lunes, octubre 30, 2006

Fiebre de Halloween

El viernes, gracias a mi adorado jefe, libré. Mal momento. El catarro me tenía hundida y, sin embargo, me negué a ser dominada por la fiebre. Miré mi agenda y comprobé los compromisos del día. A primera hora me fui a ver a mi prima María que le habían operado de varices, así dicho parece una viejecita, pero sólo tiene 37 años (la mala vida que ha llevado, je, je). Para animarnos, nos fuimos de compras y ventilamos un poco la visa. A la hora de la comida, me presenté en casa de mi abuela Mary y apacigüe mi catarro con un deliciosa comida y, para rematar, un dietético flan casero. A toda velocidad, fui a buscar a los niños al colegio. Mis suegros, contratados para ejercer de baby siter, me esperaban en casa. Al ver mi cara de enfermedad, se llevaron a los peques al parque. Me repuse lo justo y necesario para poder acudir al funeral del padre de mi amiga Mayte. A las once de la noche llegué a casa destrozada.
–Emma, ¿aprovechamos que están mis padres y nos vamos al cine y a cenar por ahí? –preguntó Alonso emocionado mientras cogía las llaves del coche.
Le miré con cara de espanto.
–Cielo, lo siento, pero no puedo con mi alma.
En el fondo mi marido es un santo. Me miró con cara resignada y me obligó a que me tumbara en el salón. "Venga, no te preocupes, saldremos mañana", dijo amorosamente.
-No, mañana tenemos fiesta de Halloween en casa. -contesté tímidamente.
-¿A cuánta gente has invitado?
-Pues entre niños y adultos somos quince.
-Tú estás loca...
Al día siguiente el panorama era aún más desolador. Las toses superaban el umbral de los gritos de los niños y la fiebre me hacía sudar como un pollo.
–Emma, lo mejor será que suspendamos la fiesta de esta noche –comentó Alonso.
–No, imposible. Los niños están súper emocionados y Ana les ha hecho unos disfraces de murciélagos divinos. No la puedo suspender.
Alonso dio la batalla por perdida y no rechistó.
Por la mañana decoré toda la casa con calabazas, murciélagos y fantasmas. Al mediodía, mis suegros nos invitaron a comer a un restaurante para celebrar sus cumpleaños. Lo agradecí, aunque entre el primer y el segundo plato noté como la fiebre superaba la temperatura de la lasaña.



De nuevo me arrastré hasta casa, vestí a mis peques con sus disfraces y les pinté la cara. A las siete llegaron todos los invitados: la brujita Manuela, el diablo Jorge, las morticias Eva y Lucía y la diablesa Marta. La panda fantasmagórica se apoderó de la planta baja y bailaron, comieron, jugaron y gritaron como auténticos demonios. Los mayores disfrutamos en el salón de una agradable velada con discusiones y risas. A la una de la mañana el cansancio dominó a las fieras nocturnas.
–Emma, estoy agotado –suspiró Alonso mientras barría las palomitas que inundaban el cuarto de estar.
–Yo también –me dejó contestar la fiebre.
–Bueno, mañana nos quedamos en casa y descansamos –auguró.
–No, Alonso, mañana tenemos la comida sorpresa de mi abuela por su noventa cumpleaños.
Alonso no volvió a hablar hasta el día siguiente.
Por la mañana ya no tenía fiebre, más bien al contrario, tenía fiebre a la inversa, es decir, 34 grados. Al principio pensé que el termómetro estaba roto, pero tras comprobar con todos mis hombres que funcionaba pensé “eres rara hasta para tener fiebre”.



A las tres nos presentamos en el restaurante. Al cabo de unos minutos apareció mi abuela y se emocionó al ver que todos nos habíamos citado para celebrar su genial cumpleaños. Comimos de maravilla y a las seis nos fuimos con todos sus bisnietos al parque. Mis toses, mis niños y mi derrengado marido entramos en casa a las ocho de la tarde.



-Chicos, hoy os vais a dormir sin duchar. No puedo con mi alma. –suspiré entre tos y tos.
Esta mañana he vuelto a trabajar. Por lo menos aquí descansaré.

Más imágenes aquí.

martes, octubre 24, 2006

Hace un año...

Hoy mi abuela cumple noventa años y estamos todos encantados y felices de tener una súper abuela nonagenaria. Soy feliz. Sin embargo, el 24 de octubre del año pasado fue otro cantar. Sí, justo hace un año se celebró el juicio contra mi jefe. El resultado final es conocido por todos, pero lo que muchos aún no saben es que ese mismo día supe que había perdido. Y todo gracias a las señales divinas que me llegan de vez en cuando.
El juicio debía celebrarse a las doce del mediodía, pero cuando pasó la hora y me percaté del retraso que llevaba, llamé a Ana para que fuera a recoger a Álvaro al colegio.
–Está bien, iré a por Álvaro. Por cierto, hoy se me han olvidado las llaves, pero no te preocupes, ya está solucionado. -me engañó para no aumentar mi estrés y mi dosis de lexatín.
Sí, Ana había olvidado las llaves. Al darse cuenta, llamó a casa de la vecina y le rogó que la dejara saltar desde su jardín al mío. Ana se subió a la silla, saltó el muro y comprobó que, como es habitual en mí, me había dejado abierta la puerta de la cocina que da al jardín. Entró en casa y se puso a limpiar y a colocar el desorden. Cuando la llamé para avisarla de que tenía que ir ella a por Álvaro se puso a temblar. La puerta de entrada de la casa estaba cerrada, no podía abrirla y ¡la vecina se había ido de viaje! Se sintió encerrada y angustiada. Las neuronas le funcionaron rápidamente. Cogió una súper escalera, abrió el ventanal del salón y bajó la escalera hasta el jardín. Miró por todos lados y al ver que no venía nadie, saltó desde la ventana a la escalera y simulando que estaba limpiando los cristales entornó la ventana y bajó hasta el suelo.
Álvaro volvió todo sonriente del colegio, pero al ver la escalera se puso a llorar.
–¡Por la puerta, Ana! -gritó insistentemente.
Tras una ardua labor de persuasión, Ana consiguió que subiera por la escalera y ambos entraron a casa.
Las cuatro. El juicio aún no se había celebrado. Llamé a Ana y me dijo que todo estaba bien, que no me preocupara que ella iba a buscar a Diego.
Ana cogió a Álvaro, el trapo de limpiar los cristales y se abalanzó de nuevo a la escalera. Bajó simulando otra vez que limpiaba los cristales (¡los más limpios del barrio!) y se fueron a buscar a Diego. A las cinco y media subieron desde el jardín por la escalera Diego, Álvaro y Ana. Los niños estaban emocionados por la aventura. A las seis terminó el juicio. Al llegar a casa y ver el jardín decorado con la escalera pensé que algo que había ocurrido y que esa señal confirmaba mi pérdida del juicio. Entré en casa, besé a mis niños y Ana me contó sus desventuras. Por fin, logré reír a carcajadas. Sabía que había perdido, pero nadie podría vencerme en lo importante...

viernes, octubre 20, 2006

Descanso marital

Mi marido se gana el cielo. El pobre está ahora en Madeira. Sí, pobrecito mío, allí está conociendo “Las Quintas” -que son como nuestros paradores-, dando una vueltecita en catamarán, degustando la gastronomía de la zona... La verdad es que me da una pena horrorosa. Yo en cambio estoy súper descansada. Me levanto a las ocho de la mañana, preparo los desayunos, visto a los niños, los llevo al cole, voy a trabajar; a la hora de la comida cocino la cena de esta noche porque vienen cuatro amigas dispuestas a despellejar a los hombres, a los jefes y a todo ser humano que se lo merezca; hago los deberes con Diego, construyo casitas con Álvaro, les preparo la cena, les baño, les pongo el pijama, les leo una variedad inaudita de cuentos, les arropo, les doy agua, besos y abrazos, les vuelvo a arropar, grito “¡como se le ocurra a alguno salir de la habitación se va enterar”, les doy de nuevo agua, les arropo por decimoquinta vez, besos y abrazos, grito “¡a dormir!”, coloco la cocina, me reconstruyo un poco la cara, enciendo las velitas, descorcho el vino, superviso los manjares, me sumerjo en el sofá para descansar un segundo, suena el timbre, toca cena... Y Alonso no va a probar mis cebollas rellenas, mi quiche, mi guacamole... ¡Pobre Alonso!

martes, octubre 17, 2006

Mis fieras


“Son riquísimos, son una monada, me los comería a besos…” Estas expresiones salen de mi boca con una frecuencia diaria. Aunque hay días, aún no sé por qué, que mi efusión cariñosa se disimula un poco. Y claro, la culpa es de ellos o de su edad o de su sinceridad. Por ejemplo, hoy sin ir más lejos, al llegar a casa Ana me ha contado la primera trastada de Álvaro: se ha encerrado en el baño con el pestillo y durante diez minutos ha sido incapaz de abrir la puerta. Tras los consejos de Diego, ha conseguido salir airoso. Pacientemente me he sentado a hablar con él y le he explicado que si vuelve a encerrarse y llega el lobo no podría ayudarle. Aterrado, me ha contestado que nunca más volvería a hacerlo. Al cabo de unos minutos, me ha enseñado sus nuevas dotes para descender las escaleras cabeza abajo.
Resignada, les he bañado y he repasado por decimoquinta vez la tabla de multiplicar del cuatro con Diego (¡qué tortura!). La cena discurría tranquila –con los gritos sintonizados de “¡no quiero puré!” – y he comenzado mi interrogatorio escolar.
–Álvaro, ¿qué has hecho hoy en el cole? –he preguntado con una amplia sonrisa.
–He pintado pedos.
–Venga, Álvaro, ¿cuéntame qué has pintado?
–Pedos y cacas.
–Vale, y qué has comido.
–Pis y caca.
Agotada por su fase escatológica y mi diálogo de besugos, he preguntado a Diego.
–Y tú, Diego, ¿qué tal?
–Todo bien. Por cierto, mamá, a ver si adelgazas un poco. Te pareces a un elefante.
He repasado mentalmente la tabla de multiplicar del cuatro para relajarme y me he salido a la terraza a fumar un cigarro y a expulsar con cada calada mi mala leche.
–¡Mamá, ven con nosotros! ¡Y no fumes que te vas a morir! –gritaron los dos al unísono.
De nuevo en la cocina, me han mirado con cara extrañada.
–¿Qué te ocurre, mamá?
“Capullos, no sólo me llamáis gorda sino que además me torturáis con respuestas escatológicas y ni siquiera me dejáis fumar un cigarro sin remordimientos de conciencia”, he pensado furiosamente.
–Nada, chicos, que os quiero mucho. Tomaros las natillas y así os leo los cuentos.
“Sí, Álvaro, el cuento de Caperucita y el del Soldadito de Plomo que te leo desde hace más de tres meses, que me sé de memoria y que te debo repetir cada noche porque sino no te duermes. Ah! Y a colocar los cincuenta coches en la cama, y poner la luz de Winnie the Pooh, y a darte quince veces agua. Y a ti Diego, a leerte los cuarenta nombres incomprensibles de los Pokemon, y a repasar de nuevo las tablas de multiplicar”
–¿Os habéis lavado los dientes? ­–he preguntado como una autómata.
–Sí, mamá –ha contestado Álvaro–. ¿Sabes una cosa?
–¿Qué?
–Eres la mamá más guapa.
–Mamá, en eso tiene razón Álvaro– ha asentido Diego.
Después de toda la ceremonia para que se durmieran, los he devorado a besos. Juan Fran ha subido para desearles buenas noches, pero al final sólo ha podido besar a Diego porque Álvaro, muy educado él, le ha expulsado con una amorosa frase: “Papá, caca, vete de aquí”. Una vez dormidos, hemos bajado sonrientes y he pensado “son riquísimos, son una monada, me los comería a besos…”


lunes, octubre 16, 2006

Puente del Pilar


–Mamá, no puedo dormir. –explicó Diego a las once de la noche –Estoy muy nervioso.
–Cielo, venga duérmete que mañana nos tenemos que levantar pronto. –le dije con media sonrisa.
–¡Es que me apetece tanto ir al desfile militar!
A primera hora de la mañana, Diego y Álvaro –con sus cincuenta coches, por supuesto– botaban encima de mi cabeza para que me levantara. A las diez nos sumergimos en el metro como auténticos paletos.
–¡Mamá, tren! –gritaba Álvaro emocionado.
El metro poco a poco se fue llenando y la mayor parte nos bajamos en Velázquez. La Castellana estaba invadida y los policías nos dirigían hacia el paseo de Recoletos. Al llegar me desanimé: “Chicos, no vamos a ver nada. Tendríamos que haber traído un escalera”, comenté. Lo pensé seriamente y casi me da un ataque de risa. ¡Sólo me faltaba ir en metro con mis dos fieras y con unas escaleras!
Diego, muy decidido, se fue colando y llegó hasta la primera fila. Álvaro quiso seguir sus pasos, pero no le dejé. Finalmente, le subí sobre mis hombros para que pudiera admirar los tanques, los caballos y la cabra de la legión. Después de dos horas con Álvaro sobre mis hombros noté que yo había menguado.


