido biberón. Ni agua. Ni chupete. Ni brazos. En este punto decidí matarlo. Aunque luego aplacé la ejecución de la sentencia, mientras zarandeaba el Jané y pensaba en qué hacer con el cadáver. A Emma se lo tendré que dar como un hecho consumado: sería imposible convencerla de la utilidad de la medida. Pero ella no será el único pero. Preguntarán las abuelas, lógicamente, y los tíos, y hasta algún vecino fisgón. Puede que hasta se interese Luis, el pediatra. «¿Ha cambiado de médico?», sueño su voz al otro lado del móvil. Inquieto, incremento el ritmo del cochecito. Anoche le costó una hora y cuarenta minutos conciliar el sueño. ¿Hoy? No podré soportarlo. Escampa. Y vuelve a llover. Y pasa un coche, sin duda un conductor extraviado en este laberinto de adosados. Y la manecilla grande ya apunta al Oeste. Suavamente, llevo el Jané hasta la cocina, me sirvo un vaso de leche, y la luz amarillenta de la nevera alumbra un milagro. Los ojos cerrados, el chupete que resbala de sus labios y cae sobre el pijama, un ligero ronquido, la felicidad. Cierro el frigorífico, cojo al pequeño en brazos y lo llevo a su cuna. Hoy se ha salvado. Pero, mañana, mataré a mi hijo.

Ahora Álvaro duerme solo en su habitación y no hace falta mecerlo en el cochecito de paseo. Sin embargo, sus manías aún persisten. Ahora una pequeña luz y, por supuesto, con su enorme flota automovilística acompañan sus sueños. Él es así. En cambio, Diego, aunque es como un mono y no para de dar brincos y volteretas, duerme siempre plácidamente y sin perturbar nuestro descanso.
lunes, septiembre 25, 2006
Noches alegres...
Por la tarde, cuando llegué a casa, Diego me esperaba emocionado: "Mamá, se me ha caído un diente. ¡Mi quinto diente!". Le abracé, observé su sonrisa desdentada y me sumergí en mi armario de regalos imprevistos. Diego se acostó emocionado, pero Álvaro tardó un buen rato por el pánico que le daba saber que un ratón iba a subir por las camas en mitad de la noche. Una vez que los niños estaban acostados me dopé con otro gelocatil y miré a mi amado esposo. "Alonso, estoy baldada", susurré. "Pues saca energías de algún lado, mañana tenemos cena en casa de tu hermano", contestó abducido desde la serie "Prision Break". "Oye, Alonso, ¿qué es más agotador las navidades o el mes de septiembre?", interrogué al ver que mis neuronas comenzaban a funcionar. "Todo es agotador, toda tú, toda tu familia, todos tus amigos...". "Calla, Alonso, que tengo resaca"
viernes, septiembre 22, 2006
Descanso nocturno
Salté como una zombi de la cama y ejercí de esclava: levanté al peque, lo llevé al baño y le acosté de nuevo.
A los cinco minutos, "mamá, agua". Es estado sonámbulo le acerqué su vasito de agua y le volví a arropar. Antes de tirarme a la cama gritó "¡¡¡la luz!!!". "Dios mío, tantas manías me van a volver loca", oí que decía mi mente agotada. Me arrastré hasta el baño y encendí la luz para que pudiera dormir tranquilo. "Bueno, me tumbo un poquito hasta que se duerma y apago la luz del baño", pensé. Me tumbé y me sumergí en un profundo sueño. Esta mañana me he percatado de que el baño (tres halógenos) aún seguía luciendo. "Mierda, esto hay que solucionarlo", razoné mientras me quitaba las legañas.
Después de hacer mis labores matutinas con mis hijos –preparar desayunos, vestirlos, peinarlos y acicalarlos con colonia, preparar las mochillas, subirlos al coche y llevarles al colegio –me he ido al Carrefour en busca de una luz nocturna para el cuarto de Álvaro. Misión conseguida, he encontrado uno monísimo de Mickey Mouse.
De nuevo iba en el coche de camino al trabajo cuando he recibido un mensaje desde Suiza de Alonso “El glaciar es impresionante, pero estoy cansado del viaje”. Indignada le he contestado “Pobre, amor. Yo en cambio estoy muy descansada. Al próximo viaje me voy yo, corazón”. Si yo le contara...
lunes, septiembre 18, 2006
Un lunes cualquiera
–83 euros, señora –dijo la cajera con una gran sonrisa.
Saqué mi monedero y le entregué mi tarjeta de crédito. Tras varios intentos, me miró sin la sonrisa.
–Lo siento, pero no lee la tarjeta.
–Por favor, inténtelo de nuevo –rogué mientras el resto de la gente me miraba como si fuera una delincuente.
–Señora, ya lo he intentado diez veces. Su tarjeta no funciona.
–Pues no tengo otra.
–Bueno, si quiere me quedo aquí con su carro y va a sacar dinero a un cajero.
–Vale, muchas gracias –contesté ruborizada.
Recorrí tres cajeros, pero en ninguno funcionó la tarjeta. Llamé a Alonso.
–¿Qué te ocurre? –preguntó según descolgó el teléfono.
–Cómo sabes que me ocurre algo.
–Emma, a ti siempre te pasan cosas raras. Además es extraño que me llames a estas horas...
Me había pillado. Le conté mis desventuras y hallamos la solución. Volví a Mercadona y le pedí a la amable cajera que me guardara el carro hasta la hora de la comida. Ella asintió.
Nos subimos al coche mi mala leche y yo y arranqué a toda velocidad maldiciendo las putas tarjetas de crédito (el año pasado se estropearon en plena campaña de Navidad). Miré a mi derecha, vi como el retrovisor seguía colgando de un cable, pensé que por la tarde tenía la reunión del colegio, que al volver debía pasarme a por las chuches de Diego, que por la noche tenía que preparar la cena del día siguiente; que el miércoles, reunión con la profe de Álvaro; que tenía que recoger una tarjeta de crédito y renovar la que se me acababa de romper; que Juan Fran se iba cinco días a Suiza; que debía trabajar el fin de semana, que no sabía que hacer el sábado con los niños, que además por la noche teníamos una fiesta a la que llegaríamos tarde porque Alonso volvía de Suiza a las ocho de la tarde, que... Paré el coche, me bajé, me fumé un cigarro y me pseudorelajé. Ay, por cierto, esta mañana no les he puesto el babi a los niños. ¡Maldita sea!
jueves, septiembre 14, 2006
Seguros, no
Desesperada y de mala leche, cogí el coche y me fui a comprar víveres para alimentar a la familia. Gallardón, el amante de las obras de Madrid, había plantificado unas vallas en una pequeña calle. Pasé por allí con cautela, pero, sin saber cómo, el palo que sujetaba una de las vallas se sintió atraído por mi coche y se acercó sigilosamente. Cuando me quise dar cuenta el retrovisor derecho colgaba sujeto por un cable y el espejo estaba hecho añicos. Mi furia me hizo parar el coche y bajar como una loca. La calle estaba vacía, así que aproveché y me desahogué con la puñetera valla: "¡Tú eres imbécil, pero cómo no te has dado cuenta de que me ibas a romper el retrovisor. Si veo a Gallardón le digo que te despida, estúpida!", grité, pero la valla no me contestó. Ahora estoy buscando el seguro de Línea Directa para ver a qué taller tengo que llevar mi amado Focus. Por favor, que retiren la palabra seguro de los diccionarios.
viernes, septiembre 08, 2006
Gitanillas guadarrameñas

-Venga, Luisa, hoy nos van a matar por llegar tan tarde –comenté mirando por última vez la fantástica piscina.
-Sí, vámonos. –contestó arrastrando su capazo.
Al salir, observamos que en el colegio de al lado estaban renovando el mobiliario escolar. El patio estaba abarrotado de sillas, mesas y demás muebles infantiles. Ambas nos miramos y se nos iluminó la mente.
-Oye, Luisa, a mí esa silla me vendría muy bien para la habitación de mi hermano Pepe. –sugerí emocionada.
Luisa bajó rápidamente del coche con su bikini y su pequeño pareo y se adentró en el colegio. Al rato, vino emocionada.
-Emma, ese hombre me ha dicho que él es encargado así que no nos puede dar nada, pero que si queremos coger algo hará la vista gorda.
Entusiasmados desabrochamos todos los cinturones de seguridad y nos bajamos del coche. Diego y Álvaro comenzaron a inspeccionar las sillas infantiles y Luisa y yo, entre ataques de risa, rebuscábamos entre la montaña de pizarras y mesas.
-¡Esta pizarra es fantástica! –exclamé emocionada.
-Sí, Emma, pero sólo te cabe en la valla del jardín… No es mala idea, luego cada mañana escribes el menú del día y puede que hagas negocio.
Entramos a por una silla para Pepe y salimos con dos sillas infantiles, una mesa, dos sillas medianas, un perchero… Ah! Y dos sillas para Pepe.
Los obreros de la obra nos observaban atónitos. Pensándolo bien no me extraña, parecíamos dos gitanillas en bañador con dos churumbeles arrasando con todo lo que estaba a nuestro alcance.
El problema vino a la hora de meter semejante batiburrillo de trastos en el maletero.
-Primero, las sillas –opinó Luisa.
-No, así no se cierra el maletero. Trae el perchero –contesté agotada.
Tras mil combinaciones logramos enlatar todo el material. Luisa, delante, con una silla y un capazo sobre sus piernas. Los niños apretujados y sin cinturón rodeados de otro capazo y dos sillas. Y en el maletero, cuatro sillas, la mesa y el perchero.
Al irnos, los obreros nos despidieron con alabanzas. Luisa y yo miramos con cariño y la risa deslizó varias lágrimas sobre nuestras mejillas.
Ya eran las cuatro de la tarde. Como bien supusimos, ambas familias nos estaban esperando con intriga y preocupación. Al vernos aparecer atiborradas de sillas, nos gritaron.
-¡Pero, chicas, habéis robado en el colegio! ¡Qué traéis en el maletero!
-No seáis exagerados, sólo hemos traído una mesa, seis sillas y un perchero –nos justificamos de mala manera.
Mucha guasa, ¡pero ha quedado todo divino!
jueves, septiembre 07, 2006
Orinales y avispas

