El juicio debía celebrarse a las doce del mediodía, pero cuando pasó la hora y me percaté del retraso que llevaba, llamé a Ana para que fuera a recoger a Álvaro al colegio.
–Está bien, iré a por Álvaro. Por cierto, hoy se me han olvidado las llaves, pero no te preocupes, ya está solucionado. -me engañó para no aumentar mi estrés y mi dosis de lexatín.
Sí, Ana había olvidado las llaves. Al darse cuenta, llamó a casa de la vecina y le rogó que la dejara saltar desde su jardín al mío. Ana se subió a la silla, saltó el muro y comprobó que, como es habitual en mí, me había dejado abierta la puerta de la cocina que da al jardín. Entró en casa y se puso a limpiar y a colocar el desorden. Cuando la llamé para avisarla de que tenía que ir ella a por Álvaro se puso a temblar. La puerta de entrada de la casa estaba cerrada, no podía abrirla y ¡la vecina se había ido de viaje! Se sintió encerrada y angustiada. Las neuronas le funcionaron rápidamente. Cogió una súper escalera, abrió el ventanal del salón y bajó la escalera hasta el jardín. Miró por todos lados y al ver que no venía nadie, saltó desde la ventana a la escalera y simulando que estaba limpiando los cristales entornó la ventana y bajó hasta el suelo.
Álvaro volvió todo sonriente del colegio, pero al ver la escalera se puso a llorar.
–¡Por la puerta, Ana! -gritó insistentemente.
Tras una ardua labor de persuasión, Ana consiguió que subiera por la escalera y ambos entraron a casa.
Las cuatro. El juicio aún no se había celebrado. Llamé a Ana y me dijo que todo estaba bien, que no me preocupara que ella iba a buscar a Diego.
Ana cogió a Álvaro, el trapo de limpiar los cristales y se abalanzó de nuevo a la escalera. Bajó simulando otra vez que limpiaba los cristales (¡los más limpios del barrio!) y se fueron a buscar a Diego. A las cinco y media subieron desde el jardín por la escalera Diego, Álvaro y Ana. Los niños estaban emocionados por la aventura. A las seis terminó el juicio. Al llegar a casa y ver el jardín decorado con la escalera pensé que algo que había ocurrido y que esa señal confirmaba mi pérdida del juicio. Entré en casa, besé a mis niños y Ana me contó sus desventuras. Por fin, logré reír a carcajadas. Sabía que había perdido, pero nadie podría vencerme en lo importante...

