El sábado se nos ocurrió la genial idea de ir a Faunia. Allí quedamos mi prima María, Víctor, nosotros y los cuatro churumbeles. Tras esperar una hora de cola, entramos en el parque temático. Todo Madrid y las autonomías adyacentes contemplaban los animalitos.
-¡Qué originales hemos sido! –comentaron los maridos con cara de desesperación.
Al final, visto el panorama, decidimos ver los pingüinos, los murciélagos, el espectáculo de las focas y la selva tropical. Parecen pocas cosas, pero con la multitud de humanoides que nos rodeaba nos llevó todo el día. Después de la cola para comer un trozo de pizza (una hora), la cola de los helados (media hora) y la cola para pagar unos peluches –murciélagos, claro está-, salimos pitando del parque. El juego fue divertido: de cola en cola y animalito que me toca.
El domingo no era capaz de despegarme de las sábanas. Los niños, raro en ellos, se entretuvieron toda la mañana jugando en el jardín –es decir, encharcando la tierra y cocinando con el barro–. Por la tarde, nuestro paseo habitual al parque y un dietético helado (fuerza de voluntad, ¿dónde estás?), pero esta vez súper acompañados por Roberto, Virginia (con mi ahijada dentro de su tripa) y Manuela. ¡Una delicia!

lunes, octubre 09, 2006

En el campo enemigo

Los fines de semana suelen ser agotadores, y más si el viernes han estado quince fieras en casa. El sábado, a primera hora, Diego fue a su clase de natación y al volver colocamos y reparamos los destrozos del jardín. Por la tarde, cuando la ira de Alonso estaba a punto de emerger, cogí a mis retoños y nos fuimos a dar un paseo por Rosales, admirar el templo de Debod y dejar que Alonso viese relajadamente el partido España-Suiza. Diego, tan peliculero y amoroso, me cogió la mano y me dijo "que era un paseo súper romántico". Contuve la risa y le di un apretujado abrazo. Entre paseo y paseo, los peques se acostaron casi a las once, así que dejé que el optimismo me invadiera y soñé con que al día siguiente se iban a levantar tarde.



Me equivoqué. A las nueve apareció Álvaro en mi cuarto con su caja de coches. Colocó los cincuenta automóviles en el colchón y se fue. A los cinco minutos se acercó a mi oreja y gritó "mámá, bibe". Abrí los ojos y salté de la cama. "¡Álvaro!, ¿qué has hecho?", vociferé con voz somnolienta. "Mamá, ¿te gustan mis tatus?", contestó con una sonrisa de oreja a oreja. La cara, el cuello, la tripa, las piernas... Todo Álvaro estaba lleno de rotulador azul. Desesperada, me levanté y le preparé un baño de agua caliente. Después de mucho frotar (nos tuvimos que turnar entre Alonso y yo), logramos borrar casi todos los "tatus" salvo los de la cara. "Emma, a este niño tendríamos que llevarlo al psicólogo", comentó Alonso con la esponja en la mano. Le miré tan fríamente que desistió de continuar con su argumento.



Por fin, a las doce, salimos rumbo al campo enemigo. A mí no me apetecía mucho, pero los peques gozaron viendo el "birrioso" estadio del Real Madrid. Si soy sincera, lo que más me gustó fue el jacuzzi de los vestuarios (vamos, para llevármelo a mi jardín, disfrutar de noches de pasión y, con suerte, engañar a Alonso para ir a por el tercero. ¡Que eso sí que es una misión imposible!). Pero ahí no acabó el domingo, por la tarde nos fuimos al Parque Juan Carlos I a dar nuestra habitual vueltecita en tren ("Mamá, tren. Mamá, tren", suplicó Álvaro durante todo el fin de semana). Por suerte, esta vez nos acompañaron Escuer y Montse que fueron testigos de la desesperación de Juan Fran y disfrutaron de mis adorables retoños.

sábado, octubre 07, 2006

Su gran día, mi peor día





El antes fue caótico: toda la mañana decorando el jardín, inflando globos, colgando guirnaldas, preparando los elementos de los distintos juegos, comprando los remates que aún me faltaban, llenando la piñata con chuches y juguetes... Sin parar. Ana y yo sudamos la gota gorda. Después de comer (Alonso tuvo el detalle de traernos unas hamburguesas para que tuviésemos más tiempo), preparamos los cruasanes, los sandwich y las guarrerías (ganchitos, palomitas, doritos...).
A las cuatro y media me fui al colegio. Los invitados del cumple salieron al patio como si tuvieran un cohete en el culo. Yo sólo gritaba los nombres de los niños que tenían que venir en mi coche y cuando los concentré a mi alrededor nos encaminamos a casa.


El después fue aún más caótico: quince niños dando brincos por el jardín, peleándose para ver cual de ellos pinchaba más globos (que amorosamente yo había inflado durante la mañana), saltando para romper las guirnaldas. Rápidamente apliqué el método de calmar a las fieras y les puse la música de "El canto del loco" a todo volumen. Durante unos minutos lo conseguí. Bailaron como poseídos derramando sus vasos de coca-cola sin cafeína y pisando los ganchitos y los sandwich que se les caían al suelo. Al cabo de un rato comencé con los juegos: poner el rabo a la vaca triste, carreras de sacos (más que sacos, bolsas de basura), el baile de la naranja y la competición de la cuchara (sustituí el huevo por tomates porque David Acasuso es alérgico y ¡sólo me faltaba que le diera un ataque alérgico!). A lo tonto, les distraje más de una hora. Cuando la jauría empezaba a desmadrarse, saqué mi kit de maquillaje y les pinté la cara y los brazos según sus aficiones: Diego y Borja de Avatar, Pablo Barriopedro de El Zorro, Antonio con la bandera de España, Leire y Paloma de hadas, Daniel de un monstruo que yo no conocía... De pronto, se les ocurrió pedir que les pusiera una película. Ana y yo empezamos a temernos lo peor. Durante toda la tarde conseguimos que no salieran del jardín y que lo destrozaran, pero la invasión no podía llegar al interior. Aterrada miré la lista de actividades. Todo estaba hecho. Ana me gritó: "¡Emma, la piñata!". Vi el cielo abierto. Colgué la piñata y los salvajes se arremolinaron debajo de ella. Tiraron de las cintas y se lanzaron al suelo desesperados. Y justo en ese momento, sonó el timbre. ¡Mi salvación! El goteo de padres fue incesante y en cuestión de quince minutos los monstruitos abandonaron mi amada casa. Prueba superada. ¡Soy genial y Diego me adora (a mí, que Alonso se escaqueó y no apareció ni cinco minutos)!

miércoles, octubre 04, 2006

Y más fiestas



–Emma, a ti te va la marcha. Te lías tu sola. –me espetó Alonso cuando le conté mis planes.
–Ves, ya me estás criticando. Eres un exagerado. Lo hago por Diego –contesté muy digna y con cara de pocos amigos–. No sé por que te lo tomas así, total sólo son dos horas.
–Sí, dos horas con quince niños revoloteando por casa. De verdad no sé cómo lo haces, pero siempre te buscas follones. Podías llevarles al cine y te quitabas de problemas.
–¡Cómo eres! Seguro que los niños se lo pasan mejor en casa. Además, ya tengo pensado cómo decorar el jardín, dónde comprar la piñata, qué juegos les voy a hacer… ¡Me va a quedar de locura!
–Emma, no lo dudo… –zanjó Alonso la conversación.
Sí sé que tiene razón, pero no se la voy a dar. Ahora estoy estresada pensando en todo lo que tengo que comprar, en todos los preparativos. Encima sólo a mí se me ocurre celebrarlo el viernes que es el día que Juan Fran tiene cierre en el periódico. En fin, seguro que entre Ana y yo lograremos apaciguar a las fieras. Y encima en el taller no han llamado al perito. Mi amado me acaba de llamar indignado y vamos a ir a retirar el coche para llevarlo a otro taller. ¡Mierda, con toda la compra y preparativos que tengo que hacer!

martes, octubre 03, 2006

Flores naranjas

Esta mañana, Orange, la nueva compañía telefónica, me ha llegado al corazón. Desde ayer mi amado y deseado Ford Focus está en el taller porque le tienen que reparar el retrovisor que le rompió una valla de Gallardón. La desazón por no tener medio de locomoción me tenía desesperada. "¿Qué me ocurre?" me he preguntado súper intrigada. Al no hallar respuesta, y visto que no tenía coche me he venido andando al periódico (¡casi media hora!). Según llegaba a la meta una agradable señorita me ha regalado una flor naranja. "Y esto a qué se debe. ¿Es por haber llegado a la meta?", le he preguntado emocionada. Ella, perpleja, me ha contestado: "No, es un regalo de Orange". Como mi móvil no suena desde hace un mes, he aprovechado la ocasión para sugerirle que me regalara un teléfono, la pobre ha asentido y me ha dado otra flor. ¡Seguro que ha pensado que estoy loca! ¿Tendrá razón?

lunes, octubre 02, 2006

Señales divinas

Recibo señales de otro mundo y no sé si es Dios o alguien a quien le hago gracia y le gusta ayudarme. Esta noche, como suele ser habitual, pernocto. Nadie me obliga, pero cuando llega la noche me espabilo y estrujo todos los minutos. A la una de la mañana he conectado el ordenador y me he dedicado a hacer ciertos encargos: invitaciones para el cumple del suegro de mi hermano y un montaje para Diego. De pronto, a las dos y media ha empezado a llover. Me imagino que salvo los noctámbulos como yo, nadie se ha dado cuenta. En cuanto me he percatado, he salido disparada a la terraza para proteger la ropa que estaba tendida (¡qué maruja soy!). Cuando por fin he puesto todo a cubierto, he visto una luz que parpadeaba. "Dios mío, no puede ser, si se entera Alonso me decapita", he musitado en voz baja. Sí, gracias a la lluvia de un minuto (juro que no ha durado más), he salvado a mi marido, a mis hijos, a mi gato, a mis vecinos y a mi casa de la quema. La freidora llevaba encendida desde las nueve y media de la noche, que es cuando he frito unos deliciosos pimientos de padrón, y si no llega a ser por mis señales divinas hubiese estado prendida toda la noche... La última vez me salvo de la quema el vicio nicotínico: salí a fumarme mi cigarrito de las dos de la mañana y allí estaba la freidora echando humo y ahora, la lluvia divina... Ah! que no se me olvide cambiar mañana el aceite, que huele todo el barrio a fritanga.

viernes, septiembre 29, 2006

Visa a Visa

Hoy estoy en la gloria. Como me tocó trabajar (por decir algo) el pasado fin de semana, me corresponde librar este viernes y el próximo. Esta mañana he saltado de la cama, he preparado a los niños y cuando todos mis hombres me han abandonado, he cogido mi tarjeta de crédito y me he lanzado a la calle. Antes de nada, he llenado la nevera de frutas y hortalizas. Manolo y Rosa, mis fruteros, me han elevado aún más mi ego ("¡Huy, Emma, qué mona estás! ¿Hoy no trabajas?)" y me han mimado regalándome unas sabrosas ciruelas. Después de dejarle toda la compra a Ana, me he ido al casa de mi abuela Avelina porque necesitaba algo muy especial para el regalo que le voy a hacer por su noventa cumpleaños y he bajado a ver a mi padre y mi abuela Mary. Al irme, he dejado a mi padre en "Crátera" y me he cruzado con una amable agente del ayuntamiento que me ha advertido que la próxima vez que deje el coche en una zona de carga y descarga me pondrá una multa de 180 euros "¡chica hoy te has librado por los pelos, si llega a estar de guardia Agustín te calza la multa!". Emocionada porque hoy no le tocaba a Agustín y no me habían puesto la multa, he decidido gastarme el dinero que hubiera pertenecido al ayuntamiento en mí (lógica y justificación femenina). Así que me he ido al Palacio de Hielo y me he comprado unas gafas nuevas. Como aún no me había gastado los 180 euros, me he ido a Zara renovar mi armario con varios pantalones. Mala idea. Allí me ha dado la depresión. Resulta que la moda quiere que luzcamos los distintos modelos de bragas y tangas, y ahora los pantalones son todos de talle bajo. He salido indignada y en Maximo Dutti me han reafirmado la teoría de la moda. Decidido, el lunes, como todos los lunes, me pongo a dieta.

miércoles, septiembre 27, 2006

Dulces sueños

Hace casi dos años Alonso relató en su blog sus desventuras y desesperaciones nocturnas.