Mi madre no para de darle vueltas. Anoche, me asaltó con sus dudas en mitad de la cena.
–Emma, creo que me voy a comprar un orinal.
–¿Quéee? –contesté con cara perpleja y a punto de atragantarme.
–No seas mala, no sabes lo mal que lo paso.
–Perdona, mamá, no me imaginaba que tuvieras problemas urinarios.
–Tú eres tonta, no tengo ningún problema urinario, sólo que no me atrevo a ir al baño en mitad de la noche. –Mi extrañeza se reflejaba en mi cara, así que mi madre continuó con su odisea nocturna –Los animales me acosan. Sé que parece una coña, pero es cierto. Según abro la puerta del cuarto me asalta Lucas maullando porque quiere beber agua del bidé y Kaos me ladra porque quiere colarse en mi habitación o porque tiene hambre. ¡Me tienen estresada!
Mi ataque de risa rompió los ronquidos de Alonso.
–¿Qué sucede? –preguntó con cara somnolienta.
–Nada especial, hay que regalarle a mi madre un orinal. –expliqué muy seriamente.
Alonso, muy educado él, nos miró sorprendido y sin saber qué decir.
-Yerno, no pongas esa cara, sólo era una broma –explicó mi madre.
Mi amado esposo entrecerró de nuevo los ojos, pero una duda lo despertó.
–Por cierto, ¿habéis visto Lucas? A ver si se va de parranda esta noche y lo perdemos otra vez.
Tanta fauna me estaba poniendo un poco histérica, así que salí al jardín al fumarme un cigarro. Mi madre se unió a la perversión de nicotina. Al cabo de un minuto mi abuela apareció y tuve que lanzar el cigarro como si fuera un meteorito. Cuando se fue, busqué la colilla entre los periquitos.
–Emma, lo tuyo es increíble, cada vez que te enciendes un cigarro aparece la abuela o quien sea. –dijo mi madre con media sonrisa.
–Sí, es desesperante –empecé a contestar, pero un grito me rompió la última calada.
Entré corriendo en casa, Álvaro se había caído de la cama. Le consolé y volvió a dormirse. Por fin, a las tres de la mañana, después de hacerme la cera, acondicionarme el pelo y demás materias femeninas me fui a dormir. Lucas abarcaba la mitad de mi espacio y le empujé suavemente. Un maullido fue su queja. Kaos aporreaba con sus uñas la puerta porque quería colarse en la habitación. En mitad del primer sueño escuché otro lloro. Se abrió la puerta (cuatro y media de la mañana), Diego entró a la pata coja. “¡Mamá, me pica el pie, no puedo dormir!”, dijo con voz llorosa. Encendí la luz y observé sus piececitos, en efecto, la avispa que le picó por la mañana en la piscina le había producido una reacción alérgica. “Cielo, verás como con esta crema notas un poco de alivio”, intenté consolarlo.
Gatos, perros, tortugas, avispas…. ¡Menudo veranito!
P. D: Las avispas de Guadarrama están orondas. ¡Y no extraña! En lo que va de vacaciones han picado a Juan Fran en un pie; a Álvaro en mitad de la nariz; a mi madre en una mano mientras conducía y por la inflamación que tuvo en el brazo hubo que inyectarle Urbason y a Diego, en los dedos del pie. Ahora sufro pensando que soy la única de la familia junto con mi abuela que se ha librado. ¡Malditas avispas!
lunes, septiembre 04, 2006
Fantasmas en mitad de la noche

El ir de madre perfecta tiene sus inconvenientes. Sin ir más lejos, el viernes llegué con la tropa a Saldaña y mi vecina me informó de que esa noche había fiesta infantil de disfraces. "¡No puede ser!", contesté atónita, "aquí no tengo ningún disfraz". Mercedes, la vecina del chalet de al lado, me miró perpleja. "Bueno, Emma, no te desesperes. Si los niños no van disfrazados no pasa nada", me dijo mientras huía a su casa. ¡Claro que ella no sabe cómo soy!, ni que en casa tengo una caja con más de quince disfraces, ni que sufro cada vez que se acerca la fiesta infantil del colegio porque quiero que mis hijos vayan divinos... En fin, que soy una maniática.
Entré en casa y le ordené dulcemente a mi suegra que rebuscara por los baúles del trastero, arranqué a mi marido las llaves del coche y me fui a Riaza; me adentré en la papelería y compré cartulina negra, papel pinocho, celo, pegamento y un rotulador negro gordo. Por suerte, mi suegra encontró una vieja sábana. Reconozco que mis dotes en corte y confección son nulas, pero una vez enhebrada la aguja me vino la inspiración. Después, todo fue coser y cantar (más que cantar, gritar a mis hijos que no paraban de curiosear a mi alrededor y ponerme aún más tensa). Por último, corté las cartulinas, pegué el papel pinocho y rematé el disfraz.
A las once de la noche, mis hijos fueron al punto de reunión: el pilón. Allí llegaron todos los niños del pueblo. Todos iban muy monos, pero en mitad de la noche sobre todo destacaban dos graciosos fantasmitas. (¡Qué modestia la mía!)
jueves, agosto 31, 2006
Feliz cumpleaños, amor

Mi amado Alonso odia su cumpleaños. Él no lo reconoce, pero yo estoy convencida. El año pasado cumplió cuarenta años. Emocionada por su cambio de década, decidí organizarle una fiesta sorpresa. A lo largo de un mes planeé la estrategia: mentí a mi amado esposo contándole que venían unos primos de Teruel y que mi hermano había organizado una cena, refunfuñé para darle más credibilidad y me quejé insistentemente, “Alonso, qué pereza, no me apetece nada ir a esa cena” comenté en alguna ocasión. “Emma, no seas así, hace muchos años que no les ves y total por una cena…” intentaba él convencerme. Además elaboré una genial invitación y decidí con Roberto cómo iba a ser la sorpresa. Todo estaba listo. Sin embargo, el día de la fiesta, a primera hora de la mañana, un grito aterrador hizo que se me cayera la leche encima del camisón.
–¡Ahhhhhhhhhhh!! –oí rugir a Alonso desde de la cama.
Subí corriendo.
–¿Qué ocurre, amor? –pregunté con gran intriga.
–Emma, no me puedo mover. Tengo la espalada totalmente agarrotada. Por Dios, ayúdame.
–Venga, Alonso, no seas guasón. Seguro que es la crisis de los cuarenta… –empecé a decir, pero al ver su cara de dolor me di cuenta de que su dolor era cierto.
Llamé a su fisioterapeuta y le mandaron a un centro de urgencia. Mientras masajeaban su espalda, llamé a mi amiga Blanca
–Hola, Emma. ¿Qué tal todo? Esta noche es la gran fiesta. ¿No? –contestó Blanca con alegre voz.
–No sé si habrá fiesta –comenté.
–Por qué dices eso. ¿Qué ha pasado?
–Juan Fran está en la camilla del fisioterapeuta. No puede mover ni un músculo. Al principio pensé que me estaba gastando una broma y que me había pillado la fiesta sorpresa. Pero no, está el pobre hecho polvo –expliqué con voz llorosa.
–Venga, Emma, anímate, seguro que al final todo se soluciona.
Y Blanca tuvo razón. Acudimos a la fiesta. Alonso iba totalmente dopado, pero entre la emoción por la fiesta sorpresa, el vino, los gin-tonics y los ánimos de la gente, olvidó su dolorido cuerpo y aguantó en la fiesta hasta altas horas de la madrugada.
Mañana Alonso cumple un año más y, como era de esperar, se encuentra fatal. Tiene un catarro impresionante (¡a quién se le ocurre acatarrase en agosto!) y está otra vez empastillado: Ilvico, Augmentine, aspirina plus… Decidido, Alonso odia su cumpleaños.
miércoles, agosto 30, 2006
Fuego controlado
Entré en casa y me apoderé del teléfono inalámbrico, marqué a toda velocidad y escuché cómo contestaba Clarita.
–Sí, ¿quién es? –preguntó con la intriga habitual de cualquiera cuando suena el teléfono.
–Buenos días –dije simulando mi tono de voz-. Le llamo del servicio de emergencia. Acabamos de recibir una llamada informándonos de que en su domicilio se ha producido un fuego.
–¡No! Lo siento pero creo que se han equivocado, en mi casa no hay ningún fuego –contestó bastante alterada.
–Señora, ¿está segura? Según nos han dicho hay una gran humareda en su residencia. –exclamé conteniendo mi ataque de risa.
–Bueno. Tal vez sea porque estamos haciendo una barbacoa, pero le aseguro que el fuego está controlado.
–Señora, asegúrese, el camión de bomberos está a punto de partir rumbo a su casa –aterroricé a mi querida vecina.
–¡Por Dios! –gritó presa de un ataque de nervios –Le juro que el fuego está controlado. No es necesario que envíe a los bomberos. ¡El fuego está controlado!
–Está bien, señora, abortaremos el plan de emergencia y cancelaremos el envío del camión de bomberos.
–Muchas gracias y les aseguro que el fuego está totalmente controlado –se despidió mi vecina con voz temblorosa.
–Buenas tardes, señora, y disculpe las molestias.
–No, señorita, mil gracias a usted por su interés.
Colgué el teléfono y estallé a carcajadas. Al cabo de unos minutos, crucé a la casa afectada. Abrí la puerta y exclamé.
–¡Clarita, acaba de llamarme el servicio de bomberos preguntándome si había algún fuego en el vecindario. Al asomarme he visto humo en tu jardín y me he asustado. ¿Qué ha ocurrido?
-Emma, no te lo vas a creer –empezó a relatarme Rosa, la cuñada de Clarita. Pero mis risas me delataron.
–Emma, ¡qué mala eres! ¡Menudo susto me has dado! ¡Y encima no te he reconocido la voz!- exclamó Clarita.
martes, agosto 29, 2006
Tenerife. Divinas vacaciones

Aquí mis hombres, muy monos ellos, y en el fondo, el Teide. Ésta es la prueba de nuestra fantástica estancia en Tenerife. El entorno, maravilloso: suite en un lujoso hotel, playas de arena negra, piscinas de agua salada... Aunque, como era de esperar, la familia Alonso ha sufrido pequeños percances. Realmente han sido los habituales: en mitad de una cena Álvaro rompió media cristalería del hotel; a Diego hubo que comprarle cada día un trasto para la playa (barca hinchable, tabla de surf, gafas de bucear...) que por supuesto teníamos que acarrear sus progenitores; enfados porque los niños no querían comer; Álvaro desató algún que otro bikini a mujeres desconocidas de la playa ("¡la culpa es de su madre!" bramó una afectada que me sonrojó por la vergüenza)... ¡Ese día incluso estuve a punto de dar la razón a Alonso y asegurar que los peques estaban insoportables! Menos mal que gracias a mi adicción a las series pude realizar una cuantas técnicas de relajación. En fin, quitando esos pequeños instantes nuestra semana ha sido estupenda y agotadora.
La vuelta en avión fue muy estresante (Álvaro saltó por todos los asientos y recorrió a gatas los pasillos, lo normal) y de nuevo desembarcamos en la residencia estival. Mi abuela, mi madre, Ana y las fieras nos recibieron con gran emoción. Sin embargo Pepe lloró al verme entrar. "Emma, ¿por qué no te has quedado en las islas hasta fin de año?" preguntó. Obvié su irónica pregunta y le abracé fuertemente para hacerle perder los nervios. "Emma, no te aguanto", me dijo mientras se le escapaba una carcajada.

miércoles, agosto 16, 2006
Segovia-Guadarrama
Cuatro días en Segovia. El paraíso para mis hijos y, para qué negarlo, también para nosotros. Diego allí es autónomo. Se sube a su bicicleta y desaparece por el encinar de Saldaña. Álvaro con su triciclo le sigue los pasos y cuando se cansa, juega con los vecinos de la casa de al lado. Estos pequeños instantes de tranquilidad, los exprimimos Alonso y yo gota a gota. Mis suegros, adorables abuelos, persiguen a sus retoños por las eras y les enseñan los tractores, las ovejas… Todo lo que antes era habitual y ahora es novedoso o extraño para los niños de ciudad. Mientras, nosotros leemos, tomamos el aperitivo o nos escapamos a una fantástica tienda de Riaza a comprar alguna antigüedad (este año me he regalado un porta velas gigante que voy a utilizar como perchero. ¡Divino!).Pasaron los días y cargamos el coche: bici, triciclo, portavelas, maletas, morcillas, picadillo, unos pepinos de la huerta… En fin, lo habitual. Y tomamos rumbo a Guadarrama. Nos esperaba una noche movidita: tocaba la fiesta del verano y nos juntamos más de veinte personas en casa. A las doce de la noche me relajé y me enganché al Lambrusco. Los renacuajos seguían brincando por el jardín y yo, a mis treinta cinco años, me seguía escondiendo para fumar un cigarrito y que no me pillara mi abuela.Las fieras poco a poco se van adaptando. Kasbha, la tortuga, persigue desesperadamente a Ambrosio, el bulldog francés, por el jardín; Kaos, el bull terrier, disfruta con los lametones que Ambrosio le da en los cojones y Lucas, el gato, atónito, observa el espectáculo y les bufa de vez en cuando.Mañana, a las siete de la mañana, partimos rumbo a Tenerife. En estos momentos, Álvaro duerme su siesta; Diego se ha ido con Pepe y Alonso a ver “Piratas del Caribe”; mi madre, en Carrefour; mi abuela lee le periódico y las fieras están relajadas. Por un instante oigo silencio y estoy en calma… Seguro que no durará mucho.
viernes, agosto 11, 2006
Piratas en Guadarrama
-¡He pillado el wifi de algún vecino! ¡Es fantático!- gritó emocionado.
Mi abuela se colocó las gafas y le miró por encima del periódico.
-Emma, no es por nada pero tu marido habla en otro idioma. No entiendo nada de lo que dice- me susurró mi adorada nonagenaria mientras Alonso daba brincos de alegría.
-Abuela, no sufras, son cosas tecnológicas.- le empecé a explicar- Para que podamos navegar por Internet necesitamos pillar la red de alguien porque…-Emma, déjalo, no me entero de nada. Prefiero estar rodeada de mascotas… A ellas sí que las entiendo.
Desde el descubrimiento de mi amado marido, los conflictos se suceden. Para que funcione hay que estar sentado en el extremo de uno de los sofás del salón (sólo ahí se pilla) y es el lugar más requerido por todos nosotros.
Por las mañanas, cuando Pepe llega de la academia, las discusiones entre cuñados se multiplican. Para evitar roces, he pensado comprar un cogeturnos (vamos, como el de las carnicerías… Es que no sé como se llama) y un cronómetro para que no lleguen a las manos. Yo, en cambio, como siempre he sido un búho, me engancho a las dos de la mañana, me acurruco en la esquina del sofá y exprimo a mi vecino, que debe estar de vacaciones o bajándose películas en el e-mule y desde hace un par de días está siempre conectado. Es bueno llevarse bien con los vecinos. ¡Sobre todo si no sabe que le estamos pirateando!
miércoles, agosto 09, 2006
Ambrosio