EL PADRE POLIÉDRICO
12-20-2004 11:47 AM
Voy a matar a mi hijo. Lo he decidido de pronto, como quien abandona la seguridad de la acera y salta al asfalto de la Castellana con el semáforo en rojo. La manecilla pequeña del reloj del salón apunta al Este; la grande, al Sur. Una lluvia fina y extrañamente silenciosa, que sólo puede verse si se mira la farola iluminada, ensucia aún más el techo del Ford. No hace frío, otra anomalía del
cambio climático. Y nadie parece despierto en los edificios cercanos. Ni siquiera en el hotel de dos calles más allá: o no hay clientes o ninguno pasa la noche en vela. ¿Cómo es posible que nadie extrañe la cama?, mascullo, mientras muevo el Jané azul oscuro, ida y vuelta, sobre la tarima flotante del salón. El bebé se había despertado a la 1.03, aunque entonces había bastado con un
poco de agua y dos minutos en brazos. Ahora es distinto. Ya lleva cuarenta y dos minutos en vela, con los ojos abiertos como una máquina tragaperras. No ha querido biberón. Ni agua. Ni chupete. Ni brazos. En este punto decidí matarlo. Aunque luego aplacé la ejecución de la sentencia, mientras zarandeaba el Jané y pensaba en qué hacer con el cadáver. A Emma se lo tendré que dar como un hecho consumado: sería imposible convencerla de la utilidad de la medida. Pero ella no será el único pero. Preguntarán las abuelas, lógicamente, y los tíos, y hasta algún vecino fisgón. Puede que hasta se interese Luis, el pediatra. «¿Ha cambiado de médico?», sueño su voz al otro lado del móvil. Inquieto, incremento el ritmo del cochecito. Anoche le costó una hora y cuarenta minutos conciliar el sueño. ¿Hoy? No podré soportarlo. Escampa. Y vuelve a llover. Y pasa un coche, sin duda un conductor extraviado en este laberinto de adosados. Y la manecilla grande ya apunta al Oeste. Suavamente, llevo el Jané hasta la cocina, me sirvo un vaso de leche, y la luz amarillenta de la nevera alumbra un milagro. Los ojos cerrados, el chupete que resbala de sus labios y cae sobre el pijama, un ligero ronquido, la felicidad. Cierro el frigorífico, cojo al pequeño en brazos y lo llevo a su cuna. Hoy se ha salvado. Pero, mañana, mataré a mi hijo.


Ahora Álvaro duerme solo en su habitación y no hace falta mecerlo en el cochecito de paseo. Sin embargo, sus manías aún persisten. Ahora una pequeña luz y, por supuesto, con su enorme flota automovilística acompañan sus sueños. Él es así. En cambio, Diego, aunque es como un mono y no para de dar brincos y volteretas, duerme siempre plácidamente y sin perturbar nuestro descanso.

lunes, septiembre 25, 2006

Noches alegres...

Ayer intenté escribir, pero las neuronas del cerebro no funcionaban con rectitud. Las burbujas del champán, el vino y la cerveza aún rondaban por mi mente. La anoche anterior se celebró el cumpleaños sorpresa de mi tía Ángeles. La fiesta tuvo lugar en casa de mi prima María que a lo largo de toda la semana no paró de organizar los preparativos: flores, aperitivos, merluza con pimientos, roast beef... Pero tuvo su compensación: la fiesta fue un auténtico éxito. La pena es que a mí me tocaba trabajar, así que ayer me senté en mi silla, frente al ordenador, y dejé que los minutos pasaran incapaz de hacer nada. No es que no quisiera trabajar, es que no tenía nada que hacer (sólo vengo para satisfacer el ego y la soberbia de mi jefe).
Por la tarde, cuando llegué a casa, Diego me esperaba emocionado: "Mamá, se me ha caído un diente. ¡Mi quinto diente!". Le abracé, observé su sonrisa desdentada y me sumergí en mi armario de regalos imprevistos. Diego se acostó emocionado, pero Álvaro tardó un buen rato por el pánico que le daba saber que un ratón iba a subir por las camas en mitad de la noche. Una vez que los niños estaban acostados me dopé con otro gelocatil y miré a mi amado esposo. "Alonso, estoy baldada", susurré. "Pues saca energías de algún lado, mañana tenemos cena en casa de tu hermano", contestó abducido desde la serie "Prision Break". "Oye, Alonso, ¿qué es más agotador las navidades o el mes de septiembre?", interrogué al ver que mis neuronas comenzaban a funcionar. "Todo es agotador, toda tú, toda tu familia, todos tus amigos...". "Calla, Alonso, que tengo resaca"

viernes, septiembre 22, 2006

Descanso nocturno

– "Mamá, pis" –gritó Álvaro insistentemente a las cuatro de la mañana.
Salté como una zombi de la cama y ejercí de esclava: levanté al peque, lo llevé al baño y le acosté de nuevo.
A los cinco minutos, "mamá, agua". Es estado sonámbulo le acerqué su vasito de agua y le volví a arropar. Antes de tirarme a la cama gritó "¡¡¡la luz!!!". "Dios mío, tantas manías me van a volver loca", oí que decía mi mente agotada. Me arrastré hasta el baño y encendí la luz para que pudiera dormir tranquilo. "Bueno, me tumbo un poquito hasta que se duerma y apago la luz del baño", pensé. Me tumbé y me sumergí en un profundo sueño. Esta mañana me he percatado de que el baño (tres halógenos) aún seguía luciendo. "Mierda, esto hay que solucionarlo", razoné mientras me quitaba las legañas.
Después de hacer mis labores matutinas con mis hijos –preparar desayunos, vestirlos, peinarlos y acicalarlos con colonia, preparar las mochillas, subirlos al coche y llevarles al colegio –me he ido al Carrefour en busca de una luz nocturna para el cuarto de Álvaro. Misión conseguida, he encontrado uno monísimo de Mickey Mouse.
De nuevo iba en el coche de camino al trabajo cuando he recibido un mensaje desde Suiza de Alonso “El glaciar es impresionante, pero estoy cansado del viaje”. Indignada le he contestado “Pobre, amor. Yo en cambio estoy muy descansada. Al próximo viaje me voy yo, corazón”. Si yo le contara...

lunes, septiembre 18, 2006

Un lunes cualquiera

“Tengo que ir a recoger la tarjeta de crédito al banco”, pensé a primera hora de la mañana. Sí, la tarjeta que creí que me habían robado, di de baja y, por supuesto, apareció en la mochila de Álvaro que sigue los hábitos derrochones y consumistas de su madre. “No, será mejor que vaya otro día. Tengo que ir a encargar las bolsas de chuches para que Diego lleve al colegio y hacer la compra de víveres y alcohol para la fiesta de mañana”. A toda velocidad, seleccioné las distintas chucherías y me fui a Mercadona. Hice acopio de comida y bebidas y me lancé como una loca a pagar. “Como tarden mucho los de delante no llego a trabajar. Además tengo que llevar la compra a casa. Ay, se me ha olvidado la vela de los siete años. Bueno, la compraré esta tarde. No, esta tarde tengo la reunión del colegio. Uff, qué estrés” rumiaba mi mente. Por fin coloqué todo en la cinta y la cajera fue pasándolo por la lectura de códigos.
–83 euros, señora –dijo la cajera con una gran sonrisa.
Saqué mi monedero y le entregué mi tarjeta de crédito. Tras varios intentos, me miró sin la sonrisa.
–Lo siento, pero no lee la tarjeta.
–Por favor, inténtelo de nuevo –rogué mientras el resto de la gente me miraba como si fuera una delincuente.
–Señora, ya lo he intentado diez veces. Su tarjeta no funciona.
–Pues no tengo otra.
–Bueno, si quiere me quedo aquí con su carro y va a sacar dinero a un cajero.
–Vale, muchas gracias –contesté ruborizada.
Recorrí tres cajeros, pero en ninguno funcionó la tarjeta. Llamé a Alonso.
–¿Qué te ocurre? –preguntó según descolgó el teléfono.
–Cómo sabes que me ocurre algo.
–Emma, a ti siempre te pasan cosas raras. Además es extraño que me llames a estas horas...
Me había pillado. Le conté mis desventuras y hallamos la solución. Volví a Mercadona y le pedí a la amable cajera que me guardara el carro hasta la hora de la comida. Ella asintió.
Nos subimos al coche mi mala leche y yo y arranqué a toda velocidad maldiciendo las putas tarjetas de crédito (el año pasado se estropearon en plena campaña de Navidad). Miré a mi derecha, vi como el retrovisor seguía colgando de un cable, pensé que por la tarde tenía la reunión del colegio, que al volver debía pasarme a por las chuches de Diego, que por la noche tenía que preparar la cena del día siguiente; que el miércoles, reunión con la profe de Álvaro; que tenía que recoger una tarjeta de crédito y renovar la que se me acababa de romper; que Juan Fran se iba cinco días a Suiza; que debía trabajar el fin de semana, que no sabía que hacer el sábado con los niños, que además por la noche teníamos una fiesta a la que llegaríamos tarde porque Alonso volvía de Suiza a las ocho de la tarde, que... Paré el coche, me bajé, me fumé un cigarro y me pseudorelajé. Ay, por cierto, esta mañana no les he puesto el babi a los niños. ¡Maldita sea!

jueves, septiembre 14, 2006

Seguros, no

No es por nada pero le estoy cogiendo manía a la palabra "seguro". Aún en femenino me inspira más cariño. No sé, será porque siempre me he sentido segura de mí misma. Sin embargo, la vuelta de mi residencia estival me ha hecho odiar la acepción masculina. Todo tiene su explicación. En parte, la culpa la tiene Unión Fenosa. Una avería de la estación eléctrica provocó que se cayeran los plomos de casa. Hasta ahí, todo normal. El gran problema es que cuando ocurrió no había nadie en casa y al volver a los quince días encontramos un espectáculo dantesco: moscas negras y gordas volando por toda la casa, un olor fétido que mareaba las narices y, para mi desgracia, toda la comida del arcón congelador y de la nevera putrefacta. Es decir, más de medio cordero, carne guadarrameña y pescado de diversa índole acabaron con su olor podrido en la basura. Después de limpiar todo a conciencia aplicamos los distintos trucos que nos ofrecían los amigos: "pon un trozo de manzana para que absorba el olor", "no, mejor un vasito de vinagre", "limpia con bicarbonato"... Como no sabía por cuál decidirme, apliqué todos los consejos y rebusqué el seguro de la casa para lograr que me indemnizaran por las perdidas.
Desesperada y de mala leche, cogí el coche y me fui a comprar víveres para alimentar a la familia. Gallardón, el amante de las obras de Madrid, había plantificado unas vallas en una pequeña calle. Pasé por allí con cautela, pero, sin saber cómo, el palo que sujetaba una de las vallas se sintió atraído por mi coche y se acercó sigilosamente. Cuando me quise dar cuenta el retrovisor derecho colgaba sujeto por un cable y el espejo estaba hecho añicos. Mi furia me hizo parar el coche y bajar como una loca. La calle estaba vacía, así que aproveché y me desahogué con la puñetera valla: "¡Tú eres imbécil, pero cómo no te has dado cuenta de que me ibas a romper el retrovisor. Si veo a Gallardón le digo que te despida, estúpida!", grité, pero la valla no me contestó. Ahora estoy buscando el seguro de Línea Directa para ver a qué taller tengo que llevar mi amado Focus. Por favor, que retiren la palabra seguro de los diccionarios.

viernes, septiembre 08, 2006

Gitanillas guadarrameñas

Mi último día de vacaciones, qué desesperación. Esta mañana he exprimido el tiempo. A primera hora, me he ido al mercadillo y me he comprado mil cachivaches para el pelo, tres camisas (dos para regalar) y alguna que otra pijotada. Al volver, he parado a hacer acopio de chucherías y demás guarradas para la piscina. Por fin, a las doce y media, estaba tumbada en mi súper toalla de mariquitas sobre el césped fumándome un cigarro con mi amiga Luisa y supervisando el baño de los peques. A las tres, toque de queda. Vestí a los niños y nos fuimos al coche para volver a casa.