Hay crisis en la familia. Kaos, el bull-terrier de mi madre sufre depresión. Apagado, se arrastra de sofá en sofá. De vez en cuando, nos mira con tristeza y mueve levemente el rabo solicitando una pequeña caricia. Desde hace dos días, parece que va superando el drama que está viviendo. El drama tiene nombre: Ambrosio. Cuatro kilos de peso, cara de murciélago, orejas estilo Stich (el de Disney), negro como el betún y alegre como todos los cachorros de dos meses. Su raza, buldog francés. Muy gracioso, el tipo.
Kaos no entiende que el perrito sólo va a estar aquí una semana. Él se siente abandonado, perdido de amor. En su desesperación, se acerca dulcemente a Lucas, el gato, para ver si entre los dos pueden eliminar a la competencia que se ha ganado de calle a los más pequeños de la residencia estival. Lucas, cuando se aproxima Ambrosio, saca sus uñas afiladas y Kaos presume de colmillos caninos.
Por suerte para Kaos, Ambrosio aún no puede salir a la calle. Ayer, en nuestro paseo diario se sintió en la gloria. “Ahí se queda el mierda ese”, ladró Kaos mientras tiraba de la correa con fuerza, “y tú, Linucha, mi ama, sujétate fuerte que hoy voy a tirar de ti con gran fuerza. ¡Menuda putada me ha hecho!”.
Al cabo de unos minutos, el perro se relajó y dejó que mi madre tomara aire. Yo, como auténtica esclava, tiraba del triciclo de Álvaro y Juan Fran supervisaba a Diego en su bicicleta. Después de hora y media, paramos a tomar un helado. Álvaro empezó a llorar, no era un llanto cualquiera, era un llanto desgarrado. Corrimos hacia él.
-Álvaro, ¿qué te ocurre?- dije con voz de preocupación.
-Me ha picado, mamá- logró decir entre lloro y lloro.
-¿Dónde?
-En la nariz.
Miré su pequeña nariz y justo en medio descubrí un picotazo.
-Pero, ¿qué te ha picado?
-Noce.
-Mamá- argumentó Diego con cara de Aristóteles- ha sido una avispa. Yo la he visto revolotear alrededor nuestro. Te puedo asegurar que ha sido una avispa.
-Sí, avispa- gritó Álvaro, que no pudo soportar el dolor y se hizo pis encima.
Cogí al peque en brazos; Alonso, el triciclo; Kaos arrastró a mi madre; Diego, su bici y corrimos todos a casa. Allí, embadurné la naricilla de Álvaro con Alergical y logré parar el hinchazón.
-Lucas, Kaos, Ambrosio, Kahsba… Y ahora, las avispas. El mundo animal me supera- comenté a Alonso con cara de desesperación.
viernes, agosto 04, 2006
Fantasmas
-¡¡¡Hijo de puta!!!
Nuestras miradas se cruzaron. Esa voz la conozco desde que había nacido. ¡Era mi madre!
Corrí a su habitación y me choqué con ella en el pasillo.
-¿Qué ocurre, mamá?
-¡Menudo susto! Casi me muero de un infarto.- constestó con voz entrecortada.
-¿Pero qué ha pasado?
-El gato.
-¿Qué gato?
-Lucas. El puñetero estaba en mi ventana y yo no me había dado cuenta. De repente, cuando estaba medio dormida ha saltado encima mío. Casi me muero. No sabía qué era: un murciélago, un violador, un fantasma...
La risa retumbó por toda Guadarrama.
Alonso se levantó y acogió al gato en su cama.
-¡Menudo veranito nos está dando el gatito!- dijo mi madre entre taquicardia y taquicardia.- Por favor, intentad que no salga de vuestra habitación. Hasta mañana, corazones.
martes, agosto 01, 2006
Dulces sueños
-Cielo, vete a dormir arriba- suplico con dulce voz.
-No, me apetece estar con vosotros- contesta emocionado.
A la media hora, Pepe inicia sus amenazas.
-Emma, si no se va le voy a dar una toba en la cara o le meto dos papeles por la nariz. No soporto sus ronquidos.
Alonso ronca en “do mayor”.
-Pepe, me voy a la cama para leer un rato- comento entre bostezo y bostezo.
-Despierta a Juan Fran y que se vaya contigo- suplica Pepe.
-No, que seguro que se desvela.
-¡Estoy harto de todos vosotros!-grita Pepe- ¡Kaos deja de lamerte, tampoco a ti te aguanto!
Sigilosamente huyo a mi habitación. Al cabo de media hora aparece Alonso con cara somnolienta.
-¿Por qué me has dejado abandonado en el salón?
-Estabas tan dormidito…-contesté feliz de mi tiempo de tranquilidad.
El concierto a dos tonos de la planta superior de la residencia estival empieza a la una y media de la mañana. Alonso hace de primera voz y mi madre, de segunda con melodía de “do mayor” y “si menor”. Me costó bastante, pero al final me he habituado a dormir en estéreo y con temblor de paredes ante la notoriedad de sus ronquidos.
A las dos y media me invade un leve sueño. Mis párpados se entrecierran al ritmo de los ronquidos, por fin voy a descansar. Entre sueños siento que unas agujas perforan mi cuero cabelludo, como si un peine de púas quisiera penetrar en mi cerebro. Asustada abro los ojos. Lucas, el gato, está sobre mi cabeza; quiere beber agua y no puede salir de la habitación. Me levanto y le abro la puerta. En ese breve lapso de tiempo, Kaos se cuela y se sube a mi cama. Enfadada, echo a todas las fieras.
Son las cuatro, aún no he dormido nada. El cansancio me vence. A la media hora, Diego se mete en mi cama. Y a la hora, aparece Álvaro. Alonso se levanta y huye a otra habitación. En su huida, el gato y el perro se cuelan de nuevo. Admiro el espectáculo: Diego y Álvaro duermen a pierna suelta en mi cama junto al gato, el perro me ha robado la almohada y ladra entre sueños, Alonso se ha ido y yo, yo estoy agotada. En medio de la somnolencia, Morfeo me propone la solución. Me levanto y me tumbo en el suelo, lo más alejada posible de Kaos. Son las seis y media, tengo que dormir.
sábado, julio 29, 2006
Maullidos en la noche
-Pero bueno, ¿qué ocurre hoy aquí? Nadie grita- expresó con admiración.
-Nada- contesté con tono bajo- hoy es el día de relax.
Alonso se acercó una silla y se sentó relajadamente. Al cabo de unos minutos, me miró con cara de espanto.
-Emma, ¿dónde está Lucas?
-No sé, estará dormido en nuestro cuarto.
-Me extraña mucho. Esta mañana le he puesto la comida y no se ha tomado nada.
De un bote se levantó y recorrió todas las habitaciones, armarios y cualquier escondite posible.
-¡No está Lucas!- gritó Alonso- ¡No lo encuentro por ningún sitio! ¿Lo habéis visto hoy?
-Yo no- constesté aterrada.
-Yo tampoco- dijo Pepe dando un brinco de la silla y revisando de nuevo la casa.
-"Noetaluca, noetaluca"- balbuceó Álvaro desde su triciclo.
-Seguro que se ha subido a la parra; de ahí, al muro; luego, a la calle...- comenzó a argumentar Diego, que aspira a ser guionista de cine.
-Diego, calla- susurré a su oído- Como le haya pasado algo a Lucas a tu padre le da un ataque de nervios.
Para ser sincera debo aclarar que Alonso padecía todos los síntomas de un ataque de nervios, pero al estilo castellano: sudor frío, lividez en la cara, malhumor generalizado... Preso de la ira recorrió el jardín a grandes zancadas y salió en busca de Lucas. Miró por todos los tejados, cruzó a la urbanización de enfrente, abrió una lata de delicioso paté de salmón y la agitó con la esperanza de que Lucas volviera, pero no fue así.
El nerviosismo iba en aumento. Pepe cogió a Kaos, pensando que era un perro rastreador, y se unió a la búsqueda. Diego y Álvaro me acompañaron en pijama por el pueblo y preguntaban a todo el mundo. "Por favor, ¿han visto un gato parecido a un tigre por aquí?", interrogaban a cada transeúnte con cara de preocupación. Pero la respuesta siempre era la misma: "No, niños, lo siento". Después de una hora volví a casa y acosté a los peques.
-Venga, dormiros rápido y no déis la lata. Papá está muy triste- rogué aterrada por el estado anímico de Juan Fran.
Un grito de euforia y alegría se oyó desde la calle.
-¡Lo hemos encontrado!, ¡Lucas está vivo!- vociferó Pepe con gran emoción.
Los niños saltaron de la cama y corrieron a ver a su mascota. Alonso, emocionado, dejó escapar una pequeña lágrima mientras explicaba a los niños la aventura de su gran amor.
-Anoche Lucas salió a la calle en busca de un ratón o una linda gatita, cruzó la carretera y disfrutó de la noche guadarrameña. Sin embargo, esta mañana había tal multitud de coches que no se atrevió a cruzar. Asustado, se metió debajo de un coche y allí ha estado hasta que Pepe lo ha encontrado. Pobre Lucas, está muerto de miedo.
En ese instante, mi madre entró en casa angustiada. Javier y Do, nuestros vecinos, le habían relatado la desaparición del gato y supuso que Juan Fran estaría en estado comatoso.
-Mamá, tranquila, la operación rescate ha llegado a buen puerto.- expliqué con media sonrisa en la boca.- Y Alonso ha superado las taquicardias.
-Estoy agotado de tanto estrés- musitó Alonso desde su depresión.
-No me extraña, papá- argumentó Diego- Desde que estamos aquí llevamos dos perdidas: la de Lucas y la mía.
Alonso miró con cara de cansancio, cogió a Lucas y se fueron los dos a su nido de amor.
-Emma, esta noche tu marido te va a ser infiel con el gato- dijo mi madre.
-Lo sé, mamá, pero no me importa. Imagínate qué drama si a Lucas le llega a pasar algo...
sábado, julio 22, 2006
"El peor día de su vida"
El paseo de la tarde es otro de nuestro clásicos de verano. Diego arranca con su bici, Alonso es arrastrado por Kaos y yo empujo la silla de Álvaro. El trayecto es de unos cuatro o cinco kilómetros por parajes guadarrameños que varían según la estación del año. Abandonamos la civilización y nos perdemos entre distintos árboles, admiramos vacas, caballos y gozamos respirando aire puro.
Diego avanza a gran velocidad y al cabo de unos segundos retrocede para que veamos dónde está. Sin embargo, esta tarde pasaba el tiempo y Diego no aparecía.
-¿Emma, se puede saber dónde está Diego?- preguntó Juan Fran con preocupación en la cara.
-No sé, tal vez haya hecho la gracia del otro día y nos esté esperando en el río. Me va a oír. Después del castigo de la semana pasada no creo que se atreva a repetir la idea- contesté mientras acelerábamos el paso.
A mitad de camino, un chico se cruzó por el camino.
-Hola. Por favor, me puedes decir si has visto delante a un niño en bicicleta.- interrogué con premura.
-Sí, he visto a un niño que iba con otro chico más mayor.
Mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza y agilizamos aún más el paso.
Llegamos hasta el río (parada habitual) y Diego no estaba allí.
-Yo le mato- bufaba Juan Fran.
-Desde luego, se va a enterar. Que se olvide de la bici, de la tele...- apoyé a mi marido.
La preocupación iba en aumento y nuestras mentes imaginaban auténticas pesadillas.
Desesperada empecé a gritar. "¡¡¡Diego!!!, ¡¡¡Diego!!!" y Álvaro me imitaba asustado "¡¡¡Yeye, Yeye!!!". Pero Diego no aparecía.
Sofocados llegamos al pueblo, los gritos aumentaron y la desesperación se multiplicó.
Corrimos hacía casa para comprobar si estaba allí y, en caso contrario, movilizar a todo el vecindario.
Al girar por nuestra calle, un coche de policía nos estaba esperando. Las palpitaciones desbocaron mi corazón y las lágrimas se desbordaron.
-Buenas tardes. Estén tranquilos. El niño está bien- comentó uno de los policías al ver nuestras caras desencajadas.
-¿Qué ha pasado?- preguntó Juan Fran.
-El pequeño se ha perdido y estaba llorando cerca del vivero. Una señora le ha visto y nos ha llamado para que acudiésemos a socorrerle.
Entré como una loca en casa y abracé a mi hijo que no paraba de llorar y temblar por el miedo que había pasado.
-Mamá, lo siento. He subido hasta una rotonda y al bajar ya no estábais. Qué miedo he pasado. Perdóname. Además, lo peor, es que estaba anocheciendo y pensé que me iba a quedar sin vosotros.
Alonso, tras dar sus datos a la policía, se acercó a abrazar a Diego.
-Cielo, nunca más te vuelvas a separar de nosotros. No te puedes imaginar el susto que nos ha dado.- susurró a su oído.
-No, papá.- contestó entre pucheros- Nunca más. Ha sido el peor día de mi vida.
Después de una hora, controlamos las lágrimas y la angustia. Pedimos unas pizzas y vimos una película con los retoños. Antes de dormir, Diego, que era el protagonista del día, se acercó emocionado.
-¡Se me ha caído un diente!- gritó alborozado y con un sonrisa desdentada de oreja a oreja.- ¡Seguro que después del susto de hoy, el ratón Pérez me trae un súper regalo!
Alonso sonrió, acostó a los niños y abrió una botella de vino para apagar nuestros nervios.
jueves, julio 20, 2006
Un día cualquiera en la residencia estival
-Emma, ¿pero va a venir Álvaro al cine?- me interrogó Alonso.
-Claro, a él le encanta- contesté estilo madre coraje.
-Bueno, pues si se porta mal tú te encargas de él.
-Alonso, qué pesadito eres.
-¡Mamá, cine, mamá, cine!- gritó Álvaro desesperado.
Por una vez, Alonso tuvo razón. Ellos disfrutaron de la película y yo corrí como una loca detrás de Álvaro. Los argumentos del renacuajo fueron de lo más variado: "mamá, pis" (1ª salida), "mamá, chupachups" (2ª salida), "mamá, más pis" (3ª salida)...
Cuando llegamos a casa no podía con mi cansancio y supuse que ellos estarían igual. Me equivoqué.
A las once de la noche estalló la 3ª Guerra Mundial. Cuatro bandos competían en la batalla.
Mi madre, Alonso y yo, en el salón viendo CSI.
Pepe, en la cocina abducido por el nuevo reality de Antena 3.
Los peques, saliendo y entrando de su cuarto porque no querían dormir.
Y mi abuela, que venía de su paseo guadarrameño, desesperada porque quería ver "Mira quién baila".
-Pepe, vete al cuarto de tu madre que quiero ver mi programa- argumentó mi abuela.
-Jo, abuela, paso- dijo Pepe bruscamente.
-Pepe no me deja ver la tele...- balbuceó mi abuela en el salón.
-¡Pepe, deja a la abuela ver la tele!- grité.
-¡Menuda mierda! Estoy harto de todos vosotros- vociferó Pepe y se subió con la coca-cola.
-¡¡Hola!! No quiero dormir- dijo Álvaro con su sonrisa seductora.
-¡Yo tampoco!- comentó Diego.
-¡Los dos a dormir!- gritó Juan Fran- La próxima vez que me levante os encierro en el chiscón.
-Mamá, baja tu televisión, está altísima- rugió mi madre.
Mi abuela se levantó y cerró bruscamente la puerta de la cocina.
CATAPLOPLOFPLOP se escuchó en la parte superior de la casa.
-¡Pepe!, ¿qué has hecho?- vociferó mi madre.
-Se me ha caído la coca-cola.
-Recógelo ahora mismo. Eres un manazas.
-Si la abuela no me hubiera echado de la cocina...
Pepe bajó todo enfadado y subió la escoba, el recogedor y la fregona.
-¡No queremos dormir!- repitieron insistentemente los niños.
Mi abuela asomó la cabeza por la puerta.
-Por cierto, me parece un encanto Rosa la de España. Baila muy bien y tiene un novio....
-¡Abuela, que estamos viendo nuestra serie!- rugimos al unísono el bando primero.
El intermedio nos dio un respiro.
Mi madre subió a inspeccionar su cuarto y volvieron los gritos.
-¡Pepe! Tú te crees que estas son formas de limpiar el suelo. Por Dios, se me pegan los pies. Anda, súbeme el friegasuelos.
-Mamá, estoy harto. El año que viene me independizo.
-Pues como no aprendas a limpiar más que una casa vas a tener una pocilga...
Álvaro y Diego volvieron a aparecer por el salón, mi abuela aprovechó el movimiento para venir a vernos y contarnos quién había ganado en su concurso, Pepe gritó porque no encontraba la lejía, mi madre bufó mientras barría el suelo, Juan Fran persiguió a los niños... Y yo, atónita, intentaba descubrir quién había asesinado al croupier de CSI.
Mi familia, mi adorada familia.
jueves, julio 13, 2006
La nevera
Ayer, llegué a Guadarrama tensionada por la conducción y me topé con mi madre que venía de Mercadona (otro gran vicio para ventilar la VISA).
-Mamá, espera que te ayudo.
-Hija, menos mal que has llegado.
Depositamos todas las bolsas en la cocina y nos dispusimos a colocar la compra.
-Mamá, déjame que coloque yo la nevera, que soy más organizada.
-Ya ha tenido que hablar la perfecta. ¡Qué pesadita eres! Venga, pues coloca tú.
-Dame la leche.
-Toma.
Deposité el tetra-brik en la puerta y (¡CATAPLOFPLOFPLOF!)un sonido aterrador estremeció toda la cocina.
Lívida miré el espectáculo.

-¿Qué ha pasado?- gritó mi madre.
-¿Qué ocurre?- vociferó el género masculino que estaba recostado en el salón (vagueando que es lo que mejor hacen).
-Se ha caído la puerta de la nevera- contesté pálida y asustada.
-Pero, ¿qué has hecho?- interrogó mi madre.
-Nada, he puesto la leche y se ha caído la puerta.
-¡Niños, salid de aquí, hay cristales en el suelo!- ordenó mi madre.
-Mira, la perfecta ha roto la nevera- dijo sarcásticamente el neuronas.
-Pepe, calla y trae la escoba y la fregona- grité indignada.
El estropicio era enorme: la frasca de agua estalló, la sangría se desparramó, la leche inundó la cocina... Por suerte, aún no había colocado los huevos.
Limpiamos todo, con cinta americana sujeté a duras penas la puerta y escribí un cartel prohibiendo a toda la tropa abrir la nevera.
Al cabo de un rato, el neuronas escribió otra nota: "La perfecta a roto la nevera". Lo leí y mis gritos se oyeron por todo Guadarrama. Mi madre, con taquicardias después de tantos acontecimientos, se acercó presa de intriga.
-¿Qué ocurre, Emma?
-Mamá, lee la nota.
-¡Qué gracioso!
-¿Cómo que qué gracioso?
-Hija, Diego lo ha escrito mal, pero tiene gracia.
-Mamá, el problema es que lo ha escrito Pepe.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Pepeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!!!!- aulló mi madre -Esto es imperdonable. Ahora mismo me voy a la librería y te compro un libro de dictados.
martes, julio 11, 2006
La barbacoa, la barbacoa

La barbacoa que organizan Mayte y David es otro de mis clásicos del verano. Este año el lugar del evento ha sido el pantano de la Jarosa, en Guadarrama. Como experta en la zona, mi misión fue elaborar un plano para que todo el mundo llegara sin perderse. Me estresé un poco, pero como soy una gran profesional (me tengo que piropear un poco ya que mi jefe no me elogia, je, je. ¿Será porque le demandé?...)cogí mi cámara he hice fotos de todo el recorrido. Un éxito. Todos llegaron sin extraviarse.
El poder de convocatoria fue enorme y el plano, en comparación con la súper comida, fue anecdótico. Al llegar soltamos a todas las fieras (unos quince niños) y nos dedicamos a refrescar el calor, a cotorrear y a zampar de lo lindo. Mientras, los niños trepaban por las rocas, corrían detrás de los balones y, de vez en cuando, nos pedían agua para no deshidratarse.
Después de comer un par de incautos llenaron globos de agua y entretuvieron a los pequeños, que por supuesto ya estaban en bañador. De pronto, nos sentimos como si nos invadieran las tropas de Estados Unidos lideradas por Rambo: todos los niños estaban camuflados bajo grandes cantidades de barro y sudor. Vamos, una guarrada. Impasibles admiramos el panorama. "Cuando lleguemos a casa los metemos en la lavadora", comentó Blanca. "Eso como mínimo. Estoy por tirarlos al pantano y a ver si así podemos identificar cuáles son nuestros hijos", contesté perpleja.
lunes, julio 10, 2006
Temporada estival
Tanta gente en la mansión requiere un orden y una displina súper estricta. La organización de los menores y el neuronas está solucionada. Los pequeñajos agotan las energías por la mañana en el campamento de verano y Pepe como premio por su gran esfuerzo en el colegio se ha apuntado por iniciativa propia (je, je) a la academia y, por la tarde, viene un profesor particular para intentar reactivar su neurona matemática. La veterana de la familia, mi abuela cuasi nonagenaria, llena su tiempo entre su misa, su ABC, su café y sus croquetas con sus amigas en la cafetería Jamaica y, antes de dormir, su dosis de "Salsa Rosa", "Corazón de verano" o cualquier programa que sacie su curiosidad sobre el mundo rosa.
Alonso sigue cosechando puntos para el cielo y aguanta estoicamente a mi neurótica familia (veis como sí que le quiero y de vez en cuando le piropeo). Mi madre mantiene su fidelidad al trabajo (¡qué sería de Pozuelo sin ella!). Y yo, que rozo la perfección, ordeno y mando ¡que me encanta! Desde la sierra os seguiré informando fielmente o histéricamente.
viernes, junio 30, 2006
Antz
-¿Qué ocurre?- dijo con voz somnolienta.
-¡¡Juan Fran, el cuarto de estar está invadido de hormigas voladoras!!- exclamé.
-Emma, son las tres de la mañana. Déjame dormir. No pienso bajar por una hormiga.
-¡Pero es que son cientos de hormigas! Y dentro de dos días es el bautizo de Álvaro y va a venir toda la familia a casa y...
-Tú siempre tan histérica. Anda, duérmete, que ya es hora.
Le miré con cara de odio y despotriqué de lo lindo, pero él ni se inmutó. Así que me metí en la cama y dejé encendido el cuarto de estar, el ordenador y la televisión (¡no iba a bajar yo sola a enfrentarme con la invasión hormiga voladora).
A la mañana siguiente me desperté con un grito Alonso.
-¡¡¡Emma!!!- vociferó desde la planta baja.
Abrí un ojo.
-Alonso, ya sé que me dejé todo encendido. Lo siento, pero no me atreví a bajar sola con la invasión.
-No es eso, Emma. Baja, por favor.
Me arrastré por la escalera y al ver su cara lívida me espabilé de golpe.
-¿Qué ocurre?- pregunté intrigada.
-No soy capaz de describirlo- susurró Alonso.
Bajé y casi me desmayo. Las hormigas se habían multiplicado y cubrían el dintel de la puerta, la alfombra y la mitad del ordenador.
-Ahhh!!!- grité como una loca- ¡¡Mátalas, mátalas. Ves como no soy una histérica. Dios mío, esto es una invasión. Se van a comer la casa!!
Alonso, con una frialdad pasmosa, se vistió rápidamente.
-Ahora vuelvo, no bajéis al cuarto de estar- ordenó mientras cerraba la puerta.
-No pensaba, Alonso, no pensaba.
Al cabo de un rato, apareció con un matainsectos profesional y bombardeó toda la casa.
El bautizo fue perfecto y nadie se percató de la matanza que se había vivido dos días antes en la calle Olimpo.Sin embargo el trauma aún sigue en mí.
-Mamá, hormiga- dijo Álvaro al llegar del cole.
-¿Dónde hay hormigas?- le interrogué con palpitaciones aceleradas de corazón.
-Yo, hormiga- contestó dándome un papel- en la fiesta del cole.
-¿Y no puedes ir de mariposa?
-Hormiga, mamá, hormiga- vociferó indignado.
Y fue de hormiga. Y fue la hormiga más bonita que he visto en mi vida. Y yo sí que puedo comparar.
viernes, junio 23, 2006
Robo, móvil y otras historias que contar
-Escuer, ¿qué ha sucedido?
-Nos han robado. Esta noche me he despertado a las cinco de la mañana con el piar de los pájaros. Al ir al baño me he percatado de que la luz de la escalera estaba encendida. Extrañado, me he acercado y de pronto he oído unos gritos. "Policía local, no se asuste. ¿Están todos bien?". Imagínate qué susto. Las legañas se me han caído de golpe. "Señor, acaban de robar en su casa. En breves momentos llegara la policía científica para comprobar si hay huellas. Por favor, certifique qué le han sustraído".
-¡Qué miedo!
-Sí, ha sido un buen susto. He corrido a la habitación, he despertado a Montse y casi me da algo al ver que los chorizos habían abierto los cajones de las mesillas, del armario. Vamos, que se habían paseado tranquilamente por el cuarto mientras nosotros dormíamos.
-¿Os han robado muchas cosas?
-Más que cosas, dinero. Ayer traje a casa el dinero para el viaje a Estados Unidos y se lo han llevado. Si no han sustraído la tele de plasma y demás artilugios electrónicos es porque les ha pillado la policía, aunque han huido en un súper BMW y no los han podido alcanzar.
-¡Menuda putada, Escuer! Si necesitáis cualquier cosa contad con nosotros. Un besazo para los dos e intentad tranquilizarlos.
A media tarde llamé como siempre a casa para ver cómo estaban los niños. Nadie cogía el teléfono, así que lo intenté de nuevo con el móvil de Ana.