-Venga, Luisa, hoy nos van a matar por llegar tan tarde –comenté mirando por última vez la fantástica piscina.
-Sí, vámonos. –contestó arrastrando su capazo.
Al salir, observamos que en el colegio de al lado estaban renovando el mobiliario escolar. El patio estaba abarrotado de sillas, mesas y demás muebles infantiles. Ambas nos miramos y se nos iluminó la mente.
-Oye, Luisa, a mí esa silla me vendría muy bien para la habitación de mi hermano Pepe. –sugerí emocionada.
Luisa bajó rápidamente del coche con su bikini y su pequeño pareo y se adentró en el colegio. Al rato, vino emocionada.
-Emma, ese hombre me ha dicho que él es encargado así que no nos puede dar nada, pero que si queremos coger algo hará la vista gorda.
Entusiasmados desabrochamos todos los cinturones de seguridad y nos bajamos del coche. Diego y Álvaro comenzaron a inspeccionar las sillas infantiles y Luisa y yo, entre ataques de risa, rebuscábamos entre la montaña de pizarras y mesas.
-¡Esta pizarra es fantástica! –exclamé emocionada.
-Sí, Emma, pero sólo te cabe en la valla del jardín… No es mala idea, luego cada mañana escribes el menú del día y puede que hagas negocio.
Entramos a por una silla para Pepe y salimos con dos sillas infantiles, una mesa, dos sillas medianas, un perchero… Ah! Y dos sillas para Pepe.
Los obreros de la obra nos observaban atónitos. Pensándolo bien no me extraña, parecíamos dos gitanillas en bañador con dos churumbeles arrasando con todo lo que estaba a nuestro alcance.
El problema vino a la hora de meter semejante batiburrillo de trastos en el maletero.
-Primero, las sillas –opinó Luisa.
-No, así no se cierra el maletero. Trae el perchero –contesté agotada.
Tras mil combinaciones logramos enlatar todo el material. Luisa, delante, con una silla y un capazo sobre sus piernas. Los niños apretujados y sin cinturón rodeados de otro capazo y dos sillas. Y en el maletero, cuatro sillas, la mesa y el perchero.
Al irnos, los obreros nos despidieron con alabanzas. Luisa y yo miramos con cariño y la risa deslizó varias lágrimas sobre nuestras mejillas.
Ya eran las cuatro de la tarde. Como bien supusimos, ambas familias nos estaban esperando con intriga y preocupación. Al vernos aparecer atiborradas de sillas, nos gritaron.
-¡Pero, chicas, habéis robado en el colegio! ¡Qué traéis en el maletero!
-No seáis exagerados, sólo hemos traído una mesa, seis sillas y un perchero –nos justificamos de mala manera.
Mucha guasa, ¡pero ha quedado todo divino!

jueves, septiembre 07, 2006

Orinales y avispas



Mi madre no para de darle vueltas. Anoche, me asaltó con sus dudas en mitad de la cena.
–Emma, creo que me voy a comprar un orinal.
–¿Quéee? –contesté con cara perpleja y a punto de atragantarme.
–No seas mala, no sabes lo mal que lo paso.
–Perdona, mamá, no me imaginaba que tuvieras problemas urinarios.
–Tú eres tonta, no tengo ningún problema urinario, sólo que no me atrevo a ir al baño en mitad de la noche. –Mi extrañeza se reflejaba en mi cara, así que mi madre continuó con su odisea nocturna –Los animales me acosan. Sé que parece una coña, pero es cierto. Según abro la puerta del cuarto me asalta Lucas maullando porque quiere beber agua del bidé y Kaos me ladra porque quiere colarse en mi habitación o porque tiene hambre. ¡Me tienen estresada!
Mi ataque de risa rompió los ronquidos de Alonso.
–¿Qué sucede? –preguntó con cara somnolienta.
–Nada especial, hay que regalarle a mi madre un orinal. –expliqué muy seriamente.
Alonso, muy educado él, nos miró sorprendido y sin saber qué decir.
-Yerno, no pongas esa cara, sólo era una broma –explicó mi madre.
Mi amado esposo entrecerró de nuevo los ojos, pero una duda lo despertó.
–Por cierto, ¿habéis visto Lucas? A ver si se va de parranda esta noche y lo perdemos otra vez.
Tanta fauna me estaba poniendo un poco histérica, así que salí al jardín al fumarme un cigarro. Mi madre se unió a la perversión de nicotina. Al cabo de un minuto mi abuela apareció y tuve que lanzar el cigarro como si fuera un meteorito. Cuando se fue, busqué la colilla entre los periquitos.
–Emma, lo tuyo es increíble, cada vez que te enciendes un cigarro aparece la abuela o quien sea. –dijo mi madre con media sonrisa.
–Sí, es desesperante –empecé a contestar, pero un grito me rompió la última calada.
Entré corriendo en casa, Álvaro se había caído de la cama. Le consolé y volvió a dormirse. Por fin, a las tres de la mañana, después de hacerme la cera, acondicionarme el pelo y demás materias femeninas me fui a dormir. Lucas abarcaba la mitad de mi espacio y le empujé suavemente. Un maullido fue su queja. Kaos aporreaba con sus uñas la puerta porque quería colarse en la habitación. En mitad del primer sueño escuché otro lloro. Se abrió la puerta (cuatro y media de la mañana), Diego entró a la pata coja. “¡Mamá, me pica el pie, no puedo dormir!”, dijo con voz llorosa. Encendí la luz y observé sus piececitos, en efecto, la avispa que le picó por la mañana en la piscina le había producido una reacción alérgica. “Cielo, verás como con esta crema notas un poco de alivio”, intenté consolarlo.
Gatos, perros, tortugas, avispas…. ¡Menudo veranito!

P. D: Las avispas de Guadarrama están orondas. ¡Y no extraña! En lo que va de vacaciones han picado a Juan Fran en un pie; a Álvaro en mitad de la nariz; a mi madre en una mano mientras conducía y por la inflamación que tuvo en el brazo hubo que inyectarle Urbason y a Diego, en los dedos del pie. Ahora sufro pensando que soy la única de la familia junto con mi abuela que se ha librado. ¡Malditas avispas!

lunes, septiembre 04, 2006

Fantasmas en mitad de la noche


El ir de madre perfecta tiene sus inconvenientes. Sin ir más lejos, el viernes llegué con la tropa a Saldaña y mi vecina me informó de que esa noche había fiesta infantil de disfraces. "¡No puede ser!", contesté atónita, "aquí no tengo ningún disfraz". Mercedes, la vecina del chalet de al lado, me miró perpleja. "Bueno, Emma, no te desesperes. Si los niños no van disfrazados no pasa nada", me dijo mientras huía a su casa. ¡Claro que ella no sabe cómo soy!, ni que en casa tengo una caja con más de quince disfraces, ni que sufro cada vez que se acerca la fiesta infantil del colegio porque quiero que mis hijos vayan divinos... En fin, que soy una maniática.
Entré en casa y le ordené dulcemente a mi suegra que rebuscara por los baúles del trastero, arranqué a mi marido las llaves del coche y me fui a Riaza; me adentré en la papelería y compré cartulina negra, papel pinocho, celo, pegamento y un rotulador negro gordo. Por suerte, mi suegra encontró una vieja sábana. Reconozco que mis dotes en corte y confección son nulas, pero una vez enhebrada la aguja me vino la inspiración. Después, todo fue coser y cantar (más que cantar, gritar a mis hijos que no paraban de curiosear a mi alrededor y ponerme aún más tensa). Por último, corté las cartulinas, pegué el papel pinocho y rematé el disfraz.
A las once de la noche, mis hijos fueron al punto de reunión: el pilón. Allí llegaron todos los niños del pueblo. Todos iban muy monos, pero en mitad de la noche sobre todo destacaban dos graciosos fantasmitas. (¡Qué modestia la mía!)

jueves, agosto 31, 2006

Feliz cumpleaños, amor


Mi amado Alonso odia su cumpleaños. Él no lo reconoce, pero yo estoy convencida. El año pasado cumplió cuarenta años. Emocionada por su cambio de década, decidí organizarle una fiesta sorpresa. A lo largo de un mes planeé la estrategia: mentí a mi amado esposo contándole que venían unos primos de Teruel y que mi hermano había organizado una cena, refunfuñé para darle más credibilidad y me quejé insistentemente, “Alonso, qué pereza, no me apetece nada ir a esa cena” comenté en alguna ocasión. “Emma, no seas así, hace muchos años que no les ves y total por una cena…” intentaba él convencerme. Además elaboré una genial invitación y decidí con Roberto cómo iba a ser la sorpresa. Todo estaba listo. Sin embargo, el día de la fiesta, a primera hora de la mañana, un grito aterrador hizo que se me cayera la leche encima del camisón.
–¡Ahhhhhhhhhhh!! –oí rugir a Alonso desde de la cama.
Subí corriendo.
–¿Qué ocurre, amor? –pregunté con gran intriga.
–Emma, no me puedo mover. Tengo la espalada totalmente agarrotada. Por Dios, ayúdame.
–Venga, Alonso, no seas guasón. Seguro que es la crisis de los cuarenta… –empecé a decir, pero al ver su cara de dolor me di cuenta de que su dolor era cierto.
Llamé a su fisioterapeuta y le mandaron a un centro de urgencia. Mientras masajeaban su espalda, llamé a mi amiga Blanca
–Hola, Emma. ¿Qué tal todo? Esta noche es la gran fiesta. ¿No? –contestó Blanca con alegre voz.
–No sé si habrá fiesta –comenté.
–Por qué dices eso. ¿Qué ha pasado?
–Juan Fran está en la camilla del fisioterapeuta. No puede mover ni un músculo. Al principio pensé que me estaba gastando una broma y que me había pillado la fiesta sorpresa. Pero no, está el pobre hecho polvo –expliqué con voz llorosa.
–Venga, Emma, anímate, seguro que al final todo se soluciona.
Y Blanca tuvo razón. Acudimos a la fiesta. Alonso iba totalmente dopado, pero entre la emoción por la fiesta sorpresa, el vino, los gin-tonics y los ánimos de la gente, olvidó su dolorido cuerpo y aguantó en la fiesta hasta altas horas de la madrugada.
Mañana Alonso cumple un año más y, como era de esperar, se encuentra fatal. Tiene un catarro impresionante (¡a quién se le ocurre acatarrase en agosto!) y está otra vez empastillado: Ilvico, Augmentine, aspirina plus… Decidido, Alonso odia su cumpleaños. Posted by Picasa

miércoles, agosto 30, 2006

Fuego controlado

Llegué de la piscina cargada con el capazo repleto de toallas, bañadores, los manguitos de Álvaro y el cansancio de los niños. Aparqué y sonreí. En casa de mi vecina Clarita estaban preparando una barbacoa y no pude aguantar la tentación al ver la cantidad de humo que salía.
Entré en casa y me apoderé del teléfono inalámbrico, marqué a toda velocidad y escuché cómo contestaba Clarita.
–Sí, ¿quién es? –preguntó con la intriga habitual de cualquiera cuando suena el teléfono.
–Buenos días –dije simulando mi tono de voz-. Le llamo del servicio de emergencia. Acabamos de recibir una llamada informándonos de que en su domicilio se ha producido un fuego.
–¡No! Lo siento pero creo que se han equivocado, en mi casa no hay ningún fuego –contestó bastante alterada.
–Señora, ¿está segura? Según nos han dicho hay una gran humareda en su residencia. –exclamé conteniendo mi ataque de risa.
–Bueno. Tal vez sea porque estamos haciendo una barbacoa, pero le aseguro que el fuego está controlado.
–Señora, asegúrese, el camión de bomberos está a punto de partir rumbo a su casa –aterroricé a mi querida vecina.
–¡Por Dios! –gritó presa de un ataque de nervios –Le juro que el fuego está controlado. No es necesario que envíe a los bomberos. ¡El fuego está controlado!
–Está bien, señora, abortaremos el plan de emergencia y cancelaremos el envío del camión de bomberos.
–Muchas gracias y les aseguro que el fuego está totalmente controlado –se despidió mi vecina con voz temblorosa.
–Buenas tardes, señora, y disculpe las molestias.
–No, señorita, mil gracias a usted por su interés.
Colgué el teléfono y estallé a carcajadas. Al cabo de unos minutos, crucé a la casa afectada. Abrí la puerta y exclamé.
–¡Clarita, acaba de llamarme el servicio de bomberos preguntándome si había algún fuego en el vecindario. Al asomarme he visto humo en tu jardín y me he asustado. ¿Qué ha ocurrido?
-Emma, no te lo vas a creer –empezó a relatarme Rosa, la cuñada de Clarita. Pero mis risas me delataron.
–Emma, ¡qué mala eres! ¡Menudo susto me has dado! ¡Y encima no te he reconocido la voz!- exclamó Clarita.

martes, agosto 29, 2006

Tenerife. Divinas vacaciones


Aquí mis hombres, muy monos ellos, y en el fondo, el Teide. Ésta es la prueba de nuestra fantástica estancia en Tenerife. El entorno, maravilloso: suite en un lujoso hotel, playas de arena negra, piscinas de agua salada... Aunque, como era de esperar, la familia Alonso ha sufrido pequeños percances. Realmente han sido los habituales: en mitad de una cena Álvaro rompió media cristalería del hotel; a Diego hubo que comprarle cada día un trasto para la playa (barca hinchable, tabla de surf, gafas de bucear...) que por supuesto teníamos que acarrear sus progenitores; enfados porque los niños no querían comer; Álvaro desató algún que otro bikini a mujeres desconocidas de la playa ("¡la culpa es de su madre!" bramó una afectada que me sonrojó por la vergüenza)... ¡Ese día incluso estuve a punto de dar la razón a Alonso y asegurar que los peques estaban insoportables! Menos mal que gracias a mi adicción a las series pude realizar una cuantas técnicas de relajación. En fin, quitando esos pequeños instantes nuestra semana ha sido estupenda y agotadora.
La vuelta en avión fue muy estresante (Álvaro saltó por todos los asientos y recorrió a gatas los pasillos, lo normal) y de nuevo desembarcamos en la residencia estival. Mi abuela, mi madre, Ana y las fieras nos recibieron con gran emoción. Sin embargo Pepe lloró al verme entrar. "Emma, ¿por qué no te has quedado en las islas hasta fin de año?" preguntó. Obvié su irónica pregunta y le abracé fuertemente para hacerle perder los nervios. "Emma, no te aguanto", me dijo mientras se le escapaba una carcajada. Posted by Picasa

miércoles, agosto 16, 2006

Segovia-Guadarrama


Cuatro días en Segovia. El paraíso para mis hijos y, para qué negarlo, también para nosotros. Diego allí es autónomo. Se sube a su bicicleta y desaparece por el encinar de Saldaña. Álvaro con su triciclo le sigue los pasos y cuando se cansa, juega con los vecinos de la casa de al lado. Estos pequeños instantes de tranquilidad, los exprimimos Alonso y yo gota a gota. Mis suegros, adorables abuelos, persiguen a sus retoños por las eras y les enseñan los tractores, las ovejas… Todo lo que antes era habitual y ahora es novedoso o extraño para los niños de ciudad. Mientras, nosotros leemos, tomamos el aperitivo o nos escapamos a una fantástica tienda de Riaza a comprar alguna antigüedad (este año me he regalado un porta velas gigante que voy a utilizar como perchero. ¡Divino!).Pasaron los días y cargamos el coche: bici, triciclo, portavelas, maletas, morcillas, picadillo, unos pepinos de la huerta… En fin, lo habitual. Y tomamos rumbo a Guadarrama. Nos esperaba una noche movidita: tocaba la fiesta del verano y nos juntamos más de veinte personas en casa. A las doce de la noche me relajé y me enganché al Lambrusco. Los renacuajos seguían brincando por el jardín y yo, a mis treinta cinco años, me seguía escondiendo para fumar un cigarrito y que no me pillara mi abuela.Las fieras poco a poco se van adaptando. Kasbha, la tortuga, persigue desesperadamente a Ambrosio, el bulldog francés, por el jardín; Kaos, el bull terrier, disfruta con los lametones que Ambrosio le da en los cojones y Lucas, el gato, atónito, observa el espectáculo y les bufa de vez en cuando.Mañana, a las siete de la mañana, partimos rumbo a Tenerife. En estos momentos, Álvaro duerme su siesta; Diego se ha ido con Pepe y Alonso a ver “Piratas del Caribe”; mi madre, en Carrefour; mi abuela lee le periódico y las fieras están relajadas. Por un instante oigo silencio y estoy en calma… Seguro que no durará mucho. Posted by Picasa

viernes, agosto 11, 2006

Piratas en Guadarrama

No me puedo mover. Con el más leve movimiento me pierdo. Parece mentira, pero este año hemos fallado. En cuestión tecnológica nos hemos traído todos los aparatos posibles: ordenador portátil, ipod, dvd… Sin embargo, no tenemos Internet. Alonso, desesperado, rastreo con el portátil toda la casa.
-¡He pillado el wifi de algún vecino! ¡Es fantático!- gritó emocionado.
Mi abuela se colocó las gafas y le miró por encima del periódico.
-Emma, no es por nada pero tu marido habla en otro idioma. No entiendo nada de lo que dice- me susurró mi adorada nonagenaria mientras Alonso daba brincos de alegría.
-Abuela, no sufras, son cosas tecnológicas.- le empecé a explicar- Para que podamos navegar por Internet necesitamos pillar la red de alguien porque…
-Emma, déjalo, no me entero de nada. Prefiero estar rodeada de mascotas… A ellas sí que las entiendo.
Desde el descubrimiento de mi amado marido, los conflictos se suceden. Para que funcione hay que estar sentado en el extremo de uno de los sofás del salón (sólo ahí se pilla) y es el lugar más requerido por todos nosotros.
Por las mañanas, cuando Pepe llega de la academia, las discusiones entre cuñados se multiplican. Para evitar roces, he pensado comprar un cogeturnos (vamos, como el de las carnicerías… Es que no sé como se llama) y un cronómetro para que no lleguen a las manos. Yo, en cambio, como siempre he sido un búho, me engancho a las dos de la mañana, me acurruco en la esquina del sofá y exprimo a mi vecino, que debe estar de vacaciones o bajándose películas en el e-mule y desde hace un par de días está siempre conectado. Es bueno llevarse bien con los vecinos. ¡Sobre todo si no sabe que le estamos pirateando!

miércoles, agosto 09, 2006

Ambrosio


Hay crisis en la familia. Kaos, el bull-terrier de mi madre sufre depresión. Apagado, se arrastra de sofá en sofá. De vez en cuando, nos mira con tristeza y mueve levemente el rabo solicitando una pequeña caricia. Desde hace dos días, parece que va superando el drama que está viviendo. El drama tiene nombre: Ambrosio. Cuatro kilos de peso, cara de murciélago, orejas estilo Stich (el de Disney), negro como el betún y alegre como todos los cachorros de dos meses. Su raza, buldog francés. Muy gracioso, el tipo.
Kaos no entiende que el perrito sólo va a estar aquí una semana. Él se siente abandonado, perdido de amor. En su desesperación, se acerca dulcemente a Lucas, el gato, para ver si entre los dos pueden eliminar a la competencia que se ha ganado de calle a los más pequeños de la residencia estival. Lucas, cuando se aproxima Ambrosio, saca sus uñas afiladas y Kaos presume de colmillos caninos.
Por suerte para Kaos, Ambrosio aún no puede salir a la calle. Ayer, en nuestro paseo diario se sintió en la gloria. “Ahí se queda el mierda ese”, ladró Kaos mientras tiraba de la correa con fuerza, “y tú, Linucha, mi ama, sujétate fuerte que hoy voy a tirar de ti con gran fuerza. ¡Menuda putada me ha hecho!”.
Al cabo de unos minutos, el perro se relajó y dejó que mi madre tomara aire. Yo, como auténtica esclava, tiraba del triciclo de Álvaro y Juan Fran supervisaba a Diego en su bicicleta. Después de hora y media, paramos a tomar un helado. Álvaro empezó a llorar, no era un llanto cualquiera, era un llanto desgarrado. Corrimos hacia él.
-Álvaro, ¿qué te ocurre?- dije con voz de preocupación.
-Me ha picado, mamá- logró decir entre lloro y lloro.
-¿Dónde?
-En la nariz.
Miré su pequeña nariz y justo en medio descubrí un picotazo.
-Pero, ¿qué te ha picado?
-Noce.
-Mamá- argumentó Diego con cara de Aristóteles- ha sido una avispa. Yo la he visto revolotear alrededor nuestro. Te puedo asegurar que ha sido una avispa.
-Sí, avispa- gritó Álvaro, que no pudo soportar el dolor y se hizo pis encima.
Cogí al peque en brazos; Alonso, el triciclo; Kaos arrastró a mi madre; Diego, su bici y corrimos todos a casa. Allí, embadurné la naricilla de Álvaro con Alergical y logré parar el hinchazón.
­-Lucas, Kaos, Ambrosio, Kahsba… Y ahora, las avispas. El mundo animal me supera- comenté a Alonso con cara de desesperación.

viernes, agosto 04, 2006

Fantasmas

Alonso y yo nos tumbamos en la cama agotados. Eran las cuatro de la mañana, acabábamos de volver de la fiesta en casa de Javier y Mariluz y los retazos de alcohol comenzaban a hacer estragos. Aún así, me puse un rato a leer. De pronto, el silencio de la noche fue roto por un grito.
-¡¡¡Hijo de puta!!!
Nuestras miradas se cruzaron. Esa voz la conozco desde que había nacido. ¡Era mi madre!
Corrí a su habitación y me choqué con ella en el pasillo.
-¿Qué ocurre, mamá?
-¡Menudo susto! Casi me muero de un infarto.- constestó con voz entrecortada.
-¿Pero qué ha pasado?
-El gato.
-¿Qué gato?
-Lucas. El puñetero estaba en mi ventana y yo no me había dado cuenta. De repente, cuando estaba medio dormida ha saltado encima mío. Casi me muero. No sabía qué era: un murciélago, un violador, un fantasma...
La risa retumbó por toda Guadarrama.
Alonso se levantó y acogió al gato en su cama.
-¡Menudo veranito nos está dando el gatito!- dijo mi madre entre taquicardia y taquicardia.- Por favor, intentad que no salga de vuestra habitación. Hasta mañana, corazones.