-¡Hola, mamá!- gritó Diego -estamos en la piscina. Hace un calor horrible.
-Perfecto, cielo- contesté -Anda, pásale a Ana el télefono.
Pero la conversación se cortó. No, no es que me colgaran, es que al gracioso de mi hijo se le había caído el móvil a la piscina.
La mala leche y el ataque de nervios se estaba apoderando de mí. ¡Qué día!
Me acerqué a la sección de Juan Fran.
-Alonso, a Diego se le ha caído el móvil de Ana a la piscina. Tendremos que comprarle otro- susurré con tierna voz.
-Estoy harto. Cinturón y móvil.
-¿Qué dices?
-Que tu amado hijo ha roto en menos de tres meses el cinturón del coche y un móvil. Esta noche le abro la hucha y pago todos sus desperfectos.
Sigilosamente volví a mi sitio de trabajo.
-Emma- me sugirió Patricia al ver mi desesperación- desmonta el móvil se sécalo con el aire frío de un secador. Hay veces que funciona.
La miré un poco extrañada y agradecí su sugerencia.
Al llegar a casa, abrí las tripas del móvil y les di con el secador. Seguía sin funcionar. Diego me miraba atemorizado.
-Mamá, lo he hecho sin querer- musitó desde el fondo de la piscina.
-Ya me imagino, bonito. Pero es que no hay día que no hagas alguna trastada...
Le di a Ana mi móvil y empecé con la rutina: baños, cena y a la cama.
Durante más de una hora mis desesperantes retoños subieron y bajaron la escalera alegando que no tenían sueño, que querían agua, que les tapara, que les leyera otro cuento, que les diera un beso, que les diera un beso su padre, que ahora un abrazo, que tenían de nuevo sed, que...
-¡¡¡¡A dormir!!!!- grité como una loca- Como os vea de nuevo salir de la habitación os llevo a dormir al colegio. Os la estáis jugando.
A las once, cayeron agotados. Alonso estaba a punto de explotar.
-Qué pesados. Ya ni siquiera puedo ver mi serie. Hoy están para empaquetarlos y mandarlos unos días fuera.
No puede rebatir sus palabras.
A las doce, Diego apareció en el cuarto de estar.
-Mamá, me he despertado y no puedo dormir.
Ganó la batalla.
-Anda, túmbate aquí conmigo hasta que te venga el sueño.- comenté con dulce voz.
A la una, todos estaban dormidos.
Mañana será otro día... Y el móvil funcionó.
sábado, junio 17, 2006
Mañana de desmayos

"Chico", el perro de mi tía, la despertó con sus lametones. No aguantaba más, tenía que dar su paseo matutino. Ángeles se calzó sus zapatillas de deportes, se puso la camiseta y los pantalones y salió a regañadientes a la calle. Como todas las mañanas la efervescencia del día aún no había comenzado. Sin embargo, al girar por la calle Vallehermoso, detectó movimientos inusuales. Distintos furgones con distintas siglas invadían la calle. SALUR, SAMUR, ambulancias, policía y bomberos abarcaban la acera. Mi tía, atónita, se despejó de golpe.
-¿Qué ocurre?- preguntó Ángeles a un transeúnte que pasaba por su lado.
-¿No se ha enterado?- contestó.
-No, acabo de salir.
-Resulta que en ese edificio ha habido un escape de gas. Nadie se había dado cuenta, hasta que la gente que pasaba por la calle se ha empezado a desmayar. Por ahora, van siete inconscientes, así que yo que usted pasearía al perrito por otro lado.
-Claro, claro.- comentó mi tía con gran ataque de risa. Miró al perro y le susurró al oído: "Chico, date prisa en hacer tus necesidades o te suelto por la calle Vallehermoso". El perro en cuestión de dos minutos desahogó su vegiga y ladró como un loco por volver a casa.
miércoles, junio 14, 2006
Dopada
-Sí, hacía tiempo que no disfrutaba tanto- susurra al auricular.
-...
-Ha sido impresionante. No recuerdo algo así desde hace muchos años.
-...
-¡Qué excitación!
-...
-Me he vuelto loco con esos toques.
Decidido, me tomo el lexatín para ver si dejo de notar el dolor de los cuernos.
-Sí, yo también espero que se repita.
-...
-La próxima vez superamos los cuatro o reviento.
¡Qué fuerte! Me va a dar un ataque de histeria. ¡Dios mío, qué va a ser de mi vida! Pues Alonso se va enterar. Ahora mismo le tiro la ropa por la ventana y que se olvide del chalet, de los niños, del gato y vaya preparando la cartera para pagarme una cuantiosa pensión. Tengo que llamar a mi abogado. ¿Dónde está el mechero para prenderle fuego a su ordenador, su cámara de fotos y demás artilugios? Mira que se lo he dicho mil veces: "Alonso cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor". Este tío se va a enterar. ¡Menudo cabrón con pintas!
-¿Y el niño?
-...
Que alguien me pare que le mato. Ahora entiendo que no quiera tener un tercero. ¡Claro, lo ha tenido con su amante! Localizado, ya tengo el mechero ahora sólo debo encontrar un poco de alcohol y organizo la cuarta guerra mundial. Mucho te quiero, muchos regalitos... Mentira, todo mentira. Tanto viajecito. Seguro que se va con la otra. Ay, a ver si la conozco. Yo le mato.
-Estoy desatado.
-...
-Creo que esta noche no voy a poder dormir.
Seguro que no, Alonso, ya me encargaré yo de que no duermas. De patitas en la calle, bonito.
-He comprado un fantástico vino de crianza para brindar.
-...
-Sí, claro que no pienso beberlo solo. Esperaré.
-...
Como encuentre la botella se la estampo en la cabeza.
-Claro, con Emma
-...
-Esta noche lo celebro por todo lo alto.
¡No me lo puedo creer! Piensa organizar un ménage à trois y quiere que yo participe. Más que matarle, le voy a torturar con calma y con dolor.
-El lunes, más.
-...
Ya, eso te lo crees tú. Esta noche pienso ver los mejores capítulos de CSI y el lunes nadie podrá localizarte. ¡Cerdo!
-¡Menudo subidón!
-...
¡Mierda! Se me ha caído el mechero.
-Espera, creo que ha llegado.
-...
-Sí, es ella.
Osea que me conoce.
-¡Emma!- grita mi ex-marido tapando el auricular- ¿Eres tú?
Menos mal, me está haciendo efecto el lexatín. Aún puedo actuar con cinismo.
-Sí- contesto un poco agilipollada y con dolor de cuernos.
-Baja, por favor (ahora me va a contar su infidelidad). Tu hermano quiere hablar contigo.
-¿Quién?- respondo aturdida.
-Tu hermano. Está tan emocionado como yo con el partido de España. Cuatro golazos a Ucrania y el Niño Torres se ha salido.
-Entonces no me has puesto los cuernos.
-Roberto- dice Juan Fran al auricular- Ahora te llama Emma. Creo que viene de celebrar el partido y se ha tomado una copita de más.
Aunque las piernas me temblaban y las lágrimas rodaban por mis mejillas, logré bajar al cuarto de estar.
-¿Qué te ocurre?- preguntó Alonso con cara de preocupación.
-Nada, cielo.
-Pero por qué lloras.
-Tonterías mías (cómo le iba a contar mi película fantástica).
-¿Qué decías de unos cuernos?
-No, te he preguntado que dónde has puesto los huevos. Es que quería hacer una tortilla y no los encuentro.
-Venga, tontorrona, anímate y vamos a celebrar la victoria de España.
-Pues va a ser que no. Me he tomado un lexatín y estoy dopada.
-¿Por qué te has tomado un lexatín?
-Desajuste hormonal.
-Vaya, has elegido un mal día... Yo que estaba dispuesto a ir a por el tercero... ¡Incluso a por el cuarto como España!
¡Mierda, mierda y más mierda! ¡Seré gilipollas! ¡Quién me manda a mí ver tantas películas y series que hacen flipar mi mente! Espero que el lunes España marque cinco goles.
lunes, junio 12, 2006
Mamma mia

-¡¡¡Emma!!!- gritó mi abuela- ¿dónde está Manuela?
Aturdida miré alrededor.
-!!Emma!!-volvió a vociferar mi abuela- ¿Quién es esa negra que juega con Álvaro?
La risa me invadió.

-Abuela, debajo de esa negrura está Manuela. La tapa el barro, pero ella no se ha movido de su sitio.
-Pues si que se ha puesto sucia...- comentó y volvió a sumergirse en su lectura de la hija de Capmany.
Despeloté a mi sobrina, la lavé en mi megapiscina y la vestí de nuevo como una princesa.
Al cabo de un rato, llegaron mis padres, Roberto y Virginia. Y viví otro instante FAMILIA.
A Alonso, como habréis comprobado, ni lo he nombrado. No, no está de viaje como es habitual en él, sino que hemos llegado a un pacto de no agresión. Durante este mes está liberado de toda responsabilidad y tiene la posibilidad (Mike, para que luego digas que soy mala con él) de ver todos los partidos del mundial que quiera.Mi padre, emocionado por el pacto, se coló el domingo en casa. Aún no sé a ciencia cierta si estuvo porque entre la carrera de Fernando Alonso, la final de Roland Garros y no sé que partido no les vi el pelo en todo el día. Aunque según me confesó mi señor esposo, mi padre habitó todo el día en casa. Resumiendo: mi marido y mi padre son como las brujas gallegas, "haberlas haylas"... Incluso cuando no les ves.
jueves, junio 08, 2006
Complot familiar
Lo preparé todo con mucho mimo y organización. Llamé a mis suegros y con dulce voz les rogué que se trasladaran a casa para cuidar a los peques la noche del viernes y el sábado. A las nueve: niños cenados, duchados y dormidos. Era mi momento. Me metí en el baño y comencé la reconstrucción: mascarilla hidratante para la cara, mascarilla de pelo, alisado de melena con las puntas hacia fuera (esto me costó, ¡menuda carnicería me hizo el otro día la peluquera!, ¡con lo mono que tenía yo el pelo), base de maquillaje, rímel... Esos potingues de mujeres.
Por fin llegó Alonso y nos fuimos a un restaurante noruego del centro de Madrid, "Olsen". El bullicio de gente, el aire acondicionado a todo trapo y la música demasiado elevada no favorecían mis planes. Rauda y veloz pedí un buen vino y empezamos a beber y a reír. Después, unas cuantas copas y más risas. "De esta noche no pasa", pensaba yo en mi interior "esta noche, a por el tercero". Mi ilusión y emoción iban en aumento.
A las tres de la mañana, Alonso me susurró al oído:
-Emma, ¿nos vamos a casa?
-Claro, cielo, estoy como loca- constesté socarronamente al notar el brillo ebrio de sus ojos.
Al aparcar en el Olimpo me desmoroné y la líbido desapareció. Toda la casa estaba encendida.
-¡No puede ser!- masculló Alonso.
Pues sí pudo ser. Al abrir la puerta mi suegro se llevó las manos a la cabeza.
-Chicos, qué nochecita. Se ha despertado Álvaro y al ver que no estábais ha empezado a llorar.

Subí corriendo. Mi suegra agotada miraba desde la distancia a Álvaro, que no quería saber nada de ella. Diego, somnoliento, abrazaba a su hermanao y le consolaba.
-Álvaro, no llores, papá y mamá se han ido a trabajar. Ahora vuelven- le decía a su hermano tiernamente.
El pequeño al verme se abalanzó sobre mis brazos y en un segundo desaparecieron los lloros y empezó la juerga.
-Mamá, a dormir a tu cama- dijo con la sonrisa que me desmorona.
Alonso, mientras acurrucaba a Diego, me miró con cara de espanto.
-No, Álvaro, tienes que dormir en tu cama.- argumenté agotada.
-¡¡¡Nooo!!!!- gritó con pucheros y lágrimas.
-Jo, yo también quiero- comentó Diego apoyando la gran idea de su hermano.
Al final, mi aniversario, mi noche loca y apasionada, mi plan de engañar a mi marido e ir a por un tercero, terminó con todos los infantes en mi cama y mi señor marido en la habitación de los niños.
-Emma, los niños son cojonudos. ¿Verdad?- dijo Alonso con risa burlona.
-Tú siempre tan gracioso, Alonso.
martes, mayo 30, 2006
Síndrome del paracaidista

El drama de aquellas vacaciones era saber qué hacíamos con el gato (aún no habían nacido nuestros retoños). Juan Fran se rompía la cabeza. Las opciones de Guadarrama y Saldaña las descartó rápidamente. "Emma, allí puede que se pierda. Imagínate qué disgusto", me argumentaba todo sofocado. "Bueno, pues si quieres no vamos a Mallorca", contestaba yo un poco desesperada. Por fin, Paloma nos dio la solución.