martes, agosto 01, 2006

Dulces sueños

“Cuando llega la noche, llega la calma”, dice una amiga mía con insistencia cada mañana. Sin embargo, en la residencia estival ocurre todo lo contrario. Los primeros en dormirse son los peques: Diego cae como un tronco, sin embargo la batalla con Álvaro dura más de una hora. Al cabo de un tiempo, lo consigo. Pero lo peor aún está por llegar. A las once comienza la sesión cine, Pepe y yo nos acomodamos en los sofás y Alonso se une al grupo. Le recibimos con mala cara.
-Cielo, vete a dormir arriba- suplico con dulce voz.
-No, me apetece estar con vosotros- contesta emocionado.
A la media hora, Pepe inicia sus amenazas.
-Emma, si no se va le voy a dar una toba en la cara o le meto dos papeles por la nariz. No soporto sus ronquidos.
Alonso ronca en “do mayor”.
-Pepe, me voy a la cama para leer un rato- comento entre bostezo y bostezo.
-Despierta a Juan Fran y que se vaya contigo- suplica Pepe.
-No, que seguro que se desvela.
-¡Estoy harto de todos vosotros!-grita Pepe- ¡Kaos deja de lamerte, tampoco a ti te aguanto!
Sigilosamente huyo a mi habitación. Al cabo de media hora aparece Alonso con cara somnolienta.
-¿Por qué me has dejado abandonado en el salón?
-Estabas tan dormidito…-contesté feliz de mi tiempo de tranquilidad.
El concierto a dos tonos de la planta superior de la residencia estival empieza a la una y media de la mañana. Alonso hace de primera voz y mi madre, de segunda con melodía de “do mayor” y “si menor”. Me costó bastante, pero al final me he habituado a dormir en estéreo y con temblor de paredes ante la notoriedad de sus ronquidos.
A las dos y media me invade un leve sueño. Mis párpados se entrecierran al ritmo de los ronquidos, por fin voy a descansar. Entre sueños siento que unas agujas perforan mi cuero cabelludo, como si un peine de púas quisiera penetrar en mi cerebro. Asustada abro los ojos. Lucas, el gato, está sobre mi cabeza; quiere beber agua y no puede salir de la habitación. Me levanto y le abro la puerta. En ese breve lapso de tiempo, Kaos se cuela y se sube a mi cama. Enfadada, echo a todas las fieras.
Son las cuatro, aún no he dormido nada. El cansancio me vence. A la media hora, Diego se mete en mi cama. Y a la hora, aparece Álvaro. Alonso se levanta y huye a otra habitación. En su huida, el gato y el perro se cuelan de nuevo. Admiro el espectáculo: Diego y Álvaro duermen a pierna suelta en mi cama junto al gato, el perro me ha robado la almohada y ladra entre sueños, Alonso se ha ido y yo, yo estoy agotada. En medio de la somnolencia, Morfeo me propone la solución. Me levanto y me tumbo en el suelo, lo más alejada posible de Kaos. Son las seis y media, tengo que dormir.

sábado, julio 29, 2006

Maullidos en la noche

La calma estaba presente en la residencia estival. Los pequeños jugaban en el jardín, Pepe se esforzaba con un solitario mientras yo leía "La catedral del mar". Alonso llegó y le sorprendió tanto silencio.
-Pero bueno, ¿qué ocurre hoy aquí? Nadie grita- expresó con admiración.
-Nada- contesté con tono bajo- hoy es el día de relax.
Alonso se acercó una silla y se sentó relajadamente. Al cabo de unos minutos, me miró con cara de espanto.
-Emma, ¿dónde está Lucas?
-No sé, estará dormido en nuestro cuarto.
-Me extraña mucho. Esta mañana le he puesto la comida y no se ha tomado nada.
De un bote se levantó y recorrió todas las habitaciones, armarios y cualquier escondite posible.
-¡No está Lucas!- gritó Alonso- ¡No lo encuentro por ningún sitio! ¿Lo habéis visto hoy?
-Yo no- constesté aterrada.
-Yo tampoco- dijo Pepe dando un brinco de la silla y revisando de nuevo la casa.
-"Noetaluca, noetaluca"- balbuceó Álvaro desde su triciclo.
-Seguro que se ha subido a la parra; de ahí, al muro; luego, a la calle...- comenzó a argumentar Diego, que aspira a ser guionista de cine.
-Diego, calla- susurré a su oído- Como le haya pasado algo a Lucas a tu padre le da un ataque de nervios.
Para ser sincera debo aclarar que Alonso padecía todos los síntomas de un ataque de nervios, pero al estilo castellano: sudor frío, lividez en la cara, malhumor generalizado... Preso de la ira recorrió el jardín a grandes zancadas y salió en busca de Lucas. Miró por todos los tejados, cruzó a la urbanización de enfrente, abrió una lata de delicioso paté de salmón y la agitó con la esperanza de que Lucas volviera, pero no fue así.
El nerviosismo iba en aumento. Pepe cogió a Kaos, pensando que era un perro rastreador, y se unió a la búsqueda. Diego y Álvaro me acompañaron en pijama por el pueblo y preguntaban a todo el mundo. "Por favor, ¿han visto un gato parecido a un tigre por aquí?", interrogaban a cada transeúnte con cara de preocupación. Pero la respuesta siempre era la misma: "No, niños, lo siento". Después de una hora volví a casa y acosté a los peques.
-Venga, dormiros rápido y no déis la lata. Papá está muy triste- rogué aterrada por el estado anímico de Juan Fran.
Un grito de euforia y alegría se oyó desde la calle.
-¡Lo hemos encontrado!, ¡Lucas está vivo!- vociferó Pepe con gran emoción.
Los niños saltaron de la cama y corrieron a ver a su mascota. Alonso, emocionado, dejó escapar una pequeña lágrima mientras explicaba a los niños la aventura de su gran amor.
-Anoche Lucas salió a la calle en busca de un ratón o una linda gatita, cruzó la carretera y disfrutó de la noche guadarrameña. Sin embargo, esta mañana había tal multitud de coches que no se atrevió a cruzar. Asustado, se metió debajo de un coche y allí ha estado hasta que Pepe lo ha encontrado. Pobre Lucas, está muerto de miedo.
En ese instante, mi madre entró en casa angustiada. Javier y Do, nuestros vecinos, le habían relatado la desaparición del gato y supuso que Juan Fran estaría en estado comatoso.
-Mamá, tranquila, la operación rescate ha llegado a buen puerto.- expliqué con media sonrisa en la boca.- Y Alonso ha superado las taquicardias.
-Estoy agotado de tanto estrés- musitó Alonso desde su depresión.
-No me extraña, papá- argumentó Diego- Desde que estamos aquí llevamos dos perdidas: la de Lucas y la mía.
Alonso miró con cara de cansancio, cogió a Lucas y se fueron los dos a su nido de amor.
-Emma, esta noche tu marido te va a ser infiel con el gato- dijo mi madre.
-Lo sé, mamá, pero no me importa. Imagínate qué drama si a Lucas le llega a pasar algo...

sábado, julio 22, 2006

"El peor día de su vida"

Todavía me tiembla el cuerpo. El susto de esta tarde me ha dejado baldada, sin energías. Dejaré la intriga para otro día y os relataré mi terrorífica historia detalle a detalle.
El paseo de la tarde es otro de nuestro clásicos de verano. Diego arranca con su bici, Alonso es arrastrado por Kaos y yo empujo la silla de Álvaro. El trayecto es de unos cuatro o cinco kilómetros por parajes guadarrameños que varían según la estación del año. Abandonamos la civilización y nos perdemos entre distintos árboles, admiramos vacas, caballos y gozamos respirando aire puro.
Diego avanza a gran velocidad y al cabo de unos segundos retrocede para que veamos dónde está. Sin embargo, esta tarde pasaba el tiempo y Diego no aparecía.
-¿Emma, se puede saber dónde está Diego?- preguntó Juan Fran con preocupación en la cara.
-No sé, tal vez haya hecho la gracia del otro día y nos esté esperando en el río. Me va a oír. Después del castigo de la semana pasada no creo que se atreva a repetir la idea- contesté mientras acelerábamos el paso.
A mitad de camino, un chico se cruzó por el camino.
-Hola. Por favor, me puedes decir si has visto delante a un niño en bicicleta.- interrogué con premura.
-Sí, he visto a un niño que iba con otro chico más mayor.
Mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza y agilizamos aún más el paso.
Llegamos hasta el río (parada habitual) y Diego no estaba allí.
-Yo le mato- bufaba Juan Fran.
-Desde luego, se va a enterar. Que se olvide de la bici, de la tele...- apoyé a mi marido.
La preocupación iba en aumento y nuestras mentes imaginaban auténticas pesadillas.
Desesperada empecé a gritar. "¡¡¡Diego!!!, ¡¡¡Diego!!!" y Álvaro me imitaba asustado "¡¡¡Yeye, Yeye!!!". Pero Diego no aparecía.
Sofocados llegamos al pueblo, los gritos aumentaron y la desesperación se multiplicó.
Corrimos hacía casa para comprobar si estaba allí y, en caso contrario, movilizar a todo el vecindario.
Al girar por nuestra calle, un coche de policía nos estaba esperando. Las palpitaciones desbocaron mi corazón y las lágrimas se desbordaron.
-Buenas tardes. Estén tranquilos. El niño está bien- comentó uno de los policías al ver nuestras caras desencajadas.
-¿Qué ha pasado?- preguntó Juan Fran.
-El pequeño se ha perdido y estaba llorando cerca del vivero. Una señora le ha visto y nos ha llamado para que acudiésemos a socorrerle.
Entré como una loca en casa y abracé a mi hijo que no paraba de llorar y temblar por el miedo que había pasado.
-Mamá, lo siento. He subido hasta una rotonda y al bajar ya no estábais. Qué miedo he pasado. Perdóname. Además, lo peor, es que estaba anocheciendo y pensé que me iba a quedar sin vosotros.
Alonso, tras dar sus datos a la policía, se acercó a abrazar a Diego.
-Cielo, nunca más te vuelvas a separar de nosotros. No te puedes imaginar el susto que nos ha dado.- susurró a su oído.
-No, papá.- contestó entre pucheros- Nunca más. Ha sido el peor día de mi vida.
Después de una hora, controlamos las lágrimas y la angustia. Pedimos unas pizzas y vimos una película con los retoños. Antes de dormir, Diego, que era el protagonista del día, se acercó emocionado.
-¡Se me ha caído un diente!- gritó alborozado y con un sonrisa desdentada de oreja a oreja.- ¡Seguro que después del susto de hoy, el ratón Pérez me trae un súper regalo!
Alonso sonrió, acostó a los niños y abrió una botella de vino para apagar nuestros nervios.