-Oye, Emma, si quieres me quedo yo con el gato.- comentó un día.
-¿En serio? No te importa.
-Emma, qué más me da... Ya tengo un gato, así que dos no me va a suponer ningún problema.
-Bueno, en principio vale, pero antes se lo preguntaré a Alonso... Ya sabes que Lucas es lo que más quiere.
Al cabo de unos días quedamos en ir a cenar a su casa y, de paso, depositar al felino.
-¿Pedimos una pizza?- preguntó Raúl, el marido de Paloma.
-Vale- asentimos todos.
Mientras los maridos hablaban de cámaras fotográficas, Palo y yo nos fuimos a fumar un cigarrito a la terraza (un cuarto piso, aunque parezca que no tiene importancia, la tiene).
Los gatos nos acompañaron al rincón del vicio. Vincent, el gato de Paloma, intentó pasar a casa de la vecina, pero ante el peligro desistió. Lucas, en cambio, se dispuso a rematar la idea.
-!!Lucas!!- gritó Paloma- Ven aquí que te vas a caer...
El gato la miró con ojos de felino, adelantó una pata y cayó al vacío.
-AAHHHHHHHHH- gritamos con el corazón en un puño.
La oscuridad no nos dejaba ver qué había pasado.
Entramos en casa a toda velocidad y con un enorme ataque de nervios.
-Juan Fran- dije con un hilo de voz- Lucas se ha caído por la terraza.
Alonso me fulminó con la mirada.
-¿Qué dices?
-En serio, no sé qué ha ocurrido, ha resbalado y se ha precipitado al vacío. Lo siento, creo que se ha matado.
Alonso mantenía las lágrimas a raya. Se levantó.
-Raúl, por favor, acompáñame a ver qué ha pasado- suplicó con voz de funeral.
Descendieron hasta el rellano. El garaje estaba cerrado y la única forma de acceder al patio interior era a través de la terraza de alguna casa del primer piso.
Tras llamar sucesivamente a una puerta, una anciana mujer envuelta en una bata de pana nos abrió.
-Disculpe, señora, necesitamos que nos deje pasar a su casa para llegar al garaje. Mi gato se ha caído desde el cuarto piso. Por favor, déjenos pasar.- argumentó Juan Fran.
La mujer al ver la cara de drama que teníamos los cuatro accedió un poco sorprendida.
Nos asomamos a la terraza. Todo estaba oscuro, pero un pequeño maullido nos ilusionó.
-!!Está vivo!!- gritó Juan Fran.
Alonso, desesperado, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Yo me quedé lívida. Raúl decidió ayudarle, se subió a la barandilla y saltó al vacío. Paloma se quedó lívida. La anciana nos miró estupefacta.
-Pues sí que quieren al gato...-nos comentó perpleja por la aventura que se estaba viviendo en su casa.
-!Está aquí!- gritó Raúl.
Juan Fran se acercó a toda velocidad y cogió dulcemente a Lucas.
-Lucas, Lucas- susurraba a su oído- ¿Qué te ha pasado?
Lo palpó levemente y no percibió ninguna rotura, aunque el gato estaba en estado de shock.
-Juan Fran, ahora no sé cómo vamos a salir- dijo Raúl con cara de preocupación.
-Es verdad, no hay manera de subir hasta el primer piso.
-!!Chicas!!- gritaron los dos - Buscad una escalera para que podamos salir.
La anciana nos miró y nos tranquilizó.
-Tengo una escalera, esperad que os la traigo.- nos dijo mientras se iba a la cocina.
Apareció con una gran escalera. Estábamos a punto de tirársela a nuestros hombres y al gato cuando...
-Emma, espera- gritó Paloma- Si bajamos la escalera luego no habrá forma de subirla. Habría que atarla con una cuerda para ascenderla más tarde- sugirió Paloma.
De pronto, la anciana sacó unas tijeras y cortó la cuerda de tender.
-Atadla con esta cuerda- nos ordenó.
-Señora, pero se ha quedado sin cuerda de tender- dije con cara de sorpresa.
-No me importa. Hacía tiempo que no me lo pasaba tan bien. Mañana compró otra cuerda- contestó súper sonriente.
Bajamos la escalera, primero subió Raúl y después muy despacio Juan Fran con el gato enganchado a su espalda.
Los gritos y abrazos de emoción se sucedieron.
-Luquitas, cómo estás. Ay, qué susto nos has dado- musitábamos los cuatro llorando de la emoción.
La mujer de la bata, nos miraba desde una esquina y no daba crédito.
-Señora, muchas gracias- dijimos tras subir la escalera- No se imagina cuánto se lo agradecemos.
-No hay de qué- contestó educadamente- La pena es que no se lo puedo contar a mis amigas y a mi familia porque son capaces de encerrarme en un psiquiátrico.
Acarició al gato y le susurró al oído.
-Gato, aprovéchate de tus amos, están totalemente agilipollados.
Rápidamente cogimos a Lucas y nos fuimos a un centro veterinario de urgencia. Le contamos nuestra aventura al veterinario y se rió al ver como el gato saltaba por toda la consulta.
-Chicos, vuestro gato ha sufrido el "síndrome del paracaidista". Los felinos aunque sean caseros no pueden evitar vivir emociones fuertes, va en sus genes. Aun así os voy a recetar unos tranquilizantes y mañana lo traéis de nuevo para que le haga una revisión.
Volvimos a casa de Paloma, comimos la pizza fría y después de unas copas de vino, dejamos a Lucas.
La semana en Mallorca fue muy relajante, aunque Juan Fran llamaba un mínimo de dos veces al día a Paloma y Raúl para ver como evolucionaba su amado gato.
viernes, mayo 26, 2006
Secuestro en el jardín
-Buenas tardes, le paso una llamada. Preguntan por usted- dijo la telefonista con voz de megáfono del Corte Inglés.
-Muy bien. Gracias- contesté como una autómata temiendo que los de la imprenta tuvieran problemas con alguna página del suplemento.
-Hola, eres Emma- preguntó una voz desconocida.
-Sí-.
-Mira no me conoces. Ante todo no te asustes- al oír esto mi cuerpo empezó a temblar- Soy la vecina del chalet de enfrente de tu casa y mi hijo acaba de ver por la ventana que la cuidadora de tu hijo está encerrada en el jardín y Diego está solo dentro de casa.
-¡¡¡Quéee!!!- sollocé desesperada.
-Parece ser que Diego ha cerrado la puerta del jardín con llave y ahora no puede abrirla. La chica me ha gritado el teléfono de tu trabajo y me ha pedido que te llamara para que fueras a liberarla. Por favor, no te asustes y ven lo más rápido posible.
-Gracias- dije mientras colgaba y salía escopetada del periódico.
Jamás tardé tan poco en hacer el recorrido hasta casa. Conducía y lloraba a la vez imaginando todas las cosas que era capaz de hacer Diego. "Y si abre la puerta y se va de casa; y si abre el armario de los productos de limpieza y se bebe la lejía; y si se cae por las escaleras; y si mete los dedos en un enchufe..." pensaban mis neuronas cinéfilas.
Abrí la puerta con gran ímpetu, corrí a la cocina y admiré el espectáculo. Diego, subido en la encimera, sacaba su mano por la pequeña ventana mientras Ana le sujetaba desde el jardín subida a una escalera para evitar que se cayera.

Abracé a Diego como si hiciera un año que no le veía y empecé a reír histéricamente.
-Perdona, mamá, no quería hacerlo.- musitó entre lágrimas.
-Lo sé, cielo, no te preocupes- contesté mientras abría la puerta del jardín- Ana, ¿qué ha ocurrido?
-Diego tiene razón. No ha sido su culpa. Ha cerrado la puerta y se ha caído el picaporte, no había forma de entrar.
Alcé la vista y vi a mis vecinos que aplaudían la hazaña.
-¡¡Muchas gracias!!- les grité como si vivieramos en la clásica corrala italiana que se comunican a voz en grito.
-De nada. ¿Están todos bien?- vociferó la madre del chalet de enfrente.
-¡Sí, sólo ha sido un susto! Están todos sanos.
-Nos alegramos- gritaron mientras cerraban su ventana.
Entramos en casa y nos abrazamos como si hubiésemos vivido un secuestro terrorista.
Al día siguiente vino el cerrajero.
-Señora, nunca había estado en una casa con tantas puertas rotas- exclamó con cara de sorpresa.
-Ya ve- contesté secamente.¡Cómo le iba a explicar que mi hijo de cuatro años era el causante de las cuatro puertas rotas!
-Si yo le contara...- murmuró JuanFran mientras abría la hucha de Diego.
martes, mayo 23, 2006
Manda huevos
Además, pasado un tiempo, la tortuga descubrió el sabor de las criadillas y se hizo adicta. Kaos, el bull-terrier de mi madre, tiene pánico al jardín. Antes le enloquecía tumbarse panza arriba. Pero un día sintió un bocado en los cojones. El perro, aterrorizado, se puso a ladrar. Miró a sus testículos y casi lloró de dolor: la tortuga le había pegado un buen mordisco en su don más preciado. Lucas, el gato, aprendió la lección y al igual que Kaos decidió no volver a tumbarse en el jardín (!y eso que sus cojones son meramentes ilustrativos, está capado).Así que, pese a Darwin, la tortuga domina al perro, al gato e incluso a los humanos que siempre tenemos que salir calzados para que no devore nuestros pies.
miércoles, mayo 17, 2006
En campo enemigo
Los peques estaban felices. Salieron al jardín y jugaron con Lucía y Jorge.
Sebastián, el marido de Sandra, estaba tenso (claro, había ido al Hipercor con los niños y esa prueba de fuego quema a cualquiera) y se alió con Juan Fran para hacer un frente común contra los retoños.
-Sois unos exagerados- comenté antes de oír un terrorífico grito.
-¡¡¡Mamáaaaa, la pelota se ha caído a la calle!!!- gritaron Lucía y Diego.
Sandra y yo miramos con amor a nuestros maridos y se fueron a recoger el balón.
Antes de que volvieran, la pelota se había salido de nuevo a la acera.
-¡¡Qué pesaditos!!- rugieron Alonso y Sebastián.
La situación se estaba complicando y decidimos ir a cenar al restaurante del Real Madrid.

Para nuestra desgracia o nuestra fortuna, sólo quedaban dos mesas separadas. Así que felices y optimistas depositamos a las joyas de la corona en una mesa y acotamos la otra para los mayores de treinta años.
-Diego, no me pegues- suplicó Lucía.
-Oye, Lucía, no seas chivata, tú me estás amenazando- contestó Diego.
-¡¡Vale ya!!- gritamos los treintañeros (esto lo pongo para animarnos, pero alguno ya está en la cuarentena y los otros estamos a puntito...)
-¡¡¡Jorge!!!- aulló Sandra.
Miramos alrededor en busca de Jorge, pero no estaba.
Sandra y Sebastián se levantaron presos de un ataque de nervios (incluso pensé que les había tocado el súper bote de la primitiva). Corrieron entre las mesas y por fin descubrieron al pequeño admirando desde el cristal el campo del Madrid.
-Esto no hay quien lo aguante- comentó Sebastián al sentarse- Huy, ¿qué hay debajo de la mesa?.
-Es Álvaro. Ten cuidado no le vayas a abrir la crisma- contesté mientras comía un delicioso revuelto de gambas.
-Veis- argumentó Juan Fran- A mí esto me parece insoportable y sin embargo a Emma le parece de lo más normal.
-Alonso, reconoce que no se están portando tan mal- constesté dando un sorbo a la cerveza.
-No, se están portando de maravilla: Jorge hace carrera de obstáculos entre las mesas, Álvaro limpia con su barriga el suelo del local y Diego y Lucía no se han matado porque les hemos quitado los tenedores y los cuchillos. Quitando esos pequeños detalles...
-Juan Fran, tienes toda la razón. Esto es insoportable- dijeron Sandra y Sebastián apoyando la moción de Juan Fran.
En ese momento noté como me hundía en el sofá. No sólo estaba en el campo enemigo, el Bernabeú, sino que además se había creado una alianza para apoyar a mi marido.
-Miradles ahora qué tranquilos están- rogué con dulzura.

No sé cómo pero los cuatro terremotos estaban sentados en su sitio y Diego y Lucía contaban el cuento de los Tres Cerditos a los pequeños.
-Aprovechemos para comer- sugirió Sebastián.
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!- gritó un hombre de otra mesa.
Miramos presos de la curiosidad. ¿Qué ocurrirá?, pensamos todos al unísono y observamos al viejecillo con cara amargada que hacía callar a.... A NUESTROS HIJOS.
La indignación nos invadió a los cuatro de golpe.
-¡Será imbécil! Ahora los niños no están dando la lata. Además, si quiere una cena tranquila que no venga a un restaurante con menú infantil- vociferó Sebastián.
Por fin vi la luz al final del túnel. Gracias a un impresentable había conseguido la unión de todos los padres. Ahora nuestra misión era vengarnos del amargado de la mesa de al lado.
La venganza es un plato que se sirve frío. Dejamos que transcurrieran los minutos. Y, de pronto, escuchamos como empezaban a cantar el cumpleaños feliz a voz en grito.
Giramos los cuatro la cabeza, contemplamos la procedencia de la canción y...
-¡¡¡¡CHIST, CHIST, CHIST, CHIST!!!-aullamos los cuatro con fuerza al amargado que entonaba el "te deseamos todos...".
-¡Qué sinvergüenza! Primero hace callar a nuestros retoños y ahora va él y se pone a cantar- comentó Sandra.
Un silencio invadió el restaurante. Todos miraban al triángulo de las Bermudas (nuestras dos mesas y la del amargado, triángulo perfecto)a la espera de que alguien comenzara la guerra. Los niños no se movían, yo agarré el vaso de agua y tuve la tentación de tirárselo por encima, pero tras un disparo de miradas mantuvimos la compostura.
-Será mejor que nos vayamos. Los peques se están quedando dormidos- dijo Juan Fran.
La zona de copas del local nos llamaba a gritos. Aún no sé cómo, pero aguantamos la llamada del alcohol.
-La próxima, sin niños- afirmó Sebastián.
-¡¡¡Nooooo!!!-imploraron los peques- ¡Nosotros queremos ir con vosotros!.
-Por cierto, Emma, ¿a ti no te sobraron lexatines?- preguntó Sebastián soltando una gran carcajada.- Otra noche les dopamos y nos tomamos unas copitas.
-Cojonudo, Montero, cojonudo- aplaudió Alonso.
viernes, mayo 05, 2006
Vida de un retrete
-Emma, ¿te has dado cuenta de que water se mueve?- comentó con perplejidad.
-Pues no, la verdad, a ver si lo has roto tú- contesté con cara de sorpresa.
-!Qué graciosa! Yo no lo he roto, además no parece una rotura sino que el water se está despegando del suelo y ha destrozado varias baldosas.
Me levanté y me acerqué a ver el desastre. El retrete se elevaba dos centímetros del suelo.
-Emma, habrá que llamar al seguro.
Pasados dos días, se presentó un perito. Observó el baño, retorció la boca y nos dijo.
-Esto no lo cubre el seguro.
-Pues no sé para que pagamos si luego no nos resuelven las roturas- contesté indignada.
-Lo siento, señora.- dijo secamente mientras cerraba la puerta.
El mosqueo aumentaba a la misma velocidad que el retrete ascendía. La separación con el suelo superaba los siete centímetros y cada día crecía un poco más.
Gracias al libro que me estaba leyendo ("Cuando los muertos se levanten", de Fred Vargas, os lo recomiendo) y a mi mente cinéfila pude hallar el motivo que provocaba el elevamiento de water. La causa era sencilla: las raíces del árbol salvaje del jardín estaban empujando el retrete. Aterrada comuniqué mis pesquisas a Alonso que rápidamente alquiló una sierra eléctrica y llamó a su amigo Escuer.
-Escuer, te necesito.
-¿Qué ocurre?
-Algo terrible. Las raíces del árbol salvaje están penetrando y destrozando la casa. Por favor, ayúdame a talar el monstruo.
-Vale, cuenta conmigo, pero a cambio me llevo la leña para mi barbacoa.
-De acuerdo, os esperamos aquí el sábado.

Llegaron a la una del mediodía. Los niños, Montse y yo colocamos unas sillas en la terraza y nos dedicamos a ver cómo nuestros hombres batallaban contra el árbol. Las lesiones se sucedieron. Tras una hora de estrategia, el árbol se derrumbó. Los peques disfrutaban como si estuvieran ante la mejor película de Pixar y nosotras como si viésemos "La matanza en Texas".
Pero la ilusión duró pocos días y el optimismo dejó paso al pesimismo. El retrete seguía elevándose y casi tocaba el techo del baño. Aterrados, llamamos a Marcel, el artífice de la megaobra de la casa, acudió rápidamente y nos tranquilizo.
-Mañana os envío a un operario. Dormid tranquilos.- nos dijo mientras mesaba su bigote.
No fueron las raíces del árbol, no fueron mis kilos de más... Fue una bolsa de aire que no se sabe cómo aparece cuando hay movimientos de tierra.
El retrete ya está colocado, las baldosas repuestas pero mis dudas aún persisten: ¿no será que una nave de extraterrestres reside debajo de nuestra casa?
jueves, mayo 04, 2006
Fútbol rural

El pantano de Guadarrama es un lugar fantástico para mi caótica familia. Mientras los niños juegan con Juan Fran al fútbol, mi madre y yo nos tumbamos en la hierba, tomamos el sol y matamos la sed con unas cuantas coca-colas. La otra mañana, Diego regateó la pelota y ésta cayó al agua.
-!Papá, la pelota!- gritó Diego.
-!Ya voy, ya voy!- contestó Juan Fran mientras se quitaba las zapatillas y remanagaba sus pantalones.
Mi madre y yo mirábamos y reíamos. Los pescadores abandonaron sus cañas y observaron el espectáculo.
Alonso, raudo y veloz, cogió el balón y salió triunfante del agua.
-Emma, te toca a ti- dijo agotado por el esfuerzo.
El deporte nunca ha sido muy fuerte, pero de vez en cuando me creo un as del balón, así que me puse a jugar con mis hijos para aumentar mi caché de buena madre. Al cabo de unos chutes y regateos, la pelota terminó de nuevo en el agua.
-Venga, mamá, date prisa- clamaron los niños.
-Tranquilos, chicos- les dije pausadamente.
Empecé a desabrochar mis botas. El balón cada vez se alejaba un poco más.
-Date prisa, que se lo lleva la corriente- aseguró Juan Fran.
-No me pongáis nerviosa. Tengo un nudo en los cordones.
-Mamá, que se te va a escapar- gritaron Diego y Álvaro.
Por fin me había quitado las botas, pero el balón ya estaba bastante lejos y ni aun subiéndome los pantalones llegaba a por él.
Los pescadores estaban encantados con el show.
-!!!Mamáaaa!!!- vociferaron mis retoños.
-Vale, vale- contesté desabrochándome los pantalones.
-Hija, desde luego tú no vales para puta- soltó mi madre a grandes gritos.
-!!!Mamáaa!!!- le grité fulminándola con la mirada- ¿Podías ser un poco más discreta?
-Hija, es que con esa maña que tienes desnudándote no te contrataría nadie.
Los peces picaban en los anzuelos, pero los pescadores no se inmutaban. Admiraban es "streptees" campestre que estaba protagonizando.
Por fin me quedé en bragas y me metí en el agua. Lo hice tan rápido que provoqué un oleaje que alejó aún más la pelota. Derrotada, volví a la orilla.
-Emma, !qué se te escapa la pelota! Cógela antes de que se vaya al centro del pantano- suplicó Juan Fran con una indisimulada sonrisa.
-Ya te veo. Tú quieres que me zambulla entera en el pantano. Paso. Que se coma el agua el balón- contesté indignada.
-Mamá, como se entere Pepe te va a matar. Ese balón se lo trajo de Estados Unidos- dijo Diego con gran solemnidad.
-Pues que venga él y lo coja- rematé la conversación.
Por fin hubo suerte, el viento empezó a soplar y arrimó la pelota hasta la orilla contraria. Corrimos hasta allí (yo ya me había puesto los pantalones, que quede claro) y mi madre, muy decidida, se quitó los náuticos y cogió la pelota.
-Mira qué fácil, Emma- dijo con recochineo.
-Vámonos- ordené al oír los aplausos de los pescadores por nuestra genial hazaña.