jueves, julio 20, 2006

Un día cualquiera en la residencia estival

Lunes. Los peques no tienen campamento y el tiempo no permite ir a la piscina. Algo hay que hacer. Por fin, me funciona la neurona. Meto a toda la tropa infantil (incluyo a mi marido) en el coche y nos vamos a El Escorial, al centro de naturaleza "Cañada Real". Durante todo el trayecto fueron boquiabiertos admirando lobos,lechuzas, tortugas, jabalíes... Una maravilla. Pensé que con la caminata estarían agotados, pero me equivoqué, así que puse de nuevo la neurona en funcionamiento y nos fuimos al cine a ver "Cars".
-Emma, ¿pero va a venir Álvaro al cine?- me interrogó Alonso.
-Claro, a él le encanta- contesté estilo madre coraje.
-Bueno, pues si se porta mal tú te encargas de él.
-Alonso, qué pesadito eres.
-¡Mamá, cine, mamá, cine!- gritó Álvaro desesperado.
Por una vez, Alonso tuvo razón. Ellos disfrutaron de la película y yo corrí como una loca detrás de Álvaro. Los argumentos del renacuajo fueron de lo más variado: "mamá, pis" (1ª salida), "mamá, chupachups" (2ª salida), "mamá, más pis" (3ª salida)...
Cuando llegamos a casa no podía con mi cansancio y supuse que ellos estarían igual. Me equivoqué.
A las once de la noche estalló la 3ª Guerra Mundial. Cuatro bandos competían en la batalla.
Mi madre, Alonso y yo, en el salón viendo CSI.
Pepe, en la cocina abducido por el nuevo reality de Antena 3.
Los peques, saliendo y entrando de su cuarto porque no querían dormir.
Y mi abuela, que venía de su paseo guadarrameño, desesperada porque quería ver "Mira quién baila".
-Pepe, vete al cuarto de tu madre que quiero ver mi programa- argumentó mi abuela.
-Jo, abuela, paso- dijo Pepe bruscamente.
-Pepe no me deja ver la tele...- balbuceó mi abuela en el salón.
-¡Pepe, deja a la abuela ver la tele!- grité.
-¡Menuda mierda! Estoy harto de todos vosotros- vociferó Pepe y se subió con la coca-cola.
-¡¡Hola!! No quiero dormir- dijo Álvaro con su sonrisa seductora.
-¡Yo tampoco!- comentó Diego.
-¡Los dos a dormir!- gritó Juan Fran- La próxima vez que me levante os encierro en el chiscón.
-Mamá, baja tu televisión, está altísima- rugió mi madre.
Mi abuela se levantó y cerró bruscamente la puerta de la cocina.
CATAPLOPLOFPLOP se escuchó en la parte superior de la casa.
-¡Pepe!, ¿qué has hecho?- vociferó mi madre.
-Se me ha caído la coca-cola.
-Recógelo ahora mismo. Eres un manazas.
-Si la abuela no me hubiera echado de la cocina...
Pepe bajó todo enfadado y subió la escoba, el recogedor y la fregona.
-¡No queremos dormir!- repitieron insistentemente los niños.
Mi abuela asomó la cabeza por la puerta.
-Por cierto, me parece un encanto Rosa la de España. Baila muy bien y tiene un novio....
-¡Abuela, que estamos viendo nuestra serie!- rugimos al unísono el bando primero.
El intermedio nos dio un respiro.
Mi madre subió a inspeccionar su cuarto y volvieron los gritos.
-¡Pepe! Tú te crees que estas son formas de limpiar el suelo. Por Dios, se me pegan los pies. Anda, súbeme el friegasuelos.
-Mamá, estoy harto. El año que viene me independizo.
-Pues como no aprendas a limpiar más que una casa vas a tener una pocilga...
Álvaro y Diego volvieron a aparecer por el salón, mi abuela aprovechó el movimiento para venir a vernos y contarnos quién había ganado en su concurso, Pepe gritó porque no encontraba la lejía, mi madre bufó mientras barría el suelo, Juan Fran persiguió a los niños... Y yo, atónita, intentaba descubrir quién había asesinado al croupier de CSI.
Mi familia, mi adorada familia.

jueves, julio 13, 2006

La nevera

Lo de llevar vida de rica y trasladarse a la residencia estival es un poco agotador. Sobre todo por culpa de la Dirección General de Tráfico y el puñetero carnet por puntos. El año pasado por estas fechas amenizaba mis desplazamientos con distintos cambios de marcha, cautos adelantamientos y tardaba una media hora. En cambio este año tardo cuarenta y cinco minutos y estoy obsesionada con el cuentakilómetros, que está empeñado en superar los 120 km/h. Agotadita me tiene este estrés.
Ayer, llegué a Guadarrama tensionada por la conducción y me topé con mi madre que venía de Mercadona (otro gran vicio para ventilar la VISA).
-Mamá, espera que te ayudo.
-Hija, menos mal que has llegado.
Depositamos todas las bolsas en la cocina y nos dispusimos a colocar la compra.
-Mamá, déjame que coloque yo la nevera, que soy más organizada.
-Ya ha tenido que hablar la perfecta. ¡Qué pesadita eres! Venga, pues coloca tú.
-Dame la leche.
-Toma.
Deposité el tetra-brik en la puerta y (¡CATAPLOFPLOFPLOF!)un sonido aterrador estremeció toda la cocina.
Lívida miré el espectáculo.

-¿Qué ha pasado?- gritó mi madre.
-¿Qué ocurre?- vociferó el género masculino que estaba recostado en el salón (vagueando que es lo que mejor hacen).
-Se ha caído la puerta de la nevera- contesté pálida y asustada.
-Pero, ¿qué has hecho?- interrogó mi madre.
-Nada, he puesto la leche y se ha caído la puerta.
-¡Niños, salid de aquí, hay cristales en el suelo!- ordenó mi madre.
-Mira, la perfecta ha roto la nevera- dijo sarcásticamente el neuronas.
-Pepe, calla y trae la escoba y la fregona- grité indignada.
El estropicio era enorme: la frasca de agua estalló, la sangría se desparramó, la leche inundó la cocina... Por suerte, aún no había colocado los huevos.
Limpiamos todo, con cinta americana sujeté a duras penas la puerta y escribí un cartel prohibiendo a toda la tropa abrir la nevera.
Al cabo de un rato, el neuronas escribió otra nota: "La perfecta a roto la nevera". Lo leí y mis gritos se oyeron por todo Guadarrama. Mi madre, con taquicardias después de tantos acontecimientos, se acercó presa de intriga.
-¿Qué ocurre, Emma?
-Mamá, lee la nota.
-¡Qué gracioso!
-¿Cómo que qué gracioso?
-Hija, Diego lo ha escrito mal, pero tiene gracia.
-Mamá, el problema es que lo ha escrito Pepe.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Pepeeeeeeeeeeeeeeeee!!!!!!!- aulló mi madre -Esto es imperdonable. Ahora mismo me voy a la librería y te compro un libro de dictados.

martes, julio 11, 2006

La barbacoa, la barbacoa


La barbacoa que organizan Mayte y David es otro de mis clásicos del verano. Este año el lugar del evento ha sido el pantano de la Jarosa, en Guadarrama. Como experta en la zona, mi misión fue elaborar un plano para que todo el mundo llegara sin perderse. Me estresé un poco, pero como soy una gran profesional (me tengo que piropear un poco ya que mi jefe no me elogia, je, je. ¿Será porque le demandé?...)cogí mi cámara he hice fotos de todo el recorrido. Un éxito. Todos llegaron sin extraviarse.
El poder de convocatoria fue enorme y el plano, en comparación con la súper comida, fue anecdótico. Al llegar soltamos a todas las fieras (unos quince niños) y nos dedicamos a refrescar el calor, a cotorrear y a zampar de lo lindo. Mientras, los niños trepaban por las rocas, corrían detrás de los balones y, de vez en cuando, nos pedían agua para no deshidratarse.
Después de comer un par de incautos llenaron globos de agua y entretuvieron a los pequeños, que por supuesto ya estaban en bañador. De pronto, nos sentimos como si nos invadieran las tropas de Estados Unidos lideradas por Rambo: todos los niños estaban camuflados bajo grandes cantidades de barro y sudor. Vamos, una guarrada. Impasibles admiramos el panorama. "Cuando lleguemos a casa los metemos en la lavadora", comentó Blanca. "Eso como mínimo. Estoy por tirarlos al pantano y a ver si así podemos identificar cuáles son nuestros hijos", contesté perpleja.

lunes, julio 10, 2006

Temporada estival

No hay rico que se precie que no tenga su casita estival. Así que hace una semana llené el coche de maletas, familia y animales y desembarcamos en la villa "Os´toxos". El primer día fue agotador, sobre todo porque tuve que hacer acopio de grandes cantidades de alimentos para nutrir a toda la tropa. Tras cuatro días de relax, se produjo al invasión de Normandía y turbaron mi tranquilidad. Al frente, la generala (mi madre) y como refuerzo la sargenta mayor (mi abuela), un cabo de primera (el neuronas de mi hermano Pepe) y la mascota de la brigada, el fiero y temible Kaos (sí, el de las criadillas que tanto ama la tortuga).
Tanta gente en la mansión requiere un orden y una displina súper estricta. La organización de los menores y el neuronas está solucionada. Los pequeñajos agotan las energías por la mañana en el campamento de verano y Pepe como premio por su gran esfuerzo en el colegio se ha apuntado por iniciativa propia (je, je) a la academia y, por la tarde, viene un profesor particular para intentar reactivar su neurona matemática. La veterana de la familia, mi abuela cuasi nonagenaria, llena su tiempo entre su misa, su ABC, su café y sus croquetas con sus amigas en la cafetería Jamaica y, antes de dormir, su dosis de "Salsa Rosa", "Corazón de verano" o cualquier programa que sacie su curiosidad sobre el mundo rosa.
Alonso sigue cosechando puntos para el cielo y aguanta estoicamente a mi neurótica familia (veis como sí que le quiero y de vez en cuando le piropeo). Mi madre mantiene su fidelidad al trabajo (¡qué sería de Pozuelo sin ella!). Y yo, que rozo la perfección, ordeno y mando ¡que me encanta! Desde la sierra os seguiré informando fielmente o histéricamente.

viernes, junio 30, 2006

Antz

Hace más de dos años, sentada en el escritorio de casa a la hora de inspiración literaria, es decir, a las dos y media de la mañana, sentí un leve cosquilleo por los dedos de los pies. Di un manotazo y maté al mosquito invasor. Al cabo de tres minutos, percibí de nuevo el cosquilleo, pero esta vez multiplicado por diez. Brinqué de la silla y aterrada vi como mis pies estaban ocultos bajo una multitud de hormigas voladoras. Grité como una histérica (lo que soy, lo reconozco) y subí dando saltos hasta mi cuarto. Alonso dormía, me abalancé sobre él y seguí gritando.
-¿Qué ocurre?- dijo con voz somnolienta.
-¡¡Juan Fran, el cuarto de estar está invadido de hormigas voladoras!!- exclamé.
-Emma, son las tres de la mañana. Déjame dormir. No pienso bajar por una hormiga.
-¡Pero es que son cientos de hormigas! Y dentro de dos días es el bautizo de Álvaro y va a venir toda la familia a casa y...
-Tú siempre tan histérica. Anda, duérmete, que ya es hora.
Le miré con cara de odio y despotriqué de lo lindo, pero él ni se inmutó. Así que me metí en la cama y dejé encendido el cuarto de estar, el ordenador y la televisión (¡no iba a bajar yo sola a enfrentarme con la invasión hormiga voladora).
A la mañana siguiente me desperté con un grito Alonso.
-¡¡¡Emma!!!- vociferó desde la planta baja.
Abrí un ojo.
-Alonso, ya sé que me dejé todo encendido. Lo siento, pero no me atreví a bajar sola con la invasión.
-No es eso, Emma. Baja, por favor.
Me arrastré por la escalera y al ver su cara lívida me espabilé de golpe.
-¿Qué ocurre?- pregunté intrigada.
-No soy capaz de describirlo- susurró Alonso.
Bajé y casi me desmayo. Las hormigas se habían multiplicado y cubrían el dintel de la puerta, la alfombra y la mitad del ordenador.
-Ahhh!!!- grité como una loca- ¡¡Mátalas, mátalas. Ves como no soy una histérica. Dios mío, esto es una invasión. Se van a comer la casa!!
Alonso, con una frialdad pasmosa, se vistió rápidamente.
-Ahora vuelvo, no bajéis al cuarto de estar- ordenó mientras cerraba la puerta.
-No pensaba, Alonso, no pensaba.
Al cabo de un rato, apareció con un matainsectos profesional y bombardeó toda la casa.
El bautizo fue perfecto y nadie se percató de la matanza que se había vivido dos días antes en la calle Olimpo.
Sin embargo el trauma aún sigue en mí.
-Mamá, hormiga- dijo Álvaro al llegar del cole.
-¿Dónde hay hormigas?- le interrogué con palpitaciones aceleradas de corazón.
-Yo, hormiga- contestó dándome un papel- en la fiesta del cole.
-¿Y no puedes ir de mariposa?
-Hormiga, mamá, hormiga- vociferó indignado.
Y fue de hormiga. Y fue la hormiga más bonita que he visto en mi vida. Y yo sí que puedo comparar.

viernes, junio 23, 2006

Robo, móvil y otras historias que contar

Día de estrés. A primera de hora de la mañana me manda Alonso un escueto mensaje: "Esta noche han robado a Escuer". Presa de intriga y preocupación le llamo rápidamente.
-Escuer, ¿qué ha sucedido?
-Nos han robado. Esta noche me he despertado a las cinco de la mañana con el piar de los pájaros. Al ir al baño me he percatado de que la luz de la escalera estaba encendida. Extrañado, me he acercado y de pronto he oído unos gritos. "Policía local, no se asuste. ¿Están todos bien?". Imagínate qué susto. Las legañas se me han caído de golpe. "Señor, acaban de robar en su casa. En breves momentos llegara la policía científica para comprobar si hay huellas. Por favor, certifique qué le han sustraído".
-¡Qué miedo!
-Sí, ha sido un buen susto. He corrido a la habitación, he despertado a Montse y casi me da algo al ver que los chorizos habían abierto los cajones de las mesillas, del armario. Vamos, que se habían paseado tranquilamente por el cuarto mientras nosotros dormíamos.
-¿Os han robado muchas cosas?
-Más que cosas, dinero. Ayer traje a casa el dinero para el viaje a Estados Unidos y se lo han llevado. Si no han sustraído la tele de plasma y demás artilugios electrónicos es porque les ha pillado la policía, aunque han huido en un súper BMW y no los han podido alcanzar.
-¡Menuda putada, Escuer! Si necesitáis cualquier cosa contad con nosotros. Un besazo para los dos e intentad tranquilizarlos.
A media tarde llamé como siempre a casa para ver cómo estaban los niños. Nadie cogía el teléfono, así que lo intenté de nuevo con el móvil de Ana.

-¡Hola, mamá!- gritó Diego -estamos en la piscina. Hace un calor horrible.
-Perfecto, cielo- contesté -Anda, pásale a Ana el télefono.
Pero la conversación se cortó. No, no es que me colgaran, es que al gracioso de mi hijo se le había caído el móvil a la piscina.
La mala leche y el ataque de nervios se estaba apoderando de mí. ¡Qué día!
Me acerqué a la sección de Juan Fran.
-Alonso, a Diego se le ha caído el móvil de Ana a la piscina. Tendremos que comprarle otro- susurré con tierna voz.
-Estoy harto. Cinturón y móvil.
-¿Qué dices?
-Que tu amado hijo ha roto en menos de tres meses el cinturón del coche y un móvil. Esta noche le abro la hucha y pago todos sus desperfectos.
Sigilosamente volví a mi sitio de trabajo.
-Emma- me sugirió Patricia al ver mi desesperación- desmonta el móvil se sécalo con el aire frío de un secador. Hay veces que funciona.
La miré un poco extrañada y agradecí su sugerencia.
Al llegar a casa, abrí las tripas del móvil y les di con el secador. Seguía sin funcionar. Diego me miraba atemorizado.
-Mamá, lo he hecho sin querer- musitó desde el fondo de la piscina.
-Ya me imagino, bonito. Pero es que no hay día que no hagas alguna trastada...
Le di a Ana mi móvil y empecé con la rutina: baños, cena y a la cama.
Durante más de una hora mis desesperantes retoños subieron y bajaron la escalera alegando que no tenían sueño, que querían agua, que les tapara, que les leyera otro cuento, que les diera un beso, que les diera un beso su padre, que ahora un abrazo, que tenían de nuevo sed, que...
-¡¡¡¡A dormir!!!!- grité como una loca- Como os vea de nuevo salir de la habitación os llevo a dormir al colegio. Os la estáis jugando.
A las once, cayeron agotados. Alonso estaba a punto de explotar.
-Qué pesados. Ya ni siquiera puedo ver mi serie. Hoy están para empaquetarlos y mandarlos unos días fuera.
No puede rebatir sus palabras.
A las doce, Diego apareció en el cuarto de estar.
-Mamá, me he despertado y no puedo dormir.
Ganó la batalla.
-Anda, túmbate aquí conmigo hasta que te venga el sueño.- comenté con dulce voz.
A la una, todos estaban dormidos.
Mañana será otro día... Y el móvil funcionó.

sábado, junio 17, 2006

Mañana de desmayos



"Chico", el perro de mi tía, la despertó con sus lametones. No aguantaba más, tenía que dar su paseo matutino. Ángeles se calzó sus zapatillas de deportes, se puso la camiseta y los pantalones y salió a regañadientes a la calle. Como todas las mañanas la efervescencia del día aún no había comenzado. Sin embargo, al girar por la calle Vallehermoso, detectó movimientos inusuales. Distintos furgones con distintas siglas invadían la calle. SALUR, SAMUR, ambulancias, policía y bomberos abarcaban la acera. Mi tía, atónita, se despejó de golpe.
-¿Qué ocurre?- preguntó Ángeles a un transeúnte que pasaba por su lado.
-¿No se ha enterado?- contestó.
-No, acabo de salir.
-Resulta que en ese edificio ha habido un escape de gas. Nadie se había dado cuenta, hasta que la gente que pasaba por la calle se ha empezado a desmayar. Por ahora, van siete inconscientes, así que yo que usted pasearía al perrito por otro lado.
-Claro, claro.- comentó mi tía con gran ataque de risa. Miró al perro y le susurró al oído: "Chico, date prisa en hacer tus necesidades o te suelto por la calle Vallehermoso". El perro en cuestión de dos minutos desahogó su vegiga y ladró como un loco por volver a casa.

miércoles, junio 14, 2006

Dopada

Me voy a tomar un lexatín. Aún me queda alguno y creo que éste es un buen momento. Mis oídos escuchan unas palabras que me van a volver loca. Alonso no sabe que estoy en casa, ni sabe que le estoy oyendo. No sé con quién habla, pero sus frases le delatan.
-Sí, hacía tiempo que no disfrutaba tanto- susurra al auricular.
-...
-Ha sido impresionante. No recuerdo algo así desde hace muchos años.
-...
-¡Qué excitación!
-...
-Me he vuelto loco con esos toques.
Decidido, me tomo el lexatín para ver si dejo de notar el dolor de los cuernos.
-Sí, yo también espero que se repita.
-...
-La próxima vez superamos los cuatro o reviento.
¡Qué fuerte! Me va a dar un ataque de histeria. ¡Dios mío, qué va a ser de mi vida! Pues Alonso se va enterar. Ahora mismo le tiro la ropa por la ventana y que se olvide del chalet, de los niños, del gato y vaya preparando la cartera para pagarme una cuantiosa pensión. Tengo que llamar a mi abogado. ¿Dónde está el mechero para prenderle fuego a su ordenador, su cámara de fotos y demás artilugios? Mira que se lo he dicho mil veces: "Alonso cuando soy buena, soy muy buena; pero cuando soy mala, soy mejor". Este tío se va a enterar. ¡Menudo cabrón con pintas!
-¿Y el niño?
-...
Que alguien me pare que le mato. Ahora entiendo que no quiera tener un tercero. ¡Claro, lo ha tenido con su amante! Localizado, ya tengo el mechero ahora sólo debo encontrar un poco de alcohol y organizo la cuarta guerra mundial. Mucho te quiero, muchos regalitos... Mentira, todo mentira. Tanto viajecito. Seguro que se va con la otra. Ay, a ver si la conozco. Yo le mato.
-Estoy desatado.
-...
-Creo que esta noche no voy a poder dormir.
Seguro que no, Alonso, ya me encargaré yo de que no duermas. De patitas en la calle, bonito.
-He comprado un fantástico vino de crianza para brindar.
-...
-Sí, claro que no pienso beberlo solo. Esperaré.
-...
Como encuentre la botella se la estampo en la cabeza.
-Claro, con Emma
-...
-Esta noche lo celebro por todo lo alto.
¡No me lo puedo creer! Piensa organizar un ménage à trois y quiere que yo participe. Más que matarle, le voy a torturar con calma y con dolor.
-El lunes, más.
-...
Ya, eso te lo crees tú. Esta noche pienso ver los mejores capítulos de CSI y el lunes nadie podrá localizarte. ¡Cerdo!
-¡Menudo subidón!
-...
¡Mierda! Se me ha caído el mechero.
-Espera, creo que ha llegado.
-...
-Sí, es ella.
Osea que me conoce.
-¡Emma!- grita mi ex-marido tapando el auricular- ¿Eres tú?
Menos mal, me está haciendo efecto el lexatín. Aún puedo actuar con cinismo.
-Sí- contesto un poco agilipollada y con dolor de cuernos.
-Baja, por favor (ahora me va a contar su infidelidad). Tu hermano quiere hablar contigo.
-¿Quién?- respondo aturdida.
-Tu hermano. Está tan emocionado como yo con el partido de España. Cuatro golazos a Ucrania y el Niño Torres se ha salido.
-Entonces no me has puesto los cuernos.
-Roberto- dice Juan Fran al auricular- Ahora te llama Emma. Creo que viene de celebrar el partido y se ha tomado una copita de más.
Aunque las piernas me temblaban y las lágrimas rodaban por mis mejillas, logré bajar al cuarto de estar.
-¿Qué te ocurre?- preguntó Alonso con cara de preocupación.
-Nada, cielo.
-Pero por qué lloras.
-Tonterías mías (cómo le iba a contar mi película fantástica).
-¿Qué decías de unos cuernos?
-No, te he preguntado que dónde has puesto los huevos. Es que quería hacer una tortilla y no los encuentro.
-Venga, tontorrona, anímate y vamos a celebrar la victoria de España.
-Pues va a ser que no. Me he tomado un lexatín y estoy dopada.
-¿Por qué te has tomado un lexatín?
-Desajuste hormonal.
-Vaya, has elegido un mal día... Yo que estaba dispuesto a ir a por el tercero... ¡Incluso a por el cuarto como España!
¡Mierda, mierda y más mierda! ¡Seré gilipollas! ¡Quién me manda a mí ver tantas películas y series que hacen flipar mi mente! Espero que el lunes España marque cinco goles.

lunes, junio 12, 2006

Mamma mia

Hay momentos en que me siento italiana y admiro muchas de sus tradiciones. Por ejemplo, me apasiona la Mafia. No debería confesarlo pero hay días que actuo como la matriarca del padrino. Oculta, muy oculta, tengo preparada una lista enumerada con las personas que deberá ejecutar mi asesino a sueldo. El primero es fácil de adivinar y el resto varía según el instante, mi ánimo o mi cabreo. La pasta (espaguetis, tallarines, macarrones...) también es mi perdición. Y, lo que más me enloquece, es el concepto FAMILIA (así, con mayúsculas). Este fin de semana he vivido esta sensación. El jardín de casa lo he convertido en un centro de ocio veraniego: tumbona ergonómica, sombrilla de dos por dos y, lo último, una súper piscina con depuradora (inestimable tu ayuda, papá) que es la locura de lo más pequeños . Fiel a mi orden, he colgado de manera artesanal varios percheros para dejar el sinfín de toallas y albornoces necesarios para socorrer el frío morado de los retoños. El sábado me sentí en la gloria. Bajo la sombrilla leía mi abuela el periódico, yo la acompañaba enganchada a mi coca-cola light (me faltaba el cigarrito, pero delante de mi abuela no fumo) y observaba el jolgorio infantil que me rodeaba: Diego chapoteaba como una serpiente en la piscina y Manuela y Álvaro jugaban y peleaban con los cubos, palas y cacharros de cocina. Un grito me sacó de mi estado de trance feliz.

-¡¡¡Emma!!!- gritó mi abuela- ¿dónde está Manuela?
Aturdida miré alrededor.
-!!Emma!!-volvió a vociferar mi abuela- ¿Quién es esa negra que juega con Álvaro?
La risa me invadió.

-Abuela, debajo de esa negrura está Manuela. La tapa el barro, pero ella no se ha movido de su sitio.
-Pues si que se ha puesto sucia...- comentó y volvió a sumergirse en su lectura de la hija de Capmany.
Despeloté a mi sobrina, la lavé en mi megapiscina y la vestí de nuevo como una princesa.
Al cabo de un rato, llegaron mis padres, Roberto y Virginia. Y viví otro instante FAMILIA.
A Alonso, como habréis comprobado, ni lo he nombrado. No, no está de viaje como es habitual en él, sino que hemos llegado a un pacto de no agresión. Durante este mes está liberado de toda responsabilidad y tiene la posibilidad (Mike, para que luego digas que soy mala con él) de ver todos los partidos del mundial que quiera.
Mi padre, emocionado por el pacto, se coló el domingo en casa. Aún no sé a ciencia cierta si estuvo porque entre la carrera de Fernando Alonso, la final de Roland Garros y no sé que partido no les vi el pelo en todo el día. Aunque según me confesó mi señor esposo, mi padre habitó todo el día en casa. Resumiendo: mi marido y mi padre son como las brujas gallegas, "haberlas haylas"... Incluso cuando no les ves.